KATAKANDRU, Y SU HISTORIA





KATAKANDRÚ

Legado cultural Katakandrú

Portada del libro
Neiva, década de los setenta
El estudio como camino, el barrio como destino

Epígrafe:

"Katakandrú fue la prueba de que la amistad, cuando se organiza, puede convertirse en una pequeña fuerza capaz de cambiar la rutina de un barrio".

Ha escuchado alguna vez el nombre de Katakandrú? Probablemente no. No aparece en los libros de historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para quienes lo vivimos, ese nombre guarda un mundo entero de recuerdos, de caminos recorridos, de risas compartidas y de sueños que nacieron en la juventud.

Tal vez usted se pregunte qué era Katakandrú. ¿Un grupo de amigos? ¿Una excusa para reunirnos? ¿Un pequeño movimiento de inquietudes culturales y aventuras por la naturaleza? En realidad, era un poco de todo eso y algo más difícil de explicar: era una manera de vivir la amistad y de mirar el mundo con curiosidad.

Por eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas. Permítame contarle cómo nació Katakandrú, quiénes lo formaron y cómo, casi sin darnos cuenta, aquellas reuniones sencillas terminaron convirtiéndose en historias que aún hoy merecen ser recordadas.



Si alguna vez ha escuchado el nombre de Katakandrú, quizá lo recuerde como un eco lejano de juventud y camaradería. Y si no lo conoce, permítame contarle quiénes fueron y qué significaron: un grupo de muchachos que, entre juegos, danzas, música y sueños compartidos, levantaron una pequeña —aunque profunda— historia de pertenencia.

Katakandrú no fue solo un nombre. Fue un símbolo de creatividad y amistad; un espacio donde cada integrante dejó su huella, donde la juventud encontró una forma de expresarse y de construir comunidad. Por eso hoy lo invito a acompañarme en estas crónicas, a recorrer conmigo los caminos de aquella experiencia y a descubrir cómo un grupo de amigos terminó convirtiéndose en memoria viva para quienes tuvimos la fortuna de vivirla.

Pero para hablar de Katakandrú, de sus sueños iniciales y de su vocación como formador de juventudes, debo empezar esta historia mirando mucho más atrás de su nacimiento formal. Debo escribir, casi como si fuera una carta abierta al tiempo, sobre el suelo social que hizo posible su existencia.

Porque Katakandrú no surgió de la nada.

Nació en un país herido, en una tierra marcada al mismo tiempo por la desigualdad y por la esperanza; un país donde muchos jóvenes buscaban espacios para respirar distinto, para inventarse un futuro que no estuviera dictado por la violencia ni por la escasez. En medio de calles polvorientas, de escuelas que apenas sostenían sus techos y de familias que se aferraban al trabajo y a la fe, apareció la necesidad de crear un grupo que diera sentido a tantas inquietudes juveniles, que recogiera la energía dispersa de la juventud y la transformara en canto, danza, juego y memoria.

La primera escena de Katakandrú no fue un acto solemne ni una fundación oficial. Fue, más bien, un encuentro espontáneo: unos cuantos jóvenes reunidos en una noche de primíparos en la Universidad Surcolombiana, conversando, contando historias, soñando con hacer algo más grande que ellos mismos.

Allí, entre risas y discusiones, nació la idea de un grupo que no se conformara con pasar desapercibido, sino que buscara dejar huella en su comunidad. Katakandrú fue, desde el principio, un gesto de resistencia y de ternura: la voluntad de decir “aquí estamos” en un país que tantas veces parecía olvidar a sus muchachos.

Para entender mejor ese momento, conviene recordar el contexto que vivía el país. Así como muchas naciones se formaron con la llegada de emigrantes, en Colombia numerosas ciudades crecieron con el arribo forzado de campesinos desplazados por la violencia. Desde la llamada violencia bipartidista, que se recrudeció a partir de 1953, miles de familias fueron despojadas de sus tierras y obligadas a abandonar sus parcelas, sus animales, sus sembrados y hasta los cementerios donde descansaban sus muertos.

No fue migración: fue desarraigo.

Hombres y mujeres del campo comenzaron entonces a poblar las capitales departamentales en busca de refugio y de futuro: Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Ibagué, Neiva… ciudades que crecieron no solo en territorio, sino también en historias de dolor y resistencia.

La ciudad de Neiva no fue la excepción. Aquella Neiva pequeña, de pocos barrios, empezó a recibir familias provenientes de distintas veredas y municipios. Barrios tradicionales como El Centro, Calixto, Los Mártires, Chapinero, Campo Núñez, El Altico y el Barrio Obrero fueron algunos de los primeros escenarios de integración para quienes llegaban con la memoria rural todavía viva en las manos.

Pero la ciudad siguió creciendo al ritmo del desplazamiento. Así nacieron nuevos barrios levantados muchas veces con autoconstrucción y solidaridad comunitaria: Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso López, El Jardín y Las Granjas, entre otros. Fue allí, en ese mapa humano que se expandía con historias similares, donde también se inscribe nuestra propia historia.

Nosotros llegamos a Neiva en 1968. Sin embargo, nuestro camino de desplazamiento venía de mucho más atrás, como una ruta marcada por la inestabilidad de aquellos tiempos.

Primero nos sacaron de Cunday, tierra donde nací, de montaña honda y memoria campesina, donde cada amanecer olía a café recién tostado y a tierra húmeda. Allí mi abuelo, Sixto Antonio Castro poseía extensas tierras fértiles, ganado robusto, bestias mulares de trabajo y cultivos generosos de café y cacao que eran orgullo y sustento de la familia. Vivíamos con cierta holgura en una casona grande, de corredores amplios y techos altos, donde el viento de la tarde parecía traer historias antiguas.

Mis tíos, mi padre y mis tías tenían hermosos caballos de paso firme que montaban por los caminos veredales con naturalidad y orgullo, como si cada cabalgata confirmara su pertenencia a esa tierra que parecía eterna… hasta que dejó de serlo.

Después vino el traslado a Girardot, en busca de nuevas oportunidades de sustento. Más tarde llegamos a Vegalarga, en el Huila, intentando nuevamente echar raíces. Luego pasamos por Ospina Pérez, corregimiento del municipio de Palermo.

Cada traslado llevaba consigo una mezcla de esperanza y supervivencia.

No éramos viajeros: éramos desplazados.

Finalmente nos detuvimos en Neiva, en el barrio Las Granjas, un sector que por entonces comenzaba a poblarse de familias con historias muy parecidas a la nuestra: campesinos, obreros, trabajadores humildes y muchos jóvenes con pocas oportunidades, pero con una enorme reserva de energía social.

Y fue precisamente en ese ambiente —entre barrios nacientes, juventudes inquietas y sueños todavía posibles— donde, años más tarde, empezaría a germinar la semilla de Katakandrú.

Capítulo 1 — El origen del sueño

 Crónica de Las Granjas y Katakandrú

CAMPO DE FUTBOL GRANJAS
Hablar del nacimiento de aquel grupo con alma, Katakandrú, es inevitablemente, volver a Las Granjas, porque fue allí donde todo aprendió a latir. En esos años en que Neiva buscaba nuevos horizontes, el barrio surgía como un rincón de esperanza recién sembrada. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y jóvenes, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si ellas mismas quisieran dar la bienvenida a quienes llegaban con lo poco que tenían y lo mucho que soñaban.

Recuerdo bien a los Cuéllar, pioneros de aquellos primeros días. Luego fueron llegando los Castro, venidos de Ospina Pérez; los Amaya, desde el occidente del Huila; los Bello, de Vegalarga; y detrás de ellos los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo, y tantas otras familias. Cada apellido traía consigo un relato distinto, pero todos compartían la misma voluntad de echar raíces, de convertir aquel terreno en hogar.

Hoy, cuando pienso en Las Granjas, no pienso solo en un barrio. Pienso en un universo entero de olores, sonidos y colores que nos marcaron para siempre. El café compartido al amanecer, las risas que estallaban en las tardes polvorientas, la fuerza silenciosa de las mingas, el calor humano que no se aprendía en los libros, pero que educaba más que cualquier escuela.

Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos por la calle polvorienta y las conversaciones pausadas de los mayores en las esquinas. El aire se impregnaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo en las cocinas y del humo de las fogatas donde se preparaban sancochos para todos. Nadie preguntaba quién había puesto qué; bastaba con saber que era para compartir.

Las casas del barrio tenían algo particular que con el tiempo terminó dándole identidad al lugar. No eran viviendas pequeñas como las de muchos barrios urbanos. Cada una medía aproximadamente diez metros de frente por treinta de fondo. Más que casas de ciudad, parecían pequeñas casas de finca. Aquella disposición no era casual: muchas de las familias que llegaron a habitar el barrio provenían del campo, de veredas y pueblos cercanos. Por esa razón, cuando se les adjudicaron los terrenos, se pensó en un espacio amplio que les permitiera mantener algo de la vida que conocían: cultivar la tierra, sembrar árboles y criar algunos animales.

De allí nació también el nombre del barrio: Las Granjas.

En cada patio comenzaban a crecer pequeños mundos familiares. Nosotros, los Castro, no fuimos la excepción. En el amplio solar de la casa mi padre organizó un pequeño huerto utilizando viejas llantas de volqueta que convertimos en sembraderos. Allí a los costados de las llantas, crecían matas de plátano, yuca, cachaco y banano. A mi padre le gustaba mucho el jugo de tamarindo, así que sembró un árbol de esa fruta con la esperanza de verlo crecer junto con nosotros. También plantó un mango, un naranjo y un guayabo que con los años darían sombra y dulzura a nuestras tardes.

El patio no solo era huerto. Allí mismo se construyó un horno de barro donde se asaba la carne y se horneaban bizcochos y pan. El olor del pan recién hecho se mezclaba con el de la leña ardiendo y se extendía por toda la casa y, a veces, hasta por la cuadra. Debajo del mismo tamarindo corrían algunas gallinas y se criaban otros animales de corral, como ocurría en muchas de las casas del barrio.

Así transcurría la vida en Las Granjas. Mientras los adultos trabajaban en los patios o conversaban en las aceras, nosotros los muchachos hacíamos de la calle nuestro territorio. Se armaban partidos de fútbol con porterías improvisadas de ladrillos, se jugaba trompo, canicas o escondidas entre los árboles. Cuando el balón caía en algún patio, bastaba con saltar la cerca o pedir permiso a gritos para recuperarlo.

A veces, al caer la tarde, el barrio se llenaba de otros sonidos: el canto de los gallos que parecían confundirse con la hora, el rebuznar de algún burro amarrado en un solar cercano o el ladrido de los perros que vigilaban las casas. Poco a poco las luces amarillas comenzaban a encenderse en las salas y las madres llamaban a sus hijos desde las puertas:

—¡Vengan a comer!

Entonces el barrio cambiaba de ritmo. Las calles quedaban en silencio y desde las casas salía el aroma de las sopas recién hechas, del arroz que terminaba de cocinarse o del chocolate caliente que anunciaba la noche.

Así era el ambiente de aquellas casas en Las Granjas: una mezcla de barrio urbano y memoria campesina. Cada patio era una pequeña parcela, cada familia una historia sembrada en la tierra. Y en medio de todo ese paisaje de árboles frutales, fogones de leña y juegos de muchachos, fue creciendo una generación que años después daría vida a uno de los proyectos comunitarios más recordados del barrio.

Las noches traían otro paisaje. Bajo la luz amarillenta de los bombillos, las familias se reunían a conversar. Se contaban historias de los pueblos de origen, se soñaba en voz alta con el futuro, y el aire se llenaba del olor dulce de las almojábanas y del sonido lejano de guitarras acompañando tertulias que parecían no querer terminar nunca.

Con los años llegaron los cambios. Los lavaderos públicos se apagaron como viejas hogueras y dieron paso al agua en cada casa. La luz venció la oscuridad, el transporte abrió caminos, y las calles polvorientas se volvieron arterias de progreso. Se levantaron la caseta comunal, la parroquia, el puesto de policía y la escuela Eugenio Salas Trujillo, donde la juventud comenzó a entender que el saber también era una forma de resistencia. Aparecieron los campos deportivos, el balneario, las casas de dos pisos, el puesto de salud que fue, para muchos, último refugio de aliento y esperanza.

En ese crisol de esfuerzo, solidaridad y vida comunitaria comenzó a formarse una juventud inquieta e impaciente por hacer algo más por su entorno. Aquella energía juvenil no surgió de la nada. Mirando hacia atrás, estoy convencido de que la semilla que germinó en cada uno de nosotros fue sembrada por una figura muy especial del barrio: el padre jesuita, el sacerdote Diógenes.


El padre Diógenes y la semilla de la juventud”

Aunque rondaba los cincuenta años, tenía el espíritu de un muchacho. Caminaba por las calles del barrio con una vitalidad contagiosa, siempre dispuesto a escuchar, a organizar, a convocar. Era, ante todo, un hombre profundamente entregado a la comunidad, y tenía una gran pasión: el fútbol.

A través del fútbol comenzó a reunir a la muchachada del barrio. Organizaba pequeños encuentros en los espacios abiertos donde se pudiera rodar una pelota, y poco a poco fue creando un campeonato al que llamó “Mini Pony”. Aquello, que parecía solo un juego, terminó convirtiéndose en un verdadero punto de encuentro para los jóvenes.

Cada grupo de muchachos representaba a un equipo del fútbol profesional colombiano. Así aparecieron equipos con nombres que ya nos resultaban familiares: Millonarios, Santa Fe, América, Pereira, Once Caldas. En ese tiempo el Huila aún no tenía equipo profesional, pero el padre Diógenes decía con entusiasmo que algún día lo tendría, y por eso insistió en que uno de los equipos llevara el nombre de Atlético Huila, como una manera de sembrar también ese sueño.

Pero su labor no se quedaba en el deporte. El padre Diógenes también lideraba diversas actividades sociales en beneficio de las familias del barrio. Nosotros, los jóvenes que participábamos en el campeonato, empezamos a colaborar con él en esas labores comunitarias.

El sacerdote recibía ayudas provenientes de un programa llamado “La Alianza para el Progreso”, y con esos recursos organizaba la entrega de pequeños mercados para las familias más necesitadas. Aquellos mercados incluían productos que en muchos hogares eran escasos: latas de manteca, bolsas de leche en polvo, latas de queso, harina de trigo y otros alimentos básicos.

Los miércoles tenían un significado especial en el barrio, porque ese día también se entregaban bolsas de pan recién horneado, que llegaban como un pequeño alivio para muchas familias.

Nosotros ayudábamos en la organización de estas jornadas. Repartíamos carnés, entregábamos fichas y orientábamos a las personas para que se acercaran a reclamar su mercado correspondiente. Era una labor sencilla, pero profundamente significativa, porque veíamos de cerca las necesidades de nuestra propia gente.

En aquellos años, la mayoría de las familias del barrio eran numerosas. No era extraño encontrar hogares con seis hijos, y muchos tenían ocho, nueve o más. Había familias verdaderamente grandes, como los Rujana, donde los hijos superaban la docena. Para todos ellos, esa ayuda representaba un apoyo importante.

Con el tiempo comprendí que aquellas actividades no solo nos enseñaban a jugar fútbol o a ayudar en una entrega de alimentos. Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo algo mucho más profundo: el valor de organizarnos, de trabajar juntos y de pensar en el bienestar colectivo.

“El sacerdote que sembró el espíritu de Katakandrú”

El padre Diógenes no era un sacerdote común. A primera vista podía parecer un hombre sencillo: de estatura media, siempre con una sonrisa abierta y una mirada vivaz que transmitía cercanía. Su rostro solía iluminarse cuando conversaba con la gente del barrio, y tenía esa forma espontánea de hablar que hacía sentir a cualquiera en confianza. Era jocoso, dicharachero y muy dado a la broma, de esos que saben reírse con la gente y no de la gente.

Pero lo que realmente lo distinguía era su manera de vivir el sacerdocio. No era un cura de escritorio ni de sacristía, encerrado en la parroquia. Al contrario, era un hombre de calle, de comunidad. Le gustaba caminar el barrio, visitar las casas, sentarse a conversar con las familias y escuchar sus preocupaciones. Conocía a la gente por su nombre, sabía quién necesitaba ayuda y quién estaba pasando momentos difíciles.

Y cuando se trataba de deporte, especialmente de fútbol, el padre Diógenes se transformaba por completo. No tenía problema en quitarse la sotana, ponerse pantalones cortos y meterse a la cancha con nosotros. Decía con convicción que hacer deporte era hacer salud, y que un muchacho ocupado en el fútbol tenía menos tiempo para los malos caminos.

Aquellas canchas improvisadas del barrio se convertían entonces en un espacio de encuentro donde el sacerdote jugaba, corría y compartía con la misma alegría de los jóvenes.

Recuerdo especialmente una anécdota de aquellos tiempos del campeonato Mini Pony. Al padre Diógenes le gustaba madrugar para hacer deporte, y siempre insistía en que los entrenamientos debían empezar muy temprano. Pero conocía también la naturaleza de la muchachada del barrio: muchos eran buenos para jugar, pero no tanto para levantarse temprano.

Por eso, de alguna manera, me correspondió a mí asumir una tarea curiosa. Antes de cada entrenamiento, recorría casi medio barrio llamando uno por uno a los muchachos para que se levantaran y fueran a la práctica. Tocaba puertas, gritaba desde las esquinas o golpeaba las ventanas hasta que alguno respondía.

Cuando finalmente llegaba a la cancha, después de ese recorrido por las calles, yo ya venía prácticamente calentado por la corrida, listo para empezar el entrenamiento.

En cambio, cuando por alguna razón no hacía ese recorrido matutino, la asistencia a la práctica era bastante pobre. Los muchachos, simplemente, no aparecían.

El padre Diógenes pronto se dio cuenta de lo que estaba pasando. Observó que cuando yo hacía el recorrido el grupo llegaba completo, pero cuando no lo hacía, el entrenamiento se quedaba casi vacío. Entonces reunió a todos los muchachos y, con ese tono firme pero cercano que tenía, les llamó la atención.

Les dijo que el compromiso no podía depender de una sola persona, que cada uno debía hacerse responsable de su propia disciplina y de levantarse temprano para cumplir con el equipo.

Aquella pequeña lección, que en ese momento parecía solo parte del fútbol, era en realidad una enseñanza más profunda: la responsabilidad colectiva y el valor del compromiso.

Y así, entre madrugadas, partidos de fútbol, recorridos por el barrio y encuentros comunitarios, el padre Diógenes fue sembrando algo más que un campeonato juvenil. Sin que muchos lo notáramos entonces, estaba sembrando entre nosotros el espíritu de organización, de compañerismo y de servicio que años después encontraría una nueva forma de florecer en Katakandrú.

Las enseñanzas del padre Diógenes

El padre Diógenes no solo dejó huella en las canchas de fútbol ni en las jornadas comunitarias; su mayor legado quedó sembrado en la forma de pensar y de sentir de quienes tuvimos la fortuna de escucharlo.

Sus palabras no eran discursos lejanos ni sermones complicados. Eran enseñanzas sencillas, nacidas de la vida misma, dichas con cercanía, con humor y con una profunda sabiduría humana.

Nos enseñó que el amor al prójimo no era una idea abstracta, sino una práctica diaria. Que debía vivirse en los pequeños actos: en el saludo, en la ayuda, en el respeto. Y que ese amor no se limitaba a las personas, sino que se extendía a todo lo que tiene vida.

Decía que había que respetar la naturaleza, los animales, las plantas e incluso los insectos, porque todo tenía un sentido en el mundo.

“Todo existe porque es necesario”, repetía con convicción.

También nos hacía reflexionar sobre nosotros mismos. Nos decía que cada persona tenía un talento, una habilidad única, y que la tarea de la vida era descubrirla y ponerla al servicio de los demás.

“No vinimos solo a existir, vinimos a servir”, solía decir.

Una de sus enseñanzas más recordadas era aquella que hablaba sobre dar y recibir. Para él, el verdadero valor estaba en dar.

Cuando le decíamos, con la sinceridad propia de la juventud, que a todos nos gustaba más recibir, él respondía con una sonrisa pícara:

—Entonces díganme… si les doy una palmada, ¿qué prefieren: darla o recibirla?

Y en medio de risas, nos dejaba pensando.

Luego, con tono más sereno, añadía:

“Quien da de lo que tiene, siempre será bien recompensado.”

En una ocasión nos compartió una historia que lo había conmovido profundamente. Una mujer llegó a entregarle un diezmo y le dijo que era lo único que tenía, pero que aun así quería compartirlo. Aquello le estremeció el corazón, porque entendió que no estaba dando de lo que le sobraba, sino de lo poco que tenía.

A partir de ese ejemplo, nos enseñó que el verdadero acto de dar no está en desprenderse de lo inútil, sino en compartir con generosidad, incluso cuando cuesta.

También nos repetía con frecuencia:

“Lo bueno que se siembra, buena cosecha se recoge.”
“Las cosas van y vuelven.”

Para él, la vida era un camino de reciprocidad. Lo que una persona entrega al mundo —sea bondad o rencor— termina regresando de alguna manera.

Por eso insistía en que no debíamos alimentar sentimientos negativos, porque tarde o temprano se devolverían. En cambio, si sembrábamos respeto, solidaridad y alegría, eso mismo florecería en nuestras vidas.

Su mensaje final era tan simple como profundo:

“Debemos vivir para servir.”

Y nos aseguraba que, cuando uno comprende eso, la vida se vuelve más hermosa, más digna y más llevadera.

Hoy, al recordar sus palabras, entendemos que el padre Diógenes no solo nos enseñó a jugar fútbol ni a organizarnos como comunidad. Nos enseñó, sin proponérselo, una forma de vivir.

Y esa enseñanza —silenciosa pero firme— sigue viva en nosotros, como una de las raíces más profundas de lo que, años después, florecería en Katakandrú.



Frases del padre Diógenes

  • “Todo existe porque es necesario.”

  • “No vinimos solo a existir, vinimos a servir.”

  • “El amor al prójimo se demuestra en los pequeños actos.”

  • “Respeta la vida en todas sus formas: en la gente, en los animales, en las plantas.”

  • “Cada persona tiene un talento; descubrirlo es el primer paso, compartirlo es el propósito.”

  • “Quien da de lo que tiene, siempre será bien recompensado.”

  • “No des solo lo que te sobra; aprende a compartir desde lo que eres.”

  • “Dar es más grande que recibir, aunque no siempre lo entiendas de inmediato.”

  • “Siembra bien, y la vida te responderá con buena cosecha.”

  • “Las cosas van y vuelven; lo que entregas al mundo, regresa a ti.”

  • “Si siembras rencor, cosecharás soledad; si siembras bondad, recogerás compañía.”

  • “La vida es más hermosa cuando se vive para servir.”

  • “Un joven ocupado en algo bueno, es un futuro bien sembrado.”

  • “El deporte forma el cuerpo, pero también forma el carácter.”

  • “La comunidad se construye cuando dejamos de pensar solo en nosotros.”


Por eso hoy creo firmemente que fue el padre Diógenes quien sembró la primera semilla de ese espíritu de unión entre los jóvenes del barrio. Una semilla que, años después, terminaría germinando con más fuerza en lo que conoceríamos como Katakandrú.


Katakandrú: La voz de los jóvenes
De aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas y esperanzas— nació Katakandrú. Fue un movimiento juvenil que supo recoger las enseñanzas las enseñanzas del padre Diógenes y convertirlas en acción. Éramos herederos del empuje y de la solidaridad del barrio, y con esa herencia nos organizamos para dar vida a proyectos culturales, sociales, recreativos y deportivos que devolvieran a Las Granjas su voz y su alegría.

Reunión de Primíparos














De pronto, Ricardo Bello se levantó, pidió silencio y, con la solemnidad de un orador improvisado, lanzó una pregunta que nos quedó resonando:
Muchachos, ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes del barrio Las Granjas hay en esta universidad?

Nos miramos unos a otros, como si la respuesta flotara sobre nuestras cabezas. Ever, rápido de reflejos, respondió sin dudar:
Sería buenísimo. Podríamos armar un grupo para préstamos de libros, asesorías y para que los que van más adelante nos echen una mano.

Luego, Carlos Montealegre y Yael Garaviño sumaron la idea de organizar actividades culturales, deportivas, sociales y recreativas. La propuesta cayó como semilla en tierra fértil: fue acogida con entusiasmo casi unánime.

Casi… porque Leónidas, fiel a su ironía, se fue murmurando:
No creo que esa idea, tan soñadora, dé resultado…

Pero tú sabes bien, hermano, que en Las Granjas los sueños rara vez se quedan en palabras. Lo que empieza como anhelo termina volviéndose obra. Y así fue: a los pocos días, la convocatoria ya estaba en marcha, y sin darnos cuenta, Katakandrú comenzaba a tomar forma también en la universidad, como extensión natural del barrio y de su memoria.


CONVOCATORIA



Queridos lectores:

A la convocatoria respondieron treinta jóvenes universitarios, y llegaron con entusiasmo limpio, con la esperanza todavía intacta. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro se fueron trenzando ideas, sueños y la certeza de que juntos podíamos ir más lejos. Había una convicción compartida: agremiarnos, reconocernos como colectivo, construir un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran palabras vacías, sino práctica diaria.

Con alegría y sentido de responsabilidad elegimos una mesa directiva que nos representara. Aquello no fue solo un trámite; fue un acto de confianza mutua. Y, como todo grupo que empieza a tomar forma, sentimos la necesidad de nombrarnos, de darle identidad a ese proyecto común que ya latía entre nosotros.

Recuerdo bien aquella plenaria. Sobre la mesa se escucharon cerca de diez propuestas: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Duros del Vecindario, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos,  y Yael Garaviño propuso entre otras el nombre de, Constructores de futuro. Las voces iban y venían, pero algo no terminaba de encajar. Coincidíamos, sin decirlo del todo, en que esos nombres no tenían la fuerza suficiente para trascender el momento ni para decir quiénes éramos realmente.

Fue entonces cuando Edgar Cuéllar, con voz firme, rompió el murmullo:
Se necesita un nombre que sacuda las fibras de la sociedad neivana, que despierte orgullo y sentido de pertenencia.

Sus palabras cayeron como un llamado. El ambiente se volvió solemne, casi ritual. Entre silencios expectantes, Nubia Fajardo, que hasta entonces había permanecido reservada, se puso de pie con una serenidad que aún recuerdo. Parecía custodiar algo antiguo, como quien guarda un legado esperando el momento justo para revelarlo.



Pronunció una sola palabra: Katakandrú.



Y luego empezó a explicar. Nos habló de las vastas tierras del Gran Tolima, donde el sol se posa como un dios sobre las montañas y los ríos murmuran canciones antiguas. Allí —dijo— habitó un pueblo llamado Katakandrú. Sus manos eran alquimistas de la tierra: moldeaban la arcilla en vasijas que parecían guardar el aliento de la selva; cincelaban la piedra con paciencia milenaria; y en el oro encontraban el reflejo de dioses ocultos.

Continuó su relato con voz firme y pausada. La música —nos dijo— era su lenguaje secreto. Cada tambor, cada flauta tallada, era un puente hacia lo sagrado, un lazo que unía al ser humano con la naturaleza. En sus ceremonias, la comunidad se fundía en un solo espíritu, pacífico y luminoso, como si la vida misma fuera un canto compartido.

Pero esa paz fue también su condena. Cuando los soldados españoles irrumpieron con hierro y fuego, los Katakandrú no levantaron armas. Ofrecieron amistad, mostraron sus artes, abrieron sus corazones. La respuesta fue el exterminio. La violencia borró sus cantos, sus dioses y sus nombres. El río que llevaba su memoria quedó teñido de silencio.

El nombre Katakandrú, que alguna vez resonó como trueno en las montañas, quedó sepultado bajo la ceniza del olvido. Sin embargo —nos recordó Nubia—, en cada fragmento de cerámica hallado, en cada piedra tallada que aún resiste, late la dignidad de un pueblo que eligió la paz frente a la guerra y que, por ello, se convirtió en mártir de la historia.

Después silencio.

La sala quedó suspendida en un instante de revelación. Nos miramos unos a otros, conmovidos, sorprendidos, sabiendo que en aquel vocablo estaba la identidad que veníamos buscando. Katakandrú no era solo un nombre: era memoria, resistencia, herencia y futuro.

La aprobación fue inmediata, casi unánime. Solo Leónidas expresó sus reparos, diciendo que el nombre era extraño y difícil de pronunciar. Pero la fuerza simbólica del relato había hecho su trabajo. El nombre ya nos habitaba.

Así, en ese acto sencillo y solemne, quedó proclamado oficialmente el nombre que habría de guiarnos: Katakandrú, Club Juvenil Katakandrú. Desde ese momento supimos que no caminábamos solos; caminábamos acompañados por un eco ancestral que nos exigía dignidad, compromiso y memoria.

KATAKANDRU, ASUMIENDO UN LEGADO.

Con el paso de los años he comprendido que los nombres no se eligen al azar. Algunos llegan para quedarse, otros para exigirnos. Katakandrú fue de esos nombres que, una vez pronunciados, ya no nos pertenecían del todo: comenzaron a pedirnos coherencia, memoria y responsabilidad.

Llevar ese nombre fue asumir un legado. No solo evocaba a un pueblo ancestral borrado por la violencia, sino que nos recordaba, cada día, que la paz, la cultura y la solidaridad también pueden ser formas de resistencia. Katakandrú nos enseñó que no toda lucha se libra con los puños, que hay batallas que se ganan creando, educando, organizando y soñando juntos.

Hoy, cuando vuelvo la mirada, sé que Katakandrú no fue solo un club juvenil. Fue escuela de ciudadanía, refugio de sueños y laboratorio de conciencia. Nos enseñó a hablar en colectivo, a disentir sin rompernos, a creer que la identidad no se hereda intacta, sino que se construye y se defiende.

Tal vez muchos no recuerden los nombres de quienes estuvimos allí, pero eso no importa. Lo esencial es que el espíritu de Katakandrú sigue vivo cada vez que un joven se organiza, cada vez que una comunidad se reconoce en su historia, cada vez que la cultura se levanta como acto de dignidad.

Si alguna vez alguien pregunta qué fue Katakandrú, o por qué ese nombre aún resuena, bastará con decirle que fue una llama encendida en tiempos difíciles, un eco ancestral que encontró en la juventud un nuevo cuerpo para seguir andando.

MESA DIRECTIVA

querido compañero de aquella época:

Aún puedo ver con nitidez aquella noche del 12 de octubre de 1977, como si el calendario se hubiera detenido para conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera: fue el día en que decidimos organizarnos y ponerle rostro, voz y responsabilidad a nuestros anhelos juveniles. La elección de la mesa directiva no fue un simple trámite; fue un acto fundacional, casi sagrado, como escribir los primeros renglones de este libro que aún no sabíamos cuántas páginas tendría.

Allí quedaron inscritos los nombres —Carlos Montealegre, Constantino Castro Zamora, Doris Álvarez, Ever Motta Delgado, Ricardo Bello, Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo— no solo como cargos en una lista, sino como voluntades dispuestas a sostener un sueño común. Carlos Montealegre fue elegido presidente; Constantino Castro Zamora asumió la vicepresidencia; Doris Álvarez quedó como secretaria; Ever Motta Delgado tomó la responsabilidad de tesorero; y Ricardo Bello fue designado fiscal. Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo completaron la junta en calidad de vocales.

Cada uno aceptó su responsabilidad con la conciencia clara de que el liderazgo no era un privilegio, sino un servicio. Así, entre entusiasmo juvenil y el deseo de hacer cosas por el barrio, quedó conformada la primera junta directiva de Katakandrú, que desde ese momento empezó a darle forma y dirección a las inquietudes del grupo.

Con la junta directiva ya conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su rumbo: reunir a los jóvenes del barrio para compartir, explorar nuestro entorno y realizar actividades culturales, deportivas y de cuidado por la naturaleza.

Desde ese momento, Katakandrú dejó de ser una palabra recién nacida para convertirse en bandera. Empezó a caminar sola, a multiplicarse en las conversaciones del barrio, a encender la curiosidad de quienes escuchaban su nombre por primera vez. “¿Katakandrú?”, preguntaban algunos; otros simplemente se acercaban, atraídos por esa fuerza invisible que suele acompañar a las causas auténticas.

Las calles se volvieron caminos de encuentro. De la 33, la 35, la 37, la 40 y de tantas otras esquinas, fueron llegando jóvenes con historias distintas, pero con una misma sed de participación. Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor. Que soñar en colectivo exige respeto, disciplina y esperanza. Katakandrú no prometía milagros, pero ofrecía algo más duradero: sentido, pertenencia y voz.

En el fondo, todo había nacido de un impulso sencillo: el deseo de un grupo de jóvenes del barrio Las Granjas de reunirse para hacer algo que rompiera la monotonía de los días. Queríamos compartir, aprender y aventurarnos a conocer el entorno que nos rodeaba. Sin proponérnoslo de manera solemne, comenzamos a promover el compañerismo, la cultura y el respeto por la naturaleza. Así, entre conversaciones, caminatas y proyectos improvisados, Katakandrú fue encontrando su verdadero propósito. Pación. Cada sábado a las siete de la noche, el tiempo adquiría otro ritmo: no era solo una reunión, era un ritual de palabra compartida, de escucha atenta, de construcción paciente.

Con esos recursos sencillos —una bicicleta prestada, un bazar improvisado, un campeonato de micro o la ayuda solidaria del barrio— Katakandrú fue poniendo en marcha sus iniciativas, demostrando que cuando hay voluntad colectiva, hasta los medios más modestos pueden convertirse en grandes caminos.”

Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor. Que soñar en colectivo exige respeto, disciplina y esperanza. Katakandrú no prometía milagros, pero ofrecía algo más duradero: sentidopertenencia y vozFrente de trabajo con Katakandrú


 La idea o propósito
Katakandrú nació del deseo de un grupo de jóvenes del barrio Las Granjas de reunirse para realizar actividades que fueran más allá de la rutina cotidiana. La idea central era compartir, aprender y explorar el entorno natural, promoviendo al mismo tiempo el compañerismo, la cultura y el respeto por la naturaleza.

• Objetivos definidos
Aunque no estaban escritos en ningún documento formal, el grupo tenía objetivos claros: organizar excursiones, realizar actividades culturales y deportivas, fortalecer la amistad entre los jóvenes del barrio y fomentar el cuidado del medio ambiente.

• Conocimiento del contexto
Los integrantes conocían bien su entorno: el barrio, los caminos rurales, los ríos cercanos y lugares emblemáticos del Huila como el desierto de la Tatacoa. Ese conocimiento del territorio permitía organizar salidas, actividades comunitarias y eventos con bastante ingenio, aun con pocos recursos.

• Plan o estrategia
Las actividades se organizaban mediante reuniones informales donde se discutían las ideas, se repartían tareas y se decidía cómo realizar cada evento. Así se planificaron excursiones, jornadas culturales, circuitos deportivos y otras iniciativas que involucraban a la comunidad.

• Recursos
Los recursos de Katakandrú eran modestos pero valiosos. Provenían principalmente del entusiasmo de sus integrantes, del apoyo de las familias, de la colaboración de la Junta de Acción Comunal y de algunos vecinos o empresas locales. Muchas veces se utilizaban elementos prestadas, vehículos familiares o herramientas disponibles en el barrio. El recurso más importante, sin embargo, era la voluntad colectiva de hacer cosas juntos.


Con el tiempo, aquel propósito comenzó a tomar forma en distintas áreas de acción. Sin haberlo planeado de manera formal, Katakandrú fue desarrollando varios frentes de trabajo que reflejaban nuestras inquietudes y el deseo de aprovechar bien el tiempo y las energías juveniles.

frentes de trabajo

Con el paso del tiempo, Katakandrú fue encontrando distintos caminos para expresar sus inquietudes. Sin que nadie lo hubiera planeado en un papel, el grupo comenzó a moverse en varios frentes que reflejaban nuestras aspiraciones juveniles. El estudio era uno de ellos, porque entendíamos que aprender y prepararse era también una forma de abrir horizontes.

El deporte, por su parte, nos enseñaba disciplina, compañerismo y el valor del esfuerzo compartido, especialmente en aquellos campeonatos de microfútbol que reunían a buena parte de los muchachos del barrio.

La cultura ocupaba igualmente un lugar importante: las danzas, el teatro y la música nos permitían descubrir otras formas de expresión y fortalecer el sentido de identidad colectiva. Pero quizá el frente que más nos marcó fue el de las salidas a recorrer caminos y parajes cercanos, donde aprendimos a reconocer la belleza del territorio y a cultivar un respeto profundo por la naturaleza.

También estaban las tareas más prácticas: adecuar algunos espacios del barrio o idear maneras de conseguir recursos para nuestras actividades. Así surgieron bazares, ventas de comida y torneos deportivos que, más allá de los pequeños recaudos, fortalecían el espíritu solidario de la comunidad.

Visto desde hoy, cada uno de esos frentes no era más que una forma distinta de buscar lo mismo: aprender a vivir juntos, a construir algo propio y a descubrir que la juventud, cuando se organiza con propósito, puede convertir las ideas más simples en experiencias que perduran en la memoria.  

Ese fue —y sigue siendo— el espíritu fundacional de Katakandrú:
educarnos para elevarnos, organizarnos para servir, y crear para transformar.

PRIMER INICIO 

Apreciados Compañeros

Recuerdo aquel primer inicio como se recuerdan los amaneceres inolvidables: luminoso, pleno, casi sagrado. Veinticinco, treinta jóvenes se reunían con la disciplina alegre de un ejército sin armas, armados apenas de sueños, de amistad y de esperanza. Muchachos y muchachas compartiendo la vida: hablábamos de la música que sonaba en la radio, de los amores recientes, del noviazgo que ilusionaba, de las relaciones que nos confundían. Y en medio de esas conversaciones, sin darnos cuenta, estábamos construyendo algo serio, duradero.

Fue allí, en ese recinto humilde que nos cobijaba, donde aprobamos el reglamento. Aún puedo verlo sobre la mesa, escrito con cuidado, como si cada palabra pesara. Era más que un papel: era la piedra angular para alcanzar la personería jurídica, el acta fundacional de una causa que soñaba con trascender el tiempo y el barrio.

 Pero, como suele ocurrir en toda historia verdadera, no tardaron en aparecer las sombras. La asistencia comenzó a menguar, apagándose como antorchas vencidas por el viento. Uno a uno, los asientos quedaron vacíos. La mesa directiva resistía casi sola, como centinelas en una fortaleza sitiada por el desánimo. Aun así, la llama no se apagaba del todo. Los jóvenes seguían preguntando; querían saber qué había pasado en las reuniones, ansiaban escuchar relatos de lo vivido.

Y nosotros, querido lector, respondíamos con esas pequeñas mentiras piadosas que nacen del amor y no del engaño:

—La mayoría asistió, fue una reunión alegre y victoriosa.

No mentíamos para ocultar la verdad, sino para proteger la esperanza. Sabíamos que los proyectos no mueren por falta de recursos, sino por falta de ánimo. Y mientras hubiera un solo joven creyendo, mientras una sola mirada conservara la ilusión intacta, Katakandrú tenía razones para mantenerse en pie.

Fue entonces cuando comprendí que rendirse no era una opción. Los sueños construidos con esfuerzo no se abandonan en mitad del camino. Cada dificultad era una prueba, no una sentencia. Si faltaban recursos, habría ingenio; si faltaban apoyos, habría paciencia; si se cerraban puertas, aprenderíamos a tocar otras. Persistir no era terquedad, era fidelidad al propósito.

Porque al final, el grupo nos estaba enseñando algo más grande que la competencia: nos estaba formando el carácter. Y así entendimos que la verdadera victoria no estaba en los aplausos ni en los trofeos, sino en la constancia silenciosa de quienes deciden no abandonar.

Las promesas de volver se repetían, pero el salón seguía vacío. La tentación de rendirse rondaba como un espectro silencioso. Fue entonces cuando el vicepresidente, con voz firme, tronó como general que se niega a abandonar la batalla:
—No podemos dejar todo tirado, ya llevamos un recorrido y un trabajo elaborado.

El presidente, cansado pero aún erguido, preguntó:
—¿Pero qué podemos hacer?

Y el tesorero, encendiendo una chispa en medio de la penumbra, respondió:
—Debemos buscar una estrategia para volver a juntar al grupo.

Mientras tanto, Leónidas escuchaba con sorna, como buitre sobrevolando un campo de batalla:
—Yo les dije, este grupito no va a funcionar —murmuraba, saboreando la derrota ajena.

Pero fue Carlos, el presidente, quien alzó la voz y cambió el curso de la historia:
—Deberíamos dejar las reuniones para los viernes. Los sábados es complicado que los socios cambien una fiesta por una reunión.

Hubo un silencio breve, cargado de revelación. Y entonces el vicepresidente Constantino exclamó, como quien oye el toque de trompeta que anuncia la carga:
—¡Oh, qué idea!

Así, queridos hermanos, aprendimos que la resistencia no siempre consiste en aguantar, sino en adaptarse; que los sueños, para sobrevivir, deben saber bailar al ritmo de la realidad. Y ese viernes, que parecía un simple cambio de calendario, terminó siendo una puerta abierta para que Katakandrú volviera a convocar a los suyos y a seguir escribiendo su historia.

La Estrategia: La Fiesta como Arma
El vicepresidente se irguió con solemnidad:
—¡Ahí está la solución!
Los rostros se tensaron, expectantes, como soldados aguardando la orden decisiva.
—Explíquese, nos tiene en ascuas, don Constantino —pidió Ever.
—Un momento —intervino Montealegre, el presidente—. Traeré juguito y bizcochitos de achira, pues esto merece ser escuchado con fuerzas renovadas.
Tras el refrigerio, el vicepresidente habló con voz firme:
—Si a los muchachos les atrae la fiesta, la furrusca, entonces hagamos de la reunión una fiesta. Que la música sea nuestra bandera y la alegría nuestro estandarte.



Yael Garaviño, del comité de cultura, pidió más detalles, intrigado por la audacia de la propuesta. Carlos Másmela, el flaco terco que aún no era universitario levantó su apoyo.        - Usted no diga nada, aun no eres socio, replico Amparo
—Algún día lo seré —dijo con orgullo.
-Por ahora limítese a escuchar —le lanzó Amparo Suárez, con ironía de acero.
El vicepresidente entonces proclamó:
—La primera reunión será en mi casa. Ya saben que cuando hay fiesta donde los Castros todo la muchachada del barrio llega. Invitaremos a todos los socios, pediremos una pequeña colaboración para el festejo. Antes de la música y el baile, trataremos los temas del grupo. Ese mismo día planearemos la siguiente reunión, en otra casa, con otra temática. Y luego… ¡a divertirnos todos!
Amparo Suárez ofreció su hogar para la segunda batalla. Yael Garaviño pidió ser el tercero en la lista. La estrategia fue aprobada, y la mesa directiva, como un consejo de guerra, se preparó para la nueva campaña.
Así nació la resistencia juvenil contra el olvido. No serían vencidos por la apatía ni por las burlas de Leónidas y sus pensamientos negativos. Convirtieron la fiesta en arma, la amistad en escudo, y la perseverancia en espada. Cada reunión sería una batalla, cada risa un triunfo, cada baile un himno de victoria.
Porque aquel grupo no era solo un puñado de jóvenes: era la memoria viva de una generación que se negaba a desaparecer.

Reunión y estrategia

Llegó por fin el sábado tan anhelado y, ¡oh sorpresa!, hacia las siete de la noche comenzaron a llegar, uno a uno, los representantes de la mesa directiva, como si el reloj hubiese decidido, por fin, ponerse de nuestro lado. Poco después aparecieron algunos socios que hacía tiempo no se dejaban ver; luego llegaron los más asiduos, fieles como faroles encendidos, y finalmente ese grupo de muchachos que siempre estaba atento a cualquier invitación esporádica para entrar y quedarse. Tras la reunión, la consigna fue clara, casi celebrada como un decreto festivo: ¡a festejar!

Probando los pasabocas

La estrategia había funcionado. Queríamos reunir al grupo y allí estaban: alrededor de cincuenta muchachos, acompañados por los siete socios de la mesa directiva. La escena era un mosaico humano lleno de nombres y afectos: William Serrato; las cuatro hermanas Álvarez; Humberto Flores; los cuatro hermanos Bello; los cuatro hermanos Castro; las dos hermanas Cuéllar, Yineth y María Eugenia; Nubia Fajardo; Mélida Trujillo; Adriana López Aristizábal; Magnolia Rojas; Yael Garaviño y sus tres hermanas: Ariari, Martha y Ederle; las dos hermanas Patricia Y Maribel Tovar; Yolanda Morales y su prima. También estaban Luis Motta y su hermana Mónica; Hugo y Juan Carlos Peña; Flor de Liz; Carlos Roberto Másmela; Martha, Yineth y Rosa Ramírez; Lester Lizcano; Luis Ángel, Donal Losada y otros más que completaban esa constelación juvenil.

Pero aquella noche no fue solo de fiesta. La reunión resultó sorprendentemente productiva. Entre risas y acuerdos, se planeó el primer trabajo comunitario: convocar a los vecinos del barrio para realizar labores de limpieza, desyerbe y recolección de basura y escombros en varios lotes baldíos. La propuesta quedó aprobada en el acta, junto con el lugar de la siguiente reunión: la casa de Amparo Suárez. Vale decirlo, querido compañero, el grupo aún no tenía sede propia; nuestra casa era, por entonces, la voluntad de encontrarnos.

Luego la música tomó el mando. Sonaba Joe Arroyo, que en esos tiempos causaba verdadero furor. Cada quien sacó a su pareja y mostró sus mejores pasos, como si el cuerpo también quisiera firmar su adhesión al proyecto. En medio del baile apareció Edgar Cuéllar, con su abundante cabellera hasta los hombros, pantalón bota campana y un cinturón con una hebilla inmensa y brillante que resaltaba sobre su indumentaria, porque esa era la vestimenta de la época, entro gritando a todo pulmón: “¡Guepa je!”, mientras agitaba una botella de aguardiente Doble Anís. Sus piernas se movían al compás de la música y la bota campana de sus pantalones se agitaba de lado a lado. Al grito de Edgar respondimos todos, y la fiesta alcanzó su punto más alto, como una ola que nadie quiso detener.

El ambiente agradable reinó durante toda la calurosa noche, hasta que despuntó el alba. Para despedirnos, sonó una ranchera —La ley del monte, de Vicente Fernández— y luego, casi con solemnidad espontánea, el himno nacional. Después, cada quien tomó rumbo a su casa, con el cansancio dulce de quien ha bailado, soñado y decidido.

Así fue, querido compañero: esa noche confirmamos que Katakandrú no solo sabía reunirse, sino también celebrar, planear y resistir. Y comprendimos que, cuando la alegría y el compromiso caminan juntos, ningún proyecto está condenado a desaparecer.

El primer trabajo de grupo

La primera minga de Katakandrú

Pintando paredes

Si cierro los ojos, todavía puedo verme llegando a aquel lote baldío —el mismo donde hoy se levanta el puesto de salud— con la convicción ingenua de que íbamos simplemente a “hacer aseo”, cuando en realidad íbamos a celebrarnos como grupo. Porque en Las Granjas, y más aún en Katakandrú, el trabajo nunca fue solo trabajo: era encuentro, era risa, era música sonando a todo volumen desde una grabadora de radiocasete con pilas Everredy que parecía marcar el pulso de la jornada.

Llegamos armados de palas, picas y buena voluntad. El sol caía sin clemencia y el sudor nos corría por la frente como si también quisiera participar de la minga. Pero todos estábamos listos. 

Fue entonces cuando apareció don Ricardo León Castro, a quien se le había encomendado la elaboración de un plan de trabajo. Tenía conocimientos en contaduría y administración de empresas, y alguien pensó que esas habilidades podían ponerse al servicio de Katakandrú. Y miren con lo que llegó: no traía teorías complicadas ni discursos empresariales, sino una libreta sencilla y una idea clara de organización.

Con paciencia de maestro y firmeza de orientador, nos explicó el plan paso a paso. Aquel esquema, elemental pero ordenado, no solo serviría para limpiar el terreno del puesto de salud, sino que terminaría convirtiéndose en modelo para muchas otras tareas que emprenderíamos después.

Primero —nos dijo— había que mirar antes de actuar.
Recorrimos el lugar e identificamos lo más urgente: el patio cubierto de maleza, los desagües tapados, los escombros acumulados. Aprendimos que toda labor comienza observando.

Segundo: dividir responsabilidades.
No todos podían hacer lo mismo. Un grupo desbrozaba la maleza, otro recogía basura, otro despejaba los alrededores. Entendimos que el trabajo en equipo no consiste en amontonarse, sino en complementarse.

Tercero: establecer metas y tiempos.
Nos propusimos objetivos pequeños: limpiar primero el frente, luego los costados y finalmente el interior. Las tareas grandes —nos dimos cuenta— se vencen por partes.

Cuarto: cuidar las herramientas y el ánimo.
Hicimos pausas breves para hidratarnos y revisar avances. Porque un equipo agotado pierde fuerza, pero un equipo animado multiplica energías.

Y quinto: evaluar al final.
Antes de retirarnos, observamos lo logrado y lo que quedaba pendiente. Celebramos el avance y dejamos claras las tareas futuras. Comprendimos que todo trabajo necesita cierre y reflexión.

Ricardo no levantó la voz ni impuso autoridad. Simplemente ordenó las ideas y nos hizo ver lo evidente. Su liderazgo no estaba en mandar, sino en dar sentido.

No faltó, sin embargo, la voz crítica de Leónidas, siempre atento a encontrar el ángulo contrario:

—Pero Ricardo, si esto es solo limpiar un puesto de salud… tampoco estamos montando una empresa ni escribiendo un tratado administrativo.

Algunos rieron en silencio. Parecía una exageración tanta organización para algo que, a simple vista, era sencillo.

Ricardo lo miró con serenidad y respondió:

—Justamente porque era sencillo teníamos que organizarnos. Lo elemental también necesita orden si queremos que todo salga bien. La diferencia entre el esfuerzo y el resultado está en la forma como nos coordinamos.

Aquella frase quedó suspendida en el aire como una enseñanza mayor.

Mientras recogíamos basura, las conversaciones florecían. Se hablaba de la última reunión-fiesta, de los bailes, de las nuevas parejas, de los romances que empezaban a germinar entre nosotros. Pero inevitablemente, querido lector, el tema que nos hacía estallar de risa era Richard.

Según el consenso general —ese tribunal informal pero implacable— Richard había sido el más enamorado, el más osado y, sin duda, el más persistente.

—Ese no dejó chica sin saludar —decía uno.
—Ni sin cortejar —remataba otro.

Y las carcajadas se elevaban como bandadas.

Claro que él no se quedó callado.

—¿Cómo es que me están levantando falsos testimonios? —protestó—. Si Ever también estaba apretadito.

—¿Yo? —respondió Ever—. Yo solamente bailé cinco temitas. Carlos no se perdió una sola canción.

—Yo bailé sin ninguna intención ni compromiso —sentenció Carlos con absoluta seriedad.

La risa volvió a estallar, larga, contagiosa, incontenible. Fue entonces cuando Leónidas, fiel a su estilo, lanzó la frase que cerró la escena:

—No corten esa flor desyerbando por debajo de la planta.

Se refería, claro está, a Carlos y Flor de Liz, uno de esos romances que también florecían en Katakandrú.

La carcajada colectiva volvió a sacudir el lote, mezclándose con la música, el olor de la tierra removida y el cansancio feliz del cuerpo.

Ese día no solo limpiamos el terreno donde más tarde funcionaría el puesto de salud. Ese día empezamos también a formar líderes.

Aprendimos que quien organiza sirve, que quien coordina construye, y que todo proyecto comunitario —por pequeño que parezca— exige responsabilidad compartida.

En aquella minga sencilla se estaba gestando algo más profundo: la disciplina que más tarde sostendría nuestros torneos, nuestras actividades culturales y cada paso firme de Katakandrú.


Limpiar la tierra para sembrar futuro

Liderazgo juvenil con responsabilidad social

Antes de los aplausos, antes de los escenarios improvisados, antes incluso de que el barrio supiera pronunciar nuestro nombre, Katakandrú tuvo su primer acto fundacional lejos de las tablas: fue con machete, pala, azadón y voluntad.

Comprendimos muy pronto que si queríamos hablar de transformación social, debíamos empezar por lo más visible y urgente. El barrio tenía numerosos lotes abandonados: espacios llenos de maleza, basura y escombros que, más que lugares de encuentro, se habían convertido en focos de abandono y riesgo.

Allí nació nuestro primer objetivo colectivo: la limpieza de lotes para recuperar espacios comunitarios.

No fue una tarea menor. Eran muchos terrenos y pocos brazos, pero abundaba la decisión. Nos organizábamos por jornadas: unos cortaban monte, otros recogían residuos, otros nivelaban el terreno. El trabajo era pesado, el sol inclemente, pero había una energía distinta, una convicción que nos hacía permanecer hasta el final de cada día.

No limpiábamos solo por estética. Lo hacíamos con visión. Sabíamos que esos espacios podían convertirse en escenarios importantes para la vida barrial:
canchas improvisadas, lugares para ensayos teatrales al aire libre, puntos de encuentro cultural y recreativo.

Cada lote despejado era una posibilidad que nacía.

Fue allí donde Katakandrú empezó a tomar forma real. Ya no éramos únicamente jóvenes con inquietudes artísticas; éramos un grupo con capacidad de acción social. El trabajo físico nos hermanó de otra manera. Entre el sudor y la tierra compartida se fortalecieron la confianza, el liderazgo y el sentido de propósito.

Recuerdo que, al terminar las primeras jornadas, muchos vecinos se acercaban con curiosidad. Algunos ofrecían agua, otros herramientas, otros simplemente palabras de ánimo. Sin proponérnoslo, el grupo empezaba a ser reconocido como una fuerza positiva dentro del barrio.

Ese proceso nos enseñó una lección que nunca abandonamos:
antes de construir escenarios para el arte, había que construir condiciones para la comunidad.

La limpieza de lotes fue, en esencia, nuestro primer manifiesto en acción. Allí comenzó lo social que luego sostendría lo cultural. Allí entendimos que el trabajo colectivo transforma tanto el espacio físico como el espíritu de quienes lo realizan.

Katakandrú inició, entonces, desde la tierra misma: despejando maleza, retirando escombros, abriendo claros donde después florecerían el teatro, el deporte, la recreación y el liderazgo juvenil.

Porque limpiar el barrio fue también limpiarle el horizonte.
Y en ese gesto inicial empezamos a darle forma, cuerpo y destino a nuestro grupo y a su trabajo.

Cierre del capítulo

Hoy, cuando vuelvo la mirada hacia aquel lote que entonces era apenas monte y polvo, comprendo que allí no solo se limpiaba un terreno: allí se estaba limpiando el camino de una generación.

Entre palas, risas y música aprendimos algo que ningún libro enseñaba con tanta claridad: que los sueños colectivos también necesitan método, que la amistad puede convertirse en fuerza organizadora y que el liderazgo verdadero nace en las tareas humildes.

Ricardo no organizó simplemente una jornada de trabajo.

Sembró disciplina donde antes solo había entusiasmo.

Y quizá sin saberlo, en aquella minga de sol ardiente y carcajadas juveniles, Katakandrú comenzó a aprender una de sus lecciones más duraderas:
que la comunidad no se construye solo con palabras, sino con manos que trabajan juntas y corazones que laten al mismo ritmo.


La conquista y limpieza de la sede

Queridos compañeros de camino:

Siguiente trabajo de Limpieza

CELEBRACION DIA DE LAS MADRES DE LOS KATAKOS

El grupo crecía cada día, no solo en número, sino en fuerza y en espíritu. La voz de Las Granjas ya no era un murmullo disperso, sino un canto organizado, firme, cada vez más popular. Era evidente para todos nosotros que necesitábamos un bastión: un lugar propio donde la memoria, la resistencia y los sueños pudieran echar raíces y no ser arrasados por el olvido. Y lo encontramos, paradójicamente, en el sitio más cargado de símbolos: el antiguo puesto de policía.

Aquel edificio, que pocos años atrás había sido emblema de represión, yacía abandonado, como un cascarón vacío. Eran tiempos duros, de confrontación abierta. El pueblo se levantaba contra los órganos del Estado, reclamando salarios dignos, oportunidades de estudio, libertad sindical. Las Granjas no fue ajena a esa lucha. En sus calles se vivieron pedreas, llantas ardiendo, cierres de vías, golpes, persecuciones y detenciones que dejaron cicatrices visibles e invisibles.

Con el tiempo, la policía entendió que la comunidad ya no les respaldaba. El rechazo era evidente, la distancia insalvable. Decidieron retirarse, y el local quedó vacío. Entonces ocurrió lo inevitable: el pueblo lo reclamó como suyo.

En apenas un mes, querido hermano, lo que había sido símbolo de opresión comenzó a transformarse en templo de esperanza. Se limpiaron basuras y escombros, se podaron árboles, se repararon sardineles. La gruta de la patrona fue embellecida con accesos de cemento, y en el interior se instalaron lámparas, sanitarios y duchas. Cada mejora era una victoria silenciosa.

El gran salón, antes oscuro y silencioso, se convirtió en biblioteca, en escenario de música, teatro y danza, en lugar de reunión y de fiesta. Allí resonaron por primera vez las palabras leídas en voz alta, los acordes de guitarras, los ensayos teatrales, las risas colectivas. Cada sábado, cuando no había actividad social, la comunidad se congregaba para planear su futuro, como quien traza mapas en medio de la noche.

Así, el antiguo comando policial dejó de ser guarida de opresión y se transformó en fortaleza de cultura, resistencia y libertad. Lo que nació como símbolo de castigo, Katakandrú lo convirtió en estandarte de dignidad. Y cada vez que cruzábamos ese umbral, sentíamos que la historia, por fin, estaba de nuestro lado.

SEDE CLUB KATAKANDRU

Una jornada que terminó en el comando

Recuerdo —cómo no hacerlo— una de aquellas jornadas de trabajo en las que la limpieza de la futura sede no solo implicó esfuerzo físico, sino también una prueba inesperada de carácter.

Estábamos empeñados en adecuar uno de los espacios que serviría como punto de encuentro del grupo: barríamos, recogíamos escombros, limpiábamos paredes y despejábamos el terreno con la convicción de que aquel lugar, todavía rústico, sería más adelante casa para el teatro, las reuniones y los sueños colectivos.

Éramos varios esa mañana, pero en un momento determinado quedamos más cerca de la calle Ever, Carlos y yo, Constantino, organizando herramientas y retirando residuos. Fue entonces cuando escuchamos el alboroto.

Un joven del barrio estaba siendo agredido brutalmente por una patrulla. No era un procedimiento tranquilo ni dialogado; era un exceso evidente. Nosotros, formados ya en la defensa de lo comunitario y de la dignidad barrial, no supimos —ni quisimos— mirar hacia otro lado. Nos acercamos a interceder, a pedir que cesara el abuso, a recordar que también había límites para la autoridad.

La respuesta no fue la que esperábamos.

Sin mayor explicación, la patrulla decidió recogernos también. Fuimos subidos al vehículo y trasladados al comando como si fuéramos parte del problema y no testigos que pedían justicia.

Allí recibimos lo que en el lenguaje popular se conoce como un “rosario de bolillo”: un castigo físico impuesto más por insolencia —por no bajar la cabeza ni guardar silencio— que por alguna falta real. Era una forma de escarmiento, de recordarnos quién tenía el poder.

Pero la humillación no terminó ahí.

Nos obligaron a barrer patios y a lavar las piscinas del cuartel, como si quisieran borrar con trabajo forzado la dignidad que, según ellos, nos sobraba. Paradójicamente, mientras cumplíamos esas tareas impuestas, pensábamos en la sede que habíamos dejado a medio limpiar. Hasta en ese momento, nuestro pensamiento seguía puesto en el trabajo comunitario que habíamos iniciado.

Horas después, gracias a la intervención de un amigo policía, hombre que había trabajado con nosotros en la limpieza de parques y denominado como policía juvenil, que conocía nuestra labor en el barrio, logramos salir.

Salimos cansados, golpeados en el cuerpo, pero no en el espíritu. Con la frente en alto y la convicción aún más firme de que lo que hacíamos tenía sentido. Aquella experiencia, lejos de desanimarnos, reforzó nuestro compromiso: si defender a un joven y trabajar por la comunidad incomodaba a algunos, entonces íbamos por el camino correcto.

Al día siguiente regresamos a la sede.

Tomamos nuevamente las escobas, las palas y los baldes, y continuamos la limpieza como si nada hubiera pasado. Porque en Katakandru aprendimos que la dignidad no se negocia y que ningún atropello podía detener el trabajo que habíamos decidido emprender por el barrio.

La Marcha del Libro: una gesta de Las Granjas

La creación de la biblioteca no fue un simple proyecto, y tú lo sabes bien; fue una batalla librada con dignidad y esperanza. Los muchachos de Katakandrú, con el corazón encendido y la certeza profunda de que el conocimiento es una forma de poder y de libertad, decidimos dar un paso que marcó para siempre la historia del barrio: organizar la Marcha del Libro.

Aquella no fue una caminata cualquiera. Fue un acto simbólico, casi ritual, que desbordó lo cotidiano y se convirtió en resistencia cultural. Salimos a las calles con libros en alto y con una encuesta en las manos que, más que preguntas, era un manifiesto dirigido a la conciencia del pueblo. Cada interrogante resonaba como clarín de guerra, como llamado urgente a despertar:



Encuesta comunitaria – Proyecto Katakandrú y Biblioteca

Descripción / Introducción.

a presente encuesta tiene como objetivo conocer la opinión de la comunidad sobre el grupo juvenil universitario Katakandrú y la propuesta de creación de una biblioteca comunitaria en la antigua sede de la policía.

Su participación es voluntaria y la información suministrada será utilizada únicamente con fines culturales, educativos y de planeación comunitaria.

Agradecemos su tiempo y su valioso aporte para el fortalecimiento de este proyecto social.



Hermano, cada respuesta afirmativa era un voto de confianza depositado en nuestras manos. Cada libro entregado se alzaba como un estandarte. Cada moneda aportada era un pequeño combustible que avivaba la llama de la transformación. No pedíamos limosnas: convocábamos a un acto de fe colectiva.

La comunidad respondió con júbilo y orgullo. Los aplausos sonaban como tambores de victoria y, casa por casa, los vecinos se sumaron a la causa con libros guardados durante años y con aportes modestos pero llenos de significado. Lo que empezó como una marcha se convirtió en una epopeya compartida, donde la juventud del barrio asumió, sin saberlo del todo, el papel de guardiana del futuro.

El resultado fue contundente. La campaña fue un triunfo rotundo. Katakandrú se supo respaldado por su gente, y la antigua sede policial —aquel espacio que había sido sinónimo de miedo y represión— comenzó a transformarse, de manera irreversible, en fortaleza de cultura y libertad.

Hoy, cuando miro ese lugar, no veo paredes ni estanterías: veo un santuario del saber. La biblioteca del barrio, equipada con libros, computadores y conexión a internet, es un arsenal de sueños donde cada joven encuentra herramientas para forjar su propio destino. Allí, el silencio ya no es de temor, sino de concentración; ya no hay órdenes, sino preguntas; ya no hay castigos, sino horizontes abiertos.

La Marcha del Libro no fue solo un evento, hermano. Fue una proclamación. La prueba viva de que cuando una comunidad camina unida, puede convertir la memoria en victoria y la resistencia en futuro. Y en cada página leída, en cada libro prestado, Katakandrú sigue marchando.

Los lotes que se volvieron esperanza

De esta manera, Katakandrú dio continuidad a su labor inicial de limpieza y organización de lotes baldíos, muchos de ellos sucios, cubiertos de maleza y convertidos en símbolos visibles del abandono. Lo que al principio parecía una tarea aislada terminó convirtiéndose en un movimiento barrial sostenido, donde cada jornada de trabajo abría paso a una nueva posibilidad de encuentro comunitario.

Uno de los logros más recordados fue el de la cuarenta, donde el esfuerzo colectivo logró levantar un hermoso parque. Allí, donde antes reinaban el monte y los escombros, comenzaron a florecer arbustos y jardines. Se instalaron sillas, se organizaron senderos y el lugar terminó transformado en un espacio elegante y agradable para los vecinos.

El parque no solo embelleció el sector: cambió su dinámica. Las familias empezaron a visitarlo, los niños a jugar, y muchas parejas encontraban allí un rincón iluminado, tranquilo, incluso romántico, para compartir un rato en paz. Contaba además con iluminación y llaves de agua, detalles que lo convertían en un espacio digno, cuidado y vivo.

Lo mismo sucedió con otros puntos del barrio.

El lote de la veintinueve, que durante años fue terreno improductivo, terminó convertido en un jardín comunitario. Y así, uno tras otro, varios lotes fueron recuperados y transformados en pequeños pulmones verdes que dignificaban el entorno.

Pero Katakandrú no se detuvo en lo ornamental. También pensó en la juventud y en la necesidad de espacios deportivos.

El lote de la treinta y una se convirtió en una hermosa cancha de baloncesto y voleibol, lograda gracias al trabajo conjunto entre el grupo y la comunidad en general. Allí se organizaron encuentros, prácticas y torneos que fortalecieron la convivencia y el liderazgo juvenil.

De igual forma, el lote de la treinta fue adecuado como campo de microfútbol, al igual que el terreno ubicado en la avenida 29 con cuarenta, que pasó de ser un espacio residual a un escenario activo para el deporte y la integración barrial.

Cada uno de estos logros tenía el mismo origen: trabajo voluntario, gestión comunitaria y la capacidad de convocar voluntades. Katakandru no actuaba solo; servía de empuje, de motor inicial, de ejemplo organizativo para que los vecinos se sumaran y sintieran los proyectos como propios.

Así, entre palas, brochas, postes, jardines y canchas, el grupo fue dejando huellas tangibles. No eran discursos los que hablaban por Katakandru, sino los espacios recuperados que la comunidad podía habitar, cuidar y disfrutar.

Con el tiempo entendimos que transformar lotes era también transformar miradas. Donde antes había abandono, ahora había vida. Donde había maleza, ahora había encuentro.

Y en cada jardín, en cada parque, en cada cancha levantada, quedaba sembrada la certeza de que cuando la organización nace desde el corazón del barrio, el cambio deja de ser promesa para volverse realidad compartida.

IDENTIFICACIÓN
Ya instalados en nuestro propio espacio, cada quien fue llevando lo que tenía a mano, sin ostentaciones ni reservas: unas sillas prestadas, tapetes gastados por el uso, cuadros colgados con clavos improvisados, libros rescatados de estantes familiares. Poco a poco, aquel lugar comenzó a latir como un verdadero salón cultural y biblioteca comunitaria, abierto tanto para las reuniones de Katakandrú como para el servicio de todos los vecinos. Allí se soñaron y se planearon muchos de los proyectos que luego caminarían por el barrio con nombre propio.

La idea que nos sostenía era sencilla y poderosa: el apoyo mutuo, la hermandad entre los socios. No éramos individuos sueltos, sino parte de un mismo cuerpo. Inspirados por Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, adoptamos su lema como bandera moral y práctica:
“Uno para todos y todos para uno.” y como lema ya original decidimos implementar la frase, "La unidad hace la fuerza"

De ese espíritu nació también el eslogan que nos definiría para siempre: “Jóvenes liberan jóvenes”, propuesto por el, ya socio, Carlos Roberto Másmela, quien además tuvo el talento y la paciencia de diseñar el logotipo del club. Con esos símbolos se creó el carné de afiliación, pequeño en tamaño, pero enorme en significado, que cada miembro portaba con orgullo como prueba de pertenencia y compromiso.

La unión se hizo más fuerte, hermano. La camaradería creció como crece el fuego cuando se le alimenta con leña buena. Todos estaban dispuestos a jugársela el todo por el todo en favor del grupo y de sus compañeros, sin cálculos mezquinos ni medias tintas.

Durante la entrega de carnés, hubo un instante que quedó grabado en la memoria. Humberto Flórez, con su voz serena y su palabra medida, pronunció una frase que selló el momento:
—Que este instante sea motivo para que la unidad prevalezca sobre cualquier obstáculo y tengamos la fuerza de seguir adelante. Si un socio está en dificultad, los demás estamos en la obligación de ayudarlo.

El grito fue inmediato, unánime, casi sagrado:
—¡Que así sea!

La alegría se multiplicó cuando llegó la noticia largamente esperada: la Gobernación del Huila había aprobado los estatutos del club. Katakandrú recibía oficialmente su personería jurídica, bajo el registro PJ 142 de junio de 1979. Ya no éramos un grupo pirata, como solían decir algunos con sorna. Éramos una organización reconocida, con documento de identidad, con existencia legal ante el mundo.

Incluso se abría la posibilidad de recibir recursos del Estado, siempre y cuando presentáramos proyectos bien sustentados. Es verdad que esa oportunidad no se supo aprovechar del todo, pero el solo hecho de saberla posible nos hacía sentir que habíamos dado un paso histórico.

Aun así, Ever Motta, nuestro tesorero, fue claro y prudente, como quien pone los pies sobre la tierra para no perder el equilibrio:
—Las finanzas deben llevarse con rigor, para que rindan y podamos afrontar nuestros compromisos.

Y así seguimos, con sueños grandes, bolsillos modestos y una convicción intacta. Katakandrú ya tenía nombre, símbolos, estatutos y corazón. Lo que vendría después sería, simplemente, la prueba de todo lo que éramos capaces de hacer cuando la unidad guiaba nuestros pasos.

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Bandera
Escudo

Al organizar nuestro primer gran evento cultural, los jóvenes Katakos —denominación que adoptamos para abreviar el nombre inicial del grupo y que con el tiempo se volvió signo de orgullo— comenzamos a reconocer la necesidad de construir símbolos propios que fortalecieran nuestra identidad colectiva y nos representaran con claridad en cada actividad social, cultural y deportiva que emprendíamos.

Recuerdo que aquella inquietud no surgió de un momento aislado, sino del mismo proceso de crecimiento que veníamos viviendo. Sentíamos que el grupo ya tenía voz, presencia y camino, pero aún le faltaban emblemas que condensaran su espíritu. Fue entonces cuando comprendimos que los símbolos no son simples adornos: son memoria visible, relato compartido y afirmación de pertenencia.

La construcción de los símbolos Katakos fue, por tanto, un ejercicio profundamente colectivo. Cada propuesta que surgía llevaba consigo una intención, una historia y una forma de entender lo que éramos y soñábamos ser. En esos diseños se reflejaban nuestras luchas, nuestros ideales y la manera como queríamos ser reconocidos por la comunidad.

A partir de estas reflexiones consideramos fundamental contar con elementos que expresaran nuestros valores, principios y objetivos. Decidimos entonces convocar un concurso interno para la creación de los símbolos representativos del grupo: la bandera, el escudo y el himno. No los concebíamos solo como emblemas visuales o sonoros, sino como expresiones vivas de nuestra unidad, nuestra memoria juvenil y nuestro compromiso social.

La respuesta a la convocatoria fue entusiasta. Surgieron múltiples propuestas y diseños que fueron expuestos y socializados ante todos los integrantes. Cada uno defendía su idea con argumentos cargados de emoción y sentido de pertenencia. Analizamos cada propuesta valorando su creatividad, su coherencia simbólica y su capacidad de representar la esencia del grupo.

Finalmente, tras jornadas de diálogo, deliberación y consenso —porque así aprendimos siempre a decidir— seleccionamos los símbolos que, desde entonces, nos representarían oficialmente en los distintos escenarios donde los Katakos hicieran presencia.

Y fue así como aquellos emblemas dejaron de ser simples creaciones gráficas o musicales para convertirse en signos vivos de nuestra historia, capaces de convocarnos, identificarnos y recordarnos, aún con el paso del tiempo, de dónde veníamos y por qué caminábamos juntos.

LA BANDERA

La bandera de Katakandrú nació del pensamiento colectivo, de la palabra compartida y del ejercicio consciente de reconocernos como grupo. Fue seleccionado entre diversas propuestas presentadas en reunión, luego de una valoración en la que no solo se consideraron sus formas, sino la profundidad de sus significados y la capacidad de representar lo que somos y aspiramos a ser.

Cabe destacar que Jael Garaviño presentó igualmente propuestas de alta calidad estética, valoradas positivamente por el grupo; sin embargo, tras el análisis general, se consideró que la propuesta sustentada por Constantino Castro Zamora alcanzaba mayor solidez conceptual y presentaba de una vez los tres emblemas para el grupo, razón por la cual obtuvo el consenso para convertirse en símbolos representativo de los Katakos.

Durante su exposición explicó que el diseño respondía a criterios de sencillez, funcionalidad y fácil reproducción, permitiendo que cualquier socio pudiera trazarlo con rapidez en distintos espacios y materiales. Esta característica facilitó su apropiación colectiva y fortaleció el sentido de pertenencia dentro de la organización.



ESCUDO
El escudo del grupo no alcanzó una repercusión significativa a lo largo de la trayectoria del colectivo. Aunque fue aprobado formalmente, su uso fue limitado y no logró consolidarse como un símbolo de identificación permanente. En la práctica, el logotipo se impuso de manera natural como el emblema más utilizado, debido a su sencillez, facilidad de reproducción y mayor apropiación por parte de los integrantes.

Si bien se realizaron algunas acciones para promover el escudo, como la impresión de camisetas, estas iniciativas no generaron un impacto duradero. Con el paso del tiempo, el escudo fue perdiendo presencia dentro de las actividades del grupo, quedando relegado frente a otros símbolos que respondían mejor a la dinámica y a las necesidades expresivas de los jóvenes.

Este proceso permite una reflexión importante sobre la construcción de identidad colectiva: no todos los símbolos institucionalizados logran arraigarse en la memoria y en la práctica cotidiana de una comunidad. Aquellos que perduran son, en muchos casos, los que nacen de la experiencia compartida y se integran de manera orgánica a la vida del grupo, convirtiéndose en verdaderos referentes de su historia y su identidad.

EL




Jóvenes agrupan jóvenes              Los creadores de futuro
es el lema de Katakos,               el tiempo que pasa escucha;
muchachos de gran empuje,            se aferran a su presente,
chicos duros y verracos.             no le temen a la lucha.

Llenando así el corazón              Y como barrio se unieron,
con fragancia de cultura,            como familia también;
con el sudor de contienda,          el olvido revirtió
de victoria que perdura.             y se llenaron de fe. 

Hoy es un grupo pujante,
aprendió de los errores;
enseñó a sus integrantes
que unidos son los mejores.
                                                                        Autor: CCZ





LOGOTIPO

El logotipo del grupo fue creado por el socio Carlos Roberto Másmela, quien presentó su propuesta ante la asamblea general, sustentando de manera clara el significado de las letras iniciales que lo componen: CLKT, siglas que sintetizan la identidad y el nombre del club.

Durante su exposición explicó que el diseño respondía a criterios de sencillez, funcionalidad y fácil reproducción, permitiendo que cualquier socio pudiera trazarlo con rapidez en distintos espacios y materiales. Esta característica facilitó su apropiación colectiva y fortaleció el sentido de pertenencia dentro de la organización.

De igual manera, dio a conocer el lema oficial del grupo, acogido con entusiasmo por los asistentes:

“Jóvenes liberan jóvenes”.

Esta consigna resume el espíritu solidario, transformador y comprometido del colectivo, destacando que el cambio social y personal nace desde la misma juventud, a través del apoyo mutuo, la conciencia y la acción organizada


ORGANIZACIÓN DE ACTIVIDADES DEPORTIVAS.

ANGELA SUAREZ
CONSUELO AMAYA
SAMARIS CASTRO


2. El deporte como disciplina y protección juvenil
Aviso Publicitario del Diario del Huila

La primera gran actividad deportiva que nos atrevimos a organizar desde el Club Katakandrú fue, sin exagerar, una apuesta audaz: el inicio del primer hexagonal de fútbol decembrino. No imaginábamos entonces que aquel torneo, nacido más de entusiasmo que de recursos, terminaría marcando el pulso deportivo del barrio Las Granjas y dejando huella en la historia popular de Neiva.

La idea era sencilla y ambiciosa a la vez: reunir a los seis mejores equipos de la ciudad y enfrentarlos en nuestras canchas, durante jornadas intensas de sábado y domingo. Cada equipo aportaría una cuota de inscripción, y con esos fondos se garantizaría una premiación digna del esfuerzo, la competencia y la gloria deportiva. Queríamos demostrar que desde el barrio también se podían hacer las cosas bien hechas.

Nos sentamos a pensar cada detalle como si se tratara de una empresa mayor: evaluamos pros y contras, organizamos la logística, redactamos el reglamento, pensamos en la seguridad. Se enviaron las invitaciones oficiales y la noticia del torneo empezó a regarse como pólvora por la ciudad. De boca en boca, de cancha en cancha, el nombre de Las Granjas comenzó a sonar con respeto. 

Nos sentamos a pensar cada detalle como si se tratara de una empresa mayor: evaluamos pros y contras, organizamos la logística, redactamos el reglamento y pensamos en la seguridad. Se enviaron las invitaciones oficiales y la noticia del torneo empezó a regarse como pólvora por la ciudad. De boca en boca, de cancha en cancha, el nombre de Las Granjas comenzó a sonar con respeto.

Pero lo que no habíamos tenido en cuenta dentro del presupuesto era el costo del trofeo. Cuando vimos la calidad de los equipos que se inscribieron, supimos que no podíamos salir con cualquier premio. Fue entonces cuando trajimos las diferentes cotizaciones y nos dimos cuenta de que lo recaudado no nos alcanzaría para su compra.

—¿Y ahora qué hacemos? —nos preguntamos.

No quedaba otra: nos tocaría realizar actividades para conseguir el presupuesto necesario.

Entonces hablamos con doña Gloria para que, en las tardes deportivas y encuentros, nos hiciera el favor de vender algunas viandas, como empanadas, arepas, buñuelos y aloja o chicha. Ella dijo que sí, con una condición: que le diéramos todos los materiales y el equipo de cocina; a cambio, trabajaría con sus hijas y, de lo recogido, le entregaríamos el 30%.

Aceptamos. Además, le permitimos utilizar nuestros utensilios para que, después de los partidos y aun cuando se agotaran nuestras viandas, ella continuara vendiendo los productos que quisiera; esa ganancia sería solo para ella y sus hijas.

INTERVENCION DE FULVIO, EL ESCULTOR

Estábamos en el recuento de lo que se había recaudado ese día, revisando peso a peso para ver si, después de sacar los gastos, había quedado alguna ganancia. Las cuentas no eran alentadoras y el tema del trofeo seguía siendo una preocupación latente.

En esas llegó Fulvio.

—Hasta ahora me entero de que tenemos dificultad con el dinero para la obtención del trofeo —dijo, apenas tomó asiento. Yo les traigo una idea o propuesta para salir del problema. De inmediato el tesorero, Evert, levantó la mirada y respondió:

—Diga cuál es la idea y miremos si nos sirve.

Fulvio, con esa calma de quien ya trae algo pensado, soltó la propuesta:

Trofeo " La Gaitana
—Pues yo tengo una formaleta de La Gaitana, la india insignia de nuestro Huila, la que se le enfrentó a los españoles. Fulvio, como quien revela un as bajo la manga, nos mostró la imagen de la escultura. No era un trofeo cualquiera.

Se trataba de La Gaitana erguida en actitud de victoria, modelada en una figura estilizada de acabado dorado que capturaba la fuerza ancestral de nuestra tierra. Su cuerpo, de líneas firmes y musculatura marcada, estaba representado en posición de rodillas, como si emergiera desde la misma raíz del territorio huilense.

Con ambos brazos elevados hacia el cielo, sostenía un balón de fútbol sobre sus manos, fusionando la gesta indígena con la pasión deportiva de nuestro tiempo. Detrás de su figura se alzaban plumas ceremoniales que se abrían como alas, dándole una presencia casi mítica, como si la historia y el espíritu guerrero acompañaran cada partido. El rostro, sereno pero desafiante, miraba hacia lo alto, evocando dignidad, resistencia y orgullo. 

No era solo una mujer: era símbolo, memoria y rebeldía convertidas en escultura. Ella descansaba sobre una base de madera oscura, sólida y elegante, con placas doradas destinadas a grabar el nombre del campeonato y del equipo vencedor. Aquella base no solo sostenía el trofeo: parecía sostener también el peso de nuestra identidad cultural.

Al verla entendimos que Fulvio tenía razón. No entregaríamos un premio más. Entregaríamos historia.

Si quieren, yo la arreglo y la acondiciono como trofeo. Sería un detalle de lo más importante, porque se sale de todos los premios convencionales. Quien la gane —o el patrocinador que la respalde— se quedaría con una linda escultura, no con un pedazo de latón que con el tiempo se puede oxidar. No sé por qué Constantino no les había comentado.

Yo sonreí y respondí:

—Porque casi siempre pensamos de la manera corriente y no nos atrevemos a ver las cosas desde otro pensamiento.

Todos quedamos asombrados por la propuesta. Nos pareció maravillosa: no solo resolvía el problema económico, sino que además nos daba una identidad propia, un símbolo cultural que ningún otro campeonato tenía.

Le dijimos entonces que, de lo que alcanzáramos a recaudar, le daríamos un pago por la escultura. Fulvio aceptó, pero aclaró:

—Por esta vez está bien… pero para los próximos campeonatos ya hablaremos sobre el precio real.

Y así, de manera casi providencial, se resolvió el problema del trofeo. No solo tendríamos premio, sino una imagen cultural que nos daría mayor empuje y distinción

Con ese último detalle resuelto, el campeonato tomó forma definitiva.

Los equipos convocados eran de peso, y eso nos llenaba de orgullo y también de nervios: el club de Alfonso Díaz Parra, el de Cándido Leguísamo, Postobón, Granjas A y Granjas B, y el Club Mártires. Verlos aceptar la invitación fue la primera señal de que íbamos por buen camino.

El sábado, 3 de diciembre de 1977 se jugaron los primeros encuentros; el domingo, los siguientes. Las graderías improvisadas se llenaron de voces, aplausos y reclamos apasionados. El polvo de la cancha se mezclaba con el eco de los gritos, mientras el balón iba tejiendo nuevas rivalidades y viejas amistades.

Así nació una tradición que nadie quiso dejar morir: cada diciembre, el hexagonal volvería a las canchas, como un ritual de competencia, hermandad y fiesta barrial.

Con el paso de los años, el torneo creció. Nuevos y grandes clubes deportivos se sumaron, y hoy, más de tres décadas después, el hexagonal decembrino de Las Granjas es reconocido como uno de los encuentros deportivos más emblemáticos de Neiva. No fue solo fútbol, hermano: fue identidad en movimiento.

Y como símbolo de victoria y legado, quedó el trofeo: la escultura de La Gaitana, obra del socio Fulvio César Castro. En esa figura de fuerza y coraje se resume el espíritu del barrio: resistencia, dignidad y celebración colectiva. Cada vez que se alza ese trofeo, no solo se premia a un equipo, sino a una historia que empezó con jóvenes soñadores y una cancha polvorienta, y que aún hoy sigue rodando como balón bendito por la memoria de Las Granjas.




 INTEGRANTES DEL GRUPO DEPORTIVO K- astros


¿
Richard Castro
El Capitán
 

Ever Motta
Delantero

Arquímedes Castro
Delantero
Abraham Castro
Defensa

Marcovinicio Castro
Marco Vinicio castro
Medio Defensa
Constantino castro
Medio Campo
Carlos Julio
Tovar
Defensa


Eulises Castro
El Arquero



Recordar las actividades deportivas es hacer apología a un gran socio del grupo, Ignacio Bello Pascuas, quien era el abanderado del deporte. Realizaba la carrera decembrina del 31 y a las siete de la noche ya tenía listo a los participantes y para el barrio era un gran festejo. También organizaba encuentros futboleros,  de microfútbol, voleibol y baloncesto. En micro hubo un
grupo muy particular, se llamaba" Hermandad Castro" al cual pertenecía Ricardo, Constantino, Ulises, Abraham, Arquímedes, el famoso Archí un zurdo espléndido, Marco Vinicio y Armando a los que llamaban pequeños, todos con apellido castro; al cual también pertenecía, Víctor Castro, Ever Motta Carlos Julio.

“Las Chicas K”: talento, orgullo y alegría en la cancha

Y si de prestigio se trataba dentro de las expresiones deportivas que acompañaron el proceso de Katakandrú, no puede dejar de mencionarse a un grupo que, con disciplina y talento, se ganó el respeto del barrio y de los equipos rivales: el equipo femenino conocido con cariño como “Las Chicas K”.


Era un puñado de niñas y jóvenes de enormes habilidades futbolísticas, pero también de carácter firme y sentido de pertenencia. Cada vez que salían a la cancha, no lo hacían solas. Detrás de ellas estaba el respaldo entusiasta de todo el grupo: los “katacos”, como nos llamaban, llegábamos a acompañarlas, a darles ánimo, a llevarles agua, a celebrar cada jugada como si fuera propia.

A ellas les gustaba ese apoyo efusivo. Se sentían respaldadas, cuidadas, orgullosas de representar no solo a un equipo, sino a un proceso juvenil más amplio que las abrazaba desde lo cultural y lo social.

En el grupo de “Las Chicas K” estaban jugadoras que dejaron huella:
Samaris Castro, Gloria Guío, Judit Cerquera, Rubiela Cohetato, las hermanas Cuéllar, la Cueto Suárez, Consuelo Amaya y Victoria Belcastro, entre otras que también hicieron parte de ese proceso deportivo que llenó de vida las canchas del sector.

No solo eran buenas jugadoras; eran un equipo de gran presencia. Su belleza juvenil llamaba la atención, pero era su desempeño deportivo lo que imponía respeto. Los demás equipos les temían porque sabían que se enfrentaban a un grupo fuerte: jugadoras duras en la marca, hábiles para el desequilibrio y certeras frente al arco contrario.

Cada partido era una fiesta barrial. Los gritos de aliento, las risas, los nervios y las celebraciones tejían un ambiente donde el deporte se volvía encuentro comunitario. Ellas no solo competían: abrían camino para que otras niñas vieran posible habitar la cancha con seguridad y orgullo.

Con el tiempo entendimos que “Las Chicas K” no fueron únicamente un equipo de fútbol. Fueron símbolo de participación femenina, de valentía deportiva y de integración dentro del proceso de Katakandrú.

Porque, así como el teatro nos daba voz y el trabajo social nos daba raíz, el deporte —en ellas— nos enseñaba que el talento también podía florecer con fuerza de mujer y aplauso colectivo


CHICAS DEL EQUIPO KATAKO



 
Ignacio Bello 
El alma deportiva del barrioRecordar a Ignacio Bello es traer de vuelta la energía vibrante de aquellos días en que el deporte era más que un pasatiempo: era una forma de unir al barrio, de mantener a la juventud enfocada, de demostrar que desde Las Granjas también se podía hacer historia. Ignacio fue, sin exagerar, el gran promotor deportivo de nuestra comunidad. Tenía un don natural para organizar campeonatos de fútbol, atletismo, voleibol y baloncesto, y lo hacía con una pasión que contagiaba hasta al más tímido. Era de esos líderes que no necesitaban títulos ni discursos. Bastaba verlo llegar con un balón bajo el brazo, un silbato colgado al cuello y esa sonrisa amplia que anunciaba que algo bueno estaba por comenzar. Donde Ignacio ponía el pie, se armaba un equipo; donde levantaba la mano, se formaba un torneo; donde él animaba, la gente respondía.

Gracias a su empuje, KATAKANDRÚ no solo participó: ganó competencias a nivel municipal en Neiva, dejando claro que el talento del barrio no tenía nada que envidiarle a nadie. Cada triunfo llevaba su sello: disciplina, camaradería y ese espíritu deportivo que él defendía como un tesoro. Para Ignacio, ganar era importante, sí, pero más importante era que los muchachos se sintieran parte de algo grande, que aprendieran a trabajar en equipo, a respetar al rival y a creer en sus propias capacidades.

Muchos aún recuerdan cómo, en las tardes de entrenamiento, él corría de un lado a otro, ajustando arcos improvisados, marcando líneas con cal, inflando balones, animando a los más pequeños y retando a los mayores a superarse. Era incansable. Y cuando llegaba el día del campeonato, su emoción era tan grande que parecía que él mismo fuera a jugar todos los partidos.
Ignacio Bello dejó una huella profunda. No solo formó deportistas: formó carácter, unión y orgullo barrial. Su legado vive en cada historia contada, en cada foto amarillenta de aquellos torneos, y en cada persona que alguna vez sintió que, gracias a él, podía correr más rápido, saltar más alto o soñar más lejos. 


Anécdota de Nacho

Yo, Nacho fui quien asumió la parte deportiva de Katakandrú, no por nombramiento ni por aplausos, sino porque alguien tenía que hacerlo. y porque estudio Docencia deportiva y además, Siempre creí que a los muchachos había que respaldarlos más allá de la palabra bonita. Por eso me ocupé de conseguir uniformes, patrocinio, dinero para el arbitraje, elementos deportivos, botiquín y transporte. El talento estaba; lo que faltaba casi siempre era con qué sostenerlo.

Como los recursos no aparecían solos, me tocó inventarlos. Organicé ventas de empanadas, rifas y pequeños festivales bailables, convencido de que el esfuerzo colectivo podía sacar adelante al deporte del grupo. Uno de esos festivales lo recuerdo bien, porque me dejó una lección que todavía cargo.

Para esa actividad contamos con la casa de Judith Cerquera, integrante de Katakandrú y atleta de gran calidad. Su padre, don Eugenio Cerquera, quien siempre la apoyó y la patrocinó, fue quien dio el permiso para realizar el baile y la venta de algunos comestibles. Todo estaba dado para que fuera una actividad exitosa. Yo esperaba, como era natural, que todo el grupo Katako colaborara.

Pero las cosas no salieron como se esperaban. Por circunstancias diversas, el apoyo no llegó. El día de la actividad me encontré prácticamente solo, acompañado apenas por algunos deportistas que, con buena voluntad, me ayudaron a sacar todo adelante. Los únicos que se asomaron fueron Ever y Constantino, quienes estuvieron atentos a que los enfriadores estuviesen llenos y funcionaran bien y a que todo estuviera en orden antes de comenzar. Y eso lo reconozco.

La actividad se hizo. Se trabajó. Se terminó. Pero fue a pulso.

Cuando después el club me pidió cuentas, no pude quedarme callado. Solté mi parlamento con claridad y sin rodeos. Dije que cuando pedí apoyo, nadie apareció, que la actividad la organicé, la trabajé y la concluí prácticamente solo, y que por esa razón las ganancias eran exclusivamente para el deporte. Fui enfático:
—No me pidan explicaciones de algo que saqué adelante sin ustedes. Pongan atención a esto:

Un día, una gallina encontró unos granos de trigo y decidió sembrarlos. Con ánimo generoso fue donde el pato:

—¿Me ayudas a sembrar estos granos?

—No —respondió el pato.

Luego buscó al ganso, al gallo, al loro, al pisco, a las gallinetas… y uno tras otro repitieron la misma palabra:

—No. y la gallina dijo: entonces lo hare yo

Cuando pidió ayuda para regar, nadie quiso. Cuando necesitó manos para cosechar, tampoco. Moler el trigo, amasar la harina, encender el horno…

Y todos dijeron, no. De modo que la gallina todo lo hizo sola. No hubo quejas, no hubo discursos; hubo trabajo silencioso.

Pero cuando el pan estuvo listo y el aroma recorrió la granja, todos aparecieron:

—¿Quién quiere comer pan? —preguntó la gallina.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —respondieron ahora los mismos que antes se habían negado.

Entonces la gallina, con serenidad, dijo:

—Este pan lo comeré yo con mis pollitos.

No les cuento esta historia para fomentar egoísmos, sino para enseñar responsabilidad. La cooperación no es un aplauso al final, sino una presencia constante durante el proceso.

Por eso, cuando el club me pidió cuentas después del evento deportivo para recolectar fondos, hablé con tranquilidad. Expliqué que cuando solicité apoyo casi nadie estuvo; que la organización, la logística y el desarrollo de la actividad recayeron sobre mis hombros; y que, por coherencia, las utilidades debían destinarse íntegramente al deporte, que era el propósito que me movía.

No lo dije con amargura, sino con claridad:

—No se trata de excluir a nadie, sino de entender que el compromiso comienza desde el primer paso.

Aquella experiencia me enseñó que en el deporte, como en la vida, el verdadero equipo no es el que celebra la victoria, sino el que entrena, suda y trabaja unido desde el inicio.

Esta Moraleja es para todos nosotros:
La colaboración auténtica nace en el esfuerzo compartido. Quien participa del proceso, participa del fruto; quien se ausenta del trabajo, no puede reclamar el resultado. Y toda organización crece cuando aprende que el éxito no es individual, sino construido entre todos.

Y me fui. No me quedé a escuchar argumentos ni justificaciones. No por soberbia, sino por cansancio. Porque a veces también pesa cargar solo con lo que se supone que es de todos. Eso fue lo que pasó. Y así lo dejo escrito.

Antes que campeones en la cancha, debemos ser responsables en la vida. Dijo Constantino

Y quizá fue precisamente allí donde Katakandru empezó a entender su verdadera esencia. No éramos solo un club que organizaba partidos o recolectaba fondos; éramos una escuela de carácter. Cada evento, cada dificultad y cada ausencia nos enseñaban que el deporte no forma únicamente atletas, sino ciudadanos responsables. Aprendimos que el compromiso no se improvisa, que el liderazgo no se impone y que los sueños colectivos se sostienen con manos presentes, no con voces tardías. Así, entre balones, reuniones y lecciones sencillas como la de la gallina trabajadora, Katakandru fue creciendo no solo en resultados, sino en conciencia.

Con Nacho en la organización deportiva del club Katakandrú se obtuvo innumerables triunfos atléticos a nivel municipal; tres olimpiadas Neivanas, lo cual repercutió fuertemente en el ámbito departamental. Los premios que se conquistaron se relacionaban con uniformes y material deportivo, Dentro de esos uniformes venían sudaderas y camisetas con los colores del grupo Katakandrú - y a que no adivinan cuáles eran? - Exacto- Camisetas negras con los adornos amarillos y rojos. Fueron tantas las camisetas que se le regalaba a quien necesitara y tuviera afinidad con el grupo. Granjas y Neiva se inundaron, por así decirlos, con los colores Katakos y por doquiera podía ver una mostrando los colores y los emblemas del grupo.

Lo que nos dejó la cancha 

Hoy, al mirar hacia atrás, entendemos que el deporte en Katakandrú fue mucho más que partidos ganados o campeonatos disputados. Fue una escuela de vida, un espacio donde aprendimos a caminar juntos, a equivocarnos y a levantarnos sin dejar a nadie atrás. En la cancha se celebraron goles, sí, pero también se ensayaron valores que no caben en un marcado Cada uno cumplió un papel. Hubo quienes brillaron con el balón en los pies, quienes organizaron desde la sombra, quienes pusieron la casa, el tiempo o el esfuerzo cuando faltaba todo. Y también hubo momentos de cansancio, de desencuentro y de silencio, porque ningún proceso colectivo está libre de tropiezos. Aun así, el deporte nos enseñó que la verdadera victoria es sostener el proyecto, incluso cuando parece pesado.

Archí y Richard Castro
Katakandrú entendió el fútbol y el atletismo, el judo como lenguajes del barrio, tan válidos como el teatro, la danza o la música. El cuerpo en movimiento también fue palabra, identidad y resistencia. Cada entrenamiento, cada festival organizado para reunir recursos, cada uniforme conseguido a pulso fue una forma de decir que el barrio creía en sus jóvenes.

Hoy sabemos que no todos llegaron a ser profesionales, pero muchos aprendieron disciplina, respeto y compañerismo. Eso permanece. Porque los trofeos se empolvan, las medallas se guardan, pero lo que se vive en comunidad se queda latiendo en la memoria.

Por eso, cuando evocamos esas canchas de tierra, esos festivales improvisados y esos esfuerzos compartidos, no hablamos solo de deporte. Hablamos de un tiempo en el que creímos juntos, en el que Katakandrú fue también sudor, sacrificio y abrazo. Y ese, sin duda, fue uno de nuestros mayores triunfos. 

Judo: Armando Castro Zamora

El judo fue, sin duda, una de las disciplinas que marcaron la vida del grupo Katakandrú. Y en esa senda se destacó mi hermano Armando Castro Zamora, quien con su carácter inquieto y su energía inagotable supo darle a la práctica un aire de entrega y pasión. Armando no se conformaba con ser judoca: también se sumaba a las danzas, al teatro, a la música, al microfútbol, mientras estudiaba matemáticas en la Universidad Surcolombiana. Su espíritu parecía multiplicarse en cada actividad, como si la vida no le alcanzara para todo lo que quería abarcar.
Desde niño mostró esa disposición desbordante. Recuerdo una ocasión en la escuela: la profesora pidió algunas herramientas para un trabajo. Armando, sin pensarlo, cargó una carretilla con pala, pica, machete, martillo, serrucho, escoba y trapero. Al verlo, mi padre, don Sixto, lo detuvo y le preguntó:
—¿Y usted para dónde va con todo eso?
Armando respondió con naturalidad:
—Para la escuela, papá. La profesora preguntó quién tenía las herramientas y yo me ofrecí.
El amiguito que lo acompañaba confirmó la historia. Entonces mi padre, con la sabiduría de quien enseña el valor del compañerismo, le dijo:
—No, hijo, así no es. Uno permite que otros también participen. No puede ser usted el que lleve todo.
Armando, obediente, aceptó y anotó en una lista lo que llevaba, como si aquella lección quedara grabada en su memoria.
Otra escena, más intensa, aún vive en mi recuerdo. Un día, mi padre comentó con tono de resignación:
—Hoy es un día duro, no hay ni para el almuerzo.
Armando desapareció sin decir palabra. La familia se preocupó al no verlo regresar. Solo apareció a las cinco de la tarde, tranquilo, como si nada. Mi padre lo increpó:

Armando, con la serenidad de quien cree haber hecho lo correcto, contestó:
—Me fui a buscar trabajo. Como usted dijo que no había almuerzo, fui al aeropuerto. Les expliqué que éramos una familia pobre, con nueve muchachitos, y que necesitábamos comer. Les ofrecí ayudar con el aseo, ordenar herramientas, organizar materiales o lavar tuercas y tornillos. Me dejaron colaborar, compartieron conmigo algo de almuerzo y a las cuatro me dieron un poco de dinero. Luego me dijeron que no volviera, porque la ley prohíbe el trabajo de menores en las empresas.
Mi padre, sorprendido, le respondió:
—Escuche, hijo. Yo lo dije por molestar, por la escasez, pero no para que usted saliera a pedir trabajo.
Así era Armando: hiperactivo, generoso, dispuesto siempre a cargar con más de lo que le correspondía, como si la vida le quedara pequeña para tanta voluntad. Su historia, entre la disciplina del judo y la multiplicidad de sus talentos, es también la memoria viva de Katakandrú: un grupo que se alimentaba de la energía de sus integrantes y del espíritu de servicio que él encarnaba.

Si el judo fue para Armando una disciplina, para él se convirtió en pasión absoluta. Tanto, que no se conformó con recibir las enseñanzas de su maestro: organizó su propio grupo de jóvenes, al que bautizó con orgullo “Los Lobitos”. Con ellos practicaba cada movimiento, cada caída, cada llave, como si quisiera multiplicar la energía que el tatami le regalaba. Aquella iniciativa juvenil no era un simple pasatiempo: era la expresión de su liderazgo natural y de su deseo de compartir lo aprendido.

Su entrega lo llevó a participar en competencias municipales, departamentales y nacionales, donde obtuvo reconocimientos que hablaban no solo de su talento, sino de su disciplina y constancia. Armando no se detenía en un solo camino: además de Katakandrú, buscaba siempre nuevos espacios donde servir y aprender. Así llegó al voluntariado de la Cruz Roja, donde se formó en primeros auxilios, inyectología, partos y canalizaciones. Allí descubrió otra faceta de sí mismo: la del joven que, además de luchar en el tatami, podía luchar por la vida de otros.

Su compromiso lo llevó a escenarios de dolor y tragedia. Estuvo presente en la catástrofe de Armero, aquella avalancha de lodo que arrasó con un pueblo entero y dejó cicatrices imborrables en la memoria del país. Armando fue testigo del drama de la niña Omaira, símbolo de la impotencia humana frente a la fuerza de la naturaleza. Allí, entre el barro y el llanto, aprendió que la vida no siempre se gana con la fuerza de los músculos, sino con la resistencia del espíritu.

Así era mi hermano: un hombre que no se conformaba con pertenecer a un solo grupo, sino que multiplicaba su presencia en cada espacio donde podía servir. Su hiperactividad no era simple impulso, era una forma de estar en el mundo, de no dejar que la vida pasara sin él. En el judo, en Katakandrú, en la Cruz Roja, en la universidad, en cada rincón donde se necesitará voluntad, allí estaba Armando, como si quisiera recordarnos que la verdadera disciplina es la de vivir intensamente.

EL CICLISMO

Para hablar de esta actividad deportiva, me parece un poco desproporcionado detenerme demasiado, porque en realidad fue algo fugaz dentro de la historia de Katakandrú. Además, aquella iniciativa no surgió únicamente de nosotros, sino que se realizó en compañía de la Junta de Acción Comunal del barrio, que en esa época estaba dirigida por una persona muy social y condescendiente: don Juan Horta.

Quiero abrir aquí un pequeño paréntesis para hablar de él, porque fue un hombre que tenía grandes propósitos para el barrio. Su oficio era el de sastre, de aquellos buenos sastres de antes, capaces de confeccionar toda clase de trajes a la medida. Pero su inquietud iba más allá del simple trabajo: tenía la idea de enseñar a los jóvenes el oficio de la sastrería, para que aprendieran a elaborar sus propias prendas o incluso continuaran con la profesión.

Hizo la convocatoria y muchos nos inscribimos: Fulvio, Carlos Ebert, Constantino y varios más. Algo alcanzamos a aprender, aunque quien realmente salió bien preparado fue Eulices, que aprendió a confeccionar camisas y pantalones. Con el tiempo, cuando el señor Horta se marchó del barrio, Eulices continuó ejerciendo el oficio de sastre y lo hacía bastante bien.

Cierro aquí el paréntesis para volver a la actividad que quería mencionar: el ciclismo.

Con el apoyo de algunas empresas de la ciudad de Neiva decidimos organizar, para el 20 de julio —nuestro día de independencia—, un circuito ciclístico alrededor del barrio Las Granjas. El recorrido consistía en unas quince vueltas que, más o menos, sumaban cerca de sesenta kilómetros, distancia que para ciclistas ya entrenados resultaba relativamente corta.

Nosotros ya habíamos adquirido cierta experiencia en la organización de eventos grandes y, por eso, nos animamos a invitar varios equipos que tenían algún renombre, pues habían participado en competencias importantes como la Vuelta a Colombia, la Vuelta al Táchira en Venezuela, la Vuelta al Sur y el naciente Clásico RCN. En aquellos años el ciclismo colombiano empezaba a adquirir gran prestigio, y con el tiempo incluso equipos del país llegarían a competir en pruebas internacionales como el Tour de Francia, el Giro de Italia y la Vuelta a España.

Se inscribieron equipos como Pilas Varta, Café de Colombia, Marcos y Bielas, Productos Aldana, Medicamentos y Drogas, además de otros de menor importancia. Y por supuesto también estaba el equipo de Katakandrú.

Hay que decir la verdad: dentro de nuestro equipo el único que practicaba el ciclismo con verdadero rigor era el primo Alejandro Rojas Castro. Los demás éramos más bien de relleno. Allí estaban Abrahán Castro, Marco Vinicio Castro, Hernando Amaya, Gilberto Bello, Juan Carlos Peña y, claro está, el propio Alejandro. Más que competidores entrenados éramos coequiperos de salidas esporádicas.

Además, el equipo de Katakandrú era el de mayor edad dentro de los participantes: teníamos entre 17 y 18 años, mientras que muchos de los demás corredores apenas rondaban los 15 o 16.

Con la Junta habíamos logrado reunir algunos premios gracias al apoyo de empresas patrocinadoras. Finalmente se realizó el circuito, con algunos percances propios de toda competencia. El ganador fue un muchacho del equipo Pilas Varta, Antonio Zuleta; el segundo puesto lo obtuvo un corredor del equipo Café de Colombia y el tercero fue para uno de Marcos y Bielas.

Se entregaron los premios, se cerró la actividad y, con el tiempo, el ciclismo dejó de interesarnos. Tal vez porque era una disciplina costosa o porque en realidad no teníamos un líder que guiara el proceso.

Sin embargo, antes de terminar este episodio, déjenme contarles las peripecias que vivió el equipo de Katakandrú durante aquella competencia.

Anécdota de Alejandro

La competencia comenzó con relativa calma. Como es costumbre en este tipo de carreras, la primera vuelta fue más bien de reconocimiento: los equipos estudiaban el terreno, medían a sus rivales y, de paso, iban calentando las piernas. Hasta ese momento, todo marchaba bien para Katakandrú.

Cada equipo traía su carro acompañante, con ruedas de repuesto, herramientas y hasta bicicletas adicionales por si ocurría algún percance. El equipo de Katakandrú tampoco se quedaba atrás… al menos en espíritu. Nosotros llevábamos como vehículo de apoyo la carcachita de mi papá: un camperito Suzuki algo destartalado, pero todavía cumplidor. Eso sí, mi padre tenía una regla sagrada: no permitía que nada le sonara raro al carro, así que, aunque viejo, funcionaba como un reloj.

Nuestro equipo logístico era sencillo pero bien intencionado: una sola rueda de repuesto para todos, algunos termos con agua y panelita para levantar el ánimo si alguno de los katacos se desfallecía. Nada de bicicletas adicionales ni lujos mecánicos.

La bicicleta de Alejandro tenía su propia historia. Era una herencia de mi tío Nacho Castro, quien en su juventud también había sido ciclista. La máquina había pasado años guardada, pero Alejandro la rescató, la pintó y la reacondicionó con paciencia. Aquella era su bicicleta de entrenamiento y de competencia en los eventos locales.

Las demás bicicletas eran más bien de batalla. La de Abrahán provenía del taller de bicicletas donde él ayudaba a reparar y alquilar ciclas. Las de Marco Vinicio y los otros katakos eran prestadas o alquiladas en ese mismo lugar. En otras palabras, nuestro equipo era más entusiasmo que tecnología.

Todo marchaba relativamente bien hasta que, hacia la décima vuelta, ocurrió el primer percance: la bicicleta de Alejandro sufrió un pinchazo.

Sin pensarlo dos veces, Abrahán se desmontó de su bicicleta y se la pasó a Alejandro para que continuara. Mientras tanto, nosotros corrimos a cambiar la rueda pinchada usando la única de repuesto que llevábamos. El resto del equipo se quedó atrás unos minutos para luego ayudar a impulsar nuevamente a nuestro muchacho Alejo.

Pero la verdad era que, para ese momento, Katakandrú ya venía en la parte trasera del pelotón. Seguíamos pedaleando más por coraje y honor que por aspiraciones deportivas.

Cuando faltaban apenas tres vueltas para terminar, ocurrió el segundo episodio digno de crónica. A un grupo rezagado —donde venían varios de nuestros muchachos— le salió de repente un perro que se soltó de las manos de una señora que observaba la carrera. El animal se atravesó justo en medio del pelotón y, en cuestión de segundos, unos quince ciclistas terminaron en el suelo.

Mi hermano Armando, que hacía las veces de encargado de primeros auxilios, corrió inmediatamente a socorrer a los caídos. El más lastimado resultó ser Alejandro, que terminó con el codo y la rodilla bastante raspados. Le hicieron una curación rápida para que pudiera seguir.

Intentamos ayudarlo a reconectarse con el grupo que iba adelante, pero ya era imposible. Los punteros habían aumentado el ritmo al máximo y nuestros katakos apenas podían mantenerse en marcha.

Finalmente, el equipo de Katakandrú cruzó la meta unos diez minutos después del pelotón principal. Pero eso sí: llegamos con la satisfacción de haber terminado la carrera, que ya era bastante para nuestro modesto escuadrón.

Al regresar a la casa, el combo de Katakandrú empezó a hacernos bromas. Nosotros lo tomamos con buen humor. Mi papá intervino con tono paternal:

—No molesten a los muchachos —dijo—. Tuvieron una experiencia, y eso ya es ganancia.

Mis hermanos y algunos katacos se fueron a devolver las bicicletas prestadas al taller. Alejandro, por su parte, se dio una ducha y dejó su bicicleta, como siempre, recostada frente a la puerta de la casa, en un lugar donde desde adentro se podía ver perfectamente la rueda.

Armando le hizo una curación más completa en el codo y la rodilla y luego se dispuso a irse para su casa.

Pero entonces ocurrió el último episodio del día.

Cuando Alejandro salió a buscar su bicicleta, se quedó inmóvil unos segundos mirando el lugar donde la había dejado. Allí solo había una rueda… y ni siquiera era la de su bicicleta.

La cicla había desaparecido.

Alejandro soltó una exclamación de incredulidad:

—¡No puede ser! Hoy sí me tocó perder todas.

Todos salimos a mirar, confirmando lo evidente: la bicicleta no estaba. Y, en lugar de indignarnos, la escena terminó provocando una carcajada general.

Yo les dije:

—¡Dejen de reírse del mal ajeno!

Pero hasta el propio Alejandro terminó rascándose la cabeza y riéndose de su desgracia.

—Pinché, me caí, me raspé… ¡y ahora me roban la cicla! —dijo—. Me voy a tener que bañar con mirto para la buena suerte.

Mi papá, don Sixto, remató con su sabiduría tranquila:

—Mijo, el universo le está mandando un mensaje. Este no es su deporte. Practíquelo como hobby… y deje eso así.

Y así, entre risas, raspaduras y una bicicleta desaparecida, se cerró definitivamente la breve historia deportiva de Katakandrú en el ciclismo. Nunca más volvimos a insistir en esa disciplina de las bielas.

Y así terminó nuestra breve aventura ciclística. No hubo trofeos para Katakandrú ni gloria deportiva que contar, pero sí una historia más para la memoria del barrio. Entre pinchazos, caídas, risas y una bicicleta que desapareció misteriosamente, entendimos que lo nuestro no era perseguir el pelotón sino coleccionar experiencias. Al final, como tantas veces en aquellos años, lo importante no fue la carrera sino la anécdota que quedó para contarla después. Y de esas, Katakandrú siempre tuvo de sobra

Cuando el dinero hacía falta

Como todo proceso colectivo, Katakandrú también tenía que enfrentar la realidad de los gastos. Los sueños culturales, las actividades comunitarias y hasta los montajes teatrales requerían recursos que casi siempre eran escasos.

Era entonces cuando aparecía Ever Motta con su informe de tesorería en mano. Con claridad nos decía que la caja estaba en rojo y que era urgente que el grupo de eventos organizara alguna actividad para recaudar fondos.

Así, cada dificultad económica se convertía en una nueva oportunidad de trabajo colectivo, y Ever pasaba de ser el tesorero a convertirse en uno de los sostenes silenciosos del grupo.

RECOLECTANDO FONDOS

Para hablar de recursos era indispensable convocar al tesorero, Ever Motta, quien presentaba el informe financiero correspondiente. En aquella ocasión su reporte fue claro y preocupante: la tesorería se encontraba en limpio, sin fondos disponibles, por lo que era urgente organizar alguna actividad que permitiera recaudar dinero para sostener las labores del grupo.

Ante esta situación realizamos una reunión extraordinaria. Luego de escuchar el informe y tras un acuerdo colectivo, surgió la propuesta de organizar un bazar. Coincidía, además, que se aproximaban las fiestas patronales de San Judas Tadeo, santo patrono del barrio, lo que representaba una oportunidad propicia por la gran afluencia de comunidad.

Para llevar a cabo la idea era necesario solicitar permiso a la parroquia, específicamente al padre Cortés, para que nos autorizara instalar una carpa y vender allí algunos productos. La mesa directiva designó como delegados a Constantino, a Doris Álvarez —quien se desempeñaba como secretaria— y al propio tesorero Ever, con el fin de dialogar con el párroco.

Nos pusimos en marcha y concertamos la entrevista. Durante la reunión le expusimos al padre no solo la solicitud del espacio para el bazar, sino también una propuesta cultural en compensación: el grupo Katakandrú se comprometía a ambientar durante toda la semana las festividades patronales mediante presentaciones artísticas, llevando espectáculos culturales, música, teatro y danzas para el disfrute de la comunidad, además de apoyar la publicidad del evento religioso.

La propuesta fue bien recibida. El padre aceptó complacido, reconociendo el valor cultural y social del grupo. Con el permiso verbal y el sello de la honorabilidad —porque para nosotros la palabra del sacerdote era garantía— regresamos motivados y de inmediato nos pusimos manos a la obra para organizar la programación.

El lunes se presentó el grupo de la Universidad, dirigido por Alfonso Orozco, un colectivo artístico reconocido y muy cercano a Katakandrú, cuyos lazos de amistad y colaboración venían de tiempo atrás. Su presentación abrió la semana con gran calidad escénica y excelente asistencia.

El martes fue el turno del grupo del SENA, institución que había nutrido en gran medida el proceso formativo del teatro de los katakos. Su puesta en escena tuvo un significado especial, pues representaba los frutos de ese intercambio pedagógico y artístico.

El miércoles contamos con la participación del grupo del Instituto Huilense de Cultura, dirigido por Hugo Andrés Cabrera Sánchez, un conjunto de gran renombre regional cuya presencia dio realce y prestigio a la programación.

Para el jueves invitamos a un grupo musical independiente proveniente del sur de Colombia, específicamente de Nariño. Se encontraban realizando una gira nacional y, gracias al apoyo del Instituto Huilense, que patrocinaba parte de su recorrido, logramos incluirlos en nuestra agenda cultural, reconociéndoles un apoyo económico por su presentación.

El viernes quedó reservado de manera exclusiva para el grupo cultural Katakandru. Fue el gran cierre: una noche única donde convergieron la música, el teatro y las danzas en un viernes cultural espléndido. Cada integrante entregó lo mejor de sí, logrando una velada llena de identidad, talento y sentido comunitario.

De esta manera no solo cumplimos el compromiso adquirido con la parroquia, sino que también contribuimos a que la fiesta patronal de San Judas Tadeo tuviera una ambientación cultural memorable y ampliamente publicitada, fortaleciendo al mismo tiempo la imagen y el reconocimiento de Katakandrú dentro de la comunidad. 

 Dificultades vividas, el relato continúa así:

Ya cumplida nuestra parte cultural, ese mismo viernes en horas de la tarde nos trasladamos a la plazoleta de la iglesia para montar nuestra humilde carpa. La habíamos conseguido gracias al apoyo del papá de “los Bellos”, quien muy generosamente nos la prestó. No era la mejor ni la más grande, pero para nosotros representaba la posibilidad de cumplir el objetivo: recaudar recursos para el grupo.

Al costado de la iglesia, ocupando buena parte de la vía, la Junta de Acción Comunal también instalaba sus casetas. Eran alrededor de diez, todas muy bien presentadas, facilitadas por la empresa Postobón. La diferencia era notoria: sus estructuras eran amplias, coloridas y vistosas, mientras que la nuestra era sencilla y modesta.

En tono de burla y con algo de sarcasmo, algunos de ellos se reían de nuestra carpita. Hacían comentarios entre dientes y sonrisas irónicas al compararla con sus grandes casetas. Sin embargo, tomamos aquello con buen humor. Lejos de sentirnos menos, lo asumimos como un reto. No nos dejamos apabullar; por el contrario, reforzó nuestro ánimo de demostrar de qué éramos capaces.

El sábado se inició formalmente la actividad. Desde temprano la Junta instaló megáfonos y grandes parlantes para ambientar sus espacios y promocionar sus ventas. Nosotros, fieles a nuestra esencia cultural, decidimos apostar por lo que mejor sabíamos hacer: el arte como convocante.

Trajimos a nuestro grupo musical; las niñas se presentaron con sus trajes típicos de danza, llenando de colorido la plazoleta; organizamos además un grupo de teatro callejero que comenzó a interactuar con la gente entre risas, coplas y escenas improvisadas. Aquello se convirtió en un verdadero espectáculo popular.

La estrategia dio resultado inmediato: la gente empezó a correr hacia nuestro toldo, atraída por el ambiente festivo, la música en vivo y la alegría que irradiaba el espacio. La humilde carpita comenzó a abarrotarse de público.

Hacia el mediodía ya podíamos dar un primer informe positivo de ventas. Las empanadas se habían vendido en gran cantidad; los tamales, que previamente estaban comprometidos por encargo, no dejaron ni uno solo disponible; el arroz con leche se agotó rápidamente; y de las bebidas tradicionales —la chicha y la aloja— apenas quedaban las últimas porciones.

Con entusiasmo anunciábamos a los cuatro vientos, usando nuestra propia voz como megáfono humano:

“¡Señoras y señores, ya casi acabamos con todo lo que hemos preparado! ¡Atención, vengan y acaben con lo que hay para traerles merienda nueva!”

Esa era nuestra propaganda: alegre, directa y cargada de picardía popular.

Sin embargo, aquel éxito comenzó a incomodar a la Junta de Acción Comunal. Mientras nuestro toldo permanecía lleno, sus carpas —a pesar de ser más grandes y mejor dotadas— tenían las mesas con producto, pero con ventas mínimas. La diferencia en la afluencia de público era evidente.

Fue entonces cuando empezó el problema...

Traslado de carpa por faltar a la palabra

Fue entonces cuando el presidente de la Junta de Acción Comunal nos hizo el llamado para que diéramos explicación sobre quién nos había autorizado a colocar “esa carpucha”, como despectivamente la llamó, en la plazoleta de la iglesia.

Yo, Constantino, tomé la palabra y le respondí con serenidad:

—El permiso nos lo dio el sacerdote.

El presidente, con gesto incrédulo, replicó:

—Pues lo llamaremos para comprobar si en realidad fue así.

Minutos después llegó el padre Cortés. Se le puso al tanto de la situación y, para nuestra sorpresa, respondió que no nos había dado ningún permiso.

Aquello me desconcertó profundamente y le dije, mirándolo de frente:

—Padre, ¿Cómo va a ser posible que una persona como usted falte a la palabra? Nosotros cumplimos con nuestro compromiso cultural durante toda la semana.

El sacerdote, algo incómodo, respondió:

—Que yo recuerde, hablamos de las actividades culturales y les hice la publicidad en el púlpito, eso sí… pero de que ustedes colocaran un toldo de comida y nos hicieran competencia, no.

La tensión subió de inmediato. Fue en ese instante cuando Leónidas, visiblemente furibundo, saltó al ruedo. Venía con un bombón —una paleta de dulce— en la boca. Se la sacó de golpe para increpar al sacerdote y, señalándolo con el palito, le dijo que era una persona irresponsable y poco creíble.

En medio de su exaltación ocurrió un hecho tan inesperado como pintoresco: la chupeta se desprendió del palito y salió disparada, golpeando al padre en el gorro que llevaba puesto.

Aquello fue la chispa que encendió el alboroto.

Algunos miembros de la Junta, junto con personas que estaban alrededor, reaccionaron indignados e intentaron irse contra Leónidas. El ambiente se puso tenso, a punto de convertirse en agresión física. Fue entonces cuando intervenimos rápidamente, lo rodeamos y lo retiramos del lugar para evitar que la situación pasara a mayores.

Acto seguido, el presidente de la Junta lanzó una sentencia tajante:

—O quitan ese armatoste, o quitamos nosotros nuestros toldos.

Otra voz, aún más radical, se escuchó entre el grupo:

—Hagamos algo mejor: si no lo quitan, se lo tumbamos.

La amenaza era directa.

En medio de ese clima de confrontación apareció don Sixto, mi padre. Con la serenidad que lo caracterizaba y la autoridad moral que tenía sobre nosotros, nos dijo:

—No se pongan a pelear ni con la Junta ni con el padre. Quitemos el toldo y nos lo llevamos para la plazuela del campo de fútbol, a un ladito.

Su consejo fue sensato. Entendimos que el conflicto no valía más que la paz comunitaria. Así que desmontamos la carpa y, con la ayuda de varios padres de familia, la trasladamos hasta la plazuela contigua al campo de fútbol, donde volvimos a montarla con el mismo entusiasmo.

Sin embargo, lejos de mejorar las circunstancias, la situación terminó empeorando…

Pónganle atención.

SIN RENDIRNOS

Ya instalada la nueva carpa, y con la ayuda decidida de los padres de familia, esta quedó incluso más grande y mejor acondicionada que la anterior. De inmediato las madres se pusieron manos a la obra a cocinar nuevas viandas, reforzando la oferta con lo que ya teníamos previamente preparado.

Se inició nuevamente la música en vivo; el espectáculo visual con danzas y teatro callejero mejoró notablemente por el espacio abierto; y, como si fuera poco, Nacho Bello organizó de manera espontánea un campeonato relámpago de microfútbol. Para los niños preparamos una “Bara” de premios —dulces, balones pequeños y sorpresas— que aumentaron el entusiasmo infantil.

Además, logramos que nos prestaran algunos amplificadores de sonido, lo que terminó de convertir aquel rincón junto al campo de fútbol en un verdadero escenario popular. El lugar se transformó en un gran espectáculo comunitario.

La respuesta de la gente fue inmediata.

Muchas de las personas que estaban en el bazar de la parroquia y en las casetas de la Junta comenzaron a desplazarse hacia nuestro espacio. No era que ellos no vendieran nada —algo comercializaban—, pero el grueso del público estaba donde había ambiente, música y actividades para la familia.

Antes, cuando estábamos en la plazoleta de la iglesia, ambos espacios se beneficiaban del flujo de asistentes. Pero ahora la situación había cambiado: ellos habían quedado prácticamente solos.

La gente estaba concentrada mirando las actividades culturales, apoyando el campeonato, disfrutando las presentaciones… y, como consecuencia natural, nuestras ventas se duplicaron.

Al percatarse de este giro, a algunos miembros de la Junta les pareció más fácil recurrir a la autoridad que al diálogo. Ya caía la noche de aquel sábado cuando hicieron presencia varios policías con la orden de que suspendiéramos la actividad.

Llegaron con una actitud algo altanera y agresiva, intentando imponer el cierre inmediato. Pero la comunidad, que estaba disfrutando del evento, reaccionó de forma solidaria: hombres y mujeres se acercaron, algunos con elementos en la mano, no para agredir, sino para mostrar respaldo y ponerse en alerta ante cualquier abuso.

Rodearon a la policía y se generó un momento de tensión.

Se les explicó con calma toda la situación: que habíamos sido reubicados, que la actividad era cultural y comunitaria, que no había desorden ni riñas. Los agentes, al notar el ambiente y entender que intervenir podría generar un conflicto mayor con la comunidad, optaron por una salida prudente.

—Arreglen esto con la Junta —dijeron—. Nosotros nos marchamos.

Y se retiraron.

Nuevamente apareció la figura conciliadora de don Sixto, mi padre. Con su voz serena, pero firme, propuso una solución que des escalaba el conflicto:

—Dejemos las cosas como están. Que ellos terminen de vender lo poco que les queda, y ustedes mañana temprano concluyen las actividades que han iniciado. Luego desmontan el toldo y cerramos este capítulo y esta confrontación que no vale la pena prolongar.

Su intervención, una vez más, evitó que el problema creciera.

Así, entre tensiones, aprendizajes y el orgullo de haber defendido con cultura y trabajo nuestro espacio, aquella jornada quedó marcada en la memoria del grupo como una lección de dignidad, creatividad y resistencia comunitaria.

 Cultura vs. poder local

Don Sixto, mediador de silencios y tempestades

Aquel episodio no fue simplemente una disputa por ventas, ni una rivalidad pasajera entre carpas. En el fondo reflejaba una tensión más profunda: la que históricamente ha existido entre la cultura popular organizada y las estructuras de poder local.

Mientras la Junta representaba la formalidad institucional del barrio —con permisos implícitos, respaldos empresariales y estructuras visibles—, Katakandrú encarnaba la fuerza viva de la cultura comunitaria: la autogestión, la creatividad y la capacidad de convocar sin más recursos que el talento y la voluntad colectiva. La diferencia quedó en evidencia.

Ellos tenían las casetas más grandes, el patrocinio, los equipos de sonido, la logística… pero nosotros teníamos el alma de la gente. Y cuando la cultura se vuelve encuentro, fiesta, identidad y participación, el público no llega por obligación sino por afinidad.

No era una competencia comercial lo que se había desatado, sino un pulso simbólico:
¿Quién moviliza realmente a la comunidad? ¿El poder organizado o la cultura sentida?

Sin proponérnoslo, demostramos que el arte —cuando nace del barrio— tiene una capacidad de convocatoria que ningún megáfono institucional puede igualar.

Pero también aprendimos otra lección: cuando la cultura crece y se visibiliza, incomoda. Porque cuestiona jerarquías, desplaza protagonismos y pone en evidencia otras formas de liderazgo. 

Fue allí donde emergió con grandeza la figura de don Sixto. No era directivo, ni tesorero, ni presidente de nada. No tenía investidura formal. Sin embargo, poseía algo más poderoso: autoridad moral.

Don Sixto representaba la sabiduría del mayor, del hombre curtido en la vida comunitaria, que entendía que los conflictos mal manejados dejan heridas largas. Mientras los ánimos jóvenes se encendían —unos desde la burla, otros desde la indignación— él aparecía como un mediador natural, un tejedor de equilibrios.

Su intervención no defendía el orgullo por encima de la paz, sino la dignidad sin ruptura. Cuando aconsejó desmontar la carpa de la iglesia, no fue rendición: fue lectura estratégica del momento. Cuando propuso terminar las ventas sin confrontación, no fue debilidad: fue visión de futuro.

Comprendía que Katakandrú debía crecer sin enemistarse con el tejido social del barrio. Porque los procesos culturales, para perdurar, necesitan más puentes que trincheras.

En medio del bullicio, de la música, de las ventas agotadas y de la policía rodeada por la comunidad, la voz más sensata fue la suya. No gritó, no impuso, no acusó. Orientó.

Y esa noche quedó claro que, así como los grupos necesitan artistas, también necesitan guardianes de la armonía.

Don Sixto fue eso: un mediador histórico, un equilibrador de tormentas, un hombre que entendía que la victoria más grande no era vender más… sino no perder al barrio en el intento. Para muchos fue simplemente “el papá de Constantino”.

Para Katakandrú, fue mucho más que eso. Hoy, visto a la distancia, comprendemos mejor la grandeza silenciosa de don Sixto. No ocupó cargos ni buscó protagonismos, pero fue un mediador natural, un orientador de momentos tensos y un protector del proceso cultural cuando los ánimos juveniles amenazaban con desbordarse. Aquella noche del bazar evitó que el orgullo rompiera la convivencia del barrio y nos enseñó que la cultura, para perdurar, necesita tanto pasión como prudencia. Su recuerdo sigue siendo brújula moral para el grupo, presencia serena que aún aconseja desde la memoria.

Aquella experiencia nos dejó recursos económicos, sí. Pero, sobre todo, nos dejó recursos humanos: madurez, lectura política del territorio y la certeza de que la cultura es poderosa… siempre que camine de la mano con la prudencia de sus mayores.

Superada la confrontación y ya con las actividades cerradas, llegó el momento de hacer cuentas, recoger ganancias y evaluar si todo el esfuerzo había valido la pena. Fue entonces cuando volvió a escena la figura meticulosa del tesorero Ever, quien —libreta en mano— habría de revelar no solo el balance económico del bazar, sino también nuevas preocupaciones y desafíos que marcarían el rumbo inmediato de Katakandrú.

Informe financiero narrado

Cuando la cultura también hace cuentas

Pasados los días de agitación, desmontadas las carpas y ya con el barrio retomando su ritmo habitual, llegó el momento inevitable: rendir cuentas.

Como era costumbre, se convocó reunión general. Sobre la mesa reposaban las libretas, los recibos improvisados, las listas de encargos y los apuntes hechos a mano durante la jornada. En el centro de todo, con su serenidad característica, se encontraba el tesorero Evert, listo para presentar el balance.

El silencio fue respetuoso.

No era solo curiosidad por saber cuánto se había vendido, sino la expectativa de comprobar si el esfuerzo colectivo —las cocinas encendidas, las noches culturales, el traslado del toldo, las tensiones superadas— había dado fruto real para el sostenimiento del grupo.

Ever comenzó su informe detallando primero los egresos: la compra de insumos para las comidas, los apoyos económicos entregados a algunos grupos invitados, el transporte de equipos, los elementos logísticos y los pequeños gastos que siempre aparecen en actividades de esta magnitud.

Nada quedó por fuera.

Luego hizo una pausa, revisó su libreta y levantó la mirada.

Fue entonces cuando anunció que, aun descontando todos los gastos, el bazar había dejado utilidades. No abundantes al punto de la holgura, pero sí significativas para la realidad del grupo. La noticia fue recibida con aplausos espontáneos.

Aquellas ganancias permitían respirar: garantizar materiales para talleres, apoyar montajes teatrales, mantener instrumentos, financiar vestuarios y cubrir necesidades básicas para que Katakandrú no detuviera su marcha cultural.

No era dinero acumulado por ambición, sino recurso sembrado para la continuidad. Más que el monto —que nunca fue lo esencial— lo valioso era lo que representaba: la demostración de que la autogestión cultural sí podía sostener procesos cuando había organización, trabajo colectivo y sentido de pertenencia.

Ese informe cerró con una frase sencilla de Ever que quedó resonando:

—No nos hicimos ricos… pero tampoco quedamos debiendo. Y lo más importante: Katakandrú puede seguir caminando. Aquella noche no solo se aprobó un balance financiero. Se ratificó una convicción: que la cultura, cuando se trabaja con dignidad, también sabe producir sus propios recursos sin perder su esencia comunitaria.

Sobre el tesorero Hébert Motta  

Hablar de Hébert Motta es volver a ver a ese chacho sereno, de mirada franca, que casi siempre llevaba una libreta bajo el brazo y un lápiz detrás de la oreja, como si en cualquier momento fuera a cuadrar cuentas o a resolver un problema que los demás aún no alcanzábamos a notar. Desde el primer día asumió la tesorería con una responsabilidad que sorprendía para su edad. Sabía bien que el club no nadaba en recursos, pero también sabía —y lo decía con una sonrisa tranquila— que cuando hay ganas, la plata alcanza.

Ever Motta

Era admirable verlo estirar cada peso como si fuera elástico. Revisaba facturas con paciencia, negociaba precios, buscaba rebajas, preguntaba una y otra vez hasta encontrar la mejor opción. Y aun así, nunca perdió la alegría. Más de una vez lo vimos llegar con una bolsa de pan o una gaseosa compartida “porque alcanzó”, decía con orgullo, celebrando no el gasto, sino el milagro de haber hecho rendir el presupuesto. Y cuando no alcanzaba, él mismo ponía de su bolsillo, sin anunciarlo, sin esperar reconocimiento alguno. Lo hacía en silencio, porque así era Hébert.

Pero más allá de su destreza con las cuentas, lo que todos recordamos —y lo que hoy merece ser dicho— es su honradez absoluta. Nadie dudaba de él. Nadie. En tiempos en que la necesidad podía tentar a cualquiera, Hébert era una roca: transparente, firme, incapaz de tomar un centavo que no le perteneciera. Por eso, cuando hablaba, el grupo guardaba silencio. Y cuando proponía algo, la confianza era inmediata, casi automática.

Y como amigo… qué más puedo decirte, hermano. Era de los que llegaban temprano para ayudar y se iban de últimos, de los que prestaban el hombro sin hacer preguntas, de los que sabían cuándo callar y cuándo soltar una carcajada para aliviar el peso del día. En las mingas, mientras otros descansaban un momento, él seguía barriendo, recogiendo, ordenando. Y aun así encontraba tiempo para bromear, para animar, para hacer sentir a cada uno parte de algo que nos superaba.

Ever Motta fue mucho más que un tesorero. Fue un pilar silencioso, un compañero leal, un Katacos que entendió, quizá antes que muchos, que la grandeza de un grupo no se mide solo en proyectos cumplidos, sino en los pequeños actos de honestidad, entrega y cariño cotidiano.

Su nombre quedó grabado en la historia de Katakandrú no por las cifras que cuidó, sino por la nobleza con que lo hizo. Y cada vez que hablamos de lo que fuimos, su recuerdo vuelve, sereno y firme, como recordándonos que así también se construye la memoria.


LA ANECDOTA DE EVER
Dicen que las mejores historias no nacen en los libros, sino en las tiendas de barrio o cafeterías, entre pollitas sudadas y carcajadas que se repiten hasta que la memoria se vuelve tradición. Yo doy fe de eso. Y si no, pregúntale a cualquiera por la noche en que dejé de ser futbolista aficionado para convertirme —sin querer— en personaje de leyenda.

Todo empezó después de un partido cualquiera. De esos que se juegan con más corazón que técnica. Terminamos en la tienda de Vale, ese lugar sagrado donde uno no solo se refresca, sino donde se bautizan las anécdotas que nunca mueren. Entre brindis, chistes y promesas de fiesta eterna, alguien lanzó la idea:
—¿Y si vamos a bañarnos y nos arreglamos para la rumba en casa de los Castros?

La respuesta fue inmediata, como debe ser entre valientes… o imprudentes. Cinco en una moto. Sí, cinco.
Constantino al timón; yo, Ever, justo detrás; luego Archi, Fulvio y Carlos, que por lo largo y flaco parecía bandera al viento. 
Arrancamos confiados, riéndonos del mundo, cuando de repente un carro nos salió como bala. Constantino aceleró por puro instinto, pero el destino —ese bromista cruel— nos tenía preparado un hueco. Literal. Uno de esos que no se ven, pero se recuerdan toda la vida.

La moto cayó y salimos disparados como fichas de dominó mal lanzadas: Constantino voló por los cachos como vaquero sin toro.
Carlos quedó de pie, milagroso, como estatua viva.
Fulvio y Archi rodaron a los lados, levantando polvo y risas nerviosas.
Y yo… bueno, yo quedé atrapado bajo la moto, con el exosto caliente justo donde más duele decirlo.

Hubo un segundo de silencio. Solo uno. Luego vinieron los quejidos. Yo intenté ponerme de pie y caminé como si estuviera inventando un nuevo ritmo de cumbia: paso corto, cadera rígida, dignidad en ruinas. Pero aquí viene lo verdaderamente épico: ninguno faltó a la fiesta. Y yo menos.

Llegué cojeando, con un protector improvisado y la sonrisa forzada del que no se deja vencer. Y ahí empezó la verdadera comedia. Cada vez que me animaba a mover la cadera en la pista, el coro era unánime:
—¡Cuidado con el hueco!

Desde esa noche dejé de ser Ever. Pasé a llamarme “El Hueco”.
Fulvio gritaba:
—¡El hueco, el hueco!
Constantino respondía:
—¿Cuál hueco? ¡El verdadero hueco fue el que le dejó el exosto a Ever!
Y Archi, muerto de la risa, decía que yo parecía gallo de pelea, con las pantalonetas arremangadas y el orgullo intacto.

La imagen final, hermano, fue gloriosa: yo bailando en pantaloneta arremangada, sudando alegría, con la quemadura ardiendo y el alma encendida, demostrando que ni el dolor más bravo puede apagar la chispa de una buena fiesta ni las ganas de vivirla.

Así nacen las leyendas: no con gloria solemne, sino con caídas memorables, amigos alrededor y risas que, hasta hoy, siguen sonando cada vez que alguien dice mi nombre… o menciona un hueco en la calle.


LA ACTIVIDAD CULTURAL

3. El arte como conciencia social

  Actuar, cantar, danzar y moldear la tierra era también denunciar, proponer, sensibilizar. El escenario se volvió espejo de la comunidad y, al mismo tiempo, ventana de posibilidades

Cultura: Cuando pienso en Katakandrú, no puedo hablar solo de reuniones, torneos o cargos. Tengo que hablar, inevitablemente, de la cultura. Porque para nosotros la cultura nunca fue un adorno ni un pasatiempo: fue raíz, fue escuela y fue refugio. Desde el comienzo entendimos que allí, en el arte, había una fuerza capaz de decir lo que a veces no sabíamos expresar con palabras.

La cultura se volvió nuestro espacio de encuentro, de formación y de afirmación como jóvenes del barrio. A través de ella aprendimos a mirarnos, a reconocernos y a decirle al mundo quiénes éramos. El teatro, la música y la danza no llegaron por casualidad: llegaron porque necesitábamos contar nuestras historias, rescatar nuestros valores y fortalecer una identidad que se estaba construyendo paso a paso.

El teatro fue, quizás, nuestra voz más directa. En las tablas representamos la vida cotidiana, los conflictos juveniles, las alegrías y las heridas del entorno. Cada obra era un espejo y, al mismo tiempo, una pregunta abierta a la comunidad. No actuábamos solo para entretener, sino para provocar reflexión, diálogo y conciencia.

La música nos acompañó como una compañera fiel. Buscábamos ritmos y letras que hablaran de resistencia, de esperanza, de dignidad. Con la música contamos historias del barrio, expresamos emociones guardadas y llenamos de sentido nuestros encuentros y actividades. Sonaba una canción y, de inmediato, sabíamos que pertenecíamos a algo más grande que nosotros mismos.

Y la danza… la danza fue cuerpo y memoria. A través del movimiento unimos tradición y presente, disciplina y libertad. Bailar nos enseñó a trabajar en equipo, a escucharnos sin palabras y a celebrar lo que éramos. Cada paso era una forma de decir: aquí estamos, seguimos vivos, seguimos juntos.

Todas estas expresiones no solo nos formaron como artistas, sino como personas. Nos enseñaron a pensar, a sentir y a actuar en colectivo. Gracias a ellas, Katakandrú se fortaleció como proyecto juvenil y comunitario, y encontró en la cultura un camino para transformar, unir y proyectar sueños.

Hoy, al recordar ese tiempo, confirmo que el arte fue uno de nuestros pilares más firmes. Y mientras estas historias se sigan contando, la cultura de Katakandrú seguirá latiendo, como un corazón que nunca aprendió a rendirse.                        

  Yael Garaviño.

En medio de aquel tiempo de efervescencia juvenil, donde cada reunión parecía encender una chispa nueva y cada actividad reforzaba el sentido de pertenencia, surgían también figuras que, desde su propio temperamento, dejaban huella en la historia naciente de Katakandrú.

Uno de ellos fue Jael Garaviño.

Jael era un integrante bastante activo. Sentía una inclinación especial por la parte social y cultural, pues la consideraba de gran importancia dentro del proceso formativo del grupo. Siempre estaba presto a participar, a colaborar, a tender la mano donde hiciera falta. Aunque no estuviese vinculado de manera directa a algún comité o subgrupo, su disposición era constante y su diligencia ante las necesidades colectivas lo hacía visible y necesario.

Recuerdo que, después de la exposición de los símbolos —aquel momento en que definíamos emblemas, colores y sentidos de identidad—, tuvo un altercado con el presidente. Pero lejos de ser un conflicto irreconciliable, era el reflejo natural de los debates que solíamos sostener: discusiones intensas, sí, pero orientadas a confrontar ideas para que de ellas surgiera la mejor propuesta. Así éramos: apasionados, críticos, soñadores, convencidos de que el disenso también construía.

Sin embargo, algo empezó a cambiar.

Sin previo aviso, Jael fue tomando distancia. Primero dejó de asistir con regularidad; luego comenzó a aislarse. Su presencia, antes frecuente, se volvió esporádica. A las reuniones iba de cuando en vez, y ya no intervenía con el mismo entusiasmo de antes.

Con el tiempo supimos que su familia se había trasladado de barrio, hacia El Altico. Tal vez la distancia y las dificultades de transporte influyeron en su ausencia creciente. Cuando no lo encontrábamos en la universidad, se excusaba diciendo que tenía mucho trabajo, que sus responsabilidades habían aumentado, que incluso había sido nombrado docente fuera de la ciudad.

Poco a poco su figura se fue diluyendo en la cotidianidad del grupo, hasta que un día, sin que mediara despedida formal, dejó de aparecer. Intentamos buscarlo, reanimar su vínculo, rescatarlo de aquella apatía que parecía haberlo envuelto frente al proceso organizativo, pero no fue posible.

Así, Jael Garaviño se convirtió en uno de esos buenos elementos que partieron antes de tiempo: valiosos, recordados, inscritos con afecto en los anales de Katakandrú. Porque si algo tenía nuestra historia, era precisamente eso: hombres y mujeres que, aun cuando sus caminos se bifurcaron, dejaron sembrada una parte de sí en la memoria colectiva del grupo.

Fulvio César Castro

FULVIO EL ESCULTOR

Querido lector, querido compañero de memoria:

Dicen que en toda comunidad hay personas que, más allá de su talento, se convierten en guardianes silenciosos de la unidad. En Katakandrú, ese papel lo asumió con firmeza y con cariño Fulvio César Castro: pintor, escultor, ceramista… y, sobre todo, hermano de camino.

Fulvio no era solo un artista que sabía dialogar con el barro o despertar los colores. Era un hombre que entendía el arte como un puente tendido entre las personas, como un abrazo capaz de reunir voluntades dispersas. Siempre insistía en lo mismo —como quien cuida una llama frágil—: Katakandrú no debía desunirse. Decía que la verdadera fuerza estaba en seguir juntos, en no permitir que las diferencias apagaran la alegría de crear para los demás.

Tal vez por eso su obra más recordada no terminó encerrada en vitrinas ni colgada en muros solemnes. La escultura de La Gaitana nació para andar de mano en mano, para ser alzada con sudor y orgullo, para convertirse en trofeo del Hexagonal Decembrino de Las Granjas. Allí, en medio de goles, risas y aplausos, su arte se volvió símbolo de hermandad y gloria deportiva. Cada vez que La Gaitana cambiaba de dueño, parecía que Fulvio nos hablaba sin palabras: el arte también celebra, la memoria también juega, la historia del pueblo puede sostenerse en las manos de quienes sueñan.

Fulvio César Castro dejó huella en cada pincelada, en cada escultura y en cada consejo dado a tiempo para mantenernos unidos. Pero su legado no se mide solo en las piezas que creó. Vive, sobre todo, en la lección que nos dejó: que Katakandrú era más que un grupo cultural; era familia, era raíz profunda, era un futuro que solo podía construirse en colectivo.

Hoy, cuando evocamos su nombre, lo hacemos con gratitud serena. Sabemos que su arte y su empeño siguen vivos en cada encuentro, en cada relato que se repite al calor de la memoria, en cada sonrisa que despierta el recuerdo de Katakandrú. Y así, querido lector, mientras alguien siga contando esta historia, Fulvio seguirá caminando con nosotros.

ANECDOTA DE FULVIO CESAR CASTRO

Queridos compañeros de Katakandrú:

 Hay momentos que no se pueden quedar solo en la memoria hablada, y este fue uno de ellos. Yo siempre he sido inquieto, ustedes lo saben. No por gusto de alborotar, sino porque me duele ver cómo se apaga lo que con tanto esfuerzo encendimos juntos. Y hubo un tiempo en que empecé a sentir ese silencio raro, esa rutina pesada que se sienta en las reuniones cuando el entusiasmo se va quedando sin aire.

Veía a la mesa directiva cansada, agotada no por falta de voluntad, sino por exceso de carga. Veía al grupo quieto, como esperando que alguien más diera el primer paso. Y entendí que el mayor peligro no era la discusión ni el desacuerdo, sino la indiferencia. El letargo. Esa muerte lenta que no hace ruido.

Por eso un día hablé. Hablé fuerte, como quien sacude a un hermano dormido. Los reuní a muchos de ustedes y les dije, sin rodeos, que el club no podía seguir así. Que si la mesa estaba agotada, había que moverla; que si hacía falta, nosotros mismos nombraríamos otra. No lo dije por ambición ni por ganas de mandar, sino por amor al grupo. Porque Katakandrú no nació para vegetar.

Mis palabras cayeron como trueno, lo sé. Tal vez dolieron. Tal vez asustaron. Pero también cumplieron su propósito: despertaron. La mesa directiva reaccionó, se levantó con berraquera y volvió a poner el corazón donde siempre había estado. Y el grupo entendió que no se puede caminar dormido cuando se quiere llegar lejos.


Chicas de Micro y Danzas

Hoy miro ese episodio sin arrepentimiento. Lo que algunos llamaron un “golpe de grupo” fue, para mí, un acto de lealtad. Preferí el ruido del conflicto al silencio de la apatía. Porque aprendí que los colectivos no se rompen cuando discuten, sino cuando dejan de sentir.

Si escribo esto ahora es para que no se olvide: Katakandrú vive mientras alguien se atreva a incomodar por amor, a sacudir por convicción y a creer, incluso en los momentos más cansados, que siempre vale la pena volver a empezar.

Con el mismo cariño de siempre,
Fulvio César Castro

 A Omar Cuéllar

¿Se acuerdan de Omar Cuéllar? Claro que sí. ¿Cómo no recordarlo?
Omar no era solo un socio de Katakandrú: era música hecha persona. Donde él estaba, el ritmo encontraba su lugar.

Cumplía con rigor su labor de cajero, llevaba el ritmo por dentro, claro, sin dudas. Pero apenas la conga aparecía, Omar se transformaba. Era como si dejara el papel y el lápiz para ponerse al frente del pulso invisible que sostenía al grupo. Sus manos sabían exactamente cuándo hablar y cuándo callar, cuándo acelerar el ánimo y cuándo sostenerlo.

En cada encuentro del grupo musical del club llegaba puntual, con esa sonrisa cómplice que ya anunciaba fiesta. No tocaba por costumbre ni por exhibición: tocaba por convicción. Decía, con una certeza que no admitía discusión:
“Si la música se apaga, se apaga el corazón de Katakandrú.”

Y tenía razón. Cuando el cansancio asomaba, cuando la reunión parecía perder fuerza, Omar levantaba la conga y bastaban unos cuantos golpes para que todo cambiara. El salón despertaba, las miradas se encontraban, las risas regresaban. Era como un conjuro antiguo: la música volvía a unirnos.

Omar entendía algo que no todos ven a tiempo: que la música no era un adorno, sino el lazo invisible que nos mantenía juntos. Por eso nunca permitió que la parte musical decayera. Sabía que sin ritmo no había alegría, sin alegría no había unión, y sin unión no existía Katakandrú.

Hoy, cuando evocamos aquellos días, es imposible no escuchar el eco de su caja. Suena todavía, marcando el compás de la memoria. Es como si Omar siguiera ahí, vigilante, asegurándose de que el ritmo no se pierda.

Porque eso fue Omar Cuéllar:
el guardián del sonido,
el custodio del pulso colectivo,
el hombre que nos enseñó que la música no solo se toca…
la música se defiende.


La Anécdota de Omar, 
El Hombre de la Caja musical

Ustedes ya me conocen… a mí siempre me dijeron el hombre de la caja. Y no porque la tocara suavecito, no. Yo le daba con todo, con rabia buena, con ganas, como si cada golpe fuera un reto lanzado al silencio. Para mí la caja no era un instrumento: era un pulso vivo, un contrincante noble al que había que sacarle la voz más honda.

Ese día —ustedes lo recuerdan— yo estaba embalado. La gente, el calor, el ritmo creciendo… y yo dándole más fuerte, como si el cuero fuera a hablar solo si lo obligaban. Pensé que iba a romper la caja. Pero no. La que terminó cediendo fue la carne.

Sentí el ardor, vi la sangre en dos dedos abiertos, y de una llegaron las voces:
—¡Omar, pare! ¡Así no puede seguir!

Pero yo, necio como soy cuando la música manda, les respondí sin pensarlo:
—¡Mamola!

Me envolví los dedos con esparadrapo, una armadura pobre pero suficiente, y seguí tocando. Dolía, claro que dolía. Pero el dolor también tenía ritmo, y yo no iba a dejar caer la música a mitad del camino. Cada golpe era una mezcla de ardor y terquedad, y cada compás una declaración: mientras yo pudiera mover la mano, la caja no se callaba.

Los vi mirarme con preocupación, con risa nerviosa, con esa mezcla de admiración y regaño que solo se le guarda a un amigo testarudo. Yo apenas hacía muecas. No quería que el dolor le ganara al ritmo.

Después vino el precio. El médico fue claro: un mes sin tocar. Y ustedes, con razón, me soltaron la sentencia:
—Ahí tiene, por no hacer caso.

Tenían razón. Pero déjenme decirles algo: no me arrepiento. Porque ese día no solo toqué la caja, la defendí. Y si sangré fue porque la música me atravesó primero.

Así quedó la historia, entre risas y advertencias. Y así me quedé yo en la memoria del grupo: como el hombre que prefirió sangrar antes que dejar de marcar el ritmo.

Con el corazón en compás,
Omar Cuéllar

“¿Cómo no nombrarte cuando hablamos de la música en Katakandrú? Sería como intentar recordar el río sin mencionar el agua. Tú eras el director de todo lo que sonara y respirara música: el coro, los dúos, los solistas… y, por supuesto, tu guitarra, esa que nunca fue un objeto, sino una prolongación de tu propia alma.

Cada ensayo contigo era algo más que práctica. Tenías esa chispa rara, esa genialidad serena que convertía cualquier encuentro en un momento especial. Bastaba que rasgaras las cuerdas para que el salón cambiara de aire, para que todos supiéramos que allí estaba pasando algo importante.

Pero tú no eras solo músico. Eras, ante todo, un libre pensador. Mientras afinabas voces o corregías acordes, también sembrabas ideas. Hablabas de política, sí, pero no de la que se queda en consignas huecas, sino de la que nace del compromiso con la comunidad, de la pregunta honesta por cómo vivir mejor, juntos. En ti, la música y la conciencia social caminaban de la mano, sin estorbarse, sin fingimientos.

¡Y qué disciplina la tuya al organizar los coros! Exigente, claro que sí, pero siempre atravesada por la alegría. Nos enseñaste que la música no estaba hecha solo para sonar bonito, sino para unir, para darnos identidad, para recordarnos que éramos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Y cuando tocabas como solista… el silencio se volvía respetuoso. Las palabras sobraban. Parecía que la guitarra hablaba por ti, diciendo lo que muchos sentíamos y no sabíamos cómo expresar.

Por eso hoy, al evocarte, no te recordamos solo como director musical, sino como ese hombre que entendió que cantar, tocar y pensar son actos profundamente políticos en el mejor sentido: actos que fortalecen al grupo, que dignifican al pueblo y que dejan huella.

Ese es tu legado, Jaime: habernos enseñado que la música, cuando nace del pensamiento libre y del amor por la gente, se convierte en fuerza colectiva y memoria viva.

Con gratitud y acordes eternos,
Katakandrú


La Anécdota de Jaime Borrero

La anécdota de “¡Arre torito!” 

Yo siempre he dicho que la música tiene vida propia, y que cuando se le intenta amarrar demasiado, se rebela. Aquella vez lo entendí mejor que nunca.

Estábamos listos para la presentación en la radio. Los niños venían ensayados, juiciosos, con los ojos brillantes y el corazón acelerado. Yo los había preparado con todo el cuidado del mundo: las entradas, el ritmo, la fuerza del coro. Íbamos a cantar El Barcino, esa joya de Jorge Villamil que uno cree conocer de memoria, pero que siempre guarda sorpresas. Y claro, ahí estaba la muletilla traviesa:
—¡Arre torito!
Letra y Acordes de “El Barcino” – Jorge Villamil

Esta es la historia, de aquel novillo,
que había nacido allá en la sierra,
de bella estampa, mirada fiera,
tenía los cuernos, punta de lanza.

Cuando en los tiempos de la violencia,
se lo llevaron los guerrilleros,
con "tiro fijo", cruzó senderos,
llegando al pato y al guayabero.
Coro:
Arre torito bravo que tienes alma de acero,
que guardas en la mirada, fulgor de torito fiero,
que llevas en el hocico, el aroma del poleo.

Les advertí que era solo un guiño, un detalle juguetón dentro de la canción. Asintieron con la cabeza, muy serios… demasiado serios para lo que vendría después.

Arrancamos.
La guitarra sonó firme, las voces entraron bien… y de pronto, como si alguien hubiera soltado una compuerta invisible, los niños empezaron a gritar:

—¡Arre torito!
Y otra vez:
—¡Arre torito!
Y otra más…
—¡Arre torito!

Yo los miraba y pensaba: Bueno, ya se les pasa. Pero no. Aquello no se pasó. Desde el principio hasta el final, la canción se volvió un desfile imparable de “¡Arre torito!”, como si el barcino se hubiera desbocado por la cabina de la emisora.

En ese segundo tuve dos opciones: frenar en seco o montarme en la avalancha. Y yo, que le tengo respeto al folclor y cariño a la improvisación, decidí lo segundo.

Sonreí, reforcé la guitarra, jugué con los tiempos, les hice señas para que ese “error” se volviera intención. Convertí la repetición en ritmo, el desorden en gracia, el susto en espectáculo. Y pasó lo que tenía que pasar: la gente al otro lado del micrófono no se molestó… se rió, aplaudió, celebró.

Cuando terminamos, el estudio estaba lleno de carcajadas. Nadie habló de equivocación. Todos hablaron de frescura, de espontaneidad, de alegría. Y yo supe, ahí mismo, que la música también se enseña dejando que ocurra.

Esa fue la vez en que El Barcino no obedeció al libreto, y en que unos niños, sin saberlo, me recordaron una verdad grande: que el folclor no se encierra, que la música se vive,
y que a veces un “¡Arre torito!” repetido puede convertirse en leyenda.

Así quedó la anécdota. No como un error… sino como una victoria cantada a coro.

Omar Cuéllar, Fulvio César Castro, Jaime Borrero y Constantino

En la memoria de Katakandrú hay nombres que se entrelazan como acordes de una misma canción: Omar Cuéllar, Fulvio César Castro, Jaime Borrero y Constantino Castro Zamora. Cada uno, desde su talento y su entrega, sostuvo un pilar del espíritu artístico del grupo.

🎶 Omar Cuéllar fue el ritmo. Con su conga marcaba la cadencia de las reuniones, y como cajero cuidaba que las cuentas estuvieran claras, porque sabía que la música necesitaba tanto corazón como orden. Su empeño era que el sonido nunca se apagara, que la alegría siguiera latiendo en cada encuentro.

🎨 Fulvio César Castro fue la forma. Pintor, escultor y ceramista, convirtió la memoria en obra tangible. Su creación más emblemática, la escultura de la Gaitana, se transformó en trofeo del Hexagonal Decembrino, llevando el arte al campo de juego y recordándonos que la cultura también se celebra en comunidad. Su voz era siempre un llamado a la unidad, a no dejar que Katakandrú se fragmentara.

🎸 Jaime Borrero fue la voz y el pensamiento. Director de coros, dúos y solistas, guitarrista que hacía hablar las cuerdas, y libre pensador que mezclaba música con compromiso político en favor de las comunidades. Su genialidad estaba en unir disciplina con libertad, melodía con reflexión, arte con conciencia social.

🎭 Constantino fue la escena y la palabra hecha vida. Como director de teatro, convirtió el escenario en aula, en tribuna y en espejo del barrio. Bajo su orientación, los cuerpos aprendieron a narrar lo que la voz callaba, y las obras se transformaron en actos de denuncia, memoria y esperanza. Su dirección no solo formaba actores, sino conciencias, haciendo del teatro una herramienta de educación popular y transformación colectiva.

Juntos, Omar, Fulvio, Jaime y Constantino fueron como un cuarteto invisible que sostenía la esencia de Katakandrú: ritmo, forma, voz y escena. Gracias a ellos, el club no solo tuvo música, arte y teatro, sino también identidad, cohesión y propósito.

Hoy, al recordarlos, no hablamos de hombres aislados, sino de un legado compartido que nos recuerda que Katakandrú fue, es y será más que un grupo: es una familia que canta, crea, representa y sueña unida.


El grupo DE TEATRO: 

El teatro nació dentro del grupo Katakos de manera incipiente y espontánea, como respuesta a una necesidad profunda de expresión y de encuentro colectivo. No surgió como un proyecto estructurado desde el inicio, sino como un impulso natural de los jóvenes por narrar sus realidades, sus inquietudes y sus sueños a través de la escena.

En sus primeras etapas estuvo conformado por siete integrantes: Steven Ramírez, Arquímedes (Archi), Eulises, Constantino Castro, Yolanda Morales, Humberto Flores y Adriana López Aristizábal. Cada uno aportó desde su sensibilidad, su compromiso y su deseo genuino de construir un espacio artístico para el barrio, donde el teatro fuera puente entre la cultura y la comunidad.

Los ensayos comenzaron a realizarse de manera constante todas las noches a partir de las 7:00 p. m., convirtiéndose muy pronto en un punto de encuentro cotidiano. Allí el arte se mezclaba con la amistad, el aprendizaje y la disciplina, en jornadas que fortalecían no solo las habilidades escénicas, sino también los lazos humanos del grupo.

En ese momento, la dirección estuvo a cargo de Steven Ramírez, quien cursaba estudios de arte dramático en el SENA. Desde esa formación transmitía con entusiasmo sus conocimientos, compartiendo técnicas, ejercicios y principios teatrales que motivaban al colectivo a asumir el teatro con seriedad, pero también con pasión, como una herramienta de transformación personal y comunitaria.

Las primeras presentaciones tuvieron lugar en el barrio Las Granjas, escenario natural de nuestras acciones culturales. Allí se dio a conocer una obra breve titulada “Hoja seca”. Creada por Constantino Castro, Aunque sencilla en su puesta en escena, esta obra marcó un hito significativo: representó el nacimiento formal del teatro dentro de Katakos y el inicio de un diálogo artístico directo con la comunidad que nos vio crecer.

Sin embargo, de manera inesperada, aquel proceso se vio abruptamente interrumpido. Steven Ramírez cayó gravemente enfermo, y un extraño mal fue apagando su vida hasta llevárselo prematuramente a la tumba. La pérdida resultó profundamente dolorosa. Primero, porque se trataba de un joven lleno de sueños, expectativas y proyectos de futuro; segundo, porque era un integrante activo y entrañable del grupo Katakos; y tercero, porque ejercía la dirección del teatro, siendo guía y motor de un proceso artístico que apenas comenzaba a florecer.

Su partida dejó una huella imborrable, pero también sembró una enseñanza: el teatro, como la vida, es frágil y valioso, y cada acto creativo guarda la memoria de quienes lo soñaron y lo hicieron posible.

Lloró el grupo. Lloró el barrio entero. Y hasta el cielo pareció sumarse al duelo. La lluvia cayó con fuerza, el agua se arremolinó en las calles y algunos árboles se inclinaron lentamente, como haciendo una última venia de despedida. Fue un momento de profundo silencio, dolor y reflexión que marcó para siempre la memoria colectiva de Katakos.

Ante aquel vacío humano y artístico, surgió también la responsabilidad de no dejar morir el proceso que Steven había iniciado. La dirección del grupo de teatro debía continuar, y fue entonces cuando asumió esa tarea el Licenciado en Lingüística Constantino, quien recogió la antorcha formativa desde la palabra, la escena y la conciencia social, dando continuidad al legado teatral que ya hacía parte del espíritu del colectivo.

  
 Eulises, Archy, Constantino
El telón nunca se cerró del todo. Aunque las dificultades parecían amenazar con apagar la llama, los ensayos siguieron realizándose con disciplina y pasión. Ahora, bajo la dirección del licenciado en literatura Constantino Castro Zamora, el grupo encontró un nuevo aire, una brújula que lo guiaba hacia horizontes más ambiciosos.
El grupo se enriqueció con la llegada de nuevos integrantes que aportaron talento y diversidad: Magnolia Rojas, Julia Álvarez, Jaime Moreno, Vicente “Apayayú” Quintero, Roque Esquivel, Armando Castro; junto a ellos, un equipo técnico que dio solidez a la puesta en escena: Carlos Roberto Másmela, ingeniero de luces y sonido; Hever Motta, siempre dispuesto en los asuntos varios; y Fulvio César Castro, quien con su escenografía convirtió los escenarios en mundos posibles.
Bajo esta renovada dirección, se presentaron obras escritas por el propio Castro Zamora, piezas que exploraban la condición humana con intensidad y metáfora: El Espejo, El Hombre, Tampoco era el que buscaban y El Embajador de la India. Cada montaje era un desafío, un viaje colectivo que exigía entrega y creatividad.
El esfuerzo rindió frutos. Con la obra El Espejo, el grupo obtuvo el tercer puesto en el primer concurso de teatro organizado por la Gobernación del Huila, un logro que los colocó en la escena cultural regional. Allí compartieron escenario con agrupaciones de gran trayectoria: el grupo de teatro de la Universidad Surcolombiana (USCO), dirigido por Alfonso Orozco; el grupo del Instituto Huilense de Cultura, bajo la batuta de Hugo Andrés Sánchez; además de colectivos provenientes de Gigante, del Colegio Reinaldo Matiz, el grupo Libélula y otras agrupaciones emergentes que, aunque de menor representatividad, aportaban frescura y diversidad al certamen.

Más allá del premio, lo que quedó fue la certeza de que el teatro era un espacio de resistencia y creación, un lugar donde la comunidad podía reconocerse en sus propias historias y proyectar sus sueños. El grupo, fortalecido por la experiencia, se consolidó como un semillero de cultura, un taller vivo donde cada ensayo era una celebración y cada presentación, una victoria contra el olvido.

Teatro en Aipe
El reconocimiento no tardó en llegar. Los tres primeros grupos destacados en el concurso fueron contratados por el Instituto Huilense de Cultura para realizar varias presentaciones en distintos lugares de la región, llevando el teatro como bandera de identidad y memoria.
A Katakandrú, por ejemplo, le correspondió recorrer escenarios emblemáticos: se presentó en Pitalito, Hobo, Aipe, San Agustín, en el majestuoso Salón Azul de la Gobernación del Huila, y en diversos barrios populares de la ciudad de Neiva, donde el público los recibió con entusiasmo y gratitud. Cada función era más que un espectáculo: era un acto de resistencia cultural, e aquí un ejemplo.

NOCHE DE SOBRESALTO -Sta. Rita
Santa Rita, vereda de lomas apacibles y caminos de polvo claro, donde la noche parecía caer más honda que en cualquier otro rincón. Fulvio Cesar Castro , docente en Santa Rita nos había invitado  a una actividad cultural en esa vereda. Aceptamos la invitación con ese entusiasmo propio de quienes ven en el teatro no solo un espectáculo, sino un encuentro con el alma colectiva.

Llegamos cuando el sol ya se había rendido tras las montañas. Las luces en postes de madera colgaban de alambres tensos, titilando como luciérnagas cautivas. El tablado —hecho de tablas desiguales— crujía bajo los pasos de los actores que, entre bastidores de tela rústica, afinaban voces y nervios.

La función transcurría entre risas, aplausos y silencios atentos, hasta que la noche, que hasta entonces había sido cómplice, empezó a tornarse inquieta. Un viento frío bajó de repente por la quebrada, apagando dos de los focos. Las sombras crecieron, alargadas, movedizas, como si quisieran treparse al escenario.

Fue en ese instante cuando se escuchó el primer sobresalto: un golpe seco detrás del telón… luego otro, más cercano. El murmullo del público se volvió un hilo tenso. Algunos pensaron que hacía parte de la obra; otros, que algo no estaba bien.

De pronto, y sin previo aviso, aparecieron varios hombres armados hasta los dientes. Se ubicaron a un costado, observando la obra que habíamos preparado para aquellas festividades. Su presencia imponía, pero no interrumpieron. Permanecieron atentos de principio a fin.

Nos habían invitado porque ya conocían de nuestro grupo, por presentaciones anteriores realizadas en el propio municipio, contacto que se dio por intermedio de mi hermano Fulvio, docente de la vereda Santa Rita. Nosotros aceptamos sin prever lo que podía ocurrir aquella noche.

Terminada la jornada, nos tenían preparada una atención en la casa comunal. Café, algo de comer… y, para sorpresa nuestra, los hombres armados —muy amables— nos invitaron a compartir unos vinos con ellos. Querían dialogar sobre la actividad teatral, sobre el mensaje de las obras, y nos animaban a participar en el festival que tenían programado. Decían que no había problema, que ellos estaban allí para poner orden y que nada inconveniente ocurriría.

Las chicas del grupo agradecieron con cortesía, pero argumentaron que estaban cansadas y que se retirarían al lugar dispuesto para dormir. En cambio, los muchachos, ni cortos ni perezosos, aceptaron la invitación y se quedaron a festejar.

Yo, como director, me quedé conversando. Hablamos de política actual, de música revolucionaria, de teatro contestatario, de la fuerza del arte en los territorios olvidados. La charla se extendió por horas, entre copas servidas con respeto y palabras que iban y venían entre la confianza y la prudencia.

A mi lado permanecía Panchi Esperanza, silenciosa, observadora. Después de un buen rato, suavemente me dio un codazo, como diciéndome sin palabras que ya era hora de retirarnos. La noté nerviosa entre tanto hombre armado… y, para ser franco, yo también empezaba a sentir el peso del desvelo y la tensión acumulada.

Le entendí el gesto.

Me puse de pie, me despedí del comandante del grupo, quien me agradeció el trabajo cultural, musical, teatral y dancístico que habíamos llevado hasta ese lugar. Sus palabras fueron sinceras, casi cálidas.

Salimos entonces hacia la noche cerrada de Santa Rita. Y mientras caminábamos rumbo al alojamiento, con el eco lejano de las voces aún encendidas en la casa comunal, comprendí que aquella había sido, sin duda, una noche de sobresalto… pero también una noche donde el teatro, una vez más, había logrado tender un puente improbable en medio de la incertidumbre.

Y mientras caminábamos rumbo al alojamiento, con el eco lejano de las voces aún encendidas en la casa comunal, comprendí que aquella había sido, sin duda, una noche de sobresalto… pero también una noche donde el teatro, una vez más, había logrado tender un puente improbable en medio de la incertidumbre.

Esa misma obra que habíamos presentado en Aipe —“El Espejo”—, nacida para confrontar realidades y provocar conciencia, empezaba a abrirnos caminos inesperados. No era la primera vez que una de nuestras puestas en escena desbordaba los límites del tablado. Algo similar ya nos había ocurrido con “El Embajador de la India”, una obra que dejó huella profunda por la fuerza de sus diálogos y la densidad humana de sus personajes.

Su impacto fue tal que llamó la atención de un libretista de cine, quien, impresionado, solicitó fragmentos del texto e invitó al director, Constantino Castro Zamora, a vincularse al proyecto fílmico que venía gestando. Fiel a su vocación de sembrar cultura, el director no solo aceptó el diálogo creativo, sino que concedió un guion de su autoría.

Aquella entrega se convirtió en semilla fértil: el proyecto cinematográfico obtuvo un premio a nivel nacional, y el respaldo alcanzado permitió la filmación de la historia, llevando así la voz de Katakandrú y la pluma de su director más allá de los escenarios regionales.

De este modo, el grupo no solo conquistó los teatros del Huila, sino que también dejó huella en el cine colombiano, demostrando que la pasión por el arte puede abrir caminos insospechados y convertir la memoria en legado.

Así, entre noches de tensión rural y ecos de reconocimiento artístico, nuestras obras iban tejiendo destino: unas veces en medio del sobresalto… otras, bajo la luz promisoria de nuevos escenarios.

Después del susto ...

Porque sí que fue susto, aunque ahora lo neguemos con heroísmo tardío— emprendimos el regreso hacia Neiva, montados en la inefable “chiva”, ese carro escalera que más que transporte es confesionario ambulante. Apenas comenzó el descenso por los caminos polvorientos de aquella vereda de Santa Rita, la tensión se aflojó como cuerda vieja y entonces sí: estallaron las risas, las burlas y las versiones exageradas de lo vivido.

Los muchachos del teatro, inflando el pecho como gallos de corral, juraban que ellos no se habían asustado en absoluto, que por el contrario la habían pasado “muy sabroso” en el festival. “Las que estaban asustadas eran las chicas”, decían, muy orondos. Y entonces Julia, con ese tono suyo entre firme y divertido, respondió:
—¿Y qué querían que hiciéramos con esos hombres allí, todos armados? ¿Ponernos a pedirles autógrafos?

Nosotras —dijo ella— nos fuimos a dormir de inmediato. Pero Esperanza se quedó, claro está, porque andaba acompañada de su amor, Tino, y así cualquiera se siente protegida.
—No, mijita, yo también estaba asustada —aclaró Panchi, levantando la voz entre el traqueteo del motor—. Hasta le hice una señal a Consta para que nos fuéramos al alojamiento.

La carcajada general casi hace tambalear la chiva en una curva.

Pero el que, según Carlos, “sí la pasó sabroso” fue Eulises.
—Hizo el viacrucis y lo crucificaron —anunció con solemnidad burlona.

Eulises, sobándose todavía el hombro, protestó:
—¿Ustedes creen que cargar una cruz por toda esa subida era fácil? Ya me hubiera gustado ver a uno de ustedes con semejante peso. ¡Hasta me pelé el hombro!

—Pero tuvo su recompensa en el baile —terció “Apayayu”, siempre listo para avivar el fuego—. Las muchachas estaban pegadas a él… que hasta una se quitó los calzones por el crucificado.

Aquello desató una algarabía monumental. Eulises, rojo como tomate, levantó la mano:
—¡No señor! No invente, que por eso nacen los chismes. La verdad fue otra. Estábamos bailando y a ella le dio por brincar; se le reventó el cauchito y se le soltó el panti. Yo la cubrí de inmediato para evitarle la vergüenza. Nada más. Después la acompañé para que se cambiara… y ya.

Las risas fueron tan sonoras que algunos campesinos en el camino nos miraban como si transportaran un circo itinerante.

Entonces Amparo, más seria, lanzó la pregunta que todavía flotaba en el ambiente:
—Bueno, ¿y quién era esa gente?

Fulvio respondió en voz más baja:
—Militantes opuestos al gobierno… gente que lucha en las montañas.

El silencio se acomodó un momento entre nosotros, como pasajero inesperado.

—¿Y qué le dijeron a usted, señor director? —preguntaron al fin.

Le conté al grupo que aquellos hombres aseguraron conocer ya el trabajo cultural y deportivo de los Katakos. Dijeron que les agradaba lo que veníamos haciendo, que la juventud organizada y creadora siempre despierta respeto, aun en medio de las diferencias y los caminos ásperos.

Y así, entre bromas, confesiones y reflexiones, fuimos dejando atrás la vereda. El sol comenzaba a caer cuando divisamos de nuevo los contornos familiares de Neiva. Concluíamos la actividad cultural en Santa Rita con la satisfacción de haber cumplido: teatro, deporte, integración, música y hasta viacrucis incluido. Trabajo completo, como suele decirse, al estilo nuestro —con susto, risa y anécdota—, que es la mejor manera de que la memoria no se oxide.

Escribo estas líneas aún con el eco de aquellas carcajadas resonando en los oídos. Porque si algo aprendimos ese día es que el miedo compartido se vuelve cuento, y el cuento, cuando se narra entre amigos, termina siendo casi una hazaña.

Arquímedes CastroArchi corazón alegre de KATAKANDRÚ
Hablar de Arquímedes Castro, nuestro querido Archi, es abrir una ventana luminosa a los días más vibrantes de KATAKANDRÚ. Él no era solo el mejor jugador de fútbol del barrio: era el único de nosotros que había llegado a la Selección Huila, un orgullo que llevaba con humildad y con esa sonrisa amplia que lo acompañaba siempre. Cuando Archi entraba a la cancha, el balón parecía reconocerlo; cuando corría, todos sabíamos que algo grande podía pasar.
Pero su grandeza no se quedaba en el deporte. Archi era alegre, extrovertido, teatrero de nacimiento, capaz de convertir cualquier reunión en un espectáculo improvisado. Tenía un talento natural para hacer reír, para imitar voces, para inventar historias, para romper silencios incómodos y transformar cualquier tarde gris en una fiesta. Era el centro de las diversiones, el alma de las celebraciones, el que siempre tenía una ocurrencia lista para levantar el ánimo.


Le encantaba la música. A veces llegaba con un radio viejo bajo el brazo, otras con un casete recién grabado, y bastaba que sonara la primera canción para que él empezara a bailar, a cantar, a contagiar a todos con su energía. Era amigo, hermano, compañero, todo en una sola persona. Tenía esa rara capacidad de hacer sentir a cada quien importante, escuchado, acompañado. Por eso todos lo buscaban: porque con Archi la vida era más liviana.
Y sin embargo, un día, de manera inesperada y dolorosa, una enfermedad gastrointestinal se lo llevó. Su partida dejó un silencio extraño, un vacío que no se llenó con palabras ni con recuerdos, porque Archi era de esos seres que ocupaban mucho espacio en el corazón de los demás. Su ausencia se sintió en las canchas, en las reuniones, en las fiestas, en las calles del barrio… y también en lo más profundo de cada uno de nosotros.

Arquímedes Castro no fue solo un gran deportista: fue un símbolo de alegría, de amistad sincera, de unión. Su memoria sigue viva en cada anécdota contada, en cada carcajada que evocamos, en cada balón que rueda en Las Granjas. Archi partió, sí, pero dejó una huella tan luminosa que todavía hoy, al recordarlo, sentimos que vuelve a aparecer con su sonrisa de siempre, listo para jugar, para bromear, para hacernos sentir que la vida —a pesar de todo— vale la pena.                                                                                                                                  
La anécdota teatral de Archi
Una de las escenas más inolvidables de Arquímedes Castro —nuestro querido Archi— ocurrió durante una obra de teatro que presentamos en el barrio. Él tenía una línea sencilla pero crucial: debía gritar con dramatismo “¡Nos atacan, debemos huir por detrás!”. Era el momento que marcaba el giro de la historia, la señal para que todos saliéramos corriendo del escenario.
Pero Archi, siendo Archi, no podía limitarse a lo previsto.
Cuando llegó su turno, respiró hondo, abrió los brazos como si fuera el protagonista de una comedia musical y, con una sonrisa pícara, soltó a todo pulmón:
“¡Nos atacan… cebemos bailar y cantar para confundirlos a todos!”
Y sin esperar reacción, empezó a moverse al ritmo de una música imaginaria, zapateando, girando, cantando y animando al público como si aquello hubiera estado ensayado desde el primer día. Los demás actores quedamos congelados, sin saber si seguir el libreto o seguirlo a él. Pero el público no dudó: estalló en carcajadas.
La escena, que debía ser de tensión y peligro, terminó convertida en un espectáculo improvisado de humor y baile. Archi, con su espontaneidad única, transformó el teatro en fiesta, y nosotros terminamos siguiéndole el paso, huyendo entre risas, cantos y aplausos.
Esa noche quedó grabada en la memoria del barrio. No por la obra en sí, sino por la magia de Archi, capaz de convertir cualquier error en un momento inolvidable, cualquier susto en una carcajada, cualquier escena en un recuerdo que aún hoy nos hace sonreír.

 ANÉCDOTA

Monologo del director
Constantino
El grupo acumulaba muchas anécdotas en su recorrido teatral, pero ninguna tan memorable como aquella presentación en el majestuoso Salón Azul de la Gobernación. Todos coincidían en que se trataba de una de las funciones más decisivas: el público era exigente, conocedor, y no perdonaba errores. Esa noche, el recinto estaba a reventar, abarrotado hasta los pasillos, con un murmullo expectante que anunciaba la magnitud del reto.
Carlos ya había afinado el sonido con precisión milimétrica, Fulvio tenía lista la escenografía que transformaba el salón en un universo paralelo, y los actores repasaban sus parlamentos con nerviosismo, buscando que cada palabra quedara grabada en la memoria. Sin embargo, el destino quiso ponerlos a prueba: faltaban dos intérpretes fundamentales.
La noticia cayó como un rayo: Apayayú estaba hospitalizado y Jaime había sido reclutado por el Ejército. El desconcierto fue inmediato, pero el teatro, como la vida, exige improvisación. El director, conocedor absoluto de la obra —pues la había escrito y respiraba cada línea— decidió encarnar a Apayayú. Archi, con experiencia previa en el papel de Jaime, aceptó el reto sin titubeos.

En medio de la tensión, Eulises levantó la voz y ofreció su ayuda para representar a Apayayú. El direct

or, firme, respondió que él mismo asumiría el personaje, garantizando que la obra no sufriría grandes alteraciones. Se iniciaron entonces los ajustes de último momento: cambios en la disposición escénica, redistribución de entradas y salidas, y un repaso acelerado de los diálogos.

Apayayú, Julia, Armando
Y justo cuando todo parecía pender de un hilo, ocurrió lo inesperado: Apayayú apareció en el salón, escapado del hospital, con el rostro pálido pero la mirada encendida de pasión teatral. Su llegada fue recibida con un silencio reverente, seguido de un estallido de alivio y alegría. El grupo, fortalecido por aquella muestra de entrega y valentía, se lanzó al escenario con más ímpetu que nunca. La función, marcada por la tensión y la improvisación, terminó siendo un triunfo rotundo. 

El público, exigente y crítico, se rindió ante la fuerza de la representación. Aquella noche quedó grabada en la memoria colectiva como un ejemplo de coraje, compromiso y amor por el arte: el teatro que se hace con el alma, incluso en medio de la adversidad.

¿Qué pasó? —preguntó el director, incrédulo.
—Apendicitis —respondió el joven con serenidad—. Me van a operar, pero el cirujano llega mañana. Me dieron un calmante para el dolor y, mientras la enfermera se descuidó, hablé con el celador, un viejo amigo. Me dio una hora. Vine a cumplir con la obra y luego regreso al hospital.
El silencio fue absoluto. Todos quedaron asombrados por la valentía y el compromiso del muchacho. Su decisión no era solo un acto de rebeldía, sino una declaración de amor al teatro y a su grupo. Con el rostro pálido pero la mirada encendida, Apayayú se incorporó al elenco como si nada hubiera ocurrido.
La función comenzó con una energía distinta, cargada de emoción y gratitud. Cada parlamento resonaba con fuerza, cada gesto tenía el peso de la entrega. El público, exigente y crítico, se rindió ante la intensidad de la representación. Los aplausos al final fueron atronadores, un reconocimiento no solo a la obra, sino al espíritu indomable de quienes la hicieron posible.
Al terminar, los compañeros acompañaron nuevamente a Apayayú al hospital, como si escoltaran a un héroe que había cumplido su misión. Esa noche quedó grabada en la memoria colectiva como una lección de coraje, amistad y pasión por el arte: el teatro que se hace con el alma, incluso cuando la vida parece interponerse.

Katakandrú: Herencia y Genealogía del Teatro

Desfile en Neiva
Katakandrú no era solo un grupo teatral; era un estandarte de identidad y creación en Neiva. Su presencia iluminaba cada evento cultural: desfiles, encuentros teatrales, festivales comunitarios y celebraciones oficiales. Allí donde se alzaba su nombre, el público sabía que la pasión y el arte se harían carne en escena.

Katakandrú no fue únicamente un grupo teatral del barrio ni de la ciudad de Neiva: fue un eslabón luminoso en la cadena milenaria del teatro universal. Su labor se enlazaba con las ceremonias rituales primitivas, donde la comunidad se reunía alrededor del fuego para narrar mitos y danzar la memoria de los ancestros. En sus presentaciones vibraba la misma energía que en las tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides, donde el coro era voz del pueblo y la escena un espejo de la condición humana

Su espíritu también dialogaba con el teatro renacentista de Shakespeare, que convirtió las pasiones humanas en universos dramáticos, y con las vanguardias del siglo XX: el teatro épico de Brecht, que llamaba a la conciencia crítica; el teatro de la crueldad de Artaud, que sacudía el alma; el absurdo de Ionesco y Beckett, que revelaba la fragilidad de la existencia; y la búsqueda ritual de Grotowski, que devolvía al actor la esencia sagrada del cuerpo y la voz.
En Neiva, Katakandrú fue más que un grupo: fue escuela y semillero. Allí, algunos de sus integrantes descubrieron que el teatro no era solo afición, sino destino. Convirtieron la práctica en profesión, se formaron como actores y directores, y más tarde se transformaron en maestros, multiplicando el legado y sembrando nuevas generaciones de artistas.

Cada foro, mesa redonda o simposio en que participaban era un espacio de diálogo con la historia del arte: se discutía sobre Dostoyevski, sobre la creación colectiva, sobre el coro clásico y las nuevas dramaturgias contemporáneas. Katakandrú no solo representaba obras: pensaba el teatro, lo cuestionaba, lo reinventaba.

Así, entre escenarios populares y debates intelectuales, Katakandrú se consolidó como un pilar cultural de Neiva, un grupo que trascendió su tiempo y su espacio para inscribirse en la genealogía del teatro universal. Su legado fue doble: el arte vivido en escena y la semilla que germinó en sus integrantes, quienes, al convertirse en maestros, aseguraron que la llama del teatro siguiera ardiendo en la ciudad y en la memoria 

OTRA ACTIVIDAD CULTURAL:  LAS DANZAS

Hablar de la importancia de las danzas dirigidas por Ariari Garaviño es reconocer uno de los capítulos más sensibles y formativos de Katakandrú. Si el teatro despertaba la conciencia y la música afinaba el espíritu, la danza enseñaba disciplina, elegancia y pertenencia cultural.

Ariari Garaviño asumió la dirección con seriedad y pasión. No se trataba simplemente de aprender pasos; se trataba de entender el sentido de cada movimiento, de respetar el ritmo, de comprender que la danza es memoria viva de un pueblo. Bajo su orientación, los ensayos adquirieron carácter: se corregían posturas, se repetían figuras hasta alcanzar precisión y se insistía en la expresión corporal como lenguaje silencioso.

Directora Danzas Ariari
Constanza Artunduaga
Danzarines Sanjuanero

Fue en ese proceso donde Olga recibió una preparación cuidadosa en el Sanjuanero Huilense, logrando una interpretación que combinaba técnica y sentimiento. Ariari no improvisaba: exigía elegancia en el porte, firmeza en el zapateo y dulzura en el gesto.
Aquella formación dejó huella, no solo en quienes bailaban, sino en quienes observaban con orgullo.

También estuvo Constanza Artunduaga, joven de notables cualidades dancísticas, cuya presencia aportaba energía y gracia al grupo. Sin embargo, como ocurre en muchos procesos juveniles, las circunstancias comenzaron a dispersar el núcleo inicial. Cambios de residencia, nuevos intereses personales y la simultaneidad de actividades en teatro, música y deportes fueron debilitando la continuidad del elenco. Katakandrú era un hervidero cultural, y esa misma riqueza provocaba que los tiempos se cruzaran y las fuerzas se repartieran.

Finalmente, el grupo formal de danzas se fue disolviendo. No hubo un cierre definitivo ni una despedida solemne; simplemente los ensayos se hicieron menos frecuentes hasta apagarse. No obstante, la llama nunca se extinguió del todo. Esporádicamente, cuando surgía una invitación o una celebración especial, se convocaba a antiguos integrantes y se armaba, casi de manera milagrosa, un grupo para una presentación rápida. Eran encuentros breves, pero cargados de nostalgia y compromiso, como si el espíritu original reapareciera para recordarnos que la danza seguía viva en nosotros.

Así terminó, al menos en apariencia, aquella etapa dirigida por Ariari Garaviño. Pero lo que vino después marcaría de manera más profunda la memoria del grupo, y merece ser contado en un aparte especial, con la serenidad y el respeto que exige.


Las vicisitudes de Constanza Artunduaga

Pasó cerca de un año sin que volviéramos a saber nada de Constanza Artunduaga. Su ausencia fue primero un rumor, luego una inquietud, y finalmente un silencio que empezó a doler. Nadie tenía noticias ciertas. Hasta que un día, casi como quien lanza una piedra al agua quieta, alguien preguntó:

Constanza Artunduaga

—¿Han visto a Constanza?

La respuesta fue unánime: no.

Fue entonces cuando Donal nos dijo en voz baja que la había visto, pero que estaba “transformada”. Aquella palabra quedó suspendida en el aire. Insistimos. Él bajó la mirada y agregó que de aquella hermosa niña, llena de gracia y luz, casi no quedaba nada; que parecía una sombra de sí misma.

No dudamos. Rosalba, Doris, Ebert y yo fuimos hasta su casa. Al principio no quiso recibirnos. Le daba pena, dijo su hermana Rosa. Pero después de insistir con cariño, y cuando finalmente cruzamos la puerta, Constanza nos vio… y rompió en llanto.

No preguntamos de inmediato. La dejamos desahogarse. El silencio fue nuestro primer gesto de respeto.

Cuando pudo hablar, comenzó a contarnos.

Nos recordó lo que todos conocíamos: que el hombre con quien se había casado era dicharachero, amable, expansivo, aparentemente cariñoso. Los primeros seis meses —según ella— fueron aceptables. Salían a bailar, comían fuera, parecía una vida normal. Pero había algo que entonces no dimensionó: los celos.

Celos que pronto se convirtieron en control.

Una visita inocente de un amigo bastó para que todo cambiara. Daniel —así se llamaba su esposo— reaccionó con furia desmedida. A partir de allí, comenzaron los maltratos, las sospechas infundadas, la prohibición de hablar con amigas o vecinos. Constanza intentó irse, pero él alternaba agresividad con episodios de aparente ternura, convenciéndola de quedarse.

El aislamiento fue creciendo.

Luego vino el traslado a una pequeña casa campestre, cerca del municipio de Rivera. Él le prometió tranquilidad, turismo, las aguas termales, un nuevo comienzo. Pero fue todo lo contrario. Allí el control se volvió extremo. La dejaba encerrada por largos periodos. La mantenía incomunicada. El abandono y la humillación se hicieron cotidianos.

Constanza comenzó a perder peso, a enfermarse, a debilitarse física y emocionalmente. Él traía medicamentos, le aplicaba inyecciones, decidía sobre su cuerpo y sus movimientos. Cuando llegaba bajo efectos del alcohol, la acusaba sin fundamento y la agredía. Otras veces organizaba reuniones escandalosas que duraban días, mientras ella permanecía relegada, invisible.

Así transcurrieron casi seis meses.

Cuando nos lo contaba, apenas era un cuerpo frágil sostenido por la voluntad. Nos dijo que llegó a pensar que ese sería su final.

Hasta que un día, en medio de uno de esos episodios de desorden, escuchó por la radio la noticia: Daniel había sufrido un accidente cerca del cementerio. Su automóvil se había incendiado tras chocar con un camión. Los ocupantes no sobrevivieron.

Fue así como terminó aquella historia.

Más tarde supo que el hombre con quien se había casado no era simplemente un vendedor de rifas, como le había hecho creer, sino alguien vinculado a estructuras oscuras que ella nunca imaginó.

Cuando terminó de hablar, el silencio volvió a llenar la habitación.

—Aquí me tienen —nos dijo—. Me estoy recuperando gracias a mi familia y a mi padre.

Aquella visita nos cambió. Ya no era solo la historia de una integrante del grupo de danzas. Era el retrato de cómo la ingenuidad, el enamoramiento y el aislamiento pueden convertirse en una prisión invisible.

Constanza empezaba un proceso lento de reconstrucción. Y nosotros, sin saberlo, también comenzábamos a comprender que la cultura no solo forma artistas: también puede ser refugio, red de apoyo y salvación.

Durante algunas semanas la visitamos con frecuencia. La vimos recuperar algo de peso, algo de color en el rostro, algo de luz en la mirada. No era la misma joven que giraba con gracia en los ensayos, pero tampoco era ya aquella sombra que encontramos el primer día. Estaba volviendo, paso a paso, sostenida por el cariño firme de su familia.

Entonces, Don José —su padre— tomó una decisión definitiva. Entendió que el barrio, las calles y hasta los recuerdos podían convertirse en ecos dolorosos. Vendió la casa. Quería empezar de nuevo, lejos de los murmullos, lejos de las miradas compasivas, lejos de todo lo que pudiera revivir el pasado.

La familia se trasladó a otro lugar. Supimos que probablemente se fueron hacia Ibagué, buscando un nuevo comienzo en tierras distintas. Y así, casi sin despedidas formales, se fue perdiendo el contacto con Constanza Artunduaga. No hubo cartas. No hubo noticias posteriores. Solo quedó la memoria.

A veces, cuando en Katakandrú hablábamos de las danzas y evocábamos aquellos ensayos bajo la dirección de Ariari Garaviño, alguien mencionaba su nombre y el silencio se hacía respetuoso. Porque Constanza no fue solo una bailarina del grupo; fue una historia viva de fragilidad y fortaleza, de caída y reconstrucción.

Se marchó físicamente, sí. Pero en la memoria del grupo quedó su sonrisa primera, la que giraba al compás del Sanjuanero, antes de que la vida la enfrentara a pruebas tan duras. Y así terminó su capítulo entre nosotros: no con un aplauso final, sino con una despedida silenciosa que el tiempo convirtió en recuerdo.

Pero lo que vendría después, tanto para ella como para el grupo, abriría otro capítulo que merece contarse con la misma verdad y la misma memoria.


Katakandrú: El grupo como Comunidad y Camino

Katakandrú no solo fue un grupo teatral que iluminaba escenarios; también fue un tejedor de comunidad. Su labor trascendía las tablas y se extendía a la vida cotidiana del barrio y de la ciudad de Neiva. En torno a ellos se celebraban los días memorables: el Día de la Madre, las fechas históricas de la patria, las conmemoraciones locales. Cada reunión era un acto de encuentro, un espacio donde el arte se mezclaba con la vida y la memoria colectiva.
En esta dimensión social, dos figuras fueron esenciales: Carlos Másmela y Amparo Suárez. Ellos asumieron con entrega la responsabilidad de organizar y dar sentido a estas celebraciones. Amparo, con su sensibilidad y capacidad de convocatoria, lograba que cada acto tuviera un aire festivo y familiar, donde la comunidad se reconocía en su propia historia. Carlos, por su parte, era el hombre práctico y visionario: conseguía las carpas, coordinaba la logística y, junto a Ever Motta, aseguraba que cada salida y cada evento estuvieran cuidadosamente preparados.

Las actividades no se limitaban a las reuniones formales ni a los escenarios urbanos. Katakandrú entendía el territorio como aula viva, como libro abierto donde cada paisaje ofrecía una lección distinta. Por eso sus salidas se convirtieron en auténticas travesías culturales, ecológicas y espirituales por el Huila:

  • Desierto de la Tatacoa: donde la inmensidad mineral y el cielo abierto evocaban silencios ancestrales y recordaban la pequeñez del hombre frente al tiempo geológico.

  • Cueva de los Guácharos: santuario natural y mítico, cuyas profundidades resonaban con los ecos de la tierra y enseñaban respeto por la biodiversidad y la memoria subterránea.

  • Peñas Blancas: en sus riberas, el río se volvía narrador de historias de resistencia campesina y de vida cotidiana tejida con agua y piedra.

  • Cerro Neiva: mirador natural de la ciudad, guardián silencioso de su crecimiento y testigo de sus transformaciones sociales.

  • Río Las Ceibas (cabecera): fuente vital que no solo abastece de agua, sino que simboliza continuidad, origen y responsabilidad ambiental. 

  • Lago del Juncal: Espejo sereno donde el paisaje se duplica y la contemplación se convierte en ejercicio interior.

  • Caja de Agua: Vestigio histórico que guarda relatos ancestrales y evidencia la relación temprana entre comunidad, ingeniería y territorio. 

  • Parque Arqueológico de San Agustín: Lugar donde se encuentra nuestra historia ancestral y la grandeza de nuestros aborígenes, mostrada en sus tallas y esculturas un testimonio de su legado cultural.

  • Termales de Rivera: Donde el agua brota como medicina natural y la geografía se transforma en bienestar, recordando que la naturaleza también sana.

Cada uno de estos lugares no fue solo destino, sino experiencia formativa. Allí Katakandrú aprendía que la cultura no vive únicamente en los libros o en los escenarios, sino también en el polvo del desierto, en la humedad de las cavernas, en la corriente de los ríos y en la memoria viva de la tierra huilense.

Katakandrú no fue solamente un grupo de excursiones sin propósito ni una suma de viajes improvisados. Cada salida tenía un sentido claro y una intención formativa. Nos interesaba el cuidado del medio ambiente y la protección de la naturaleza como principios esenciales, no como consignas pasajeras. En cada travesía aprendíamos a observar el entorno con respeto, a no dejar huella dañina y a comprender que el territorio no nos pertenecía, sino que nosotros pertenecíamos a él.

Recuerdo cómo, antes de emprender camino hacia el Lago del Juncal, organizábamos jornadas de sensibilización sobre la limpieza de sus orillas; o cómo en los alrededores de los Termales de Rivera hablábamos de la importancia de preservar las fuentes hídricas que brotan generosas desde la tierra. Incluso cuando visitábamos el Parque Arqueológico de San Agustín, entendíamos que proteger el patrimonio natural y cultural era una misma tarea: cuidar la memoria viva del paisaje.

Así, Katakandrú fue también escuela de conciencia ecológica. Entre risas, caminatas y silencios compartidos, aprendimos que amar la naturaleza no es solo admirarla, sino defenderla, respetarla y transmitir a otros el compromiso de conservarla para las generaciones futuras.

Cada mes, el grupo tenía programada una salida, como si el teatro necesitara también respirar en la naturaleza y en la historia. Estas excursiones fortalecían los lazos entre los integrantes y la comunidad, convirtiéndose en rituales de pertenencia y aprendizaje.
La importancia de Carlos y Amparo fue decisiva: sin ellos, la dimensión social de Katakandrú no habría alcanzado la fuerza que tuvo. Carlos, con su capacidad organizativa, garantizaba que la práctica del grupo se sostuviera en lo material. Amparo, con su espíritu cálido y comunitario, daba sentido humano y emocional a cada encuentro. Juntos, hicieron que Katakandrú no fuera solo un grupo de teatro, sino una escuela de vida, un espacio donde el arte se fundía con la convivencia, la memoria y la celebración.
Así, Katakandrú se consolidó como un referente cultural y social de Neiva, un grupo que no solo representaba obras, sino que también construía comunidad, celebraba la vida y dejaba huella en cada rincón que visitaba.  

SALIDA A LA CABECERA DEL RIO LAS CEIBAS

Entre tantas escenas que el tiempo no ha logrado borrar, siempre vuelve a mí aquella salida recreativa a la cabecera del río Las Ceibas. Tal vez porque en ella estuvo todo lo que éramos: la aventura, la improvisación, el conocimiento aprendido a fuerza de camino… y, por supuesto, la risa inevitable.

Fuimos a acampar con la emoción intacta, sin sospechar que la noche nos recibiría con lluvia persistente. El río, crecido y turbio, se volvió barrial y rebelde, negándonos algo tan básico como el agua para beber o preparar el almuerzo. Pero ya para entonces no éramos principiantes. La experiencia como grupo excursionista nos había enseñado que la naturaleza siempre ofrece alternativas a quien sabe observarla. Vamos a aprender este paso, para construir un filtro natural y obtendremos agua para el almuerzo y para tomar:

Instrucciones:

Primero vamos a elegir el lugar correcto, una zona a 1–3 metros de la orilla, preferiblemente aranoso o con grava: Luego excavaremos un hoyo, de 30-50 cm de profundidad. Después esperamos a que el hueco se llene de agua, la sacamos y cubrimos el fondo con grava fina, un pedazo de tela, carbón vegetal, otro pedazo de tela, y ahora si esperamos a que se llene de nuevo.

Es así que, en una quebrada turbia, laguna lodosa o vertiente de dudosa procedencia, el agua visible puede estar contaminada con sedimentos superficiales. Pero debajo del suelo, el agua se filtra lentamente a través de capas de arena y grava. Ese proceso elimina:

  • Partículas grandes de barro. Residuos vegetales. Parte de los microorganismos asociados al sedimento

El agua que brota en el hoyo no es “milagrosa”, sino naturalmente filtrada por el suelo; de todas maneras, hay que hervirla.

De este modo, sacamos agua para el almuerzo ya que la quebrada estaba toda llena de barro y no nos permitía tomarla directamente.

A la hora del almuerzo, la responsabilidad nos cayó a Ever y a mí, como tantas otras veces. Mientras el resto del grupo se iba de excursión por el lugar o intentaba pescar en una charca cercana, con nosotros se quedaba casi siempre alguien más. Aquella vez fue Esperanza, nuestra “Panchi”, como la llamábamos con cariño. Era imposible no notarla: no solo por su belleza, sino por su forma de estar, amable, cercana, con esa presencia que hacía todo más liviano. A mí me gustaba, lo confieso ahora sin apuros, por su calidad de mujer y por esa mezcla de sencillez y alegría que a todos nos atraía.

Colocamos la olla del sancocho debajo de un árbol frondoso, sin reparar en un detalle que luego resultaría decisivo: en la parte alta del árbol reposaban gusanos, invisibles hasta que la sopa empezó a hervir. Fue entonces cuando, uno a uno, comenzaron a caer dentro de la olla, como si la naturaleza hubiera decidido poner a prueba nuestro temple.

Cuando nos dimos cuenta, el sancocho ya estaba listo. Nos miramos en silencio, sin saber qué hacer. Perder el almuerzo no era opción. El hambre, el cansancio y la responsabilidad pesaban más que el asco momentáneo. Ever, sin dramatizar, tomó un colador y con una paciencia que aún admiro, fue sacando los gusanos uno por uno. Luego probó la sopa, levantó la mirada y dijo, con absoluta convicción, que estaba exquisita. Solo pidió una cosa: que no le dijéramos a nadie.

Panchi, entre la duda y el hambre, dijo que creía no poder probarla… pero al final lo hizo. El estómago, como suele pasar en el monte, fue más fuerte que el desagrado. Sellamos el secreto con una risa nerviosa y servimos el almuerzo cuando el grupo regresó.

Todos comieron. Todos repitieron. Y todos coincidieron en que la sopa tenía un sabor delicioso, distinto, especial. Panchi no aguantó más. La risa la traicionó y contó el suceso completo. Esperábamos reproches, quizá gestos de asco tardío. Pero no. Lo que siguió fue una carcajada general, bromas sin malicia y esa capacidad tan nuestra de convertir el error en anécdota.

Así era Katakandrú. Incluso en lo inesperado, incluso en el error, había aprendizaje y comunidad. Nadie se ofendió, nadie señaló. La risa nos volvió a unir alrededor de la olla, del fuego y de la historia que, desde entonces, quedó para siempre entre las que se cuentan una y otra vez.

Hoy, al recordarlo, entiendo que esas salidas no eran solo recreativas. Eran ensayos de vida. Aprendimos a confiar, a resolver, a reírnos de nosotros mismos. Y en medio del barro, la lluvia y un sancocho improbable, también aprendimos que la memoria se construye con momentos así: imperfectos, humanos y profundamente nuestros.

Con afecto y sonrisa intacta,
desde la memoria compartida de
Katakandrú

Carlos Másmela 
Hablar de Carlos Másmela es evocar la imagen de un joven inquieto, apasionado y, en ocasiones, un tanto díscolo. Su carácter rebelde lo llevó a desafiar las expectativas de sus padres, negándose en un pri
Carlos "el flaco" 

principio a ingresar a la universidad. Esa decisión lo mantuvo alejado del club, pues la condición para ser miembro era estar inscrito en un plantel educativo. Finalmente, y tras insistencias, Carlos aceptó estudiar, lo que abrió la puerta para que se integrara plenamente al grupo.
Una vez dentro, su energía y creatividad se hicieron notar. Fue él quien diseñó el logotipo del club y creó el eslogan que marcaría la identidad del grupo. Su talento no se limitaba al aspecto visual: junto con Ever, asumió la responsabilidad de la parte social, organizando actividades y asegurándose de que cada salida estuviera bien equipada. Carlos era meticuloso en la preparación: brújulas, carpas, botiquín y demás implementos nunca faltaban bajo su supervisión. Además, impartía las instrucciones necesarias para que las excursiones transcurrieran sin contratiempos, evitando cualquier riesgo que pudiera empañar la experiencia.
Su espíritu libre lo llevó, en ciertos momentos, a alejarse del grupo. A veces por amor, otras por su tendencia natural a llevar la contraria, Carlos se distanciaba. Sin embargo, cuando surgían actividades recreativas, siempre encontraba la manera de regresar, excusándose con simpatía y volviendo a compartir con sus compañeros. Esa dualidad entre rebeldía y compromiso lo hacía único: podía apartarse, pero nunca desligarse del todo, pues su esencia estaba profundamente ligada al club.
Más allá de su carácter testarudo, Carlos era un joven con visión y sensibilidad. Su aporte no solo fortaleció la identidad del grupo, sino que también garantizó la seguridad y el bienestar de sus miembros. Su capacidad para combinar creatividad con responsabilidad lo convirtió en una figura clave, alguien que, pese a sus idas y venidas, dejó una huella imborrable en la memoria colectiva.

Anécdota de Carlos
Cuando Carlos, el flaco como lo llamábamos, se alejaba del grupo por sus enamoramientos o por llevar la contraria, siempre regresaba con excusas pintorescas que arrancaban carcajadas. Una vez aseguró que había estado “probando la soledad como entrenamiento espiritual”, y otra que “necesitaba comprobar si el club lo extrañaba”.
Pero la más recordada fue aquella ocasión en que, en pleno arrebato romántico, se acostó en la pista del aeropuerto diciendo que quería observar los aviones cuando aterrizaban. Según él, era “una manera de sentir el mundo más cerca del suelo y más cerca del cielo al mismo tiempo”. Los compañeros no sabían si reír o preocuparse, pero al final lo tomaron como otra de sus ocurrencias, fruto de ese mal de amor tan duro que lo hacía inventar gestos extravagantes.
Ese tipo de episodios reforzaba la complicidad entre todos: El "flaco" podía desaparecer por un tiempo, pero siempre regresaba con una historia que convertía su ausencia en motivo de risa y memoria compartida.
Carlos fue un espíritu libre, capaz de desafiar las normas, pero también de aportar creatividad, seguridad y humor. Su rebeldía lo hacía distinto, pero su ingenio y compromiso lo convertían en un pilar del club. Aunque se alejaba de vez en cuando, siempre regresaba, porque en el fondo sabía que su historia estaba entrelazada con la del grupo.

ACTIVIDADES RECREATIVAS
Las chicas de Katakandrú
Correspondía ahora abrir el libro de la memoria y dejar que las páginas se llenaran con los rostros y las voces de aquellas mujeres que fueron columna y raíz de Katakandrú.
Ellas caminaron como llamas que iluminan la plaza, como aguas que refrescan la jornada, como cantos que despiertan la esperanza. Cada nombre es un latido, cada gesto un símbolo de pertenencia.
Amparo Suárez, Doris Álvarez y Yolanda Morales: en sus pasos resonaba la firmeza de la montaña, y en sus risas se encendía la chispa del juego.
Nubia Fajardo y Mélida Trujillo: tejedoras de alegría, bordaron con paciencia los colores de la convivencia.
Adriana López Aristizábal y Magnolia Rojas: artistas del gesto y la palabra, dejaron huellas como pinceladas en la memoria colectiva.
Martha, Yineth y Rosa Ramírez: tres voces que se alzaban como un coro de viento, sosteniendo la armonía de los encuentros.
Las Hermanas Cuéllar: raíces entrelazadas, como árboles que se abrazan para resistir la tormenta.
Flor de Liz: su nombre mismo era metáfora de belleza y fragilidad convertida en fuerza.
Las Chicas K: Samaris Castro, Gloria Guío, Judit Cerquera y Rubiela Cohetato, estrellas juveniles que encendieron la chispa del deporte y la recreación, como constelaciones que guían la fiesta
•  La Cueto Medina, Consuelo Amaya y Victoria Belcastro: guardianas de la tradición, voces que se alzaban como campanas en la madrugada, recordando que Katakandrú es también memoria y raíz.
. El grupo de danzas estaba integrado por Ariari Garaviño, Olga Lucía Fierro, Constanza Artunduaga, Laura Soto, Esperanza Castro, Victoria Castro y Edith Guio, un conjunto que más que ensayar pasos aprendía a respirar al mismo ritmo de la música. Unidas por la disciplina y la alegría, representaban con orgullo las tradiciones de su tierra, de su barrio, de Katakandru, convirtiendo cada presentación en una muestra de identidad, compañerismo y pasión por el arte.

Ellas fueron el pulso secreto de cada celebración, el aroma de las cocinas compartidas, la música que acompañaba los juegos y las danzas. Fueron río y fuego, tierra y cielo. Sin ellas, Katakandrú no tendría la misma luz ni la misma risa.
Hoy sus nombres se pronuncian como un rosario de gratitud, como un mural de colores vivos que nos recuerda que la historia se sostiene en la fuerza invisible de quienes, con amor y entrega, hicieron de la vida un acto de comunidad.

El ramillete de flores de Katakandrú
Todas las chicas que pertenecían a Katakandrú formaban un ramillete de flores único y especial, porque eran ellas quienes movían al grupo con su energía, su talento y su entrega. Cada una, con su estilo y su gracia, aportaba un matiz distinto que hacía florecer la vida comunitaria.
En el campo deportivo, las Chicas K eran un verdadero espectáculo de belleza y armonía. Verlas jugar era contemplar un ballet de fuerza y elegancia. Se admiraba a Judith por su porte distinguido y su carrera impecable; a Consuelo Amaya por su temple y constancia; a Samaris por su gran desempeño que encendía la tribuna; y a La Cueto por esa patada certera que se convirtió en símbolo de garra y pasión. Todas, en perfecta armonía, eran acompañadas en cada partido por el entusiasmo de quienes las alentaban, convirtiendo cada encuentro en una fiesta de comunidad.
En el campo artístico, otro grupo encantador y sublime brillaba con igual intensidad. Yolanda, con su elegancia natural, parecía caminar como si danzara; Julia, con su ternura, regalaba dulzura en cada gesto; Magnolia y Adriana López Aristizábal, con su constancia y su ímpetu teatral, llenaban los escenarios de fuerza y emoción. Ellas demostraban que el arte también era un terreno donde Katakandrú florecía con esplendor.
Y no menos importantes eran aquellas que, aunque no estaban en la actividad deportiva ni cultural, sostenían al grupo con su apoyo constante en lo social y lo recreativo. Gineth, Rosa y Mélida María Eugenia y su Hermana Yineth siempre estaban atentas a todas las reuniones, prestas para realizar la labor que fuera necesaria. Su disposición era como un hilo invisible que mantenía unido el tejido comunitario, recordándonos que cada esfuerzo, por pequeño que pareciera, era vital para que Katakandrú siguiera creciendo.
Así, entre deporte, arte y apoyo social, las mujeres de Katakandrú fueron y siguen siendo ese ramillete de flores que da color, aroma y vida al grupo, moviéndolo con entusiasmo, ternura y pasión.

María Eugenia Cuéllar

María Eugenia Cuellar
Entre las mujeres del grupo se destacaba María Eugenia Cuéllar, dueña de una chispa desbordante, de esas que iluminan cualquier reunión sin pedir permiso. Tenía el don de la palabra espontánea y una picardía tan natural que, cuando hablaba, todos sabíamos que algo memorable estaba por ocurrir.

Una tarde de reunión, llegó con esa sonrisa anticipada que delataba travesura. Apenas se acomodó, levantó la mano y anunció con solemnidad fingida:

—Muchachos, anoche soñé con Leónidas.

De inmediato, el grupo entero reaccionó al unísono:
—¿Y qué soñaste?

María Eugenia respiró hondo, como quien se dispone a narrar una epopeya, y comenzó su relato. Dijo que en el sueño habíamos salido todos a bañarnos a Las Ceibas, que el día era claro, el agua fresca y el grupo entero reía y chapoteaba sin preocupaciones. Pero de pronto, en medio del alboroto, alguien gritó que Leonidas se estaba ahogando. Cundió el pánico: unos gritaban “¡Sáquenlo!”, otros pedían ayuda, y el caos parecía inevitable.

Entonces —contaba ella—, se puso de pie con absoluta calma y alzó la voz para tranquilizar a todos:

—No se preocupen.

El silencio fue inmediato.
—¿Y por qué no? —preguntaron en coro.

María Eugenia remató el sueño con la naturalidad más despiadada y sincera:
—Pues simple… él no se va a ahogar, porque la mierda flota.

La carcajada fue general. Las risas estallaron como si el sueño hubiera ocurrido de verdad, y Leónidas, convertido en protagonista involuntario, La miro como perforando su rostro, pero no tuvo más opción que reírse de sí mismo.

Así era María Eugenia: irreverente sin maldad, directa sin rodeos y con ese humor que desarmaba cualquier solemnidad. En Katakandrú, su risa y sus historias fueron también una forma de resistencia, una manera de recordarnos que incluso en los relatos más simples —o más escatológicos— había un lazo de complicidad que nos hacía sentir familia.


Amparo Suárez: la socia de todos los oficios

En el grupo Katakandrú siempre hubo artistas de música, teatro, danza y hasta deportistas que se creían estrellas de fútbol. Pero entre todas las chicas, había una que no necesitaba escenario ni balón para brillar: Amparo Suárez.

Amparo no pertenecía oficialmente a ningún subgrupo, pero estaba en todos. Era la socia que aparecía justo donde hacía falta, como si tuviera un radar para detectar necesidades. En el fútbol, era la aguatera oficial, corriendo con la jarra como si fuera parte del equipo. En teatro, se transformaba en maquilladora improvisada, sacando polvos y coloretes de quién sabe dónde. En danza, cargaba vestidos y ayudaba a que las faldas no se enredaran. En música, se encargaba de los instrumentos, cuidando que la guitarra no se quedara sin cuerdas y que el tambor no se perdiera en el camino.
Lo curioso es que parecía tener un bolso mágico. De ahí sacaba de todo: agua, maquillaje, cartas, hasta un balón inflado. Por eso, entre risas, alguien la bautizó como “la Mary Poppins de Katakandrú”. Y el apodo quedó.
En cada reunión, cuando alguien preguntaba “¿Quién falta?”, la respuesta era automática:
“¡Amparo, que ya viene con el bolso mágico!”.

Pero donde más se lucía era en lo cotidiano: organizar paseos al río, tertulias sencillas en la tienda de Vale, o esas reuniones de amigos que empezaban con un café y terminaban con carcajadas. Amparo era la que proponía los juegos de mesa, la que repartía las cartas, la que animaba las rondas de adivinanzas. Siempre entregada, siempre sonriente, siempre lista para que nadie quedara por fuera.

Su presencia era tan constante que se convirtió en la compañía infaltable. No necesitaba protagonismo, porque su papel era más grande: el de sostener al grupo en los detalles, en las pequeñas cosas que hacen que la amistad se mantenga viva.

Así, sin pertenecer oficialmente a ningún grupo, Amparo terminó siendo el alma de todos. La socia que hacía posible lo imposible, la que mantenía viva la chispa de la amistad con su entrega y su humor.

El bolso mágico de Amparo Suárez
En las reuniones del grupo Katakandrú, todos sabían que Amparo Suárez llegaba con su bolso mágico. De ese bolso podían salir desde cartas para jugar hasta un balón inflado, maquillaje o hasta una jarra de agua. Pero una noche en la tienda de Vale, Amparo superó todas las expectativas.
Estábamos departiendo, con las politas ya haciendo su efecto, cuando de repente Amparo metió la mano en el bolso y sacó… ¡un embudo! Todos nos quedamos mirándola con cara de “¿y eso para qué?”.
Ella, muy seria, respondió:
—Pues para orinar, porque la cervecita hace lo suyo y ustedes no tienen problema, pero aquí en Vale no hay baño para las chicas… así que toca traer un implemento para emularlos a ustedes.
El silencio duró apenas un segundo, hasta que estalló la carcajada general. Fulvio casi se atraganta de la risa, Archi repetía “¡el embudo, el embudo!”, y Constantino decía que ese bolso era más completo que una ferretería. Desde entonces, cada vez que alguien mencionaba a Amparo, alguien añadía: “¡Cuidado, que saca el embudo!”.
Así quedó inmortalizada la escena: Amparo, con su bolso mágico, demostrando que la verdadera creatividad no estaba en el escenario ni en la cancha, sino en la vida cotidiana.

DORIS ALVAREZ: la eterna secretaria
En el vasto mural de las mujeres de Katakandrú, donde cada nombre es un color y cada gesto una pincelada, se abre un espacio luminoso para Doris Álvarez, nuestra eterna secretaria.

Doris Álvarez fue, y seguirá siendo, la eterna secretaria de Katakandrú. Su presencia era como un faro constante que iluminaba cada reunión y cada proyecto. Allí estaba, siempre atenta, trabajando con la dedicación de una escritora consumada: redactando cartas de invitación que parecían pequeñas piezas literarias, cuidando con rigor los estatutos, velando porque las actas estuvieran al día y que la memoria del grupo quedara registrada con precisión

Con su talante y su sonrisa, convertía la rutina administrativa en un acto de creación. Tomaba la lista de asistencia como quien enumera estrellas en el cielo, asegurando que nadie quedara fuera de la constelación de Katakandrú. Cada documento que pasaba por sus manos recibía un toque de alegría, un sello de humanidad que transformaba lo formal en cercano, lo burocrático en cálido.
Doris no solo cumplía funciones: ella daba vida a la documentación, convirtiéndola en crónica, en testimonio, en memoria viva. Su trabajo era el tejido invisible que sostenía la estructura del grupo, y su espíritu alegre hacía que cada reunión se sintiera más ligera, más festiva, más nuestra.
En la crónica de las mujeres de Katakandrú, Doris ocupa un lugar especial: su pluma fue el hilo invisible que sostuvo la trama del grupo, y su espíritu alegre la tinta que coloreó cada página de nuestra historia.
Por eso, cuando evocamos la historia de Katakandrú, su nombre resuena como un canto de gratitud. Doris Álvarez fue más que secretaria: fue guardiana de la palabra, arquitecta de la memoria y artesana de la alegría.

Anécdota de Doris Álvarez

Algunas historias no se cuentan para recordar el dolor, sino para entender la fortaleza que nace después de él. La de Doris Álvarez es una de esas. Quienes compartimos con ella los años universitarios sabemos que siempre iba un paso más allá del deber: atenta, solidaria, pendiente de que nadie quedara atrás. En especial de las mujeres que, noche tras noche, emprendían el regreso a las granjas de la Universidad Surcolombiana hacia el barrio, atravesando caminos oscuros donde la compañía era una forma de protección y de resistencia.

Solíamos esperar hasta que el grupo estuviera completo. No era una regla escrita, sino un pacto tácito: caminar juntas alrededor de las diez de la noche, cuando el silencio del camino se volvía más denso y el miedo se disimulaba con conversaciones y risas. Aquella noche, sin embargo, el orden se quebró. Un altercado menor, una prisa que no parecía peligrosa, y Doris avanzó junto a una de sus hermanas, dejando atrás —sin intención— al resto del grupo.

Lo que ocurrió después fue abrupto e injusto. Un hombre, al volante de una camioneta y bajo los efectos del alcohol, irrumpió en el camino. El golpe fue tan rápido como devastador. El estruendo nos alertó a quienes veníamos detrás. Corrimos, la encontramos herida y la llevamos de inmediato al hospital. Desde ese día, Doris cargó una huella física que la acompañaría para siempre.

Pero nunca fue la cicatriz lo que definió su historia. Lo verdaderamente memorable fue la manera en que siguió adelante, sin permitir que la violencia dictara su identidad ni su destino. Años después, Doris decidió poner en palabras lo que aquella noche le dejó. No como lamento, sino como afirmación de vida. Esta es su carta.


Carta de Doris Álvarez

Queridos compañeros, queridas compañeras de camino:

Hay noches que no se olvidan. No porque hayan sido luminosas, sino porque en su oscuridad nos revelan quiénes somos de verdad. Una de esas noches me alcanzó a la salida de la Universidad Sur colombiana, cuando, como tantas veces, me quedé pendiente de que nadie caminara solo. Siempre creí —y sigo creyendo— que cuidarnos entre nosotros es una forma silenciosa de amor.

Ese día algo se rompió en el orden habitual. Un desacuerdo pequeño, una prisa innecesaria, y mi hermana y yo tomamos el camino antes que el resto. El barrio nos esperaba al final de un trayecto oscuro, de esos que obligan a caminar con el corazón atento. Nunca imaginé que en ese trayecto mi vida quedaría marcada para siempre.

No recuerdo con precisión el rostro del hombre ni el color exacto de la camioneta. Sí recuerdo el golpe seco, la sorpresa, el miedo breve que paraliza y luego se convierte en silencio. Después vinieron ustedes: las voces corriendo, los pasos apresurados, las manos amigas que me sostuvieron y me llevaron al hospital. En medio del dolor, no estuve sola. Y eso lo cambió todo.

Desde entonces cargo una huella en el rostro. Al principio pensé que esa marca sería un límite, una frontera entre lo que fui y lo que vendría. Con el tiempo entendí que no todas las cicatrices restan; algunas enseñan a mirar más hondo.

La marca quedó en mi piel, pero no tocó lo esencial. No se llevó mis ganas de reír, ni mis sueños, ni la certeza de que la vida, incluso cuando hiere, también educa. Aprendí a no esconder el rostro ni la historia. Aprendí que la dignidad no se borra con un golpe y que la belleza verdadera no pide permiso para existir.

Si algo deseo que recuerden de mí no es esa noche, ni la cicatriz que vino después. Ojalá recuerden la forma en que seguimos caminando juntos, el compromiso con los otros, la alegría compartida aun cuando duele, la luz que no se apaga porque nace por dentro.

La vida deja marcas, es cierto. Pero somos nosotros quienes decidimos si esas marcas nos encogen o nos ensanchan el corazón. Yo elegí seguir de pie, seguir creyendo, seguir cuidando.

Con gratitud y esperanza,
Doris Álvarez

La carta de Doris no buscaba explicaciones ni absoluciones. Era, más bien, una manera de devolverle sentido a una experiencia que pudo haberla reducido y que, sin embargo, la ensanchó. Al leerla, entendimos que no todas las violencias logran su cometido. Algunas fracasan porque se encuentran con personas que saben transformar el golpe en conciencia y el miedo en firmeza.

Para nosotros, la huella en su rostro dejó de ser una señal de daño y se volvió un recordatorio. Nos recordó que la juventud no fue solo entusiasmo y sueños, sino también riesgo, cuidado mutuo y aprendizaje duro. Nos recordó que caminar juntos no era una costumbre ingenua, sino una decisión política y humana frente a un entorno que muchas veces nos fue adverso.

Doris siguió siendo la misma: comprometida, luminosa, atenta a los otros. La marca nunca habló más fuerte que su risa ni más alto que su manera de estar presente. Con el tiempo comprendimos que su verdadera herencia no estaba en la cicatriz, sino en la lección silenciosa que nos dejó: la dignidad no se negocia, la solidaridad salva, y la fortaleza no siempre grita, a veces simplemente permanece.

Hoy, al volver sobre esta historia, no la contamos para fijarla en el dolor, sino para reconocer en ella una de las tantas formas en que aprendimos a resistir sin endurecernos. Doris es parte de esa memoria compartida que nos recuerda que la vida puede golpear, pero no siempre vence; que algunas personas, aun heridas, siguen iluminando el camino de los demás.

Carlos Montealegre, el joven que buscaba pertenecer
En los primeros pasos de Katakandrú, cuando el grupo apenas comenzaba a soñar con su identidad, Carlos Montealegre fue elegido como su primer presidente. Su entusiasmo inicial era contagioso: hablaba con esperanza, proponía con energía, y parecía encontrar en el grupo ese espacio que tanto había anhelado.
Carlos venía de una historia marcada por la ausencia. Huérfano de padres, criado por una tía exigente, su infancia fue un terreno de silencios y deberes. En Katakandrú encontró, por un breve tiempo, el calor de la pertenencia, el abrazo de la comunidad, el alivio de no estar solo.

Pero la vida, con sus giros impredecibles, lo fue llevando por caminos sombríos. La vorágine de las circunstancias lo envolvió, y los remolinos de incertidumbre comenzaron a arrastrarlo. Poco a poco, su presencia se volvió intermitente, su voz se apagó, y su mirada se llenó de una tristeza que nos dolía a todos.
A veces lo encontrábamos por ahí, como un eco del pasado. Nos decía que nos extrañaba, y en sus ojos había una súplica silenciosa, una nostalgia profunda. La tristeza se tomó al grupo, porque sabíamos que estábamos perdiendo a un compañero, a un hermano, a un joven que solo quería ser parte de algo más grande que su dolor.
Las circunstancias, sin embargo, lo fueron llevando por caminos sombríos. La vórtice de la vida lo fue consumiendo, . Cayó en un dilema profundo, atrapado entre lo que deseaba ser y lo que el mundo le permitía. Con el tiempo, se fue perdiendo en el espacio y en el tiempo, como si la realidad lo fuera borrando poco a poco.
Carlos se desvaneció en el imaginario de la sociedad, refugiado en los rincones donde la esperanza se esconde. Pero su historia no se borra. En Katakandrú, su nombre permanece como símbolo de una búsqueda humana, como testimonio de que todos necesitamos afecto, comprensión y un lugar donde ser.

Carlos Montealegre fue más que un presidente: fue el reflejo de una generación que luchaba por pertenecer, y su historia nos recuerda que detrás de cada rostro hay una batalla invisible. Su memoria vive en nosotros, como una llama que nos invita a mirar con ternura, a cuidar a los que se quedan atrás, y a no olvidar nunca que la dignidad también se escribe con compasión

OLGA LUCIA FIERRO

Queridos amigos
Hablar de Olga Lucia Fierro es abrir la puerta a un recuerdo lleno de música y movimiento. Ella fue, sin duda, la muchacha que más amaba la danza, la que se entregaba al ritmo de los grandes encuentros festivos con una alegría contagiosa. Entre todas las jóvenes del grupo, Olga destacaba por su belleza, aunque nunca desmereció la hermosura de las demás. Su presencia era un resplandor que atraía miradas y suspiros, pues los muchachos la perseguían con insistencia.
Olga, sin embargo, tenía sus propias reglas. Decía que prefería a los chicos de buen talante, de familias acomodadas, porque —según sus palabras— “pobre con pobre solo da más pobreza”. Esa franqueza suya, tan directa, no le restaba simpatía; al contrario, la hacía más jovial, extrovertida y encantadora. Era una niña que irradiaba simpatía y que, aunque no buscaba nada serio, confesaba que quien realmente le atraía era Ever. Pero Ever, como bien recordarás, era difícil de convencer. Aun así, entre ellos surgían momentos de ternura, pequeñas jugaditas que todos observábamos con complicidad, sabiendo que no pasaban de ser juegos del afecto.
Lo que sí fue serio, y motivo de orgullo para todos, fue su papel como representante de Katakandrú y del barrio en el Festival del Bambuco a nivel municipal. Allí, Olga llevó nuestra alegría y nuestra identidad, convirtiéndose en símbolo de lo que somos: un grupo que celebra la vida con danza, música y memoria.
Hoy, al evocarla, no puedo sino sonreír. Olga fue chispa y melodía, belleza y carácter. Y en cada recuerdo suyo late la esencia de aquellos días que nos unieron.

EL ENSAYO DEL SANJUANERO

Ese día del ensayo fuimos invitados los muchachos del grupo de Katakaos. Ariari quería que observáramos el baile de Olga y le hiciéramos algunas sugerencias para que mejorara, pues la idea era ganar en el encuentro del San Pedro.

Llegaron principalmente las niñas del grupo de danza: Derly, Laura, Constanza, Martha y Amparo, Ederle todas con el deseo de aprender. Mientras esperábamos al bailarín —Alex Amézquita, muchacho de Las Granjas—, Ariari aprovechó para marcar el rumbo del ensayo.

—Antes de las figuras —dijo—, hay que dominar la base.

Entonces le indicó a Olga que repasarían los tres pasos fundamentales del Sanjuanero. Primero, el caminado, que debía ser suave, seguro, casi como si se deslizara sobre el suelo. Luego el bambuqueado, donde el cuerpo empezaba a tomar vida con ese balanceo propio del bambuco, marcando el ritmo con naturalidad. Finalmente, la contradanza, más exigente, donde la coordinación y la elegancia se volvían imprescindibles, Había que marcar los tres cuartos de tiempo. Ritmo de vals aplicado al bambuco.

—Sin esto —insistía Ariari— no hay danza, solo pasos sueltos.

Cuando llegó Alex, el ensayo tomó forma completa. Entraron entonces a trabajar las figuras, esas que cuentan realmente la historia del baile. Comenzaron con la salida, firme, bien plantada, como una declaración de presencia. Luego vinieron los cruces, donde la pareja se encontraba y se esquivaba en un juego de trayectorias.

Siguió el ocho, que Olga realizaba de manera espectacular, dibujando en el espacio esa figura con un coqueteo natural que arrancaba miradas. Después pasaron a la arrodillada, y contradanza donde Alex, con respeto y galantería, se rendía ante ella en un gesto clásico de conquista. Ariari hizo repetir esta figura varias veces.

La exigencia aumentaba. Llegaron a la levantada de la  chica  y coordinación de piernas, precisa, medida en los tres cuartos del bambuco, donde el tiempo no podía fallar. Luego vino la  Toma y arrastrada del ala del sombrero, uno de los momentos más observados, donde Alex desplegaba toda su intención mientras Olga respondía con gracia.

—Más elegancia, más mirada —repetía Ariari.

Entraron entonces al secreteo y el rechazo, donde no bastaba con sonreír: había que dialogar con el cuerpo. Allí aparecía el escobillado, ese movimiento sutil y veloz de los pies que parecía barrer el suelo, aportando ligereza y picardía al paso. Olga lo ejecutaba con naturalidad y gracia; a mí me parecía impecable, pero Ariari, fiel a su exigencia, siempre encontraba algo por pulir. De pronto hizo detener la música y la increpó con firmeza:

—¡Aquí es donde se gana la corona! Aquí tiene que haber coqueteo de verdad, entrega total… ¡comunicación con el parejo!

El ambiente cambió. Ya no era solo un ensayo: era el momento en que la danza debía volverse verdad

Finalmente llegaron a la perseguida, donde Alex iba tras ella y Olga escapaba con esa mezcla de juego y dominio, hasta desembocar en la salida final, donde todo se detenía y quedaba dibujada en el espacio la planigrafía completa de la danza.

 Fue entonces cuando Leónidas hizo su aparición y, con voz encendida, rompió el aire con un grito que nos estremeció:

—¡Viva la danza de Inés García de Durán! ¡Viva el Sanjuanero, legado de Anselmo Durán Plazas, creadores de este ritmo y de esta expresión viva de nuestra danza folclórica!

Sus palabras no fueron solo un grito: fueron una invocación. Resonaron en el pecho de todos, como si despertaran algo antiguo, profundo, que nos pertenecía. Nadie aplaudió de inmediato. Nadie se movió. El silencio que siguió no fue vacío, fue reverente… casi sagrado.

En ese instante comprendimos que no habíamos asistido simplemente a un ensayo. Lo que ocurrió allí fue otra cosa: una ceremonia. Una historia viva contada con el cuerpo, donde cada paso era memoria, cada giro una promesa y cada mirada un acto de conquista.

Y entonces, sin necesidad de palabras, supimos que el Sanjuanero no se baila… se honra.

Carta de Olga Lucia Fierro
Amados míos,

Desde este lecho donde la enfermedad me ha ido consumiendo, quiero dejarles un recuerdo que no se marchite, porque la memoria es más fuerte que la carne y el espíritu danza aun cuando el cuerpo se apaga.

Recuerdo aquel tiempo luminoso en que fui elegida representante de nuestro barrio Las Granjas y de Katakandrú en el Festival del Bambuco a nivel municipal. ¡Qué júbilo tan inmenso! Todo el grupo se volcó en mi causa, como si mi nombre fuera el estandarte de todos.

Me acompañaron en cada ensayo del sanjuanero huilense y, bajo la guía de Fulvio, el escultor, levantaron con sus propias manos la carroza que habría de llevarme en los desfiles: una majestuosa flor de mayo, abierta en todo su esplendor, símbolo de vida y celebración. Y allí, en su centro, iba yo, erguida y radiante, resplandeciente —pero no por mí misma—, sino por todo lo que ustedes habían puesto en ella, como si fuera el corazón vivo de nuestra obra colectiva.

Se armó la comparsa con guitarras, tambores, chuchos, carrascas y esterillas; un tejido de música y alegría que todavía resuena en mi memoria. Cada quien ofreció lo mejor de sí: unos aportaron materiales, otros dinero, y muchos más su esfuerzo incansable en actividades para reunir recursos.

Por eso hoy quiero decirles algo que tal vez no supe expresar en ese momento: yo no era solo Olga avanzando hacia el festival; éramos todos. Era un sueño colectivo el que tomaba forma, una hermandad entera latiendo en un mismo propósito. Yo no era solo Olga; era la voz y el rostro de cada uno de ustedes.

También hubo pruebas al redero de nuestro nuestro espíritu solidario. Carlos, en medio de la multitud y recién pagado, fue despojado de su dinero. Se quedó sin un centavo para las festividades y, aun así, ustedes —mis hermanos de Katakandrú— lo acogieron con generosidad, llevándolo a cada actividad sin costo alguno, porque la verdadera riqueza siempre fue la unión.

Y tú, Constantino, también viviste tu propio sacrificio. La boleta que te correspondía se extravió y no pudiste entrar al estadio. Te trepaste a un árbol cercano, como un vigía de la esperanza, y desde allí contemplaste fragmentos de las danzas. Luego caminaste de regreso al barrio junto a Mónica Motta y otros amigos, riendo en la penumbra, como si esa caminata también hiciera parte de la fiesta.

Al final, mi nombre resonó en la plaza con fuerza y emoción: ocupé el primer lugar. Fui coronada Reina Popular de Neiva, convirtiéndome además en la primera reina en ganar este encuentro folclórico para las granjas, un logro que no fue solo mío, sino de todos nosotros. Aquel triunfo fue de Katakandrú y del barrio Las Granjas, porque la gloria no estaba únicamente en la corona, sino en la carroza que construimos juntos, en las risas compartidas, en la dignidad con la que representamos nuestra historia y nuestra gente.

Hoy, mientras la enfermedad poco a poco me aparta de este mundo, quiero que sepan que ese recuerdo es mi legado. No lloren por mí: recuerden la danza, el brillo de las carrozas, la solidaridad que nos hizo invencibles. Yo me voy, sí, pero en cada bambuco, en cada paso del sanjuanero, seguirá latiendo mi espíritu.

Con amor eterno,
Olga Fierro

Olga nos dejó sus últimas palabras: un adiós sereno, lleno de gratitud y de vida. Cuando leímos su carta, el corazón se nos arrugó de tristeza. Nadie habló. El silencio nos abrazó a todos, como si en ese instante comprendiéramos la dimensión de su despedida.

Y entonces, como si las palabras necesitaran transformarse para no quebrarse, nació el poema:

Olga Lucia Fierro

 Ave del jardín y lentamente salió de mi inspiración para ella

Fue una pequeña ave
en un jardín florecido,
buscando la miel secreta
en el aroma esparcido.

Se sabía victoriosa,
reina leve del instante,
muy alegre y entusiasta
entre perfumes flotantes.

Era hermosa, era risa,
era canto que abrazaba
pétalos de mil colores
que su cuerpo iluminaba.

Quiso probar en su espacio
otras mieles, y sabores,
otros cielos y conocer
sin temor, otros fulgores.

Pero la vida, de repente,
le susurró nuevo camino,
y ese temblor en el tiempo
cambió conciencia y  destino.

Y supo —quizás al final—
el verdadero valor:
el amor que permanece,
la amistad que no se apaga,
y la alegría…que nunca muere.

y con estas palabras y lagrimas en el rostro  a Olga Lucia le entregamos  un adiós

OTROS INTEGRANTES DE KATAKANDRU
Hablar de los hombres de Katakandrú también es reconocer a quienes, sin estar siempre al frente de la dirección, sostuvieron el grupo desde otros frentes, con presencias constantes o esporádicas, pero siempre valiosas. No todos cargaron títulos ni ocuparon cargos formales, pero muchos dejaron huella en cada actividad que el club emprendía.

Recuerdo, por ejemplo, a Eulises Castro, vinculado al teatro y siempre dispuesto cuando su participación era necesaria. Eulises tenía un pequeño gimnasio, construido con elementos rústicos de cemento y ladrillo, un espacio sencillo pero lleno de vida. Allí nos reuníamos distintos jóvenes para ejercitarnos, fortalecer el cuerpo y cultivar la disciplina física. Ese lugar, más que un gimnasio, era un punto de encuentro, y Eulises era el promotor incansable de esas jornadas. Esa fue su forma de entrega al grupo.

Eulises: el héroe de las pesas y las tablas

En Katakandrú no todos los héroes empuñaban espadas ni recitaban discursos memorables. Algunos, como Eulises, cargaban mancuernas de cemento y hablaban poco, pero cuando lo hacían, dejaban huella. Su nombre ya venía con destino épico: como el de La Odisea, ingenioso, persistente y siempre metido en travesías improbables, aunque las suyas transcurrieran entre ladrillos, sudor y risas.

Eulises era el dueño de un gimnasio rústico, casi artesanal, construido con más entusiasmo que presupuesto. Allí no había máquinas sofisticadas ni espejos elegantes, pero sí barras improvisadas, pesas hechas a mano y una disciplina que nos hacía sentir atletas olímpicos… al menos hasta que al día siguiente no podíamos ni caminar. Ese lugar no solo forjaba músculos: también templaba el carácter.

Paradójicamente, aquel cuerpo de fortachón escondía una timidez notable. A Eulises le costaba más levantar la voz frente al público que levantar cien kilos del suelo. Por eso, un día decidí lanzarlo a otra odisea: el teatro. Le propuse que se uniera al grupo para perder el miedo a la palabra, soltarse frente a la comunidad y, siendo sinceros, porque el escenario también lo necesitaba a él. Hacía falta un personaje fuerte, imponente, alguien que llenara el espacio sin decir mucho… y ese era Eulises.

Al principio dudó. Pero aceptó. Y como buen héroe silencioso, terminó convirtiéndose en un gran actor. El escenario lo transformó: donde antes había timidez, apareció presencia; donde había silencio, surgió carácter. El público aplaudía y él, sorprendido, entendía que también podía conquistar sin usar los músculos.

Pero si de epopeyas se trata, ninguna como aquella noche en que Fulvio, Carlos y Eulises decidieron que tres hombres y una moto eran una combinación perfectamente razonable. Iban rumbo a un acto cultural, desafiando las leyes de la física y el sentido común. Cumplida la misión, Fulvio, generoso como siempre, los invitó a comer pollo en un sitio llamado Las Vegas, donde el banquete fue digno de reyes… o al menos de héroes con hambre.

Antes de despedirse, Fulvio tuvo un gesto noble: pidió que llevaran un bocado a sus padres, doña Beatriz y don Sixto. Así que emprendieron el regreso con una caja de pollo cuidadosamente protegida. Todo iba bien hasta que, en plena vía, apareció un perro con vocación de villano mitológico. El susto fue tal que los hizo caer del vehículo en una coreografía improvisada.

Se levantaron como pudieron, recogieron la caja —milagrosamente intacta por fuera— se sacudieron el polvo y siguieron su camino con dignidad. Al llegar a la casa, entregaron la encomienda a don Sixto con solemnidad. Pero la verdadera escena teatral vino después, cuando doña Beatriz abrió la caja: dentro solo reposaba un solitario pedazo de yuca. El pollo había desaparecido, seguramente salió volando en la caída, cumpliendo su propia odisea gastronómica.

Así era Eulises: fuerte como pocos, tímido como niño, actor por sorpresa y protagonista de historias que hoy nos siguen arrancando carcajadas. En Katakandrú, su legado no fue solo el músculo, sino la certeza de que incluso los más callados guardan epopeyas enteras esperando ser contadas.

Ricardo Castro, por su parte, encontraba su lugar en la música. Siempre con una guitarra entre manos, molestaba, ensayaba, improvisaba. Pero su aporte iba más allá: fue pieza importante en el equipo de microfútbol y también en la coral dirigida por Jaime Borrero, donde su sensibilidad artística encontraba otro cauce.

Edgar Cuéllar tuvo un paso por la mesa directiva en los inicios del grupo, aunque muchos lo recuerdan especialmente por su destacado desempeño en el fútbol. Al igual que Ulises, Edgar contaba con un gimnasio, un poco más sofisticado, acorde con su formación, pues ambos eran estudiantes de Educación Física. En ellos, el deporte no era solo competencia, sino formación y comunidad.

Estaba también Humberto Flores, siempre dispuesto a colaborar cuando se trataba de asuntos legales. Su trabajo en el área de impuestos y catastro lo convertía en un apoyo clave cuando el grupo necesitaba orientación en esos temas que pocos dominaban, pero que eran necesarios para avanzar con orden.

Armando Castro, aunque era el más joven del grupo, dejó una marca profunda. Fue quien lideró la formación de los jóvenes “Lobitos”, inspirados en los Boy Scouts. Los Lobitos tenían su propio grupo de teatro, danzas y música; eran los niños que llenaban de alegría los encuentros y renovaban el espíritu del colectivo.

En el ámbito deportivo también estuvo Ricardo Bello, comprometido especialmente con el microfútbol y el fútbol. En los primeros tiempos fue integrante de la mesa directiva y contribuyó a consolidar esa dimensión deportiva de Katakandrú.

No puedo dejar de mencionar a Estiben Ramírez, quien fundó el grupo de teatro de Katakandrú. Por motivos de salud tuvo que alejarse, y con el tiempo se nos fue para siempre. Su partida dejó un vacío, pero su legado artístico permanece en la memoria del grupo.

Carta de Estivenson Ramírez A Katakandrú,

a mis compañeros,
a mis hermanos de escena:


Escribo estas palabras desde un lugar silencioso, donde el cuerpo ya no acompaña como antes, pero la memoria sigue despierta. Aquí, en esta quietud obligada, los recuerdo a todos. Uno por uno. Como si aún estuviéramos reunidos antes de un ensayo, esperando la señal para empezar.

Katakandrú fue más que un grupo teatral. Fue refugio, fue casa, fue la posibilidad de creer que el arte también salva. Cada rostro, cada voz, cada risa compartida vuelve a mí con una claridad que me conmueve.

Pienso especialmente en Yolanda Morales. Hermosa no solo por fuera, sino por la manera en que llenaba los ensayos de una alegría suave y constante. Ella hacía que el cansancio pesara menos, que el tiempo pasara distinto. La quise con el alma, sin reservas. Siempre supe que su corazón tenía otras preferencias, pero aun así la seguí cortejando, no por terquedad, sino porque hay afectos que no saben rendirse. Quererla fue también aprender a respetar y a admirar desde el lugar que me tocó.

Al grupo quiero decirle que lo dejo en buenas manos. Constantino, el duro del grupo, tiene la fuerza, la sensibilidad y la palabra. Sé que puede continuar el legado teatral, porque no solo ama el escenario: lo entiende. Su formación en lingüística y literatura le dio herramientas, pero su compromiso le dio sentido. Confío en que sabrá cuidar lo que construimos juntos.

Cómo no recordar a Archi, con sus ocurrencias oportunas, con ese humor que nos salvaba incluso en los momentos más tensos. Siempre había una risa lista para sostener al grupo cuando flaqueaban los ánimos.

A Víctor, “Apayayu”, a Adriana, a Magnolia, a Julia, quiero nombrarlos con gratitud. Julia, en especial, con ese esfuerzo enorme por trasladarse desde el barrio vecino para no faltar nunca, para cumplir con los ensayos y las presentaciones, nos enseñó que el compromiso también es una forma de amor.

A todos los demás, aunque no los nombre aquí, los llevo conmigo. No hubo nadie pequeño en este camino. Cada aporte, cada presencia, cada silencio compartido fue parte de algo más grande que nosotros mismos.

Si estas palabras suenan a despedida, no las lean como un adiós definitivo. Léanlas como un abrazo largo, de esos que no necesitan soltarse. Me voy tranquilo, sabiendo que Katakandrú sigue vivo en ustedes, en las tablas, en la memoria, en cada gesto que recuerda por qué empezamos.

Con todo mi cariño,
hasta el último de mis días,
Estivenson Ramírez

Supimos del deceso de Estivenson Ramírez demasiado tarde, cuando su hermano nos hizo entrega de la carta. Aunque no compartió mucho tiempo con nosotros, su ausencia deja un vacío profundo. Estivenson siempre será recordado con cariño, porque fue él quien dio el impulso inicial al teatro en aquellos días en que era estudiante del SENA. Su legado permanece vivo en cada escena, en cada voz y en cada sueño que ayudó a encender.

Que descanse en paz. Siempre lo llevaremos en nuestra memoria.

Hubo otros nombres que acompañaron el proceso en distintos momentos: Carlos Rujana, con quien dimos inicio a la letra del himno de Katakandrú; William Serrato, Donal Losada, Luis Motta, Juan Carlos y Hugo peña que asistían de vez en cuando a la agrupación; Lester Lizcano, quien acompañaba constantemente a las niñas Ramírez; y muchos más cuyos nombres el tiempo ha ido difuminando, pero cuya presencia, aunque esporádica, también hizo parte de esta historia compartida.

Todos ellos, con mayor o menor constancia, fueron piezas de un mismo tejido. Katakandrú no se construyó solo con quienes estaban en la dirección, sino también con quienes aportaron desde la música, el deporte, el teatro, el cuerpo, la ley o simplemente la compañía. Y en esa suma de voluntades, incluso las más breves, se explica la riqueza y la memoria viva del grupo.


Capítulo: La recreación como tejido comunitario

Las jornadas de recreación que promovíamos no se limitaban únicamente al esparcimiento. Eran, en esencia, espacios de encuentro donde la comunidad se reconocía, dialogaba y fortalecía sus lazos. Cada caminata, cada salida ecológica y cada actividad al aire libre cumplía una doble función: recrear el espíritu y despertar la conciencia colectiva sobre el valor de nuestro territorio.

Bajo esa premisa fuimos tejiendo, paso a paso, una red de participación en la que jóvenes, niños y algunos adultos se sumaban con entusiasmo. No se trataba solo de caminar por caminar, sino de mirar con otros ojos los lugares que siempre habían estado allí, muchas veces olvidados, otras veces subestimados.

La recreación, entendida así, se convertía en una herramienta pedagógica y social. Mientras compartíamos alimentos, historias y risas, también identificábamos necesidades, riesgos y oportunidades de mejora en los espacios visitados. De esta manera, el disfrute se transformaba en compromiso y la aventura en gestión comunitaria.


Capítulo: De las salidas a los sitios que buscábamos mejorar

Dentro de las múltiples salidas que realizábamos con el firme propósito de otorgarle renombre a nuestros parajes y, a la vez, dejar constancia ante las autoridades pertinentes sobre su estado y necesidades, recuerdo de manera especial aquella expedición hacia la conocida Caja de Agua” del municipio de Paicol.

Se trataba de un lugar envuelto en un halo de misterio y tradición. Los mayores del pueblo relataban, con esa mezcla de certeza y fantasía propia de la memoria popular, que por allí existía un antiguo camino ancestral que servía como atajo para llegar hasta el Perú. Historias jamás probadas, pero profundamente arraigadas en el imaginario colectivo.  

Antes de llegar a Caja de Agua, en el municipio de Paicol, nos detuvimos donde un parroquiano que, con una amabilidad casi sospechosa, nos invitó a tomar un pocillo de café. Mientras el humo subía lento entre sus manos, nos habló del lugar al que nos dirigíamos.

—Allá pasan cosas… —dijo, sin mirarnos directamente—. No todo lo que se ve… es gente.

Nos explicó el camino, pero también dejó caer historias que parecían más advertencias que relatos. Nombró seres del monte, presencias antiguas: la Madre Monte, el Mohán, la Candileja… nombres que uno escucha desde niño, pero que en ese momento, en medio del silencio del campo, adquirían otro peso.

Don Raúl —así se llamaba— nos contó entonces la historia de una niña.

Vivía con sus padres en la parte baja de Caja de Agua. Decían que el Mohán la había “escogido”. En las noches, la llamaba desde la oscuridad. Nadie más escuchaba, pero ella sí. Al amanecer aparecía con arañazos, como si hubiera intentado huir de algo que la alcanzaba siempre. Dejaba la comida intacta, temblaba sin razón… y a veces, aseguraban, hablaba sola.

—No era sola… —murmuró don Raúl—. Alguien le respondía.

Nos contó que el Mohán quería llevársela. Que la rondaba, que la marcaba, que no la dejaba en paz. Hasta que alguien del pueblo dio un consejo extraño: que le permitieran tener novio. Como si el afecto humano pudiera romper un vínculo con lo desconocido.

Y, según decían, funcionó.

Pero no del todo.

—A veces… todavía se oyen cosas —añadió, bajando la voz—. Y se ven luces.

No preguntamos más.

Esa noche acampamos en silencio, como si sin darnos cuenta hubiéramos decidido no hacer ruido en un lugar que no nos pertenecía.

A eso de las siete, cuando la oscuridad cae de golpe en el cañón, vimos la luz.

No era fija. No era una linterna común. Se movía con una lentitud irregular, como si flotara… o como si buscara algo.

La conversación murió al instante.

Nadie dio una orden, pero todos hicimos lo mismo: nos metimos a las carpas, cerramos cremalleras, contuvimos la respiración.

El aire se volvió pesado.

Entonces vinieron los sonidos.

Resoplidos.

Lentos… húmedos… demasiado cerca.

Se oían justo al frente, como si algo —o alguien— olfateara las carpas. Nadie hablaba. Nadie se movía. El miedo tenía peso, se sentía en el pecho.

Y entonces, la luz.

A través de la tela delgada, comenzó a filtrarse un resplandor amarillento. No era fuerte, pero sí persistente… como si se detuviera exactamente frente a nosotros.

El silencio se rompió con una voz:

—Buenas noches…

Grave. Arrastrada. No era un saludo normal. Sonaba… como si no se hubiera usado en mucho tiempo.

Nadie respondió al principio.

El corazón golpeaba tan fuerte que parecía que iba a delatarnos.

—Buenas noches… —repitió.

Esta vez, uno de nosotros reunió valor y respondió.

Nos asomamos.

Y allí estaba.

Un hombre alto, demasiado quieto. Sostenía una yegua del cabestro. La luz provenía de una lámpara vieja que apenas iluminaba su rostro, oculto en parte por un sombrero grande.

Pero había algo extraño.

No parpadeaba.

O tal vez… no lo vimos hacerlo.

Le ofrecimos café. Dijo que no, que tenía afán. Que venía de abajo, buscando su yegua.

Su voz no cambiaba. No tenía prisa, pero decía tenerla.

La yegua resoplaba igual que lo que habíamos escuchado. Sus ojos reflejaban la luz de una forma inquietante… como si no miraran, sino que reconocieran.

El hombre no preguntó quiénes éramos. No pareció sorprendido de encontrarnos allí.

Solo se quedó unos segundos… de más. Luego giró. Y se fue. Sin despedirse. El sonido de los pasos… desapareció demasiado rápido. Nadie salió de la carpa esa noche. Nadie durmió realmente. Al amanecer, todo parecía normal. Demasiado normal. Hicimos el recorrido, evitamos hablar del tema y regresamos a Paicol en la tarde.

Buscamos a don Raúl.

Cuando le contamos lo sucedido, su expresión cambió apenas un instante. No fue sorpresa… fue reconocimiento.

—Eso no puede ser —dijo.

Nos explicó que la casa de abajo estaba abandonada, casi destruida. Que nadie vivía allí desde hacía años.

—El dueño… —continuó— se desbarrancó con su yegua por esos lados. Murió.

El silencio volvió. Luego preguntó, con una precisión incómoda:

—¿La yegua era oscura… con una mancha blanca en la cara? Sentimos un frío que no venía del clima.

—Sí… —¿Y el hombre… alto, delgado, sombrero grande… botas como de militar?

Asentimos. Don Raúl bajó la mirada. —Entonces no era ningún caminante. Hizo una pausa larga. Demasiado larga.

—A ustedes se les apareció don Chucho… —dijo finalmente—. Él murió con su yegua.

Nadie dijo nada. Porque todos entendimos lo mismo. Esa noche…no estábimos solos.

Más allá de la leyenda, lo que encontramos fue un sitio de imponente belleza natural. Sus formaciones rocosas, la humedad que emanaba de la tierra y el eco profundo que nacía de sus entrañas le otorgaban un carácter casi sagrado. Varias cavernas se abrían paso entre la montaña, majestuosas pero también peligrosas. Los lugareños advertían —y con razón— que internarse demasiado en ellas podía significar perderse en su laberinto natural. Ya había ocurrido en alguna ocasión.

Era un lugar que imponía respeto. Casi sagrado.

Varias cavernas se abrían paso entre la montaña, majestuosas, oscuras, como bocas que invitaban y advertían al mismo tiempo. Los lugareños insistían —y con razón— en no internarse demasiado en ellas. Decían que uno podía perderse fácilmente en su laberinto natural.

Y no lo decían por decir.

Ya había ocurrido antes.

Personas que entraron confiadas… y tardaron días en salir.

O no salieron siendo las mismas.

Tal vez por eso, al recordar aquella noche, entendimos que no todo lo que habita en Caja de Agua pertenece a las historias.

Algunas cosas…

siguen allí.

Pese a su importancia histórica y paisajística, la Caja de Agua se hallaba en estado de abandono: enmontada, cubierta por la maleza y sin un sendero claramente marcado que facilitara su acceso. Llegar hasta allí requería más intuición que camino.

Fieles a nuestro deber comunitario, elevamos el respectivo informe y dimos a conocer la situación ante las autoridades municipales. No lo hicimos desde la queja, sino desde el amor por la tierra y la convicción de que estos espacios merecían ser preservados y visibilizados.

Tiempo después, con satisfacción, supimos que nuestras observaciones fueron atendidas. Se realizó la limpieza del entorno, se habilitó el sendero de ingreso y se promovió su reconocimiento como sitio de interés.

Hoy, la Caja de Agua de Paicol ya no es un paraje olvidado. Se ha convertido en lugar de visita, contemplación y orgullo para quien llega y, sobre todo, para la comunidad Paicoleña que lo reconoce como parte viva de su patrimonio natural y cultural.

Cada vez que su nombre vuelve a la memoria, siento que aquellas caminatas nuestras también ayudaron a abrirle camino —no hacia el Perú de las leyendas— sino hacia el reconocimiento que siempre mereció.

UN DIA ACIAGO

Nos levantamos con una extraña pesadumbre, como si el aire anunciara algo que aún no sabíamos nombrar. Teníamos preparada una actividad íntima, reservada solo para el grupo de Katakandrú: nuestro encuentro semestral de ajedrez. No era un evento de dinero ni de grandes trofeos; era, ante todo, una cuestión de orgullo. Un ritual nuestro. Ya existía un trofeo, y en él se incrustaban los nombres de los ganadores: Ricardo, Constantino, Armando… y ese día, alguien más lo reclamaría.

Malconvivió lo había dicho con seguridad inquietante: esta vez le tocaba a él. Aseguraba haberse preparado para derrotar a los mejores. Mientras tanto, como siempre, acompañábamos la jornada con comida, música y ese ambiente fraterno que nos definía. Las chicas se encargaban de la cocina, y el aroma del sancocho prometía un mediodía perfecto.

Pero algo no estaba en su lugar.

El día tenía un tono raro, casi pesado. Y fue entonces, cuando el sancocho ya estaba listo, que ocurrió. La olla, grande y difícil de manejar, requería más manos. Al intentar moverla, Yineth tropezó con un tronco olvidado junto al fogón. En un instante, todo se volcó. El caldo hirviendo se derramó con un sonido brutal. Su reacción fue milagrosamente rápida, evitando una tragedia mayor, pero el grito que lanzó nos heló a todos. El almuerzo, sin embargo, quedó arruinado.

Mi madre, Beatriz, intervino de inmediato. Con firmeza, organizó todo para rescatar lo que se pudiera. Se recogieron las presas de carne y se tomó una decisión urgente: cambiar el sancocho por un asado. Su enojo no se hizo esperar; recriminó que las chicas hubieran quedado solas mientras los hombres seguíamos absortos en el ajedrez.

—Madre, fue un accidente —le dije—. No se preocupe, almorzaremos un poco más tarde.

Aquel retraso, sin saberlo, nos dio más tiempo para avanzar en el torneo, que se jugaba por eliminación directa: quien perdía, salía. Nunca antes nos había ocurrido algo así en nuestras reuniones. Armando lo dijo en voz baja, casi como si temiera ser escuchado:

—No sé… este día tiene algo extraño.

Después de comer y ayudar con el menaje, retomamos el campeonato. Ya eran cerca de las tres de la tarde cuando se enfrentaron en el último tablero Marco Vinicio y Ricardo. Antes de sentarse, Marco Vinicio soltó una frase que quedó flotando en el aire:

—Este es mi día.

En ese momento, una brisa leve comenzó a recorrer el lugar. El calor cedió, y la tarde se oscureció apenas, como si el cielo también quisiera observar. Todos guardamos silencio. La partida se volvió el centro absoluto de nuestra atención.

De pronto, Marco Vinicio, que venia jugando con las negras, extendió la mano hacia Ricardo, con una calma desconcertante. !Jaque Mate! …en  tres Jugadas. si juega mal. y si juega bien en cinco, Juegan las negras.

Salida a Caja de Agua

Aquel día salimos muy contentos desde la ciudad de Neiva con destino al municipio de Paicol. La emoción era evidente: no solo se trataba de una caminata más, sino de una expedición que combinaba recreación, exploración y campamento en la ya mencionada Caja de Agua.

Sin embargo, antes de llegar a nuestro destino final, debíamos hacer una parada estratégica en el municipio de Tesalia, donde residían algunos socios del grupo. Allí completaríamos la logística: alimentos, utensilios, revisión de equipos y organización de las carpas para pasar la noche.

Todo marchaba con normalidad hasta que decidimos hacer el inventario del equipo de camping.

Fue entonces cuando surgió el imprevisto.

—Falta una carpa… —dijo alguien, revisando nuevamente los bultos.

Al principio pensamos que era un simple error de conteo. Volvimos a revisar. Nada. La carpa no aparecía.

La hipótesis más lógica fue inmediata: seguramente se había quedado en el bus en el que viajamos desde Neiva.

En ese momento, con su acostumbrada determinación, Eulises sentenció:

—Hay que ir hasta La Plata, donde es la parada final del bus, y reclamar la carpa.

La decisión se tomó sin mayor discusión. Había que recuperarla, sobre todo porque no era cualquier equipo: varias de esas carpas habían sido prestadas por Coldeportes, y existía la responsabilidad moral de responder por ellas.

De inmediato consiguieron una motocicleta y partieron hacia La Plata Carlos Masmela —encargado directo de las carpas— y el propio Eulises.

La espera se hizo larga en Tesalia. Entre comentarios, bromas nerviosas y cálculos de responsabilidad, todos sabíamos que el más angustiado era Carlos. No dejaba de pensar en cómo respondería por un elemento prestado si no aparecía.

Horas después regresaron.

Al verlos, corrimos a preguntar.

Pero la respuesta no fue la esperada.

El conductor del bus les había informado que en el vehículo no se había quedado ningún elemento de los pasajeros.

La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y desconcertante:

—¿Entonces… esa carpa dónde quedó?

Aunque el incidente no logró detener la expedición, la preocupación acompañó silenciosamente la visita a la Caja de Agua. Se cumplió la caminata, el reconocimiento del lugar y las actividades previstas, pero con ese pequeño sinsabor logístico rondando en la mente, especialmente en la de Carlos.

Días después, ya de regreso en la ciudad de Neiva, se resolvió el misterio de la manera más inesperada y hasta risible.

La carpa nunca se quedó en el bus.

Había permanecido todo el tiempo debajo de una mesa en la casa de los Bellos, lugar donde se había hecho parte de la organización previa al viaje.

Cuando apareció, intacta y silenciosa, fue como si el peso que cargaba Carlos durante días se evaporara de golpe.

Como él mismo dijo entre risa y suspiro:

—¡Ahora sí me volvió el alma al cuerpo!

Y así, entre susto y alivio, aquella salida a la Caja de Agua no solo dejó aprendizajes comunitarios y ambientales, sino también una anécdota inolvidable que aún hoy nos arranca sonrisas cuando la recordamos.

Hablaremos ahora del polémico Leónidas.

Leónidas Guevara era, por naturaleza, la parte crítica del grupo. A veces su postura rayaba en lo negativo: cada idea que se lanzaba encontraba en él, casi de inmediato, los contras, las fisuras, los riesgos. Tenía la habilidad —o el hábito— de poner a prueba todo entusiasmo. Sin embargo, y allí radicaba su paradoja, nunca se negaba a colaborar.

No pertenecía formalmente ni al frente cultural ni al deportivo, pero en cada actividad allí estaba: ayudando a cargar, organizando, vigilando detalles, haciendo presencia. Y así como aparecía con ese compromiso silencioso, también desaparecía sin previo aviso. Cuando menos lo pensábamos, se ausentaba por días o semanas.

Muchos lo veían como un muchacho algo díscolo, falto de seriedad, incluso “toma pelo”. Su carácter impredecible desconcertaba. Yo, en cambio, solía mirarlo desde otra orilla: pensaba que, en el fondo, Leónidas era como la conciencia incómoda del grupo, esa voz que obliga a revisar lo que se hace. Representaba, de algún modo, esa parte de sombra y duda que todos llevamos, pero que pocos expresan.

Lo que más nos llamó la atención de él fue su reacción durante el incidente con la Junta de Acción Comunal. Ante lo que consideró una ofensa hacia Katakandru, asumió la afrenta como propia y salió en defensa del grupo Katako con una vehemencia que nadie esperaba. Fue entonces cuando ocurrió el hecho insólito: en medio del altercado, el padre —airado— llegó a amenazar con descomulgarlo por haberle golpeado el rostro con un bombón. Sabíamos que había sido accidental, fruto del desorden del momento, pero el episodio quedó grabado como muestra de su temperamento impulsivo y, a la vez, leal.

Pero lo verdaderamente fatal estaba aún por llegar.

Fue la noche de la gran jornada de protesta en la que participó la Universidad Sur colombiana. La movilización avanzaba con antorchas encendidas, iluminando la oscuridad como un río de fuego que descendía hacia el centro de la ciudad. Había consignas, cantos, pasos firmes… y también tensión.

En un punto del recorrido se hizo necesario recargar combustible —gasolina— para mantener vivas las antorchas. En medio de la operación, alguien golpeó accidentalmente a quien distribuía el líquido inflamable. Todo ocurrió en segundos: el combustible se derramó y, de inmediato, dos estudiantes quedaron envueltos en llamas.

Corrieron desesperados de un lado a otro, sin que hubiera tiempo suficiente para sofocar el fuego.

Uno de ellos era el joven y reconocido Julio César Medina.

El otro… era Leónidas Guevara.

Aquel hecho enlutó a la universidad entera y, de manera especial, a Katakandru. La noticia cayó sobre nosotros como una noche más oscura que cualquier otra. El muchacho irreverente, el crítico constante, el colaborador intermitente, el defensor inesperado… se nos había ido de la forma más dolorosa. 

El duelo fue profundo y compartido. La velación se convirtió en un río silencioso de rostros jóvenes, profesores, amigos y vecinos que desfilaban con incredulidad frente a los féretros. Las antorchas de la protesta se habían apagado, pero otras luces —las de las velas— temblaban ahora en señal de despedida. Hubo homenajes espontáneos: palabras entrecortadas, canciones que apenas lograban sostenerse sin quebrarse, abrazos largos que intentaban contener lo incontenible.

El homenaje central fue para Julio César. Su nombre resonó en discursos y consignas, envuelto en el reconocimiento colectivo. Y, sin embargo, nadie supo explicar —o tal vez nadie quiso hacerlo— por qué a Leónidas no se le tuvo en cuenta con la misma fuerza. Qué ironía del destino: mientras los actos públicos exaltaban una memoria, el funeral de Leónidas transcurría en la intimidad humilde de la casa de su madre, lejos de tribunas y de banderas.

En la universidad se guardó silencio; un silencio denso, respetuoso, que pesaba más que cualquier consigna. Katakandru, reunido en torno al dolor, comprendió que aquella pérdida no solo enlutaba el presente, sino que marcaba para siempre el espíritu del grupo. Desde entonces, cada actividad, cada bandera levantada, llevó también la memoria de Leónidas como una llama íntima que no volvería a extinguirse.

Su figura, que tantas veces caminó entre la burla y la seriedad, quedó detenida para siempre en la memoria del grupo. Y entonces comprendimos que incluso aquellas voces incómodas, aquellas presencias irregulares, eran también pilares invisibles de nuestra historia.

Porque Leónidas, con todas sus contradicciones, había sido —a su manera— profundamente Katako.

Ya en casa nos enteramos de algo que nos estremeció el alma. La madre de Leónidas, doña Carmen Rodríguez, nos entregó un cuaderno un tanto ajado, desbaratado por el tiempo y por el trajinar de sus días. Era un cuaderno humilde, de hojas dobladas y bordes gastados, pero guardaba dentro un universo que ninguno de nosotros imaginaba.

Entre apuntes sueltos y pensamientos breves apareció una especie de carta —o tal vez un desahogo escrito en noches de soledad— donde hablaba de la relación que le hubiera gustado tener con la chiquita y hermosa Julia, la del grupo de teatro. No era una teatrera constante, pero siempre estaba allí, como una luz discreta entre bambalinas, presente sin hacer ruido.

Decía que siempre la había tratado con amabilidad y respeto porque no se atrevía a revelarle sus sentimientos. Que, aunque jugaba con ella y la molestaba en tono de broma, ese era su modo torpe de acercarse sin delatar el temblor que llevaba por dentro. Recordaba que ella alguna vez le dijo que él no tenía seriedad, que era muy volátil.

“Sí —escribía—, yo reconozco que soy un muchacho humilde, que no tengo los valores ni la actitud que tienen otros del grupo. Pero yo llevo a Julia en mi alma, en mi ser. Por ella estoy dispuesto a todo. Calladamente, y jugando como lo hago, le doy mi cariño… y donde ella esté, quiero estar yo.

A nadie le hago daño con mi manera de ser. A mí la vida me marcó un camino y no sé si fue bueno o malo. Sigo caminando, con dificultades, pero sigo en la lucha. Y así no sea comprendido, quiero seguir adelante. En Katakandru he encontrado un grupo que me ha tenido en cuenta, a pesar de mis defectos…”

Cuando Julia leyó aquellas páginas, lloró como nadie. No fue un llanto breve ni contenido: fue un desbordamiento del alma, como si cada palabra hubiera llegado tarde pero exacta. Entre lágrimas confesó que ella también, de alguna manera, lo llevaba guardado en su corazón; que detrás de las bromas y de su aparente ligereza había visto siempre su nobleza, aunque nunca imaginó la profundidad de su sentir.

Aquel cuaderno se volvió entonces una despedida escrita sin intención de serlo, una voz que seguía hablándonos desde el silencio. Y entendimos que hay amores que nacen para quedarse callados, para habitar la memoria y doler suavemente con los años.

Desde ese día, cuando el nombre de Leónidas vuelve a nosotros, no llega solo: viene acompañado por la ternura de esas páginas, la del compañero, la del soñador, y la del muchacho que amó en silencio y por el llanto de Julia y por la certeza de que su corazón —callado en vida— encontró al fin la forma de ser escuchado en la eternidad y la ausencia. … pero para siempre.


El Chiqui Bermeo, coplero y el buen ambiente

En el barrio —donde las tardes se alargaban entre guitarras prestadas y sueños sin apuro— había un personaje que no necesitaba micrófono ni tarima: le bastaba una banca, un corrillo y cualquier excusa para rimar. Le decíamos el Chiqui Bermeo, y aunque de estatura no fuera gigante, en picardía y repentismo nadie le hacía sombra.

Cargaba la guitarra como si fuera una extensión del cuerpo. No era músico de academia; era músico de esquina, de patio polvoriento, de serenata improvisada. Afinaba de oído y, cuando no tenía instrumento, afinaba la lengua. Porque si algo tenía el Chiqui era verso listo para cada ocasión.

No hablaba: rimaba. No preguntaba: coplaba. No discutía: improvisaba. Decía que la vida era más llevadera cuando se decía en octosílabos.

El arte de convertir el chisme en verso

Una mañana cualquiera llegaba alguien con un drama doméstico, y antes de que terminara de explicarlo, ya el Chiqui estaba acomodando la rima. Si alguien intentaba esquivarle la pregunta, peor: eso era combustible para su repentismo.

Pero con el tiempo fue aprendiendo que la burla muy punzante podía levantar polvareda. Y entonces empezó a afilar el ingenio sin necesidad de herir. Se volvió más juguetón que filoso. Cuando una muchacha llegaba con gesto misterioso y nadie sabía qué pasaba, él soltaba:

                        Si traes secreto en los labios                       
y no lo quieres contar,
yo no pregunto qué hubo,
pero lo voy a rimar.

Y todos estallaban en risa, incluso la aludida.

El anuncio del pajarito

Cierta vez llegó al amanecer diciendo que había visto algo extraordinario. Todos rodeándolo:

—¿Qué pasó, Chiqui?

Se hizo el interesante, carraspeó, miró al cielo como si invocara inspiración y declamó:

Un pajarito en el haba
yo esta mañana miré,
no cantaba ni volaba,
pero quietecito lo hallé.

Las muchachas comenzaron la recocha, acusándolo de inventar historias. Él, lejos de picarse, levantó las manos en señal de paz y respondió:

Si no me creen lo que cuento,
no me vayan a regañar,
que yo solo traigo versos
pa’ poderlos alegrar.

Ahí comprendimos que su mayor talento no era la copla, sino el momento. Sabía cuándo exagerar, cuándo recular y cuándo cambiar el tono para que la risa siguiera siendo risa. 

Había en el grupo una muchacha vivaz, rápida de lengua, que no se dejaba amedrentar. Cuando lo llamaba “hombrecito feo”, el Chiqui no respondía con rabia sino con teatro. Se acomodaba la camisa, templaba el pecho y contestaba:

No seré galán de feria
ni modelo de revista,
pero en coplas y guitarra
yo ya conquisto la pista.

Y remataba guiñando un ojo, provocando más aplausos que ofensas. Porque en el fondo, lo suyo no era humillar, sino provocar carcajadas. Era un actor popular, un juglar de esquina.

El consejero rimado

Cuando alguno anunciaba matrimonio, él adoptaba tono solemne, como si fuera filósofo de cantina:

El que se casa por gusto
que no culpe al corazón,
que el amor es aventura
y también es decisión. 

No se burlaba del compromiso; lo envolvía en picardía y verdad campesina. 

Perfil del Chiqui

El Chiqui Bermeo no era simplemente un bromista. Era memoria viva de una tradición oral que sobrevive en los patios, en los festivales populares y en las reuniones donde la palabra aún tiene música. No necesitaba papel: su libreta era la cabeza. No necesitaba público masivo: le bastaba el círculo de amigos.

Tenía el don del repentista: escuchar rápido, pensar ligero y rimar antes de que el silencio se instalara.

Con los años, entendimos que personajes así sostienen la alegría de un grupo. Son los que rompen tensiones, los que transforman un problema en carcajada y los que, sin saberlo, van dejando huella en la memoria colectiva.

Hoy, cuando recordamos aquellas tardes, no evocamos solo las coplas, sino la escena completa: el polvo suspendido en el aire, la banca de cemento, la guitarra mal templada, las risas cruzadas y en el centro, pequeño pero inmenso, el Chiqui Bermeo, dueño de la palabra improvisada. Porque hay hombres que escriben libros, y hay otros —como él— que escriben en el aire… y se quedan para siempre en la memoria.

El ultimátum de la tabernita

Mi proceso matrimonial no comenzó con arrodilladas románticas ni discursos solemnes. Comenzó con orgullo herido, con una invitación declinada y con una noche cualquiera en la tabernita de Vale.

Yo, Constantino Castro, ya estaba comprometido con Esperanza Cerquera —“la Panchi”, como la bauticé el día que la conocí— y lo nuestro iba viento en popa… hasta que llegó el inevitable altercado. Nada grave, de esos desacuerdos que nacen del cariño mismo, pero suficiente para que, llevado por el orgullo, decidiera no asistir al paseo campestre que su familia tenía programado por tres días.

—No voy —dije—. Declinó la invitación. Palabras firmes por fuera; turbulencia por dentro.

El sábado siguiente nos reunimos en la tabernita de Vale. Era de esas noches donde el humo del cigarrillo y el murmullo de las conversaciones, de otras personas, formaban una nube baja sobre las mesas. Yo estaba pensativo, con la mirada clavada en la botella, cuando comenzaron las miradas cómplices. La recochita no tardó.

—Eso es problema con Panchita —dijo uno.

—Ese silencio es de hombre regañado —agregó otro.

Yo intenté disimular, pero en un grupo de amigos el silencio es más escandaloso que cualquier confesión.

Carlos, siempre directo, lanzó la primera piedra:

—Esa relación ya debe oficializarse.

Hubo un breve silencio. No era una broma suelta. Era una declaración. Evert levantó el vaso:

—Si Constan se casa, Carlos y yo, le damos el equipo de sonido.

Las risas cambiaron de tono. Ya no era una simple broma.

Richard, mi hermano, se acomodó en la silla y dijo con voz tranquila:

—Yo le doy la cama doble.

La cosa empezó a tomar forma.

Gineth ofreció la vajilla. Fulvio prometió un televisor grande. Mi tío Pedro, aseguró el ventilador.

Uno a uno, como si estuvieran firmando un pacto invisible, cada presente fue aportando algo. Aquello dejó de ser chanza y empezó a parecer conspiración.

Pero vino la condición:

—Eso sí —dijeron— se casa en la fecha que nosotros indiquemos.

Sentí que el aire se espesaba.

—Bueno —respondí—, digamos que acepto. ¿En qué fecha se supone que debo casarme?

Se levantaron de sus puestos y formaron un corrillo aparte. Murmuraban como jurado deliberando sentencia. Yo los miraba desde la mesa, tratando de descifrar gestos. Reían, asentían, volvían a cuchichear. Regresaron. En unísono, como si lo hubieran ensayado:

—El 24 de diciembre.

Quedé inmóvil. Era 12 de agosto.

Cuatro meses y doce días para pedir permiso formal a los padres de la novia, conseguir traje, argollas, organizar ceremonia… y convencer a la Panchi, que aún debía estar molesta por mi desplante.

La taberna volvió al bullicio, pero yo me quedé en silencio. Bebí despacio. Escuchaba conversaciones ajenas como si vinieran de lejos. La fecha retumbaba en mi cabeza: 24 de diciembre.

Navidad.

Mientras todos hablaban de fútbol y de política, yo hablaba conmigo mismo. ¿Era una locura? ¿O era el empujón que necesitaba?

De pronto pedí silencio.

No grité. No golpeé la mesa. Solo levanté la mano.

El murmullo fue bajando hasta que quedó un silencio expectante. Me puse de pie. Sentía el peso de todas las miradas. Tomé la copa, no para brindar, sino para sostener algo mientras hablaba.

—Les voy a dar mi respuesta.

Nadie respiraba.

Miré uno por uno. A mis amigos. A mi hermano. A los cómplices de esa emboscada afectuosa.

—Acepto la propuesta.

La explosión fue inmediata. Golpes en la mesa. Abrazos. Gritos. Alguien pidió otra ronda. Aquello parecía más una victoria futbolera que un compromiso matrimonial.

Levanté la voz otra vez:

—Pero eso sí… vaya a que alguien no cumpla lo que prometió.

Las risas regresaron.

Entonces, desde un rincón, con la serenidad de quien ya lo sabía todo, mi padre, don Sixto, intervino:

—Por las argollas no se preocupe. Yo las aporto.

El silencio volvió, pero esta vez fue distinto. Más profundo.

—Eso ya lo habíamos hablado —continuó—. Solo hacía falta darle un empujoncito… porque ya es hora de que se organice.

Sentí que el piso se movía ligeramente bajo mis pies. No era solo una noche de amigos. No era solo una apuesta festiva. Era un acuerdo tácito que venía gestándose en silencio, como si todos supieran algo que yo apenas estaba aceptando.

Aquella noche salí de la tabernita con un compromiso sellado entre risas y promesas, pero también con la certeza de que la vida, a veces, se decide en medio de la recocha. Y mientras caminaba bajo el cielo tibio de agosto, una sola pregunta latía en mi pecho:

¿Cómo le iba a decir a la Panchi que ya tenía fecha… y que sería en Navidad?

La decisión en casa de Panchita

Pasaron apenas unos días desde aquella noche en la tabernita, pero para mí fueron como semanas enteras. El eco del “24 de diciembre” seguía rondando mi cabeza, y más que la fecha, me inquietaba la conversación pendiente.

Fui a visitar a la Panchi una tarde tibia, cuando el sol empezaba a bajar y las sombras se alargaban sobre el patio de su casa. Me recibió seria, con esa mezcla de orgullo y ternura que solo ella sabía manejar. No estaba distante, pero tampoco efusiva. El altercado aún flotaba en el ambiente.

Nos sentamos. Al principio hablamos de cosas simples, casi triviales, como quien tantea el terreno antes de cruzar un puente inestable. Yo le expliqué mis razones por no haber ido al paseo: no era desamor, era terquedad; no era desinterés, era impulso. Panchi sabia como era mi relación con el novio de la hermana mayor. Poco a poco su expresión fue cambiando. La tensión se fue aflojando como nudo mojado.

Nos reconciliamos. La calma volvió, y fue entonces cuando decidí soltar la noticia.

La miré fijo, respiré hondo y le conté lo ocurrido en la tabernita: la propuesta, los regalos prometidos, el corrillo, la fecha. Mientras hablaba, su rostro pasó por sorpresa, incredulidad y algo parecido a ilusión contenida.

Cuando terminé, guardó silencio unos segundos.

—Mi mamá no va a estar de acuerdo —dijo al fin—. Según la tradición, la primera que debe casarse es la mayor… y yo soy la tercera.

Ahí apareció la realidad, con su peso de costumbre y familia. No era solo amor; era orden, era norma, era jerarquía silenciosa.

Intenté ser razonable.

—No hay inconveniente —le dije—. Entonces esperamos. Me gradúo de la universidad y después formalizamos todo.

Lo dije con calma, casi convencido. Pero apenas pronuncié el cálculo, entendí lo que implicaba.

Estaba en quinto semestre. Eran nueve en total.

Dos años más.

Ella abrió los ojos.

—¿Dos años?

La palabra quedó suspendida entre nosotros, como si hubiera aumentado de tamaño.

—¿Y si cuando salga usted se va con otra?

No era reclamo, era miedo. El miedo natural de quien ama y no quiere quedarse esperando promesas que se diluyen.

Yo quise responder con argumentos, con planes, con lógica. Pero antes de que pudiera armar discurso alguno, recordé la mesa, el corrillo, la algarabía, la voz de mi padre diciendo que ya era hora.

Y entonces lo supe.

—No, señor —le dije con firmeza inesperada—. Como dijeron los muchachos, pase lo que pase… es el 24 de diciembre.

Hubo un silencio distinto esta vez. No era tensión. Era decisión tomando forma.

Ella me sostuvo la mirada. No habló de tradición. No habló de hermanas mayores. No habló de calendario universitario.

—Entonces que así sea.

La frase cayó como sello sobre un documento invisible.

Y agregó, con una serenidad que me sorprendió:

—El problema de mi hermana que lo resuelva ella con mis papás.

En ese instante comprendí que el verdadero paso no era fijar la fecha, sino asumirla juntos. Ya no era una ocurrencia de amigos ni un empujón paterno. Era una determinación compartida.

Salí de esa casa con una mezcla de vértigo y alegría. Ya no había marcha atrás. La fecha no era una broma colectiva: era un compromiso sellado en voz baja, en un patio sencillo, entre dos jóvenes que decidían adelantarle la Navidad al destino.

Y mientras caminaba de regreso, entendí que el proceso matrimonial no se construye solo con anillos y regalos prometidos, sino con esos momentos en que uno deja de posponer la vida… y la empieza a vivir.

CULTURA Y TRADICION MATRIMONIAL

Por eso, ahora me correspondía hablar con don Eugenio Cerquera y con doña Rafaela. No se trataba de una simple conversación, sino de un acto solemne. El pretendiente debía presentarse con humildad, exponer sus intenciones con claridad y demostrar que poseía trabajo, responsabilidad y rectitud. En muchos hogares, el padre tenía la última palabra, aunque la madre influía silenciosamente en la decisión.

Claro estaba también la restricción que imponía la tradición: la primera en casarse debía ser la hija mayor. Decían que, si una menor se adelantaba, la mayor quedaría para siempre “vestida y alborotada”, como rezaba el dicho popular. Aquella creencia pesaba más que cualquier argumento moderno. Además, al padre le correspondía asumir los gastos del vestuario de la novia y, por ende, de la fiesta. El matrimonio no solo era un acto espiritual y social, sino también un compromiso económico considerable.

Doña Rafaela, con serenidad, dijo que no había problema con la mayor, porque el novio ya le había hablado a ella y tenían planes para mediados de noviembre; solo faltaba comunicarlo formalmente al padre, don Eugenio. Fue entonces cuando él se enteró de golpe y exclamó sorprendido:

—¿Cómo así? ¿Y para cuándo es el de Ruth?

Doña Rafaela respondió que no se lo había querido decir hasta que Óscar, el novio, hablara personalmente con él.

Don Eugenio, llevándose la mano a la frente, soltó la preocupación que le nacía del bolsillo antes que del corazón:

—Yo no tengo toda esa plata para dos matrimonios tan cercanos.

El silencio se hizo breve, pero denso. Entonces mi madre intervino con firmeza y ternura:

—Constantino dijo:  pónganse de acuerdo con mi mama Beatriz y mi papa Sixto; Ellos conocen la situación y los gastos para estos menesteres. ellos dijeron que colaborarían.

Aquellas palabras fueron como abrir una ventana en cuarto cerrado. Mis padres estaban dispuestos a aportar. Y no solo ellos: amigos, vecinos, conocidos… todos querían, como fuera, verme casado. Me hicieron gavilla, como decimos en el pueblo; una presión afectuosa, pero presión al fin.

Esa era la cultura de la época: el padre de la novia corría con los gastos, la familia opinaba, la comunidad participaba y el matrimonio no era asunto privado, sino acontecimiento colectivo. Casarse era cumplir con un destino esperado, honrar tradiciones y sostener el tejido social que unía a todos.

DESIERTO DE LA TATACOA

PEQUEÑO INCONVENIENTE

Para aquella excursión se me presentó un pequeño inconveniente… de apenas ocho meses de edad y con una energía que desbordaba cualquier cálculo: mi niña Yunurusabeth.

Cuando le comenté a Esperanza —ya mi esposa, pues antes había sido mi compañera de grupo en tantas salidas— que estábamos organizando la ida al Desierto de la Tatacoa para observar la lluvia de meteoritos, ella me miró con esa mezcla de ilusión y decisión que siempre la ha caracterizado.

—Yo también quiero ir —me dijo sin titubear.

E inmediatamente ambos pensamos lo mismo: ¿y la niña?

Yunito, como ya le decíamos, no era una bebé común. Muchos la catalogaban como prodigio. Aquella niña pícara, de ojos entredormidos y sonrisa traviesa, era inquieta desde el primer día. A los dos meses ya asomaba gran parte de su dentadura; a los seis, como quien no lo cree, caminaba dando pasitos inseguros pero firmes; y ahora, con apenas ocho meses, balbuceaba palabras con una claridad que nos dejaba atónitos. No lo podíamos creer. Era como si tuviera prisa por vivir.

Lo más curioso era que parecía tener un sexto sentido para detectar nuestras escapadas. Bastaba con que empezáramos a sacar carpas, linternas o mochilas, y ella de inmediato se alborotaba. Gateaba hasta nuestras piernas, levantaba los brazos y se preparaba para que la cargáramos, como diciendo: “Yo también voy”. No le gustaba quedarse con nadie. Si intentábamos dejarla, no dormía, lloraba, no comía y hacía berrinche hasta agotarse. Ya lo sabíamos por experiencia.

De modo que, después de mirarnos en silencio, Esperanza y yo lo entendimos: si íbamos a la Tatacoa, Yunito también iría.

Cuando lo anunciamos, la oposición no tardó en llegar. Los abuelos fueron los primeros en alzar la voz. Que el calor del desierto, que el frío de la noche, que el polvo, que era una imprudencia llevar una criatura tan pequeña a una excursión de ese tipo. Los demás miembros del grupo también expresaron sus dudas. Escuchamos con respeto cada argumento, cada advertencia, cada preocupación legítima.

Pero también expusimos los nuestros. Hablamos de los cuidados que tendríamos, de la carpa bien asegurada, de las mantas abrigadas para la noche, del agua suficiente, del alimento preparado con esmero. Dijimos que no se trataba de una aventura irresponsable, sino de una experiencia compartida en familia, con la misma conciencia y el mismo respeto con que siempre habíamos salido.

Al final, después de sopesar los pros y los contras, decidimos llevarla con nosotros. No era un acto de terquedad; era una decisión pensada, asumida con amor y responsabilidad.

Así fue como aquella excursión a la Tatacoa dejó de ser sólo una salida para ver una lluvia de meteoritos. Se convirtió en la primera gran travesía de Yunito, la más pequeña de Katakandrú, quien sin saberlo ya empezaba a escribir su propia historia bajo el mismo cielo inmenso que nos había reunido a nosotros.

DIA DE PARTIDA HACIA LA TATACOA

Llegó por fin el día de la partida hacia el Desierto de la Tatacoa. La emoción nos despertó antes que el alba. A las cinco de la mañana ya estábamos abordando el autoferro, el único transporte que podía dejarnos cerca del desierto. El tren ya no era opción; los antiguos Ferrocarriles Nacionales de Colombia estaban siendo liquidados y aquel sistema que alguna vez unió regiones enteras comenzaba a desaparecer. Lo lamentamos profundamente, pero aún quedaba el traqueteo firme del autoferro, resistente como nosotros.

El recorrido fue sereno. Yunito durmió todo el trayecto, ajena al ruido metálico y al vaivén del camino. Dos horas después llegamos a Villavieja, donde el autoferro hizo su parada. Descendimos con mochilas, carpas, cantimploras y esa mezcla de entusiasmo y responsabilidad que nos acompañaba desde que decidimos llevar a nuestra pequeña.

Nos dirigimos a una tiendita del poblado para comprar leche para la niña y, de paso, pedir indicaciones sobre un buen lugar para acampar. Mientras hablábamos con el ventero, noté en un rincón a un parroquiano sentado sobre una butaca, taciturno, como meditando en sus propios pensamientos. El tendero, al escuchar nuestra intención de internarnos en el desierto, lo llamó:

—Don Gilberto, venga un momento.

El hombre reaccionó de inmediato. Se levantó despacio y nos miró con detenimiento. Su primera frase fue directa, casi cortante:

—¿Con esa niña van a entrar al desierto?

—Sí, señor —le respondí con firmeza.

Frunció el ceño.

—¿No creen que es una irresponsabilidad? Allí el calor es demasiado fuerte. Esa niña se puede insolar.

Sentí el peso de sus palabras, pero también la certeza de nuestra decisión.

—La mantendremos hidratada y protegida —le expliqué—. No vamos improvisando.

Don Gilberto guardó silencio unos segundos, como evaluándonos. Luego su tono cambió.

—Bueno… si la mantienen hidratadita y bien húmeda puede resistir. Les voy a indicar un lugar. Es como un pequeño oasis. Allí pueden conseguir agua y el ambiente es más fresco. Desde aquí, a pie, gastarán unas dos horas.

Nos describió el camino con precisión: un bosquecillo inicial, luego el terreno que se abría paso hacia las formaciones rojizas y el sendero que conducía al sitio indicado. Escuchamos atentos cada detalle. Le dimos una propina, le agradecimos sinceramente y salimos con renovada determinación.

Atravesamos primero una especie de basurero o chatarrería, Luego un pequeño bosque que parecía servir de antesala al desierto. La sombra de los árboles nos acompañó durante un tramo breve, como si nos ofreciera la última caricia antes de la inmensidad. Luego, poco a poco, el paisaje cambió. La vegetación se hizo escasa, la tierra adquirió tonos ocres y rojizos, y el horizonte se abrió majestuoso ante nosotros.

Así iniciamos la travesía, adentrándonos a pleno desierto, con Yunito en brazos y el cielo prometiendo aquella lluvia de estrellas que nos había traído hasta allí. En cada paso sentía el calor creciente bajo el sol naciente, pero también una convicción profunda: aquella no era solo una excursión más; era una prueba de confianza, de amor y de fe en nuestra manera de vivir la aventura.

ENTRADA AL DESIERTO

Al llegar al sitio indicado por don Gilberto, en una planicie abierta del Desierto de la Tatacoa, cada quien parecía saber exactamente lo que debía hacer. No hubo necesidad de órdenes: la experiencia de otras travesías hablaba por nosotros. Nos distribuimos con rapidez para levantar la carpa de las mujeres, organizar la de almacenamiento de comida y asegurar las herramientas de camping. El terreno, aunque seco y pedregoso, ofrecía cierta firmeza para anclar las estacas, y el viento comenzaba a soplar con más decisión, como recordándonos que en el desierto todo debe hacerse con previsión.

El trabajo nos absorbió tanto que, por un momento, descuidamos lo más valioso: la niña.

—¿Y Yunito? —preguntó de pronto Panchi, con un sobresalto que nos heló la sangre—. ¿Mi hija?

El silencio fue inmediato.
—La última vez la vi con Lester —dijo alguien.

Lester, sorprendido, respondió:
—Yo la senté aquí, bajo la sombrilla… no sé qué pasó.

Entonces notamos que Victoria tampoco estaba. La inquietud creció y, casi sin hablar, corrimos hacia la fuentecilla que corría en la parte baja de la planicie. Allí, entre risas cristalinas y salpicaduras, estaban las dos: Victoria y Yunito jugaban con el agua que formaba un pequeño charco. La escena, que segundos antes nos parecía motivo de angustia, se transformó en alivio. El desierto también guardaba esos instantes de frescura inesperada.

Al caer la noche, el calor cedió lentamente y una brisa más amable comenzó a recorrer el campamento. Después de la cena —sencilla pero reconfortante— surgió el percance con Julia. La pitahaya, que tan generosamente nos había ofrecido el camino, empezó a cobrar su precio.

—Es una fruta muy agradable —explicó Samaris, que era casi enfermera por vocación y conocimientos—, pero también muy fibrosa; si se come en exceso puede producir diarrea.

Eulises intervino con prontitud:
—En el botiquín traemos algunos medicamentos para eso.

Pero había un inconveniente. Las creencias de Julia no le permitían tomar medicamentos convencionales. Ante la dificultad, Samaris propuso una alternativa más acorde con su confianza natural:

—Entonces cocinémosle algunas guayabas cimarronas. Eso puede ayudar a calmarle.

Julia aceptó. No quiso probar más alimento y se reclinó temprano bajo su carpa, buscando reposo.

La noche terminó de instalarse con solemnidad. El cielo del desierto, limpio de nubes y de luces artificiales, comenzó a desplegar su espectáculo silencioso. Vermeo tomó la guitarra y dejó que algunas melodías suaves se elevaran en el aire tibio. Sus acordes parecían dialogar con la inmensidad, mientras nosotros, recostados sobre mantas y mochilas, contemplábamos el firmamento.

Esperábamos la lluvia de meteoritos.

En aquel vasto escenario natural, lejos de todo bullicio, comprendimos que no solo habíamos llegado a un punto geográfico señalado por don Gilberto; habíamos llegado también a un espacio interior de asombro. Entre el murmullo lejano de la guitarra y el latido expectante del cielo, aguardábamos que las estrellas comenzaran a caer.

ESPERA DE FENOMENO ESTELAR

A medida que la noche avanzaba sobre el Desierto de la Tatacoa, el calor del día se fue disipando con una rapidez casi sorprendente. Primero fue una brisa fresca; luego, un frío que empezó a calarse en los huesos. Tuvimos que recurrir a chaquetas, toallas y cuanto abrigo improvisado llevábamos en las mochilas. El desierto, que horas antes nos había probado con fuego, ahora nos examinaba con hielo.

Las doce llegaron sin que el cielo nos regalara un solo rastro luminoso. Ni estela fugaz, ni destello breve. Entonces organizamos las vigilias, como siempre lo habíamos hecho en nuestras salidas de camping: parejas que se turnaban cada dos horas. Si algo extraordinario cruzaba el firmamento, tocaríamos la pequeña campana de advertencia y sonarían los pitos. Todo estaba dispuesto para no perder detalle de la esperada lluvia de meteoritos.

Pero la noche transcurrió sin sobresaltos. El cielo permaneció sereno y mudo, y uno a uno fuimos cediendo al sueño profundo hasta que el amanecer comenzó a dibujarse en el horizonte.

La primera en despertar fue Yunito. Hasta ese momento se había comportado como toda una excursionista: sin llantos, sin protestas, sin malestares. Eso sí, no se desprendía de la sábila que le aplicábamos con frecuencia para proteger su piel. Sus balbuceos y su entusiasmo por volver a la charca con Victoria nos arrancaron del descanso. El campamento volvió a la vida con esa energía fresca que solo traen los niños.

El desayuno fue abundante y reconfortante: huevos fritos, chocolate caliente, fruta fresca, bizcocho de achira, queso, mermelada y pan. Con el cuerpo repuesto, algunos decidieron explorar los alrededores del desierto. Aquella salida, que parecía inofensiva, estuvo a punto de convertirse en contratiempo serio.

En medio de la caminata el grupo se extravió. Para agravar la situación, uno de los compañeros perdió la brújula. La inmensidad del paisaje —con sus lomas erosionadas, sus laberintos de tierra rojiza y sus formaciones caprichosas— aumentaba la sensación de desorientación. La inquietud se reflejó en los rostros, y todas las miradas buscaron a Carlos.

Carlos no levantó la voz ni mostró nerviosismo. Con serenidad, asumió el liderazgo. En lugar de preocuparse, alzó la vista hacia el cielo despejado y explicó cómo orientarse con el sol, el reloj y las sombras proyectadas por los árboles secos y las formaciones rocosas. Allí, bajo aquella bóveda majestuosa, convirtió la dificultad en lección. Nos enseñó a “leer el reloj como brújula”, a interpretar la posición del sol y a confiar en la lógica de la naturaleza.

Aquella enseñanza improvisada terminó convirtiéndose en un rito iniciático del club. Desde entonces, cada nuevo integrante debía aprender esa técnica tal como Masmela la enseñó en la Tatacoa. No era solo un recurso de orientación; era un símbolo de ingenio, temple y comunión con el entorno.

Tras caminar un buen trecho, divisaron la casa de un hombre que vivía casi a las afueras del desierto. Él conocía bien la región y, tras escuchar la situación, les indicó un sendero corto que conducía directamente al lugar donde estábamos acampando. Gracias a su orientación, el grupo regresó sin mayores contratiempos.

Cuando finalmente se reunieron con nosotros, traían en los ojos el cansancio, pero también el brillo de quien ha atravesado una prueba. El desierto, una vez más, nos había recordado que no basta con admirarlo: hay que saber escucharlo.

NOCHE DE DECEPCION

Cuando el grupo regresó al campamento, el sol ya estaba inclinado sobre la planicie del Desierto de la Tatacoa. Eran cerca de las tres de la tarde. Venían visiblemente cansados y, sobre todo, hambrientos; pero traían una sorpresa que despertó de inmediato nuestra curiosidad: cada uno cargaba una sandía en las manos. La de Eulises, eso sí, ya venía un poco comenzada, señal evidente de que el camino de regreso había sido largo.

Nos contaron luego que un agricultor de la zona, al escuchar su historia, les había regalado varias sandías de su cultivo, mientras que Carlos, Luis Ángel y Víctor Apayayu habían comprado algunas más. Aquellas frutas rojas y frescas parecían verdaderos tesoros bajo el sol del desierto.

Apenas los vimos llegar, los rodeamos de inmediato.
—¿Qué pasó? ¿Por qué se demoraron tanto? —preguntamos casi al mismo tiempo.

Fue Evert quien tomó la palabra y comenzó a narrar la pequeña odisea de la desorientación, la brújula perdida y la lección de orientación que Carlos había improvisado bajo el cielo abierto. Escuchábamos atentos mientras ellos, aún jadeantes, dejaban las sandías en el suelo.

—Pues después de esa odisea —les dije sonriendo— aquí tienen listo su almuercito.

—¡Estamos que nos comemos una vaca! —exclamó Archi, provocando risas generales.

Armando, el judoca, que ya había empezado a probar la comida, levantó la cuchara y comentó con entusiasmo:

—Esta sopita está increíble.

Era una sopa de cuchuco con verduras y carne seca, humeante y reconfortante. Le respondí con el viejo dicho campesino:

—Con buena hambre no hay pan duro.

Y la verdad es que todo les supo delicioso: aguacate con ensalada fresca, arepitas con queso, carne asada, arroz blanco cocido y un jugo de variedad frutas, al que llamamos salpicón, que ayudó a calmar la sed acumulada durante la caminata. Entre bocado y bocado siguieron relatando los detalles de su extravío, hasta que inevitablemente apareció el reproche amistoso.

—Pero Víctor —dijimos—, ¿Cómo es posible que perdiera la brújula?

Apayayu se defendió con una sonrisa algo apenada:
—Yo no la perdí, la olvidé que es diferente, pensé que había guardado la cartuchera donde estaba la brújula… pero por error se quedó en la carpa.

La tarde se fue apagando lentamente, y con la llegada de la noche todos nos acomodamos con tranquilidad para esperar el fenómeno que nos había llevado hasta allí: la anunciada lluvia de meteoros.

De pronto, cuando ya nos preparábamos para volver la mirada al cielo en espera del fenómeno, Eulises dijo:

—No les hemos contado lo más interesante de nuestra pérdida.

Todos volvimos a mirarlo con curiosidad.

—En medio del recorrido encontramos lo que parece ser una tortuga gigante petrificada —continuó—. Creemos que puede medir alrededor de cinco metros de largo por cuatro de ancho. Precisamente por estar observándola con detenimiento, analizando sus formas y señalando sus partes, fue que nos demoramos tanto.

El comentario despertó inmediatamente el asombro del grupo.

—Si de verdad es así —respondí—, ese hallazgo hay que respetarlo y dejarlo quieto donde está. Eso también es parte del desierto, y quien quiera verlo tendrá que venir hasta aquí.

Carlos intervino entonces:

—Bueno sería sacarla y llevarla a un museo.

—¿Y qué mejor museo que el mismo lugar donde la naturaleza la ha guardado durante siglos? —le respondí—. Allí está mejor que en cualquier vitrina.

El comentario quedó cerrado sin mayor discusión, porque en ese momento comenzaba a acercarse la hora que todos esperábamos. Poco a poco fuimos guardando silencio y levantando la mirada hacia el firmamento. La noche caía sobre el Desierto de la Tatacoa, y todos nos acomodamos para esperar, atentos, la anunciada lluvia de meteoritos. 

Ocho de la noche, con el cielo completamente despejado, comenzó a percibirse un leve movimiento en el firmamento. De pronto, una luz fugaz cruzó el espacio como una chispa en la inmensidad. Quince minutos después aparecieron dos más, una detrás de la otra, atravesando el cielo oscuro. Diez minutos más tarde vimos cuatro destellos rápidos… y luego nada.

La lluvia de meteoros, que esperábamos abundante y deslumbrante, terminó siendo apenas un breve suspiro del universo. Nos miramos unos a otros con cierta decepción. Llegaron las doce de la noche y el cielo permaneció inmóvil, silencioso.

—¿Eso es todo? —dijo Amparo con una sonrisa entre incrédula y burlona.

—Si, el fenómeno se dio así, este momento se parece más bien a una carrera de ciclistas —añadió Humberto—: uno los espera durante horas y, cuando por fin aparecen, pasan como un soplo… y ya. Después solo quedan los espectadores mirando si vienen los rezagados.

Las palabras provocaron algunas risas. La verdad era que el espectáculo había sido breve. Apenas cinco destellos cruzaron el cielo del Desierto de la Tatacoa, y nada más.

—Fueron muy poquitos… ¿y a eso le llaman lluvia de meteoritos? —comentó Yineth con cierto tono de decepción—. ¡Pura especulación!

Aun así, nadie parecía realmente molesto. Tal vez porque el verdadero valor del viaje no había estado en el fenómeno celeste que esperábamos ver, sino en todo lo vivido durante la travesía: el desierto, las caminatas, las historias, la niña, las risas y la compañía. El cielo había sido breve en su espectáculo, pero la experiencia ya había quedado grabada en nuestra memoria.

Decidimos entonces ir a descansar.

Como siempre en nuestras salidas, organizamos las vigilias nocturnas. Carlos y Flor Delis se ofrecieron para la primera guardia; luego Archi y Victoria tomarían el relevo; y la última vigilancia la harían Armando y Julia, quien para entonces ya se había recuperado completamente del malestar estomacal gracias a la medicina natural que le habíamos preparado.

La noche pasó tranquila.

Al amanecer del nuevo día —domingo, por cierto— el campamento volvió a llenarse de movimiento. Después del desayuno recogimos las carpas, ordenamos los utensilios y revisamos cuidadosamente el lugar para no dejar basura ni rastro de nuestro paso. Era una regla que siempre respetábamos: el lugar debía quedar tan limpio como lo habíamos encontrado.

Finalmente emprendimos el regreso. Esta vez caminamos con mayor premura, ya con la experiencia del camino y la tranquilidad de saber hacia dónde dirigirnos. Por eso el tiempo del retorno fue considerablemente menor que el de la llegada.

Así terminó nuestra travesía por la Tatacoa: quizá sin la gran lluvia de meteoritos que habíamos imaginado, pero llena de aprendizajes, compañerismo y pequeñas historias que, con los años, se volverían inolvidables.

LLEGADA DE LEONARDO Y MIGUEL

Cuando las actividades de Katakandrú comenzaron a perder la intensidad de los años más vibrantes, ocurrió algo curioso: mientras algunos de los viejos compañeros empezaban a ausentarse con más frecuencia, seguían llegando jóvenes con el deseo de formar parte del grupo. Era como si el eco de lo que habíamos construido continuara llamando a otros, aun cuando nosotros mismos ya empezábamos a sentir el peso del tiempo y de nuevas responsabilidades.

En ese momento aparecieron dos muchachos que, al principio, eran para nosotros completos desconocidos. Llegaron por caminos distintos y en días diferentes, pero su presencia terminaría dejando una huella particular en la historia del grupo. Sus nombres eran Leonardo Luna y Miguel Garavito, y bastaba tratarlos un poco para notar que eran dos personalidades totalmente distintas.

Leonardo llegó con una energía inquieta. Desde el primer día se mostró dispuesto a participar en todo lo que estuviéramos haciendo. Preguntaba mucho, quizá más que cualquiera de los que habían pasado por Katakandrú. Quería saber cómo había nacido el grupo, cuáles habían sido nuestras excursiones más memorables, qué dificultades habíamos enfrentado y qué sueños habíamos tenido. Escuchaba con una mezcla de curiosidad y admiración, como si estuviera reconstruyendo, pieza por pieza, la historia de algo que para nosotros ya era parte de la vida cotidiana.

Miguel, en cambio, tenía otra inclinación. Era más silencioso, más recogido. Su interés se concentraba sobre todo en la pequeña biblioteca que habíamos logrado reunir con los años. Pasaba largos ratos hojeando libros, leyendo con calma, como si aquel rincón de papel y palabras fuera su verdadero punto de encuentro con Katakandrú.

Por esos días, además, el barrio atravesaba una situación que nos obligó a organizarnos de una manera distinta. Había comenzado a sentirse una oleada de muchachos aficionados a lo ajeno, y la comunidad estaba inquieta. Así que decidimos organizar brigadas de celaduría nocturna por las calles. Nos turnábamos para recorrer el barrio armados apenas con un garrote y un silbato, más por presencia que por fuerza, tratando de disuadir a quienes rondaban con malas intenciones.

En esas rondas también participó Leonardo. Fue entonces cuando comenzó a contarnos, poco a poco, una historia que nos conmovió profundamente. Nos confesó que atravesaba una situación muy difícil: no tenía un lugar fijo donde dormir ni recursos seguros para alimentarse. Aquello nos golpeó el corazón, porque en Katakandrú siempre habíamos creído que el compañerismo debía ir más allá de las palabras.

Sin pensarlo demasiado, cada uno de los socios se ofreció a colaborar. Entre todos organizamos algo sencillo pero solidario: cada día Leonardo tendría una comida en la casa de uno de nosotros. Para dormir improvisamos un espacio en la sede del club. Le conseguimos una colchoneta, una almohada y un cubrelecho, lo suficiente para que tuviera al menos un lugar digno donde pasar la noche.

Así, poco a poco, Leonardo dejó de ser aquel muchacho desconocido que había llegado preguntando por Katakandrú, y empezó a convertirse en uno más del grupo. Y aunque en ese momento quizá no lo sabíamos con claridad, su llegada —y la de Miguel— terminaría siendo parte de los últimos capítulos de nuestra historia.

MIGUEL Y LA LECTURA

Yo no podía creer que todo fuera a terminar de aquella manera, casi en silencio, como si los años compartidos se disolvieran sin despedida. Por eso decidí llamar a quienes siempre habíamos estado juntos en las buenas y en las malas. Sentía que Katakandrú merecía al menos un último gesto, una última actividad que nos permitiera mirarnos de frente, recordar lo vivido y quizá, quién sabe, imaginar alguna forma de mantener vivo el espíritu del grupo.

Fue entonces cuando les propuse una idea: realizar una salida de vacaciones, algo sencillo pero significativo, un viaje que nos permitiera alejarnos por unos días de la ciudad, despejar la cabeza y conversar con calma sobre todo lo que había ocurrido. Les dije que no se trataba solo de pasear, sino también de preguntarnos si todavía existía alguna posibilidad de devolverle fuerza a Katakandrú.

Ever fue el primero en reaccionar y, medio en broma y medio en serio, preguntó:

—¿Y cuál es la propuesta? ¿Irnos de vacaciones a la isla de San Andrés y Providencia?

La ocurrencia nos hizo reír al comienzo, pero Carlos intervino enseguida:

—Pues a mí me parece una buena idea.

Fulvio, siempre práctico, añadió:

—Sí, pero eso tendría que pagarlo cada quien. Solo podría ir quien tenga la posibilidad de hacerlo.

En ese momento Humberto, que sabía más del asunto, nos explicó que no era tan imposible como parecía. Nos habló de algunas empresas de turismo que ofrecían planes para pagar en cuotas, incluso con crédito, siempre que la persona pudiera demostrar que tenía cómo cumplir con los pagos.

La idea empezó a tomar forma en medio de la conversación.

—A mí me parece espectacular —dijo Amparo con entusiasmo—. Reunámonos e invitemos a varios del grupo para ver quiénes quieren y quiénes pueden.

Así lo hicimos. Convocamos una reunión para proponer formalmente lo que ya empezábamos a sentir como una especie de despedida colectiva. Queríamos que fuera un último viaje del grupo, una manera de cerrar aquel ciclo que había marcado tantos años de nuestras vidas.

La respuesta fue inmediata. Yineth dijo que sí sin pensarlo mucho. Las hermanos Trujillo también se animaron, lo mismo que Martha Ramírez y Rosa. El Chiqui Bermeo se sumó con el entusiasmo de siempre, y detrás de él llegaron las voces de Omar, Edgar y otros compañeros que también quisieron ser parte de la idea.

Al final, entre comentarios, cálculos y risas, todos fuimos coincidiendo en lo mismo: haríamos el esfuerzo de organizar ese viaje. No sería solo un paseo; sería, de algún modo, nuestro último encuentro como grupo, un intento por reunir nuevamente a la familia de Katakandrú antes de que cada quien continuara definitivamente su propio camino.

ISLA DE SAN ANDRES

Finalmente, todos los trámites para el viaje a San Andrés se realizaron sin mayores contratiempos. Poco a poco el plan que había comenzado como una simple idea fue tomando forma, hasta que llegó el día de la partida. Salimos de Neiva en un grupo numeroso y animado; incluso se unieron algunas personas que quisieron acompañarnos en aquella aventura, entre ellos los padres de Carlos Másmela, don Roberto y doña Matilde, cuya presencia le dio al viaje un aire todavía más familiar.

Partimos primero en autobús rumbo a Bogotá. El trayecto estuvo lleno de conversaciones, bromas y expectativas, porque sabíamos que nos esperaba una experiencia que para muchos de nosotros era completamente nueva: viajar en avión. En aquellos años el transporte aéreo no era algo común para muchachos como nosotros, de modo que la idea de volar despertaba una mezcla curiosa de entusiasmo y nerviosismo.

Cuando finalmente abordamos el avión, la emoción era evidente. Algunos miraban todo con asombro: las ventanillas, los asientos, las indicaciones de los auxiliares de vuelo. Entre risas, comentarios y alguna que otra broma para disimular el temor, despegamos rumbo al Caribe. Para varios de nosotros era la primera vez que veíamos el mundo desde el aire.

Al llegar a San Andrés, apenas bajamos del avión sentimos de inmediato el golpe cálido de la brisa caribeña. Era una sensación distinta, casi envolvente. Mientras tomábamos los taxis que nos llevarían al hotel, nuestro entusiasmo se mezcló con los sonidos de la música antillana que salía de algunas casas y establecimientos cercanos: ritmos de reggae que parecían marcar el compás de nuestra llegada a la isla.

Ya en el hotel, después de registrarnos y recibir las habitaciones correspondientes, dejamos las maletas y salimos a dar una primera vuelta por los alrededores. Caminábamos con la curiosidad de quien pisa por primera vez un lugar soñado. La playa estaba allí, extendida frente a nosotros, con su agua clara y su horizonte abierto, como una invitación silenciosa.

En la tarde decidimos que no había mejor manera de inaugurar el viaje que metiéndonos de una vez al mar. Nos pusimos los trajes de baño y fuimos directo a la playa. Allí comenzamos a disfrutar del agua, del oleaje suave y de aquel paisaje espléndido que hasta entonces solo habíamos imaginado. Entre chapuzones, risas y algunas bebidas locales, la alegría del grupo volvió a sentirse como en los mejores tiempos de Katakandrú.

Así pasamos buena parte de la tarde, dejándonos llevar por el mar y por la despreocupación de aquel momento. Cuando el sol empezó a caer y el cielo tomó esos tonos rojizos del Caribe, regresamos al hotel. Cenamos tranquilamente y, ya con el cansancio acumulado del viaje, del baño en el mar y de tantas emociones nuevas, cada uno fue retirándose a descansar.

La primera jornada en la isla terminaba así, con el cuerpo rendido pero el ánimo lleno de expectativas, sin imaginar todavía todo lo que aquel viaje de despedida tenía reservado para nosotros.

ENCUENTRO  DEPORTIVO

La apuesta en la arena

Al día siguiente, la empresa de turismo tenía preparada una nueva aventura: la salida hacia la isla Jhoniki, donde pasaríamos la jornada completa. Desde el momento en que llegamos sentimos que aquel lugar tenía algo especial. Nos recibieron con una hospitalidad cálida y espontánea, acompañada por música alegre de la región que sonaba suavemente entre las palmeras y el rumor del mar.

El ambiente invitaba a disfrutar. Durante un rato nos dejamos llevar por el ritmo del reggae, bailando sin preocupación alguna, como si el tiempo se hubiera detenido en aquella isla. Luego vino la primera entrada al mar, un baño refrescante en aguas claras que parecía borrar cualquier cansancio del viaje.

A medio día nos reunimos para el almuerzo que estaba incluido en el paseo. Entre conversaciones, risas y el sonido constante del mar, la jornada avanzaba con tranquilidad. Pero nadie imaginaba que la tarde nos traería un pequeño desafío deportivo.

Todo comenzó de manera casual.

Estábamos jugando entre nosotros con una pelota de microfútbol, simplemente por pasar el rato. En ese momento, un grupo de muchachos residentes de la isla se acercó. Nos observaron unos minutos y, con una sonrisa pícara, nos propusieron echar un partidito. Querían probar qué tan buenos éramos con la pelota.

Aceptamos sin darle demasiada importancia. Jugamos unos quince minutos, más por diversión que por competencia. Ellos se movían con mucha soltura en la arena, como si la cancha fuera una extensión natural de sus pies. El resultado fue claro: nos hicieron dos goles.

Terminamos ese primer juego entre risas y nos retiramos a tomar algo para refrescarnos. Para nosotros había sido solo recreación. Para ellos, en cambio, parecía ser apenas el comienzo.

Después de hidratarnos, los muchachos volvieron con una nueva propuesta: otro partido, pero esta vez con una apuesta de 10 dólares. Allí la moneda que circulaba era el dólar, y la propuesta venía cargada de cierto orgullo local.

Nos reunimos en corrillo para discutirlo. No tardamos mucho en decidir. Aceptábamos el reto.

Pero esta vez jugaríamos en serio.

Nosotros, en Las Granjas, éramos campeones de microfútbol y sabíamos lo que era competir. Teníamos equipo, experiencia y, sobre todo, ganas de demostrarlo.

Ellos dominaban la cancha de arena con naturalidad, pues era su terreno. Sin embargo, nosotros también habíamos jugado muchas veces en canchas similares. Aquella ventaja no nos intimidaba.

Tomamos posiciones.

En el arco estaba Hernando Trujillo, nuestro guardián de confianza.
Archy, zurdo veloz e impredecible.
Ever, dueño de un disparo potente.
Richard, habilidoso y oportuno.
Y yo, Constantino, mediocampista dispuesto a sostener el juego en el centro del campo.

El partido comenzó con intensidad. Ellos atacaban con confianza, pero nosotros respondíamos con orden. Durante los primeros diez minutos el juego fue parejo, hasta que lograron romper nuestra defensa y marcar el primer gol.

La celebración de ellos fue ruidosa. Decían que en esa cancha casi nunca perdían.

Pero nosotros teníamos algo guardado.

Una jugada que habíamos repetido tantas veces que parecía automática: el triángulo mortal.

Tomé la pelota y se la pasé a Ever. Él la devolvió al centro hacia Richard. Sin detenerla demasiado, Richard cruzó el balón hacia Archy, quien con un movimiento rápido de su zurda dejó desubicada a la defensa.

El disparo fue limpio.

Gol.

El empate cambió el ánimo del partido. Nuestra pequeña hinchada, que hasta ese momento había estado observando con expectativa, estalló de alegría. Carlos, Humberto, don Roberto, Lester y Fulvio, junto con las chicas Amparo, Yineth, Martha, Panchi y Rosa, se abrazaban y gritaban celebrando el gol. La playa se había convertido, casi sin darnos cuenta, en un estadio improvisado. Algunas personas que pasaban se detuvieron a mirar y también comenzaron a animar el partido. Unos apoyaban a nuestro equipo, mientras que la mayoría, por supuesto, hacía fuerza por los muchachos de la isla. Entre risas, gritos y aplausos, el ambiente se llenó de una algarabía que hacía sentir que aquel pequeño partido en la arena era mucho más que un simple juego.

A partir de ese momento ellos comenzaron a fijarse especialmente en Archy, convencidos de que era nuestro jugador más peligroso. Y justamente ahí estaba nuestra ventaja.

Cuando quedaban pocos minutos para terminar, repetimos la triangulación. Esta vez Ever amagó con el disparo y atrajo la atención de los defensores. En ese instante quedó libre Richard, quien no dudó.

Con un derechazo firme envió el balón directo al fondo de la red.

Gol.

El partido terminó poco después.

Los muchachos de la isla quedaron en silencio por unos momentos. Finalmente uno de ellos nos preguntó, medio sorprendido:

—¿Ustedes son un equipo de verdad?

Nosotros sonreímos y respondimos que sí, que jugábamos juntos y que habíamos ganado varios campeonatos en nuestra región.

Al verlos algo desanimados, les dijimos que colaboraríamos con el pago de las bebidas que formaban parte de la apuesta. Al final, entre risas y conversación, la competencia se transformó nuevamente en camaradería.

Después volvimos al mar. Nos dimos otro baño largo, dejamos que el agua salada borrara el sudor del partido y regresamos a ducharnos.

Esa noche, ya tranquilos, recordamos cada jugada y analizamos el partido como si hubiera sido una final importante.

Quizás no lo fue para el mundo.

Pero para nosotros, en aquella pequeña cancha de arena frente al mar, había sido una victoria memorable.

La noche de las reflexiones

Al día siguiente amanecimos más despejados. El cansancio de la jornada anterior había quedado atrás y el ánimo del grupo parecía renovado. Aquella mañana fuimos invitados a visitar la islita Acuario, un pequeño rincón del mar de San Andrés donde las aguas claras dejaban ver el fondo como si fuera un espejo. Caminamos, tomamos fotografías y disfrutamos del paisaje, como queriendo guardar en la memoria cada instante de aquel viaje.

Después regresamos para tomar el almuerzo correspondiente y, ya en la tarde, alquilamos unos triciclos con los que recorrimos buena parte de la isla. El paseo fue alegre. Entre bromas y comentarios visitamos el Hoyo Soplador, la Cueva de Morgan y algunos pequeños arrecifes que adornaban la costa. Cada lugar tenía su historia y cada parada era motivo para reír, conversar o simplemente contemplar el mar.

Más tarde nos acercamos al comercio sanandresano. Allí compramos algunos souvenires, algo de ropa y ciertos elementos electrónicos, pequeños recuerdos que más tarde, en casa, nos ayudarían a revivir aquel viaje.

La noche nos encontró nuevamente en la discoteca. La música y el ambiente nos hicieron olvidar por un momento el cansancio del día. Bailamos, conversamos y disfrutamos de la compañía de todos, como si quisiéramos prolongar lo más posible aquel tiempo compartido.

Pero el cansancio no tarda en imponerse. Las chicas decidieron retirarse a descansar a sus aposentos. Quedamos algunos de los hombres y también Amparo. Sin pensarlo mucho, caminamos hasta la playa. Queríamos sentir la brisa del mar y conversar con tranquilidad.

La noche estaba serena. El sonido de las olas rompía suavemente en la orilla y el viento traía ese aire salado tan característico de la costa. Nos sentamos en la arena con unas bebidas que habíamos llevado y, casi sin darnos cuenta, la conversación comenzó a girar alrededor de lo mismo: el grupo.

La nostalgia empezó a abrirse paso entre nosotros. Recordamos muchas de las peripecias vividas en Katakandrú: los encuentros, las aventuras, las ideas juveniles que alguna vez nos unieron con tanta fuerza.

Fue Amparo quien expresó lo que muchos sentíamos.

—No puedo creer que este sea el final del grupo.

Humberto comentó que lo vivido ese día lo había hecho sentir reconfortado, como si por un momento hubiéramos vuelto a experimentar el espíritu de los tiempos pasados.

Ever, siempre reflexivo, añadió:

—Eso pasa porque el grupo está evolucionando. La vida de cada uno también cambia. Las nuevas familias empiezan a ocupar el espacio que antes tenía el grupo. Mire: Armando se casó con Martes; Hermosa se graduó de matemático y lo enviaron a trabajar a San Andrés; Richard también se está organizando con Luz Nely Bonilla, y la universidad lo está absorbiendo como docente.

Carlos intervino entonces para decir que tal vez habían sido injustos al echarle toda la culpa a Miguel por haberse llevado a parte de la gente. Según él, aquello no podía explicarlo todo.

Archi lo resumió con una frase sencilla:

—Lo que pasa es que ya dejamos de ser juveniles. Ya no somos el Club Juvenil Katakandrú.

Fulvio, con cierto tono de preocupación, agregó:

—Entonces debemos pensar algo para no acabarnos.

Hasta ese momento yo no había dicho una sola palabra. Escuchaba con atención mientras ordenaba algunos pensamientos que venían rondando mi cabeza desde hacía un tiempo.

Ever lo notó.

—¿Y usted qué opina, Constantino? Lo veo muy callado.

Respiré un momento antes de responder.

—He venido pensando en algo para darle respuesta a este interrogante. Me han llegado algunas ideas que quizá puedan servirnos para continuar unidos.

Las miradas de sorpresa fueron inmediatas.

Carlos sonrió y dijo que él ya lo sospechaba, porque me había visto cabizbajo y pensativo durante toda la conversación.

Archi no tardó en insistir:

—¡Cuéntenos! ¿Qué se le está ocurriendo?

Pero preferí no adelantarme.

—Todavía no —respondí—. Primero necesito organizar bien mis ideas. Cuando llegue el momento, las compartiré con ustedes.

Humberto protestó en tono de broma:

—¿Nos va a dejar así, con la espina?

—Tranquilos —les dije—. Todo a su debido tiempo.

Las risas volvieron a aparecer y la conversación se fue diluyendo poco a poco. Terminamos las bebidas que habíamos llevado a la playa y regresamos al hotel. El día había sido largo y el descanso ya se hacía necesario.

A la mañana siguiente nos preparamos para emprender el regreso. El viaje llegaba a su fin y pronto volveríamos a nuestra querida ciudad de Neiva, llevando con nosotros los recuerdos de aquellos días y, quizás, también el germen de una nueva etapa para Katakandrú.

Final de Katakandrú

Y así, poco a poco, fuimos llegando al final de Katakandrú.

Nos reunimos los que aún quedábamos de la mesa directiva, no ya con la efervescencia de otros tiempos, sino con una serenidad cargada de memoria. Había que cerrar ciclos, honrar lo construido y dejar todo en orden, como quien se despide de una casa que fue hogar.

Comenzamos por devolver lo que nunca fue solo nuestro: a doña Betty le entregamos las ollas que tantas veces nos acompañaron en salidas y campamentos, limpias, sin rastro de tizne, como símbolo del cuidado con que siempre las usamos. También devolvimos las carpas que nos había prestado Coldeportes del Huila, testigos silenciosos de tantas noches bajo las estrellas.

El local donde nos reuníamos fue entregado nuevamente a la Junta de Acción Comunal, junto con la biblioteca, con la esperanza de que siguiera siendo un espacio vivo para otros. Los lotes que habíamos recuperado y arreglado con tanto esfuerzo quedaron en manos de los vecinos, confiando en que continuarían cuidándolos como nosotros lo hicimos.

El hexágono —nuestro punto de encuentro— no quedó en silencio del todo. Algunos jóvenes del barrio, junto a varios de los nuestros, decidieron mantenerlo vivo. Allí estaban Nacho, Carlos Rujana, Jorge, Mase, Edgar Silva… como una chispa que se negaba a apagarse.

Lo demás fue aceptar lo inevitable: el grupo, tal como lo habíamos conocido, cerraba sus actividades. No hubo un acto formal ni una despedida definitiva, solo la certeza compartida de que algo grande había llegado a su fin.

Pero no era un cierre vacío.

Nos quedaba la experiencia, la amistad, las historias, las huellas. Y sobre todo, la intuición de que aquello no terminaba del todo, que en algún momento, de alguna forma, volveríamos a encontrarnos para comenzar de nuevo.

Porque Katakandrú no fue solo un grupo.

Fue una manera de estar en el mundo.

Y entendimos, sin decirlo, que Katakandrú no se acababa allí.
Porque lo que fue verdadero no se disuelve: se transforma.

Cerramos un capítulo, sí… pero dejamos abierto el camino.
Y mientras exista alguien que recuerde, que sueñe, que se atreva a crear en colectivo, Katakandrú seguirá vivo.

No en un lugar,
no en un tiempo,

sino en nosotros. 

Pero ahora vamos con un paso adelante, y como toda accion tiene indudablemente su reacción aquí esta lo inesperado...

Capítulo: El Brindis de la Ciudadela Katakandrú

La vida nos reclamaba. Cada quien volvió a su municipio y a su oficio: Ever a Campoalegre como ingeniero agrícola, Fulvio a Aipe como docente de artes plásticas, Nacho y Eulices a sus colegios como maestros de educación física, y yo, Constantino, a Tesalia como profesor de castellano. Las chicas también se graduaron, formaron hogares y siguieron sus caminos.

El ciclo universitario se cerraba: habíamos cumplido el objetivo del estudio, alternando siempre con las actividades de Katakandrú.

Y llego el reencuentro de diciembre

Como era tradición, el 24 de diciembre nos reunimos. Esta vez, en un lugar nuevo: El Rinconcito de Portilla, alegre y campestre, con la brisa fresca que parecía anunciar algo distinto. Allí estábamos: Ever, Humberto, Archi, Ignacio, Fulvio, Leonardo, Walter, Edgar, el tío Pedro y yo. Entre risas y recuerdos, la conversación tomó un rumbo inesperado.

La inquietud y la propuesta

Ever me increpó:

—Bueno, don Constantino, ahora sí nos va a sacar de la duda.

Fulvio añadió:

—Nos tienes en ascuas.
Entonces hablé:
—Katakandrú debe evolucionar. Ya no somos un grupo juvenil. Como dijo mi madre, “el hambre que se casa quiere casa y morral para la plaza”. Debemos pensar en vivienda, en un barrio propio donde sigamos unidos.
El asombro fue inmediato. Nacho advirtió:
—Es una idea temeraria.
Pero yo respondí:
—Nadie dijo que fuera fácil. Lo fundamental ya lo tenemos: sabemos trabajar en grupo. Paso a paso lo lograremos.  Y tendremos, el sueño de la ciudadela
La discusión se volvió concreta: cuánto había en tesorería, cuánto costaba un lote, cuánto podía ahorrar cada socio. Se habló de bazares, bailes familiares, ventas de comida rápida. La convicción crecía: “a nosotros los katakaos no nos queda grande nada”. 
Finalmente, las dudas cedieron al entusiasmo. Bello dijo:
—Creo que me han convencido.
Carlos remató:—Que sea un hecho.
Las copas se alzaron. El brindis selló el pacto. Ese día nació la Ciudadela Katakandrú, no como ladrillos aún, sino como promesa.

Ese 24 de diciembre quedó grabado como frontera en nuestra historia. Atrás quedaban las guitarras juveniles y las noches de anécdotas; adelante se abría el horizonte de la lucha por un hogar. Katakandrú dejó de ser un grupo de muchachos y se convirtió en semilla de comunidad.
Y así, entre la brisa campestre y el eco de las copas, comenzó el ciclo de los katakaos luchadores por la vivienda.

Pero esa historia de la ciudadela Katakandrú como barrio… esa, mis amigos, se las contaré en otra ocasión...


Epílogo

Hoy, al terminar de escribir estas líneas, comprendo que aquel movimiento no solo iluminó un momento en la historia del barrio: sembró una semilla que aún germina en la memoria de quienes fuimos parte de él.

Katakandrú fue llama, sí; pero también fue hogar.
Fue escuela.
Fue el primer ensayo de ciudadanía para una generación de jóvenes que decidió encontrarse, reconocerse y creer que era posible transformar su entorno desde la cultura, la organización y la palabra.

En sus reuniones, en sus actividades, en cada gesto colectivo, aprendimos que el barrio no era solo un lugar donde vivir, sino un territorio que podía soñarse, cuidarse y defenderse.

Los años han pasado. Las calles han cambiado. Las voces de aquella juventud se dispersaron en distintos caminos de la vida. Pero el eco de aquel impulso sigue ahí, silencioso y persistente, recordándonos que hubo un tiempo en que la esperanza se organizó y tomó nombre.

Así se fue tejiendo, paso a paso, la pequeña epopeya de nuestra historia.
Y Katakandrú —su hijo más luminoso— quedó sembrado como símbolo de pertenencia, de lucha y de dignidad.

Porque mientras alguien recuerde,
mientras alguien vuelva a nombrar el barrio con orgullo,
esa llama —hermanos— seguirá ardiendo.

Y quizás, en alguna esquina de Las Granjas, entre el eco de una pelota contra la pared y el aroma del café recién colado, vuelva a nacer el espíritu de Katakandrú, recordándonos que los sueños colectivos nunca mueren: solo esperan nuevas voces que los pronuncien.


Línea final

Donde haya memoria, Katakandrú seguirá vivo.


Nota de cierre del autor

Estas páginas nacen del recuerdo, de la amistad y del amor profundo por el barrio que nos vio crecer.
Si alguna historia, algún nombre o alguna escena logra despertar en quien lee un recuerdo parecido al nuestro, entonces estas palabras habrán cumplido su propósito: mantener viva la memoria de una generación que creyó en la fuerza de la comunidad.

Constantino Castro Zamora
Barrio Las Granjas
Huila, Colombia






















2 comentarios:

Ever Motta Delgado dijo...

Interesante recordar nuestra historia, en la cual se puede colaborar. Estaré atento.
EVER MOTTA DELGADO

Anónimo dijo...

Un excelente escrito apesar de que no estaba en esa época me imaginé cada una de las palabras y relatos, que orgullosa me siento pertenecer a una familia de katakos tan unida cómo está !!

Katakandru y su Historia

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