KATAKANDRÚ
Legado cultural Katakandrú
Queridos compañeros de camino:
Hablar de KATAKANDRÚ es, en realidad, volver sobre nuestras propias huellas. Es abrir el cofre de la memoria y reencontrarnos con aquellos años en los que fuimos un grupo de jóvenes estudiantes, llenos de preguntas y de sueños, intentando abrirnos paso en medio de las profundas transformaciones culturales, económicas y sociales que atravesaba el país.
No fueron tiempos fáciles. La ciudad estaba marcada por disturbios, revueltas y pedreas. La juventud carecía de espacios deportivos, culturales o recreativos que orientaran el uso del tiempo libre, y las protestas se hicieron frecuentes durante el gobierno de Alfonso López Michelsen. Sin embargo, en medio de ese clima convulso, fue creciendo en nosotros una convicción profunda: el estudio era el camino más seguro para progresar, para romper el círculo de la pobreza, aunque ello exigiera sacrificios que parecían no tener medida.
El claustro universitario se transformó entonces en nuestro refugio y en nuestra esperanza. El ITUSCO, aquel Instituto Tecnológico Universitario Sur Colombiano fundado en 1970 —hoy Universidad Sur colombiana—, abrió sus puertas como una oportunidad invaluable para quienes soñábamos con convertirnos en profesionales y aportar al desarrollo de nuestra región.
¡Cómo no aprovechar la oportunidad, chicos! La muchachada del barrio se lanzó de una vez a inscribirse, con los ojos encendidos y los papeles apretados contra el pecho. Unos se fueron por Matemáticas, otros por Ingeniería Forestal o Agrícola; algunos eligieron Contabilidad, Literatura, Educación Física o Administración de Empresas. Cada decisión llevaba detrás un sueño callado, una promesa íntima hecha en silencio, como quien se atreve a pedirle algo grande al destino.Recuerdo las conversaciones interminables en las esquinas, los planes dichos a media voz, el miedo disfrazado de valentía. Sabíamos que no sería fácil: muchos veníamos con carencias, con trabajos a medio tiempo, con familias que apostaban todo a ese intento. Pero aun así seguimos adelante, porque estudiar se había vuelto un acto de fe y de rebeldía, una forma de decirle al barrio y a la ciudad que también nosotros teníamos derecho a soñar.
Así, entre cuadernos nuevos y zapatos gastados, fuimos entrando a la universidad. No como extraños, sino como hijos de una historia que recién comenzaba a escribirse. Y sin darnos cuenta, hermanos, en esos pasos iniciales ya latía el espíritu de KATAKANDRÚ: la certeza de que nadie se salva solo y de que el conocimiento, cuando se comparte, se vuelve camino común.
Hablar del nacimiento de aquel grupo con alma es, inevitablemente, volver a Las Granjas, porque fue allí donde todo aprendió a latir. En esos años en que Neiva buscaba nuevos horizontes, el barrio surgía como un rincón de esperanza recién sembrada. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y jóvenes, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si ellas mismas quisieran dar la bienvenida a quienes llegaban con lo poco que tenían y lo mucho que soñaban.
Recuerdo bien a los Cuéllar, pioneros de aquellos primeros días. Luego fueron llegando los Castro, venidos de Ospina Pérez; los Amaya, desde el occidente del Huila; los Bello, de Vegalarga; y detrás de ellos los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo, y tantas otras familias. Cada apellido traía consigo un relato distinto, pero todos compartían la misma voluntad de echar raíces, de convertir aquel terreno en hogar.
Hoy, cuando pienso en Las Granjas, no pienso solo en un barrio. Pienso en un universo entero de olores, sonidos y colores que nos marcaron para siempre. El café compartido al amanecer, las risas que estallaban en las tardes polvorientas, la fuerza silenciosa de las mingas, el calor humano que no se aprendía en los libros, pero que educaba más que cualquier escuela.
Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos, y las conversaciones profundas de los mayores en las esquinas. El aire se impregnaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo en las cocinas, y del humo de las fogatas donde se preparaban sancochos para todos. Nadie preguntaba quién había puesto qué; bastaba con saber que era para compartir.
Las mingas, hermano, eran verdaderas fiestas de trabajo. Se levantaban canchas, se arreglaban calles, se pintaba la escuela. El sudor se mezclaba con la música de radios viejos que dejaban escapar cumbias y bambucos, y con las bromas que hacían liviana la carga. Allí aprendimos que el esfuerzo colectivo también podía ser alegría.
Los partidos de fútbol eran otro ritual sagrado. Los jóvenes jugábamos con pasión, pero los verdaderos protagonistas eran los padres. Si el árbitro se equivocaba, no éramos nosotros quienes protestábamos, sino ellos, defendiendo cada jugada como si se tratara del honor del barrio entero. No era solo deporte; era pertenencia, identidad, orgullo compartido.
Y si alguien osaba meterse con uno de los nuestros, la respuesta era inmediata. No salía un individuo: salía el barrio completo. No era violencia, era cuidado. Era ese pacto invisible que nos enseñó que en Las Granjas nadie caminaba solo.
Las noches traían otro paisaje. Bajo la luz amarillenta de los bombillos, las familias se reunían a conversar. Se contaban historias de los pueblos de origen, se soñaba en voz alta con el futuro, y el aire se llenaba del olor dulce de las almojábanas y del sonido lejano de guitarras acompañando tertulias que parecían no querer terminar nunca.
Con los años llegaron los cambios. Los lavaderos públicos se apagaron como viejas hogueras y dieron paso al agua en cada casa. La luz venció la oscuridad, el transporte abrió caminos, y las calles polvorientas se volvieron arterias de progreso. Se levantaron la caseta comunal, la parroquia, el puesto de policía y la escuela Eugenio Salas Trujillo, donde la juventud comenzó a entender que el saber también era una forma de resistencia. Aparecieron los campos deportivos, el balneario, las casas de dos pisos, el puesto de salud que fue, para muchos, último refugio de aliento y esperanza.
Y fue en ese crisol de esfuerzo y comunidad, hermano, donde nació Katakandrú. No surgió de la nada. Fue hijo de esas calles, de esas tardes, de esas luchas pequeñas y silenciosas. Katakandrú fue voz indómita, espíritu rebelde, canto que recogió la memoria de los abuelos y la convirtió en bandera. No fue solo un nombre: fue un grito de identidad, una certeza compartida de que Las Granjas ya no eran un barrio cualquiera, sino un barrio con destino.
Así se hizo epopeya nuestra historia. Y Katakandrú, su hijo, quedó sembrado como símbolo eterno de lucha, pertenencia y dignidad. Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien nombre al barrio con orgullo, esa llama —hermanos— seguirá ardiendo.
Los festivales llenaban las calles de música y danza; los partidos de fútbol se transformaban en celebraciones que iban más allá del marcador; y los encuentros culturales se abrían como ventanas por donde asomaba la identidad profunda del barrio. Katakandrú fue esa chispa que mantuvo encendida la llama colectiva, demostrando que la juventud no solo podía soñar el cambio, sino protagonizarlo y cuidarlo en la memoria.
Y fue ya dentro del claustro universitario donde aquella historia dio un giro decisivo. Recuerdo con claridad la noche de los primíparos. Los granjunos nos encontramos como quien vuelve a ver a la familia en una fiesta patronal: radiantes, bromistas, saboreando el orgullo de haber cruzado las puertas de la universidad. Cada risa era un triunfo, cada abrazo una confirmación de que el esfuerzo había valido la pena.
Allí estaban Ever y Luis Motta, los chachos de las chicas, pavoneándose como si el patio fuera una pasarela; Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar, los duros del balompié, hablando de goles como si relataran gestas heroicas; Humberto Flores, sereno y medido, escogiendo las palabras con la precisión de quien sabe que el silencio también habla. Carlos Montealegre, el incomprendido, miraba al cielo como esperando que alguien descifrara sus pensamientos. Amparo Suárez, extrovertida y luminosa, llenaba el aire de carcajadas. Nubia Fajardo, siempre ingeniosa, ya pensaba en cómo revolucionar el mundo. Yael Garaviño, con su ímpetu social, soñaba con causas grandes. Constantino Castro, el teatrero, dramatizaba hasta el saludo. Y, por supuesto, estaba Leónidas, el dicharachero, a quien pocos tomaban en serio, pero que siempre lograba arrancar sonrisas.
La noche avanzaba fresca, ventilada por la brisa suave que subía desde el río Magdalena. El patio universitario se volvió escenario de tertulia, de risas y de esa sensación inconfundible de que todo estaba por hacerse.
De pronto, Ricardo Bello se levantó, pidió silencio y, con la solemnidad de un orador improvisado, lanzó una pregunta que nos quedó resonando:
—Muchachos, ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes del barrio Las Granjas hay en esta universidad?
Nos miramos unos a otros, como si la respuesta flotara sobre nuestras cabezas. Ever, rápido de reflejos, respondió sin dudar:
—Sería buenísimo. Podríamos armar un grupo para préstamos de libros, asesorías y para que los que van más adelante nos echen una mano.
Entonces Carlos Montealegre y Yael Garaviño sumaron la idea de organizar actividades culturales, deportivas, sociales y recreativas. La propuesta cayó como semilla en tierra fértil: fue acogida con entusiasmo casi unánime.
Casi… porque Leónidas, fiel a su ironía, se fue murmurando:
—No creo que esa idea, tan soñadora, dé resultado…
Pero tú sabes bien, hermano, que en Las Granjas los sueños rara vez se quedan en palabras. Lo que empieza como anhelo termina volviéndose obra. Y así fue: a los pocos días, la convocatoria ya estaba en marcha, y sin darnos cuenta, Katakandrú comenzaba a tomar forma también en la universidad, como extensión natural del barrio y de su memoria.
Queridos hermanos del camino:
A la convocatoria respondieron treinta jóvenes universitarios, y llegaron con entusiasmo limpio, con la esperanza todavía intacta. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro se fueron trenzando ideas, sueños y la certeza de que juntos podíamos ir más lejos. Había una convicción compartida: agremiarnos, reconocernos como colectivo, construir un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran palabras vacías, sino práctica diaria.
Con alegría y sentido de responsabilidad elegimos una mesa directiva que nos representara. Aquello no fue solo un trámite; fue un acto de confianza mutua. Y, como todo grupo que empieza a tomar forma, sentimos la necesidad de nombrarnos, de darle identidad a ese proyecto común que ya latía entre nosotros.
Recuerdo bien aquella plenaria. Sobre la mesa se escucharon cerca de diez propuestas: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Duros del Vecindario, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos, entre otras. Las voces iban y venían, pero algo no terminaba de encajar. Coincidíamos, sin decirlo del todo, en que esos nombres no tenían la fuerza suficiente para trascender el momento ni para decir quiénes éramos realmente.
Fue entonces cuando Edgar Cuéllar, con voz firme, rompió el murmullo:
—Se necesita un nombre que sacuda las fibras de la sociedad neivana, que despierte orgullo y sentido de pertenencia.
Sus palabras cayeron como un llamado. El ambiente se volvió solemne, casi ritual. Entre silencios expectantes, Nubia Fajardo, que hasta entonces había permanecido reservada, se puso de pie con una serenidad que aún recuerdo. Parecía custodiar algo antiguo, como quien guarda un legado esperando el momento justo para revelarlo.
Pronunció una sola palabra: Katakandrú.
Y luego empezó a explicar. Nos habló de las vastas tierras del Gran Tolima, donde el sol se posa como un dios sobre las montañas y los ríos murmuran canciones antiguas. Allí —dijo— habitó un pueblo llamado Katakandrú. Sus manos eran alquimistas de la tierra: moldeaban la arcilla en vasijas que parecían guardar el aliento de la selva; cincelaban la piedra con paciencia milenaria; y en el oro encontraban el reflejo de dioses ocultos.
Continuó su relato con voz firme y pausada. La música —nos dijo— era su lenguaje secreto. Cada tambor, cada flauta tallada, era un puente hacia lo sagrado, un lazo que unía al ser humano con la naturaleza. En sus ceremonias, la comunidad se fundía en un solo espíritu, pacífico y luminoso, como si la vida misma fuera un canto compartido.
Pero esa paz fue también su condena. Cuando los soldados españoles irrumpieron con hierro y fuego, los Katakandrú no levantaron armas. Ofrecieron amistad, mostraron sus artes, abrieron sus corazones. La respuesta fue el exterminio. La violencia borró sus cantos, sus dioses y sus nombres. El río que llevaba su memoria quedó teñido de silencio.
El nombre Katakandrú, que alguna vez resonó como trueno en las montañas, quedó sepultado bajo la ceniza del olvido. Sin embargo —nos recordó Nubia—, en cada fragmento de cerámica hallado, en cada piedra tallada que aún resiste, late la dignidad de un pueblo que eligió la paz frente a la guerra y que, por ello, se convirtió en mártir de la historia.
Entonces calló.
La sala quedó suspendida en un instante de revelación. Nos miramos unos a otros, conmovidos, sorprendidos, sabiendo que en aquel vocablo estaba la identidad que veníamos buscando. Katakandrú no era solo un nombre: era memoria, resistencia, herencia y futuro.
La aprobación fue inmediata, casi unánime. Solo Leónidas expresó sus reparos, diciendo que el nombre era extraño y difícil de pronunciar. Pero la fuerza simbólica del relato había hecho su trabajo. El nombre ya nos habitaba.
Así, en ese acto sencillo y solemne, quedó proclamado oficialmente el nombre que habría de guiarnos: Katakandrú, Club Juvenil Katakandrú. Desde ese momento supimos que no caminábamos solos; caminábamos acompañados por un eco ancestral que nos exigía dignidad, compromiso y memoria.
REFLEXION
Con el paso de los años he comprendido que los nombres no se eligen al azar. Algunos llegan para quedarse, otros para exigirnos. Katakandrú fue de esos nombres que, una vez pronunciados, ya no nos pertenecían del todo: comenzaron a pedirnos coherencia, memoria y responsabilidad.
Querido lector,
querido compañero de aquella época:
Aún puedo ver con nitidez aquella noche del 12 de octubre de 1977, como si el calendario se hubiera detenido para conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera: fue el día en que decidimos organizarnos y ponerle rostro, voz y responsabilidad a nuestros anhelos juveniles. La elección de la mesa directiva no fue un simple trámite; fue un acto fundacional, casi sagrado, como escribir los primeros renglones de un libro que aún no sabíamos cuántas páginas tendría.
Allí quedaron inscritos los nombres —Carlos Montealegre, Constantino Castro Zamora, Doris Álvarez, Ever Motta Delgado, Ricardo Bello, Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo— no solo como cargos, sino como voluntades dispuestas a sostener un sueño común. Cada uno aceptó su responsabilidad con la conciencia clara de que el liderazgo no era privilegio, sino servicio.
Desde ese momento, Katakandrú dejó de ser una palabra recién nacida para convertirse en bandera. Empezó a caminar sola, a multiplicarse en las conversaciones del barrio, a encender la curiosidad de quienes escuchaban su nombre por primera vez. “¿Katakandrú?”, preguntaban algunos; otros simplemente se acercaban, atraídos por esa fuerza invisible que suele acompañar a las causas auténticas.
Las calles se volvieron caminos de encuentro. De la 33, la 35, la 37, la 40 y de tantas otras esquinas, fueron llegando jóvenes con historias distintas, pero con una misma sed de participación. Cada sábado a las siete de la noche, el tiempo adquiría otro ritmo: no era solo una reunión, era un ritual de palabra compartida, de escucha atenta, de construcción paciente.
Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor. Que soñar en colectivo exige respeto, disciplina y esperanza. Katakandrú no prometía milagros, pero ofrecía algo más duradero: sentido, pertenencia y voz.
Hoy, al escribir estas líneas, comprendo que aquel movimiento no solo iluminó un momento de la historia del barrio; sembró una semilla que aún germina en la memoria de quienes fuimos parte de él. Katakandrú fue llama, sí, pero también fue hogar, fue escuela, fue ensayo de ciudadanía.
Y aunque los años hayan pasado, su eco sigue ahí, recordándonos que hubo un tiempo en que la juventud decidió reunirse, nombrarse y creer que era posible transformar su entorno desde la cultura, la organización y la palabra.
Manifiesto fundacional de Katakandru
El estudio como camino, el barrio como destino
Hubo un momento —no escrito en actas ni fechado en calendarios— en que Katakandru dejó de ser solamente un grupo de jóvenes reunidos alrededor del teatro. Fue un tránsito silencioso pero decisivo: pasamos de ensayar escenas a ensayar futuro. Ese fue nuestro verdadero punto de consolidación ideológica.
Comprendimos entonces que el estudio era el camino más seguro para progresar, la herramienta más digna para romper el círculo de la pobreza que había marcado la historia de muchas de nuestras familias. Estudiar no era un lujo ni una meta individual: era una responsabilidad colectiva. Cada cuaderno abierto, cada libro leído, cada semestre resistido con sacrificio, tenía un propósito mayor que el logro personal.
Nos formábamos para volver. Para servir. Para transformar.
De esa conciencia nació lo que, sin llamarlo aún manifiesto, empezó a regir nuestras decisiones como grupo:
1. El arte como conciencia social
El teatro fue nuestra primera trinchera. No lo asumimos solo como espectáculo, sino como herramienta pedagógica y política. Las obras hablaban del barrio, de sus dolores, de sus sueños, de sus conflictos invisibles. Actuar era también denunciar, proponer, sensibilizar. El escenario se volvió espejo de la comunidad y, al mismo tiempo, ventana de posibilidades.
2. El deporte como disciplina y protección juvenil
Entendimos que muchos jóvenes necesitaban espacios donde canalizar su energía. Por eso impulsamos actividades deportivas, gestionamos uniformes, organizamos encuentros y torneos barriales. El deporte no era solo competencia: era prevención, era encuentro, era una forma de alejar a la juventud de caminos adversos y acercarla al trabajo en equipo.
3. La recreación como tejido comunitario
Las salidas, los campamentos, las jornadas lúdicas y culturales no eran simples momentos de esparcimiento. Eran escenarios donde se fortalecía la confianza, la amistad y el sentido de pertenencia. Allí se formaban liderazgos naturales, se resolvían conflictos y se cultivaba la alegría como valor colectivo.
4. Liderazgo juvenil con responsabilidad social
Cada integrante de Katakandru asumía, de una u otra forma, un rol dentro del proceso comunitario. Unos desde la escena, otros desde la logística, otros desde la gestión o la formación. Aprendimos a dirigir, a organizar, a hablar en público, a representar al barrio con dignidad. El liderazgo dejó de ser protagonismo individual para convertirse en servicio.
5. El estudio como principio irrenunciable
Nos prometimos que ninguno abandonaría su formación por falta de ánimo o de apoyo. El grupo acompañaba, motivaba, exigía. Quien avanzaba, jalonaba a los demás. Porque sabíamos que cada profesional que surgiera de nuestras filas sería también una herramienta de transformación social.
Mirado en perspectiva, ese fue el instante en que Katakandru se consolidó como algo más que un colectivo artístico. Nos convertimos en un proyecto de vida compartido, en una escuela paralela donde se aprendía tanto en las tablas como en la calle, tanto en los libros como en la organización comunitaria.
No firmamos aquel manifiesto en papel, pero lo rubricamos con acciones: en cada ensayo, en cada torneo, en cada jornada cultural, en cada joven que encontró un rumbo distinto gracias al grupo.
Así entendimos que el estudio nos permitía romper las barreras de la pobreza, pero el trabajo comunitario nos daba la razón para hacerlo. Formarnos sin regresar al barrio no tenía sentido. Crecer sin los otros no era crecimiento.
Ese fue —y sigue siendo— el espíritu fundacional de Katakandru:
educarnos para elevarnos, organizarnos para servir, y crear para transformar.
Reunión y estrategia
La Marcha del Libro: una gesta de Las Granjas
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| Ever Motta |
Sobre el tesorero Hébert Motta
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| Aviso Publicitario del Diario del Huila |
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Medio Campista |
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| Archy - Richar |
| Jugadora Katakandru |
Ignacio Bello
El alma deportiva del barrio. Recordar a Ignacio Bello es traer de vuelta la energía vibrante de aquellos días en que el deporte era más que un pasatiempo: era una forma de unir al barrio, de mantener a la juventud enfocada, de demostrar que desde Las Granjas también se podía hacer historia. Ignacio fue, sin exagerar, el gran promotor deportivo de nuestra comunidad. Tenía un don natural para organizar campeonatos de fútbol, atletismo, voleibol y baloncesto, y lo hacía con una pasión que contagiaba hasta al más tímido.
Yo fui quien asumió la parte deportiva de Katakandrú, no por nombramiento ni por aplausos, sino porque alguien tenía que hacerlo. Siempre creí que a los muchachos había que respaldarlos más allá de la palabra bonita. Por eso me ocupé de conseguir uniformes, patrocinio, dinero para el arbitraje, elementos deportivos, botiquín y transporte. El talento estaba; lo que faltaba casi siempre era con qué sostenerlo.
Como los recursos no aparecían solos, me tocó inventarlos. Organicé ventas de empanadas, rifas y pequeños festivales bailables, convencido de que el esfuerzo colectivo podía sacar adelante al deporte del grupo. Uno de esos festivales lo recuerdo bien, porque me dejó una lección que todavía cargo.
Para esa actividad contamos con la casa de Judith Cerquera, integrante de Katakandrú y atleta de gran calidad. Su padre, don Eugenio Cerquera, quien siempre la apoyó y la patrocinó, fue quien dio el permiso para realizar el baile y la venta de algunos comestibles. Todo estaba dado para que fuera una actividad exitosa. Yo esperaba, como era natural, que todo el grupo Katako colaborara.
Pero las cosas no salieron como se esperaban. Por circunstancias diversas, el apoyo no llegó. El día de la actividad me encontré prácticamente solo, acompañado apenas por algunos deportistas que, con buena voluntad, me ayudaron a sacar todo adelante. Los únicos que se asomaron fueron Ever y Constantino, quienes estuvieron atentos a que los enfriadores estuviesen llenos y funcionaran bien y a que todo estuviera en orden antes de comenzar. Y eso lo reconozco.
La actividad se hizo. Se trabajó. Se terminó. Pero fue a pulso.
Cuando después el club me pidió cuentas, no pude quedarme callado. Solté mi parlamento con claridad y sin rodeos. Dije que cuando pedí apoyo, nadie apareció, que la actividad la organicé, la trabajé y la concluí prácticamente solo, y que por esa razón las ganancias eran exclusivamente para el deporte. Fui enfático:
—No me pidan explicaciones de algo que saqué adelante sin ustedes.
Y me fui. No me quedé a escuchar argumentos ni justificaciones. No por soberbia, sino por cansancio. Porque a veces también pesa cargar solo con lo que se supone que es de todos.
Eso fue lo que pasó. Y así lo dejo escrito.
Lo que nos dejó la cancha
Hoy, al mirar hacia atrás, entendemos que el deporte en Katakandrú fue mucho más que partidos ganados o campeonatos disputados. Fue una escuela de vida, un espacio donde aprendimos a caminar juntos, a equivocarnos y a levantarnos sin dejar a nadie atrás. En la cancha se celebraron goles, sí, pero también se ensayaron valores que no caben en un marcadoCada uno cumplió un papel. Hubo quienes brillaron con el balón en los pies, quienes organizaron desde la sombra, quienes pusieron la casa, el tiempo o el esfuerzo cuando faltaba todo. Y también hubo momentos de cansancio, de desencuentro y de silencio, porque ningún proceso colectivo está libre de tropiezos. Aun así, el deporte nos enseñó que la verdadera victoria es sostener el proyecto, incluso cuando parece pesado.
Katakandrú entendió el fútbol y el atletismo como lenguajes del barrio, tan válidos como el teatro, la danza o la música. El cuerpo en movimiento también fue palabra, identidad y resistencia. Cada entrenamiento, cada festival organizado para reunir recursos, cada uniforme conseguido a pulso, fue una forma de decir que el barrio creía en sus jóvenes.
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| Microfutbol masculino |
Hoy sabemos que no todos llegaron a ser profesionales, pero muchos aprendieron disciplina, respeto y compañerismo. Eso permanece. Porque los trofeos se empolvan, las medallas se guardan, pero lo que se vive en comunidad se queda latiendo en la memoria.
Por eso, cuando evocamos esas canchas de tierra, esos festivales improvisados y esos esfuerzos compartidos, no hablamos solo de deporte. Hablamos de un tiempo en el que creímos juntos, en el que Katakandrú fue también sudor, sacrificio y abrazo. Y ese, sin duda, fue uno de nuestros mayores triunfos.
A partir de esta reflexión, se consideró fundamental contar con elementos simbólicos que expresaran sus valores, principios, objetivos y sentido de pertenencia. Por tal motivo, se decidió convocar un concurso interno para la creación de los símbolos representativos del grupo, entre ellos la bandera, el escudo y el himno, entendidos no solo como emblemas visuales y sonoros, sino como expresiones de la memoria, la unidad y el compromiso juvenil.
En respuesta a esta convocatoria, se presentaron diversas propuestas y diseños, los cuales fueron expuestos y socializados ante los integrantes del colectivo. Cada propuesta fue analizada teniendo en cuenta su creatividad, coherencia simbólica y capacidad de representar la identidad del grupo. Tras un proceso de deliberación y consenso, se procedió a la selección de los símbolos que, a partir de ese momento, representarían oficialmente a los Katakos en sus diferentes escenarios y actividades.

BANDERA Este símbolo fue seleccionado entre varias propuestas presentadas durante la reunión, tras una valoración colectiva de los elementos conceptuales y simbólicos expuestos. La propuesta fue sustentada por el expositor Constantino Castro Zamora, quien explicó que el color negro representa la condición humana en su dimensión negativa, rebelde y solitaria; una etapa inicial marcada por la dificultad y el conflicto interior, que, mediante el esfuerzo individual y colectivo, se transforma progresivamente.
Dicha transformación se manifiesta a través de la luz amarilla, la cual simboliza la unidad, la esperanza y el encuentro entre las personas. Este color actúa como un elemento integrador que conduce al crecimiento común. En este proceso aparece la estrella, concebida como símbolo del conocimiento, la solidaridad y la orientación colectiva, señalando el camino hacia metas compartidas y el fortalecimiento del pensamiento crítico.
Por su parte, el color rojo expresa la energía, el compromiso y la determinación de un grupo de jóvenes que, de manera consciente y organizada, busca revitalizar, impulsar y construir nuevas ideas y proyectos. Este grupo se reconoce como motor de cambio, dispuesto a trabajar en unidad con otros, a superar obstáculos y a materializar propuestas innovadoras, alcanzando múltiples triunfos colectivos a partir de la diversidad de pensamientos y enfoques.
Es importante destacar que Jael Garaviño también presentó sus símbolos, los cuales fueron valorados positivamente y elogiados por su calidad estética y creativa. Sin embargo, tras el análisis general, se consideró que su propuesta no alcanzó el mismo nivel de solidez argumentativa y profundidad conceptual, razón por la cual el símbolo sustentado por Constantino Castro Zamora obtuvo mayor consenso y respaldo.
LOGOTIPO: El logotipo del grupo fue creado por el socio Carlos Roberto Másmela, quien presentó su propuesta ante la asamblea general, explicando de manera clara el significado de las letras iniciales que lo componen: CLKT, las cuales representan la identidad y el nombre del club.Durante su exposición, se destacó que el diseño del logotipo buscaba ser sencillo, funcional y fácil de reproducir, lo que permitió que todos los socios se sintieran plenamente representados y que, además, pudieran trazarlo con rapidez en cualquier lugar, fortaleciendo así el sentido de pertenencia y apropiación colectiva del símbolo.De igual manera, el socio Carlos Roberto Másmela dio a conocer el lema del grupo, el cual fue acogido con entusiasmo por los asistentes:
“Jóvenes liberan jóvenes”.
Este lema expresa el espíritu solidario, transformador y comprometido del colectivo, resaltando la idea de que el cambio social y personal surge desde la juventud misma, a través del apoyo mutuo, la conciencia y la acción colectiva.
ESCUDO;El escudo del grupo no alcanzó una repercusión significativa a lo largo de la trayectoria del colectivo. Aunque fue aprobado formalmente, su uso fue limitado y no logró consolidarse como un símbolo de identificación permanente. En la práctica, el logotipo se impuso de manera natural como el emblema más utilizado, debido a su sencillez, facilidad de reproducción y mayor apropiación por parte de los integrantes.
Si bien se realizaron algunas acciones para promover el escudo, como la impresión de camisetas, estas iniciativas no generaron un impacto duradero. Con el paso del tiempo, el escudo fue perdiendo presencia dentro de las actividades del grupo, quedando relegado frente a otros símbolos que respondían mejor a la dinámica y a las necesidades expresivas de los jóvenes.
Este proceso permite una reflexión importante sobre la construcción de identidad colectiva: no todos los símbolos institucionalizados logran arraigarse en la memoria y en la práctica cotidiana de una comunidad. Aquellos que perduran son, en muchos casos, los que nacen de la experiencia compartida y se integran de manera orgánica a la vida del grupo, convirtiéndose en verdaderos referentes de su historia y su identidad.
Fulvio César Castro
Cultura: Cuando pienso en Katakandrú, no puedo hablar solo de reuniones, torneos o cargos. Tengo que hablar, inevitablemente, de la cultura. Porque para nosotros la cultura nunca fue un adorno ni un pasatiempo: fue raíz, fue escuela y fue refugio. Desde el comienzo entendimos que allí, en el arte, había una fuerza capaz de decir lo que a veces no sabíamos expresar con palabras.
Chicas de Micro y Danzas

Cada ensayo contigo era algo más que práctica. Tenías esa chispa rara, esa genialidad serena que convertía cualquier encuentro en un momento especial. Bastaba que rasgaras las cuerdas para que el salón cambiara de aire, para que todos supiéramos que allí estaba pasando algo importante.
Pero tú no eras solo músico. Eras, ante todo, un libre pensador. Mientras afinabas voces o corregías acordes, también sembrabas ideas. Hablabas de política, sí, pero no de la que se queda en consignas huecas, sino de la que nace del compromiso con la comunidad, de la pregunta honesta por cómo vivir mejor, juntos. En ti, la música y la conciencia social caminaban de la mano, sin estorbarse, sin fingimientos.
¡Y qué disciplina la tuya al organizar los coros! Exigente, claro que sí, pero siempre atravesada por la alegría. Nos enseñaste que la música no estaba hecha solo para sonar bonito, sino para unir, para darnos identidad, para recordarnos que éramos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Y cuando tocabas como solista… el silencio se volvía respetuoso. Las palabras sobraban. Parecía que la guitarra hablaba por ti, diciendo lo que muchos sentíamos y no sabíamos cómo expresar.
Por eso hoy, al evocarte, no te recordamos solo como director musical, sino como ese hombre que entendió que cantar, tocar y pensar son actos profundamente políticos en el mejor sentido: actos que fortalecen al grupo, que dignifican al pueblo y que dejan huella.
Ese es tu legado, Jaime: habernos enseñado que la música, cuando nace del pensamiento libre y del amor por la gente, se convierte en fuerza colectiva y memoria viva.
Con gratitud y acordes eternos,
Katakandrú
El teatro nació dentro del grupo Katakos de manera incipiente y espontánea, como una necesidad de expresión y encuentro colectivo. En sus inicios estuvo conformado por siete integrantes: Steven Ramírez, Arquímedes (Archi), Eulises, Constantino Castro, Yolanda Morales, Humberto Flores y Adriana López Aristizábal. Cada uno aportó desde su sensibilidad, su compromiso y su deseo de construir un espacio artístico para el barrio.
Los ensayos comenzaron de forma constante todas las noches a partir de las 7:00 p. m., convirtiéndose en un punto de encuentro cotidiano donde el arte se mezclaba con la amistad, el aprendizaje y la disciplina. En ese momento, la dirección del grupo estuvo a cargo de Steven Ramírez, quien se encontraba estudiando arte dramático en el SENA y transmitía con entusiasmo sus conocimientos, motivando al grupo a creer en el teatro como una herramienta de transformación personal y comunitaria.
Las primeras presentaciones se realizaron en el barrio Las Granjas, escenario natural del grupo, donde se dio a conocer una obra breve titulada “Hoja seca”. Aunque sencilla en su puesta en escena, esta obra marcó un hito importante, pues representó el nacimiento formal del teatro dentro de Katakos y el primer diálogo artístico con la comunidad.
Sin embargo, de manera inesperada, el proceso se vio abruptamente interrumpido. Steven Ramírez cayó gravemente enfermo y un extraño mal fue apagando su vida hasta llevárselo a la tumba. La pérdida fue profundamente dolorosa. Primero, porque se trataba de un joven lleno de sueños, expectativas y proyectos de futuro; segundo, porque era un integrante activo y querido del grupo Katakos; y tercero, porque era el director de teatro, guía y motor de aquel proceso artístico que apenas comenzaba a florecer.
La partida de Steven dejó una huella imborrable, pero también sembró una enseñanza: el teatro, como la vida, es frágil y valioso, y cada acto creativo lleva consigo la memoria de quienes lo soñaron y lo hicieron posible el grupo. Lloró el barrio entero, y también el cielo pareció sumarse al duelo. La lluvia cayó con fuerza y rabia, el agua se arremolinó en las calles y algunos árboles se inclinaron lentamente, como haciendo una última venia de despedida. Fue un momento de profundo silencio, dolor y reflexión, que marcó para siempre la memoria colectiva del grupo.
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| Eulises, Archy, Constantino |
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| Grupo de teatro en Aipe |
A Katakandrú, por ejemplo, le correspondió recorrer escenarios emblemáticos: se presentó en Pitalito, Hobo, Aipe, San Agustín, en el majestuoso Salón Azul de la Gobernación del Huila, y en diversos barrios populares de la ciudad de Neiva, donde el público los recibió con entusiasmo y gratitud. Cada función era más que un espectáculo: era un acto de resistencia cultural, un puente entre la tradición y la modernidad.
Entre las obras, una brilló con luz propia: El Embajador de la India. Su éxito fue tan rotundo que trascendió los límites del teatro. Un creador de libretos para cine, impresionado por la fuerza de los diálogos y la riqueza de los personajes, se acercó al director Constantino Castro Zamora para solicitarle algunos fragmentos de la obra y lo invitó a participar en la película que estaba gestando.
El director, fiel a su vocación de sembrar cultura, le concedió un guion de su autoría. Aquella entrega se convirtió en semilla fértil: el proyecto cinematográfico obtuvo un premio a nivel nacional, y el apoyo recibido permitió la filmación de la historia, llevando así la voz de Katakandrú y la pluma de su director más allá de los escenarios regionales.
De este modo, el grupo no solo conquistó los teatros del Huila, sino que también dejó huella en el cine colombiano, demostrando que la pasión por el arte puede abrir caminos insospechados y convertir la memoria en legado.
Arquímedes Castro no fue solo un gran deportista: fue un símbolo de alegría, de amistad sincera, de unión. Su memoria sigue viva en cada anécdota contada, en cada carcajada que evocamos, en cada balón que rueda en Las Granjas. Archi partió, sí, pero dejó una huella tan luminosa que todavía hoy, al recordarlo, sentimos que vuelve a aparecer con su sonrisa de siempre, listo para jugar, para bromear, para hacernos sentir que la vida —a pesar de todo— vale la pena.
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| Monologo del director Constantino |
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| Apayayú, Julia, Armando |
—Apendicitis —respondió el joven con serenidad—. Me van a operar, pero el cirujano llega mañana. Me dieron un calmante para el dolor y, mientras la enfermera se descuidó, hablé con el celador, un viejo amigo. Me dio una hora. Vine a cumplir con la obra y luego regreso al hospital.
El silencio fue absoluto. Todos quedaron asombrados por la valentía y el compromiso del muchacho. Su decisión no era solo un acto de rebeldía, sino una declaración de amor al teatro y a su grupo. Con el rostro pálido pero la mirada encendida, Apayayú se incorporó al elenco como si nada hubiera ocurrido.
La función comenzó con una energía distinta, cargada de emoción y gratitud. Cada parlamento resonaba con fuerza, cada gesto tenía el peso de la entrega. El público, exigente y crítico, se rindió ante la intensidad de la representación. Los aplausos al final fueron atronadores, un reconocimiento no solo a la obra, sino al espíritu indomable de quienes la hicieron posible.
Al terminar, los compañeros acompañaron nuevamente a Apayayú al hospital, como si escoltaran a un héroe que había cumplido su misión. Esa noche quedó grabada en la memoria colectiva como una lección de coraje, amistad y pasión por el arte: el teatro que se hace con el alma, incluso cuando la vida parece interponerse.
Katakandrú: Herencia y Genealogía del Teatro
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| Desfile en Neiva |
Su espíritu también dialogaba con el teatro renacentista de Shakespeare, que convirtió las pasiones humanas en universos dramáticos, y con las vanguardias del siglo XX: el teatro épico de Brecht, que llamaba a la conciencia crítica; el teatro de la crueldad de Artaud, que sacudía el alma; el absurdo de Ionesco y Beckett, que revelaba la fragilidad de la existencia; y la búsqueda ritual de Grotowski, que devolvía al actor la esencia sagrada del cuerpo y la voz.
En Neiva, Katakandrú fue más que un grupo: fue escuela y semillero. Allí, algunos de sus integrantes descubrieron que el teatro no era solo afición, sino destino. Convirtieron la práctica en profesión, se formaron como actores y directores, y más tarde se transformaron en maestros, multiplicando el legado y sembrando nuevas generaciones de artistas.
Cada foro, mesa redonda o simposio en que participaban era un espacio de diálogo con la historia del arte: se discutía sobre Dostoyevski, sobre la creación colectiva, sobre el coro clásico y las nuevas dramaturgias contemporáneas. Katakandrú no solo representaba obras: pensaba el teatro, lo cuestionaba, lo reinventaba.
Así, entre escenarios populares y debates intelectuales, Katakandrú se consolidó como un pilar cultural de Neiva, un grupo que trascendió su tiempo y su espacio para inscribirse en la genealogía del teatro universal. Su legado fue doble: el arte vivido en escena y la semilla que germinó en sus integrantes, quienes, al convertirse en maestros, aseguraron que la llama del teatro siguiera ardiendo en la ciudad y en la memoria
Carta desde la memoria de Katakandru
Queridos compañeros de Katakandru:
Entre tantas escenas que el tiempo no ha logrado borrar, siempre vuelve a mí aquella salida recreativa a la cabecera del río Las Ceibas. Tal vez porque en ella estuvo todo lo que éramos: la aventura, la improvisación, el conocimiento aprendido a fuerza de camino… y, por supuesto, la risa inevitable.
Fuimos a acampar con la emoción intacta, sin sospechar que la noche nos recibiría con lluvia persistente. El río, crecido y turbio, se volvió barrial y rebelde, negándonos algo tan básico como el agua para beber o preparar el almuerzo. Pero ya para entonces no éramos principiantes. La experiencia como grupo excursionista nos había enseñado que la naturaleza siempre ofrece alternativas a quien sabe observarla. Hicimos un hoyo a uno o dos metros de la orilla, y como por arte antiguo, el agua comenzó a brotar clara, limpia, casi agradecida. Una vez más, confirmamos que el conocimiento también se construye con los pies mojados.
A la hora del almuerzo, la responsabilidad nos cayó a Ever y a mí, como tantas otras veces. Mientras el resto del grupo se iba de excursión por el lugar o se daba un baño en una charca cercana, con nosotros se quedaba casi siempre alguien más. Aquella vez fue Esperanza, nuestra “Panchi”, como la llamábamos con cariño. Era imposible no notarla: no solo por su belleza, sino por su forma de estar, amable, cercana, con esa presencia que hacía todo más liviano. A mí me gustaba, lo confieso ahora sin apuros, por su calidad de mujer y por esa mezcla de sencillez y alegría que a todos nos atraía.
Colocamos la olla del sancocho debajo de un árbol frondoso, sin reparar en un detalle que luego resultaría decisivo: en la parte alta del árbol reposaban gusanos, invisibles hasta que la sopa empezó a hervir. Fue entonces cuando, uno a uno, comenzaron a caer dentro de la olla, como si la naturaleza hubiera decidido poner a prueba nuestro temple.
Cuando nos dimos cuenta, el sancocho ya estaba listo. Nos miramos en silencio, sin saber qué hacer. Perder el almuerzo no era opción. El hambre, el cansancio y la responsabilidad pesaban más que el asco momentáneo. Ever, sin dramatizar, tomó un colador y con una paciencia que aún admiro, fue sacando los gusanos uno por uno. Luego probó la sopa, levantó la mirada y dijo, con absoluta convicción, que estaba exquisita. Solo pidió una cosa: que no le dijéramos a nadie.
Panchi, entre la duda y el hambre, dijo que creía no poder probarla… pero al final lo hizo. El estómago, como suele pasar en el monte, fue más fuerte que el desagrado. Sellamos el secreto con una risa nerviosa y servimos el almuerzo cuando el grupo regresó.
Todos comieron. Todos repitieron. Y todos coincidieron en que la sopa tenía un sabor delicioso, distinto, especial. Panchi no aguantó más. La risa la traicionó y contó el suceso completo. Esperábamos reproches, quizá gestos de asco tardío. Pero no. Lo que siguió fue una carcajada general, bromas sin malicia y esa capacidad tan nuestra de convertir el error en anécdota.
Así era Katakandru. Incluso en lo inesperado, incluso en el error, había aprendizaje y comunidad. Nadie se ofendió, nadie señaló. La risa nos volvió a unir alrededor de la olla, del fuego y de la historia que, desde entonces, quedó para siempre entre las que se cuentan una y otra vez.
Hoy, al recordarlo, entiendo que esas salidas no eran solo recreativas. Eran ensayos de vida. Aprendimos a confiar, a resolver, a reírnos de nosotros mismos. Y en medio del barro, la lluvia y un sancocho improbable, también aprendimos que la memoria se construye con momentos así: imperfectos, humanos y profundamente nuestros.
Con afecto y sonrisa intacta,
desde la memoria compartida de
Katakandru
| Carlos "el flaco" |
principio a ingresar a la universidad. Esa decisión lo mantuvo alejado del club, pues la condición para ser miembro era estar inscrito en un plantel educativo. Finalmente, y tras insistencias, Carlos aceptó estudiar, lo que abrió la puerta para que se integrara plenamente al grupo.
María Eugenia Cuéllar
Entre las mujeres del grupo se destacaba María Eugenia Cuéllar, dueña de una chispa desbordante, de esas que iluminan cualquier reunión sin pedir permiso. Tenía el don de la palabra espontánea y una picardía tan natural que, cuando hablaba, todos sabíamos que algo memorable estaba por ocurrir.
Una tarde de reunión, llegó con esa sonrisa anticipada que delataba travesura. Apenas se acomodó, levantó la mano y anunció con solemnidad fingida:
—Muchachos, anoche soñé con Leónidas.
De inmediato, el grupo entero reaccionó al unísono:
—¿Y qué soñaste?
María Eugenia respiró hondo, como quien se dispone a narrar una epopeya, y comenzó su relato. Dijo que en el sueño habíamos salido todos a bañarnos a Las Ceibas, que el día era claro, el agua fresca y el grupo entero reía y chapoteaba sin preocupaciones. Pero de pronto, en medio del alboroto, alguien gritó que Leonidas se estaba ahogando. Cundió el pánico: unos gritaban “¡Sáquenlo!”, otros pedían ayuda, y el caos parecía inevitable.
Entonces —contaba ella—, se puso de pie con absoluta calma y alzó la voz para tranquilizar a todos:
—No se preocupen.
El silencio fue inmediato.
—¿Y por qué no? —preguntaron en coro.
María Eugenia remató el sueño con la naturalidad más despiadada y sincera:
—Pues simple… él no se va a ahogar, porque la mierda flota.
La carcajada fue general. Las risas estallaron como si el sueño hubiera ocurrido de verdad, y Leónidas, convertido en protagonista involuntario, La miro como perforando su rostro, pero no tuvo más opción que reírse de sí mismo.
Así era María Eugenia: irreverente sin maldad, directa sin rodeos y con ese humor que desarmaba cualquier solemnidad. En Katakandrú, su risa y sus historias fueron también una forma de resistencia, una manera de recordarnos que incluso en los relatos más simples —o más escatológicos— había un lazo de complicidad que nos hacía sentir familia.
Algunas historias no se cuentan para recordar el dolor, sino para entender la fortaleza que nace después de él. La de Doris Álvarez es una de esas. Quienes compartimos con ella los años universitarios sabemos que siempre iba un paso más allá del deber: atenta, solidaria, pendiente de que nadie quedara atrás. En especial de las mujeres que, noche tras noche, emprendían el regreso a las granjas de la Universidad Surcolombiana hacia el barrio, atravesando caminos oscuros donde la compañía era una forma de protección y de resistencia.
Solíamos esperar hasta que el grupo estuviera completo. No era una regla escrita, sino un pacto tácito: caminar juntas alrededor de las diez de la noche, cuando el silencio del camino se volvía más denso y el miedo se disimulaba con conversaciones y risas. Aquella noche, sin embargo, el orden se quebró. Un altercado menor, una prisa que no parecía peligrosa, y Doris avanzó junto a una de sus hermanas, dejando atrás —sin intención— al resto del grupo.
Lo que ocurrió después fue abrupto e injusto. Un hombre, al volante de una camioneta y bajo los efectos del alcohol, irrumpió en el camino. El golpe fue tan rápido como devastador. El estruendo nos alertó a quienes veníamos detrás. Corrimos, la encontramos herida y la llevamos de inmediato al hospital. Desde ese día, Doris cargó una huella física que la acompañaría para siempre.
Pero nunca fue la cicatriz lo que definió su historia. Lo verdaderamente memorable fue la manera en que siguió adelante, sin permitir que la violencia dictara su identidad ni su destino. Años después, Doris decidió poner en palabras lo que aquella noche le dejó. No como lamento, sino como afirmación de vida. Esta es su carta.
Carta de Doris Álvarez
Queridos compañeros, queridas compañeras de camino:
Hay noches que no se olvidan. No porque hayan sido luminosas, sino porque en su oscuridad nos revelan quiénes somos de verdad. Una de esas noches me alcanzó a la salida de la Universidad Sur colombiana, cuando, como tantas veces, me quedé pendiente de que nadie caminara solo. Siempre creí —y sigo creyendo— que cuidarnos entre nosotros es una forma silenciosa de amor.
Ese día algo se rompió en el orden habitual. Un desacuerdo pequeño, una prisa innecesaria, y mi hermana y yo tomamos el camino antes que el resto. El barrio nos esperaba al final de un trayecto oscuro, de esos que obligan a caminar con el corazón atento. Nunca imaginé que en ese trayecto mi vida quedaría marcada para siempre.
No recuerdo con precisión el rostro del hombre ni el color exacto de la camioneta. Sí recuerdo el golpe seco, la sorpresa, el miedo breve que paraliza y luego se convierte en silencio. Después vinieron ustedes: las voces corriendo, los pasos apresurados, las manos amigas que me sostuvieron y me llevaron al hospital. En medio del dolor, no estuve sola. Y eso lo cambió todo.
Desde entonces cargo una huella en el rostro. Al principio pensé que esa marca sería un límite, una frontera entre lo que fui y lo que vendría. Con el tiempo entendí que no todas las cicatrices restan; algunas enseñan a mirar más hondo.
La marca quedó en mi piel, pero no tocó lo esencial. No se llevó mis ganas de reír, ni mis sueños, ni la certeza de que la vida, incluso cuando hiere, también educa. Aprendí a no esconder el rostro ni la historia. Aprendí que la dignidad no se borra con un golpe y que la belleza verdadera no pide permiso para existir.
Si algo deseo que recuerden de mí no es esa noche, ni la cicatriz que vino después. Ojalá recuerden la forma en que seguimos caminando juntos, el compromiso con los otros, la alegría compartida aun cuando duele, la luz que no se apaga porque nace por dentro.
La vida deja marcas, es cierto. Pero somos nosotros quienes decidimos si esas marcas nos encogen o nos ensanchan el corazón. Yo elegí seguir de pie, seguir creyendo, seguir cuidando.
Con gratitud y esperanza,
Doris Álvarez
La carta de Doris no buscaba explicaciones ni absoluciones. Era, más bien, una manera de devolverle sentido a una experiencia que pudo haberla reducido y que, sin embargo, la ensanchó. Al leerla, entendimos que no todas las violencias logran su cometido. Algunas fracasan porque se encuentran con personas que saben transformar el golpe en conciencia y el miedo en firmeza.
Para nosotros, la huella en su rostro dejó de ser una señal de daño y se volvió un recordatorio. Nos recordó que la juventud no fue solo entusiasmo y sueños, sino también riesgo, cuidado mutuo y aprendizaje duro. Nos recordó que caminar juntos no era una costumbre ingenua, sino una decisión política y humana frente a un entorno que muchas veces nos fue adverso.
Doris siguió siendo la misma: comprometida, luminosa, atenta a los otros. La marca nunca habló más fuerte que su risa ni más alto que su manera de estar presente. Con el tiempo comprendimos que su verdadera herencia no estaba en la cicatriz, sino en la lección silenciosa que nos dejó: la dignidad no se negocia, la solidaridad salva, y la fortaleza no siempre grita, a veces simplemente permanece.
Hoy, al volver sobre esta historia, no la contamos para fijarla en el dolor, sino para reconocer en ella una de las tantas formas en que aprendimos a resistir sin endurecernos. Doris es parte de esa memoria compartida que nos recuerda que la vida puede golpear, pero no siempre vence; que algunas personas, aun heridas, siguen iluminando el camino de los demás.
Desde este lecho donde la enfermedad me ha ido consumiendo, quiero dejarles un recuerdo que no se marchite, porque la memoria es más fuerte que la carne y el espíritu danza aun cuando el cuerpo se apaga.
Recuerdo aquel tiempo luminoso en que fui elegida representante de nuestro barrio Las Granjas y de Katakandrú para el Festival del Bambuco a nivel municipal. ¡Qué júbilo tan grande! Todo el grupo se volcó en mi causa, como si mi nombre fuera el estandarte de todos. Me acompañaron en los ensayos del sanjuanero huilense y, bajo la guía de Fulvio, el escultor, levantaron la carroza que habría de llevarme por los desfiles. Cada uno dio lo mejor de sí: unos aportaron materiales, otros dinero, y muchos más su esfuerzo incansable en actividades para reunir recursos. Yo no era solo Olga: era la voz y el rostro de nuestra hermandad.
También hubo pruebas que pusieron a prueba nuestro espíritu solidario. Carlos, en medio de la multitud y recién pagado, fue despojado de su dinero. Se quedó sin un centavo para las festividades y, aun así, ustedes —mis hermanos de Katakandrú— lo acogieron con generosidad, llevándolo a cada actividad sin costo alguno, porque la verdadera riqueza siempre fue la unión.
Y tú, Constantino, también viviste tu propio sacrificio. La boleta que te correspondía se extravió y no pudiste entrar al estadio. Te trepaste a un árbol cercano, como un vigía de la esperanza, y desde allí contemplaste fragmentos de las danzas. Luego caminaste de regreso al barrio junto a Mónica Motta y otros amigos, riendo en la penumbra, como si esa caminata también hiciera parte de la fiesta.
Al final, mi nombre resonó en la plaza con fuerza y emoción: ocupé el primer lugar. Fui coronada Reina Popular de Neiva, convirtiéndome además en la primera reina en ganar este encuentro folclórico, un logro que no fue solo mío, sino de todos nosotros. Aquel triunfo fue de Katakandrú y del barrio Las Granjas, porque la gloria no estaba únicamente en la corona, sino en la carroza que construimos juntos, en las risas compartidas, en la dignidad con la que representamos nuestra historia y nuestra gente.
Hoy, mientras la enfermedad poco a poco me aparta de este mundo, quiero que sepan que ese recuerdo es mi legado. No lloren por mí: recuerden la danza, el brillo de las carrozas, la solidaridad que nos hizo invencibles. Yo me voy, sí, pero en cada bambuco, en cada paso del sanjuanero, seguirá latiendo mi espíritu.
Con amor eterno,
Olga Fierro
Recuerdo, por ejemplo, a Eulises Castro, vinculado al teatro y siempre dispuesto cuando su participación era necesaria. Eulises tenía un pequeño gimnasio, construido con elementos rústicos de cemento y ladrillo, un espacio sencillo pero lleno de vida. Allí nos reuníamos distintos jóvenes para ejercitarnos, fortalecer el cuerpo y cultivar la disciplina física. Ese lugar, más que un gimnasio, era un punto de encuentro, y Eulises era el promotor incansable de esas jornadas. Esa fue su forma de entrega al grupo.
Eulises: el héroe de las pesas y las tablas
En Katakandrú no todos los héroes empuñaban espadas ni recitaban discursos memorables. Algunos, como Eulises, cargaban mancuernas de cemento y hablaban poco, pero cuando lo hacían, dejaban huella. Su nombre ya venía con destino épico: como el de La Odisea, ingenioso, persistente y siempre metido en travesías improbables, aunque las suyas transcurrieran entre ladrillos, sudor y risas.
Eulises era el dueño de un gimnasio rústico, casi artesanal, construido con más entusiasmo que presupuesto. Allí no había máquinas sofisticadas ni espejos elegantes, pero sí barras improvisadas, pesas hechas a mano y una disciplina que nos hacía sentir atletas olímpicos… al menos hasta que al día siguiente no podíamos ni caminar. Ese lugar no solo forjaba músculos: también templaba el carácter.
Paradójicamente, aquel cuerpo de fortachón escondía una timidez notable. A Eulises le costaba más levantar la voz frente al público que levantar cien kilos del suelo. Por eso, un día decidí lanzarlo a otra odisea: el teatro. Le propuse que se uniera al grupo para perder el miedo a la palabra, soltarse frente a la comunidad y, siendo sinceros, porque el escenario también lo necesitaba a él. Hacía falta un personaje fuerte, imponente, alguien que llenara el espacio sin decir mucho… y ese era Eulises.
Al principio dudó. Pero aceptó. Y como buen héroe silencioso, terminó convirtiéndose en un gran actor. El escenario lo transformó: donde antes había timidez, apareció presencia; donde había silencio, surgió carácter. El público aplaudía y él, sorprendido, entendía que también podía conquistar sin usar los músculos.
Pero si de epopeyas se trata, ninguna como aquella noche en que Fulvio, Carlos y Eulises decidieron que tres hombres y una moto eran una combinación perfectamente razonable. Iban rumbo a un acto cultural, desafiando las leyes de la física y el sentido común. Cumplida la misión, Fulvio, generoso como siempre, los invitó a comer pollo en un sitio llamado Las Vegas, donde el banquete fue digno de reyes… o al menos de héroes con hambre.
Antes de despedirse, Fulvio tuvo un gesto noble: pidió que llevaran un bocado a sus padres, doña Beatriz y don Sixto. Así que emprendieron el regreso con una caja de pollo cuidadosamente protegida. Todo iba bien hasta que, en plena vía, apareció un perro con vocación de villano mitológico. El susto fue tal que los hizo caer del vehículo en una coreografía improvisada.
Se levantaron como pudieron, recogieron la caja —milagrosamente intacta por fuera— se sacudieron el polvo y siguieron su camino con dignidad. Al llegar a la casa, entregaron la encomienda a don Sixto con solemnidad. Pero la verdadera escena teatral vino después, cuando doña Beatriz abrió la caja: dentro solo reposaba un solitario pedazo de yuca. El pollo había desaparecido, seguramente salió volando en la caída, cumpliendo su propia odisea gastronómica.
Así era Eulises: fuerte como pocos, tímido como niño, actor por sorpresa y protagonista de historias que hoy nos siguen arrancando carcajadas. En Katakandrú, su legado no fue solo el músculo, sino la certeza de que incluso los más callados guardan epopeyas enteras esperando ser contadas.
Ricardo Castro, por su parte, encontraba su lugar en la música. Siempre con una guitarra entre manos, molestaba, ensayaba, improvisaba. Pero su aporte iba más allá: fue pieza importante en el equipo de microfútbol y también en la coral dirigida por Jaime Borrero, donde su sensibilidad artística encontraba otro cauce.
Edgar Cuéllar tuvo un paso por la mesa directiva en los inicios del grupo, aunque muchos lo recuerdan especialmente por su destacado desempeño en el fútbol. Al igual que Ulises, Edgar contaba con un gimnasio, un poco más sofisticado, acorde con su formación, pues ambos eran estudiantes de Educación Física. En ellos, el deporte no era solo competencia, sino formación y comunidad.
Estaba también Humberto Flores, siempre dispuesto a colaborar cuando se trataba de asuntos legales. Su trabajo en el área de impuestos y catastro lo convertía en un apoyo clave cuando el grupo necesitaba orientación en esos temas que pocos dominaban, pero que eran necesarios para avanzar con orden.
Armando Castro, aunque era el más joven del grupo, dejó una marca profunda. Fue quien lideró la formación de los jóvenes “Lobitos”, inspirados en los Boy Scouts. Los Lobitos tenían su propio grupo de teatro, danzas y música; eran los niños que llenaban de alegría los encuentros y renovaban el espíritu del colectivo.
En el ámbito deportivo también estuvo Ricardo Bello, comprometido especialmente con el microfútbol y el fútbol. En los primeros tiempos fue integrante de la mesa directiva y contribuyó a consolidar esa dimensión deportiva de Katakandrú.
No puedo dejar de mencionar a Estiben Ramírez, quien fundó el grupo de teatro de Katakandrú. Por motivos de salud tuvo que alejarse, y con el tiempo se nos fue para siempre. Su partida dejó un vacío, pero su legado artístico permanece en la memoria del grupo.
Carta de Estivenson Ramírez A Katakandru,
a mis compañeros,
a mis hermanos de escena:
Escribo estas palabras desde un lugar silencioso, donde el cuerpo ya no acompaña como antes, pero la memoria sigue despierta. Aquí, en esta quietud obligada, los recuerdo a todos. Uno por uno. Como si aún estuviéramos reunidos antes de un ensayo, esperando la señal para empezar.
Katakandru fue más que un grupo teatral. Fue refugio, fue casa, fue la posibilidad de creer que el arte también salva. Cada rostro, cada voz, cada risa compartida vuelve a mí con una claridad que me conmueve.
Pienso especialmente en Yolanda Morales. Hermosa no solo por fuera, sino por la manera en que llenaba los ensayos de una alegría suave y constante. Ella hacía que el cansancio pesara menos, que el tiempo pasara distinto. La quise con el alma, sin reservas. Siempre supe que su corazón tenía otras preferencias, pero aun así la seguí cortejando, no por terquedad, sino porque hay afectos que no saben rendirse. Quererla fue también aprender a respetar y a admirar desde el lugar que me tocó.
Al grupo quiero decirle que lo dejo en buenas manos. Constantino, el duro del grupo, tiene la fuerza, la sensibilidad y la palabra. Sé que puede continuar el legado teatral, porque no solo ama el escenario: lo entiende. Su formación en lingüística y literatura le dio herramientas, pero su compromiso le dio sentido. Confío en que sabrá cuidar lo que construimos juntos.
Cómo no recordar a Archi, con sus ocurrencias oportunas, con ese humor que nos salvaba incluso en los momentos más tensos. Siempre había una risa lista para sostener al grupo cuando flaqueaban los ánimos.
A Víctor, “Apayayu”, a Adriana, a Magnolia, a Julia, quiero nombrarlos con gratitud. Julia, en especial, con ese esfuerzo enorme por trasladarse desde el barrio vecino para no faltar nunca, para cumplir con los ensayos y las presentaciones, nos enseñó que el compromiso también es una forma de amor.
A todos los demás, aunque no los nombre aquí, los llevo conmigo. No hubo nadie pequeño en este camino. Cada aporte, cada presencia, cada silencio compartido fue parte de algo más grande que nosotros mismos.
Si estas palabras suenan a despedida, no las lean como un adiós definitivo. Léanlas como un abrazo largo, de esos que no necesitan soltarse. Me voy tranquilo, sabiendo que Katakandru sigue vivo en ustedes, en las tablas, en la memoria, en cada gesto que recuerda por qué empezamos.
Con todo mi cariño,
hasta el último de mis días,
Estivenson Ramírez
Hubo otros nombres que acompañaron el proceso en distintos momentos: Carlos Rujana, con quien dimos inicio a la letra del himno de Katakandrú; William Serrato, Donal Losada, Luis Motta, Juan Carlos y Hugo peña que asistían de vez en cuando a la agrupación; Lester Lizcano, quien acompañaba constantemente a las niñas Ramírez; y muchos más cuyos nombres el tiempo ha ido difuminando, pero cuya presencia, aunque esporádica, también hizo parte de esta historia compartida.
Todos ellos, con mayor o menor constancia, fueron piezas de un mismo tejido. Katakandrú no se construyó solo con quienes estaban en la dirección, sino también con quienes aportaron desde la música, el deporte, el teatro, el cuerpo, la ley o simplemente la compañía. Y en esa suma de voluntades, incluso las más breves, se explica la riqueza y la memoria viva del grupo.
CONTINUARA.....
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| Carlos Roberto Másmela en actividad recreativa y social |























2 comentarios:
Interesante recordar nuestra historia, en la cual se puede colaborar. Estaré atento.
EVER MOTTA DELGADO
Un excelente escrito apesar de que no estaba en esa época me imaginé cada una de las palabras y relatos, que orgullosa me siento pertenecer a una familia de katakos tan unida cómo está !!
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