KATAKANDRU

Portada del libro
PRÓLOGO
Antes
de saberlo, ya estábamos caminando juntos
Nadie
podría decir con exactitud en qué momento comenzó todo.
Tal
vez fue una noche cualquiera, de esas en las que la luna caía
suavemente sobre los techos de zinc del barrio Las Granjas, mientras
los niños, ya no corrían descalzos golpeando una rueda ni
levantando polvo sino dispuestos a descansar y a dormir y los
mayores conversaban en las esquinas como si el tiempo no tuviera
prisa. O quizá empezó mucho antes, cuando el barrio apenas
comenzaba a formarse, cuando las calles eran caminos de tierra y las
casas parecían levantadas más con necesidad que con planos.
Lo
cierto es que, sin darnos cuenta, algo ya se estaba gestando. No
fue un proyecto. No fue una idea clara.
Ni
siquiera fue un sueño. Fue
más bien una forma de reunirnos.
En
medio de las carencias, de las dificultades cotidianas y de una
realidad que muchas veces parecía cerrarnos las puertas, comenzamos
a encontrarnos Al principio sin intención, luego por amistad y
finalmente por una necesidad que no sabíamos nombrar, pero que nos
unía.
El
barrio, sin pro ponérselo, empezó a enseñarnos.
Nos
enseñó a compartir lo poco, a escuchar al otro, a resistir sin
hacer ruido. Nos enseñó que la vida no siempre se entiende, pero se
vive. Y que, incluso en los lugares más olvidados, puede nacer algo
que tenga sentido.
Así
fue como apareció Katakandrú.
No
como un grupo. No como un nombre. Sino como una fuerza. Una
que fue tomando forma entre risas, discusiones, caminatas, ensayos
improvisados y silencios compartidos. Una que se alimentó de la
calle, de la música que se
tocaba en reuniones fortuitas
y
de
las historias contadas al caer la noche y de esa necesidad profunda
de decir algo… aunque no supiéramos todavía cómo.
Con
el tiempo entendimos que no estábamos inventando nada.
Estábamos
recordando.
Recordando
una manera de vivir en comunidad. Una forma de crear desde lo que
somos. Una voz que no venía de nosotros solamente, sino de mucho más
atrás. Porque
hay historias que no comienzan cuando se escriben, sino cuando
alguien decide escucharlas.
Y
esta… ya venía hablándonos desde hace tiempo.
SUPORTADA
En
un barrio donde los sueños parecían lejanos, un grupo de jóvenes
decidió reunirse sin saber que estaba construyendo algo mucho más
grande que ellos mismos.
Katakandrú.
no nació como un proyecto, sino como una necesidad: la de
expresarse, la de construir, la de transformar su entorno a través
del arte.
Entre
teatro, música, viajes y experiencias que marcaron sus vidas,
descubrieron que la cultura no solo se aprende… se vive. Este libro
es memoria, camino y origen.
Es
la historia de quienes entendieron que soñar también es una forma
de cambiar el mundo.
SOLAPA
(BIOGRAFÍA DEL AUTOR)
Constantino
Castro Zamora , nació en Cunday Tolima. El 2 de agosto del año
1953 y aprendió a contar historias mucho antes de
escribirlas.
Creció
entre calles donde la vida se compartía en voz alta y donde cada
esquina guardaba una memoria. Allí entendió que las verdaderas
historias no están en los libros, sino en la gente, en los
encuentros y en los caminos recorridos.
Licenciado
en Lingüística y Literatura, de la universidad Surcolombiana de la
ciudad de Neiva-Huila y especialista en Multimedios, de la
Universidad Simón Bolívar de Bogotá, gestor cultural y
docente por vocación, ha dedicado su vida a trabajar con
comunidades, especialmente con jóvenes, convencido de que el arte no
solo se enseña, sino que también se vive.
Como
parte fundamental de Katakandrú., ha sido testigo y protagonista de
un proceso donde el teatro, el deporte, la música y la palabra se
convirtieron en herramientas. Ha escritos varios trabajos
dramatúrgicos, El espejo, El embajador de la india, Mala leche,
Zarrapastrocillo El tunjo de oro, entre otros, para
transformar realidades y construir identidad.
Este
libro no es solo un relato.
Es
una memoria compartida.
Antes de saberlo, ya estábamos caminando juntos
Nadie podría decir con exactitud en qué momento comenzó todo.
Tal vez fue una noche cualquiera, de esas en las que la luna caía suavemente sobre los techos de zinc del barrio Las Granjas, mientras los niños, ya no corrían descalzos golpeando una rueda ni levantando polvo sino dispuestos a descansar y a dormir y los mayores conversaban en las esquinas como si el tiempo no tuviera prisa. O quizá empezó mucho antes, cuando el barrio apenas comenzaba a formarse, cuando las calles eran caminos de tierra y las casas parecían levantadas más con necesidad que con planos.
Lo cierto es que, sin darnos cuenta, algo ya se estaba gestando. No fue un proyecto. No fue una idea clara.
Ni siquiera fue un sueño. Fue más bien una forma de reunirnos.
En medio de las carencias, de las dificultades cotidianas y de una realidad que muchas veces parecía cerrarnos las puertas, comenzamos a encontrarnos Al principio sin intención, luego por amistad y finalmente por una necesidad que no sabíamos nombrar, pero que nos unía.
El barrio, sin pro ponérselo, empezó a enseñarnos.
Nos enseñó a compartir lo poco, a escuchar al otro, a resistir sin hacer ruido. Nos enseñó que la vida no siempre se entiende, pero se vive. Y que, incluso en los lugares más olvidados, puede nacer algo que tenga sentido.
Así fue como apareció Katakandrú.
No como un grupo. No como un nombre. Sino como una fuerza. Una que fue tomando forma entre risas, discusiones, caminatas, ensayos improvisados y silencios compartidos. Una que se alimentó de la calle, de la música que se tocaba en reuniones fortuitas y de las historias contadas al caer la noche y de esa necesidad profunda de decir algo… aunque no supiéramos todavía cómo.
Con el tiempo entendimos que no estábamos inventando nada.
Estábamos recordando.
Recordando una manera de vivir en comunidad. Una forma de crear desde lo que somos. Una voz que no venía de nosotros solamente, sino de mucho más atrás. Porque hay historias que no comienzan cuando se escriben, sino cuando alguien decide escucharlas.
Y esta… ya venía hablándonos desde hace tiempo.
SUPORTADA
En un barrio donde los sueños parecían lejanos, un grupo de jóvenes decidió reunirse sin saber que estaba construyendo algo mucho más grande que ellos mismos.
Katakandrú. no nació como un proyecto, sino como una necesidad: la de expresarse, la de construir, la de transformar su entorno a través del arte.
Entre teatro, música, viajes y experiencias que marcaron sus vidas, descubrieron que la cultura no solo se aprende… se vive. Este libro es memoria, camino y origen.
Es la historia de quienes entendieron que soñar también es una forma de cambiar el mundo.
SOLAPA (BIOGRAFÍA DEL AUTOR)
Constantino Castro Zamora , nació en Cunday Tolima. El 2 de agosto del año 1953 y aprendió a contar historias mucho antes de escribirlas.
Creció entre calles donde la vida se compartía en voz alta y donde cada esquina guardaba una memoria. Allí entendió que las verdaderas historias no están en los libros, sino en la gente, en los encuentros y en los caminos recorridos.
Licenciado en Lingüística y Literatura, de la universidad Surcolombiana de la ciudad de Neiva-Huila y especialista en Multimedios, de la Universidad Simón Bolívar de Bogotá, gestor cultural y docente por vocación, ha dedicado su vida a trabajar con comunidades, especialmente con jóvenes, convencido de que el arte no solo se enseña, sino que también se vive.
Como parte fundamental de Katakandrú., ha sido testigo y protagonista de un proceso donde el teatro, el deporte, la música y la palabra se convirtieron en herramientas. Ha escritos varios trabajos dramatúrgicos, El espejo, El embajador de la india, Mala leche, Zarrapastrocillo El tunjo de oro, entre otros, para transformar realidades y construir identidad.
Este libro no es solo un relato.
Es una memoria compartida.
Dedicatoria
Escribir
sobre Katakandrú. es un acto de memoria y de agradecimiento. Cada
página es un impulso hacia la luz, un esfuerzo por preservar la
amistad, la lucha y la esperanza de quienes hicieron de este grupo un
sendero compartido.
A
mi hermano Arquímedes Castro, Archi,
quien partió dejando huellas imborrables. A Estivenson Remires,
Alfonso Orozco, director
del grupo de teatro de la Usco y muy unido a los kazakos,
Leonidas Guevara, Olga Lucía Fierro, Arles Amezquita, Ariari
Garaviño. QEPD. A
ellos les debo esta narrativa. Su ausencia se vuelve presencia cada
vez que la memoria nos reúne, cada vez que el recuerdo se convierte
en palabra y la palabra… en vida.
Este
libro es también un homenaje a quienes pertenecieron y ayudaron a
formar Katakandrú.; a aquellos que supieron recorrer el camino con
alegría y convicción, demostrando que la unión es más poderosa
que cualquier sombra. No como un recuerdo lejano, sino como una llama
que aún perdura en nuestros
corazones.
Epígrafe:
Katakandrú.
fue la prueba de que la amistad
cuando se organiza, puede convertirse en una pequeña fuerza capaz de
cambiar la rutina de un barrio.
Umbral
Pensar
en el pasado es abrir aquella puerta
que
la memoria jamás logró cerrar del
todo.”
Reclinado
en una butaca de cuero y madera vieja, sobre la terraza de mi modesta
casa, contemplaba la caída del sol, el de los venados, que
acariciaba mi rostro con tonos amarillentos
y rojizos de
la tarde, y
que se iba ocultando silenciosamente, detrás de los
cerros agrestes, a lo lejos.
Y
de pronto, un dardo ágil y certero abrió en mi mente una amplia
grieta por donde volvió a brotar un torrente de recuerdos: los de un
grupo entrañable que me enseñó a amar con la inocencia del rocío,
a soñar con la fuerza del viento y a creer con la fe ardiente de la
esperanza.
Entonces,
las voces del ayer regresaron, como un coro que permanece allí,
aguardando su salida, dejando oír el eco vivo de lo que nunca muere:
y en ese momento exacto sin ambages ni rodeos veo de nuevo a esa
chica con su risa coqueta en su rostro angelical:
Olga
tenía esa rara capacidad de reunir sin esfuerzo. A su
alrededor, chicos y chicas y terminábamos
coincidiendo, como si algo invisible nos empujara hacia el mismo
centro. Nos veíamos en el barrio, en la universidad, en
cualquier lugar que
sirviera para prolongar la cercanía. Sin darnos cuenta, ya éramos
un grupo: nos pensábamos parecido, nos cuidábamos, nos
reconocíamos. Recuerdo
una noche en particular. Estábamos en casa de Olga, sentados en
círculo sobre el piso de cemento frío, con una vela encendida en el
centro porque la luz eléctrica se había ido. Alguien
trajo una guitarra. No la interprete muy bien,
pero todos cantamos. En ese momento, sin que nadie lo dijera, supimos
que esto era otra cosa.
Hasta
que un día, casi sin aviso, la chispa encontró su momento. Y
ardió. Katakandrú.
Quizás
usted nunca haya escuchado ese nombre. No aparece en los libros de
historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para
quienes lo vivimos, Katakandrú fue un mundo entero: caminos
recorridos, risas compartidas y sueños que nacieron cuando apenas
comenzábamos a entender la vida.
Katakandrú
no era fácil de explicar; quizás en esa imposibilidad residía su
verdadera esencia. Quien nos viera desde afuera podría haber pensado
que solo éramos un grupo de voces animando el día, una mezcla de
opiniones variadas o un puñado de ideas sencillas lanzadas al
viento. Nada que no se hubiera visto antes; nada que mereciera,
aparentemente, un nombre propio. Pero había algo más: una corriente
invisible que circulaba entre nosotros cuando estábamos juntos y que
se hacía más presente, incluso, cuando nos separábamos. Era como
el aire: imperceptible, pero vital cuando empieza a hacer falta
Por
eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas. Y
para caminar conmigo, hay que ir más atrás de lo que parece
razonable. A que penetre en esas calles donde
todo nació, a esos encuentros hechos de organización,
dificultades, luchas, tristezas y alegrías…que, sin que lo
supiéramos en ese momento, terminaron cambiándolo todo.
El
sol terminó de hundirse detrás de los cerros. La butaca crujió
levemente. Y comprendí, una vez más, que Cunday, Las Granjas,
Katakandrú… no son nombres que se dicen. Son hechos que se cargan.
Que no pasan. Que se quedan.
Escribir sobre Katakandrú. es un acto de memoria y de agradecimiento. Cada página es un impulso hacia la luz, un esfuerzo por preservar la amistad, la lucha y la esperanza de quienes hicieron de este grupo un sendero compartido.
A mi hermano Arquímedes Castro, Archi, quien partió dejando huellas imborrables. A Estivenson Remires, Alfonso Orozco, director del grupo de teatro de la Usco y muy unido a los kazakos, Leonidas Guevara, Olga Lucía Fierro, Arles Amezquita, Ariari Garaviño. QEPD. A ellos les debo esta narrativa. Su ausencia se vuelve presencia cada vez que la memoria nos reúne, cada vez que el recuerdo se convierte en palabra y la palabra… en vida.
Este libro es también un homenaje a quienes pertenecieron y ayudaron a formar Katakandrú.; a aquellos que supieron recorrer el camino con alegría y convicción, demostrando que la unión es más poderosa que cualquier sombra. No como un recuerdo lejano, sino como una llama que aún perdura en nuestros corazones.
Epígrafe:
Katakandrú. fue la prueba de que la amistad cuando se organiza, puede convertirse en una pequeña fuerza capaz de cambiar la rutina de un barrio.
Umbral
Pensar en el pasado es abrir aquella puerta que la memoria jamás logró cerrar del todo.”
Reclinado en una butaca de cuero y madera vieja, sobre la terraza de mi modesta casa, contemplaba la caída del sol, el de los venados, que acariciaba mi rostro con tonos amarillentos y rojizos de la tarde, y que se iba ocultando silenciosamente, detrás de los cerros agrestes, a lo lejos.
Y de pronto, un dardo ágil y certero abrió en mi mente una amplia grieta por donde volvió a brotar un torrente de recuerdos: los de un grupo entrañable que me enseñó a amar con la inocencia del rocío, a soñar con la fuerza del viento y a creer con la fe ardiente de la esperanza.
Entonces, las voces del ayer regresaron, como un coro que permanece allí, aguardando su salida, dejando oír el eco vivo de lo que nunca muere: y en ese momento exacto sin ambages ni rodeos veo de nuevo a esa chica con su risa coqueta en su rostro angelical:
Olga tenía esa rara capacidad de reunir sin esfuerzo. A su alrededor, chicos y chicas y terminábamos coincidiendo, como si algo invisible nos empujara hacia el mismo centro. Nos veíamos en el barrio, en la universidad, en cualquier lugar que sirviera para prolongar la cercanía. Sin darnos cuenta, ya éramos un grupo: nos pensábamos parecido, nos cuidábamos, nos reconocíamos. Recuerdo una noche en particular. Estábamos en casa de Olga, sentados en círculo sobre el piso de cemento frío, con una vela encendida en el centro porque la luz eléctrica se había ido. Alguien trajo una guitarra. No la interprete muy bien, pero todos cantamos. En ese momento, sin que nadie lo dijera, supimos que esto era otra cosa.
Hasta que un día, casi sin aviso, la chispa encontró su momento. Y ardió. Katakandrú.
Quizás usted nunca haya escuchado ese nombre. No aparece en los libros de historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para quienes lo vivimos, Katakandrú fue un mundo entero: caminos recorridos, risas compartidas y sueños que nacieron cuando apenas comenzábamos a entender la vida.
Katakandrú no era fácil de explicar; quizás en esa imposibilidad residía su verdadera esencia. Quien nos viera desde afuera podría haber pensado que solo éramos un grupo de voces animando el día, una mezcla de opiniones variadas o un puñado de ideas sencillas lanzadas al viento. Nada que no se hubiera visto antes; nada que mereciera, aparentemente, un nombre propio. Pero había algo más: una corriente invisible que circulaba entre nosotros cuando estábamos juntos y que se hacía más presente, incluso, cuando nos separábamos. Era como el aire: imperceptible, pero vital cuando empieza a hacer falta
Por eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas. Y para caminar conmigo, hay que ir más atrás de lo que parece razonable. A que penetre en esas calles donde todo nació, a esos encuentros hechos de organización, dificultades, luchas, tristezas y alegrías…que, sin que lo supiéramos en ese momento, terminaron cambiándolo todo.
El sol terminó de hundirse detrás de los cerros. La butaca crujió levemente. Y comprendí, una vez más, que Cunday, Las Granjas, Katakandrú… no son nombres que se dicen. Son hechos que se cargan. Que no pasan. Que se quedan.
Las Granjas: antes de Katakandrú
Un sitio que recibe a todos termina convirtiéndose en un acogedor hogar.
Una
vez más, el recuerdo lanzó su cordel certero. Arrastró el ayer
hasta mi presente como una
chispa de
luz que brilla en la memoria, revelando de nuevo a aquel grupo
inolvidable. Allí estábamos: los amigos de siempre, viendo cómo la
semilla rompía la tierra en el más absoluto silencio. Necesitaba
recuperar esa visión. Levantar la mirada hacia el pasado y volver
atrás.
Mucho
más atrás.
porque
nuestro grupo no empezó el día en que decidimos reunirnos, ni en la
primera conversación, ni siquiera en aquella noche universitaria en
que comenzamos a imaginarlo. Venía de antes, como todo lo que se
forma en silencio y solo se revela cuando ya es imposible ignorarlo.
Nació
en un país herido.
Un
país donde la esperanza y la violencia aprendieron a convivir sin
preguntarse demasiado. Donde muchos jóvenes crecían buscando un
lugar para respirar distinto, para inventarse un futuro que no
estuviera marcado por la escasez ni por el miedo.
En
esos años, nadie llegaba a las ciudades por elección. La vida se
había vuelto un callejón sin salida. Desde la violencia
bipartidista, miles de familias fueron arrancadas de raíz: dejaron
cultivos, animales, casas… y hasta los cementerios donde
descansaban sus muertos. No fue un viaje, fue una ruptura.
Así
se llenaron las ciudades. Y entre ellas, Neiva, que crecía sin saber
cómo contener tanta vida que llegaba de golpe. Los barrios
tradicionales se desbordaron, y entonces, con las manos de quienes lo
habían perdido todo pero conservaban la voluntad de empezar,
comenzaron a surgir otros: Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso
López, El Jardín… y finalmente, Las Granjas.
Allí
llegamos nosotros en 1968. Aunque, en realidad, nuestro viaje había
comenzado mucho antes, cuando nos arrancaron de Cunday.
Era
una tierra de montaña honda, donde el olor a café tostado se
mezclaba con el calor de la casa grande.
La
casa de mi abuelo Sixto Antonio era de madera y corredor largo, de
esos que invitan a quedarse mirando sin hacer nada. Alrededor, los
árboles frutales daban sombra y pretexto, y más allá, las praderas
verdes se abrían hasta donde la vista alcanzaba, con el azul quieto
del cielo encima de todo. En las mañanas, antes de que el calor
apretara, se oían las aves del bosque mezcladas con el cacareo de
las gallinas y, de vez en cuando, el resoplo de algún caballo en el
potrero. Los arboles de cacao crecía con la paciencia de las cosas
que saben que valen.
Era
una vida sostenida con dignidad. Y era nuestra.
Hasta
que una noche, sin más aviso que el miedo, nos fuimos ocultos bajo
tallos de caña en la parte posterior de un camión que conducía un
sacerdote. La oscuridad afuera, la prisa adentro. Dejamos la casa con
sus maderas todavía tibias, los animales en sus corrales, las
tierras con el café a medio crecer. No hubo tiempo de despedirse de
nada. Ni siquiera de los muertos.
Pero
no fue suficiente. Todo se quedo.
Primero
vino Girardot, como una pausa obligada. Luego Vegalarga, donde
intentamos volver a sembrar la esperanza. Más tarde Ospina Pérez,
en Palermo. Permitame decirles, cada lugar traía una promesa que
apenas se sostenía. No éramos viajeros: éramos desplazados
buscando dónde echar raíces.
Hasta
que llegamos a Neiva. A un barrio que apenas tomaba forma entre casas
levantadas con esfuerzo y calles de tierra:
Las
Granjas.
Allí
comenzamos otra vida. Hecha de trabajo, de adaptación… y también
de encuentros. Porque algo pasaba en ese lugar.
Había
jóvenes por todas partes. Jóvenes con pocas oportunidades, pero con
una energía que no cabía en las calles. Jóvenes que aún no sabían
qué hacer con lo que sentían, pero intuían que algo tenía que
cambiar.
El
barrio era un comienzo. Las calles sin pavimento levantaban un polvo
dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y nuevas,
olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si también ellas
estuvieran aprendiendo a existir.
Fueron
llegando familias: los Cuéllar, los Castro, los Amaya, los Bello…
luego los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez,
Álvarez, Trujillo. No eran solo apellidos: eran historias que se
reconocían en la forma de saludar, en el paso por la cuadra, en la
necesidad compartida de echar raíces.
Las
Granjas no era solo un barrio. Era un universo.
Olía
a tinto al amanecer, a polvo en las tardes, a leña encendida en las
noches. Sonaban las risas, los balones contra las paredes, los
llamados desde las puertas. Nadie preguntaba quién aportaba qué:
bastaba con saber que era para todos.
Las
casas eran amplias, más cercanas a la vida del campo que a la
ciudad. Y no era casual. Muchos veníamos de allá, y necesitábamos
un espacio donde la vida pudiera seguir siendo, al menos en parte, la
que conocíamos.
De
ahí el nombre.
En
cada patio nacían pequeños mundos. En el nuestro, mi padre, don
Sixto, se dedicó a domesticar la tierra. Con llantas viejas levantó
huertas que parecían islas negras en medio del patio. Allí
crecieron cebollas, zanahorias, repollos, tomates. No solo sembraba
alimento: nos enseñaba, sin decirlo, que incluso de la tierra más
dura puede brotar vida.
También
sembró árboles: tamarindo, mango, naranjo, guayabo. No lo hizo solo
para él, sino para el tiempo.
El
patio era huerto, cocina y encuentro. Había horno de barro,
gallinas, humo de leña. La vida transcurría entre el trabajo y la
cercanía.
Y
en medio de todo eso, nosotros crecíamos.
Las
tardes eran nuestras. Fútbol en la calle, trompo, canicas, carreras
descalzas. Bastaba saltar una cerca o gritar para recuperar el balón.
Al caer la noche, las voces cambiaban:
—¡Vengan
a comer!
Y
el barrio se recogía. Así era Las Granjas: una mezcla de barrio
naciente y memoria campesina. Un lugar donde se estaba formando algo
más que casas. Se estaba formando una generación. Pero también
crecían otras fuerzas.
Con
el tiempo, el barrio empezó a dividirse. Surgieron grupos distintos,
con caminos opuestos: Los Duros de la 26, La Hermandad C., Los
Inquietos de la 30… y, en la orilla más oscura, los Chachos,
decididos a imponer su ley desde el miedo.
Nada
de eso fue casual.
Y
fue entonces cuando el barrio dejó de ser solo un lugar. Se volvió
un pulso.
Algo
se estaba gestando entre nosotros, aunque aún no supiéramos
nombrarlo. No era rebeldía, no era simple amistad, no era tampoco
una respuesta directa a lo que pasaba afuera. Era otra cosa… más
silenciosa, más honda.
Mientras
algunos marcaban el territorio con miedo, en nosotros empezaba a
abrirse un camino distinto. No ocurrió de golpe. No tuvo ruido. Pero
alguien supo verlo antes que nosotros.
No
llegó a imponer ni a señalar rutas con autoridad, no llamó ni
exigió seguirlo; su presencia comenzó a inclinar la balanza de un
modo casi imperceptible.
Una
palabra a tiempo. Una mirada que no juzgaba. Una forma distinta de
estar. Y bastó. Porque hay influencias que no irrumpen… se
filtran. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya han echado raíz. Esa
semilla, que aún no sabíamos nombrar, tenía un rostro. Y una
voz. Y fue en nosotros donde comenzó a germinar.
GRANJAS:
CAMPO DEPORTIVO
El
padre Diógenes y la semilla
Hay
hombres que dejan huellas con sus palabras; él las dejó formando
seres humanos.
Ahí estaba el sacerdote.
Quieto, en medio de aquel barrio que
todavía olía a tierra removida, mirando como si quisiera guardar
cada detalle antes de que el tiempo lo borrara. Las paredes a medio
terminar, el polvo suspendido en el aire, la gente yendo y viniendo
sin saber que también estaba construyendo algo más que casas.
Su sotana negra no solo lo cubría:
lo hacía visible. Era una presencia distinta, como esas que uno no
entiende del todo en el momento, pero que con los años reconoce como
decisivas.
El padre Diógenes.
No llegó haciendo ruido. No era
hombre de imponerse. Más bien parecía escuchar primero, como si
necesitara entender el latido del lugar antes de decir una sola
palabra.
Y se quedó.
Hoy lo pienso, y me cuesta separar su
imagen del barrio mismo. Como si hubiera estado ahí desde siempre,
caminando las calles de Las Granjas con ese paso tranquilo y esa
forma suya de acercarse a la gente sin distancia.
Tenía casi cincuenta años, pero se
movía como uno de nosotros. Conversaba, preguntaba, se reía. Y, sin
que nos diéramos cuenta, empezaba a juntarnos.
El fútbol fue la excusa.
Bastó una pelota para que todo
comenzara a girar. De esos encuentros nació el campeonato Mini Pony,
donde cada equipo llevaba el nombre de un club profesional. Recuerdo
que hablaba del Atlético Huila cuando aún no existía, como si lo
estuviera viendo venir desde algún lugar al que nosotros todavía no
alcanzábamos.
Pero no era solo el juego.
Había algo más en todo eso, algo
que en ese momento no sabíamos nombrar.
También estaban los miércoles. El
pan recién hecho, las bolsas que se repartían, las filas de gente
esperando. Nosotros ayudábamos en lo que podíamos, sin entender del
todo que ahí, en esas pequeñas cosas, estaba pasando algo
importante.
Uno iba a jugar fútbol… y
terminaba aprendiendo a mirar al otro.
El padre no hablaba mucho. Pero
cuando lo hacía, dejaba algo. No eran discursos largos. Eran frases
sencillas, dichas casi al pasar, como si no buscara enseñar… y sin
embargo enseñara.
—Una rama sola se quiebra fácil…
pero cuando muchas se entrelazan, ninguna fuerza logra romperlas.
En ese momento lo escuchábamos sin
detenernos demasiado. Hoy entiendo que nos estaba hablando de
nosotros.
Otra vez, mientras organizábamos una
de esas jornadas en el barrio, nos soltó:
—No vinimos solo a existir…
vinimos a servir.
Lo dijo con naturalidad, como quien
recuerda algo obvio. Pero se quedó. Como se quedan las cosas que uno
no comprende de inmediato. También insistía en algo que, con los
años, empezó a cobrar sentido:
—Todo existe porque es necesario.
Entonces no preguntábamos. Ahora sí.
Porque con el tiempo uno descubre que incluso lo difícil… también
forma.
Y una tarde, entre risas, nos lanzó
una de esas preguntas que parecían juego:
—Si rifo una palmada… ¿qué
prefieren: darla o recibirla?
Nos reímos. No supimos qué decir. Y
él, sonriendo apenas, remató:
—El que da… siempre recibe de
vuelta.
No lo explicó. No hacía falta.
Recuerdo que a veces me tocaba
recorrer el barrio despertando a los muchachos para entrenar.
Golpeaba puertas, gritaba desde las esquinas, insistía hasta que
salían. Si no lo hacía, nadie llegaba.
Un día, el padre nos reunió. No
habló duro. No hizo reproches. Solo dijo que el compromiso no podía
depender de uno solo. Que cada quien debía responder por lo suyo. Y
eso bastó.
Así era él. No imponía. Sembraba.
Con el tiempo entendí que lo más
importante no estaba en la cancha ni en las actividades. Estaba en
algo que iba creciendo sin hacer ruido, como esas raíces que
trabajan debajo de la tierra sin que nadie las vea.
Una forma distinta de mirarnos. De
reconocernos. De estar.
Esa semilla —silenciosa, constante—
empezó a abrirse paso en nosotros. Y cuando quiso mostrarse, ya era
tarde para detenerla. Había tomado forma. Una forma nueva. Un
nombre.
Katakandrú.
Katakandrú:
la voz de los jóvenes
Un
grupo de jóvenes con conciencia vale más que cien discursos porque
convierten las ideas en acción.
De
aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas
y esperanzas— nació Katakandrú. No fue una casualidad. Fue la
consecuencia de todo lo vivido.
Éramos
herederos del empuje del barrio, de su solidaridad silenciosa, de las
enseñanzas del padre Diógenes. Y con esa herencia, casi sin darnos
cuenta, comenzamos a movernos hacia algo que aún no tenía forma,
pero sí un propósito: devolverle a Las Granjas su ambiente… y su
alegría.
La
noche de los primíparos
Fue
en la universidad donde todo tomó un rumbo distinto. Recuerdo esa
noche.
Los
chicos de Las Granjas nos reencontramos como quien vuelve a abrazar a
los suyos en una fiesta: radiantes, bromistas, orgullosos de haber
cruzado aquella puerta que durante años parecía tan lejana. Cada
risa era un triunfo; cada abrazo, una certeza: ya éramos
universitarios.
La
ciudad también tenía su propio pulso: festivales, partidos,
encuentros culturales. Pero nosotros buscábamos algo más.
Un
lugar propio.
Una
manera de no quedarnos atrapados entre la nostalgia del barrio y las
exigencias de la universidad. Una forma —aunque entonces no lo
dijéramos así— de no dejarnos arrastrar por la sombra que también
crecía en Las Granjas.
Los
que estaban esa noche
En
círculo estaban ellas. Y en el centro, Olga.
Reclinada
sobre la grama fresca, parecía habitar el lugar con naturalidad,
como si siempre hubiera estado allí. Tenía una belleza que no
necesitaba anunciarse: se notaba en la forma en que la alegría se
quedaba en su rostro un instante más, en cómo el cabello le caía
con descuido sobre los hombros, en la manera serena —casi segura—
con que ocupaba su propio espacio.
Su
figura, armónica y firme, atraía miradas que intentaban disimularse
y nunca lo lograban del todo.
Pero
no era solo eso.
Era
la risa.
Le
nacía fácil, limpia, y corría entre ellas como un hilo de luz que
se expandía sin pedir permiso. Alcanzaba a los que pasaban cerca,
detenía conversaciones, hacía girar cabezas.
Uno
no sabía bien por qué… pero terminaba acercándose. Y sin darse
cuenta, ya estábamos ahí.
Olga
Lucía Fierro nos atraía sin esfuerzo. Amparo Suárez, desbordada en
carcajadas. Nubia Fajardo, ya pensando en cambiar el mundo.
Ever
y Luis Motta, atentos a cada gesto de las chicas, caminaban como si
el patio fuera suyo. Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar hablaban
de fútbol con la seriedad de quienes convierten cada jugada en
historia. Humberto Flores medía sus palabras. Carlos Montealegre
parecía conversar más con el cielo que con nosotros. Yael Garaviño
soñaba en grande.
Y
yo —Constantino— hacía de cada saludo una pequeña escena, como
si la vida necesitara escenario. También Leónidas… siempre
Leónidas, haciendo reír a todos, aunque pocos lo tomaran en serio.
El
instante
La
noche avanzaba, atravesada por la brisa que subía desde el
Magdalena. El patio se volvió tertulia, risa, posibilidad.
Y
entonces ocurrió.
Ricardo
Bello se puso de pie. Pidió silencio.
—Muchachos…
¿no sería interesante saber cuántos estudiantes de Las Granjas hay
en esta universidad?
Fue
una pregunta simple. Pero dejó un silencio distinto. Un silencio que
no incomodaba… pensaba.
Ever
fue el primero en responder:
—Podríamos
organizarnos. Ayudarnos con libros, con materias… echarnos una
mano.
La
idea empezó a moverse. Despacio al principio. Luego con fuerza.
Carlos Montealegre y Yael fueron más allá:
—¿Y
si hacemos también actividades culturales, deportivas… algo para
todos?
Ya
no era solo apoyo. Era propósito.
Entonces
Olga habló, casi sin pedir turno:
—Podríamos
organizar actividades recreativas… salidas de campo…
Y
fue suficiente. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo. Porque en
ese momento, algo terminó de encajar. Las miradas dejaron de
dispersarse. La idea dejó de ser posibilidad.
Algo
se encendió. No fue una discusión. Fue un reconocimiento. Como si
todos hubiéramos estado esperando ese momento sin saberlo. Las
miradas coincidieron. Las voces también. La decisión no se votó.
Se sintió.
La
duda
No
todos estaban convencidos. Leónidas, alejándose un poco, soltó
casi en voz baja:
—No
creo que eso funcione…
Pero
en Las Granjas, los sueños rara vez se quedan quietos.
El
nacimiento
Lo
que empezó como conversación se volvió impulso. En pocos días, ya
estábamos convocando. No hubo actas. No hubo firmas. Katakandrú no
nació en un salón. Nació en la risa, en la necesidad, en la
intuición de que juntos podíamos algo más. Nació como nacen las
cosas verdaderas.
La
noche que quedó
Aquel
patio universitario, iluminado por bombillos amarillos y atravesado
por la brisa del Magdalena, quedó guardado en la memoria como un
punto de quiebre.
Al
salir, como tantas veces, Olga y las chicas esperaban a los muchachos
para regresar juntos al barrio.
Había
un tramo oscuro, un paso donde la noche se volvía incierta y nadie
debía cruzarlo solo. Por eso caminábamos así: en grupo, atentos,
cuidándonos sin necesidad de decirlo.
Tomamos
rumbo hacia Las Granjas.
En
medio del bullicio, Olga pasó su brazo por los hombros de Leónidas,
y él, casi sin pensarlo, la rodeó por la cintura. Entre bromas,
empujones y risas que intentaban espantar la oscuridad, nos fuimos
internando en el sendero.
Nadie
iba solo. Ahí también era Katakandrú, aunque todavía no lo
supiéramos nombrar así.
Esa
noche nadie habló de hacer historia. Pero algo había iniciado. Algo
que ya no iba a detenerse fácilmente. Porque cuando la juventud se
reconoce, se organiza y decide caminar junta, deja de aceptar el
mundo como es y empieza, casi sin darse cuenta, a transformarlo.
Y
el cambio comenzó. Primero como una simple reunión de amigos. Luego
como un sueño compartido que empezaba a tomar forma en las calles de
Las Granjas.
Katakandrú:
el nombre que nos eligió
A
veces basta un pequeño grupo decidido para encender la esperanza de
toda una comunidad
La
convocatoria
El
Atardecer de los Heraldos
Cierro los ojos
y la memoria se proyecta con la nitidez de un plano que se niega a
borrarse. En la esquina están ellos, detenidos en una imagen que el
tiempo no ha podido borrar: un grupo de jóvenes con las manos llenas
de volantes y sueños fotocopiados. No eran simples papeles; eran
manifiestos artesanales, adornados con figuras que intentaban darle
forma a una esperanza que apenas nacía en el barrio.
El sol de la
tarde empezaba a caer, tiñendo las calles de un dorado viejo, justo
cuando la buseta de pasajeros aparecía en la esquina, devolviendo a
los trabajadores a sus casas. En medio de ese trasiego de rostros
cansados, Olga, Doris, Amparo, Hugo y Leónidas se movían como
talento propio. Una leve brisa jugaba con el pelo de las chicas y
forcejeaba con ellos, intentando arrebatarles los volantes como si el
viento también quisiera salir a repartirlos.
A su alrededor,
la muchachada más pequeña corría entusiasmada, estirando las manos
para ayudar en la tarea, contagiados por esa alegría que no cabe en
el cuerpo. Los transeúntes jóvenes se detenían; algunos miraban
con curiosidad, otros con ternura, pero casi todos recibían el papel
con un cariño inusual, sintiendo que en ese trozo mecanografiado iba
algo más que una invitación.
Caminaban sin
sospechar que cada volante entregado era una semilla en tierra
fértil. Sembraban la idea sin saber todavía hasta dónde iba a
crecer, pero con la felicidad plena de quienes saben que, esa tarde,
el barrio ya no era el mismo.
Llegaron
muchos.
Jóvenes
con entusiasmo limpio, con esa forma de creer que solo se tiene
cuando aún todo parece posible. Nos reunimos varias veces, y en cada
encuentro empezaron a entrelazarse ideas, sueños… y una certeza:
juntos podíamos ir más lejos.
Pero
no tardaron en aparecer las primeras grietas.
En
aquellas reuniones también comenzaron a llegar otros. Muchachos
conocidos en el barrio como los "chachos". Su presencia no
era neutra: entraban imponiendo, interrumpían, se burlaban, probaban
los límites. No venían a construir.
Venían
a medir fuerzas.
El
ambiente se fue tensando. Las palabras empezaron a pesar más de la
cuenta. Y cuando comenzaron a incomodar a las muchachas, entendimos
que aquello no era un simple roce.
Era
una prueba.
El
más insistente era Checho. Con él se dio el cruce más fuerte. La
discusión subió de tono y, por un momento, todo pareció a punto de
romperse. Entonces Carlos Montealegre intervino.
No
vociferó. No provocó. Se acercó, lo miró de frente y, con
firmeza, le pidió que se retiraran. Que nos dejaran continuar. Fue
un acto sencillo. Pero marcó un límite.
Aun
así, la reunión se quebró. Algunas chicas se fueron. Varios
muchachos también. Lo que había comenzado con ilusión terminó en
silencio.
Esa
noche entendimos algo: que construir no es solo reunir gente con
buenas intenciones. Es saber cuidar el espacio. Sostener la idea
cuando tambalea. Y poner límites cuando hace falta.
Volvimos
a intentarlo.
Pero
ya no de la misma manera. Esta vez, la convocatoria fue distinta: uno
a uno, mirando a los ojos. No se trataba de sumar por sumar, sino de
reconocer a quienes compartían el propósito. Decidimos que el
núcleo debía estar formado por estudiantes, por gente dispuesta a
comprometerse.
Ahí
empezó el carácter. Ya no era solo entusiasmo. Era decisión.
La
búsqueda
Cuando
logramos reunirnos de nuevo, apareció otra necesidad: el nombre.
Las
propuestas comenzaron a surgir: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes
Universitarios, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos…
También Yael Garaviño propuso Constructores de Futuro. Nombres que
sonaban bien, pero no se quedaban.
No
tenían peso. No decían quiénes éramos.
Entonces
Edgar Cuéllar lo dijo sin rodeos:
—Necesitamos
un nombre que sacuda… que diga algo de nosotros.
El
ambiente cambió. Dejó de ser conversación. Se volvió búsqueda.
La
palabra
Fue
entonces cuando Nubia se puso de pie. Había estado en silencio. Y
dijo una sola palabra: Katakandrú.
Quedó
suspendida en el aire. No hizo falta repetirla. Algo en ella vibraba
distinto.
El
relato
Nubia
no habló de inmediato. Se tomó un instante, como si lo que iba a
decir no fuera simplemente una idea, sino algo que venía de más
atrás.
Y
cuando habló, cambió el aire.
Nos
llevó, sin movernos del lugar, a un tiempo que no conocíamos pero
que, de algún modo, empezaba a pertenecernos. Habló de un pueblo
antiguo que no medía la riqueza en oro, sino en equilibrio. Que
moldeaba la arcilla con paciencia, que tallaba la piedra como si en
cada golpe quedara atrapado el tiempo. Un pueblo que cantaba. Que
celebraba. Que vivía sin la urgencia de imponerse.
La
música acompañaba sus rituales. Y cuando llegaron los hombres de
hierro y pólvora, no respondieron con guerra. Respondieron con lo
que eran. Abrieron sus manos. Ofrecieron su mundo. Y eso fue lo que
los condenó. Porque lo que vino no fue encuentro. Fue arrasamiento.
Sus cantos se apagaron. Sus nombres se borraron de la historia.
Pero
no del todo.
Porque
—decía Nubia— hay memorias que no desaparecen. Se quedan. En la
tierra. En las manos que aún moldean. En los fragmentos que
resisten. En lo que insiste en no morir.
Y
entonces lo repitió:
—Katakandrú.
Como
quien no está inventando un nombre… sino recordándolo.
La
decisión
Nadie
necesitó explicarlo. Lo supimos. Ese era el nombre.
Leónidas,
como siempre, dudó:
—Está
raro… nadie lo va a pronunciar bien.
Algunos
rieron.
Pero
entonces Olga habló.
—Ese
nombre es increíble… y sobre todo que viene de un pueblo indígena
—dijo, sin levantar la voz.
Algunos
aún murmuraban. Otros dudaban en silencio.
—Es
extraño… sí —continuó—. Pero tiene algo.
Hizo
una pausa. No fue larga, pero bastó para que todos la miráramos.
—Ese
es.
Nadie
respondió de inmediato. Leónidas esbozó una mueca, como si fuera a
decir algo más… pero no lo hizo. Las miradas empezaron a
coincidir. Uno a uno, fuimos asintiendo sin necesidad de ponernos de
acuerdo. La duda, que hasta hacía un momento rondaba la sala,
comenzó a disiparse como humo.
No
hubo votación. No hizo falta. La decisión ya estaba tomada. Y, sin
que nadie lo declarara en voz alta, todos entendimos que algo había
cambiado: por primera vez, alguien no solo proponía… marcaba el
rumbo.
El
nacimiento
Así
quedó nombrado, sin ceremonia:
Katakandrú.
Y
en ese gesto simple, algo cambió. Porque desde entonces ya no éramos
solo un grupo. Éramos una idea con nombre. Una intención con raíz.
Lo
que comenzó a pesar
Con
los años entendí que no todos los nombres se eligen. Algunos lo
eligen a uno.
Katakandrú
no era solo una palabra. Era una exigencia. Nos pedía coherencia.
Nos empujaba a ser algo más que un grupo de amigos. Nos recordaba
—sin decirlo— que la cultura también es resistencia, que la paz
no es debilidad, que la comunidad se construye.
Y
quizás por eso… desde el comienzo no nos lo pusieron fácil.
La
mesa directiva: cuando el sueño tomó forma
Toda
organización sabe
que el rumbo colectivo necesita manos capaces de guiarlos.
La noche en que decidimos ser
Para seguir el rumbo, entendimos que
no bastaba con reunirnos. Había que organizarnos. Obtener personería
jurídica. Darle forma a lo que apenas nacía. De lo contrario,
seríamos vistos como un grupo más… o peor aún, como otra
pandilla del barrio.
Aún puedo ver con nitidez la noche
del 12 de octubre de 1977, como si el tiempo hubiera decidido
conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera. Fue el día en que
dejamos de conversar… para empezar a asumir.
La grieta
La elección de la mesa directiva no
fue un trámite. Fue un acto fundacional. Pero no del todo limpio.
Porque, en medio del entusiasmo, ya estaba ahí la grieta.
Silenciosa.
Olga estaba con nosotros. Ernesto, su
hermano… con los chachos. Dos orillas opuestas, unidas por la misma
sangre. Nadie lo dijo. Pero todos lo vimos. Y aun así, seguimos.
Como si el silencio pudiera aplazar lo inevitable.
Los nombres
Aquella
noche, bajo una luz tenue y el murmullo cálido de las
conversaciones, el grupo decidió dar forma definitiva a su sueño.
no bastaba ya con reunirnos; era necesario asumir responsabilidades,
trazar un rumbo claro y poner nombres propios al compromiso
colectivo. En ese ambiente donde se mezclaban la emoción y la
solemnidad, se procedió a elegir a quienes guiarían los primeros
pasos de esta historia.
La
elección no fue un acto meramente protocolario, sino un ejercicio
genuino de confianza, fundado en la capacidad y la vocación de
servicio que cada cargo exigía. Aunque el sentir general señalaba a
Constantino Castro Zamora para la presidencia, él declinó el honor
con la honestidad que lo caracteriza: sabía que el cargo demandaba
un tiempo del que no disponía, y prefirió aceptar la
vicepresidencia, asegurando así su apoyo sin comprometer el buen
marchar del grupo. La presidencia recayó entonces en Carlos
Montealegre, quien contó con el respaldo unánime de sus compañeros.
Para
los demás cargos, el criterio fue claro: la idoneidad antes que
cualquier otra consideración. La tesorería quedó en manos de Ever
Motta Delgado, en quien todos reconocían una probidad inquebrantable
y una capacidad natural para el manejo responsable de los recursos.
La secretaría fue confiada a Doris Álvarez, cuya competencia ya era
bien conocida por el desempeño que demostraba en su ámbito laboral.
El equipo directivo se completó con Ricardo Bello Pascua al frente
de la fiscalía, y Edgar Cuéllar Silva junto a Nubia Fajardo como
vocales.
Así,
con cada pieza en su lugar y el talento puesto al servicio del bien
común, el grupo dejó de ser una promesa para convertirse en una
realidad.
No eran cargos. Eran compromisos.
Cada uno asumió su lugar con una certeza que apenas comenzábamos a
entender: liderar no era mandar… era sostener.
Elegir a Carlos no fue casual.
Había en él algo más que
liderazgo: una firmeza que equilibraba. Sabíamos que podía
contener, sin provocar, a los chachos. No se trataba de enfrentarlos…
sino de proteger el espacio. Porque lo que estaba naciendo necesitaba
cuidado. Y carácter.
Carlos conocía ese mundo desde
dentro. Y eso, en ese momento, valía más que cualquier discurso. Lo
entendía. Sabía cómo se movían, cómo pensaban, hasta dónde
podían llegar. Algunos decían —en voz baja— que había sido uno
de los suyos. Nunca lo confirmó. Tampoco hizo falta.
El golpe
Salimos del local con esa ligereza
que deja lo importante cuando apenas comienza. Risas, comentarios,
planes sueltos en el aire.
Y entonces ocurrió.
Ernesto apareció.
No llegó. Irrumpió. Traía la rabia
en el rostro y una urgencia que estropeó el ambiente. Sin decir
palabra, tomó a Olga del brazo y la jaló con brusquedad.
Pero Olga se soltó. De inmediato.
—¿A usted qué le pasa?
Él respondió sin bajar la voz:
—Mi mamá me mandó por usted…
que porque no sabía dónde diablos estaba metida.
Olga lo sostuvo con la mirada.
—Mentiroso… ella sabía que venía
para acá.
La tensión subió.
—No me alce la voz… porque la
golpeo.
El aire se detuvo. Por un instante,
nadie se movió. Pero Olga no retrocedió. Lo miró de frente, firme,
con una serenidad que desconcertaba más que cualquier grito.
—Hágalo… usted sabe lo que puede
pasar —respondió.
Y en aquella frase no había miedo.
Había dignidad.
El límite
Leónidas dio un paso al frente. Pero
Olga lo frenó. No con palabras. Con una mirada. Fue suficiente.
Yael le sostuvo el brazo:
—No se meta… es asunto de
familia.
—Pero no tiene derecho a tratarla
así —murmuró él, conteniendo lo que ya era rabia.
—Ese man no está bien —dijo Ever
en voz baja.
Yo no dije nada. Pero lo vi todo. La
impotencia en Leónidas. La tensión contenida en todos. Ese instante
en que uno entiende que cualquier movimiento puede desatar algo peor.
La retirada
Olga respiró. Se recompuso. Y
entonces hizo algo que, en ese momento, no supe leer del todo:
decidió no resistirse más.
Se volvió hacia nosotros. Una señal
breve. Casi cómplice. Como diciendo: luego hablamos.
Y se fue. No porque quisiera. Sino
porque esa escena ya no le pertenecía solo a ella.
Lo que quedó
Nos quedamos en silencio. Porque
entendimos. Aquello no era un altercado cualquiera. Era el primer
golpe visible. La señal de que lo que estábamos construyendo no
solo iba a crecer… también iba a ser puesto a prueba.
Leónidas no se movió en un buen
rato. Miraba el camino por donde se habían ido, con esa quietud suya
que nunca era indiferencia.
Entonces, sin dirigirse a nadie en
particular, dijo:
—Ella no debería tener que
aguantar eso.
Nadie respondió. No porque no
pensáramos lo mismo. Sino porque en su voz había algo que iba más
allá del comentario. Una pena vieja. Una impotencia que no era de
esa noche.
Yael le puso la mano en el hombro. Él
la dejó estar.
Y seguimos caminando. En silencio.
Cada quien cargando lo suyo.
Porque tarde o temprano, eso que esa
noche apenas asomaba… iba a estallar.
Cuando
el nombre se volvió bandera
Los
nuevos rostros trajeron ideas, fuerzas y esperanzas que el grupo aún
no sabía que necesitaba.
Con
la junta directiva conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su
rumbo. Dejó de ser solo una palabra recién nacida. Empezó a
convertirse en señal.
En
el barrio, el nombre comenzó a correr de boca en boca, despertando
curiosidad, sembrando preguntas.
—¿Katakandrú?,
decían algunos, extrañados.
Y,
sin necesidad de demasiadas explicaciones, la gente empezaba a
acercarse.
Desde
la 33 hasta la 40 comenzaron a llegar jóvenes de todos los rincones
del barrio, muchachos con historias distintas, pero atravesados por
una misma necesidad: participar, sentirse parte de algo que tuviera
sentido.
Los
primeros en vincularse en su totalidad fueron algunos integrantes de
la hermandad C. Luego Carlos, Ernesto y Alfonso Rujana, reconocidos
en el grupo de la 28 se incluyeron también. Incluso algunos
muchachos vinculados a los chachos empezaron a aparecer, atraídos
más por la curiosidad que por otra cosa: William serrato y otros
más. De los inquietos de la treinta llegaron los hermanos peña,
las chicas Ramírez, lester lizcano, Omar Cuéllar, las niñas Guio…
y así, poco a poco, Katakandrú comenzó a convertirse en un punto
de encuentro donde terminaban cruzándose jóvenes que, hasta
entonces, parecían venir de mundos distintos.
Y
así, casi sin darnos cuenta, el grupo empezó a crecer.
Cada
sábado, a las siete de la noche, el tiempo parecía cambiar de
ritmo. No eran simples reuniones. Eran encuentros donde la palabra
empezaba a tener peso.
Allí
discutíamos ideas, organizábamos actividades, planeábamos salidas,
repartíamos tareas. Aprendimos algo que entonces parecía pequeño y
que hoy entiendo enorme: organizarse también era una forma de
quererse.
Porque
soñar juntos exigía disciplina. Respeto. Constancia. Katakandrú no
prometía milagros. Pero ofrecía algo más importante: pertenencia.
La
primera misión
Muy
pronto entendimos que no bastaba con reunirnos. Había que actuar.
El
barrio estaba lleno de muchachos que comenzaban a perderse entre la
violencia, las pandillas y el vacío de no sentirse parte de nada. Y
quizás porque nosotros mismos veníamos de esa misma incertidumbre,
decidimos que nuestra primera tarea sería rescatar jóvenes.
No
con sermones. Con espacios. Con deporte. Con cultura. Con amistad.
Queríamos
demostrar que también era posible encontrarse alrededor de un balón,
de una caminata, de una guitarra o de una conversación sencilla bajo
la noche del barrio.
Cómo
hacíamos las cosas
No
teníamos manuales. Ni recursos suficientes. Teníamos voluntad.
Las
ideas nacían en cualquier parte: en una esquina, en una cancha,
caminando por las calles de Las Granjas. Luego las discutíamos en
grupo y buscábamos la manera de hacerlas realidad. Organizábamos
excursiones, campeonatos, jornadas culturales, caminatas ecológicas.
Todo con lo que apareciera. A veces con una bicicleta prestada, con
rifas improvisadas, con bazares, o con la ayuda silenciosa de los
vecinos y de nuestras familias.
Pero
nunca faltaba lo esencial: las ganas.
El
territorio
También
comenzamos a descubrir el mundo que nos rodeaba. Los caminos rurales.
Los ríos. Las montañas. La Tatacoa.
Cada
salida era más que un paseo. Era una manera de aprender a mirar. El
territorio dejó de ser solo paisaje y empezó a convertirse en
maestro. Nos enseñaba orientación, resistencia, compañerismo. Y
libertad.
Lo
que comenzaba
Con
el tiempo, Katakandrú empezó a abrir distintos caminos. Aparecieron
actividades culturales, deportivas, ambientales y sociales. Todo
nacía de manera natural, como si el mismo grupo fuera encontrando su
forma. Cada idea traía otra. Cada encuentro abría nuevos sueños.
Y
así, paso a paso, lo que había comenzado como una reunión de
muchachos buscando algo distinto empezó a convertirse en una fuerza
real dentro del barrio. Una fuerza pequeña todavía. Pero viva.
Y
cuando una idea logra volverse parte de la vida cotidiana de la
gente… ya no pertenece solo a quienes la crearon.
Empieza
a pertenecerle a todos.
Una vez más, el recuerdo lanzó su cordel certero. Arrastró el ayer hasta mi presente como una chispa de luz que brilla en la memoria, revelando de nuevo a aquel grupo inolvidable. Allí estábamos: los amigos de siempre, viendo cómo la semilla rompía la tierra en el más absoluto silencio. Necesitaba recuperar esa visión. Levantar la mirada hacia el pasado y volver atrás.
Mucho más atrás.
porque nuestro grupo no empezó el día en que decidimos reunirnos, ni en la primera conversación, ni siquiera en aquella noche universitaria en que comenzamos a imaginarlo. Venía de antes, como todo lo que se forma en silencio y solo se revela cuando ya es imposible ignorarlo.
Nació en un país herido.
Un país donde la esperanza y la violencia aprendieron a convivir sin preguntarse demasiado. Donde muchos jóvenes crecían buscando un lugar para respirar distinto, para inventarse un futuro que no estuviera marcado por la escasez ni por el miedo.
En esos años, nadie llegaba a las ciudades por elección. La vida se había vuelto un callejón sin salida. Desde la violencia bipartidista, miles de familias fueron arrancadas de raíz: dejaron cultivos, animales, casas… y hasta los cementerios donde descansaban sus muertos. No fue un viaje, fue una ruptura.
Así se llenaron las ciudades. Y entre ellas, Neiva, que crecía sin saber cómo contener tanta vida que llegaba de golpe. Los barrios tradicionales se desbordaron, y entonces, con las manos de quienes lo habían perdido todo pero conservaban la voluntad de empezar, comenzaron a surgir otros: Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso López, El Jardín… y finalmente, Las Granjas.
Allí llegamos nosotros en 1968. Aunque, en realidad, nuestro viaje había comenzado mucho antes, cuando nos arrancaron de Cunday.
Era una tierra de montaña honda, donde el olor a café tostado se mezclaba con el calor de la casa grande.
La casa de mi abuelo Sixto Antonio era de madera y corredor largo, de esos que invitan a quedarse mirando sin hacer nada. Alrededor, los árboles frutales daban sombra y pretexto, y más allá, las praderas verdes se abrían hasta donde la vista alcanzaba, con el azul quieto del cielo encima de todo. En las mañanas, antes de que el calor apretara, se oían las aves del bosque mezcladas con el cacareo de las gallinas y, de vez en cuando, el resoplo de algún caballo en el potrero. Los arboles de cacao crecía con la paciencia de las cosas que saben que valen.
Era una vida sostenida con dignidad. Y era nuestra.
Hasta que una noche, sin más aviso que el miedo, nos fuimos ocultos bajo tallos de caña en la parte posterior de un camión que conducía un sacerdote. La oscuridad afuera, la prisa adentro. Dejamos la casa con sus maderas todavía tibias, los animales en sus corrales, las tierras con el café a medio crecer. No hubo tiempo de despedirse de nada. Ni siquiera de los muertos.
Pero no fue suficiente. Todo se quedo.
Primero vino Girardot, como una pausa obligada. Luego Vegalarga, donde intentamos volver a sembrar la esperanza. Más tarde Ospina Pérez, en Palermo. Permitame decirles, cada lugar traía una promesa que apenas se sostenía. No éramos viajeros: éramos desplazados buscando dónde echar raíces.
Hasta que llegamos a Neiva. A un barrio que apenas tomaba forma entre casas levantadas con esfuerzo y calles de tierra:
Las Granjas.
Allí comenzamos otra vida. Hecha de trabajo, de adaptación… y también de encuentros. Porque algo pasaba en ese lugar.
Había jóvenes por todas partes. Jóvenes con pocas oportunidades, pero con una energía que no cabía en las calles. Jóvenes que aún no sabían qué hacer con lo que sentían, pero intuían que algo tenía que cambiar.
El barrio era un comienzo. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y nuevas, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si también ellas estuvieran aprendiendo a existir.
Fueron llegando familias: los Cuéllar, los Castro, los Amaya, los Bello… luego los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo. No eran solo apellidos: eran historias que se reconocían en la forma de saludar, en el paso por la cuadra, en la necesidad compartida de echar raíces.
Las Granjas no era solo un barrio. Era un universo.
Olía a tinto al amanecer, a polvo en las tardes, a leña encendida en las noches. Sonaban las risas, los balones contra las paredes, los llamados desde las puertas. Nadie preguntaba quién aportaba qué: bastaba con saber que era para todos.
Las casas eran amplias, más cercanas a la vida del campo que a la ciudad. Y no era casual. Muchos veníamos de allá, y necesitábamos un espacio donde la vida pudiera seguir siendo, al menos en parte, la que conocíamos.
De ahí el nombre.
En cada patio nacían pequeños mundos. En el nuestro, mi padre, don Sixto, se dedicó a domesticar la tierra. Con llantas viejas levantó huertas que parecían islas negras en medio del patio. Allí crecieron cebollas, zanahorias, repollos, tomates. No solo sembraba alimento: nos enseñaba, sin decirlo, que incluso de la tierra más dura puede brotar vida.
También sembró árboles: tamarindo, mango, naranjo, guayabo. No lo hizo solo para él, sino para el tiempo.
El patio era huerto, cocina y encuentro. Había horno de barro, gallinas, humo de leña. La vida transcurría entre el trabajo y la cercanía.
Y en medio de todo eso, nosotros crecíamos.
Las tardes eran nuestras. Fútbol en la calle, trompo, canicas, carreras descalzas. Bastaba saltar una cerca o gritar para recuperar el balón. Al caer la noche, las voces cambiaban:
—¡Vengan a comer!
Y el barrio se recogía. Así era Las Granjas: una mezcla de barrio naciente y memoria campesina. Un lugar donde se estaba formando algo más que casas. Se estaba formando una generación. Pero también crecían otras fuerzas.
Con el tiempo, el barrio empezó a dividirse. Surgieron grupos distintos, con caminos opuestos: Los Duros de la 26, La Hermandad C., Los Inquietos de la 30… y, en la orilla más oscura, los Chachos, decididos a imponer su ley desde el miedo.
Nada de eso fue casual.
Y fue entonces cuando el barrio dejó de ser solo un lugar. Se volvió un pulso.
Algo se estaba gestando entre nosotros, aunque aún no supiéramos nombrarlo. No era rebeldía, no era simple amistad, no era tampoco una respuesta directa a lo que pasaba afuera. Era otra cosa… más silenciosa, más honda.
Mientras algunos marcaban el territorio con miedo, en nosotros empezaba a abrirse un camino distinto. No ocurrió de golpe. No tuvo ruido. Pero alguien supo verlo antes que nosotros.
No llegó a imponer ni a señalar rutas con autoridad, no llamó ni exigió seguirlo; su presencia comenzó a inclinar la balanza de un modo casi imperceptible.
Una palabra a tiempo. Una mirada que no juzgaba. Una forma distinta de estar. Y bastó. Porque hay influencias que no irrumpen… se filtran. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya han echado raíz. Esa semilla, que aún no sabíamos nombrar, tenía un rostro. Y una voz. Y fue en nosotros donde comenzó a germinar.
GRANJAS: CAMPO DEPORTIVO
El padre Diógenes y la semilla
Hay hombres que dejan huellas con sus palabras; él las dejó formando seres humanos.
Ahí estaba el sacerdote.
Quieto, en medio de aquel barrio que todavía olía a tierra removida, mirando como si quisiera guardar cada detalle antes de que el tiempo lo borrara. Las paredes a medio terminar, el polvo suspendido en el aire, la gente yendo y viniendo sin saber que también estaba construyendo algo más que casas.
Su sotana negra no solo lo cubría: lo hacía visible. Era una presencia distinta, como esas que uno no entiende del todo en el momento, pero que con los años reconoce como decisivas.
El padre Diógenes.
No llegó haciendo ruido. No era hombre de imponerse. Más bien parecía escuchar primero, como si necesitara entender el latido del lugar antes de decir una sola palabra.
Y se quedó.
Hoy lo pienso, y me cuesta separar su imagen del barrio mismo. Como si hubiera estado ahí desde siempre, caminando las calles de Las Granjas con ese paso tranquilo y esa forma suya de acercarse a la gente sin distancia.
Tenía casi cincuenta años, pero se movía como uno de nosotros. Conversaba, preguntaba, se reía. Y, sin que nos diéramos cuenta, empezaba a juntarnos.
El fútbol fue la excusa.
Bastó una pelota para que todo comenzara a girar. De esos encuentros nació el campeonato Mini Pony, donde cada equipo llevaba el nombre de un club profesional. Recuerdo que hablaba del Atlético Huila cuando aún no existía, como si lo estuviera viendo venir desde algún lugar al que nosotros todavía no alcanzábamos.
Pero no era solo el juego.
Había algo más en todo eso, algo que en ese momento no sabíamos nombrar.
También estaban los miércoles. El pan recién hecho, las bolsas que se repartían, las filas de gente esperando. Nosotros ayudábamos en lo que podíamos, sin entender del todo que ahí, en esas pequeñas cosas, estaba pasando algo importante.
Uno iba a jugar fútbol… y terminaba aprendiendo a mirar al otro.
El padre no hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, dejaba algo. No eran discursos largos. Eran frases sencillas, dichas casi al pasar, como si no buscara enseñar… y sin embargo enseñara.
—Una rama sola se quiebra fácil… pero cuando muchas se entrelazan, ninguna fuerza logra romperlas.
En ese momento lo escuchábamos sin detenernos demasiado. Hoy entiendo que nos estaba hablando de nosotros.
Otra vez, mientras organizábamos una de esas jornadas en el barrio, nos soltó:
—No vinimos solo a existir… vinimos a servir.
Lo dijo con naturalidad, como quien recuerda algo obvio. Pero se quedó. Como se quedan las cosas que uno no comprende de inmediato. También insistía en algo que, con los años, empezó a cobrar sentido:
—Todo existe porque es necesario.
Entonces no preguntábamos. Ahora sí. Porque con el tiempo uno descubre que incluso lo difícil… también forma.
Y una tarde, entre risas, nos lanzó una de esas preguntas que parecían juego:
—Si rifo una palmada… ¿qué prefieren: darla o recibirla?
Nos reímos. No supimos qué decir. Y él, sonriendo apenas, remató:
—El que da… siempre recibe de vuelta.
No lo explicó. No hacía falta.
Recuerdo que a veces me tocaba recorrer el barrio despertando a los muchachos para entrenar. Golpeaba puertas, gritaba desde las esquinas, insistía hasta que salían. Si no lo hacía, nadie llegaba.
Un día, el padre nos reunió. No habló duro. No hizo reproches. Solo dijo que el compromiso no podía depender de uno solo. Que cada quien debía responder por lo suyo. Y eso bastó.
Así era él. No imponía. Sembraba.
Con el tiempo entendí que lo más importante no estaba en la cancha ni en las actividades. Estaba en algo que iba creciendo sin hacer ruido, como esas raíces que trabajan debajo de la tierra sin que nadie las vea.
Una forma distinta de mirarnos. De reconocernos. De estar.
Esa semilla —silenciosa, constante— empezó a abrirse paso en nosotros. Y cuando quiso mostrarse, ya era tarde para detenerla. Había tomado forma. Una forma nueva. Un nombre.
Katakandrú.
Katakandrú: la voz de los jóvenes
Un grupo de jóvenes con conciencia vale más que cien discursos porque convierten las ideas en acción.
De aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas y esperanzas— nació Katakandrú. No fue una casualidad. Fue la consecuencia de todo lo vivido.
Éramos herederos del empuje del barrio, de su solidaridad silenciosa, de las enseñanzas del padre Diógenes. Y con esa herencia, casi sin darnos cuenta, comenzamos a movernos hacia algo que aún no tenía forma, pero sí un propósito: devolverle a Las Granjas su ambiente… y su alegría.
La noche de los primíparos
Fue en la universidad donde todo tomó un rumbo distinto. Recuerdo esa noche.
Los chicos de Las Granjas nos reencontramos como quien vuelve a abrazar a los suyos en una fiesta: radiantes, bromistas, orgullosos de haber cruzado aquella puerta que durante años parecía tan lejana. Cada risa era un triunfo; cada abrazo, una certeza: ya éramos universitarios.
La ciudad también tenía su propio pulso: festivales, partidos, encuentros culturales. Pero nosotros buscábamos algo más.
Un lugar propio.
Una manera de no quedarnos atrapados entre la nostalgia del barrio y las exigencias de la universidad. Una forma —aunque entonces no lo dijéramos así— de no dejarnos arrastrar por la sombra que también crecía en Las Granjas.
Los que estaban esa noche
En círculo estaban ellas. Y en el centro, Olga.
Reclinada sobre la grama fresca, parecía habitar el lugar con naturalidad, como si siempre hubiera estado allí. Tenía una belleza que no necesitaba anunciarse: se notaba en la forma en que la alegría se quedaba en su rostro un instante más, en cómo el cabello le caía con descuido sobre los hombros, en la manera serena —casi segura— con que ocupaba su propio espacio.
Su figura, armónica y firme, atraía miradas que intentaban disimularse y nunca lo lograban del todo.
Pero no era solo eso.
Era la risa.
Le nacía fácil, limpia, y corría entre ellas como un hilo de luz que se expandía sin pedir permiso. Alcanzaba a los que pasaban cerca, detenía conversaciones, hacía girar cabezas.
Uno no sabía bien por qué… pero terminaba acercándose. Y sin darse cuenta, ya estábamos ahí.
Olga Lucía Fierro nos atraía sin esfuerzo. Amparo Suárez, desbordada en carcajadas. Nubia Fajardo, ya pensando en cambiar el mundo.
Ever y Luis Motta, atentos a cada gesto de las chicas, caminaban como si el patio fuera suyo. Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar hablaban de fútbol con la seriedad de quienes convierten cada jugada en historia. Humberto Flores medía sus palabras. Carlos Montealegre parecía conversar más con el cielo que con nosotros. Yael Garaviño soñaba en grande.
Y yo —Constantino— hacía de cada saludo una pequeña escena, como si la vida necesitara escenario. También Leónidas… siempre Leónidas, haciendo reír a todos, aunque pocos lo tomaran en serio.
El instante
La noche avanzaba, atravesada por la brisa que subía desde el Magdalena. El patio se volvió tertulia, risa, posibilidad.
Y entonces ocurrió.
Ricardo Bello se puso de pie. Pidió silencio.
—Muchachos… ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes de Las Granjas hay en esta universidad?
Fue una pregunta simple. Pero dejó un silencio distinto. Un silencio que no incomodaba… pensaba.
Ever fue el primero en responder:
—Podríamos organizarnos. Ayudarnos con libros, con materias… echarnos una mano.
La idea empezó a moverse. Despacio al principio. Luego con fuerza. Carlos Montealegre y Yael fueron más allá:
—¿Y si hacemos también actividades culturales, deportivas… algo para todos?
Ya no era solo apoyo. Era propósito.
Entonces Olga habló, casi sin pedir turno:
—Podríamos organizar actividades recreativas… salidas de campo…
Y fue suficiente. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo. Porque en ese momento, algo terminó de encajar. Las miradas dejaron de dispersarse. La idea dejó de ser posibilidad.
Algo se encendió. No fue una discusión. Fue un reconocimiento. Como si todos hubiéramos estado esperando ese momento sin saberlo. Las miradas coincidieron. Las voces también. La decisión no se votó. Se sintió.
La duda
No todos estaban convencidos. Leónidas, alejándose un poco, soltó casi en voz baja:
—No creo que eso funcione…
Pero en Las Granjas, los sueños rara vez se quedan quietos.
El nacimiento
Lo que empezó como conversación se volvió impulso. En pocos días, ya estábamos convocando. No hubo actas. No hubo firmas. Katakandrú no nació en un salón. Nació en la risa, en la necesidad, en la intuición de que juntos podíamos algo más. Nació como nacen las cosas verdaderas.
La noche que quedó
Aquel patio universitario, iluminado por bombillos amarillos y atravesado por la brisa del Magdalena, quedó guardado en la memoria como un punto de quiebre.
Al salir, como tantas veces, Olga y las chicas esperaban a los muchachos para regresar juntos al barrio.
Había un tramo oscuro, un paso donde la noche se volvía incierta y nadie debía cruzarlo solo. Por eso caminábamos así: en grupo, atentos, cuidándonos sin necesidad de decirlo.
Tomamos rumbo hacia Las Granjas.
En medio del bullicio, Olga pasó su brazo por los hombros de Leónidas, y él, casi sin pensarlo, la rodeó por la cintura. Entre bromas, empujones y risas que intentaban espantar la oscuridad, nos fuimos internando en el sendero.
Nadie iba solo. Ahí también era Katakandrú, aunque todavía no lo supiéramos nombrar así.
Esa noche nadie habló de hacer historia. Pero algo había iniciado. Algo que ya no iba a detenerse fácilmente. Porque cuando la juventud se reconoce, se organiza y decide caminar junta, deja de aceptar el mundo como es y empieza, casi sin darse cuenta, a transformarlo.
Y el cambio comenzó. Primero como una simple reunión de amigos. Luego como un sueño compartido que empezaba a tomar forma en las calles de Las Granjas.
Katakandrú: el nombre que nos eligió
A veces basta un pequeño grupo decidido para encender la esperanza de toda una comunidad
La convocatoria
El Atardecer de los Heraldos
Cierro los ojos y la memoria se proyecta con la nitidez de un plano que se niega a borrarse. En la esquina están ellos, detenidos en una imagen que el tiempo no ha podido borrar: un grupo de jóvenes con las manos llenas de volantes y sueños fotocopiados. No eran simples papeles; eran manifiestos artesanales, adornados con figuras que intentaban darle forma a una esperanza que apenas nacía en el barrio.
El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo las calles de un dorado viejo, justo cuando la buseta de pasajeros aparecía en la esquina, devolviendo a los trabajadores a sus casas. En medio de ese trasiego de rostros cansados, Olga, Doris, Amparo, Hugo y Leónidas se movían como talento propio. Una leve brisa jugaba con el pelo de las chicas y forcejeaba con ellos, intentando arrebatarles los volantes como si el viento también quisiera salir a repartirlos.
A su alrededor, la muchachada más pequeña corría entusiasmada, estirando las manos para ayudar en la tarea, contagiados por esa alegría que no cabe en el cuerpo. Los transeúntes jóvenes se detenían; algunos miraban con curiosidad, otros con ternura, pero casi todos recibían el papel con un cariño inusual, sintiendo que en ese trozo mecanografiado iba algo más que una invitación.
Caminaban sin sospechar que cada volante entregado era una semilla en tierra fértil. Sembraban la idea sin saber todavía hasta dónde iba a crecer, pero con la felicidad plena de quienes saben que, esa tarde, el barrio ya no era el mismo.
Llegaron muchos.
Jóvenes con entusiasmo limpio, con esa forma de creer que solo se tiene cuando aún todo parece posible. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro empezaron a entrelazarse ideas, sueños… y una certeza: juntos podíamos ir más lejos.
Pero no tardaron en aparecer las primeras grietas.
En aquellas reuniones también comenzaron a llegar otros. Muchachos conocidos en el barrio como los "chachos". Su presencia no era neutra: entraban imponiendo, interrumpían, se burlaban, probaban los límites. No venían a construir.
Venían a medir fuerzas.
El ambiente se fue tensando. Las palabras empezaron a pesar más de la cuenta. Y cuando comenzaron a incomodar a las muchachas, entendimos que aquello no era un simple roce.
Era una prueba.
El más insistente era Checho. Con él se dio el cruce más fuerte. La discusión subió de tono y, por un momento, todo pareció a punto de romperse. Entonces Carlos Montealegre intervino.
No vociferó. No provocó. Se acercó, lo miró de frente y, con firmeza, le pidió que se retiraran. Que nos dejaran continuar. Fue un acto sencillo. Pero marcó un límite.
Aun así, la reunión se quebró. Algunas chicas se fueron. Varios muchachos también. Lo que había comenzado con ilusión terminó en silencio.
Esa noche entendimos algo: que construir no es solo reunir gente con buenas intenciones. Es saber cuidar el espacio. Sostener la idea cuando tambalea. Y poner límites cuando hace falta.
Volvimos a intentarlo.
Pero ya no de la misma manera. Esta vez, la convocatoria fue distinta: uno a uno, mirando a los ojos. No se trataba de sumar por sumar, sino de reconocer a quienes compartían el propósito. Decidimos que el núcleo debía estar formado por estudiantes, por gente dispuesta a comprometerse.
Ahí empezó el carácter. Ya no era solo entusiasmo. Era decisión.
La búsqueda
Cuando logramos reunirnos de nuevo, apareció otra necesidad: el nombre.
Las propuestas comenzaron a surgir: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos… También Yael Garaviño propuso Constructores de Futuro. Nombres que sonaban bien, pero no se quedaban.
No tenían peso. No decían quiénes éramos.
Entonces Edgar Cuéllar lo dijo sin rodeos:
—Necesitamos un nombre que sacuda… que diga algo de nosotros.
El ambiente cambió. Dejó de ser conversación. Se volvió búsqueda.
La palabra
Fue entonces cuando Nubia se puso de pie. Había estado en silencio. Y dijo una sola palabra: Katakandrú.
Quedó suspendida en el aire. No hizo falta repetirla. Algo en ella vibraba distinto.
El relato
Nubia no habló de inmediato. Se tomó un instante, como si lo que iba a decir no fuera simplemente una idea, sino algo que venía de más atrás.
Y cuando habló, cambió el aire.
Nos llevó, sin movernos del lugar, a un tiempo que no conocíamos pero que, de algún modo, empezaba a pertenecernos. Habló de un pueblo antiguo que no medía la riqueza en oro, sino en equilibrio. Que moldeaba la arcilla con paciencia, que tallaba la piedra como si en cada golpe quedara atrapado el tiempo. Un pueblo que cantaba. Que celebraba. Que vivía sin la urgencia de imponerse.
La música acompañaba sus rituales. Y cuando llegaron los hombres de hierro y pólvora, no respondieron con guerra. Respondieron con lo que eran. Abrieron sus manos. Ofrecieron su mundo. Y eso fue lo que los condenó. Porque lo que vino no fue encuentro. Fue arrasamiento. Sus cantos se apagaron. Sus nombres se borraron de la historia.
Pero no del todo.
Porque —decía Nubia— hay memorias que no desaparecen. Se quedan. En la tierra. En las manos que aún moldean. En los fragmentos que resisten. En lo que insiste en no morir.
Y entonces lo repitió:
—Katakandrú.
Como quien no está inventando un nombre… sino recordándolo.
La decisión
Nadie necesitó explicarlo. Lo supimos. Ese era el nombre.
Leónidas, como siempre, dudó:
—Está raro… nadie lo va a pronunciar bien.
Algunos rieron.
Pero entonces Olga habló.
—Ese nombre es increíble… y sobre todo que viene de un pueblo indígena —dijo, sin levantar la voz.
Algunos aún murmuraban. Otros dudaban en silencio.
—Es extraño… sí —continuó—. Pero tiene algo.
Hizo una pausa. No fue larga, pero bastó para que todos la miráramos.
—Ese es.
Nadie respondió de inmediato. Leónidas esbozó una mueca, como si fuera a decir algo más… pero no lo hizo. Las miradas empezaron a coincidir. Uno a uno, fuimos asintiendo sin necesidad de ponernos de acuerdo. La duda, que hasta hacía un momento rondaba la sala, comenzó a disiparse como humo.
No hubo votación. No hizo falta. La decisión ya estaba tomada. Y, sin que nadie lo declarara en voz alta, todos entendimos que algo había cambiado: por primera vez, alguien no solo proponía… marcaba el rumbo.
El nacimiento
Así quedó nombrado, sin ceremonia:
Katakandrú.
Y en ese gesto simple, algo cambió. Porque desde entonces ya no éramos solo un grupo. Éramos una idea con nombre. Una intención con raíz.
Lo que comenzó a pesar
Con los años entendí que no todos los nombres se eligen. Algunos lo eligen a uno.
Katakandrú no era solo una palabra. Era una exigencia. Nos pedía coherencia. Nos empujaba a ser algo más que un grupo de amigos. Nos recordaba —sin decirlo— que la cultura también es resistencia, que la paz no es debilidad, que la comunidad se construye.
Y quizás por eso… desde el comienzo no nos lo pusieron fácil.
La mesa directiva: cuando el sueño tomó forma
Toda organización sabe que el rumbo colectivo necesita manos capaces de guiarlos.
La noche en que decidimos ser
Para seguir el rumbo, entendimos que no bastaba con reunirnos. Había que organizarnos. Obtener personería jurídica. Darle forma a lo que apenas nacía. De lo contrario, seríamos vistos como un grupo más… o peor aún, como otra pandilla del barrio.
Aún puedo ver con nitidez la noche del 12 de octubre de 1977, como si el tiempo hubiera decidido conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera. Fue el día en que dejamos de conversar… para empezar a asumir.
La grieta
La elección de la mesa directiva no fue un trámite. Fue un acto fundacional. Pero no del todo limpio. Porque, en medio del entusiasmo, ya estaba ahí la grieta. Silenciosa.
Olga estaba con nosotros. Ernesto, su hermano… con los chachos. Dos orillas opuestas, unidas por la misma sangre. Nadie lo dijo. Pero todos lo vimos. Y aun así, seguimos. Como si el silencio pudiera aplazar lo inevitable.
Los nombres
Aquella noche, bajo una luz tenue y el murmullo cálido de las conversaciones, el grupo decidió dar forma definitiva a su sueño. no bastaba ya con reunirnos; era necesario asumir responsabilidades, trazar un rumbo claro y poner nombres propios al compromiso colectivo. En ese ambiente donde se mezclaban la emoción y la solemnidad, se procedió a elegir a quienes guiarían los primeros pasos de esta historia.
La elección no fue un acto meramente protocolario, sino un ejercicio genuino de confianza, fundado en la capacidad y la vocación de servicio que cada cargo exigía. Aunque el sentir general señalaba a Constantino Castro Zamora para la presidencia, él declinó el honor con la honestidad que lo caracteriza: sabía que el cargo demandaba un tiempo del que no disponía, y prefirió aceptar la vicepresidencia, asegurando así su apoyo sin comprometer el buen marchar del grupo. La presidencia recayó entonces en Carlos Montealegre, quien contó con el respaldo unánime de sus compañeros.
Para los demás cargos, el criterio fue claro: la idoneidad antes que cualquier otra consideración. La tesorería quedó en manos de Ever Motta Delgado, en quien todos reconocían una probidad inquebrantable y una capacidad natural para el manejo responsable de los recursos. La secretaría fue confiada a Doris Álvarez, cuya competencia ya era bien conocida por el desempeño que demostraba en su ámbito laboral. El equipo directivo se completó con Ricardo Bello Pascua al frente de la fiscalía, y Edgar Cuéllar Silva junto a Nubia Fajardo como vocales.
Así, con cada pieza en su lugar y el talento puesto al servicio del bien común, el grupo dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad.
No eran cargos. Eran compromisos. Cada uno asumió su lugar con una certeza que apenas comenzábamos a entender: liderar no era mandar… era sostener.
Elegir a Carlos no fue casual.
Había en él algo más que liderazgo: una firmeza que equilibraba. Sabíamos que podía contener, sin provocar, a los chachos. No se trataba de enfrentarlos… sino de proteger el espacio. Porque lo que estaba naciendo necesitaba cuidado. Y carácter.
Carlos conocía ese mundo desde dentro. Y eso, en ese momento, valía más que cualquier discurso. Lo entendía. Sabía cómo se movían, cómo pensaban, hasta dónde podían llegar. Algunos decían —en voz baja— que había sido uno de los suyos. Nunca lo confirmó. Tampoco hizo falta.
El golpe
Salimos del local con esa ligereza que deja lo importante cuando apenas comienza. Risas, comentarios, planes sueltos en el aire.
Y entonces ocurrió.
Ernesto apareció.
No llegó. Irrumpió. Traía la rabia en el rostro y una urgencia que estropeó el ambiente. Sin decir palabra, tomó a Olga del brazo y la jaló con brusquedad.
Pero Olga se soltó. De inmediato.
—¿A usted qué le pasa?
Él respondió sin bajar la voz:
—Mi mamá me mandó por usted… que porque no sabía dónde diablos estaba metida.
Olga lo sostuvo con la mirada.
—Mentiroso… ella sabía que venía para acá.
La tensión subió.
—No me alce la voz… porque la golpeo.
El aire se detuvo. Por un instante, nadie se movió. Pero Olga no retrocedió. Lo miró de frente, firme, con una serenidad que desconcertaba más que cualquier grito.
—Hágalo… usted sabe lo que puede pasar —respondió.
Y en aquella frase no había miedo. Había dignidad.
El límite
Leónidas dio un paso al frente. Pero Olga lo frenó. No con palabras. Con una mirada. Fue suficiente.
Yael le sostuvo el brazo:
—No se meta… es asunto de familia.
—Pero no tiene derecho a tratarla así —murmuró él, conteniendo lo que ya era rabia.
—Ese man no está bien —dijo Ever en voz baja.
Yo no dije nada. Pero lo vi todo. La impotencia en Leónidas. La tensión contenida en todos. Ese instante en que uno entiende que cualquier movimiento puede desatar algo peor.
La retirada
Olga respiró. Se recompuso. Y entonces hizo algo que, en ese momento, no supe leer del todo: decidió no resistirse más.
Se volvió hacia nosotros. Una señal breve. Casi cómplice. Como diciendo: luego hablamos.
Y se fue. No porque quisiera. Sino porque esa escena ya no le pertenecía solo a ella.
Lo que quedó
Nos quedamos en silencio. Porque entendimos. Aquello no era un altercado cualquiera. Era el primer golpe visible. La señal de que lo que estábamos construyendo no solo iba a crecer… también iba a ser puesto a prueba.
Leónidas no se movió en un buen rato. Miraba el camino por donde se habían ido, con esa quietud suya que nunca era indiferencia.
Entonces, sin dirigirse a nadie en particular, dijo:
—Ella no debería tener que aguantar eso.
Nadie respondió. No porque no pensáramos lo mismo. Sino porque en su voz había algo que iba más allá del comentario. Una pena vieja. Una impotencia que no era de esa noche.
Yael le puso la mano en el hombro. Él la dejó estar.
Y seguimos caminando. En silencio. Cada quien cargando lo suyo.
Porque tarde o temprano, eso que esa noche apenas asomaba… iba a estallar.
Cuando el nombre se volvió bandera
Los nuevos rostros trajeron ideas, fuerzas y esperanzas que el grupo aún no sabía que necesitaba.
Con la junta directiva conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su rumbo. Dejó de ser solo una palabra recién nacida. Empezó a convertirse en señal.
En el barrio, el nombre comenzó a correr de boca en boca, despertando curiosidad, sembrando preguntas.
—¿Katakandrú?, decían algunos, extrañados.
Y, sin necesidad de demasiadas explicaciones, la gente empezaba a acercarse.
Desde la 33 hasta la 40 comenzaron a llegar jóvenes de todos los rincones del barrio, muchachos con historias distintas, pero atravesados por una misma necesidad: participar, sentirse parte de algo que tuviera sentido.
Los primeros en vincularse en su totalidad fueron algunos integrantes de la hermandad C. Luego Carlos, Ernesto y Alfonso Rujana, reconocidos en el grupo de la 28 se incluyeron también. Incluso algunos muchachos vinculados a los chachos empezaron a aparecer, atraídos más por la curiosidad que por otra cosa: William serrato y otros más. De los inquietos de la treinta llegaron los hermanos peña, las chicas Ramírez, lester lizcano, Omar Cuéllar, las niñas Guio… y así, poco a poco, Katakandrú comenzó a convertirse en un punto de encuentro donde terminaban cruzándose jóvenes que, hasta entonces, parecían venir de mundos distintos.
Y así, casi sin darnos cuenta, el grupo empezó a crecer.
Cada sábado, a las siete de la noche, el tiempo parecía cambiar de ritmo. No eran simples reuniones. Eran encuentros donde la palabra empezaba a tener peso.
Allí discutíamos ideas, organizábamos actividades, planeábamos salidas, repartíamos tareas. Aprendimos algo que entonces parecía pequeño y que hoy entiendo enorme: organizarse también era una forma de quererse.
Porque soñar juntos exigía disciplina. Respeto. Constancia. Katakandrú no prometía milagros. Pero ofrecía algo más importante: pertenencia.
La primera misión
Muy pronto entendimos que no bastaba con reunirnos. Había que actuar.
El barrio estaba lleno de muchachos que comenzaban a perderse entre la violencia, las pandillas y el vacío de no sentirse parte de nada. Y quizás porque nosotros mismos veníamos de esa misma incertidumbre, decidimos que nuestra primera tarea sería rescatar jóvenes.
No con sermones. Con espacios. Con deporte. Con cultura. Con amistad.
Queríamos demostrar que también era posible encontrarse alrededor de un balón, de una caminata, de una guitarra o de una conversación sencilla bajo la noche del barrio.
Cómo hacíamos las cosas
No teníamos manuales. Ni recursos suficientes. Teníamos voluntad.
Las ideas nacían en cualquier parte: en una esquina, en una cancha, caminando por las calles de Las Granjas. Luego las discutíamos en grupo y buscábamos la manera de hacerlas realidad. Organizábamos excursiones, campeonatos, jornadas culturales, caminatas ecológicas. Todo con lo que apareciera. A veces con una bicicleta prestada, con rifas improvisadas, con bazares, o con la ayuda silenciosa de los vecinos y de nuestras familias.
Pero nunca faltaba lo esencial: las ganas.
El territorio
También comenzamos a descubrir el mundo que nos rodeaba. Los caminos rurales. Los ríos. Las montañas. La Tatacoa.
Cada salida era más que un paseo. Era una manera de aprender a mirar. El territorio dejó de ser solo paisaje y empezó a convertirse en maestro. Nos enseñaba orientación, resistencia, compañerismo. Y libertad.
Lo que comenzaba
Con el tiempo, Katakandrú empezó a abrir distintos caminos. Aparecieron actividades culturales, deportivas, ambientales y sociales. Todo nacía de manera natural, como si el mismo grupo fuera encontrando su forma. Cada idea traía otra. Cada encuentro abría nuevos sueños.
Y así, paso a paso, lo que había comenzado como una reunión de muchachos buscando algo distinto empezó a convertirse en una fuerza real dentro del barrio. Una fuerza pequeña todavía. Pero viva.
Y cuando una idea logra volverse parte de la vida cotidiana de la gente… ya no pertenece solo a quienes la crearon.
Empieza a pertenecerle a todos.
La estrategia: cuando la alegría salvó el sueño
Cuando
el miedo intentó dividirnos y la desidia quiso apagarnos, elegimos
convertir la unión en nuestra forma de resistencia.
Si
algo nos enseñó Katakandrú desde el comienzo, fue que no basta con
nacer. También hay que sostenerse. Y
no siempre es fácil.
El grupo había surgido de un impulso
sencillo: reunirnos, hacer algo distinto, no dejarnos arrastrar por
la rutina del barrio ni por el destino que parecía escrito para
muchos jóvenes de entonces. Queríamos compartir, aprender, caminar
juntos, descubrir el entorno, fortalecer la amistad y encontrar en la
cultura, el deporte y la naturaleza una manera distinta de crecer.
Con poco hacíamos mucho.
Las ideas nacían en reuniones
sencillas, entre conversaciones improvisadas y cuadernos llenos de
apuntes. Luego repartíamos tareas y ejecutábamos lo que podíamos
con lo que hubiera a la mano.
Pero incluso los sueños más firmes
se desgastan. Recuerdo aquel primer tiempo de Katakandrú como se
recuerdan los amaneceres irrepetibles: luminoso, prometedor, casi
sagrado. Éramos veinticinco, quizá treinta jóvenes, reunidos
alrededor de una misma ilusión. Hablábamos de música, de amores,
de universidad, de proyectos… y sin saberlo, comenzábamos a
construir algo serio.
Aprobamos reglamentos. Soñábamos
con obtener personería jurídica. Queríamos trascender.
Pero entonces comenzaron las sombras.
La asistencia empezó a disminuir.
Primero uno. Luego otro. Hasta que las sillas vacías comenzaron a
hacerse costumbre.
Al principio pensamos que era el
desgaste natural de cualquier proceso que apenas empieza. Pero pronto
entendimos que detrás de aquellas ausencias había algo más
profundo: el miedo.
Los chachos seguían rondando el
barrio. A veces lanzaban amenazas, sobre todo contra las muchachas y
algunos jóvenes más vulnerables del grupo. No era una persecución
abierta, pero sí una presión constante, suficiente para sembrar
dudas.
Hubo una noche que marcó un quiebre.
Fulvio Castro y la prima Patricia
Pérez regresaban de cine cuando fueron interceptados por dos de
ellos. Lo que comenzó como un cruce tenso terminó en agresión. Uno
de los sujetos hirió a Fulvio en el abdomen.
El grito de Patricia rompió la
noche. Y también nuestra tranquilidad. Salimos en defensa de ellos
sin pensarlo. Uno logró escapar. Al otro lo alcanzamos, lo redujimos
y lo entregamos a la policía.
Aquello cambió algo en el ambiente.
El rumor corrió rápido por Las
Granjas y muchas familias comenzaron a mirar a Katakandrú con
preocupación. Ya no éramos solo un grupo juvenil; empezábamos a
ser vistos como muchachos expuestos al conflicto.
Y así comenzaron las retiradas
silenciosas. Muchos dejaron de asistir. Otros prometían volver y no
regresaban. Pero curiosamente, el grupo seguía vivo en las
preguntas:
—¿Cómo les fue?
—¿Qué hicieron?
Y nosotros respondíamos:
—Bien… estuvo buena la reunión.
No mentíamos para engañar.
Mentíamos para proteger la esperanza.
La idea
Una noche nos reunimos los pocos que
seguíamos firmes. La mesa directiva resistía casi sola. El salón
se veía demasiado grande para tan poca gente.
—No podemos dejar esto tirado
—dije—. Ya llevamos camino.
—¿Pero qué hacemos? —preguntó
Carlos Montealegre, agotado.
—Hay que buscar una estrategia
—dijo Ever.
Y entonces Leónidas lanzó su
sentencia:
—Yo les dije… este grupo no iba a
funcionar.
Pero Olga reaccionó de inmediato.
—Deje de ser negativo —dijo con
naturalidad—. Todos los proyectos tienen momentos difíciles… y
de esta salimos.
No habló mucho. Nunca necesitaba
hacerlo. Sus palabras tenían esa extraña capacidad de ordenar el
ánimo de todos.
Entonces Carlos encontró la salida:
—Hagamos las reuniones los viernes.
Los sábados nadie cambia una fiesta por una reunión… y de los
chachos no se preocupen. No les tengan miedo.
Hubo un silencio breve. Y de pronto
todo hizo sentido.
—¡Claro! —exclamé—. Si a los
muchachos les gusta la fiesta… hagamos de la reunión una fiesta.
Ahí nació la estrategia que terminó
salvando a Katakandrú.
La propuesta no tardó en encenderse.
Mi casa sería la primera. Amparo ofreció la suya para la siguiente.
Yael pidió turno. La estrategia estaba en marcha.
Llegó el día. Y esta vez…
llegaron. No diez. No quince. Casi cincuenta jóvenes. El barrio
entero parecía haberse dado cita en la casa de los Castros.
William Serrato apareció de los
primeros, puntual como siempre, cargando algunas bebidas como quien
entiende que toda celebración necesita comenzar con generosidad.
Detrás de él entraron las hermanas Álvarez, riendo a carcajadas y
trayendo pasabocas que, más que comida, parecían traer consigo el
espíritu festivo que tanto necesitábamos.
Humberto Flores llegó con su calma
habitual, saludando uno por uno, con esa mirada serena de quien
observa más de lo que dice. Llevaba una bolsa con empanadas que
Adriana López pronto hizo circular entre los presentes, como si
también ellas quisieran ser parte de la conversación.
Los hermanos Bello, inseparables como
siempre, se acomodaron en grupo, conversando animadamente mientras
destapaban una pimpinela de cerveza que no tardó en convertirse en
punto de encuentro. Por su parte, los Castro iban y venían sin
descanso, atendiendo a todos, organizando, recibiendo… siendo, sin
proponérselo, los anfitriones naturales de aquella noche.
Las hermanas Cuéllar, Yineth y María
Eugenia, se movían entre los grupos con soltura, compartiendo risas
con Nubia Fajardo y Mélida Trujillo. Habían llevado chicharrones y
maíz tostado, que pronto se mezclaron con otros sabores y otras
manos, en ese gesto tan propio del barrio donde todo termina siendo
de todos.
Más allá, hizo su entrada Yael
Garaviño acompañado de sus hermanas —Ariari, Martha y Ederle—,
cargando un gran pastel que parecía más un símbolo que un postre:
la celebración de un nuevo comienzo. Su llegada fue recibida con
aplausos y bromas, como si con ese gesto se confirmara que el grupo
volvía a latir.
También estaban Patricia y Maribel
Tovar, Yolanda Morales con su prima, Luis Motta con su hermana
Mónica, Hugo y Juan Carlos Peña… y muchos más que fueron
llegando poco a poco, cada uno con algo en las manos: una bebida, un
plato, un detalle sencillo.
Porque en el fondo, ninguno llegaba
con las manos vacías. Todos traían, además, algo más importante:
las ganas de estar, las ganas de pertenecer, las ganas de construir
juntos.
Y así, casi sin darnos cuenta,
aquella casa se fue llenando no solo de gente, sino de sentido.
Tantos que ya no importaba contarlos. Porque lo importante… era que
habían llegado. E incluso al que no esperábamos: Donal Losada.
La estrategia había funcionado.
Pero si alguien no estaba del todo en
la fiesta, ese era Leónidas. Aunque reía, aunque participaba,
aunque intentaba mezclarse en el ambiente, sus ojos no estaban allí.
Estaban en la puerta.
Esperaba.
Lester Lizcano lo miraba con cierta
preocupación. Leónidas iba y venía, caminando de un lado a otro,
como si el tiempo se le hubiera vuelto más lento de lo normal. Cada
tanto dirigía la mirada hacia la entrada, con una ansiedad que ya no
podía disimular.
Estaba impaciente… como un niño al
que le han prometido una bicicleta y no deja de asomarse a la puerta
esperando verla llegar. Con esa mezcla de ilusión y urgencia que no
cabe en el cuerpo, que no entiende de razones, que solo sabe esperar.
Y así estaba él. Esperando a Olga.
Y entonces ocurrió.
La puerta se abrió. Y Olga apareció.
Pero no venía sola. Entró acompañada de Manuel, con una
naturalidad que ignoraba —o tal vez dominaba— el efecto que
provocaba. Él avanzaba con un aire seguro, casi desafiante,
sosteniendo una caja con botellas de crema de whisky para las chicas,
como quien marca territorio sin decir palabra. A su lado, ella
brillaba con esa luz propia que no necesita esfuerzo: serena,
cercana, luminosa como siempre.
El golpe fue silencioso.
A Leónidas se le detuvo la mirada
por un instante. No dijo nada. No hizo escena. Pero algo en su
expresión cambió, apenas lo suficiente para que quien supiera mirar
lo notara.
Luis Ángel, entendiendo el momento,
le ofreció una bebida que él aceptó con una sonrisa correcta, de
esas que se usan más para sostenerse que para celebrar.
Luego volvió a la fiesta. Porque hay
decepciones que, en la juventud, se aprenden a disimular bailando. Y
Leónidas, aquella noche, decidió no dejarse vencer.
Bailó.
Yineth, Martha y Rosa Ramírez lo
rodearon, lo tomaron de las manos y, como si quisieran rescatarlo del
silencio, improvisaron a su alrededor una ronda danzante que terminó
arrancándole una risa verdadera.
Después rió con Magnolia Rojas. Se
dejó llevar por la música. Y poco a poco volvió al grupo, aunque
algo en él siguiera esperando todavía.
La reunión no fue solo fiesta.
También fue un renacer. Entre conversaciones, música y carcajadas,
tomamos la primera gran decisión comunitaria: organizar una jornada
para limpiar lotes, recoger basura y recuperar algunos espacios del
barrio.
La siguiente reunión quedó
programada esa misma noche. Katakandrú volvía a respirar.
Luego la música tomó el mando. Sonó
Joe Arroyo. Y el ambiente terminó de encenderse.
Edgar Cuéllar irrumpió levantando
una botella de aguardiente como si fuera una bandera:
—¡Guepa je!
Todos respondimos. Incluso Leónidas.
La noche avanzó sin prisa, entre
baile, cerveza y conversaciones atravesadas por la ilusión de sentir
que algo importante estaba naciendo. Y cuando el cansancio empezó a
ganarle espacio a la madrugada, sonó una ranchera. Después, casi
sin pensarlo, alguien puso el himno nacional. Y entonces entendimos
que la fiesta había terminado.
Antes de irnos, vi a Leónidas
sentado aparte.
Me acerqué.
—Tranquilo… —le dije—. A
veces las cosas no son como parecen.
Me miró. Había en sus ojos algo que
no era tristeza exactamente. Era más bien el reconocimiento
silencioso de alguien que ya sabía la verdad desde antes, pero que
esa noche la había visto con nombre y rostro.
—Yo sé cómo son —dijo al fin,
en voz baja—. Siempre lo supe.
No respondí. No hacía falta.
Nos quedamos un momento así, en ese
silencio que solo se da entre quienes se conocen de verdad. Luego él
respiró hondo, terminó su bebida, y se puso de pie.
—Bueno —dijo, como quien cierra
una puerta con cuidado para no despertar a nadie—. Fue buena la
reunión.
Y se fue. Con esa dignidad suya de
siempre. La misma que usaba para hacer reír a todos. La misma con la
que cargaba lo que nadie más veía.
La
primera minga de Katakandrú
Cultivando
el afuera, florece lo de adentro.
Si hoy recapacito, todavía puedo
sentir mis pasos llegando a aquel lote baldío, el mismo terreno
donde años después se levantaría el puesto de salud. Aquella
mañana caminaba convencido de que íbamos simplemente a hacer aseo.
Pero en el fondo no era cierto. No íbamos solo a limpiar un terreno:
íbamos a celebrarnos como grupo.
Me detuve un instante a observarlos
mientras llegaban.
La mañana amaneció nublada,
cubierta por esa humedad gris que siempre amenaza con llovizna, y yo
no podía evitar cierto escepticismo. La jornada anterior había sido
agotadora; habíamos terminado casi a las dos de la madrugada, y me
parecía imposible reunir nuevamente a toda la muchachada a las diez
en punto para trabajar y que lo hicieran con entusiasmo.
Sin embargo, allí estaban.
Y no llegaban arrastrando el
cansancio, sino cargados de buen animo.
Al verlos reunidos, algo profundo me
recorrió el cuerpo. El acercamiento entre las chicas y los muchachos
hablaba por sí solo: se saludaban con abrazos, besos en la mejilla y
apretones de mano llenos de complicidad, como si la fiesta de la
noche anterior todavía siguiera latiendo entre nosotros. Ya no eran
grupos separados ni rostros tímidos. Había nacido una fraternidad
genuina, una confianza nueva que se reflejaba en las miradas y en la
manera desprevenida con que compartían el espacio.
Entonces comprendí que la estrategia
había funcionado.
Bajo la sombra fresca de los árboles,
entre risas, bromas y conversaciones cruzadas, tuve la certeza de que
Katakandrú tendría futuro. Y justo en ese instante, como si
quisiera sellar aquel presentimiento, el sol rompió las nubes y
reclamó su lugar sobre nosotros.
Porque en Las Granjas —y más aún
en Katakandrú— el trabajo nunca fue solo trabajo. Era encuentro.
Era alegría. Era comunidad. Era una grabadora de radiocasete sonando
a todo volumen, alimentada con pilas Eveready, marcando el ritmo de
la jornada como si también quisiera formar parte de aquella
historia.
Llegamos armados de palas, picas y
buena voluntad. El sol caía sin clemencia y el sudor nos corría por
la frente como si también quisiera participar de la minga. Pero
nadie se quejaba. Había una energía distinta, una felicidad
sencilla que no dependía del clima ni del cansancio.
Aquel lote abandonado comenzaba a
limpiarse por fuera, mientras nosotros, sin saberlo, también
empezábamos a construir algo por dentro.
Entonces apareció don Ricardo León
Castro.
A él se le había encomendado la
tarea de organizar el trabajo. Tenía formación en contaduría y
administración, y alguien pensó —con acierto— que ese
conocimiento podía ponerse al servicio del grupo. Pero no llegó con
discursos complicados ni con fórmulas técnicas. Llegó con una
libreta sencilla… y con claridad.
Con paciencia de maestro y firmeza
tranquila, nos repartió por sectores. Unos cortaban maleza, otros
recogían escombros, otros despejaban los desagües. Y así
entendimos, sin que nadie lo dijera, que trabajar juntos no significa
hacer lo mismo sino aprender a complementarse.
Nos propusimos metas pequeñas: el
frente, luego los costados, después el interior. Hicimos pausas,
tomamos agua, revisamos lo logrado. Porque un grupo cansado se
detiene… pero uno motivado se multiplica.
Ricardo no impuso. No ordenó desde
arriba. Simplemente organizó… y nos hizo entender.
Fue entonces cuando, como era de
esperarse, apareció la voz de Leónidas:
—Pero Ricardo… si esto es solo
limpiar un lote. Tampoco estamos montando una empresa.
Algunos rieron. Ricardo lo miró con
calma y respondió:
—Precisamente por eso. Porque es
sencillo. Lo sencillo también necesita orden si queremos que salga
bien.
La frase quedó flotando en el aire.
Y se quedó.
Mientras trabajábamos, las
conversaciones comenzaron a brotar como si la tierra también soltara
historias. Se hablaba de la última reunión, del baile, de las
miradas, de los acercamientos. Porque Katakandrú, además de
organización, era juventud… y la juventud siempre encuentra
caminos para el corazón.
Y entonces apareció el tema
inevitable: Richard.
—Ese no dejó chica sin saludar
—dijo uno.
—Ni sin intentar conquistar —remató
otro.
Las risas estallaron. Pero Richard no
se dejó:
—¿Cómo así que yo? ¡Si Ever
también estaba metido en la jugada!
—¿Yo? —respondió Ever—. Yo
apenas bailé cinco termitas. Carlos no salió de la pista.
—Yo bailé sin ninguna intención
—dijo Carlos, con una seriedad que solo provocó más risas.
La carcajada fue colectiva, amplia,
limpia. Y fue entonces cuando Leónidas, con ese humor que siempre
encontraba el momento justo, lanzó:
—No vaya a soltar esa flor…
acaríciale con cuidado.
La referencia era clara: Carlos y
Flor de Liz habían estado en el baile bien juntitos. Pero esta vez
la risa no fue igual para todos.
Carlos no tardó en responderle, con
ese tono entre burla y filo:
—¿Qué quiere que diga? ¿Que
llegaste por lana y terminaste trasquilado? Mejor no me haga hablar…
porque aquí el que acaba llorando es otro.
La frase cayó pesada.
No era solo una broma. Venía cargada
del eco de la noche anterior, de ese momento en que Olga llegó
acompañada… y Leónidas se le quedó en silencio. Todos lo
habíamos notado, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.
El ambiente se tensó por un
instante.
Fue entonces cuando intervine.
—Bueno… y a propósito, ¿por qué
no vino Olga?
Leónidas, que hasta ese momento
había intentado sostener la sonrisa entre las bromas del grupo,
respondió de inmediato, casi demasiado rápido:
—Amaneció un poco indispuesta…
eso me contó su mamá.
Lo dijo con aparente naturalidad,
pero algo en el tono dejaba ver que la ausencia le pesaba más de lo
que quería admitir.
Supe que no era el momento de seguir
ahondando en la herida.
—Bueno, dejemos eso así —dije,
bajando el tono—. Ya estuvo bien por hoy… mejor demos por
terminada la jornada.
El grupo entendió. No hizo falta
decir más. Porque entre nosotros también se aprendía eso: que la
amistad no es solo reír juntos… sino saber cuándo cuidar al otro.
Poco a poco, las herramientas fueron
quedando a un lado. Miramos el terreno. Lo que antes era abandono
ahora mostraba orden. Lo que antes era maleza ahora dejaba ver
propósito.
Ese día no solo despejamos un lote.
Aprendimos que liderar es servir, que coordinar es construir, que
incluso la tarea más sencilla puede enseñar principios grandes. Sin
discursos. Sin solemnidades. Sin darnos cuenta.
Comprendimos entonces que lo
verdaderamente importante no era el terreno que habíamos mejorado
por fuera, sino el espíritu que, sin darnos cuenta, habíamos
empezado a restablecer por dentro.
Cuando el miedo intentó dividirnos y la desidia quiso apagarnos, elegimos convertir la unión en nuestra forma de resistencia.
Si algo nos enseñó Katakandrú desde el comienzo, fue que no basta con nacer. También hay que sostenerse. Y no siempre es fácil.
El grupo había surgido de un impulso sencillo: reunirnos, hacer algo distinto, no dejarnos arrastrar por la rutina del barrio ni por el destino que parecía escrito para muchos jóvenes de entonces. Queríamos compartir, aprender, caminar juntos, descubrir el entorno, fortalecer la amistad y encontrar en la cultura, el deporte y la naturaleza una manera distinta de crecer.
Con poco hacíamos mucho.
Las ideas nacían en reuniones sencillas, entre conversaciones improvisadas y cuadernos llenos de apuntes. Luego repartíamos tareas y ejecutábamos lo que podíamos con lo que hubiera a la mano.
Pero incluso los sueños más firmes se desgastan. Recuerdo aquel primer tiempo de Katakandrú como se recuerdan los amaneceres irrepetibles: luminoso, prometedor, casi sagrado. Éramos veinticinco, quizá treinta jóvenes, reunidos alrededor de una misma ilusión. Hablábamos de música, de amores, de universidad, de proyectos… y sin saberlo, comenzábamos a construir algo serio.
Aprobamos reglamentos. Soñábamos con obtener personería jurídica. Queríamos trascender.
Pero entonces comenzaron las sombras.
La asistencia empezó a disminuir. Primero uno. Luego otro. Hasta que las sillas vacías comenzaron a hacerse costumbre.
Al principio pensamos que era el desgaste natural de cualquier proceso que apenas empieza. Pero pronto entendimos que detrás de aquellas ausencias había algo más profundo: el miedo.
Los chachos seguían rondando el barrio. A veces lanzaban amenazas, sobre todo contra las muchachas y algunos jóvenes más vulnerables del grupo. No era una persecución abierta, pero sí una presión constante, suficiente para sembrar dudas.
Hubo una noche que marcó un quiebre.
Fulvio Castro y la prima Patricia Pérez regresaban de cine cuando fueron interceptados por dos de ellos. Lo que comenzó como un cruce tenso terminó en agresión. Uno de los sujetos hirió a Fulvio en el abdomen.
El grito de Patricia rompió la noche. Y también nuestra tranquilidad. Salimos en defensa de ellos sin pensarlo. Uno logró escapar. Al otro lo alcanzamos, lo redujimos y lo entregamos a la policía.
Aquello cambió algo en el ambiente.
El rumor corrió rápido por Las Granjas y muchas familias comenzaron a mirar a Katakandrú con preocupación. Ya no éramos solo un grupo juvenil; empezábamos a ser vistos como muchachos expuestos al conflicto.
Y así comenzaron las retiradas silenciosas. Muchos dejaron de asistir. Otros prometían volver y no regresaban. Pero curiosamente, el grupo seguía vivo en las preguntas:
—¿Cómo les fue?
—¿Qué hicieron?
Y nosotros respondíamos:
—Bien… estuvo buena la reunión.
No mentíamos para engañar. Mentíamos para proteger la esperanza.
La idea
Una noche nos reunimos los pocos que seguíamos firmes. La mesa directiva resistía casi sola. El salón se veía demasiado grande para tan poca gente.
—No podemos dejar esto tirado —dije—. Ya llevamos camino.
—¿Pero qué hacemos? —preguntó Carlos Montealegre, agotado.
—Hay que buscar una estrategia —dijo Ever.
Y entonces Leónidas lanzó su sentencia:
—Yo les dije… este grupo no iba a funcionar.
Pero Olga reaccionó de inmediato.
—Deje de ser negativo —dijo con naturalidad—. Todos los proyectos tienen momentos difíciles… y de esta salimos.
No habló mucho. Nunca necesitaba hacerlo. Sus palabras tenían esa extraña capacidad de ordenar el ánimo de todos.
Entonces Carlos encontró la salida:
—Hagamos las reuniones los viernes. Los sábados nadie cambia una fiesta por una reunión… y de los chachos no se preocupen. No les tengan miedo.
Hubo un silencio breve. Y de pronto todo hizo sentido.
—¡Claro! —exclamé—. Si a los muchachos les gusta la fiesta… hagamos de la reunión una fiesta.
Ahí nació la estrategia que terminó salvando a Katakandrú.
La propuesta no tardó en encenderse. Mi casa sería la primera. Amparo ofreció la suya para la siguiente. Yael pidió turno. La estrategia estaba en marcha.
Llegó el día. Y esta vez… llegaron. No diez. No quince. Casi cincuenta jóvenes. El barrio entero parecía haberse dado cita en la casa de los Castros.
William Serrato apareció de los primeros, puntual como siempre, cargando algunas bebidas como quien entiende que toda celebración necesita comenzar con generosidad. Detrás de él entraron las hermanas Álvarez, riendo a carcajadas y trayendo pasabocas que, más que comida, parecían traer consigo el espíritu festivo que tanto necesitábamos.
Humberto Flores llegó con su calma habitual, saludando uno por uno, con esa mirada serena de quien observa más de lo que dice. Llevaba una bolsa con empanadas que Adriana López pronto hizo circular entre los presentes, como si también ellas quisieran ser parte de la conversación.
Los hermanos Bello, inseparables como siempre, se acomodaron en grupo, conversando animadamente mientras destapaban una pimpinela de cerveza que no tardó en convertirse en punto de encuentro. Por su parte, los Castro iban y venían sin descanso, atendiendo a todos, organizando, recibiendo… siendo, sin proponérselo, los anfitriones naturales de aquella noche.
Las hermanas Cuéllar, Yineth y María Eugenia, se movían entre los grupos con soltura, compartiendo risas con Nubia Fajardo y Mélida Trujillo. Habían llevado chicharrones y maíz tostado, que pronto se mezclaron con otros sabores y otras manos, en ese gesto tan propio del barrio donde todo termina siendo de todos.
Más allá, hizo su entrada Yael Garaviño acompañado de sus hermanas —Ariari, Martha y Ederle—, cargando un gran pastel que parecía más un símbolo que un postre: la celebración de un nuevo comienzo. Su llegada fue recibida con aplausos y bromas, como si con ese gesto se confirmara que el grupo volvía a latir.
También estaban Patricia y Maribel Tovar, Yolanda Morales con su prima, Luis Motta con su hermana Mónica, Hugo y Juan Carlos Peña… y muchos más que fueron llegando poco a poco, cada uno con algo en las manos: una bebida, un plato, un detalle sencillo.
Porque en el fondo, ninguno llegaba con las manos vacías. Todos traían, además, algo más importante: las ganas de estar, las ganas de pertenecer, las ganas de construir juntos.
Y así, casi sin darnos cuenta, aquella casa se fue llenando no solo de gente, sino de sentido. Tantos que ya no importaba contarlos. Porque lo importante… era que habían llegado. E incluso al que no esperábamos: Donal Losada.
La estrategia había funcionado.
Pero si alguien no estaba del todo en la fiesta, ese era Leónidas. Aunque reía, aunque participaba, aunque intentaba mezclarse en el ambiente, sus ojos no estaban allí. Estaban en la puerta.
Esperaba.
Lester Lizcano lo miraba con cierta preocupación. Leónidas iba y venía, caminando de un lado a otro, como si el tiempo se le hubiera vuelto más lento de lo normal. Cada tanto dirigía la mirada hacia la entrada, con una ansiedad que ya no podía disimular.
Estaba impaciente… como un niño al que le han prometido una bicicleta y no deja de asomarse a la puerta esperando verla llegar. Con esa mezcla de ilusión y urgencia que no cabe en el cuerpo, que no entiende de razones, que solo sabe esperar.
Y así estaba él. Esperando a Olga.
Y entonces ocurrió.
La puerta se abrió. Y Olga apareció. Pero no venía sola. Entró acompañada de Manuel, con una naturalidad que ignoraba —o tal vez dominaba— el efecto que provocaba. Él avanzaba con un aire seguro, casi desafiante, sosteniendo una caja con botellas de crema de whisky para las chicas, como quien marca territorio sin decir palabra. A su lado, ella brillaba con esa luz propia que no necesita esfuerzo: serena, cercana, luminosa como siempre.
El golpe fue silencioso.
A Leónidas se le detuvo la mirada por un instante. No dijo nada. No hizo escena. Pero algo en su expresión cambió, apenas lo suficiente para que quien supiera mirar lo notara.
Luis Ángel, entendiendo el momento, le ofreció una bebida que él aceptó con una sonrisa correcta, de esas que se usan más para sostenerse que para celebrar.
Luego volvió a la fiesta. Porque hay decepciones que, en la juventud, se aprenden a disimular bailando. Y Leónidas, aquella noche, decidió no dejarse vencer.
Bailó.
Yineth, Martha y Rosa Ramírez lo rodearon, lo tomaron de las manos y, como si quisieran rescatarlo del silencio, improvisaron a su alrededor una ronda danzante que terminó arrancándole una risa verdadera.
Después rió con Magnolia Rojas. Se dejó llevar por la música. Y poco a poco volvió al grupo, aunque algo en él siguiera esperando todavía.
La reunión no fue solo fiesta. También fue un renacer. Entre conversaciones, música y carcajadas, tomamos la primera gran decisión comunitaria: organizar una jornada para limpiar lotes, recoger basura y recuperar algunos espacios del barrio.
La siguiente reunión quedó programada esa misma noche. Katakandrú volvía a respirar.
Luego la música tomó el mando. Sonó Joe Arroyo. Y el ambiente terminó de encenderse.
Edgar Cuéllar irrumpió levantando una botella de aguardiente como si fuera una bandera:
—¡Guepa je!
Todos respondimos. Incluso Leónidas.
La noche avanzó sin prisa, entre baile, cerveza y conversaciones atravesadas por la ilusión de sentir que algo importante estaba naciendo. Y cuando el cansancio empezó a ganarle espacio a la madrugada, sonó una ranchera. Después, casi sin pensarlo, alguien puso el himno nacional. Y entonces entendimos que la fiesta había terminado.
Antes de irnos, vi a Leónidas sentado aparte.
Me acerqué.
—Tranquilo… —le dije—. A veces las cosas no son como parecen.
Me miró. Había en sus ojos algo que no era tristeza exactamente. Era más bien el reconocimiento silencioso de alguien que ya sabía la verdad desde antes, pero que esa noche la había visto con nombre y rostro.
—Yo sé cómo son —dijo al fin, en voz baja—. Siempre lo supe.
No respondí. No hacía falta.
Nos quedamos un momento así, en ese silencio que solo se da entre quienes se conocen de verdad. Luego él respiró hondo, terminó su bebida, y se puso de pie.
—Bueno —dijo, como quien cierra una puerta con cuidado para no despertar a nadie—. Fue buena la reunión.
Y se fue. Con esa dignidad suya de siempre. La misma que usaba para hacer reír a todos. La misma con la que cargaba lo que nadie más veía.
La primera minga de Katakandrú
Cultivando el afuera, florece lo de adentro.
Si hoy recapacito, todavía puedo sentir mis pasos llegando a aquel lote baldío, el mismo terreno donde años después se levantaría el puesto de salud. Aquella mañana caminaba convencido de que íbamos simplemente a hacer aseo. Pero en el fondo no era cierto. No íbamos solo a limpiar un terreno: íbamos a celebrarnos como grupo.
Me detuve un instante a observarlos mientras llegaban.
La mañana amaneció nublada, cubierta por esa humedad gris que siempre amenaza con llovizna, y yo no podía evitar cierto escepticismo. La jornada anterior había sido agotadora; habíamos terminado casi a las dos de la madrugada, y me parecía imposible reunir nuevamente a toda la muchachada a las diez en punto para trabajar y que lo hicieran con entusiasmo.
Sin embargo, allí estaban.
Y no llegaban arrastrando el cansancio, sino cargados de buen animo.
Al verlos reunidos, algo profundo me recorrió el cuerpo. El acercamiento entre las chicas y los muchachos hablaba por sí solo: se saludaban con abrazos, besos en la mejilla y apretones de mano llenos de complicidad, como si la fiesta de la noche anterior todavía siguiera latiendo entre nosotros. Ya no eran grupos separados ni rostros tímidos. Había nacido una fraternidad genuina, una confianza nueva que se reflejaba en las miradas y en la manera desprevenida con que compartían el espacio.
Entonces comprendí que la estrategia había funcionado.
Bajo la sombra fresca de los árboles, entre risas, bromas y conversaciones cruzadas, tuve la certeza de que Katakandrú tendría futuro. Y justo en ese instante, como si quisiera sellar aquel presentimiento, el sol rompió las nubes y reclamó su lugar sobre nosotros.
Porque en Las Granjas —y más aún en Katakandrú— el trabajo nunca fue solo trabajo. Era encuentro. Era alegría. Era comunidad. Era una grabadora de radiocasete sonando a todo volumen, alimentada con pilas Eveready, marcando el ritmo de la jornada como si también quisiera formar parte de aquella historia.
Llegamos armados de palas, picas y buena voluntad. El sol caía sin clemencia y el sudor nos corría por la frente como si también quisiera participar de la minga. Pero nadie se quejaba. Había una energía distinta, una felicidad sencilla que no dependía del clima ni del cansancio.
Aquel lote abandonado comenzaba a limpiarse por fuera, mientras nosotros, sin saberlo, también empezábamos a construir algo por dentro.
Entonces apareció don Ricardo León Castro.
A él se le había encomendado la tarea de organizar el trabajo. Tenía formación en contaduría y administración, y alguien pensó —con acierto— que ese conocimiento podía ponerse al servicio del grupo. Pero no llegó con discursos complicados ni con fórmulas técnicas. Llegó con una libreta sencilla… y con claridad.
Con paciencia de maestro y firmeza tranquila, nos repartió por sectores. Unos cortaban maleza, otros recogían escombros, otros despejaban los desagües. Y así entendimos, sin que nadie lo dijera, que trabajar juntos no significa hacer lo mismo sino aprender a complementarse.
Nos propusimos metas pequeñas: el frente, luego los costados, después el interior. Hicimos pausas, tomamos agua, revisamos lo logrado. Porque un grupo cansado se detiene… pero uno motivado se multiplica.
Ricardo no impuso. No ordenó desde arriba. Simplemente organizó… y nos hizo entender.
Fue entonces cuando, como era de esperarse, apareció la voz de Leónidas:
—Pero Ricardo… si esto es solo limpiar un lote. Tampoco estamos montando una empresa.
Algunos rieron. Ricardo lo miró con calma y respondió:
—Precisamente por eso. Porque es sencillo. Lo sencillo también necesita orden si queremos que salga bien.
La frase quedó flotando en el aire. Y se quedó.
Mientras trabajábamos, las conversaciones comenzaron a brotar como si la tierra también soltara historias. Se hablaba de la última reunión, del baile, de las miradas, de los acercamientos. Porque Katakandrú, además de organización, era juventud… y la juventud siempre encuentra caminos para el corazón.
Y entonces apareció el tema inevitable: Richard.
—Ese no dejó chica sin saludar —dijo uno.
—Ni sin intentar conquistar —remató otro.
Las risas estallaron. Pero Richard no se dejó:
—¿Cómo así que yo? ¡Si Ever también estaba metido en la jugada!
—¿Yo? —respondió Ever—. Yo apenas bailé cinco termitas. Carlos no salió de la pista.
—Yo bailé sin ninguna intención —dijo Carlos, con una seriedad que solo provocó más risas.
La carcajada fue colectiva, amplia, limpia. Y fue entonces cuando Leónidas, con ese humor que siempre encontraba el momento justo, lanzó:
—No vaya a soltar esa flor… acaríciale con cuidado.
La referencia era clara: Carlos y Flor de Liz habían estado en el baile bien juntitos. Pero esta vez la risa no fue igual para todos.
Carlos no tardó en responderle, con ese tono entre burla y filo:
—¿Qué quiere que diga? ¿Que llegaste por lana y terminaste trasquilado? Mejor no me haga hablar… porque aquí el que acaba llorando es otro.
La frase cayó pesada.
No era solo una broma. Venía cargada del eco de la noche anterior, de ese momento en que Olga llegó acompañada… y Leónidas se le quedó en silencio. Todos lo habíamos notado, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.
El ambiente se tensó por un instante.
Fue entonces cuando intervine.
—Bueno… y a propósito, ¿por qué no vino Olga?
Leónidas, que hasta ese momento había intentado sostener la sonrisa entre las bromas del grupo, respondió de inmediato, casi demasiado rápido:
—Amaneció un poco indispuesta… eso me contó su mamá.
Lo dijo con aparente naturalidad, pero algo en el tono dejaba ver que la ausencia le pesaba más de lo que quería admitir.
Supe que no era el momento de seguir ahondando en la herida.
—Bueno, dejemos eso así —dije, bajando el tono—. Ya estuvo bien por hoy… mejor demos por terminada la jornada.
El grupo entendió. No hizo falta decir más. Porque entre nosotros también se aprendía eso: que la amistad no es solo reír juntos… sino saber cuándo cuidar al otro.
Poco a poco, las herramientas fueron quedando a un lado. Miramos el terreno. Lo que antes era abandono ahora mostraba orden. Lo que antes era maleza ahora dejaba ver propósito.
Ese día no solo despejamos un lote. Aprendimos que liderar es servir, que coordinar es construir, que incluso la tarea más sencilla puede enseñar principios grandes. Sin discursos. Sin solemnidades. Sin darnos cuenta.
Comprendimos entonces que lo verdaderamente importante no era el terreno que habíamos mejorado por fuera, sino el espíritu que, sin darnos cuenta, habíamos empezado a restablecer por dentro.
SEDE KATAKANDRU
La
sede: de comando a casa de la esperanza
Convertir
aquel sitio en un espacio habitable fue demostrar que la vida siempre
encuentra cómo regresar donde otros solo ven ruinas
Nuestra
agrupación crecía de forma constante. Atrás quedaron las tardes
íntimas en el salón de Olga, los debates nocturnos en casa de
Amparo, los planes trazados en la sala de los Castro. Nos estábamos
transformando en un torrente imparable, un alud de voluntades unidas
no solo por el aumento de nuestras filas, sino por el fuego
inquebrantable de una convicción común.
Lo que había comenzado como
encuentros dispersos, risas compartidas y proyectos improvisados,
empezaba a convertirse en algo más grande: una voz colectiva que ya
comenzaba a hacerse escuchar en Las Granjas. Y toda voz que desea
permanecer necesita un lugar desde donde sostenerse.
Necesitábamos una sede. Un punto de
encuentro. Un espacio que pudiéramos sentir nuestro. Y lo
encontramos donde menos imaginábamos: en el antiguo puesto de
policía del barrio.
Aquel lugar no era cualquier
edificio. Sus paredes guardaban todavía la sombra de años
difíciles: enfrentamientos, pedreas, llantas ardiendo en mitad de la
calle, persecuciones y noches tensas donde el miedo parecía
instalarse en cada esquina.
Durante mucho tiempo, aquel puesto
había simbolizado autoridad… pero también distancia y conflicto.
Hasta que un día quedó vacío.
La relación entre la comunidad y la
policía se había ido desgastando poco a poco, y finalmente los
agentes abandonaron el lugar. El edificio quedó allí, silencioso,
convertido en una estructura abandonada que muchos miraban con
desconfianza y otros simplemente evitaban recordar.
Pero nosotros vimos otra cosa. Vimos
posibilidad. Y así, casi sin proponérnoslo, decidimos recuperarlo.
No llegamos imponiéndonos ni con
violencia. Llegamos con escobas, palas y ganas de transformar.
Aunque apareció un obstáculo
inesperado.
Los vecinos que vivían frente al
antiguo puesto se opusieron a que lo recuperáramos. Pero no porque
nos vieran como pandilleros o problemáticos. Su molestia tenía otra
raíz: querían que el edificio fuera demolido para despejar la vista
desde sus casas hacia la calle principal.
—Eso deberían tumbarlo —decían
algunos—. Ahí no sale nada bueno.
Para ellos, el abandono del lugar
representaba una oportunidad de abrir espacio y ganar visibilidad.
Para nosotros, en cambio, era la posibilidad de levantar un refugio
para la juventud del barrio.
Y así comenzó una disputa
silenciosa: unos querían derribarlo. Nosotros queríamos devolverle
la vida.
Mientras las críticas iban y venían
desde las aceras, seguimos trabajando. Sacamos escombros. Cortamos
maleza. Abrimos ventanas selladas por el polvo y el abandono. Y poco
a poco, aquel lugar que durante años había sido símbolo de tensión
comenzó a transformarse en otra cosa.
Porque, en el fondo, eso era también
Katakandrú: la obstinación de encontrar esperanza justo donde otros
solo veían escombros.
La sede: de comando a casa de
la esperanza
En pocas semanas, aquel espacio
comenzó a cambiar de piel. Donde hubo abandono, apareció el
trabajo. Donde hubo miedo, comenzó a crecer la vida.
Se limpiaron escombros, se recogió
basura, se podaron árboles. Se arreglaron los sardineles, se
adecuaron accesos, se instalaron lámparas, sanitarios, duchas. Cada
mejora, por pequeña que fuera, era una victoria.
El gran salón —antes oscuro y
vacío— empezó a llenarse de sentido. Allí habría teatro. Allí
habría música. Allí habría reuniones, libros, ideas. Allí, por
fin, habría comunidad.
Katakandrú no solo estaba
construyendo una sede. Estaba resignificando la historia.
La jornada que puso a prueba
el espíritu
Pero no todo fue trabajo tranquilo.
Recuerdo con claridad una de aquellas
jornadas de limpieza. Estábamos varios compañeros adecuando el
lugar: barríamos, recogíamos residuos, organizábamos espacios.
Cerca de la calle quedábamos Ever, Carlos y yo.
Entonces escuchamos el alboroto.
Un ruido seco. Un grito. Un
movimiento brusco que rompía la rutina.
Era Leónidas.
Estaba siendo agredido por una
patrulla. No era un procedimiento. No era un diálogo. Era un abuso.
Y nosotros no supimos —ni quisimos— quedarnos quietos.
Nos acercamos. Intervenimos. Pedimos
que se detuvieran, que respetaran, que entendieran que no estaban
frente a un delincuente, sino frente a un joven del barrio, miembro
del grupo, uno de los nuestros.
Pero en aquellos tiempos, levantar la
voz también era un riesgo.
El atropello
La respuesta fue inmediata. Nos
subieron al vehículo sin explicaciones, sin preguntas, sin derecho.
Pasamos de ser testigos a ser señalados.
En el comando, lo que siguió fue lo
que el pueblo llamaba, con amarga ironía, un "rosario de
bolillo". Golpes. Castigo. Escarmiento. No por lo que habíamos
hecho, sino por lo que representábamos: jóvenes organizados,
conscientes, capaces de cuestionar.
Luego vino la humillación. Nos
obligaron a barrer patios, a lavar piscinas, a realizar trabajos
forzados, como si quisieran quebrar no solo el cuerpo, sino la
dignidad.
Pero no lo lograron.
Porque mientras cumplíamos aquellas
órdenes, nuestra mente no estaba allí. Estaba en la sede. En la
limpieza que habíamos dejado a medias. En el proyecto que no
pensábamos abandonar.
La salida y la certeza
Horas después, gracias a la
intervención de un conocido —un policía que había trabajado con
la comunidad y entendía lo que hacíamos— logramos salir.
Salimos golpeados. Cansados. Pero no
derrotados.
Había algo distinto en nosotros. Más
firme. Más claro. Más decidido. Entendimos que lo que hacíamos no
era menor. Que organizarse, ayudar, construir comunidad… también
incomodaba. Y si incomodaba, era porque tenía fuerza.
El regreso
Al día siguiente, volvimos.
Sin discursos. Sin dramatismos.
Simplemente regresamos. Tomamos de nuevo las escobas, las palas, los
baldes… y continuamos. Como si nada. Como si todo.
Porque en el fondo sabíamos algo que
ya nadie podía quitarnos: que la dignidad no se negocia, que la
comunidad no se abandona, y que los espacios no se heredan… se
conquistan con trabajo.
La sede como símbolo
Con el tiempo, aquel lugar dejó de
ser el antiguo comando. Se convirtió en otra cosa.
En biblioteca. En salón de teatro.
En pista de baile. En centro de reuniones. En casa.
Y cada vez que cruzábamos su puerta,
sabíamos que no era solo un edificio. Era la prueba de que un grupo
de jóvenes podía transformar el miedo en cultura, el abandono en
encuentro, y la historia en futuro.
Cuando
la palabra tomó las calles
Después de la limpieza, volvimos.
Pero ya no éramos los mismos.
Aquel antiguo comando —que habíamos
barrido con rabia contenida, dignidad herida y esperanza intacta—
empezaba a transformarse. No solo en lo físico, sino en lo
simbólico. Ya no era un lugar vacío: era un espacio en disputa, un
territorio que exigía sentido.
Apenas supimos que la policía había
abandonado definitivamente la sede, la pregunta llegó sola:
—¿Y ahora cómo retenemos este
lugar?
Para nosotros era una oportunidad.
Para otros, un problema.
Los vecinos seguían con la idea de
demoler el lugar y convertirlo en una zona verde para el sector. No
lo veían como un sitio para construir, sino como algo que debía
desaparecer.
Y fue entonces cuando apareció la
oposición más directa.
Recuerdo claramente el encuentro con
doña Mariela. No habló con rodeos ni con suavidad:
—Yo no voy a permitir que un grupo
de desadaptados se tome ese lugar —dijo con firmeza—. Eso se va a
volver una guachafita… después llegan a hacer cosas indebidas… y
termina siendo cueva de delincuentes… o peor.
Sus palabras no eran solo rechazo:
eran miedo. Miedo a lo desconocido, a la juventud organizada, a lo
que aún no tenía forma clara ante los ojos del barrio.
Pero para nosotros, aquello no era
negociable.
Sabíamos que ese espacio podía ser
mucho más que paredes abandonadas. Primero lo adaptaríamos como
sede del grupo. Luego lo convertiríamos en una biblioteca al
servicio de toda la comunidad. Ese era el sueño. Pero también
entendimos algo fundamental: no bastaba con querer hacerlo… había
que legitimar la idea.
No podíamos imponernos. Teníamos
que convencer.
Fue entonces cuando surgió una de
las decisiones más inteligentes del proceso: consultar a la
comunidad.
La encuesta no nació como un simple
formulario. Nació como estrategia, como herramienta de respaldo,
como puente entre la desconfianza y la participación. Con ese
documento en mano, casa por casa, no solo recogeríamos opiniones:
construiríamos legitimidad.
Cada respuesta sería un argumento.
Cada firma, un respaldo. Cada voz, una defensa frente a quienes se
oponían.
Así, lo que empezó como un
conflicto con los vecinos terminó convirtiéndose en el impulso que
necesitábamos para organizarnos mejor. Porque entendimos que los
proyectos comunitarios no se sostienen solo con buenas intenciones,
sino con el apoyo real de la gente.
Y fue precisamente esa necesidad de
respaldo la que, más adelante, daría origen a algo mucho más
grande: la Marcha del Libro.
No bastaba con haberlo recuperado.
Había que llenarlo de vida.
Y así, casi sin planearlo del todo,
nació una de las gestas más hermosas de nuestra historia:
La sede: de comando a casa de la esperanza
Convertir aquel sitio en un espacio habitable fue demostrar que la vida siempre encuentra cómo regresar donde otros solo ven ruinas
Nuestra agrupación crecía de forma constante. Atrás quedaron las tardes íntimas en el salón de Olga, los debates nocturnos en casa de Amparo, los planes trazados en la sala de los Castro. Nos estábamos transformando en un torrente imparable, un alud de voluntades unidas no solo por el aumento de nuestras filas, sino por el fuego inquebrantable de una convicción común.
Lo que había comenzado como encuentros dispersos, risas compartidas y proyectos improvisados, empezaba a convertirse en algo más grande: una voz colectiva que ya comenzaba a hacerse escuchar en Las Granjas. Y toda voz que desea permanecer necesita un lugar desde donde sostenerse.
Necesitábamos una sede. Un punto de encuentro. Un espacio que pudiéramos sentir nuestro. Y lo encontramos donde menos imaginábamos: en el antiguo puesto de policía del barrio.
Aquel lugar no era cualquier edificio. Sus paredes guardaban todavía la sombra de años difíciles: enfrentamientos, pedreas, llantas ardiendo en mitad de la calle, persecuciones y noches tensas donde el miedo parecía instalarse en cada esquina.
Durante mucho tiempo, aquel puesto había simbolizado autoridad… pero también distancia y conflicto. Hasta que un día quedó vacío.
La relación entre la comunidad y la policía se había ido desgastando poco a poco, y finalmente los agentes abandonaron el lugar. El edificio quedó allí, silencioso, convertido en una estructura abandonada que muchos miraban con desconfianza y otros simplemente evitaban recordar.
Pero nosotros vimos otra cosa. Vimos posibilidad. Y así, casi sin proponérnoslo, decidimos recuperarlo.
No llegamos imponiéndonos ni con violencia. Llegamos con escobas, palas y ganas de transformar.
Aunque apareció un obstáculo inesperado.
Los vecinos que vivían frente al antiguo puesto se opusieron a que lo recuperáramos. Pero no porque nos vieran como pandilleros o problemáticos. Su molestia tenía otra raíz: querían que el edificio fuera demolido para despejar la vista desde sus casas hacia la calle principal.
—Eso deberían tumbarlo —decían algunos—. Ahí no sale nada bueno.
Para ellos, el abandono del lugar representaba una oportunidad de abrir espacio y ganar visibilidad. Para nosotros, en cambio, era la posibilidad de levantar un refugio para la juventud del barrio.
Y así comenzó una disputa silenciosa: unos querían derribarlo. Nosotros queríamos devolverle la vida.
Mientras las críticas iban y venían desde las aceras, seguimos trabajando. Sacamos escombros. Cortamos maleza. Abrimos ventanas selladas por el polvo y el abandono. Y poco a poco, aquel lugar que durante años había sido símbolo de tensión comenzó a transformarse en otra cosa.
Porque, en el fondo, eso era también Katakandrú: la obstinación de encontrar esperanza justo donde otros solo veían escombros.
La sede: de comando a casa de la esperanza
En pocas semanas, aquel espacio comenzó a cambiar de piel. Donde hubo abandono, apareció el trabajo. Donde hubo miedo, comenzó a crecer la vida.
Se limpiaron escombros, se recogió basura, se podaron árboles. Se arreglaron los sardineles, se adecuaron accesos, se instalaron lámparas, sanitarios, duchas. Cada mejora, por pequeña que fuera, era una victoria.
El gran salón —antes oscuro y vacío— empezó a llenarse de sentido. Allí habría teatro. Allí habría música. Allí habría reuniones, libros, ideas. Allí, por fin, habría comunidad.
Katakandrú no solo estaba construyendo una sede. Estaba resignificando la historia.
La jornada que puso a prueba el espíritu
Pero no todo fue trabajo tranquilo.
Recuerdo con claridad una de aquellas jornadas de limpieza. Estábamos varios compañeros adecuando el lugar: barríamos, recogíamos residuos, organizábamos espacios. Cerca de la calle quedábamos Ever, Carlos y yo.
Entonces escuchamos el alboroto.
Un ruido seco. Un grito. Un movimiento brusco que rompía la rutina.
Era Leónidas.
Estaba siendo agredido por una patrulla. No era un procedimiento. No era un diálogo. Era un abuso. Y nosotros no supimos —ni quisimos— quedarnos quietos.
Nos acercamos. Intervenimos. Pedimos que se detuvieran, que respetaran, que entendieran que no estaban frente a un delincuente, sino frente a un joven del barrio, miembro del grupo, uno de los nuestros.
Pero en aquellos tiempos, levantar la voz también era un riesgo.
El atropello
La respuesta fue inmediata. Nos subieron al vehículo sin explicaciones, sin preguntas, sin derecho. Pasamos de ser testigos a ser señalados.
En el comando, lo que siguió fue lo que el pueblo llamaba, con amarga ironía, un "rosario de bolillo". Golpes. Castigo. Escarmiento. No por lo que habíamos hecho, sino por lo que representábamos: jóvenes organizados, conscientes, capaces de cuestionar.
Luego vino la humillación. Nos obligaron a barrer patios, a lavar piscinas, a realizar trabajos forzados, como si quisieran quebrar no solo el cuerpo, sino la dignidad.
Pero no lo lograron.
Porque mientras cumplíamos aquellas órdenes, nuestra mente no estaba allí. Estaba en la sede. En la limpieza que habíamos dejado a medias. En el proyecto que no pensábamos abandonar.
La salida y la certeza
Horas después, gracias a la intervención de un conocido —un policía que había trabajado con la comunidad y entendía lo que hacíamos— logramos salir.
Salimos golpeados. Cansados. Pero no derrotados.
Había algo distinto en nosotros. Más firme. Más claro. Más decidido. Entendimos que lo que hacíamos no era menor. Que organizarse, ayudar, construir comunidad… también incomodaba. Y si incomodaba, era porque tenía fuerza.
El regreso
Al día siguiente, volvimos.
Sin discursos. Sin dramatismos. Simplemente regresamos. Tomamos de nuevo las escobas, las palas, los baldes… y continuamos. Como si nada. Como si todo.
Porque en el fondo sabíamos algo que ya nadie podía quitarnos: que la dignidad no se negocia, que la comunidad no se abandona, y que los espacios no se heredan… se conquistan con trabajo.
La sede como símbolo
Con el tiempo, aquel lugar dejó de ser el antiguo comando. Se convirtió en otra cosa.
En biblioteca. En salón de teatro. En pista de baile. En centro de reuniones. En casa.
Y cada vez que cruzábamos su puerta, sabíamos que no era solo un edificio. Era la prueba de que un grupo de jóvenes podía transformar el miedo en cultura, el abandono en encuentro, y la historia en futuro.
Cuando la palabra tomó las calles
Después de la limpieza, volvimos.
Pero ya no éramos los mismos.
Aquel antiguo comando —que habíamos barrido con rabia contenida, dignidad herida y esperanza intacta— empezaba a transformarse. No solo en lo físico, sino en lo simbólico. Ya no era un lugar vacío: era un espacio en disputa, un territorio que exigía sentido.
Apenas supimos que la policía había abandonado definitivamente la sede, la pregunta llegó sola:
—¿Y ahora cómo retenemos este lugar?
Para nosotros era una oportunidad. Para otros, un problema.
Los vecinos seguían con la idea de demoler el lugar y convertirlo en una zona verde para el sector. No lo veían como un sitio para construir, sino como algo que debía desaparecer.
Y fue entonces cuando apareció la oposición más directa.
Recuerdo claramente el encuentro con doña Mariela. No habló con rodeos ni con suavidad:
—Yo no voy a permitir que un grupo de desadaptados se tome ese lugar —dijo con firmeza—. Eso se va a volver una guachafita… después llegan a hacer cosas indebidas… y termina siendo cueva de delincuentes… o peor.
Sus palabras no eran solo rechazo: eran miedo. Miedo a lo desconocido, a la juventud organizada, a lo que aún no tenía forma clara ante los ojos del barrio.
Pero para nosotros, aquello no era negociable.
Sabíamos que ese espacio podía ser mucho más que paredes abandonadas. Primero lo adaptaríamos como sede del grupo. Luego lo convertiríamos en una biblioteca al servicio de toda la comunidad. Ese era el sueño. Pero también entendimos algo fundamental: no bastaba con querer hacerlo… había que legitimar la idea.
No podíamos imponernos. Teníamos que convencer.
Fue entonces cuando surgió una de las decisiones más inteligentes del proceso: consultar a la comunidad.
La encuesta no nació como un simple formulario. Nació como estrategia, como herramienta de respaldo, como puente entre la desconfianza y la participación. Con ese documento en mano, casa por casa, no solo recogeríamos opiniones: construiríamos legitimidad.
Cada respuesta sería un argumento. Cada firma, un respaldo. Cada voz, una defensa frente a quienes se oponían.
Así, lo que empezó como un conflicto con los vecinos terminó convirtiéndose en el impulso que necesitábamos para organizarnos mejor. Porque entendimos que los proyectos comunitarios no se sostienen solo con buenas intenciones, sino con el apoyo real de la gente.
Y fue precisamente esa necesidad de respaldo la que, más adelante, daría origen a algo mucho más grande: la Marcha del Libro.
No bastaba con haberlo recuperado. Había que llenarlo de vida.
Y así, casi sin planearlo del todo, nació una de las gestas más hermosas de nuestra historia:
La idea: sembrar conocimiento
Donde
antes habitaba el silencio del abandono, comenzó a crecer la voz de
la cultura.
La
biblioteca no fue un proyecto cualquiera; fue una decisión profunda,
casi una declaración de principios. Entendimos —quizás sin
verbalizarlo— que si queríamos transformar el barrio, no bastaba
con recuperar los espacios físicos: había que abrir las mentes.
Había que sembrar conocimiento.
Y
entonces, salimos a buscarlo.
Donde antes habitaba el silencio del abandono, comenzó a crecer la voz de la cultura.
La biblioteca no fue un proyecto cualquiera; fue una decisión profunda, casi una declaración de principios. Entendimos —quizás sin verbalizarlo— que si queríamos transformar el barrio, no bastaba con recuperar los espacios físicos: había que abrir las mentes. Había que sembrar conocimiento.
Y entonces, salimos a buscarlo.
La marcha
Aquella
no fue una caminata ordinaria. Fue un acto simbólico, un ritual
colectivo, una forma silenciosa de resistencia cultural. Salimos a
las calles con los libros en alto, sosteniéndolos como banderas.
Casa por casa, puerta por puerta, mirando a los ojos a cada vecino.
Recogíamos
libros, sí, pero en realidad cargábamos una pregunta mucho más
grande: ¿Queremos un barrio distinto?
Cada
puerta que tocábamos era más que una consulta; era una toma de
posición. Una respuesta anticipada para quienes aún nos miraban con
recelo. Porque mientras algunos hablaban de demolición, nosotros
hablábamos de construcción. Mientras unos vaticinaban desorden,
nosotros proponíamos cultura. Mientras el miedo levantaba muros,
nosotros abríamos puertas.
Y
entonces ocurrió lo inevitable: la comunidad respondió. No
con rechazo, ni con indiferencia, sino con una claridad que terminó
por inclinar la balanza.
Aquella no fue una caminata ordinaria. Fue un acto simbólico, un ritual colectivo, una forma silenciosa de resistencia cultural. Salimos a las calles con los libros en alto, sosteniéndolos como banderas. Casa por casa, puerta por puerta, mirando a los ojos a cada vecino.
Recogíamos libros, sí, pero en realidad cargábamos una pregunta mucho más grande: ¿Queremos un barrio distinto?
Cada puerta que tocábamos era más que una consulta; era una toma de posición. Una respuesta anticipada para quienes aún nos miraban con recelo. Porque mientras algunos hablaban de demolición, nosotros hablábamos de construcción. Mientras unos vaticinaban desorden, nosotros proponíamos cultura. Mientras el miedo levantaba muros, nosotros abríamos puertas.
Y entonces ocurrió lo inevitable: la comunidad respondió. No con rechazo, ni con indiferencia, sino con una claridad que terminó por inclinar la balanza.
El respaldo del barrio
Las
respuestas comenzaron a acumularse como argumentos irrefutables: sí
al grupo, sí a la organización juvenil, sí a la biblioteca, sí al
uso del espacio para el bien común.
Pero
más allá de los formularios, ocurría algo sagrado. Cada pregunta
era un llamado; cada respuesta, un voto de confianza. El barrio
respondió como responden las comunidades que logran reconocerse en
una causa: con orgullo y generosidad.
Los
libros aparecieron por doquier: ejemplares gastados por el tiempo,
otros guardados celosamente durante años, heredados o casi
olvidados, pero todos cargados de historia. También llegaron monedas
en manos humildes; aportes pequeños en cifra, pero inmensos en
significado. No pedíamos limosna: convocábamos a un acto de fe
colectiva. Y la gente lo entendió.
Las respuestas comenzaron a acumularse como argumentos irrefutables: sí al grupo, sí a la organización juvenil, sí a la biblioteca, sí al uso del espacio para el bien común.
Pero más allá de los formularios, ocurría algo sagrado. Cada pregunta era un llamado; cada respuesta, un voto de confianza. El barrio respondió como responden las comunidades que logran reconocerse en una causa: con orgullo y generosidad.
Los libros aparecieron por doquier: ejemplares gastados por el tiempo, otros guardados celosamente durante años, heredados o casi olvidados, pero todos cargados de historia. También llegaron monedas en manos humildes; aportes pequeños en cifra, pero inmensos en significado. No pedíamos limosna: convocábamos a un acto de fe colectiva. Y la gente lo entendió.
La victoria silenciosa
Lo
que comenzó como una marcha se convirtió en una gesta. Sin darnos
cuenta, la encuesta dejó de ser un instrumento técnico para
transformarse en la voz del territorio; en la prueba de que el barrio
había tomado partido.
Ya
no éramos solo nosotros defendiendo una idea. Era la comunidad
entera respaldando una decisión.
Cuando
llegó el momento de presentar ese respaldo ante la Junta de Acción
Comunal, ya no había lugar para la duda. Los papeles hablaban; la
gente había decidido. Lo que antes se consideraba una amenaza,
empezó a verse como una oportunidad. El lugar no sería derribado:
sería transformado.
Esa
metamorfosis no vino impuesta desde afuera, sino que fue construida
entre todos. Fue entonces cuando la Marcha del Libro dejó de ser una
iniciativa para convertirse en hazaña. Katakandrú dejó de ser un
grupo de "muchachos inquietos" para convertirse en un
referente, una fuerza, una esperanza organizada.
Lo que comenzó como una marcha se convirtió en una gesta. Sin darnos cuenta, la encuesta dejó de ser un instrumento técnico para transformarse en la voz del territorio; en la prueba de que el barrio había tomado partido.
Ya no éramos solo nosotros defendiendo una idea. Era la comunidad entera respaldando una decisión.
Cuando llegó el momento de presentar ese respaldo ante la Junta de Acción Comunal, ya no había lugar para la duda. Los papeles hablaban; la gente había decidido. Lo que antes se consideraba una amenaza, empezó a verse como una oportunidad. El lugar no sería derribado: sería transformado.
Esa metamorfosis no vino impuesta desde afuera, sino que fue construida entre todos. Fue entonces cuando la Marcha del Libro dejó de ser una iniciativa para convertirse en hazaña. Katakandrú dejó de ser un grupo de "muchachos inquietos" para convertirse en un referente, una fuerza, una esperanza organizada.
La biblioteca
Con
el tiempo, aquel espacio —donde alguna vez imperaron órdenes y
castigos— comenzó a llenarse de libros, de mesas y de voces bajas.
El
silencio cambió de significado: ya no era el silencio del miedo,
sino el de la concentración. Ya no hubo gritos de mando, sino el
susurro de las páginas al pasarse.
La
biblioteca no fue solo un lugar; fue un símbolo. Un santuario del
saber, un arsenal de sueños. Y fue allí donde comprendimos que
Katakandrú no solo limpiaba escombros: estaba despertando
conciencias.
Con el tiempo, aquel espacio —donde alguna vez imperaron órdenes y castigos— comenzó a llenarse de libros, de mesas y de voces bajas.
El silencio cambió de significado: ya no era el silencio del miedo, sino el de la concentración. Ya no hubo gritos de mando, sino el susurro de las páginas al pasarse.
La biblioteca no fue solo un lugar; fue un símbolo. Un santuario del saber, un arsenal de sueños. Y fue allí donde comprendimos que Katakandrú no solo limpiaba escombros: estaba despertando conciencias.
La expansión: de la desidia a la esperanza
Cada
espacio recuperado se convirtió en un testimonio de que la vida
puede florecer incluso sobre las huellas del abandono.”
Katakandrú
no se detuvo en las paredes de la biblioteca. Cuando una comunidad
despierta, el movimiento es imparable. Lo que comenzó como la
recuperación del antiguo comando se desbordó hacia las calles,
transformando los lotes baldíos, esos monumentos al abandono, en
símbolos de vida.
El
mapa de la transformación
En "La
Cuarenta", donde antes reinaban el monte y el
escombro, floreció un parque. Aparecieron los jardines, las sillas y
los senderos trazados a pulso. Las familias regresaron y la noche,
que antes era una amenaza, se convirtió en un espacio de encuentro
bajo la luz de lo recuperado.
Esa
misma marea llegó al lote
de la veintinueve, transformándolo en un jardín
comunitario, y alcanzó la
treinta y uno. Allí, el sonar de los balones de
baloncesto, microfútbol y voleibol reemplazó al silencio de la
desidia., canchas pintadas, predios recuperados... cada rincón
intervenido compartía el mismo ADN: trabajo voluntario, organización
y un sentido de pertenencia que no pedía permiso para existir.
Cada espacio recuperado se convirtió en un testimonio de que la vida puede florecer incluso sobre las huellas del abandono.”
Katakandrú no se detuvo en las paredes de la biblioteca. Cuando una comunidad despierta, el movimiento es imparable. Lo que comenzó como la recuperación del antiguo comando se desbordó hacia las calles, transformando los lotes baldíos, esos monumentos al abandono, en símbolos de vida.
El mapa de la transformación
En "La Cuarenta", donde antes reinaban el monte y el escombro, floreció un parque. Aparecieron los jardines, las sillas y los senderos trazados a pulso. Las familias regresaron y la noche, que antes era una amenaza, se convirtió en un espacio de encuentro bajo la luz de lo recuperado.
Esa misma marea llegó al lote de la veintinueve, transformándolo en un jardín comunitario, y alcanzó la treinta y uno. Allí, el sonar de los balones de baloncesto, microfútbol y voleibol reemplazó al silencio de la desidia., canchas pintadas, predios recuperados... cada rincón intervenido compartía el mismo ADN: trabajo voluntario, organización y un sentido de pertenencia que no pedía permiso para existir.
El verdadero cambio
Con
el tiempo entendimos que no estábamos simplemente limpiando
terrenos; estábamos saneando el pensamiento del vecino.
Donde
antes hubo abandono, ahora palpitaba la vida.
Donde
crecía la maleza, ahora florecía la palabra.
Donde
imperaba el miedo, ahora mandaba la comunidad.
Con el tiempo entendimos que no estábamos simplemente limpiando terrenos; estábamos saneando el pensamiento del vecino.
Donde antes hubo abandono, ahora palpitaba la vida.
Donde crecía la maleza, ahora florecía la palabra.
Donde imperaba el miedo, ahora mandaba la comunidad.
El legado
Katakandrú
no necesitó de grandes discursos porque hablaba con hechos: con
parques, con canchas, con libros. Nos convertimos, casi sin darnos
cuenta, en la memoria
viva del barrio.
La
Marcha del Libro no fue un evento aislado; fue nuestra proclamación
de independencia. La prueba de que una comunidad organizada tiene el
poder de reescribir su propia historia.
Hoy,
en cada página que se pasa en la biblioteca y en cada gol que se
grita en la cancha, Katakandrú sigue marchando.
Identificación:
cuando supimos quiénes éramos
No
fue un sello lo que nos hizo fuertes, sino la historia que habíamos
levantado antes de que existiera el reconocimiento
Ya instalados en aquel espacio que
habíamos conquistado con esfuerzo y terquedad, comenzó otra
transformación. Una más silenciosa, más íntima… pero quizá
mucho más profunda que limpiar el lote o levantar paredes.
Fue entonces cuando el lugar empezó
a llenarse de pequeñas cosas traídas desde las casas de cada uno.
Objetos humildes que parecían insignificantes por separado, pero que
juntos fueron construyendo, sin que nadie lo planeara, algo parecido
a un alma. Nadie preguntaba quién aportaba más. Nadie llevaba
cuentas. Cada quien llegaba con lo que tenía a mano y lo ofrecía
con naturalidad, como si estuviera ayudando a levantar algo que
también le pertenecía. Y en el fondo, así era.
Aparecieron sillas prestadas que
crujían al sentarse, tapetes desgastados por años de uso familiar,
cuadros colgados con clavos torcidos, materas viejas rescatadas de
algún patio y libros que habían sobrevivido olvidados en estantes
polvorientos. Algunos llegaban con una escoba bajo el brazo; otros,
con una mesa coja, una lámpara vieja o una caja de revistas. Todo
era poco. Todo era suficiente.
Y así, casi sin darnos cuenta, el
lugar comenzó a latir.
Lo que antes había sido un rincón
abandonado se fue transformando en algo difícil de explicar con
palabras. Ya no era solamente una sede. Era una especie de refugio
colectivo, un salón cultural donde circulaban ideas, discusiones y
sueños; una pequeña biblioteca levantada más por voluntad que por
recursos; un punto de encuentro donde aprendimos, despacio y sin
darnos cuenta, a sentirnos parte de algo mayor que nosotros mismos.
Allí se planeaban actividades, se
discutían proyectos y se imaginaban futuros posibles antes de salir
a caminar el barrio. A veces las reuniones se extendían hasta la
noche, mientras el humo del tinto caliente se mezclaba con las
conversaciones interminables sobre cultura, comunidad, injusticia y
esperanza. Éramos jóvenes intentando comprender el mundo… y
también, quizás sobre todo, intentando comprendernos entre
nosotros.
La idea que nos sostenía era
sencilla, aunque poderosa: no éramos individuos aislados tratando de
sobresalir por separado. Éramos un solo cuerpo. Una sola voluntad
nacida desde las mismas carencias y los mismos sueños.
Por eso aquella frase comenzó a
repetirse entre nosotros casi como una convicción sagrada:
"La unidad hace la fuerza."
No era un lema decorativo escrito
para adornar reuniones. Era una manera de vivir y de resistir.
Significaba compartir lo poco que había, acompañar al que estaba
caído y entender que el logro de uno le pertenecía también a
todos.
De ese mismo espíritu nació el
eslogan que terminaría convirtiéndose en nuestra identidad más
profunda:
"Jóvenes liberan jóvenes."
La frase fue propuesta por Carlos
Roberto Másmela, quien además diseñó el logotipo del grupo. Aquel
símbolo —sencillo pero cargado de significado— comenzó a
aparecer en los carnés de afiliación que mandamos a elaborar con
enorme orgullo.
Eran pequeños, modestos, casi
artesanales. Pero para nosotros tenían el peso de una bandera. Cada
integrante lo guardaba como quien protege una prueba silenciosa de
pertenencia. No era solo un carné: era la confirmación de que ya
formábamos parte de algo distinto, algo que nos daba nombre,
identidad y propósito.
Todavía recuerdo aquella tarde en
que se entregaron oficialmente. El ambiente estaba cargado de una
emoción que nadie quería nombrar en voz alta. Algunos intentaban
aparentar tranquilidad, pero en el fondo todos sabíamos que
estábamos viviendo uno de esos instantes pequeños que con el tiempo
terminan convirtiéndose en memoria.
Humberto Flórez tomó la palabra.
Como siempre, habló sin grandilocuencia, con esa serenidad suya que
hacía que todos guardáramos silencio sin que nadie lo pidiera.
Sostenía uno de los carnés entre las manos cuando dijo, lentamente:
—Que este instante sirva para
recordar que la unidad debe estar por encima de cualquier obstáculo…
y que si alguno de nosotros cae en dificultad, los demás tengamos la
obligación moral de tenderle la mano. Porque un grupo no se
construye solamente con reuniones, sino con solidaridad. Como decía
el padre Diógenes: "Siembra bien… y la vida terminará
respondiéndote con buena cosecha."
Por unos segundos nadie habló.
Y luego, casi al mismo tiempo, las
palmas comenzaron a llenar el salón.
No eran aplausos estruendosos. Eran
aplausos sinceros. De esos que nacen cuando las palabras logran tocar
algo verdadero dentro de la gente, algo que ya estaba allí pero que
necesitaba ser dicho.
—¡Que así sea!
No fue un grito de victoria. Fue algo
más profundo: un pacto silencioso entre todos nosotros.
Aquel día, al recibir la personería
jurídica, sentimos que el grupo había alcanzado la mayoría de
edad. Fuimos como quien recibe por primera vez su cédula de
ciudadanía y la muestra con orgullo porque, de repente, descubre que
ya no es un niño; que ahora tiene nombre, reconocimiento y
responsabilidad ante el mundo. Así nos sentimos nosotros: grandes,
maduros, legítimos.
Hasta entonces habíamos sido un
grupo de jóvenes luchando contra el abandono, defendiendo un espacio
que muchos despreciaban y soñando con transformar nuestro entorno.
Pero desde ese momento dejamos de ser solamente muchachos reunidos
por entusiasmo; nos convertimos en una organización reconocida, con
voz propia y con el derecho de decidir sobre nuestro destino.
Confieso que el pecho se nos hinchó
de orgullo y, también, de cierta vanidad juvenil. Era inevitable.
Por primera vez podíamos mirarles la cara a los vecinos y decirles
que existíamos oficialmente; que teníamos la misma legitimidad que
la Junta de Acción Comunal del barrio, y que también podíamos
asumir responsabilidades, tomar decisiones y responder por nuestros
actos.
Pero más allá del documento, lo
verdaderamente importante era lo que simbolizaba. Aquella personería
jurídica no nos dio nuestra esencia; simplemente confirmó lo que ya
éramos desde hacía mucho tiempo: una comunidad organizada alrededor
de un sueño común.
Y quizás lo más emocionante fue
comprender que aquel lugar abandonado —el mismo que habíamos
limpiado con nuestras propias manos y defendido contra el desprecio y
la desconfianza— ahora también nos pertenecía de alguna manera.
No por posesión, sino por compromiso. Porque habíamos aprendido a
cuidarlo, a protegerlo y a llenarlo de vida.
Desde entonces ya no entrábamos allí
como intrusos ni como muchachos improvisando esperanzas. Entrábamos
como quienes han encontrado, por fin, un lugar en el mundo y pueden
decir con orgullo y responsabilidad:
—Este espacio también es nuestro.
Katakandrú no necesitó de grandes discursos porque hablaba con hechos: con parques, con canchas, con libros. Nos convertimos, casi sin darnos cuenta, en la memoria viva del barrio.
La Marcha del Libro no fue un evento aislado; fue nuestra proclamación de independencia. La prueba de que una comunidad organizada tiene el poder de reescribir su propia historia.
Hoy, en cada página que se pasa en la biblioteca y en cada gol que se grita en la cancha, Katakandrú sigue marchando.
Identificación: cuando supimos quiénes éramos
No fue un sello lo que nos hizo fuertes, sino la historia que habíamos levantado antes de que existiera el reconocimiento
Ya instalados en aquel espacio que habíamos conquistado con esfuerzo y terquedad, comenzó otra transformación. Una más silenciosa, más íntima… pero quizá mucho más profunda que limpiar el lote o levantar paredes.
Fue entonces cuando el lugar empezó a llenarse de pequeñas cosas traídas desde las casas de cada uno. Objetos humildes que parecían insignificantes por separado, pero que juntos fueron construyendo, sin que nadie lo planeara, algo parecido a un alma. Nadie preguntaba quién aportaba más. Nadie llevaba cuentas. Cada quien llegaba con lo que tenía a mano y lo ofrecía con naturalidad, como si estuviera ayudando a levantar algo que también le pertenecía. Y en el fondo, así era.
Aparecieron sillas prestadas que crujían al sentarse, tapetes desgastados por años de uso familiar, cuadros colgados con clavos torcidos, materas viejas rescatadas de algún patio y libros que habían sobrevivido olvidados en estantes polvorientos. Algunos llegaban con una escoba bajo el brazo; otros, con una mesa coja, una lámpara vieja o una caja de revistas. Todo era poco. Todo era suficiente.
Y así, casi sin darnos cuenta, el lugar comenzó a latir.
Lo que antes había sido un rincón abandonado se fue transformando en algo difícil de explicar con palabras. Ya no era solamente una sede. Era una especie de refugio colectivo, un salón cultural donde circulaban ideas, discusiones y sueños; una pequeña biblioteca levantada más por voluntad que por recursos; un punto de encuentro donde aprendimos, despacio y sin darnos cuenta, a sentirnos parte de algo mayor que nosotros mismos.
Allí se planeaban actividades, se discutían proyectos y se imaginaban futuros posibles antes de salir a caminar el barrio. A veces las reuniones se extendían hasta la noche, mientras el humo del tinto caliente se mezclaba con las conversaciones interminables sobre cultura, comunidad, injusticia y esperanza. Éramos jóvenes intentando comprender el mundo… y también, quizás sobre todo, intentando comprendernos entre nosotros.
La idea que nos sostenía era sencilla, aunque poderosa: no éramos individuos aislados tratando de sobresalir por separado. Éramos un solo cuerpo. Una sola voluntad nacida desde las mismas carencias y los mismos sueños.
Por eso aquella frase comenzó a repetirse entre nosotros casi como una convicción sagrada:
"La unidad hace la fuerza."
No era un lema decorativo escrito para adornar reuniones. Era una manera de vivir y de resistir. Significaba compartir lo poco que había, acompañar al que estaba caído y entender que el logro de uno le pertenecía también a todos.
De ese mismo espíritu nació el eslogan que terminaría convirtiéndose en nuestra identidad más profunda:
"Jóvenes liberan jóvenes."
La frase fue propuesta por Carlos Roberto Másmela, quien además diseñó el logotipo del grupo. Aquel símbolo —sencillo pero cargado de significado— comenzó a aparecer en los carnés de afiliación que mandamos a elaborar con enorme orgullo.
Eran pequeños, modestos, casi artesanales. Pero para nosotros tenían el peso de una bandera. Cada integrante lo guardaba como quien protege una prueba silenciosa de pertenencia. No era solo un carné: era la confirmación de que ya formábamos parte de algo distinto, algo que nos daba nombre, identidad y propósito.
Todavía recuerdo aquella tarde en que se entregaron oficialmente. El ambiente estaba cargado de una emoción que nadie quería nombrar en voz alta. Algunos intentaban aparentar tranquilidad, pero en el fondo todos sabíamos que estábamos viviendo uno de esos instantes pequeños que con el tiempo terminan convirtiéndose en memoria.
Humberto Flórez tomó la palabra. Como siempre, habló sin grandilocuencia, con esa serenidad suya que hacía que todos guardáramos silencio sin que nadie lo pidiera. Sostenía uno de los carnés entre las manos cuando dijo, lentamente:
—Que este instante sirva para recordar que la unidad debe estar por encima de cualquier obstáculo… y que si alguno de nosotros cae en dificultad, los demás tengamos la obligación moral de tenderle la mano. Porque un grupo no se construye solamente con reuniones, sino con solidaridad. Como decía el padre Diógenes: "Siembra bien… y la vida terminará respondiéndote con buena cosecha."
Por unos segundos nadie habló.
Y luego, casi al mismo tiempo, las palmas comenzaron a llenar el salón.
No eran aplausos estruendosos. Eran aplausos sinceros. De esos que nacen cuando las palabras logran tocar algo verdadero dentro de la gente, algo que ya estaba allí pero que necesitaba ser dicho.
—¡Que así sea!
No fue un grito de victoria. Fue algo más profundo: un pacto silencioso entre todos nosotros.
Aquel día, al recibir la personería jurídica, sentimos que el grupo había alcanzado la mayoría de edad. Fuimos como quien recibe por primera vez su cédula de ciudadanía y la muestra con orgullo porque, de repente, descubre que ya no es un niño; que ahora tiene nombre, reconocimiento y responsabilidad ante el mundo. Así nos sentimos nosotros: grandes, maduros, legítimos.
Hasta entonces habíamos sido un grupo de jóvenes luchando contra el abandono, defendiendo un espacio que muchos despreciaban y soñando con transformar nuestro entorno. Pero desde ese momento dejamos de ser solamente muchachos reunidos por entusiasmo; nos convertimos en una organización reconocida, con voz propia y con el derecho de decidir sobre nuestro destino.
Confieso que el pecho se nos hinchó de orgullo y, también, de cierta vanidad juvenil. Era inevitable. Por primera vez podíamos mirarles la cara a los vecinos y decirles que existíamos oficialmente; que teníamos la misma legitimidad que la Junta de Acción Comunal del barrio, y que también podíamos asumir responsabilidades, tomar decisiones y responder por nuestros actos.
Pero más allá del documento, lo verdaderamente importante era lo que simbolizaba. Aquella personería jurídica no nos dio nuestra esencia; simplemente confirmó lo que ya éramos desde hacía mucho tiempo: una comunidad organizada alrededor de un sueño común.
Y quizás lo más emocionante fue comprender que aquel lugar abandonado —el mismo que habíamos limpiado con nuestras propias manos y defendido contra el desprecio y la desconfianza— ahora también nos pertenecía de alguna manera. No por posesión, sino por compromiso. Porque habíamos aprendido a cuidarlo, a protegerlo y a llenarlo de vida.
Desde entonces ya no entrábamos allí como intrusos ni como muchachos improvisando esperanzas. Entrábamos como quienes han encontrado, por fin, un lugar en el mundo y pueden decir con orgullo y responsabilidad:
—Este espacio también es nuestro.
El reconocimiento legal
Para
alcanzar aquel reconocimiento legal hubo muchas manos trabajando.
Pero si alguien cargó sobre sus hombros el peso silencioso de aquel
proceso, ese fue Humberto Flores.
Humberto
no era el más bullicioso del grupo ni el que buscaba sobresalir en
las reuniones. Era, más bien, un muchacho serio y reservado, de esos
que hablan poco pero dejan huella cuando lo hacen. Tenía una
serenidad extraña para su edad: una forma pausada de escuchar, de
mirar, de pensar antes de intervenir. Y cuando finalmente tomaba la
palabra, lo hacía con una claridad que imponía respeto sin
necesidad de levantar la voz.
Lo
recuerdo así: quieto entre el bullicio, atento cuando los demás ya
habíamos perdido el hilo. Poseía una enorme calidad humana. Era
leal, responsable, profundamente solidario. En medio de nuestra
impulsividad juvenil, Humberto representaba el equilibrio. Mientras
muchos soñábamos despiertos con cambiar el barrio y transformar el
mundo, él entendía que también hacía falta alguien dispuesto a
enfrentar la parte menos visible de las luchas: el papeleo, los
trámites, las oficinas, las filas interminables y la paciencia
burocrática.
Sobre él
recayó prácticamente toda la responsabilidad del proceso. Debía
revisar documentos, hacer seguimiento a los estatutos, verificar
requisitos y asegurarse de que cada papel llegara a donde
correspondía. Y lo hacía con una disciplina admirable, casi
silenciosa, sin buscar reconocimiento alguno. Sin esperar siquiera un
aplauso.
Tal vez
ayudaba el hecho de que ya trabajaba como empleado público y conocía
aquellos pasillos grises de las oficinas gubernamentales, donde
muchas veces los sueños de los grupos populares terminaban
extraviados entre sellos, carpetas y escritorios olvidados. Pero
Humberto supo moverse allí con inteligencia y persistencia. Conocía
el lenguaje de la administración. Sabía cuándo insistir, cuándo
esperar y cuándo tocar la puerta correcta.
Y así
lo hizo. Con eficiencia. Con responsabilidad. Con esa convicción
tranquila que nunca necesitó aplausos para seguir adelante.
Quizá
por eso nuestro proceso no encontró demasiados obstáculos. Todo
avanzó más rápido de lo que imaginábamos, como si por primera vez
la burocracia hubiera decidido abrirle paso a un sueño colectivo
nacido desde abajo, desde las manos de unos jóvenes que no tenían
más capital que sus ganas de existir.
La
alegría terminó de desbordarse el día en que llegó la noticia que
tanto habíamos esperado. La Gobernación del Huila aprobaba
oficialmente nuestros estatutos. Katakandrú obtenía su personería
jurídica: PJ 142 de junio de 1979.
Aquello
fue mucho más que un trámite aprobado. Fue una especie de bautismo
institucional. Ya no éramos "el grupo pirata", como
algunos vecinos nos llamaban con desconfianza o desprecio. Ya no
éramos simplemente unos jóvenes ocupando un lote abandonado y
soñando imposibles.
Éramos
una organización. Con nombre. Con respaldo. Con existencia legal.
Y en
medio de aquella alegría colectiva, muchos sabíamos —aunque quizá
nunca se lo dijimos lo suficiente— que parte de esa victoria
llevaba también la paciencia, la honestidad y el silencioso
compromiso de Humberto Flores. Ojalá él lo haya sabido siempre.
Para alcanzar aquel reconocimiento legal hubo muchas manos trabajando. Pero si alguien cargó sobre sus hombros el peso silencioso de aquel proceso, ese fue Humberto Flores.
Humberto no era el más bullicioso del grupo ni el que buscaba sobresalir en las reuniones. Era, más bien, un muchacho serio y reservado, de esos que hablan poco pero dejan huella cuando lo hacen. Tenía una serenidad extraña para su edad: una forma pausada de escuchar, de mirar, de pensar antes de intervenir. Y cuando finalmente tomaba la palabra, lo hacía con una claridad que imponía respeto sin necesidad de levantar la voz.
Lo recuerdo así: quieto entre el bullicio, atento cuando los demás ya habíamos perdido el hilo. Poseía una enorme calidad humana. Era leal, responsable, profundamente solidario. En medio de nuestra impulsividad juvenil, Humberto representaba el equilibrio. Mientras muchos soñábamos despiertos con cambiar el barrio y transformar el mundo, él entendía que también hacía falta alguien dispuesto a enfrentar la parte menos visible de las luchas: el papeleo, los trámites, las oficinas, las filas interminables y la paciencia burocrática.
Sobre él recayó prácticamente toda la responsabilidad del proceso. Debía revisar documentos, hacer seguimiento a los estatutos, verificar requisitos y asegurarse de que cada papel llegara a donde correspondía. Y lo hacía con una disciplina admirable, casi silenciosa, sin buscar reconocimiento alguno. Sin esperar siquiera un aplauso.
Tal vez ayudaba el hecho de que ya trabajaba como empleado público y conocía aquellos pasillos grises de las oficinas gubernamentales, donde muchas veces los sueños de los grupos populares terminaban extraviados entre sellos, carpetas y escritorios olvidados. Pero Humberto supo moverse allí con inteligencia y persistencia. Conocía el lenguaje de la administración. Sabía cuándo insistir, cuándo esperar y cuándo tocar la puerta correcta.
Y así lo hizo. Con eficiencia. Con responsabilidad. Con esa convicción tranquila que nunca necesitó aplausos para seguir adelante.
Quizá por eso nuestro proceso no encontró demasiados obstáculos. Todo avanzó más rápido de lo que imaginábamos, como si por primera vez la burocracia hubiera decidido abrirle paso a un sueño colectivo nacido desde abajo, desde las manos de unos jóvenes que no tenían más capital que sus ganas de existir.
La alegría terminó de desbordarse el día en que llegó la noticia que tanto habíamos esperado. La Gobernación del Huila aprobaba oficialmente nuestros estatutos. Katakandrú obtenía su personería jurídica: PJ 142 de junio de 1979.
Aquello fue mucho más que un trámite aprobado. Fue una especie de bautismo institucional. Ya no éramos "el grupo pirata", como algunos vecinos nos llamaban con desconfianza o desprecio. Ya no éramos simplemente unos jóvenes ocupando un lote abandonado y soñando imposibles.
Éramos una organización. Con nombre. Con respaldo. Con existencia legal.
Y en medio de aquella alegría colectiva, muchos sabíamos —aunque quizá nunca se lo dijimos lo suficiente— que parte de esa victoria llevaba también la paciencia, la honestidad y el silencioso compromiso de Humberto Flores. Ojalá él lo haya sabido siempre.
El nacimiento de los símbolos
Los
sueños, mientras duermen en silencio, no incomodan a nadie. El
peligro nace el día en que alguien decide pintarles una bandera.
Ese
día llegó para nosotros cuando comprendimos que ya no bastaba con
ser: también había que representarse. ”
Fue
entonces cuando sentimos que algo hacía falta. Teníamos historia,
trabajo comunitario y reconocimiento legal, pero nos faltaba algo
visible; algo capaz de condensar todo aquello que éramos y
soñábamos: nuestros símbolos.
Necesitábamos reconocernos entre
nosotros. Representarnos. Decirle al barrio y al mundo quiénes
éramos realmente. Nunca imaginé que aquella búsqueda de identidad
terminaría trayéndonos tantos problemas. En ese tiempo éramos
jóvenes y creíamos, con la honestidad de quien no tiene nada que
ocultar, que los símbolos solo servían para unir. No para despertar
sospechas.
Con el entusiasmo de sentirnos ya
"mayores", decidimos celebrar con una actividad cultural
abierta al barrio. Queríamos mostrar lo que habíamos construido y
presentar la nueva estructura del grupo. Aquella noche bautizamos
oficialmente nuestra bandera, el escudo y el himno de Katakandrú
—ese nombre sonoro que habíamos rescatado de una vieja historia
local—. Fue también la noche en que comenzamos a llamarnos
"Katakos". Un nombre más cercano, casi fraternal; una
forma orgullosa de sentir que pertenecíamos a algo distinto, algo
que valía la pena defender.
La actividad de aquel viernes fue una
fiesta de teatro, música y danzas. Por primera vez sentimos que el
barrio nos aceptaba de verdad. Vecinos que antes nos miraban de reojo
se acercaron con curiosidad, quizás con asombro, al ver cómo
habíamos transformado la maleza en vida.
Al terminar, nos refugiamos en la
pequeña taberna de Vale. El lugar olía a aserrín y cerveza barata,
y era, a su manera, una extensión natural de nuestras oficinas: ese
rincón donde los sueños imposibles se discutían entre risas,
gaseosas y el ruido sordo de la calle. Esa noche, sin embargo, el
destino nos presentó una cara nueva.
Se integraron tres personas a la
conversación: Jaime Borrero, Leonardo y Miguel. Parecían muchachos
amables, estudiantes universitarios con interés en lo social.
Nosotros, con la ingenuidad de quienes no tienen nada que ocultar,
los recibimos con los brazos abiertos. No teníamos razones para
desconfiar. Todavía no.
El ambiente cambió cuando Leonardo,
con una sonrisa apenas insinuada y los ojos fijos en nuestra bandera
recién estrenada, soltó la pregunta:
—¿Y quién diseñó los símbolos?
Carlos Montealegre comenzó a
explicar el significado de cada elemento, pero Leonardo lo
interrumpió con una calma que, ahora lo entiendo, era demasiado
calculada:
—¿No creen que ese amarillo, negro
y rojo puede resultar un poco… inapropiado? Se ve muy revoltoso.
Por no decir… subversivo.
La palabra quedó suspendida en el
aire como una sentencia. Eran años de plomo en Colombia, y términos
así no se pronunciaban inocentemente. Un silencio incómodo se
apoderó de la mesa. Yael, siempre precavida, reaccionó de inmediato
mirando a Carlos:
—Yo se los advertí. No quisieron
mis colores porque decían que parecían de iglesia, pero les dije
que ese negro nos traería problemas.
Carlos defendió la bandera con una
firmeza que todavía recuerdo con admiración:
—El rojo ya estaba en el logo
original. El amarillo nos identifica en las camisetas. Y el negro…
el negro no significa violencia. Es la elegancia silenciosa de lo que
apenas comienza; el poder contenido. Es la noche fértil donde
germinan las ideas, la semilla invisible de toda transformación.
Nadie respondió. Hubo un instante en
que todos miramos la bandera como si la estuviéramos viendo por
primera vez, como si las palabras de Leonardo hubieran puesto sobre
ella una sombra que antes no existía. La conversación se fue
apagando y nos despedimos con un peso nuevo en los hombros.
No sabíamos aún que un primo en la
Fiscalía ya escuchaba rumores sobre nosotros. No sabíamos que
nuestros colores habían comenzado a inquietar a quienes miraban
desde arriba con desconfianza todo aquello que oliera a organización
popular.
Esa noche, al llegar a casa, mi padre
—don Sixto— me vio preocupado. Me escuchó en silencio, como era
su costumbre, y luego me dio la única calma que pudo:
—Cuando una acción es pequeña, la
reacción también lo es. Pero cuando un grupo crece, la reacción
crece aún más. El que nada debe, nada teme, mijo.
Sus palabras me tranquilizaron
aquella noche. Con los años, sin embargo, comprendería que el miedo
no nace siempre de lo que uno hace, sino de lo que otros eligen ver
en lo que uno representa.
Y esa es, quizás, la lección más
amarga que nos dejaron aquellos días de símbolos y sospechas.
Días
después de aquella noche en la taberna de Vale, me propuse una tarea
que el instinto me dictaba: saber quiénes eran realmente esos tres
muchachos que habían cruzado nuestro umbral. En Katakandrú no
éramos cerrados, pero sí cuidábamos lo que tanto nos había
costado construir. Lo que encontré fue un mosaico de realidades que,
en ese momento, solo nos hizo sentir más responsables de su
presencia.
Jaime: el puente entre
la música y el pensamiento
Confirmé que Jaime era estudiante de
Ingeniería y vivía en el barrio Cándido con sus padres. Pero Jaime
no era un estudiante común. Era un muchacho de actividad
desbordante, de esos que parecen tener dos vidas en una sola jornada.
Pronto supe que pertenecía a ese grupo de estudiantes contestatarios
que la universidad llamaba —a veces con respeto y otras con miedo—
"los revoltosos".
Sin embargo, Jaime no era solo el
grito de la consigna. Tenía esa chispa rara de la genialidad serena.
Bastaba que rasgara las cuerdas de su guitarra para que el aire del
salón cambiara de temperatura. Su música no era un adorno: era un
lenguaje. Mientras afinaba una voz o corregía un acorde, nos
sembraba ideas. Nos hablaba de una política que no se quedaba en el
papel, sino que nacía del compromiso con el vecino, con el de al
lado, con el de abajo. Con él aprendimos que la música y la
conciencia social podían caminar de la mano sin estorbarse.
Miguel: el guardián de la
palabra silenciosa
Miguel era lo opuesto al estruendo.
Vivía en Las Mercedes con su madre y su padrastro, y su vida parecía
girar en torno a una brújula distinta: la de nuestra pequeña
biblioteca. Estudiaba Lingüística y Literatura, y su forma de
integrarse fue casi invisible, pero profunda, como el agua que entra
despacio y lo empapa todo.
No buscaba el protagonismo de las
asambleas. Su territorio eran los libros que habíamos recolectado
con tanto esfuerzo. Nos invitaba a leer de una manera que nadie más
hacía: empezaba con relatos breves que luego desmenuzábamos entre
todos, como quien abre una fruta y reparte los gajos. Pero su
verdadero don era la narración oral. Cuando Miguel comenzaba a
contar una historia, el tiempo se detenía y todos terminábamos
sentados a su alrededor, atrapados por su voz sin saber exactamente
cuándo había ocurrido. Era el intelectual silencioso del grupo, el
que nos recordaba que antes de actuar también había que leer el
mundo.
Leonardo: el enigma con
demasiadas preguntas
De Leonardo, en cambio, nadie sabía
nada concreto. Decía estudiar Administración de Empresas, pero en
la universidad nadie daba razón de él. No sabíamos dónde vivía
ni quiénes eran sus padres. Era un enigma que se movía entre
nosotros con una sonrisa que ocultaba demasiado.
La verdad sobre su situación salió
a la luz durante una de nuestras brigadas nocturnas de celaduría.
Bajo el frío de la noche, mientras cuidábamos el espacio, su
armadura se rompió. Poco a poco nos confesó una historia que nos
golpeó el corazón: no tenía un lugar fijo donde dormir ni recursos
para alimentarse. Aquel muchacho que en la taberna parecía tan
seguro de sí mismo estaba, en realidad, a la intemperie.
Pero la lástima duró poco. Porque
con Leonardo había algo que el corazón no terminaba de acomodar.
Hacía demasiadas preguntas. No las
preguntas naturales de quien llega nuevo a un grupo y quiere
entender; eran preguntas que buscaban grietas, que rondaban los
bordes de lo que hacíamos como si estuviera midiendo cuánto podía
ver. Nos cuestionaba a cada momento, ponía en duda nuestras
decisiones y sembraba pequeñas dudas con la habilidad de quien ha
aprendido a hacerlo sin que se note demasiado.
Hasta que un día cruzó una línea
que no tenía vuelta atrás.
Con una naturalidad que me heló la
sangre, propuso que el grupo, "para defenderse", debería
conseguir un arma.
El silencio que siguió fue distinto
a todos los silencios que habíamos tenido en aquel salón. Lo miré
fijo y le hablé con la claridad que la situación exigía: en
Katakandrú no había lugar para esa clase de ideas, y si seguía por
ese camino, él mismo tendría que decidir si se quedaba o se iba.
No se fue. Y eso, paradójicamente,
terminó de confirmar lo que ya sospechaba.
Leonardo nos estaba investigando.
No era un muchacho perdido que
buscaba refugio. Era alguien enviado a observarnos, a provocarnos, a
ver de qué estábamos hechos por dentro. Tomé entonces una decisión
que hoy todavía considero correcta: dejarlo quedarse. Que siguiera
mirándonos. Que nos acompañara en las reuniones, en las brigadas,
en las discusiones de cada noche. Porque si alguien quería saber
quiénes éramos realmente, la mejor respuesta no era cerrarnos sino
mostrarle la verdad sin filtros.
No teníamos nada que ocultar. Y esa
era, precisamente, nuestra mayor defensa.
Leonardo
continuó haciendo preguntas. Demasiadas preguntas.
No eran dudas casuales nacidas de la
curiosidad. Había en su insistencia algo calculado, frío, como
quien intenta armar un rompecabezas mientras aparenta una charla
entre amigos. Ya corría entre nosotros, de boca en boca y en voz
baja, la certeza de que alguien nos observaba. Nuestro crecimiento,
la fuerza de nuestra identidad y el color de nuestra bandera habían
despertado sospechas en los sectores más conservadores del pueblo.
Gente que no entendía —o que no quería entender— que un grupo
de muchachos del barrio pudiera organizarse sin responder a nadie más
que a su propia conciencia.
Así que decidimos seguirle la
corriente. Tal vez como él lo esperaba. Pero también como nosotros
necesitábamos hacerlo: para dejar clara nuestra verdad sin tapujos y
sin miedo.
Fui yo quien tomó la palabra.
Mientras le hablaba, mirándolo a los
ojos con la calma de quien no tiene nada que esconder, comprendí que
aquello ya no era una conversación de taberna. Era una defensa.
Anticipada, serena y necesaria.
—El proceso fue sencillo —le
dije—. Todo nació de forma abierta, como todo lo que hacemos.
Convocamos un concurso interno para la bandera, el escudo y el himno.
Queríamos que cada Katako pusiera su alma en una propuesta. Que los
símbolos no fueran impuestos desde arriba, sino elegidos desde
adentro. Las decisiones se tomaban en colectivo. Siempre fue así.
Leonardo asentía despacio, con esa
expresión que yo ya había aprendido a leer: la de alguien que
escucha buscando grietas. Entonces le desglosé la bandera, elemento
por elemento, como quien desmonta un arma ante un juez para demostrar
que no tiene balas.
El negro no era oscuridad ni amenaza.
Era el origen: la tierra fértil donde las ideas germinan antes de
ver la luz, la sobriedad de quien apenas está descubriéndose a sí
mismo. El amarillo era la luz compartida, la esperanza que
construíamos juntos en un barrio lleno de carencias y lleno también,
pese a todo, de ganas de vivir distinto. La estrella era el
conocimiento, la guía para no perder el norte en tiempos en que era
fácil perderse. Y el rojo —ese rojo que tanto les había
inquietado— era simplemente la pasión. La misma con la que
defendíamos la cultura, el teatro, la música, la palabra. Nada más.
Leonardo escuchaba en silencio, pero
yo sentía que pesaba cada frase, que buscaba dobles lecturas donde
nosotros solo habíamos puesto sueños. Le aclaré que, aunque Yael
Garaviño presentó propuestas valiosas durante el concurso, fue el
diseño de Constantino Castro Zamora el que resultó elegido. No solo
por su estética, sino por algo que para nosotros era fundamental:
era sencillo de reproducir. Queríamos un símbolo que pudiera
pertenecer a todos, que cualquier mano pudiera dibujar en una hoja,
en una pared, en un carné. No una imagen distante y hermosa que
nadie pudiera hacer suya.
Le hablé también, con la misma
honestidad, del escudo oficial que, aunque fue aprobado en su
momento, terminó desapareciendo con el tiempo. Aquello nos enseñó
una lección que no olvidamos: no todos los símbolos sobreviven.
Solo permanecen los que la comunidad adopta como propios, los que la
gente siente en el pecho y no solo ve con los ojos. El logotipo, en
cambio, trascendió. Porque desde el primer día la gente lo sintió
suyo. Y lo que es de todos no se puede quitar fácilmente.
Finalmente, Leonardo preguntó por el
himno.
Le contamos del concurso, de la
propuesta que ganó, de la noche en que las palabras se convirtieron
en canción. No era una marcha militar ni un llamado a las armas. Era
nuestra historia hecha música: la historia de unos muchachos que
habían decidido existir con nombre propio. Alguien en la mesa —ya
no recuerdo quién, pero recuerdo la voz— recitó los primeros
versos con un orgullo que ninguno intentamos disimular:
"Jóvenes agrupan jóvenes /
es el lema de Katakos, / muchachos de gran empuje, / chicos duros y
verracos…"
Las palabras llenaron la taberna como
llenan las canciones los espacios cuando se cantan de verdad: desde
adentro.
Vi entonces en Leonardo algo que no
había visto antes. Una chispa breve, casi imperceptible, de
incomodidad. Como si las palabras lo hubieran tocado en un lugar que
no esperaba. Creo que en ese momento lo entendió: no estábamos
jugando a las organizaciones. No éramos un pasatiempo de barrio ni
un grupo de ingenuos con símbolos de colores. Estábamos
construyendo conciencia. Y eso, en aquellos años, era lo más
peligroso que podía hacer un joven en este país.
Porque lo que realmente molestaba a
los de afuera no era que hiciéramos teatro o música. No era la
bandera ni el escudo ni el himno. Lo que les asustaba —lo que
siempre les ha asustado— era que un grupo de muchachos hubiera
descubierto quién era. Y que, sobre todo, hubiera perdido el miedo a
decirlo en voz alta.
Los sueños, mientras duermen en silencio, no incomodan a nadie. El peligro nace el día en que alguien decide pintarles una bandera.
Ese día llegó para nosotros cuando comprendimos que ya no bastaba con ser: también había que representarse. ”
Fue entonces cuando sentimos que algo hacía falta. Teníamos historia, trabajo comunitario y reconocimiento legal, pero nos faltaba algo visible; algo capaz de condensar todo aquello que éramos y soñábamos: nuestros símbolos.
Necesitábamos reconocernos entre nosotros. Representarnos. Decirle al barrio y al mundo quiénes éramos realmente. Nunca imaginé que aquella búsqueda de identidad terminaría trayéndonos tantos problemas. En ese tiempo éramos jóvenes y creíamos, con la honestidad de quien no tiene nada que ocultar, que los símbolos solo servían para unir. No para despertar sospechas.
Con el entusiasmo de sentirnos ya "mayores", decidimos celebrar con una actividad cultural abierta al barrio. Queríamos mostrar lo que habíamos construido y presentar la nueva estructura del grupo. Aquella noche bautizamos oficialmente nuestra bandera, el escudo y el himno de Katakandrú —ese nombre sonoro que habíamos rescatado de una vieja historia local—. Fue también la noche en que comenzamos a llamarnos "Katakos". Un nombre más cercano, casi fraternal; una forma orgullosa de sentir que pertenecíamos a algo distinto, algo que valía la pena defender.
La actividad de aquel viernes fue una fiesta de teatro, música y danzas. Por primera vez sentimos que el barrio nos aceptaba de verdad. Vecinos que antes nos miraban de reojo se acercaron con curiosidad, quizás con asombro, al ver cómo habíamos transformado la maleza en vida.
Al terminar, nos refugiamos en la pequeña taberna de Vale. El lugar olía a aserrín y cerveza barata, y era, a su manera, una extensión natural de nuestras oficinas: ese rincón donde los sueños imposibles se discutían entre risas, gaseosas y el ruido sordo de la calle. Esa noche, sin embargo, el destino nos presentó una cara nueva.
Se integraron tres personas a la conversación: Jaime Borrero, Leonardo y Miguel. Parecían muchachos amables, estudiantes universitarios con interés en lo social. Nosotros, con la ingenuidad de quienes no tienen nada que ocultar, los recibimos con los brazos abiertos. No teníamos razones para desconfiar. Todavía no.
El ambiente cambió cuando Leonardo, con una sonrisa apenas insinuada y los ojos fijos en nuestra bandera recién estrenada, soltó la pregunta:
—¿Y quién diseñó los símbolos?
Carlos Montealegre comenzó a explicar el significado de cada elemento, pero Leonardo lo interrumpió con una calma que, ahora lo entiendo, era demasiado calculada:
—¿No creen que ese amarillo, negro y rojo puede resultar un poco… inapropiado? Se ve muy revoltoso. Por no decir… subversivo.
La palabra quedó suspendida en el aire como una sentencia. Eran años de plomo en Colombia, y términos así no se pronunciaban inocentemente. Un silencio incómodo se apoderó de la mesa. Yael, siempre precavida, reaccionó de inmediato mirando a Carlos:
—Yo se los advertí. No quisieron mis colores porque decían que parecían de iglesia, pero les dije que ese negro nos traería problemas.
Carlos defendió la bandera con una firmeza que todavía recuerdo con admiración:
—El rojo ya estaba en el logo original. El amarillo nos identifica en las camisetas. Y el negro… el negro no significa violencia. Es la elegancia silenciosa de lo que apenas comienza; el poder contenido. Es la noche fértil donde germinan las ideas, la semilla invisible de toda transformación.
Nadie respondió. Hubo un instante en que todos miramos la bandera como si la estuviéramos viendo por primera vez, como si las palabras de Leonardo hubieran puesto sobre ella una sombra que antes no existía. La conversación se fue apagando y nos despedimos con un peso nuevo en los hombros.
No sabíamos aún que un primo en la Fiscalía ya escuchaba rumores sobre nosotros. No sabíamos que nuestros colores habían comenzado a inquietar a quienes miraban desde arriba con desconfianza todo aquello que oliera a organización popular.
Esa noche, al llegar a casa, mi padre —don Sixto— me vio preocupado. Me escuchó en silencio, como era su costumbre, y luego me dio la única calma que pudo:
—Cuando una acción es pequeña, la reacción también lo es. Pero cuando un grupo crece, la reacción crece aún más. El que nada debe, nada teme, mijo.
Sus palabras me tranquilizaron aquella noche. Con los años, sin embargo, comprendería que el miedo no nace siempre de lo que uno hace, sino de lo que otros eligen ver en lo que uno representa.
Y esa es, quizás, la lección más amarga que nos dejaron aquellos días de símbolos y sospechas.
Días después de aquella noche en la taberna de Vale, me propuse una tarea que el instinto me dictaba: saber quiénes eran realmente esos tres muchachos que habían cruzado nuestro umbral. En Katakandrú no éramos cerrados, pero sí cuidábamos lo que tanto nos había costado construir. Lo que encontré fue un mosaico de realidades que, en ese momento, solo nos hizo sentir más responsables de su presencia.
Jaime: el puente entre la música y el pensamiento
Confirmé que Jaime era estudiante de Ingeniería y vivía en el barrio Cándido con sus padres. Pero Jaime no era un estudiante común. Era un muchacho de actividad desbordante, de esos que parecen tener dos vidas en una sola jornada. Pronto supe que pertenecía a ese grupo de estudiantes contestatarios que la universidad llamaba —a veces con respeto y otras con miedo— "los revoltosos".
Sin embargo, Jaime no era solo el grito de la consigna. Tenía esa chispa rara de la genialidad serena. Bastaba que rasgara las cuerdas de su guitarra para que el aire del salón cambiara de temperatura. Su música no era un adorno: era un lenguaje. Mientras afinaba una voz o corregía un acorde, nos sembraba ideas. Nos hablaba de una política que no se quedaba en el papel, sino que nacía del compromiso con el vecino, con el de al lado, con el de abajo. Con él aprendimos que la música y la conciencia social podían caminar de la mano sin estorbarse.
Miguel: el guardián de la palabra silenciosa
Miguel era lo opuesto al estruendo. Vivía en Las Mercedes con su madre y su padrastro, y su vida parecía girar en torno a una brújula distinta: la de nuestra pequeña biblioteca. Estudiaba Lingüística y Literatura, y su forma de integrarse fue casi invisible, pero profunda, como el agua que entra despacio y lo empapa todo.
No buscaba el protagonismo de las asambleas. Su territorio eran los libros que habíamos recolectado con tanto esfuerzo. Nos invitaba a leer de una manera que nadie más hacía: empezaba con relatos breves que luego desmenuzábamos entre todos, como quien abre una fruta y reparte los gajos. Pero su verdadero don era la narración oral. Cuando Miguel comenzaba a contar una historia, el tiempo se detenía y todos terminábamos sentados a su alrededor, atrapados por su voz sin saber exactamente cuándo había ocurrido. Era el intelectual silencioso del grupo, el que nos recordaba que antes de actuar también había que leer el mundo.
Leonardo: el enigma con demasiadas preguntas
De Leonardo, en cambio, nadie sabía nada concreto. Decía estudiar Administración de Empresas, pero en la universidad nadie daba razón de él. No sabíamos dónde vivía ni quiénes eran sus padres. Era un enigma que se movía entre nosotros con una sonrisa que ocultaba demasiado.
La verdad sobre su situación salió a la luz durante una de nuestras brigadas nocturnas de celaduría. Bajo el frío de la noche, mientras cuidábamos el espacio, su armadura se rompió. Poco a poco nos confesó una historia que nos golpeó el corazón: no tenía un lugar fijo donde dormir ni recursos para alimentarse. Aquel muchacho que en la taberna parecía tan seguro de sí mismo estaba, en realidad, a la intemperie.
Pero la lástima duró poco. Porque con Leonardo había algo que el corazón no terminaba de acomodar.
Hacía demasiadas preguntas. No las preguntas naturales de quien llega nuevo a un grupo y quiere entender; eran preguntas que buscaban grietas, que rondaban los bordes de lo que hacíamos como si estuviera midiendo cuánto podía ver. Nos cuestionaba a cada momento, ponía en duda nuestras decisiones y sembraba pequeñas dudas con la habilidad de quien ha aprendido a hacerlo sin que se note demasiado.
Hasta que un día cruzó una línea que no tenía vuelta atrás.
Con una naturalidad que me heló la sangre, propuso que el grupo, "para defenderse", debería conseguir un arma.
El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que habíamos tenido en aquel salón. Lo miré fijo y le hablé con la claridad que la situación exigía: en Katakandrú no había lugar para esa clase de ideas, y si seguía por ese camino, él mismo tendría que decidir si se quedaba o se iba.
No se fue. Y eso, paradójicamente, terminó de confirmar lo que ya sospechaba.
Leonardo nos estaba investigando.
No era un muchacho perdido que buscaba refugio. Era alguien enviado a observarnos, a provocarnos, a ver de qué estábamos hechos por dentro. Tomé entonces una decisión que hoy todavía considero correcta: dejarlo quedarse. Que siguiera mirándonos. Que nos acompañara en las reuniones, en las brigadas, en las discusiones de cada noche. Porque si alguien quería saber quiénes éramos realmente, la mejor respuesta no era cerrarnos sino mostrarle la verdad sin filtros.
No teníamos nada que ocultar. Y esa era, precisamente, nuestra mayor defensa.
Leonardo continuó haciendo preguntas. Demasiadas preguntas.
No eran dudas casuales nacidas de la curiosidad. Había en su insistencia algo calculado, frío, como quien intenta armar un rompecabezas mientras aparenta una charla entre amigos. Ya corría entre nosotros, de boca en boca y en voz baja, la certeza de que alguien nos observaba. Nuestro crecimiento, la fuerza de nuestra identidad y el color de nuestra bandera habían despertado sospechas en los sectores más conservadores del pueblo. Gente que no entendía —o que no quería entender— que un grupo de muchachos del barrio pudiera organizarse sin responder a nadie más que a su propia conciencia.
Así que decidimos seguirle la corriente. Tal vez como él lo esperaba. Pero también como nosotros necesitábamos hacerlo: para dejar clara nuestra verdad sin tapujos y sin miedo.
Fui yo quien tomó la palabra.
Mientras le hablaba, mirándolo a los ojos con la calma de quien no tiene nada que esconder, comprendí que aquello ya no era una conversación de taberna. Era una defensa. Anticipada, serena y necesaria.
—El proceso fue sencillo —le dije—. Todo nació de forma abierta, como todo lo que hacemos. Convocamos un concurso interno para la bandera, el escudo y el himno. Queríamos que cada Katako pusiera su alma en una propuesta. Que los símbolos no fueran impuestos desde arriba, sino elegidos desde adentro. Las decisiones se tomaban en colectivo. Siempre fue así.
Leonardo asentía despacio, con esa expresión que yo ya había aprendido a leer: la de alguien que escucha buscando grietas. Entonces le desglosé la bandera, elemento por elemento, como quien desmonta un arma ante un juez para demostrar que no tiene balas.
El negro no era oscuridad ni amenaza. Era el origen: la tierra fértil donde las ideas germinan antes de ver la luz, la sobriedad de quien apenas está descubriéndose a sí mismo. El amarillo era la luz compartida, la esperanza que construíamos juntos en un barrio lleno de carencias y lleno también, pese a todo, de ganas de vivir distinto. La estrella era el conocimiento, la guía para no perder el norte en tiempos en que era fácil perderse. Y el rojo —ese rojo que tanto les había inquietado— era simplemente la pasión. La misma con la que defendíamos la cultura, el teatro, la música, la palabra. Nada más.
Leonardo escuchaba en silencio, pero yo sentía que pesaba cada frase, que buscaba dobles lecturas donde nosotros solo habíamos puesto sueños. Le aclaré que, aunque Yael Garaviño presentó propuestas valiosas durante el concurso, fue el diseño de Constantino Castro Zamora el que resultó elegido. No solo por su estética, sino por algo que para nosotros era fundamental: era sencillo de reproducir. Queríamos un símbolo que pudiera pertenecer a todos, que cualquier mano pudiera dibujar en una hoja, en una pared, en un carné. No una imagen distante y hermosa que nadie pudiera hacer suya.
Le hablé también, con la misma honestidad, del escudo oficial que, aunque fue aprobado en su momento, terminó desapareciendo con el tiempo. Aquello nos enseñó una lección que no olvidamos: no todos los símbolos sobreviven. Solo permanecen los que la comunidad adopta como propios, los que la gente siente en el pecho y no solo ve con los ojos. El logotipo, en cambio, trascendió. Porque desde el primer día la gente lo sintió suyo. Y lo que es de todos no se puede quitar fácilmente.
Finalmente, Leonardo preguntó por el himno.
Le contamos del concurso, de la propuesta que ganó, de la noche en que las palabras se convirtieron en canción. No era una marcha militar ni un llamado a las armas. Era nuestra historia hecha música: la historia de unos muchachos que habían decidido existir con nombre propio. Alguien en la mesa —ya no recuerdo quién, pero recuerdo la voz— recitó los primeros versos con un orgullo que ninguno intentamos disimular:
"Jóvenes agrupan jóvenes / es el lema de Katakos, / muchachos de gran empuje, / chicos duros y verracos…"
Las palabras llenaron la taberna como llenan las canciones los espacios cuando se cantan de verdad: desde adentro.
Vi entonces en Leonardo algo que no había visto antes. Una chispa breve, casi imperceptible, de incomodidad. Como si las palabras lo hubieran tocado en un lugar que no esperaba. Creo que en ese momento lo entendió: no estábamos jugando a las organizaciones. No éramos un pasatiempo de barrio ni un grupo de ingenuos con símbolos de colores. Estábamos construyendo conciencia. Y eso, en aquellos años, era lo más peligroso que podía hacer un joven en este país.
Porque lo que realmente molestaba a los de afuera no era que hiciéramos teatro o música. No era la bandera ni el escudo ni el himno. Lo que les asustaba —lo que siempre les ha asustado— era que un grupo de muchachos hubiera descubierto quién era. Y que, sobre todo, hubiera perdido el miedo a decirlo en voz alta.
Los símbolos Katakos
Pero
los grupos que valen no solo se construyen en las reuniones ni en los
debates nocturnos. También se construyen en el camino, lejos del
barrio y cerca de la tierra. Y nosotros, que veníamos de semanas
tensas, de miradas suspicaces y de palabras que pesaban más de lo
debido, necesitábamos exactamente eso: aire, monte y la compañía
sin filtros de los que ya eran nuestra familia.
El pretexto llegó
solo, o quizás lo habíamos estado buscando sin saberlo. Desde hacía
tiempo el problema del agua rondaba las conversaciones del barrio:
Nosotros, fieles a nuestra práctica de no aceptar los rumores de
pasillo, resolvimos ir a constatar lo qué ocurría en la cabecera
del río Las Ceibas. Una excursión con propósito. Un descanso con
conciencia. Porque en Katakandrú hasta el recreo tenía alma.
SALIDA
A LA CABECERA DEL RIO LAS CEIBAS
Fue
precisamente en esos caminos —lejos del escenario y más cerca de
la tierra— donde comenzaron a ocurrir las historias que aún hoy se
resisten a quedarse en el olvido.
Entre tantas escenas que el tiempo no
ha logrado borrar, siempre vuelve a mí aquella salida a la cabecera
del río Las Ceibas. Tal vez porque en ella estuvo todo lo que
éramos: la aventura, la improvisación, el conocimiento aprendido a
fuerza de tesón. O tal vez porque fue uno de esos días en que un
grupo deja de ser una idea y se convierte en algo más difícil de
nombrar: una familia elegida.
Aquella salida no era una simple
excursión juvenil. Se había convertido, sin que nadie lo declarara
formalmente, en una misión.
Desde hacía tiempo las quejas se
repetían como un eco en distintos sectores de la ciudad: Neiva
padecía una sed constante. El desabastecimiento se había vuelto
parte de la rutina, obligando a las familias a almacenar agua en
baldes y canecas mientras la inconformidad crecía, silenciosa pero
firme, en cada cuadra, en cada casa.
Nosotros, fieles a nuestra costumbre
de buscar la raíz de los problemas, decidimos ir a verlo con
nuestros propios ojos.
Emprendimos entonces el ascenso hacia
la cabecera del río Las Ceibas, la arteria principal que abastecía
a la población. Queríamos saber qué ocurría allá arriba, lejos
de los despachos burocráticos y de las explicaciones predecibles de
las empresas prestadoras del servicio. No íbamos como caminantes.
Íbamos como observadores de una realidad que sentíamos propia.
La idea era sencilla y ambiciosa a la
vez: recorrer la zona, recoger el testimonio de los campesinos del
sector y confrontar después a las Empresas Públicas con la verdad
del terreno. No con discursos. Con hechos.
Llegamos al sitio con la emoción
intacta y el equipaje justo. Pero desde temprano el cielo nos hablaba
con un lenguaje que no quisimos escuchar: cargado, espeso, plomizo.
Decidimos instalarnos en la parte alta del río, resguardados detrás
de un gran peñón que parecía ofrecernos protección. Aseguramos
las carpas con estacas hundidas en la tierra y piedras pesadas,
reforzando los amarres con la determinación de quien presiente que
no será suficiente. Y no lo fue.
Terminada la cena, cuando la noche
empezaba a envolverse en esa calma tibia que solo existe entre amigos
que ya no necesitan aparentar nada, decidimos prolongar el encuentro
con algo que nunca faltaba en nuestras reuniones: la música.
Jaime tomó la guitarra con una
naturalidad que siempre nos asombraba, como si el instrumento fuera
una extensión de sus propias manos y no hubiera diferencia entre
pensar una melodía y hacerla sonar. A su lado estaba el Chiqui
Bermeo, afinando acordes entre bromas y sonrisas, con esa ligereza
suya que convertía cualquier momento en celebración. Los demás nos
acomodamos en un círculo improvisado alrededor del fuego, sin que
nadie lo organizara, como si el cuerpo supiera instintivamente dónde
debía estar. No hacía falta un escenario. El centro de todo era
aquel sonido de madera y cuerdas, y la noche que nos rodeaba.
Entonces la música lo inundó todo.
Las guitarras empezaron a llenar el
aire con bambucos y pasillos que todos llevábamos grabados en algún
lugar profundo de la memoria, esas melodías que hablan de caminos,
de montañas y de esos amores lejanos que tanto pesan en la juventud.
Había en el ambiente algo difícil de nombrar: esa mezcla de
nostalgia y esperanza tan propia de los veinte años, cuando uno
siente que el mundo apenas está comenzando a escribirse y que
todavía hay tiempo para todo.
Poco a poco las voces se fueron
uniendo. Primero tímidas, casi un murmullo, como quien no está
seguro de tener derecho a cantar. Luego más seguras, más libres,
hasta convertir aquel rincón de montaña en un coro desordenado,
vibrante y lleno de vida. Nadie llevaba el mismo tono. Todos llevaban
el mismo corazón.
Y en ese instante, bajo el amparo de
las canciones y el crepitar del fuego, todos éramos lo mismo: una
sola voluntad, un solo sueño, un solo cuerpo que respiraba al mismo
ritmo.
Ojalá el tiempo hubiera tenido la
delicadeza de detenerse allí.
Pero no. Fue entonces cuando el
cielo, que ya conocíamos de sobra, comenzó a anunciarse. Primero un
viento fresco que bajó de la montaña apagando algunas brasas. Luego
las primeras gotas, escasas y frías, golpeando las hojas con ese
sonido inconfundible que en el campo significa una sola cosa.
La noche tenía su propio ritmo. Y
aquel refugio de notas y risas estaba a punto de enfrentar su primera
prueba.
Hacia las ocho de la noche, la lluvia
comenzó a caer. No era violenta al inicio, sino constante,
obstinada, como quien ha decidido quedarse. Poco a poco fue creciendo
hasta convertirse en tormenta. El viento empezó a silbar con furia,
atravesando la montaña como un lamento antiguo; los árboles se
inclinaban a su paso, doblándose ante una fuerza que no podían
contener.
Entonces el cielo se abrió.
Relámpagos rasgaron la oscuridad en
llamaradas vivas, iluminándolo todo por instantes. El trueno llegó
después, profundo y descomunal, y lanzó su latigazo de fuego sobre
el gran árbol de eucalipto que se alzaba a orillas del río,
abriéndolo en dos y haciendo vibrar la tierra misma bajo nuestros
cuerpos. No era solo una tormenta. Era una presencia. Era la montaña
recordándonos que éramos apenas sus huéspedes.
Refugiados en las carpas,
permanecíamos en silencio, escuchando, esperando, preguntándonos si
resistirían.
Fue entonces cuando vi lo que hacían
Abraham, Leonidas, Edgar y Omar. Con un tarro improvisaron una
especie de candelabro: dentro, un pedazo de vela encendida. La
colocaron con cuidado, un poco alejada de las carpas, expuesta a la
noche como una ofrenda pequeña y valiente.
—¿Y eso? —pregunté.
Abraham respondió sin dudar:
—Para calmar la tormenta.
Omar asintió en silencio. Leonidas,
con una serenidad que no era de su edad, añadió que su abuela lo
hacía cuando el cielo se enfurecía. No había ironía en su voz.
Solo certeza. La misma certeza con que las personas sencillas
enfrentan lo que no pueden controlar: con fe y con un fósforo
encendido.
Las muchachas, por su
parte, permanecían juntas, orando en voz baja, aferradas unas a
otras, mientras el viento seguía golpeando como si quisiera
arrancarnos de la montaña.
El tiempo se volvió
espeso.
La lluvia no cedía.
El viento no descansaba. La vela, pequeña y frágil, resistía.
Y nosotros
esperábamos.
Pasó la medianoche.
Nadie hablaba. Solo el sonido de la tormenta y esa llama temblorosa,
solitaria, enfrentando la oscuridad con una terquedad que nos
resultaba familiar. Era, sin que nadie lo dijera, el retrato exacto
de lo que éramos nosotros mismos.
Y entonces ocurrió.
No sabría decir si
fue coincidencia, fe o simple azar. Pero en el preciso instante en
que la vela se consumió, la tormenta comenzó a ceder. Primero el
viento, que se retiró lentamente como quien ha cumplido su tarea.
Luego la lluvia, que dejó de golpear y se volvió apenas un
murmullo. Y después, nada. El silencio regresó. Un silencio
extraño, cargado de algo que ninguno nombramos, como si la noche,
por fin, hubiera decidido dejarnos en paz.
Pero no todo se
aquietó.
Allá abajo, el río
seguía despierto. Crecido y turbio, se había vuelto barrial y
rebelde; bramaba en la inmensidad de la noche, arrastrando hojas,
maderos y monte, chocando con furia contra las piedras y los
montículos que encontraba a su paso. Y en medio de esa fuerza
desbordada, nos negaba lo más esencial: el agua limpia para beber y
preparar los alimentos.
Pero ya para entonces
no éramos principiantes.
Habíamos aprendido
que la naturaleza no se opone: enseña. Y fue ahí, en medio del
barro y la necesidad, donde pusimos en práctica uno de esos saberes
que no vienen de los libros sino de la experiencia acumulada a fuerza
de salidas, errores y observación.
Buscamos un punto
firme a pocos metros de la orilla, donde la tierra fuera arenosa.
Excavamos un hoyo de unos cuarenta centímetros y esperamos. El agua
comenzó a filtrarse lentamente, primero turbia, luego más clara. La
retiramos, limpiamos el fondo y construimos un filtro con lo que
teníamos: grava fina, tela, carbón vegetal, otra capa de tela.
Volvimos a esperar.
Y el agua regresó
distinta. Más limpia. Más serena. Como si la tierra la hubiera
pensado antes de entregárnosla. No era un milagro. Era paciencia.
Aun así la hervimos, porque la prudencia también es un aprendizaje,
y con ella preparamos el almuerzo.
La responsabilidad
del sancocho cayó, como tantas otras veces, sobre Ever, Humberto y
sobre mí. Mientras el grupo se dispersaba entre senderos y charcos
—intentando pescar, explorar o simplemente existir en medio del
monte— con nosotros se quedó Panchi, que así llamábamos a
Esperanza, cuya sola presencia hacía más llevadera cualquier tarea
y más alegre cualquier silencio.
Colgamos la olla bajo
un árbol frondoso, sin sospechar que en sus ramas habitaba otro tipo
de compañía.
Cuando la sopa
comenzó a hervir, los primeros en "probarla" fueron ellos.
Gusanos. Uno a uno, silenciosos e inevitables, comenzaron a caer
dentro del sancocho. La montaña, pensé, también quiso participar
en la receta.
Nos dimos cuenta
tarde. Demasiado tarde. La olla ya estaba lista y el hambre llevaba
horas instalada en el cuerpo. Nos miramos sin hablar. Ever tomó el
control con una serenidad que todavía admiro: sacó un colador y,
sin aspavientos ni discursos, fue retirando los intrusos uno por uno,
corrigiendo el error con la misma calma con que se corrige cualquier
cosa que todavía tiene remedio.
Luego probó. Se
detuvo un segundo. Y dijo, con total convicción:
—Está buenísima.
Solo pidió una cosa:
—No le digamos a
nadie.
Panchi dudó. Lo vi
en su rostro. Pero también vi cómo el hambre, ese argumento
irrebatible, terminaba inclinando la balanza. Probó el sancocho. No
dijo nada. Sellamos el secreto con una risa contenida y servimos la
comida cuando el grupo regresó con el apetito de quien ha caminado
horas bajo la lluvia.
Todos comieron. Todos
repitieron. Y todos coincidieron en lo mismo:
—Este sancocho
quedó mejor que nunca.
La risa de Panchi fue
inevitable. Se le escapó como se escapan las verdades que no quieren
quedarse guardadas. Y cuando contó lo ocurrido, esperamos el
reclamo, el gesto de asco, la indignación tardía.
Pero no. Lo que vino
fue una carcajada colectiva. De esas que limpian más que el agua. De
esas que vuelven liviano cualquier error y convierten la vergüenza
en leyenda.
Así era Katakandrú.
Incluso en lo
inesperado, incluso en el error, había aprendizaje. Nadie señaló.
Nadie juzgó. La risa nos volvió a reunir alrededor del fuego, de la
olla y de la historia que, desde esa noche, se quedó con nosotros
para siempre.
Hoy
entiendo que aquellas salidas nunca fueron simples excursiones. Eran,
sin que lo supiéramos entonces, verdaderos ensayos de vida.
En cada camino
aprendíamos algo más que a orientarnos entre montañas o a cruzar
senderos difíciles. Aprendíamos a confiar los unos en los otros, a
resolver en medio de la incertidumbre y, sobre todo, a reírnos de
nosotros mismos sin perder la dignidad. Porque incluso en el barro,
bajo la tormenta o frente a aquel sancocho con ingredientes no
incluidos en la receta, había una felicidad sencilla que ningún
escenario nos había dado hasta entonces.
Pero aquella
expedición al río Las Ceibas tuvo un peso distinto.
Regresamos con algo
más que recuerdos. Regresamos con observaciones concretas, con las
palabras de los campesinos del sector todavía frescas en la memoria
y con la certeza de que el problema del agua no era un rumor ni una
exageración: era una herida real en la fuente que abastecía a
Neiva. El siguiente paso era claro: transformar lo que habíamos
visto en denuncia ante las Empresas Públicas.
Porque eso también
éramos. No solo muchachos que acampaban y cantaban bajo la lluvia.
Éramos jóvenes que regresaban del monte con preguntas que alguien
tenía que responder.
La memoria no se
construye con momentos perfectos. Se construye con lo vivido, con lo
compartido, con aquello que alguna vez sentimos profundamente
nuestro.
Y aquellos días en
Las Ceibas, sin duda, fueron nuestros.
Aquellas
salidas nos habían enseñado algo que ninguna reunión podía
enseñar: que un grupo se conoce de verdad cuando enfrenta juntos
algo más grande que él mismo. Lo habíamos comprobado bajo la
tormenta, en el barro y alrededor de una olla con ingredientes no
solicitados. Pero había otra cancha donde ese mismo espíritu
necesitaba probarse. Una cancha literal, con balón, polvo y el
barrio entero mirando. Porque Katakandrú no solo pensaba y debatía.
También sudaba. También competía. También ganaba.
El
deporte: disciplina, identidad y protección juvenil
Si
hubo un momento en que Katakandrú dejó de ser solo palabra, reunión
o intención, fue cuando el deporte entró a formar parte de nuestra
vida como una fuerza organizada. Porque el deporte, en aquellos años,
no era únicamente competencia: era refugio, era disciplina, era una
forma de protegernos del desorden del mundo.
La cancha se volvió
escuela. El balón, un pretexto. Y el juego, una manera de
encontrarnos.
Ignacio
Bello: el abanderado
Si hay que nombrar a
alguien como motor del deporte en Katakandrú, ese fue Ignacio Bello
Pascuas. Nacho, como todos lo llamábamos.
Incansable sería la
palabra justa, si es que una sola palabra pudiera contenerlo.
Organizaba la carrera decembrina del 31, donde el barrio entero se
reunía en torno a una misma ilusión. Coordinaba torneos de
microfútbol, voleibol y baloncesto. Movía gente, convocaba
voluntades, encendía la chispa en quienes ya estaban y en quienes
todavía no sabían que querían estar.
Gracias a él —y a
muchos otros que pusieron el hombro sin pedir reconocimiento— el
deporte en Katakandrú nunca fue improvisación. Fue compromiso. Fue
método. Fue, sobre todo, una forma de querer al barrio.
El nacimiento
del hexagonal decembrino
Con Nacho como motor,
la primera gran apuesta deportiva del grupo fue, sin exagerar, audaz:
organizar el primer hexagonal de fútbol decembrino en el barrio Las
Granjas.
No teníamos
experiencia en eventos de esa envergadura. No teníamos recursos
suficientes. Pero teníamos algo más fuerte que ambas cosas: la
convicción de que desde el barrio también se podían hacer cosas
grandes. Que no hacía falta esperar permiso ni recursos ajenos para
ponerse en marcha.
La idea era clara:
reunir a los seis mejores equipos de la ciudad y enfrentarlos en
jornadas intensas de sábado y domingo. Cada equipo aportaría una
inscripción, y con ese fondo se garantizaría la premiación.
Sencillo en apariencia. Exigente en la práctica.
Porque detrás de esa
aparente simplicidad había un trabajo riguroso que pocos veían. Nos
sentamos como si fuéramos una empresa consolidada: evaluamos
posibilidades, organizamos la logística, redactamos reglamentos,
pensamos en la seguridad y distribuimos responsabilidades con una
seriedad que a veces nos sorprendía a nosotros mismos.
Y así, casi sin
darnos cuenta, el nombre de Las Granjas empezó a sonar. De boca en
boca. De cancha en cancha. Con respeto.
El problema
del trofeo
Todo marchaba bien
hasta que apareció un detalle que amenazó con desbaratarlo todo: el
trofeo.
Cuando vimos la
calidad de los equipos inscritos, entendimos que no podíamos
entregar cualquier premio. La ocasión lo exigía. Pero al revisar
las cuentas, la realidad fue contundente: no alcanzaba el dinero.
—¿Y ahora qué
hacemos?
La respuesta fue la
de siempre: trabajar más.
Organizamos ventas
con doña Gloria, quien junto a sus hijas preparaba empanadas,
arepas, buñuelos, chicha y aloja con una generosidad que el barrio
reconocía desde lejos. El acuerdo fue sencillo y justo: nosotros
poníamos los insumos, ella el trabajo, y las ganancias se repartían.
El barrio, como siempre que se le convocaba con honestidad,
respondió.
Pero aun así no
alcanzaba.
La propuesta
de Fulvio y el nacimiento de un símbolo
Y entonces, como
ocurre en las historias que están destinadas a continuar, llegó
Fulvio.
Se acomodo sin prisa,
escuchó el problema con calma y luego soltó, casi sin darle
importancia, la idea que cambiaría todo:
—Yo tengo una
formaleta de La Gaitana…
El silencio fue
inmediato.
No hablaba de
cualquier figura. Hablaba de La Gaitana: símbolo de resistencia
indígena, orgullo huilense, memoria viva de un pueblo que aprendió
a no doblegarse. Cuando nos mostró la propuesta, entendimos de
inmediato que aquello no era solo un trofeo.
Era una declaración.
La figura
representaba a La Gaitana erguida, con los brazos alzados al cielo
sosteniendo un balón de fútbol. Una fusión perfecta entre historia
y presente, entre lucha ancestral y pasión deportiva. Entre lo que
fuimos y lo que éramos.
No entregaríamos un
premio. Entregaríamos identidad.
Aceptamos sin dudar.
Y así, lo que había comenzado como un problema económico terminó
convirtiéndose en uno de los mayores aciertos simbólicos de
Katakandrú. Porque a veces la escasez, cuando se enfrenta con
creatividad, termina regalando exactamente lo que el dinero no
hubiera podido comprar.
Pero los grupos que valen no solo se construyen en las reuniones ni en los debates nocturnos. También se construyen en el camino, lejos del barrio y cerca de la tierra. Y nosotros, que veníamos de semanas tensas, de miradas suspicaces y de palabras que pesaban más de lo debido, necesitábamos exactamente eso: aire, monte y la compañía sin filtros de los que ya eran nuestra familia.
El pretexto llegó solo, o quizás lo habíamos estado buscando sin saberlo. Desde hacía tiempo el problema del agua rondaba las conversaciones del barrio: Nosotros, fieles a nuestra práctica de no aceptar los rumores de pasillo, resolvimos ir a constatar lo qué ocurría en la cabecera del río Las Ceibas. Una excursión con propósito. Un descanso con conciencia. Porque en Katakandrú hasta el recreo tenía alma.
SALIDA A LA CABECERA DEL RIO LAS CEIBAS
Fue precisamente en esos caminos —lejos del escenario y más cerca de la tierra— donde comenzaron a ocurrir las historias que aún hoy se resisten a quedarse en el olvido.
Entre tantas escenas que el tiempo no ha logrado borrar, siempre vuelve a mí aquella salida a la cabecera del río Las Ceibas. Tal vez porque en ella estuvo todo lo que éramos: la aventura, la improvisación, el conocimiento aprendido a fuerza de tesón. O tal vez porque fue uno de esos días en que un grupo deja de ser una idea y se convierte en algo más difícil de nombrar: una familia elegida.
Aquella salida no era una simple excursión juvenil. Se había convertido, sin que nadie lo declarara formalmente, en una misión.
Desde hacía tiempo las quejas se repetían como un eco en distintos sectores de la ciudad: Neiva padecía una sed constante. El desabastecimiento se había vuelto parte de la rutina, obligando a las familias a almacenar agua en baldes y canecas mientras la inconformidad crecía, silenciosa pero firme, en cada cuadra, en cada casa.
Nosotros, fieles a nuestra costumbre de buscar la raíz de los problemas, decidimos ir a verlo con nuestros propios ojos.
Emprendimos entonces el ascenso hacia la cabecera del río Las Ceibas, la arteria principal que abastecía a la población. Queríamos saber qué ocurría allá arriba, lejos de los despachos burocráticos y de las explicaciones predecibles de las empresas prestadoras del servicio. No íbamos como caminantes. Íbamos como observadores de una realidad que sentíamos propia.
La idea era sencilla y ambiciosa a la vez: recorrer la zona, recoger el testimonio de los campesinos del sector y confrontar después a las Empresas Públicas con la verdad del terreno. No con discursos. Con hechos.
Llegamos al sitio con la emoción intacta y el equipaje justo. Pero desde temprano el cielo nos hablaba con un lenguaje que no quisimos escuchar: cargado, espeso, plomizo. Decidimos instalarnos en la parte alta del río, resguardados detrás de un gran peñón que parecía ofrecernos protección. Aseguramos las carpas con estacas hundidas en la tierra y piedras pesadas, reforzando los amarres con la determinación de quien presiente que no será suficiente. Y no lo fue.
Terminada la cena, cuando la noche empezaba a envolverse en esa calma tibia que solo existe entre amigos que ya no necesitan aparentar nada, decidimos prolongar el encuentro con algo que nunca faltaba en nuestras reuniones: la música.
Jaime tomó la guitarra con una naturalidad que siempre nos asombraba, como si el instrumento fuera una extensión de sus propias manos y no hubiera diferencia entre pensar una melodía y hacerla sonar. A su lado estaba el Chiqui Bermeo, afinando acordes entre bromas y sonrisas, con esa ligereza suya que convertía cualquier momento en celebración. Los demás nos acomodamos en un círculo improvisado alrededor del fuego, sin que nadie lo organizara, como si el cuerpo supiera instintivamente dónde debía estar. No hacía falta un escenario. El centro de todo era aquel sonido de madera y cuerdas, y la noche que nos rodeaba.
Entonces la música lo inundó todo.
Las guitarras empezaron a llenar el aire con bambucos y pasillos que todos llevábamos grabados en algún lugar profundo de la memoria, esas melodías que hablan de caminos, de montañas y de esos amores lejanos que tanto pesan en la juventud. Había en el ambiente algo difícil de nombrar: esa mezcla de nostalgia y esperanza tan propia de los veinte años, cuando uno siente que el mundo apenas está comenzando a escribirse y que todavía hay tiempo para todo.
Poco a poco las voces se fueron uniendo. Primero tímidas, casi un murmullo, como quien no está seguro de tener derecho a cantar. Luego más seguras, más libres, hasta convertir aquel rincón de montaña en un coro desordenado, vibrante y lleno de vida. Nadie llevaba el mismo tono. Todos llevaban el mismo corazón.
Y en ese instante, bajo el amparo de las canciones y el crepitar del fuego, todos éramos lo mismo: una sola voluntad, un solo sueño, un solo cuerpo que respiraba al mismo ritmo.
Ojalá el tiempo hubiera tenido la delicadeza de detenerse allí.
Pero no. Fue entonces cuando el cielo, que ya conocíamos de sobra, comenzó a anunciarse. Primero un viento fresco que bajó de la montaña apagando algunas brasas. Luego las primeras gotas, escasas y frías, golpeando las hojas con ese sonido inconfundible que en el campo significa una sola cosa.
La noche tenía su propio ritmo. Y aquel refugio de notas y risas estaba a punto de enfrentar su primera prueba.
Hacia las ocho de la noche, la lluvia comenzó a caer. No era violenta al inicio, sino constante, obstinada, como quien ha decidido quedarse. Poco a poco fue creciendo hasta convertirse en tormenta. El viento empezó a silbar con furia, atravesando la montaña como un lamento antiguo; los árboles se inclinaban a su paso, doblándose ante una fuerza que no podían contener.
Entonces el cielo se abrió.
Relámpagos rasgaron la oscuridad en llamaradas vivas, iluminándolo todo por instantes. El trueno llegó después, profundo y descomunal, y lanzó su latigazo de fuego sobre el gran árbol de eucalipto que se alzaba a orillas del río, abriéndolo en dos y haciendo vibrar la tierra misma bajo nuestros cuerpos. No era solo una tormenta. Era una presencia. Era la montaña recordándonos que éramos apenas sus huéspedes.
Refugiados en las carpas, permanecíamos en silencio, escuchando, esperando, preguntándonos si resistirían.
Fue entonces cuando vi lo que hacían Abraham, Leonidas, Edgar y Omar. Con un tarro improvisaron una especie de candelabro: dentro, un pedazo de vela encendida. La colocaron con cuidado, un poco alejada de las carpas, expuesta a la noche como una ofrenda pequeña y valiente.
—¿Y eso? —pregunté.
Abraham respondió sin dudar:
—Para calmar la tormenta.
Omar asintió en silencio. Leonidas, con una serenidad que no era de su edad, añadió que su abuela lo hacía cuando el cielo se enfurecía. No había ironía en su voz. Solo certeza. La misma certeza con que las personas sencillas enfrentan lo que no pueden controlar: con fe y con un fósforo encendido.
Las muchachas, por su parte, permanecían juntas, orando en voz baja, aferradas unas a otras, mientras el viento seguía golpeando como si quisiera arrancarnos de la montaña.
El tiempo se volvió espeso.
La lluvia no cedía. El viento no descansaba. La vela, pequeña y frágil, resistía.
Y nosotros esperábamos.
Pasó la medianoche. Nadie hablaba. Solo el sonido de la tormenta y esa llama temblorosa, solitaria, enfrentando la oscuridad con una terquedad que nos resultaba familiar. Era, sin que nadie lo dijera, el retrato exacto de lo que éramos nosotros mismos.
Y entonces ocurrió.
No sabría decir si fue coincidencia, fe o simple azar. Pero en el preciso instante en que la vela se consumió, la tormenta comenzó a ceder. Primero el viento, que se retiró lentamente como quien ha cumplido su tarea. Luego la lluvia, que dejó de golpear y se volvió apenas un murmullo. Y después, nada. El silencio regresó. Un silencio extraño, cargado de algo que ninguno nombramos, como si la noche, por fin, hubiera decidido dejarnos en paz.
Pero no todo se aquietó.
Allá abajo, el río seguía despierto. Crecido y turbio, se había vuelto barrial y rebelde; bramaba en la inmensidad de la noche, arrastrando hojas, maderos y monte, chocando con furia contra las piedras y los montículos que encontraba a su paso. Y en medio de esa fuerza desbordada, nos negaba lo más esencial: el agua limpia para beber y preparar los alimentos.
Pero ya para entonces no éramos principiantes.
Habíamos aprendido que la naturaleza no se opone: enseña. Y fue ahí, en medio del barro y la necesidad, donde pusimos en práctica uno de esos saberes que no vienen de los libros sino de la experiencia acumulada a fuerza de salidas, errores y observación.
Buscamos un punto firme a pocos metros de la orilla, donde la tierra fuera arenosa. Excavamos un hoyo de unos cuarenta centímetros y esperamos. El agua comenzó a filtrarse lentamente, primero turbia, luego más clara. La retiramos, limpiamos el fondo y construimos un filtro con lo que teníamos: grava fina, tela, carbón vegetal, otra capa de tela. Volvimos a esperar.
Y el agua regresó distinta. Más limpia. Más serena. Como si la tierra la hubiera pensado antes de entregárnosla. No era un milagro. Era paciencia. Aun así la hervimos, porque la prudencia también es un aprendizaje, y con ella preparamos el almuerzo.
La responsabilidad del sancocho cayó, como tantas otras veces, sobre Ever, Humberto y sobre mí. Mientras el grupo se dispersaba entre senderos y charcos —intentando pescar, explorar o simplemente existir en medio del monte— con nosotros se quedó Panchi, que así llamábamos a Esperanza, cuya sola presencia hacía más llevadera cualquier tarea y más alegre cualquier silencio.
Colgamos la olla bajo un árbol frondoso, sin sospechar que en sus ramas habitaba otro tipo de compañía.
Cuando la sopa comenzó a hervir, los primeros en "probarla" fueron ellos. Gusanos. Uno a uno, silenciosos e inevitables, comenzaron a caer dentro del sancocho. La montaña, pensé, también quiso participar en la receta.
Nos dimos cuenta tarde. Demasiado tarde. La olla ya estaba lista y el hambre llevaba horas instalada en el cuerpo. Nos miramos sin hablar. Ever tomó el control con una serenidad que todavía admiro: sacó un colador y, sin aspavientos ni discursos, fue retirando los intrusos uno por uno, corrigiendo el error con la misma calma con que se corrige cualquier cosa que todavía tiene remedio.
Luego probó. Se detuvo un segundo. Y dijo, con total convicción:
—Está buenísima.
Solo pidió una cosa:
—No le digamos a nadie.
Panchi dudó. Lo vi en su rostro. Pero también vi cómo el hambre, ese argumento irrebatible, terminaba inclinando la balanza. Probó el sancocho. No dijo nada. Sellamos el secreto con una risa contenida y servimos la comida cuando el grupo regresó con el apetito de quien ha caminado horas bajo la lluvia.
Todos comieron. Todos repitieron. Y todos coincidieron en lo mismo:
—Este sancocho quedó mejor que nunca.
La risa de Panchi fue inevitable. Se le escapó como se escapan las verdades que no quieren quedarse guardadas. Y cuando contó lo ocurrido, esperamos el reclamo, el gesto de asco, la indignación tardía.
Pero no. Lo que vino fue una carcajada colectiva. De esas que limpian más que el agua. De esas que vuelven liviano cualquier error y convierten la vergüenza en leyenda.
Así era Katakandrú.
Incluso en lo inesperado, incluso en el error, había aprendizaje. Nadie señaló. Nadie juzgó. La risa nos volvió a reunir alrededor del fuego, de la olla y de la historia que, desde esa noche, se quedó con nosotros para siempre.
Hoy entiendo que aquellas salidas nunca fueron simples excursiones. Eran, sin que lo supiéramos entonces, verdaderos ensayos de vida.
En cada camino aprendíamos algo más que a orientarnos entre montañas o a cruzar senderos difíciles. Aprendíamos a confiar los unos en los otros, a resolver en medio de la incertidumbre y, sobre todo, a reírnos de nosotros mismos sin perder la dignidad. Porque incluso en el barro, bajo la tormenta o frente a aquel sancocho con ingredientes no incluidos en la receta, había una felicidad sencilla que ningún escenario nos había dado hasta entonces.
Pero aquella expedición al río Las Ceibas tuvo un peso distinto.
Regresamos con algo más que recuerdos. Regresamos con observaciones concretas, con las palabras de los campesinos del sector todavía frescas en la memoria y con la certeza de que el problema del agua no era un rumor ni una exageración: era una herida real en la fuente que abastecía a Neiva. El siguiente paso era claro: transformar lo que habíamos visto en denuncia ante las Empresas Públicas.
Porque eso también éramos. No solo muchachos que acampaban y cantaban bajo la lluvia. Éramos jóvenes que regresaban del monte con preguntas que alguien tenía que responder.
La memoria no se construye con momentos perfectos. Se construye con lo vivido, con lo compartido, con aquello que alguna vez sentimos profundamente nuestro.
Y aquellos días en Las Ceibas, sin duda, fueron nuestros.
Aquellas salidas nos habían enseñado algo que ninguna reunión podía enseñar: que un grupo se conoce de verdad cuando enfrenta juntos algo más grande que él mismo. Lo habíamos comprobado bajo la tormenta, en el barro y alrededor de una olla con ingredientes no solicitados. Pero había otra cancha donde ese mismo espíritu necesitaba probarse. Una cancha literal, con balón, polvo y el barrio entero mirando. Porque Katakandrú no solo pensaba y debatía. También sudaba. También competía. También ganaba.
El deporte: disciplina, identidad y protección juvenil
Si hubo un momento en que Katakandrú dejó de ser solo palabra, reunión o intención, fue cuando el deporte entró a formar parte de nuestra vida como una fuerza organizada. Porque el deporte, en aquellos años, no era únicamente competencia: era refugio, era disciplina, era una forma de protegernos del desorden del mundo.
La cancha se volvió escuela. El balón, un pretexto. Y el juego, una manera de encontrarnos.
Ignacio Bello: el abanderado
Si hay que nombrar a alguien como motor del deporte en Katakandrú, ese fue Ignacio Bello Pascuas. Nacho, como todos lo llamábamos.
Incansable sería la palabra justa, si es que una sola palabra pudiera contenerlo. Organizaba la carrera decembrina del 31, donde el barrio entero se reunía en torno a una misma ilusión. Coordinaba torneos de microfútbol, voleibol y baloncesto. Movía gente, convocaba voluntades, encendía la chispa en quienes ya estaban y en quienes todavía no sabían que querían estar.
Gracias a él —y a muchos otros que pusieron el hombro sin pedir reconocimiento— el deporte en Katakandrú nunca fue improvisación. Fue compromiso. Fue método. Fue, sobre todo, una forma de querer al barrio.
El nacimiento del hexagonal decembrino
Con Nacho como motor, la primera gran apuesta deportiva del grupo fue, sin exagerar, audaz: organizar el primer hexagonal de fútbol decembrino en el barrio Las Granjas.
No teníamos experiencia en eventos de esa envergadura. No teníamos recursos suficientes. Pero teníamos algo más fuerte que ambas cosas: la convicción de que desde el barrio también se podían hacer cosas grandes. Que no hacía falta esperar permiso ni recursos ajenos para ponerse en marcha.
La idea era clara: reunir a los seis mejores equipos de la ciudad y enfrentarlos en jornadas intensas de sábado y domingo. Cada equipo aportaría una inscripción, y con ese fondo se garantizaría la premiación. Sencillo en apariencia. Exigente en la práctica.
Porque detrás de esa aparente simplicidad había un trabajo riguroso que pocos veían. Nos sentamos como si fuéramos una empresa consolidada: evaluamos posibilidades, organizamos la logística, redactamos reglamentos, pensamos en la seguridad y distribuimos responsabilidades con una seriedad que a veces nos sorprendía a nosotros mismos.
Y así, casi sin darnos cuenta, el nombre de Las Granjas empezó a sonar. De boca en boca. De cancha en cancha. Con respeto.
El problema del trofeo
Todo marchaba bien hasta que apareció un detalle que amenazó con desbaratarlo todo: el trofeo.
Cuando vimos la calidad de los equipos inscritos, entendimos que no podíamos entregar cualquier premio. La ocasión lo exigía. Pero al revisar las cuentas, la realidad fue contundente: no alcanzaba el dinero.
—¿Y ahora qué hacemos?
La respuesta fue la de siempre: trabajar más.
Organizamos ventas con doña Gloria, quien junto a sus hijas preparaba empanadas, arepas, buñuelos, chicha y aloja con una generosidad que el barrio reconocía desde lejos. El acuerdo fue sencillo y justo: nosotros poníamos los insumos, ella el trabajo, y las ganancias se repartían. El barrio, como siempre que se le convocaba con honestidad, respondió.
Pero aun así no alcanzaba.
La propuesta de Fulvio y el nacimiento de un símbolo
Y entonces, como ocurre en las historias que están destinadas a continuar, llegó Fulvio.
Se acomodo sin prisa, escuchó el problema con calma y luego soltó, casi sin darle importancia, la idea que cambiaría todo:
—Yo tengo una formaleta de La Gaitana…
El silencio fue inmediato.
No hablaba de cualquier figura. Hablaba de La Gaitana: símbolo de resistencia indígena, orgullo huilense, memoria viva de un pueblo que aprendió a no doblegarse. Cuando nos mostró la propuesta, entendimos de inmediato que aquello no era solo un trofeo.
Era una declaración.
La figura representaba a La Gaitana erguida, con los brazos alzados al cielo sosteniendo un balón de fútbol. Una fusión perfecta entre historia y presente, entre lucha ancestral y pasión deportiva. Entre lo que fuimos y lo que éramos.
No entregaríamos un premio. Entregaríamos identidad.
Aceptamos sin dudar. Y así, lo que había comenzado como un problema económico terminó convirtiéndose en uno de los mayores aciertos simbólicos de Katakandrú. Porque a veces la escasez, cuando se enfrenta con creatividad, termina regalando exactamente lo que el dinero no hubiera podido comprar.
El inicio del torneo
viso Publicitario del Diario
del Huila
La
final: cuando el fútbol se volvió batalla y fiesta
El
3 de diciembre de 1977, el balón empezó a rodar.
Los
equipos eran de peso: Club Alfonso Díaz Parra, Cándido Leguisamo,
Postobón, Granjas A, Granjas B y Club Mártires. Las canchas se
llenaron. Las graderías improvisadas vibraban. El polvo se levantaba
como si también quisiera ser parte del espectáculo.
El
barrio entero estaba allí. Y no era solo fútbol. Era orgullo. Era
identidad. Era comunidad en movimiento.
La
cancha como escenario de vida
Recuerdo
con claridad aquel primer campeonato. El título quedó en manos del
Club Alfonso Díaz Parra, un equipo sólido, con jugadores de gran
nivel, varios de ellos vinculados al naciente Atlético Huila. Pero
más allá del campeón, lo que quedó fue el nivel. Granjas A y B
también mostraban talento, con figuras como Alberto Rujana, quien
años después dejaría huella en el fútbol profesional.
Y
en medio de todo eso estábamos nosotros. Muchachos del barrio.
Muchachos de Katakandrú.
Allí
jugaban Ever Motta, Arquímedes Castro, Omar Cuéllar, el zurdo
Eduardo Polanía, Jaime "el Vecino", los hermanos Amaya,
Álvaro Trujillo en el arco, Hugo Peña, Carlos Rujana, Ricardo
Bello… Nombres que el tiempo podrá borrar del papel, pero no el
espíritu que los unía ni la forma en que corrían tras ese balón
como si en ello les fuera algo más que un partido.
Porque
en esas canchas no solo se jugaba fútbol. Se aprendía a respetar, a
competir sin destruir, a representar al barrio con dignidad.
El
trofeo
Pero
había un protagonista silencioso antes incluso del pitazo inicial:
el trofeo.
La
escultura de La Gaitana estaba sobre la mesa principal, iluminada
como si supiera que iba a ser deseada. No tardaron los jugadores en
acercarse, mirarla, recorrerla con los ojos. Algunos la tocaron casi
con respeto. Se enamoraron de ella. Y no era para menos: aquello no
era un premio cualquiera. Era historia, era símbolo, era orgullo
convertido en figura. Desde ese momento, el partido dejó de ser solo
fútbol. Se volvió una disputa por algo más grande.
La
final: calma antes de la tormenta
El
encuentro decisivo enfrentó al Club Alfonso Díaz Parra contra
Granjas A. El ambiente era eléctrico, pero el juego comenzó sereno,
como si ambos equipos se estuvieran midiendo, reconociendo el
terreno, tanteando el ánimo del rival.
Esa
calma duró poco.
A
los diez minutos, Alfonso Díaz Parra rompió el equilibrio. Una
jugada rápida, precisa y el gol. El grito fue seco, contundente. Y
con él cambió todo.
El
partido dejó de ser táctico y empezó a volverse emocional. Las
entradas se hicieron más fuertes, las palabras más cortantes, las
miradas más desafiantes. El árbitro comenzó a intervenir con
llamados de atención constantes. Luego vinieron las tarjetas
amarillas. Y después, lo inevitable: dos expulsiones, una por cada
equipo.
El
primer tiempo terminó con los ánimos encendidos y la sensación de
que aquello podía desbordarse en cualquier momento.
La
voz que evitó el quiebre
Fue
entonces cuando apareció Nacho Bello.
Con
autoridad serena, con ese liderazgo que no necesitaba gritos, reunió
a los equipos y les habló como quien recuerda lo esencial:
—Esto
es un encuentro amigable. No podemos terminar en pelea. No podemos
llevar a la tribuna a enfrentarse por un resultado.
Sus
palabras no apagaron del todo el fuego. Pero evitaron el incendio.
El
segundo tiempo: el corazón del partido
Granjas
A salió con hambre. Con orgullo herido. Con el barrio detrás.
Al
minuto sesenta llegó el estallido. El empate cayó como un trueno.
La tribuna casi se vino abajo. Los gritos, los saltos, la euforia,
todo se mezcló en una sola emoción colectiva. Era el barrio
celebrándose a sí mismo.
Pero
el partido aún no estaba escrito. Las piernas pesaban. El cansancio
empezaba a cobrar factura. Y cuando el reloj parecía inclinarse
hacia el empate, faltando cinco minutos, llegó la jugada que lo
decidió todo: un centro por la banda, un salto entre varios cuerpos
y el golpe seco del balón contra una frente.
Gol.
Alfonso Díaz Parra.
Silencio
breve. Y luego, explosión.
El
final: victoria y respeto
El
pitazo final llegó como un alivio. No hubo pelea. No hubo ruptura.
Solo el cansancio de haberlo dado todo y la emoción de quien sabe
que vivió algo que vale la pena recordar.
Los
jugadores del Alfonso Díaz Parra se acercaron al trofeo con una
mezcla de orgullo y asombro. Lo levantaron como quien levanta algo
sagrado. No estaban alzando solo una victoria. Estaban alzando
historia.
Granjas
A, golpeado pero digno, aceptó el resultado. Porque en el fondo
todos sabíamos lo mismo: el verdadero triunfo no estaba solo en el
marcador. Estaba en haber llegado hasta allí, en haber llenado la
cancha, en haber demostrado que el barrio podía organizarse,
competir y brillar.
El
hexagonal continúa
Con
el paso del tiempo, aquel primer hexagonal no se quedó como un hecho
aislado. Se convirtió en tradición. Año tras año, diciembre traía
consigo el regreso del torneo como un ritual esperado por el barrio y
por buena parte de la ciudad.
Vinieron
nuevos campeonatos, nuevos equipos, nuevas historias. Y también
nuevas glorias. Porque Granjas no se quedó atrás: en varios torneos
posteriores el equipo del barrio logró alzarse con el título,
demostrando que Katakandrú no solo organizaba bien los eventos, sino
que también sabía competir y ganar en la cancha.
Claro
que cada vez que jugaba Granjas, el ambiente se cargaba. Había
palabras cruzadas, reclamos al árbitro, algún empujón que subía
la temperatura. Pero todos entendíamos lo mismo: era el calor del
juego, la pasión sin filtro, la vida latiendo en cada jugada. Nunca
pasó a mayores. Al terminar el partido, la rivalidad se quedaba en
la cancha, y al día siguiente volvíamos a saludarnos en las mismas
esquinas de siempre.
Así
fue como, entre goles, discusiones y celebraciones, Las Granjas fue
ganándose un lugar en el corazón de la gente. Y Katakandrú
también.
Hoy,
al mirar hacia atrás, queda claro que aquel hexagonal no fue solo
deporte. Fue escuela de carácter, escenario de identidad, prueba
viva de que la grandeza no nace en los grandes estadios sino en las
canchas de tierra, en el esfuerzo colectivo y en la pasión
compartida.
Que
Las Granjas no solo jugaba.
Las
Granjas hacía historia.
Los
K-Astros: el honor en una cancha de tierra
Pero
organizar torneos no era suficiente. Había algo en nosotros que
necesitaba también estar en la cancha, no solo al lado de ella. Que
necesitaba sudar, equivocarse y defender los colores propios. Así
nacieron los K-Astros: no como una decisión formal, sino como algo
inevitable.
Para
los de afuera, aquello no pasaba de ser un grupo de muchachos
corriendo detrás de un balón en las canchas polvorientas del
barrio. Para nosotros era mucho más. El equipo de micro se
convirtió en otro símbolo, otra trinchera donde defender el sentido
de pertenencia que nos unía. No jugábamos por vanidad ni por
trofeos. Jugábamos por Katakandrú, por el nombre, por la dignidad
colectiva. Cada gol se celebraba como una victoria de todo el barrio.
Era nuestra forma de gritar, sin palabras: aquí estamos.
Más
que una alineación en el papel, éramos una historia compartida. La
nómina lo decía todo:
Richard
Castro — el capitán. Ever Motta y Arquímedes Castro —
delanteros. Abraham Castro — defensa. Marco Vinicio Castro y
Constantino Castro — medio campo. Carlos Julio Tovar — defensa.
Eulises Castro — arquero.
Algunos
tenían más técnica que otros, claro. Pero eso nunca fue lo
esencial. Lo esencial era que cada sudadera, cada caída y cada
esfuerzo representaban al grupo entero. Éramos familia. Y eso se
notaba dentro y fuera de la cancha.
La
regla no escrita
El
fútbol de barriada en esa época era duro. Los partidos cargaban con
las tensiones y rivalidades que dividían las esquinas, y no siempre
era fácil separar el juego de lo que había más allá de él.
Nuestro
principal dolor de cabeza eran los Chachos.
Conocían
perfectamente nuestra nómina y sabían que entre los K-Astros
jugaban dos menores de edad, muchachos más pequeños físicamente y
todavía inexpertos en la rudeza del asfalto y la tierra. Por eso,
cada vez que nos enfrentábamos, su estrategia era la misma:
intimidación. Entradas con mala intención, empujones, provocaciones
constantes dirigidas siempre hacia los más jóvenes.
Pero
en Katakandrú existía una ley de oro, una regla no escrita que
todos conocíamos sin necesidad de decirla: a los pequeños se les
defiende.
Bastaba
un reclamo para que la chispa encendiera la pólvora. Primero los
insultos, luego los empujones, y en cuestión de segundos el
zafarrancho era total. Ya no eran solo los jugadores; los Katakos que
apoyaban desde la línea de banda saltaban a la cancha a poner el
pecho por los suyos. Sin pensarlo. Sin dudar.
Así
éramos.
La
noche de los Cámbulos: cuando el río rugió
Pero
la peor noche llegó durante un torneo en el barrio Cámbulos,
enfrentando al equipo de micro, Las Ceibas.
Con
el tiempo entendimos lo que entonces no veíamos: los Chachos habían
hecho el trabajo sucio desde los días previos, envenenando el
ambiente, sembrando una agresividad gratuita contra nosotros en los
muchachos de Las Ceibas. El partido nació herido. Las entradas eran
violentas, los insultos cortaban el aire y el ambiente se fue
cargando de una electricidad peligrosa que todos sentíamos pero
nadie quería nombrar.
El
estallido era inevitable.
Bastó
una jugada sucia, un golpe artero contra uno de nuestros menores,
para que el orden se rompiera sin posibilidad de regreso. Primero
vinieron los gritos. Luego los puños. Y finalmente las piedras.
La
cancha de Cámbulos se transformó en una batalla campal entre
barrios.
Pero
ocurrió algo inesperado. Muchos vecinos y muchachos del propio
barrio Cámbulos, testigos de la injusticia y de cómo nos habían
provocado, terminaron metiéndose en la pelea del lado de los
K-Astros. La balanza se inclinó. Y los muchachos de Las Ceibas,
superados y sin ruta de escape clara, corrieron hacia el único
camino que les quedaba: el río.
Esa
noche, debido a las lluvias recientes en la cordillera, el río Las
Ceibas bajaba crecido, arrastrando lodo y rugiendo en la penumbra con
la autoridad de quien no necesita advertir dos veces. Pero el miedo a
la pedrea pudo más que el respeto a la corriente. Uno a uno,
tuvieron que lanzarse al agua turbia, arriesgando la vida con tal de
escapar de la algarada de jóvenes enfurecidos que los seguía desde
la orilla.
Todavía
recuerdo esa escena con una mezcla de vergüenza y asombro: gritos
perdiéndose en la noche, piedras cruzando el aire como proyectiles
invisibles, muchachos corriendo entre el barro y, al fondo, el sonido
imponente del río reclamando su espacio. Era juventud desbordada,
rabia sin cauce, caos primitivo en setenta metros de tierra.
Fue
una noche terrible.
Un
recordatorio brutal de cómo la necesidad de los Chachos por medir
fuerzas podía arrastrar a todos hacia un lugar del que era difícil
regresar sin cicatrices. Aquello pudo terminar en tragedia. Por
fortuna no fue así. Pero la posibilidad estuvo ahí, flotando sobre
el río esa noche, y eso era suficiente para no olvidarlo.
Con
los años comprendí que esos partidos nunca fueron solo fútbol.
Eran el reflejo de una época difícil, donde los jóvenes defendían
su territorio, su orgullo y su identidad en canchas de tierra sin
árbitro que valiera. Donde la lealtad no era una virtud abstracta
sino una decisión tomada en décimas de segundo, en medio del polvo
y el griterío.
Y
aun así, en medio del barro y la violencia de aquella noche, los
K-Astros dejaron la lección más limpia de todas. Enseñaron lo que
de verdad significa no dejar solo al que es tuyo.
Años
después, cuando me encontré por casualidad con uno de los muchachos
de Las Ceibas que había estado aquella noche en los Cámbulos. Nos
saludamos sin rencor, casi con la naturalidad de quienes comparten un
secreto viejo. Charlamos un rato y en algún momento, sin que ninguno
lo buscara, salió el tema. Se rio primero. Yo también. Y al final
coincidimos en lo mismo: aquello había sido pura euforia del
momento, la fiebre de la juventud que convierte cualquier chispa en
incendio sin que nadie lo planee del todo.
No
había odio guardado. No había cuenta pendiente. Solo el recuerdo
compartido de una noche en que todos perdimos un poco la cabeza y el
río rugió más que nosotros.
viso Publicitario del Diario del Huila
La final: cuando el fútbol se volvió batalla y fiesta
El 3 de diciembre de 1977, el balón empezó a rodar.
Los equipos eran de peso: Club Alfonso Díaz Parra, Cándido Leguisamo, Postobón, Granjas A, Granjas B y Club Mártires. Las canchas se llenaron. Las graderías improvisadas vibraban. El polvo se levantaba como si también quisiera ser parte del espectáculo.
El barrio entero estaba allí. Y no era solo fútbol. Era orgullo. Era identidad. Era comunidad en movimiento.
La cancha como escenario de vida
Recuerdo con claridad aquel primer campeonato. El título quedó en manos del Club Alfonso Díaz Parra, un equipo sólido, con jugadores de gran nivel, varios de ellos vinculados al naciente Atlético Huila. Pero más allá del campeón, lo que quedó fue el nivel. Granjas A y B también mostraban talento, con figuras como Alberto Rujana, quien años después dejaría huella en el fútbol profesional.
Y en medio de todo eso estábamos nosotros. Muchachos del barrio. Muchachos de Katakandrú.
Allí jugaban Ever Motta, Arquímedes Castro, Omar Cuéllar, el zurdo Eduardo Polanía, Jaime "el Vecino", los hermanos Amaya, Álvaro Trujillo en el arco, Hugo Peña, Carlos Rujana, Ricardo Bello… Nombres que el tiempo podrá borrar del papel, pero no el espíritu que los unía ni la forma en que corrían tras ese balón como si en ello les fuera algo más que un partido.
Porque en esas canchas no solo se jugaba fútbol. Se aprendía a respetar, a competir sin destruir, a representar al barrio con dignidad.
El trofeo
Pero había un protagonista silencioso antes incluso del pitazo inicial: el trofeo.
La escultura de La Gaitana estaba sobre la mesa principal, iluminada como si supiera que iba a ser deseada. No tardaron los jugadores en acercarse, mirarla, recorrerla con los ojos. Algunos la tocaron casi con respeto. Se enamoraron de ella. Y no era para menos: aquello no era un premio cualquiera. Era historia, era símbolo, era orgullo convertido en figura. Desde ese momento, el partido dejó de ser solo fútbol. Se volvió una disputa por algo más grande.
La final: calma antes de la tormenta
El encuentro decisivo enfrentó al Club Alfonso Díaz Parra contra Granjas A. El ambiente era eléctrico, pero el juego comenzó sereno, como si ambos equipos se estuvieran midiendo, reconociendo el terreno, tanteando el ánimo del rival.
Esa calma duró poco.
A los diez minutos, Alfonso Díaz Parra rompió el equilibrio. Una jugada rápida, precisa y el gol. El grito fue seco, contundente. Y con él cambió todo.
El partido dejó de ser táctico y empezó a volverse emocional. Las entradas se hicieron más fuertes, las palabras más cortantes, las miradas más desafiantes. El árbitro comenzó a intervenir con llamados de atención constantes. Luego vinieron las tarjetas amarillas. Y después, lo inevitable: dos expulsiones, una por cada equipo.
El primer tiempo terminó con los ánimos encendidos y la sensación de que aquello podía desbordarse en cualquier momento.
La voz que evitó el quiebre
Fue entonces cuando apareció Nacho Bello.
Con autoridad serena, con ese liderazgo que no necesitaba gritos, reunió a los equipos y les habló como quien recuerda lo esencial:
—Esto es un encuentro amigable. No podemos terminar en pelea. No podemos llevar a la tribuna a enfrentarse por un resultado.
Sus palabras no apagaron del todo el fuego. Pero evitaron el incendio.
El segundo tiempo: el corazón del partido
Granjas A salió con hambre. Con orgullo herido. Con el barrio detrás.
Al minuto sesenta llegó el estallido. El empate cayó como un trueno. La tribuna casi se vino abajo. Los gritos, los saltos, la euforia, todo se mezcló en una sola emoción colectiva. Era el barrio celebrándose a sí mismo.
Pero el partido aún no estaba escrito. Las piernas pesaban. El cansancio empezaba a cobrar factura. Y cuando el reloj parecía inclinarse hacia el empate, faltando cinco minutos, llegó la jugada que lo decidió todo: un centro por la banda, un salto entre varios cuerpos y el golpe seco del balón contra una frente.
Gol. Alfonso Díaz Parra.
Silencio breve. Y luego, explosión.
El final: victoria y respeto
El pitazo final llegó como un alivio. No hubo pelea. No hubo ruptura. Solo el cansancio de haberlo dado todo y la emoción de quien sabe que vivió algo que vale la pena recordar.
Los jugadores del Alfonso Díaz Parra se acercaron al trofeo con una mezcla de orgullo y asombro. Lo levantaron como quien levanta algo sagrado. No estaban alzando solo una victoria. Estaban alzando historia.
Granjas A, golpeado pero digno, aceptó el resultado. Porque en el fondo todos sabíamos lo mismo: el verdadero triunfo no estaba solo en el marcador. Estaba en haber llegado hasta allí, en haber llenado la cancha, en haber demostrado que el barrio podía organizarse, competir y brillar.
El hexagonal continúa
Con el paso del tiempo, aquel primer hexagonal no se quedó como un hecho aislado. Se convirtió en tradición. Año tras año, diciembre traía consigo el regreso del torneo como un ritual esperado por el barrio y por buena parte de la ciudad.
Vinieron nuevos campeonatos, nuevos equipos, nuevas historias. Y también nuevas glorias. Porque Granjas no se quedó atrás: en varios torneos posteriores el equipo del barrio logró alzarse con el título, demostrando que Katakandrú no solo organizaba bien los eventos, sino que también sabía competir y ganar en la cancha.
Claro que cada vez que jugaba Granjas, el ambiente se cargaba. Había palabras cruzadas, reclamos al árbitro, algún empujón que subía la temperatura. Pero todos entendíamos lo mismo: era el calor del juego, la pasión sin filtro, la vida latiendo en cada jugada. Nunca pasó a mayores. Al terminar el partido, la rivalidad se quedaba en la cancha, y al día siguiente volvíamos a saludarnos en las mismas esquinas de siempre.
Así fue como, entre goles, discusiones y celebraciones, Las Granjas fue ganándose un lugar en el corazón de la gente. Y Katakandrú también.
Hoy, al mirar hacia atrás, queda claro que aquel hexagonal no fue solo deporte. Fue escuela de carácter, escenario de identidad, prueba viva de que la grandeza no nace en los grandes estadios sino en las canchas de tierra, en el esfuerzo colectivo y en la pasión compartida.
Que Las Granjas no solo jugaba.
Las Granjas hacía historia.
Los K-Astros: el honor en una cancha de tierra
Pero organizar torneos no era suficiente. Había algo en nosotros que necesitaba también estar en la cancha, no solo al lado de ella. Que necesitaba sudar, equivocarse y defender los colores propios. Así nacieron los K-Astros: no como una decisión formal, sino como algo inevitable.
Para los de afuera, aquello no pasaba de ser un grupo de muchachos corriendo detrás de un balón en las canchas polvorientas del barrio. Para nosotros era mucho más. El equipo de micro se convirtió en otro símbolo, otra trinchera donde defender el sentido de pertenencia que nos unía. No jugábamos por vanidad ni por trofeos. Jugábamos por Katakandrú, por el nombre, por la dignidad colectiva. Cada gol se celebraba como una victoria de todo el barrio. Era nuestra forma de gritar, sin palabras: aquí estamos.
Más que una alineación en el papel, éramos una historia compartida. La nómina lo decía todo:
Richard Castro — el capitán. Ever Motta y Arquímedes Castro — delanteros. Abraham Castro — defensa. Marco Vinicio Castro y Constantino Castro — medio campo. Carlos Julio Tovar — defensa. Eulises Castro — arquero.
Algunos tenían más técnica que otros, claro. Pero eso nunca fue lo esencial. Lo esencial era que cada sudadera, cada caída y cada esfuerzo representaban al grupo entero. Éramos familia. Y eso se notaba dentro y fuera de la cancha.
La regla no escrita
El fútbol de barriada en esa época era duro. Los partidos cargaban con las tensiones y rivalidades que dividían las esquinas, y no siempre era fácil separar el juego de lo que había más allá de él.
Nuestro principal dolor de cabeza eran los Chachos.
Conocían perfectamente nuestra nómina y sabían que entre los K-Astros jugaban dos menores de edad, muchachos más pequeños físicamente y todavía inexpertos en la rudeza del asfalto y la tierra. Por eso, cada vez que nos enfrentábamos, su estrategia era la misma: intimidación. Entradas con mala intención, empujones, provocaciones constantes dirigidas siempre hacia los más jóvenes.
Pero en Katakandrú existía una ley de oro, una regla no escrita que todos conocíamos sin necesidad de decirla: a los pequeños se les defiende.
Bastaba un reclamo para que la chispa encendiera la pólvora. Primero los insultos, luego los empujones, y en cuestión de segundos el zafarrancho era total. Ya no eran solo los jugadores; los Katakos que apoyaban desde la línea de banda saltaban a la cancha a poner el pecho por los suyos. Sin pensarlo. Sin dudar.
Así éramos.
La noche de los Cámbulos: cuando el río rugió
Pero la peor noche llegó durante un torneo en el barrio Cámbulos, enfrentando al equipo de micro, Las Ceibas.
Con el tiempo entendimos lo que entonces no veíamos: los Chachos habían hecho el trabajo sucio desde los días previos, envenenando el ambiente, sembrando una agresividad gratuita contra nosotros en los muchachos de Las Ceibas. El partido nació herido. Las entradas eran violentas, los insultos cortaban el aire y el ambiente se fue cargando de una electricidad peligrosa que todos sentíamos pero nadie quería nombrar.
El estallido era inevitable.
Bastó una jugada sucia, un golpe artero contra uno de nuestros menores, para que el orden se rompiera sin posibilidad de regreso. Primero vinieron los gritos. Luego los puños. Y finalmente las piedras.
La cancha de Cámbulos se transformó en una batalla campal entre barrios.
Pero ocurrió algo inesperado. Muchos vecinos y muchachos del propio barrio Cámbulos, testigos de la injusticia y de cómo nos habían provocado, terminaron metiéndose en la pelea del lado de los K-Astros. La balanza se inclinó. Y los muchachos de Las Ceibas, superados y sin ruta de escape clara, corrieron hacia el único camino que les quedaba: el río.
Esa noche, debido a las lluvias recientes en la cordillera, el río Las Ceibas bajaba crecido, arrastrando lodo y rugiendo en la penumbra con la autoridad de quien no necesita advertir dos veces. Pero el miedo a la pedrea pudo más que el respeto a la corriente. Uno a uno, tuvieron que lanzarse al agua turbia, arriesgando la vida con tal de escapar de la algarada de jóvenes enfurecidos que los seguía desde la orilla.
Todavía recuerdo esa escena con una mezcla de vergüenza y asombro: gritos perdiéndose en la noche, piedras cruzando el aire como proyectiles invisibles, muchachos corriendo entre el barro y, al fondo, el sonido imponente del río reclamando su espacio. Era juventud desbordada, rabia sin cauce, caos primitivo en setenta metros de tierra.
Fue una noche terrible.
Un recordatorio brutal de cómo la necesidad de los Chachos por medir fuerzas podía arrastrar a todos hacia un lugar del que era difícil regresar sin cicatrices. Aquello pudo terminar en tragedia. Por fortuna no fue así. Pero la posibilidad estuvo ahí, flotando sobre el río esa noche, y eso era suficiente para no olvidarlo.
Con los años comprendí que esos partidos nunca fueron solo fútbol. Eran el reflejo de una época difícil, donde los jóvenes defendían su territorio, su orgullo y su identidad en canchas de tierra sin árbitro que valiera. Donde la lealtad no era una virtud abstracta sino una decisión tomada en décimas de segundo, en medio del polvo y el griterío.
Y aun así, en medio del barro y la violencia de aquella noche, los K-Astros dejaron la lección más limpia de todas. Enseñaron lo que de verdad significa no dejar solo al que es tuyo.
Años después, cuando me encontré por casualidad con uno de los muchachos de Las Ceibas que había estado aquella noche en los Cámbulos. Nos saludamos sin rencor, casi con la naturalidad de quienes comparten un secreto viejo. Charlamos un rato y en algún momento, sin que ninguno lo buscara, salió el tema. Se rio primero. Yo también. Y al final coincidimos en lo mismo: aquello había sido pura euforia del momento, la fiebre de la juventud que convierte cualquier chispa en incendio sin que nadie lo planee del todo.
No había odio guardado. No había cuenta pendiente. Solo el recuerdo compartido de una noche en que todos perdimos un poco la cabeza y el río rugió más que nosotros.