KATAKANDRÚ
Legado cultural Katakandrú
| Portada del libro |
Ha escuchado alguna vez el nombre de Katakandrú? Probablemente no. No aparece en los libros de historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para quienes lo vivimos, ese nombre guarda un mundo entero de recuerdos, de caminos recorridos, de risas compartidas y de sueños que nacieron en la juventud.
Tal vez usted se pregunte qué era Katakandrú. ¿Un grupo de amigos? ¿Una excusa para reunirnos? ¿Un pequeño movimiento de inquietudes culturales y aventuras por la naturaleza? En realidad, era un poco de todo eso y algo más difícil de explicar: era una manera de vivir la amistad y de mirar el mundo con curiosidad.
Por eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas. Permítame contarle cómo nació Katakandrú, quiénes lo formaron y cómo, casi sin darnos cuenta, aquellas reuniones sencillas terminaron convirtiéndose en historias que aún hoy merecen ser recordadas.
Si alguna vez ha escuchado el nombre de Katakandrú, quizá lo recuerde como un eco lejano de juventud y camaradería. Y si no lo conoce, permítame contarle quiénes fueron y qué significaron: un grupo de muchachos que, entre juegos, danzas, música y sueños compartidos, levantaron una pequeña —aunque profunda— historia de pertenencia.
Katakandrú no fue solo un nombre. Fue un símbolo de creatividad y amistad; un espacio donde cada integrante dejó su huella, donde la juventud encontró una forma de expresarse y de construir comunidad. Por eso hoy lo invito a acompañarme en estas crónicas, a recorrer conmigo los caminos de aquella experiencia y a descubrir cómo un grupo de amigos terminó convirtiéndose en memoria viva para quienes tuvimos la fortuna de vivirla.
Pero para hablar de Katakandrú, de sus sueños iniciales y de su vocación como formador de juventudes, debo empezar esta historia mirando mucho más atrás de su nacimiento formal. Debo escribir, casi como si fuera una carta abierta al tiempo, sobre el suelo social que hizo posible su existencia.
Porque Katakandrú no surgió de la nada.
Nació en un país herido, en una tierra marcada al mismo tiempo por la desigualdad y por la esperanza; un país donde muchos jóvenes buscaban espacios para respirar distinto, para inventarse un futuro que no estuviera dictado por la violencia ni por la escasez. En medio de calles polvorientas, de escuelas que apenas sostenían sus techos y de familias que se aferraban al trabajo y a la fe, apareció la necesidad de crear un grupo que diera sentido a tantas inquietudes juveniles, que recogiera la energía dispersa de la juventud y la transformara en canto, danza, juego y memoria.
La primera escena de Katakandrú no fue un acto solemne ni una fundación oficial. Fue, más bien, un encuentro espontáneo: unos cuantos jóvenes reunidos en una noche de primíparos en la Universidad Surcolombiana, conversando, contando historias, soñando con hacer algo más grande que ellos mismos.
Allí, entre risas y discusiones, nació la idea de un grupo que no se conformara con pasar desapercibido, sino que buscara dejar huella en su comunidad. Katakandrú fue, desde el principio, un gesto de resistencia y de ternura: la voluntad de decir “aquí estamos” en un país que tantas veces parecía olvidar a sus muchachos.
Para entender mejor ese momento, conviene recordar el contexto que vivía el país. Así como muchas naciones se formaron con la llegada de emigrantes, en Colombia numerosas ciudades crecieron con el arribo forzado de campesinos desplazados por la violencia. Desde la llamada violencia bipartidista, que se recrudeció a partir de 1953, miles de familias fueron despojadas de sus tierras y obligadas a abandonar sus parcelas, sus animales, sus sembrados y hasta los cementerios donde descansaban sus muertos.
No fue migración: fue desarraigo.
Hombres y mujeres del campo comenzaron entonces a poblar las capitales departamentales en busca de refugio y de futuro: Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Ibagué, Neiva… ciudades que crecieron no solo en territorio, sino también en historias de dolor y resistencia.
La ciudad de Neiva no fue la excepción. Aquella Neiva pequeña, de pocos barrios, empezó a recibir familias provenientes de distintas veredas y municipios. Barrios tradicionales como El Centro, Calixto, Los Mártires, Chapinero, Campo Núñez, El Altico y el Barrio Obrero fueron algunos de los primeros escenarios de integración para quienes llegaban con la memoria rural todavía viva en las manos.
Pero la ciudad siguió creciendo al ritmo del desplazamiento. Así nacieron nuevos barrios levantados muchas veces con autoconstrucción y solidaridad comunitaria: Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso López, El Jardín y Las Granjas, entre otros. Fue allí, en ese mapa humano que se expandía con historias similares, donde también se inscribe nuestra propia historia.
Nosotros llegamos a Neiva en 1968. Sin embargo, nuestro camino de desplazamiento venía de mucho más atrás, como una ruta marcada por la inestabilidad de aquellos tiempos.
Primero nos sacaron de Cunday, tierra donde nací, de montaña honda y memoria campesina, donde cada amanecer olía a café recién tostado y a tierra húmeda. Allí mi abuelo, Sixto Antonio Castro poseía extensas tierras fértiles, ganado robusto, bestias mulares de trabajo y cultivos generosos de café y cacao que eran orgullo y sustento de la familia. Vivíamos con cierta holgura en una casona grande, de corredores amplios y techos altos, donde el viento de la tarde parecía traer historias antiguas.
Mis tíos, mi padre y mis tías tenían hermosos caballos de paso firme que montaban por los caminos veredales con naturalidad y orgullo, como si cada cabalgata confirmara su pertenencia a esa tierra que parecía eterna… hasta que dejó de serlo.
Después vino el traslado a Girardot, en busca de nuevas oportunidades de sustento. Más tarde llegamos a Vegalarga, en el Huila, intentando nuevamente echar raíces. Luego pasamos por Ospina Pérez, corregimiento del municipio de Palermo.
Cada traslado llevaba consigo una mezcla de esperanza y supervivencia.
No éramos viajeros: éramos desplazados.
Finalmente nos detuvimos en Neiva, en el barrio Las Granjas, un sector que por entonces comenzaba a poblarse de familias con historias muy parecidas a la nuestra: campesinos, obreros, trabajadores humildes y muchos jóvenes con pocas oportunidades, pero con una enorme reserva de energía social.
Y fue precisamente en ese ambiente —entre barrios nacientes, juventudes inquietas y sueños todavía posibles— donde, años más tarde, empezaría a germinar la semilla de Katakandrú.
Capítulo 1 — El origen del sueño
Crónica de Las Granjas y Katakandrú
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| CAMPO DE FUTBOL GRANJAS |
Recuerdo bien a los Cuéllar, pioneros de aquellos primeros días. Luego fueron llegando los Castro, venidos de Ospina Pérez; los Amaya, desde el occidente del Huila; los Bello, de Vegalarga; y detrás de ellos los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo, y tantas otras familias. Cada apellido traía consigo un relato distinto, pero todos compartían la misma voluntad de echar raíces, de convertir aquel terreno en hogar.
Hoy, cuando pienso en Las Granjas, no pienso solo en un barrio. Pienso en un universo entero de olores, sonidos y colores que nos marcaron para siempre. El café compartido al amanecer, las risas que estallaban en las tardes polvorientas, la fuerza silenciosa de las mingas, el calor humano que no se aprendía en los libros, pero que educaba más que cualquier escuela.
Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos por la calle polvorienta y las conversaciones pausadas de los mayores en las esquinas. El aire se impregnaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo en las cocinas y del humo de las fogatas donde se preparaban sancochos para todos. Nadie preguntaba quién había puesto qué; bastaba con saber que era para compartir.
Las casas del barrio tenían algo particular que con el tiempo terminó dándole identidad al lugar. No eran viviendas pequeñas como las de muchos barrios urbanos. Cada una medía aproximadamente diez metros de frente por treinta de fondo. Más que casas de ciudad, parecían pequeñas casas de finca. Aquella disposición no era casual: muchas de las familias que llegaron a habitar el barrio provenían del campo, de veredas y pueblos cercanos. Por esa razón, cuando se les adjudicaron los terrenos, se pensó en un espacio amplio que les permitiera mantener algo de la vida que conocían: cultivar la tierra, sembrar árboles y criar algunos animales.
De allí nació también el nombre del barrio: Las Granjas.
En cada patio comenzaban a crecer pequeños mundos familiares. Nosotros, los Castro, no fuimos la excepción. En el amplio solar de la casa mi padre organizó un pequeño huerto utilizando viejas llantas de volqueta que convertimos en sembraderos. Allí a los costados de las llantas, crecían matas de plátano, yuca, cachaco y banano. A mi padre le gustaba mucho el jugo de tamarindo, así que sembró un árbol de esa fruta con la esperanza de verlo crecer junto con nosotros. También plantó un mango, un naranjo y un guayabo que con los años darían sombra y dulzura a nuestras tardes.
El patio no solo era huerto. Allí mismo se construyó un horno de barro donde se asaba la carne y se horneaban bizcochos y pan. El olor del pan recién hecho se mezclaba con el de la leña ardiendo y se extendía por toda la casa y, a veces, hasta por la cuadra. Debajo del mismo tamarindo corrían algunas gallinas y se criaban otros animales de corral, como ocurría en muchas de las casas del barrio.
Así transcurría la vida en Las Granjas. Mientras los adultos trabajaban en los patios o conversaban en las aceras, nosotros los muchachos hacíamos de la calle nuestro territorio. Se armaban partidos de fútbol con porterías improvisadas de ladrillos, se jugaba trompo, canicas o escondidas entre los árboles. Cuando el balón caía en algún patio, bastaba con saltar la cerca o pedir permiso a gritos para recuperarlo.
A veces, al caer la tarde, el barrio se llenaba de otros sonidos: el canto de los gallos que parecían confundirse con la hora, el rebuznar de algún burro amarrado en un solar cercano o el ladrido de los perros que vigilaban las casas. Poco a poco las luces amarillas comenzaban a encenderse en las salas y las madres llamaban a sus hijos desde las puertas:
—¡Vengan a comer!
Entonces el barrio cambiaba de ritmo. Las calles quedaban en silencio y desde las casas salía el aroma de las sopas recién hechas, del arroz que terminaba de cocinarse o del chocolate caliente que anunciaba la noche.
Así era el ambiente de aquellas casas en Las Granjas: una mezcla de barrio urbano y memoria campesina. Cada patio era una pequeña parcela, cada familia una historia sembrada en la tierra. Y en medio de todo ese paisaje de árboles frutales, fogones de leña y juegos de muchachos, fue creciendo una generación que años después daría vida a uno de los proyectos comunitarios más recordados del barrio.
Las noches traían otro paisaje. Bajo la luz amarillenta de los bombillos, las familias se reunían a conversar. Se contaban historias de los pueblos de origen, se soñaba en voz alta con el futuro, y el aire se llenaba del olor dulce de las almojábanas y del sonido lejano de guitarras acompañando tertulias que parecían no querer terminar nunca.
Con los años llegaron los cambios. Los lavaderos públicos se apagaron como viejas hogueras y dieron paso al agua en cada casa. La luz venció la oscuridad, el transporte abrió caminos, y las calles polvorientas se volvieron arterias de progreso. Se levantaron la caseta comunal, la parroquia, el puesto de policía y la escuela Eugenio Salas Trujillo, donde la juventud comenzó a entender que el saber también era una forma de resistencia. Aparecieron los campos deportivos, el balneario, las casas de dos pisos, el puesto de salud que fue, para muchos, último refugio de aliento y esperanza.
En ese crisol de esfuerzo, solidaridad y vida comunitaria comenzó a formarse una juventud inquieta e impaciente por hacer algo más por su entorno. Aquella energía juvenil no surgió de la nada. Mirando hacia atrás, estoy convencido de que la semilla que germinó en cada uno de nosotros fue sembrada por una figura muy especial del barrio: el padre jesuita, el sacerdote Diógenes.
El padre Diógenes y la semilla de la juventud”
Aunque rondaba los cincuenta años, tenía el espíritu de un muchacho. Caminaba por las calles del barrio con una vitalidad contagiosa, siempre dispuesto a escuchar, a organizar, a convocar. Era, ante todo, un hombre profundamente entregado a la comunidad, y tenía una gran pasión: el fútbol.
A través del fútbol comenzó a reunir a la muchachada del barrio. Organizaba pequeños encuentros en los espacios abiertos donde se pudiera rodar una pelota, y poco a poco fue creando un campeonato al que llamó “Mini Pony”. Aquello, que parecía solo un juego, terminó convirtiéndose en un verdadero punto de encuentro para los jóvenes.
Cada grupo de muchachos representaba a un equipo del fútbol profesional colombiano. Así aparecieron equipos con nombres que ya nos resultaban familiares: Millonarios, Santa Fe, América, Pereira, Once Caldas. En ese tiempo el Huila aún no tenía equipo profesional, pero el padre Diógenes decía con entusiasmo que algún día lo tendría, y por eso insistió en que uno de los equipos llevara el nombre de Atlético Huila, como una manera de sembrar también ese sueño.
Pero su labor no se quedaba en el deporte. El padre Diógenes también lideraba diversas actividades sociales en beneficio de las familias del barrio. Nosotros, los jóvenes que participábamos en el campeonato, empezamos a colaborar con él en esas labores comunitarias.
El sacerdote recibía ayudas provenientes de un programa llamado “La Alianza para el Progreso”, y con esos recursos organizaba la entrega de pequeños mercados para las familias más necesitadas. Aquellos mercados incluían productos que en muchos hogares eran escasos: latas de manteca, bolsas de leche en polvo, latas de queso, harina de trigo y otros alimentos básicos.
Los miércoles tenían un significado especial en el barrio, porque ese día también se entregaban bolsas de pan recién horneado, que llegaban como un pequeño alivio para muchas familias.
Nosotros ayudábamos en la organización de estas jornadas. Repartíamos carnés, entregábamos fichas y orientábamos a las personas para que se acercaran a reclamar su mercado correspondiente. Era una labor sencilla, pero profundamente significativa, porque veíamos de cerca las necesidades de nuestra propia gente.
En aquellos años, la mayoría de las familias del barrio eran numerosas. No era extraño encontrar hogares con seis hijos, y muchos tenían ocho, nueve o más. Había familias verdaderamente grandes, como los Rujana, donde los hijos superaban la docena. Para todos ellos, esa ayuda representaba un apoyo importante.
Con el tiempo comprendí que aquellas actividades no solo nos enseñaban a jugar fútbol o a ayudar en una entrega de alimentos. Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo algo mucho más profundo: el valor de organizarnos, de trabajar juntos y de pensar en el bienestar colectivo.
“El sacerdote que sembró el espíritu de Katakandrú”
El padre Diógenes no era un sacerdote común. A primera vista podía parecer un hombre sencillo: de estatura media, siempre con una sonrisa abierta y una mirada vivaz que transmitía cercanía. Su rostro solía iluminarse cuando conversaba con la gente del barrio, y tenía esa forma espontánea de hablar que hacía sentir a cualquiera en confianza. Era jocoso, dicharachero y muy dado a la broma, de esos que saben reírse con la gente y no de la gente.
Pero lo que realmente lo distinguía era su manera de vivir el sacerdocio. No era un cura de escritorio ni de sacristía, encerrado en la parroquia. Al contrario, era un hombre de calle, de comunidad. Le gustaba caminar el barrio, visitar las casas, sentarse a conversar con las familias y escuchar sus preocupaciones. Conocía a la gente por su nombre, sabía quién necesitaba ayuda y quién estaba pasando momentos difíciles.
Y cuando se trataba de deporte, especialmente de fútbol, el padre Diógenes se transformaba por completo. No tenía problema en quitarse la sotana, ponerse pantalones cortos y meterse a la cancha con nosotros. Decía con convicción que hacer deporte era hacer salud, y que un muchacho ocupado en el fútbol tenía menos tiempo para los malos caminos.
Aquellas canchas improvisadas del barrio se convertían entonces en un espacio de encuentro donde el sacerdote jugaba, corría y compartía con la misma alegría de los jóvenes.
Recuerdo especialmente una anécdota de aquellos tiempos del campeonato Mini Pony. Al padre Diógenes le gustaba madrugar para hacer deporte, y siempre insistía en que los entrenamientos debían empezar muy temprano. Pero conocía también la naturaleza de la muchachada del barrio: muchos eran buenos para jugar, pero no tanto para levantarse temprano.
Por eso, de alguna manera, me correspondió a mí asumir una tarea curiosa. Antes de cada entrenamiento, recorría casi medio barrio llamando uno por uno a los muchachos para que se levantaran y fueran a la práctica. Tocaba puertas, gritaba desde las esquinas o golpeaba las ventanas hasta que alguno respondía.
Cuando finalmente llegaba a la cancha, después de ese recorrido por las calles, yo ya venía prácticamente calentado por la corrida, listo para empezar el entrenamiento.
En cambio, cuando por alguna razón no hacía ese recorrido matutino, la asistencia a la práctica era bastante pobre. Los muchachos, simplemente, no aparecían.
El padre Diógenes pronto se dio cuenta de lo que estaba pasando. Observó que cuando yo hacía el recorrido el grupo llegaba completo, pero cuando no lo hacía, el entrenamiento se quedaba casi vacío. Entonces reunió a todos los muchachos y, con ese tono firme pero cercano que tenía, les llamó la atención.
Les dijo que el compromiso no podía depender de una sola persona, que cada uno debía hacerse responsable de su propia disciplina y de levantarse temprano para cumplir con el equipo.
Aquella pequeña lección, que en ese momento parecía solo parte del fútbol, era en realidad una enseñanza más profunda: la responsabilidad colectiva y el valor del compromiso.
Y así, entre madrugadas, partidos de fútbol, recorridos por el barrio y encuentros comunitarios, el padre Diógenes fue sembrando algo más que un campeonato juvenil. Sin que muchos lo notáramos entonces, estaba sembrando entre nosotros el espíritu de organización, de compañerismo y de servicio que años después encontraría una nueva forma de florecer en Katakandrú.
Las enseñanzas del padre Diógenes
El padre Diógenes no solo dejó huella en las canchas de fútbol ni en las jornadas comunitarias; su mayor legado quedó sembrado en la forma de pensar y de sentir de quienes tuvimos la fortuna de escucharlo.
Sus palabras no eran discursos lejanos ni sermones complicados. Eran enseñanzas sencillas, nacidas de la vida misma, dichas con cercanía, con humor y con una profunda sabiduría humana.
Nos enseñó que el amor al prójimo no era una idea abstracta, sino una práctica diaria. Que debía vivirse en los pequeños actos: en el saludo, en la ayuda, en el respeto. Y que ese amor no se limitaba a las personas, sino que se extendía a todo lo que tiene vida.
Decía que había que respetar la naturaleza, los animales, las plantas e incluso los insectos, porque todo tenía un sentido en el mundo.
“Todo existe porque es necesario”, repetía con convicción.
También nos hacía reflexionar sobre nosotros mismos. Nos decía que cada persona tenía un talento, una habilidad única, y que la tarea de la vida era descubrirla y ponerla al servicio de los demás.
“No vinimos solo a existir, vinimos a servir”, solía decir.
Una de sus enseñanzas más recordadas era aquella que hablaba sobre dar y recibir. Para él, el verdadero valor estaba en dar.
Cuando le decíamos, con la sinceridad propia de la juventud, que a todos nos gustaba más recibir, él respondía con una sonrisa pícara:
—Entonces díganme… si les doy una palmada, ¿qué prefieren: darla o recibirla?
Y en medio de risas, nos dejaba pensando.
Luego, con tono más sereno, añadía:
“Quien da de lo que tiene, siempre será bien recompensado.”
En una ocasión nos compartió una historia que lo había conmovido profundamente. Una mujer llegó a entregarle un diezmo y le dijo que era lo único que tenía, pero que aun así quería compartirlo. Aquello le estremeció el corazón, porque entendió que no estaba dando de lo que le sobraba, sino de lo poco que tenía.
A partir de ese ejemplo, nos enseñó que el verdadero acto de dar no está en desprenderse de lo inútil, sino en compartir con generosidad, incluso cuando cuesta.
También nos repetía con frecuencia:
“Lo bueno que se siembra, buena cosecha se recoge.”
“Las cosas van y vuelven.”
Para él, la vida era un camino de reciprocidad. Lo que una persona entrega al mundo —sea bondad o rencor— termina regresando de alguna manera.
Por eso insistía en que no debíamos alimentar sentimientos negativos, porque tarde o temprano se devolverían. En cambio, si sembrábamos respeto, solidaridad y alegría, eso mismo florecería en nuestras vidas.
Su mensaje final era tan simple como profundo:
“Debemos vivir para servir.”
Y nos aseguraba que, cuando uno comprende eso, la vida se vuelve más hermosa, más digna y más llevadera.
Hoy, al recordar sus palabras, entendemos que el padre Diógenes no solo nos enseñó a jugar fútbol ni a organizarnos como comunidad. Nos enseñó, sin proponérselo, una forma de vivir.
Y esa enseñanza —silenciosa pero firme— sigue viva en nosotros, como una de las raíces más profundas de lo que, años después, florecería en Katakandrú.
Frases del padre Diógenes
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“Todo existe porque es necesario.”
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“No vinimos solo a existir, vinimos a servir.”
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“El amor al prójimo se demuestra en los pequeños actos.”
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“Respeta la vida en todas sus formas: en la gente, en los animales, en las plantas.”
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“Cada persona tiene un talento; descubrirlo es el primer paso, compartirlo es el propósito.”
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“Quien da de lo que tiene, siempre será bien recompensado.”
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“No des solo lo que te sobra; aprende a compartir desde lo que eres.”
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“Dar es más grande que recibir, aunque no siempre lo entiendas de inmediato.”
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“Siembra bien, y la vida te responderá con buena cosecha.”
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“Las cosas van y vuelven; lo que entregas al mundo, regresa a ti.”
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“Si siembras rencor, cosecharás soledad; si siembras bondad, recogerás compañía.”
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“La vida es más hermosa cuando se vive para servir.”
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“Un joven ocupado en algo bueno, es un futuro bien sembrado.”
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“El deporte forma el cuerpo, pero también forma el carácter.”
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“La comunidad se construye cuando dejamos de pensar solo en nosotros.”
Por eso hoy creo firmemente que fue el padre Diógenes quien sembró la primera semilla de ese espíritu de unión entre los jóvenes del barrio. Una semilla que, años después, terminaría germinando con más fuerza en lo que conoceríamos como Katakandrú.
De pronto, Ricardo Bello se levantó, pidió silencio y, con la solemnidad de un orador improvisado, lanzó una pregunta que nos quedó resonando:
—Muchachos, ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes del barrio Las Granjas hay en esta universidad?
Nos miramos unos a otros, como si la respuesta flotara sobre nuestras cabezas. Ever, rápido de reflejos, respondió sin dudar:
—Sería buenísimo. Podríamos armar un grupo para préstamos de libros, asesorías y para que los que van más adelante nos echen una mano.
Luego, Carlos Montealegre y Yael Garaviño sumaron la idea de organizar actividades culturales, deportivas, sociales y recreativas. La propuesta cayó como semilla en tierra fértil: fue acogida con entusiasmo casi unánime.
Casi… porque Leónidas, fiel a su ironía, se fue murmurando:
—No creo que esa idea, tan soñadora, dé resultado…
Pero tú sabes bien, hermano, que en Las Granjas los sueños rara vez se quedan en palabras. Lo que empieza como anhelo termina volviéndose obra. Y así fue: a los pocos días, la convocatoria ya estaba en marcha, y sin darnos cuenta, Katakandrú comenzaba a tomar forma también en la universidad, como extensión natural del barrio y de su memoria.
Queridos lectores:
A la convocatoria respondieron treinta jóvenes universitarios, y llegaron con entusiasmo limpio, con la esperanza todavía intacta. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro se fueron trenzando ideas, sueños y la certeza de que juntos podíamos ir más lejos. Había una convicción compartida: agremiarnos, reconocernos como colectivo, construir un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran palabras vacías, sino práctica diaria.
Con alegría y sentido de responsabilidad elegimos una mesa directiva que nos representara. Aquello no fue solo un trámite; fue un acto de confianza mutua. Y, como todo grupo que empieza a tomar forma, sentimos la necesidad de nombrarnos, de darle identidad a ese proyecto común que ya latía entre nosotros.
Recuerdo bien aquella plenaria. Sobre la mesa se escucharon cerca de diez propuestas: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Duros del Vecindario, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos, y Yael Garaviño propuso entre otras el nombre de, Constructores de futuro. Las voces iban y venían, pero algo no terminaba de encajar. Coincidíamos, sin decirlo del todo, en que esos nombres no tenían la fuerza suficiente para trascender el momento ni para decir quiénes éramos realmente.
Fue entonces cuando Edgar Cuéllar, con voz firme, rompió el murmullo:
—Se necesita un nombre que sacuda las fibras de la sociedad neivana, que despierte orgullo y sentido de pertenencia.
Sus palabras cayeron como un llamado. El ambiente se volvió solemne, casi ritual. Entre silencios expectantes, Nubia Fajardo, que hasta entonces había permanecido reservada, se puso de pie con una serenidad que aún recuerdo. Parecía custodiar algo antiguo, como quien guarda un legado esperando el momento justo para revelarlo.
Pronunció una sola palabra: Katakandrú.
Y luego empezó a explicar. Nos habló de las vastas tierras del Gran Tolima, donde el sol se posa como un dios sobre las montañas y los ríos murmuran canciones antiguas. Allí —dijo— habitó un pueblo llamado Katakandrú. Sus manos eran alquimistas de la tierra: moldeaban la arcilla en vasijas que parecían guardar el aliento de la selva; cincelaban la piedra con paciencia milenaria; y en el oro encontraban el reflejo de dioses ocultos.
Continuó su relato con voz firme y pausada. La música —nos dijo— era su lenguaje secreto. Cada tambor, cada flauta tallada, era un puente hacia lo sagrado, un lazo que unía al ser humano con la naturaleza. En sus ceremonias, la comunidad se fundía en un solo espíritu, pacífico y luminoso, como si la vida misma fuera un canto compartido.
Pero esa paz fue también su condena. Cuando los soldados españoles irrumpieron con hierro y fuego, los Katakandrú no levantaron armas. Ofrecieron amistad, mostraron sus artes, abrieron sus corazones. La respuesta fue el exterminio. La violencia borró sus cantos, sus dioses y sus nombres. El río que llevaba su memoria quedó teñido de silencio.
El nombre Katakandrú, que alguna vez resonó como trueno en las montañas, quedó sepultado bajo la ceniza del olvido. Sin embargo —nos recordó Nubia—, en cada fragmento de cerámica hallado, en cada piedra tallada que aún resiste, late la dignidad de un pueblo que eligió la paz frente a la guerra y que, por ello, se convirtió en mártir de la historia.
Después silencio.
La sala quedó suspendida en un instante de revelación. Nos miramos unos a otros, conmovidos, sorprendidos, sabiendo que en aquel vocablo estaba la identidad que veníamos buscando. Katakandrú no era solo un nombre: era memoria, resistencia, herencia y futuro.
La aprobación fue inmediata, casi unánime. Solo Leónidas expresó sus reparos, diciendo que el nombre era extraño y difícil de pronunciar. Pero la fuerza simbólica del relato había hecho su trabajo. El nombre ya nos habitaba.
Así, en ese acto sencillo y solemne, quedó proclamado oficialmente el nombre que habría de guiarnos: Katakandrú, Club Juvenil Katakandrú. Desde ese momento supimos que no caminábamos solos; caminábamos acompañados por un eco ancestral que nos exigía dignidad, compromiso y memoria.
KATAKANDRU, ASUMIENDO UN LEGADO.
Con el paso de los años he comprendido que los nombres no se eligen al azar. Algunos llegan para quedarse, otros para exigirnos. Katakandrú fue de esos nombres que, una vez pronunciados, ya no nos pertenecían del todo: comenzaron a pedirnos coherencia, memoria y responsabilidad.
querido compañero de aquella época:
Aún puedo ver con nitidez aquella noche del 12 de octubre de 1977, como si el calendario se hubiera detenido para conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera: fue el día en que decidimos organizarnos y ponerle rostro, voz y responsabilidad a nuestros anhelos juveniles. La elección de la mesa directiva no fue un simple trámite; fue un acto fundacional, casi sagrado, como escribir los primeros renglones de este libro que aún no sabíamos cuántas páginas tendría.Allí quedaron inscritos los nombres —Carlos Montealegre, Constantino Castro Zamora, Doris Álvarez, Ever Motta Delgado, Ricardo Bello, Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo— no solo como cargos en una lista, sino como voluntades dispuestas a sostener un sueño común. Carlos Montealegre fue elegido presidente; Constantino Castro Zamora asumió la vicepresidencia; Doris Álvarez quedó como secretaria; Ever Motta Delgado tomó la responsabilidad de tesorero; y Ricardo Bello fue designado fiscal. Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo completaron la junta en calidad de vocales.
Cada uno aceptó su responsabilidad con la conciencia clara de que el liderazgo no era un privilegio, sino un servicio. Así, entre entusiasmo juvenil y el deseo de hacer cosas por el barrio, quedó conformada la primera junta directiva de Katakandrú, que desde ese momento empezó a darle forma y dirección a las inquietudes del grupo.
Con la junta directiva ya conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su rumbo: reunir a los jóvenes del barrio para compartir, explorar nuestro entorno y realizar actividades culturales, deportivas y de cuidado por la naturaleza.
Desde ese momento, Katakandrú dejó de ser una palabra recién nacida para convertirse en bandera. Empezó a caminar sola, a multiplicarse en las conversaciones del barrio, a encender la curiosidad de quienes escuchaban su nombre por primera vez. “¿Katakandrú?”, preguntaban algunos; otros simplemente se acercaban, atraídos por esa fuerza invisible que suele acompañar a las causas auténticas.
Las calles se volvieron caminos de encuentro. De la 33, la 35, la 37, la 40 y de tantas otras esquinas, fueron llegando jóvenes con historias distintas, pero con una misma sed de participación. Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor. Que soñar en colectivo exige respeto, disciplina y esperanza. Katakandrú no prometía milagros, pero ofrecía algo más duradero: sentido, pertenencia y voz.
En el fondo, todo había nacido de un impulso sencillo: el deseo de un grupo de jóvenes del barrio Las Granjas de reunirse para hacer algo que rompiera la monotonía de los días. Queríamos compartir, aprender y aventurarnos a conocer el entorno que nos rodeaba. Sin proponérnoslo de manera solemne, comenzamos a promover el compañerismo, la cultura y el respeto por la naturaleza. Así, entre conversaciones, caminatas y proyectos improvisados, Katakandrú fue encontrando su verdadero propósito. Pación. Cada sábado a las siete de la noche, el tiempo adquiría otro ritmo: no era solo una reunión, era un ritual de palabra compartida, de escucha atenta, de construcción paciente.
Con esos recursos sencillos —una bicicleta prestada, un bazar improvisado, un campeonato de micro o la ayuda solidaria del barrio— Katakandrú fue poniendo en marcha sus iniciativas, demostrando que cuando hay voluntad colectiva, hasta los medios más modestos pueden convertirse en grandes caminos.”
Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor. Que soñar en colectivo exige respeto, disciplina y esperanza. Katakandrú no prometía milagros, pero ofrecía algo más duradero: sentido, pertenencia y voz. Frente de trabajo con Katakandrú
La idea o propósito
Katakandrú nació del deseo de un grupo de jóvenes del barrio Las Granjas de reunirse para realizar actividades que fueran más allá de la rutina cotidiana. La idea central era compartir, aprender y explorar el entorno natural, promoviendo al mismo tiempo el compañerismo, la cultura y el respeto por la naturaleza.
• Objetivos definidos
Aunque no estaban escritos en ningún documento formal, el grupo tenía objetivos claros: organizar excursiones, realizar actividades culturales y deportivas, fortalecer la amistad entre los jóvenes del barrio y fomentar el cuidado del medio ambiente.
• Conocimiento del contexto
Los integrantes conocían bien su entorno: el barrio, los caminos rurales, los ríos cercanos y lugares emblemáticos del Huila como el desierto de la Tatacoa. Ese conocimiento del territorio permitía organizar salidas, actividades comunitarias y eventos con bastante ingenio, aun con pocos recursos.
• Plan o estrategia
Las actividades se organizaban mediante reuniones informales donde se discutían las ideas, se repartían tareas y se decidía cómo realizar cada evento. Así se planificaron excursiones, jornadas culturales, circuitos deportivos y otras iniciativas que involucraban a la comunidad.
• Recursos
Los recursos de Katakandrú eran modestos pero valiosos. Provenían principalmente del entusiasmo de sus integrantes, del apoyo de las familias, de la colaboración de la Junta de Acción Comunal y de algunos vecinos o empresas locales. Muchas veces se utilizaban elementos prestadas, vehículos familiares o herramientas disponibles en el barrio. El recurso más importante, sin embargo, era la voluntad colectiva de hacer cosas juntos.
Con el tiempo, aquel propósito comenzó a tomar forma en distintas áreas de acción. Sin haberlo planeado de manera formal, Katakandrú fue desarrollando varios frentes de trabajo que reflejaban nuestras inquietudes y el deseo de aprovechar bien el tiempo y las energías juveniles.
frentes de trabajo
Con el paso del tiempo, Katakandrú fue encontrando distintos caminos para expresar sus inquietudes. Sin que nadie lo hubiera planeado en un papel, el grupo comenzó a moverse en varios frentes que reflejaban nuestras aspiraciones juveniles. El estudio era uno de ellos, porque entendíamos que aprender y prepararse era también una forma de abrir horizontes.
El deporte, por su parte, nos enseñaba disciplina, compañerismo y el valor del esfuerzo compartido, especialmente en aquellos campeonatos de microfútbol que reunían a buena parte de los muchachos del barrio.
La cultura ocupaba igualmente un lugar importante: las danzas, el teatro y la música nos permitían descubrir otras formas de expresión y fortalecer el sentido de identidad colectiva. Pero quizá el frente que más nos marcó fue el de las salidas a recorrer caminos y parajes cercanos, donde aprendimos a reconocer la belleza del territorio y a cultivar un respeto profundo por la naturaleza.
También estaban las tareas más prácticas: adecuar algunos espacios del barrio o idear maneras de conseguir recursos para nuestras actividades. Así surgieron bazares, ventas de comida y torneos deportivos que, más allá de los pequeños recaudos, fortalecían el espíritu solidario de la comunidad.
Visto desde hoy, cada uno de esos frentes no era más que una forma distinta de buscar lo mismo: aprender a vivir juntos, a construir algo propio y a descubrir que la juventud, cuando se organiza con propósito, puede convertir las ideas más simples en experiencias que perduran en la memoria.
Ese fue —y sigue siendo— el espíritu fundacional de Katakandrú:
educarnos para elevarnos, organizarnos para servir, y crear para transformar.
Reunión y estrategia
La Marcha del Libro: una gesta de Las Granjas
La creación de la biblioteca no fue un simple proyecto, y tú lo sabes bien; fue una batalla librada con dignidad y esperanza. Los muchachos de Katakandrú, con el corazón encendido y la certeza profunda de que el conocimiento es una forma de poder y de libertad, decidimos dar un paso que marcó para siempre la historia del barrio: organizar la Marcha del Libro.
Aquella no fue una caminata cualquiera. Fue un acto simbólico, casi ritual, que desbordó lo cotidiano y se convirtió en resistencia cultural. Salimos a las calles con libros en alto y con una encuesta en las manos que, más que preguntas, era un manifiesto dirigido a la conciencia del pueblo. Cada interrogante resonaba como clarín de guerra, como llamado urgente a despertar:
Encuesta comunitaria – Proyecto Katakandrú y Biblioteca
Descripción / Introducción.
a presente encuesta tiene como objetivo conocer la opinión de la comunidad sobre el grupo juvenil universitario Katakandrú y la propuesta de creación de una biblioteca comunitaria en la antigua sede de la policía.
Su participación es voluntaria y la información suministrada será utilizada únicamente con fines culturales, educativos y de planeación comunitaria.
Agradecemos su tiempo y su valioso aporte para el fortalecimiento de este proyecto social.
Hermano, cada respuesta afirmativa era un voto de confianza depositado en nuestras manos. Cada libro entregado se alzaba como un estandarte. Cada moneda aportada era un pequeño combustible que avivaba la llama de la transformación. No pedíamos limosnas: convocábamos a un acto de fe colectiva.
La comunidad respondió con júbilo y orgullo. Los aplausos sonaban como tambores de victoria y, casa por casa, los vecinos se sumaron a la causa con libros guardados durante años y con aportes modestos pero llenos de significado. Lo que empezó como una marcha se convirtió en una epopeya compartida, donde la juventud del barrio asumió, sin saberlo del todo, el papel de guardiana del futuro.
El resultado fue contundente. La campaña fue un triunfo rotundo. Katakandrú se supo respaldado por su gente, y la antigua sede policial —aquel espacio que había sido sinónimo de miedo y represión— comenzó a transformarse, de manera irreversible, en fortaleza de cultura y libertad.
Hoy, cuando miro ese lugar, no veo paredes ni estanterías: veo un santuario del saber. La biblioteca del barrio, equipada con libros, computadores y conexión a internet, es un arsenal de sueños donde cada joven encuentra herramientas para forjar su propio destino. Allí, el silencio ya no es de temor, sino de concentración; ya no hay órdenes, sino preguntas; ya no hay castigos, sino horizontes abiertos.
La Marcha del Libro no fue solo un evento, hermano. Fue una proclamación. La prueba viva de que cuando una comunidad camina unida, puede convertir la memoria en victoria y la resistencia en futuro. Y en cada página leída, en cada libro prestado, Katakandrú sigue marchando.
Los lotes que se volvieron esperanza
De esta manera, Katakandrú dio continuidad a su labor inicial de limpieza y organización de lotes baldíos, muchos de ellos sucios, cubiertos de maleza y convertidos en símbolos visibles del abandono. Lo que al principio parecía una tarea aislada terminó convirtiéndose en un movimiento barrial sostenido, donde cada jornada de trabajo abría paso a una nueva posibilidad de encuentro comunitario.
Uno de los logros más recordados fue el de la cuarenta, donde el esfuerzo colectivo logró levantar un hermoso parque. Allí, donde antes reinaban el monte y los escombros, comenzaron a florecer arbustos y jardines. Se instalaron sillas, se organizaron senderos y el lugar terminó transformado en un espacio elegante y agradable para los vecinos.
El parque no solo embelleció el sector: cambió su dinámica. Las familias empezaron a visitarlo, los niños a jugar, y muchas parejas encontraban allí un rincón iluminado, tranquilo, incluso romántico, para compartir un rato en paz. Contaba además con iluminación y llaves de agua, detalles que lo convertían en un espacio digno, cuidado y vivo.
Lo mismo sucedió con otros puntos del barrio.
El lote de la veintinueve, que durante años fue terreno improductivo, terminó convertido en un jardín comunitario. Y así, uno tras otro, varios lotes fueron recuperados y transformados en pequeños pulmones verdes que dignificaban el entorno.
Pero Katakandrú no se detuvo en lo ornamental. También pensó en la juventud y en la necesidad de espacios deportivos.
El lote de la treinta y una se convirtió en una hermosa cancha de baloncesto y voleibol, lograda gracias al trabajo conjunto entre el grupo y la comunidad en general. Allí se organizaron encuentros, prácticas y torneos que fortalecieron la convivencia y el liderazgo juvenil.
De igual forma, el lote de la treinta fue adecuado como campo de microfútbol, al igual que el terreno ubicado en la avenida 29 con cuarenta, que pasó de ser un espacio residual a un escenario activo para el deporte y la integración barrial.
Cada uno de estos logros tenía el mismo origen: trabajo voluntario, gestión comunitaria y la capacidad de convocar voluntades. Katakandru no actuaba solo; servía de empuje, de motor inicial, de ejemplo organizativo para que los vecinos se sumaran y sintieran los proyectos como propios.
Así, entre palas, brochas, postes, jardines y canchas, el grupo fue dejando huellas tangibles. No eran discursos los que hablaban por Katakandru, sino los espacios recuperados que la comunidad podía habitar, cuidar y disfrutar.
Con el tiempo entendimos que transformar lotes era también transformar miradas. Donde antes había abandono, ahora había vida. Donde había maleza, ahora había encuentro.
Y en cada jardín, en cada parque, en cada cancha levantada, quedaba sembrada la certeza de que cuando la organización nace desde el corazón del barrio, el cambio deja de ser promesa para volverse realidad compartida.
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| Logotipo |
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| Bandera |
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| Escudo |
Al organizar nuestro primer gran evento cultural, los jóvenes Katakos —denominación que adoptamos para abreviar el nombre inicial del grupo y que con el tiempo se volvió signo de orgullo— comenzamos a reconocer la necesidad de construir símbolos propios que fortalecieran nuestra identidad colectiva y nos representaran con claridad en cada actividad social, cultural y deportiva que emprendíamos.
Recuerdo que aquella inquietud no surgió de un momento aislado, sino del mismo proceso de crecimiento que veníamos viviendo. Sentíamos que el grupo ya tenía voz, presencia y camino, pero aún le faltaban emblemas que condensaran su espíritu. Fue entonces cuando comprendimos que los símbolos no son simples adornos: son memoria visible, relato compartido y afirmación de pertenencia.
La construcción de los símbolos Katakos fue, por tanto, un ejercicio profundamente colectivo. Cada propuesta que surgía llevaba consigo una intención, una historia y una forma de entender lo que éramos y soñábamos ser. En esos diseños se reflejaban nuestras luchas, nuestros ideales y la manera como queríamos ser reconocidos por la comunidad.
A partir de estas reflexiones consideramos fundamental contar con elementos que expresaran nuestros valores, principios y objetivos. Decidimos entonces convocar un concurso interno para la creación de los símbolos representativos del grupo: la bandera, el escudo y el himno. No los concebíamos solo como emblemas visuales o sonoros, sino como expresiones vivas de nuestra unidad, nuestra memoria juvenil y nuestro compromiso social.
La respuesta a la convocatoria fue entusiasta. Surgieron múltiples propuestas y diseños que fueron expuestos y socializados ante todos los integrantes. Cada uno defendía su idea con argumentos cargados de emoción y sentido de pertenencia. Analizamos cada propuesta valorando su creatividad, su coherencia simbólica y su capacidad de representar la esencia del grupo.
Finalmente, tras jornadas de diálogo, deliberación y consenso —porque así aprendimos siempre a decidir— seleccionamos los símbolos que, desde entonces, nos representarían oficialmente en los distintos escenarios donde los Katakos hicieran presencia.
Y fue así como aquellos emblemas dejaron de ser simples creaciones gráficas o musicales para convertirse en signos vivos de nuestra historia, capaces de convocarnos, identificarnos y recordarnos, aún con el paso del tiempo, de dónde veníamos y por qué caminábamos juntos.
LA BANDERA
La bandera de Katakandrú nació del pensamiento colectivo, de la palabra compartida y del ejercicio consciente de reconocernos como grupo. Fue seleccionado entre diversas propuestas presentadas en reunión, luego de una valoración en la que no solo se consideraron sus formas, sino la profundidad de sus significados y la capacidad de representar lo que somos y aspiramos a ser.
Cabe destacar que Jael Garaviño presentó igualmente propuestas de alta calidad estética, valoradas positivamente por el grupo; sin embargo, tras el análisis general, se consideró que la propuesta sustentada por Constantino Castro Zamora alcanzaba mayor solidez conceptual y presentaba de una vez los tres emblemas para el grupo, razón por la cual obtuvo el consenso para convertirse en símbolos representativo de los Katakos.
Durante su exposición explicó que el diseño respondía a criterios de sencillez, funcionalidad y fácil reproducción, permitiendo que cualquier socio pudiera trazarlo con rapidez en distintos espacios y materiales. Esta característica facilitó su apropiación colectiva y fortaleció el sentido de pertenencia dentro de la organización.
ESCUDOEl escudo del grupo no alcanzó una repercusión significativa a lo largo de la trayectoria del colectivo. Aunque fue aprobado formalmente, su uso fue limitado y no logró consolidarse como un símbolo de identificación permanente. En la práctica, el logotipo se impuso de manera natural como el emblema más utilizado, debido a su sencillez, facilidad de reproducción y mayor apropiación por parte de los integrantes.
Si bien se realizaron algunas acciones para promover el escudo, como la impresión de camisetas, estas iniciativas no generaron un impacto duradero. Con el paso del tiempo, el escudo fue perdiendo presencia dentro de las actividades del grupo, quedando relegado frente a otros símbolos que respondían mejor a la dinámica y a las necesidades expresivas de los jóvenes.
Recuerdo que aquella inquietud no surgió de un momento aislado, sino del mismo proceso de crecimiento que veníamos viviendo. Sentíamos que el grupo ya tenía voz, presencia y camino, pero aún le faltaban emblemas que condensaran su espíritu. Fue entonces cuando comprendimos que los símbolos no son simples adornos: son memoria visible, relato compartido y afirmación de pertenencia.
La construcción de los símbolos Katakos fue, por tanto, un ejercicio profundamente colectivo. Cada propuesta que surgía llevaba consigo una intención, una historia y una forma de entender lo que éramos y soñábamos ser. En esos diseños se reflejaban nuestras luchas, nuestros ideales y la manera como queríamos ser reconocidos por la comunidad.
A partir de estas reflexiones consideramos fundamental contar con elementos que expresaran nuestros valores, principios y objetivos. Decidimos entonces convocar un concurso interno para la creación de los símbolos representativos del grupo: la bandera, el escudo y el himno. No los concebíamos solo como emblemas visuales o sonoros, sino como expresiones vivas de nuestra unidad, nuestra memoria juvenil y nuestro compromiso social.
La respuesta a la convocatoria fue entusiasta. Surgieron múltiples propuestas y diseños que fueron expuestos y socializados ante todos los integrantes. Cada uno defendía su idea con argumentos cargados de emoción y sentido de pertenencia. Analizamos cada propuesta valorando su creatividad, su coherencia simbólica y su capacidad de representar la esencia del grupo.
Finalmente, tras jornadas de diálogo, deliberación y consenso —porque así aprendimos siempre a decidir— seleccionamos los símbolos que, desde entonces, nos representarían oficialmente en los distintos escenarios donde los Katakos hicieran presencia.
Y fue así como aquellos emblemas dejaron de ser simples creaciones gráficas o musicales para convertirse en signos vivos de nuestra historia, capaces de convocarnos, identificarnos y recordarnos, aún con el paso del tiempo, de dónde veníamos y por qué caminábamos juntos.
LA BANDERA
La bandera de Katakandrú nació del pensamiento colectivo, de la palabra compartida y del ejercicio consciente de reconocernos como grupo. Fue seleccionado entre diversas propuestas presentadas en reunión, luego de una valoración en la que no solo se consideraron sus formas, sino la profundidad de sus significados y la capacidad de representar lo que somos y aspiramos a ser.
Cabe destacar que Jael Garaviño presentó igualmente propuestas de alta calidad estética, valoradas positivamente por el grupo; sin embargo, tras el análisis general, se consideró que la propuesta sustentada por Constantino Castro Zamora alcanzaba mayor solidez conceptual y presentaba de una vez los tres emblemas para el grupo, razón por la cual obtuvo el consenso para convertirse en símbolos representativo de los Katakos.
Durante su exposición explicó que el diseño respondía a criterios de sencillez, funcionalidad y fácil reproducción, permitiendo que cualquier socio pudiera trazarlo con rapidez en distintos espacios y materiales. Esta característica facilitó su apropiación colectiva y fortaleció el sentido de pertenencia dentro de la organización.
ESCUDO
Este proceso permite una reflexión importante sobre la construcción de identidad colectiva: no todos los símbolos institucionalizados logran arraigarse en la memoria y en la práctica cotidiana de una comunidad. Aquellos que perduran son, en muchos casos, los que nacen de la experiencia compartida y se integran de manera orgánica a la vida del grupo, convirtiéndose en verdaderos referentes de su historia y su identidad.
EL
El logotipo del grupo fue creado por el socio Carlos Roberto Másmela, quien presentó su propuesta ante la asamblea general, sustentando de manera clara el significado de las letras iniciales que lo componen: CLKT, siglas que sintetizan la identidad y el nombre del club.
Durante su exposición explicó que el diseño respondía a criterios de sencillez, funcionalidad y fácil reproducción, permitiendo que cualquier socio pudiera trazarlo con rapidez en distintos espacios y materiales. Esta característica facilitó su apropiación colectiva y fortaleció el sentido de pertenencia dentro de la organización.
De igual manera, dio a conocer el lema oficial del grupo, acogido con entusiasmo por los asistentes:
“Jóvenes liberan jóvenes”.
Esta consigna resume el espíritu solidario, transformador y comprometido del colectivo, destacando que el cambio social y personal nace desde la misma juventud, a través del apoyo mutuo, la conciencia y la acción organizada
El logotipo del grupo fue creado por el socio Carlos Roberto Másmela, quien presentó su propuesta ante la asamblea general, sustentando de manera clara el significado de las letras iniciales que lo componen: CLKT, siglas que sintetizan la identidad y el nombre del club.
Durante su exposición explicó que el diseño respondía a criterios de sencillez, funcionalidad y fácil reproducción, permitiendo que cualquier socio pudiera trazarlo con rapidez en distintos espacios y materiales. Esta característica facilitó su apropiación colectiva y fortaleció el sentido de pertenencia dentro de la organización.
De igual manera, dio a conocer el lema oficial del grupo, acogido con entusiasmo por los asistentes:
“Jóvenes liberan jóvenes”.
Esta consigna resume el espíritu solidario, transformador y comprometido del colectivo, destacando que el cambio social y personal nace desde la misma juventud, a través del apoyo mutuo, la conciencia y la acción organizada
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Medio Campo |
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“Las Chicas K”: talento, orgullo y alegría en la cancha
Y si de prestigio se trataba dentro de las expresiones deportivas que acompañaron el proceso de Katakandrú, no puede dejar de mencionarse a un grupo que, con disciplina y talento, se ganó el respeto del barrio y de los equipos rivales: el equipo femenino conocido con cariño como “Las Chicas K”.
Era un puñado de niñas y jóvenes de enormes habilidades futbolísticas, pero también de carácter firme y sentido de pertenencia. Cada vez que salían a la cancha, no lo hacían solas. Detrás de ellas estaba el respaldo entusiasta de todo el grupo: los “katacos”, como nos llamaban, llegábamos a acompañarlas, a darles ánimo, a llevarles agua, a celebrar cada jugada como si fuera propia.
A ellas les gustaba ese apoyo efusivo. Se sentían respaldadas, cuidadas, orgullosas de representar no solo a un equipo, sino a un proceso juvenil más amplio que las abrazaba desde lo cultural y lo social.
En el grupo de “Las Chicas K” estaban jugadoras que dejaron huella:
Samaris Castro, Gloria Guío, Judit Cerquera, Rubiela Cohetato, las hermanas Cuéllar, la Cueto Suárez, Consuelo Amaya y Victoria Belcastro, entre otras que también hicieron parte de ese proceso deportivo que llenó de vida las canchas del sector.
No solo eran buenas jugadoras; eran un equipo de gran presencia. Su belleza juvenil llamaba la atención, pero era su desempeño deportivo lo que imponía respeto. Los demás equipos les temían porque sabían que se enfrentaban a un grupo fuerte: jugadoras duras en la marca, hábiles para el desequilibrio y certeras frente al arco contrario.
Cada partido era una fiesta barrial. Los gritos de aliento, las risas, los nervios y las celebraciones tejían un ambiente donde el deporte se volvía encuentro comunitario. Ellas no solo competían: abrían camino para que otras niñas vieran posible habitar la cancha con seguridad y orgullo.
Con el tiempo entendimos que “Las Chicas K” no fueron únicamente un equipo de fútbol. Fueron símbolo de participación femenina, de valentía deportiva y de integración dentro del proceso de Katakandrú.Porque, así como el teatro nos daba voz y el trabajo social nos daba raíz, el deporte —en ellas— nos enseñaba que el talento también podía florecer con fuerza de mujer y aplauso colectivo
Ignacio Bello
Muchos aún recuerdan cómo, en las tardes de entrenamiento, él corría de un lado a otro, ajustando arcos improvisados, marcando líneas con cal, inflando balones, animando a los más pequeños y retando a los mayores a superarse. Era incansable. Y cuando llegaba el día del campeonato, su emoción era tan grande que parecía que él mismo fuera a jugar todos los partidos.
Yo, Nacho fui quien asumió la parte deportiva de Katakandrú, no por nombramiento ni por aplausos, sino porque alguien tenía que hacerlo. y porque estudio Docencia deportiva y además, Siempre creí que a los muchachos había que respaldarlos más allá de la palabra bonita. Por eso me ocupé de conseguir uniformes, patrocinio, dinero para el arbitraje, elementos deportivos, botiquín y transporte. El talento estaba; lo que faltaba casi siempre era con qué sostenerlo.
Como los recursos no aparecían solos, me tocó inventarlos. Organicé ventas de empanadas, rifas y pequeños festivales bailables, convencido de que el esfuerzo colectivo podía sacar adelante al deporte del grupo. Uno de esos festivales lo recuerdo bien, porque me dejó una lección que todavía cargo.
Para esa actividad contamos con la casa de Judith Cerquera, integrante de Katakandrú y atleta de gran calidad. Su padre, don Eugenio Cerquera, quien siempre la apoyó y la patrocinó, fue quien dio el permiso para realizar el baile y la venta de algunos comestibles. Todo estaba dado para que fuera una actividad exitosa. Yo esperaba, como era natural, que todo el grupo Katako colaborara.
Pero las cosas no salieron como se esperaban. Por circunstancias diversas, el apoyo no llegó. El día de la actividad me encontré prácticamente solo, acompañado apenas por algunos deportistas que, con buena voluntad, me ayudaron a sacar todo adelante. Los únicos que se asomaron fueron Ever y Constantino, quienes estuvieron atentos a que los enfriadores estuviesen llenos y funcionaran bien y a que todo estuviera en orden antes de comenzar. Y eso lo reconozco.
La actividad se hizo. Se trabajó. Se terminó. Pero fue a pulso.
Cuando después el club me pidió cuentas, no pude quedarme callado. Solté mi parlamento con claridad y sin rodeos. Dije que cuando pedí apoyo, nadie apareció, que la actividad la organicé, la trabajé y la concluí prácticamente solo, y que por esa razón las ganancias eran exclusivamente para el deporte. Fui enfático:
—No me pidan explicaciones de algo que saqué adelante sin ustedes. Pongan atención a esto:
Un día, una gallina encontró unos granos de trigo y decidió sembrarlos. Con ánimo generoso fue donde el pato:
—¿Me ayudas a sembrar estos granos?
—No —respondió el pato.
Luego buscó al ganso, al gallo, al loro, al pisco, a las gallinetas… y uno tras otro repitieron la misma palabra:
—No. y la gallina dijo: entonces lo hare yo
Cuando pidió ayuda para regar, nadie quiso. Cuando necesitó manos para cosechar, tampoco. Moler el trigo, amasar la harina, encender el horno…
Y todos dijeron, no. De modo que la gallina todo lo hizo sola. No hubo quejas, no hubo discursos; hubo trabajo silencioso.
Pero cuando el pan estuvo listo y el aroma recorrió la granja, todos aparecieron:
—¿Quién quiere comer pan? —preguntó la gallina.
—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —respondieron ahora los mismos que antes se habían negado.
Entonces la gallina, con serenidad, dijo:
—Este pan lo comeré yo con mis pollitos.
No les cuento esta historia para fomentar egoísmos, sino para enseñar responsabilidad. La cooperación no es un aplauso al final, sino una presencia constante durante el proceso.
Por eso, cuando el club me pidió cuentas después del evento deportivo para recolectar fondos, hablé con tranquilidad. Expliqué que cuando solicité apoyo casi nadie estuvo; que la organización, la logística y el desarrollo de la actividad recayeron sobre mis hombros; y que, por coherencia, las utilidades debían destinarse íntegramente al deporte, que era el propósito que me movía.
No lo dije con amargura, sino con claridad:
—No se trata de excluir a nadie, sino de entender que el compromiso comienza desde el primer paso.
Aquella experiencia me enseñó que en el deporte, como en la vida, el verdadero equipo no es el que celebra la victoria, sino el que entrena, suda y trabaja unido desde el inicio.
Esta Moraleja es para todos nosotros:
La colaboración auténtica nace en el esfuerzo compartido. Quien participa del proceso, participa del fruto; quien se ausenta del trabajo, no puede reclamar el resultado. Y toda organización crece cuando aprende que el éxito no es individual, sino construido entre todos.
Y me fui. No me quedé a escuchar argumentos ni justificaciones. No por soberbia, sino por cansancio. Porque a veces también pesa cargar solo con lo que se supone que es de todos. Eso fue lo que pasó. Y así lo dejo escrito.
Antes que campeones en la cancha, debemos ser responsables en la vida. Dijo Constantino
Y quizá fue precisamente allí donde Katakandru empezó a entender su verdadera esencia. No éramos solo un club que organizaba partidos o recolectaba fondos; éramos una escuela de carácter. Cada evento, cada dificultad y cada ausencia nos enseñaban que el deporte no forma únicamente atletas, sino ciudadanos responsables. Aprendimos que el compromiso no se improvisa, que el liderazgo no se impone y que los sueños colectivos se sostienen con manos presentes, no con voces tardías. Así, entre balones, reuniones y lecciones sencillas como la de la gallina trabajadora, Katakandru fue creciendo no solo en resultados, sino en conciencia.
Lo que nos dejó la cancha
Hoy, al mirar hacia atrás, entendemos que el deporte en Katakandrú fue mucho más que partidos ganados o campeonatos disputados. Fue una escuela de vida, un espacio donde aprendimos a caminar juntos, a equivocarnos y a levantarnos sin dejar a nadie atrás. En la cancha se celebraron goles, sí, pero también se ensayaron valores que no caben en un marcado Cada uno cumplió un papel. Hubo quienes brillaron con el balón en los pies, quienes organizaron desde la sombra, quienes pusieron la casa, el tiempo o el esfuerzo cuando faltaba todo. Y también hubo momentos de cansancio, de desencuentro y de silencio, porque ningún proceso colectivo está libre de tropiezos. Aun así, el deporte nos enseñó que la verdadera victoria es sostener el proyecto, incluso cuando parece pesado.
| Archí y Richard Castro |
Hoy sabemos que no todos llegaron a ser profesionales, pero muchos aprendieron disciplina, respeto y compañerismo. Eso permanece. Porque los trofeos se empolvan, las medallas se guardan, pero lo que se vive en comunidad se queda latiendo en la memoria.
Por eso, cuando evocamos esas canchas de tierra, esos festivales improvisados y esos esfuerzos compartidos, no hablamos solo de deporte. Hablamos de un tiempo en el que creímos juntos, en el que Katakandrú fue también sudor, sacrificio y abrazo. Y ese, sin duda, fue uno de nuestros mayores triunfos.
Judo: Armando Castro Zamora
Para hablar de esta actividad deportiva, me parece un poco desproporcionado detenerme demasiado, porque en realidad fue algo fugaz dentro de la historia de Katakandrú. Además, aquella iniciativa no surgió únicamente de nosotros, sino que se realizó en compañía de la Junta de Acción Comunal del barrio, que en esa época estaba dirigida por una persona muy social y condescendiente: don Juan Horta.
Quiero abrir aquí un pequeño paréntesis para hablar de él, porque fue un hombre que tenía grandes propósitos para el barrio. Su oficio era el de sastre, de aquellos buenos sastres de antes, capaces de confeccionar toda clase de trajes a la medida. Pero su inquietud iba más allá del simple trabajo: tenía la idea de enseñar a los jóvenes el oficio de la sastrería, para que aprendieran a elaborar sus propias prendas o incluso continuaran con la profesión.
Hizo la convocatoria y muchos nos inscribimos: Fulvio, Carlos Ebert, Constantino y varios más. Algo alcanzamos a aprender, aunque quien realmente salió bien preparado fue Eulices, que aprendió a confeccionar camisas y pantalones. Con el tiempo, cuando el señor Horta se marchó del barrio, Eulices continuó ejerciendo el oficio de sastre y lo hacía bastante bien.
Cierro aquí el paréntesis para volver a la actividad que quería mencionar: el ciclismo.
Con el apoyo de algunas empresas de la ciudad de Neiva decidimos organizar, para el 20 de julio —nuestro día de independencia—, un circuito ciclístico alrededor del barrio Las Granjas. El recorrido consistía en unas quince vueltas que, más o menos, sumaban cerca de sesenta kilómetros, distancia que para ciclistas ya entrenados resultaba relativamente corta.
Nosotros ya habíamos adquirido cierta experiencia en la organización de eventos grandes y, por eso, nos animamos a invitar varios equipos que tenían algún renombre, pues habían participado en competencias importantes como la Vuelta a Colombia, la Vuelta al Táchira en Venezuela, la Vuelta al Sur y el naciente Clásico RCN. En aquellos años el ciclismo colombiano empezaba a adquirir gran prestigio, y con el tiempo incluso equipos del país llegarían a competir en pruebas internacionales como el Tour de Francia, el Giro de Italia y la Vuelta a España.
Se inscribieron equipos como Pilas Varta, Café de Colombia, Marcos y Bielas, Productos Aldana, Medicamentos y Drogas, además de otros de menor importancia. Y por supuesto también estaba el equipo de Katakandrú.
Hay que decir la verdad: dentro de nuestro equipo el único que practicaba el ciclismo con verdadero rigor era el primo Alejandro Rojas Castro. Los demás éramos más bien de relleno. Allí estaban Abrahán Castro, Marco Vinicio Castro, Hernando Amaya, Gilberto Bello, Juan Carlos Peña y, claro está, el propio Alejandro. Más que competidores entrenados éramos coequiperos de salidas esporádicas.
Además, el equipo de Katakandrú era el de mayor edad dentro de los participantes: teníamos entre 17 y 18 años, mientras que muchos de los demás corredores apenas rondaban los 15 o 16.
Con la Junta habíamos logrado reunir algunos premios gracias al apoyo de empresas patrocinadoras. Finalmente se realizó el circuito, con algunos percances propios de toda competencia. El ganador fue un muchacho del equipo Pilas Varta, Antonio Zuleta; el segundo puesto lo obtuvo un corredor del equipo Café de Colombia y el tercero fue para uno de Marcos y Bielas.
Se entregaron los premios, se cerró la actividad y, con el tiempo, el ciclismo dejó de interesarnos. Tal vez porque era una disciplina costosa o porque en realidad no teníamos un líder que guiara el proceso.
Sin embargo, antes de terminar este episodio, déjenme contarles las peripecias que vivió el equipo de Katakandrú durante aquella competencia.
La competencia comenzó con relativa calma. Como es costumbre en este tipo de carreras, la primera vuelta fue más bien de reconocimiento: los equipos estudiaban el terreno, medían a sus rivales y, de paso, iban calentando las piernas. Hasta ese momento, todo marchaba bien para Katakandrú.
Cada equipo traía su carro acompañante, con ruedas de repuesto, herramientas y hasta bicicletas adicionales por si ocurría algún percance. El equipo de Katakandrú tampoco se quedaba atrás… al menos en espíritu. Nosotros llevábamos como vehículo de apoyo la carcachita de mi papá: un camperito Suzuki algo destartalado, pero todavía cumplidor. Eso sí, mi padre tenía una regla sagrada: no permitía que nada le sonara raro al carro, así que, aunque viejo, funcionaba como un reloj.
Nuestro equipo logístico era sencillo pero bien intencionado: una sola rueda de repuesto para todos, algunos termos con agua y panelita para levantar el ánimo si alguno de los katacos se desfallecía. Nada de bicicletas adicionales ni lujos mecánicos.
La bicicleta de Alejandro tenía su propia historia. Era una herencia de mi tío Nacho Castro, quien en su juventud también había sido ciclista. La máquina había pasado años guardada, pero Alejandro la rescató, la pintó y la reacondicionó con paciencia. Aquella era su bicicleta de entrenamiento y de competencia en los eventos locales.
Las demás bicicletas eran más bien de batalla. La de Abrahán provenía del taller de bicicletas donde él ayudaba a reparar y alquilar ciclas. Las de Marco Vinicio y los otros katakos eran prestadas o alquiladas en ese mismo lugar. En otras palabras, nuestro equipo era más entusiasmo que tecnología.
Todo marchaba relativamente bien hasta que, hacia la décima vuelta, ocurrió el primer percance: la bicicleta de Alejandro sufrió un pinchazo.
Sin pensarlo dos veces, Abrahán se desmontó de su bicicleta y se la pasó a Alejandro para que continuara. Mientras tanto, nosotros corrimos a cambiar la rueda pinchada usando la única de repuesto que llevábamos. El resto del equipo se quedó atrás unos minutos para luego ayudar a impulsar nuevamente a nuestro muchacho Alejo.
Pero la verdad era que, para ese momento, Katakandrú ya venía en la parte trasera del pelotón. Seguíamos pedaleando más por coraje y honor que por aspiraciones deportivas.
Cuando faltaban apenas tres vueltas para terminar, ocurrió el segundo episodio digno de crónica. A un grupo rezagado —donde venían varios de nuestros muchachos— le salió de repente un perro que se soltó de las manos de una señora que observaba la carrera. El animal se atravesó justo en medio del pelotón y, en cuestión de segundos, unos quince ciclistas terminaron en el suelo.
Mi hermano Armando, que hacía las veces de encargado de primeros auxilios, corrió inmediatamente a socorrer a los caídos. El más lastimado resultó ser Alejandro, que terminó con el codo y la rodilla bastante raspados. Le hicieron una curación rápida para que pudiera seguir.
Intentamos ayudarlo a reconectarse con el grupo que iba adelante, pero ya era imposible. Los punteros habían aumentado el ritmo al máximo y nuestros katakos apenas podían mantenerse en marcha.
Finalmente, el equipo de Katakandrú cruzó la meta unos diez minutos después del pelotón principal. Pero eso sí: llegamos con la satisfacción de haber terminado la carrera, que ya era bastante para nuestro modesto escuadrón.
Al regresar a la casa, el combo de Katakandrú empezó a hacernos bromas. Nosotros lo tomamos con buen humor. Mi papá intervino con tono paternal:
—No molesten a los muchachos —dijo—. Tuvieron una experiencia, y eso ya es ganancia.
Mis hermanos y algunos katacos se fueron a devolver las bicicletas prestadas al taller. Alejandro, por su parte, se dio una ducha y dejó su bicicleta, como siempre, recostada frente a la puerta de la casa, en un lugar donde desde adentro se podía ver perfectamente la rueda.
Armando le hizo una curación más completa en el codo y la rodilla y luego se dispuso a irse para su casa.
Pero entonces ocurrió el último episodio del día.
Cuando Alejandro salió a buscar su bicicleta, se quedó inmóvil unos segundos mirando el lugar donde la había dejado. Allí solo había una rueda… y ni siquiera era la de su bicicleta.
La cicla había desaparecido.
Alejandro soltó una exclamación de incredulidad:
—¡No puede ser! Hoy sí me tocó perder todas.
Todos salimos a mirar, confirmando lo evidente: la bicicleta no estaba. Y, en lugar de indignarnos, la escena terminó provocando una carcajada general.
Yo les dije:
—¡Dejen de reírse del mal ajeno!
Pero hasta el propio Alejandro terminó rascándose la cabeza y riéndose de su desgracia.
—Pinché, me caí, me raspé… ¡y ahora me roban la cicla! —dijo—. Me voy a tener que bañar con mirto para la buena suerte.
Mi papá, don Sixto, remató con su sabiduría tranquila:
—Mijo, el universo le está mandando un mensaje. Este no es su deporte. Practíquelo como hobby… y deje eso así.
Y así, entre risas, raspaduras y una bicicleta desaparecida, se cerró definitivamente la breve historia deportiva de Katakandrú en el ciclismo. Nunca más volvimos a insistir en esa disciplina de las bielas.
Y así terminó nuestra breve aventura ciclística. No hubo trofeos para Katakandrú ni gloria deportiva que contar, pero sí una historia más para la memoria del barrio. Entre pinchazos, caídas, risas y una bicicleta que desapareció misteriosamente, entendimos que lo nuestro no era perseguir el pelotón sino coleccionar experiencias. Al final, como tantas veces en aquellos años, lo importante no fue la carrera sino la anécdota que quedó para contarla después. Y de esas, Katakandrú siempre tuvo de sobra
Cuando el dinero hacía falta
Como todo proceso colectivo, Katakandrú también tenía que enfrentar la realidad de los gastos. Los sueños culturales, las actividades comunitarias y hasta los montajes teatrales requerían recursos que casi siempre eran escasos.
Era entonces cuando aparecía Ever Motta con su informe de tesorería en mano. Con claridad nos decía que la caja estaba en rojo y que era urgente que el grupo de eventos organizara alguna actividad para recaudar fondos.
Así, cada dificultad económica se convertía en una nueva oportunidad de trabajo colectivo, y Ever pasaba de ser el tesorero a convertirse en uno de los sostenes silenciosos del grupo.
RECOLECTANDO FONDOS
Para hablar de recursos era indispensable convocar al tesorero, Ever Motta, quien presentaba el informe financiero correspondiente. En aquella ocasión su reporte fue claro y preocupante: la tesorería se encontraba en limpio, sin fondos disponibles, por lo que era urgente organizar alguna actividad que permitiera recaudar dinero para sostener las labores del grupo.
Ante esta situación realizamos una reunión extraordinaria. Luego de escuchar el informe y tras un acuerdo colectivo, surgió la propuesta de organizar un bazar. Coincidía, además, que se aproximaban las fiestas patronales de San Judas Tadeo, santo patrono del barrio, lo que representaba una oportunidad propicia por la gran afluencia de comunidad.
Para llevar a cabo la idea era necesario solicitar permiso a la parroquia, específicamente al padre Cortés, para que nos autorizara instalar una carpa y vender allí algunos productos. La mesa directiva designó como delegados a Constantino, a Doris Álvarez —quien se desempeñaba como secretaria— y al propio tesorero Ever, con el fin de dialogar con el párroco.
Nos pusimos en marcha y concertamos la entrevista. Durante la reunión le expusimos al padre no solo la solicitud del espacio para el bazar, sino también una propuesta cultural en compensación: el grupo Katakandrú se comprometía a ambientar durante toda la semana las festividades patronales mediante presentaciones artísticas, llevando espectáculos culturales, música, teatro y danzas para el disfrute de la comunidad, además de apoyar la publicidad del evento religioso.
La propuesta fue bien recibida. El padre aceptó complacido, reconociendo el valor cultural y social del grupo. Con el permiso verbal y el sello de la honorabilidad —porque para nosotros la palabra del sacerdote era garantía— regresamos motivados y de inmediato nos pusimos manos a la obra para organizar la programación.
El lunes se presentó el grupo de la Universidad, dirigido por Alfonso Orozco, un colectivo artístico reconocido y muy cercano a Katakandrú, cuyos lazos de amistad y colaboración venían de tiempo atrás. Su presentación abrió la semana con gran calidad escénica y excelente asistencia.
El martes fue el turno del grupo del SENA, institución que había nutrido en gran medida el proceso formativo del teatro de los katakos. Su puesta en escena tuvo un significado especial, pues representaba los frutos de ese intercambio pedagógico y artístico.
El miércoles contamos con la participación del grupo del Instituto Huilense de Cultura, dirigido por Hugo Andrés Cabrera Sánchez, un conjunto de gran renombre regional cuya presencia dio realce y prestigio a la programación.
Para el jueves invitamos a un grupo musical independiente proveniente del sur de Colombia, específicamente de Nariño. Se encontraban realizando una gira nacional y, gracias al apoyo del Instituto Huilense, que patrocinaba parte de su recorrido, logramos incluirlos en nuestra agenda cultural, reconociéndoles un apoyo económico por su presentación.
El viernes quedó reservado de manera exclusiva para el grupo cultural Katakandru. Fue el gran cierre: una noche única donde convergieron la música, el teatro y las danzas en un viernes cultural espléndido. Cada integrante entregó lo mejor de sí, logrando una velada llena de identidad, talento y sentido comunitario.
De esta manera no solo cumplimos el compromiso adquirido con la parroquia, sino que también contribuimos a que la fiesta patronal de San Judas Tadeo tuviera una ambientación cultural memorable y ampliamente publicitada, fortaleciendo al mismo tiempo la imagen y el reconocimiento de Katakandrú dentro de la comunidad.
Dificultades vividas, el relato continúa así:
Ya cumplida nuestra parte cultural, ese mismo viernes en horas de la tarde nos trasladamos a la plazoleta de la iglesia para montar nuestra humilde carpa. La habíamos conseguido gracias al apoyo del papá de “los Bellos”, quien muy generosamente nos la prestó. No era la mejor ni la más grande, pero para nosotros representaba la posibilidad de cumplir el objetivo: recaudar recursos para el grupo.
Al costado de la iglesia, ocupando buena parte de la vía, la Junta de Acción Comunal también instalaba sus casetas. Eran alrededor de diez, todas muy bien presentadas, facilitadas por la empresa Postobón. La diferencia era notoria: sus estructuras eran amplias, coloridas y vistosas, mientras que la nuestra era sencilla y modesta.
En tono de burla y con algo de sarcasmo, algunos de ellos se reían de nuestra carpita. Hacían comentarios entre dientes y sonrisas irónicas al compararla con sus grandes casetas. Sin embargo, tomamos aquello con buen humor. Lejos de sentirnos menos, lo asumimos como un reto. No nos dejamos apabullar; por el contrario, reforzó nuestro ánimo de demostrar de qué éramos capaces.
El sábado se inició formalmente la actividad. Desde temprano la Junta instaló megáfonos y grandes parlantes para ambientar sus espacios y promocionar sus ventas. Nosotros, fieles a nuestra esencia cultural, decidimos apostar por lo que mejor sabíamos hacer: el arte como convocante.
Trajimos a nuestro grupo musical; las niñas se presentaron con sus trajes típicos de danza, llenando de colorido la plazoleta; organizamos además un grupo de teatro callejero que comenzó a interactuar con la gente entre risas, coplas y escenas improvisadas. Aquello se convirtió en un verdadero espectáculo popular.
La estrategia dio resultado inmediato: la gente empezó a correr hacia nuestro toldo, atraída por el ambiente festivo, la música en vivo y la alegría que irradiaba el espacio. La humilde carpita comenzó a abarrotarse de público.
Hacia el mediodía ya podíamos dar un primer informe positivo de ventas. Las empanadas se habían vendido en gran cantidad; los tamales, que previamente estaban comprometidos por encargo, no dejaron ni uno solo disponible; el arroz con leche se agotó rápidamente; y de las bebidas tradicionales —la chicha y la aloja— apenas quedaban las últimas porciones.
Con entusiasmo anunciábamos a los cuatro vientos, usando nuestra propia voz como megáfono humano:
“¡Señoras y señores, ya casi acabamos con todo lo que hemos preparado! ¡Atención, vengan y acaben con lo que hay para traerles merienda nueva!”
Esa era nuestra propaganda: alegre, directa y cargada de picardía popular.
Sin embargo, aquel éxito comenzó a incomodar a la Junta de Acción Comunal. Mientras nuestro toldo permanecía lleno, sus carpas —a pesar de ser más grandes y mejor dotadas— tenían las mesas con producto, pero con ventas mínimas. La diferencia en la afluencia de público era evidente.
Fue entonces cuando empezó el problema...
Traslado de carpa por faltar a la palabra
Fue entonces cuando el presidente de la Junta de Acción Comunal nos hizo el llamado para que diéramos explicación sobre quién nos había autorizado a colocar “esa carpucha”, como despectivamente la llamó, en la plazoleta de la iglesia.
Yo, Constantino, tomé la palabra y le respondí con serenidad:
—El permiso nos lo dio el sacerdote.
El presidente, con gesto incrédulo, replicó:
—Pues lo llamaremos para comprobar si en realidad fue así.
Minutos después llegó el padre Cortés. Se le puso al tanto de la situación y, para nuestra sorpresa, respondió que no nos había dado ningún permiso.
Aquello me desconcertó profundamente y le dije, mirándolo de frente:
—Padre, ¿Cómo va a ser posible que una persona como usted falte a la palabra? Nosotros cumplimos con nuestro compromiso cultural durante toda la semana.
El sacerdote, algo incómodo, respondió:
—Que yo recuerde, hablamos de las actividades culturales y les hice la publicidad en el púlpito, eso sí… pero de que ustedes colocaran un toldo de comida y nos hicieran competencia, no.
La tensión subió de inmediato. Fue en ese instante cuando Leónidas, visiblemente furibundo, saltó al ruedo. Venía con un bombón —una paleta de dulce— en la boca. Se la sacó de golpe para increpar al sacerdote y, señalándolo con el palito, le dijo que era una persona irresponsable y poco creíble.
En medio de su exaltación ocurrió un hecho tan inesperado como pintoresco: la chupeta se desprendió del palito y salió disparada, golpeando al padre en el gorro que llevaba puesto.
Aquello fue la chispa que encendió el alboroto.
Algunos miembros de la Junta, junto con personas que estaban alrededor, reaccionaron indignados e intentaron irse contra Leónidas. El ambiente se puso tenso, a punto de convertirse en agresión física. Fue entonces cuando intervenimos rápidamente, lo rodeamos y lo retiramos del lugar para evitar que la situación pasara a mayores.
Acto seguido, el presidente de la Junta lanzó una sentencia tajante:
—O quitan ese armatoste, o quitamos nosotros nuestros toldos.
Otra voz, aún más radical, se escuchó entre el grupo:
—Hagamos algo mejor: si no lo quitan, se lo tumbamos.
La amenaza era directa.
En medio de ese clima de confrontación apareció don Sixto, mi padre. Con la serenidad que lo caracterizaba y la autoridad moral que tenía sobre nosotros, nos dijo:
—No se pongan a pelear ni con la Junta ni con el padre. Quitemos el toldo y nos lo llevamos para la plazuela del campo de fútbol, a un ladito.
Su consejo fue sensato. Entendimos que el conflicto no valía más que la paz comunitaria. Así que desmontamos la carpa y, con la ayuda de varios padres de familia, la trasladamos hasta la plazuela contigua al campo de fútbol, donde volvimos a montarla con el mismo entusiasmo.
Sin embargo, lejos de mejorar las circunstancias, la situación terminó empeorando…
Pónganle atención.
SIN RENDIRNOS
Ya instalada la nueva carpa, y con la ayuda decidida de los padres de familia, esta quedó incluso más grande y mejor acondicionada que la anterior. De inmediato las madres se pusieron manos a la obra a cocinar nuevas viandas, reforzando la oferta con lo que ya teníamos previamente preparado.
Se inició nuevamente la música en vivo; el espectáculo visual con danzas y teatro callejero mejoró notablemente por el espacio abierto; y, como si fuera poco, Nacho Bello organizó de manera espontánea un campeonato relámpago de microfútbol. Para los niños preparamos una “Bara” de premios —dulces, balones pequeños y sorpresas— que aumentaron el entusiasmo infantil.
Además, logramos que nos prestaran algunos amplificadores de sonido, lo que terminó de convertir aquel rincón junto al campo de fútbol en un verdadero escenario popular. El lugar se transformó en un gran espectáculo comunitario.
La respuesta de la gente fue inmediata.
Muchas de las personas que estaban en el bazar de la parroquia y en las casetas de la Junta comenzaron a desplazarse hacia nuestro espacio. No era que ellos no vendieran nada —algo comercializaban—, pero el grueso del público estaba donde había ambiente, música y actividades para la familia.
Antes, cuando estábamos en la plazoleta de la iglesia, ambos espacios se beneficiaban del flujo de asistentes. Pero ahora la situación había cambiado: ellos habían quedado prácticamente solos.
La gente estaba concentrada mirando las actividades culturales, apoyando el campeonato, disfrutando las presentaciones… y, como consecuencia natural, nuestras ventas se duplicaron.
Al percatarse de este giro, a algunos miembros de la Junta les pareció más fácil recurrir a la autoridad que al diálogo. Ya caía la noche de aquel sábado cuando hicieron presencia varios policías con la orden de que suspendiéramos la actividad.
Llegaron con una actitud algo altanera y agresiva, intentando imponer el cierre inmediato. Pero la comunidad, que estaba disfrutando del evento, reaccionó de forma solidaria: hombres y mujeres se acercaron, algunos con elementos en la mano, no para agredir, sino para mostrar respaldo y ponerse en alerta ante cualquier abuso.
Rodearon a la policía y se generó un momento de tensión.
Se les explicó con calma toda la situación: que habíamos sido reubicados, que la actividad era cultural y comunitaria, que no había desorden ni riñas. Los agentes, al notar el ambiente y entender que intervenir podría generar un conflicto mayor con la comunidad, optaron por una salida prudente.
—Arreglen esto con la Junta —dijeron—. Nosotros nos marchamos.
Y se retiraron.
Nuevamente apareció la figura conciliadora de don Sixto, mi padre. Con su voz serena, pero firme, propuso una solución que des escalaba el conflicto:
—Dejemos las cosas como están. Que ellos terminen de vender lo poco que les queda, y ustedes mañana temprano concluyen las actividades que han iniciado. Luego desmontan el toldo y cerramos este capítulo y esta confrontación que no vale la pena prolongar.
Su intervención, una vez más, evitó que el problema creciera.
Así, entre tensiones, aprendizajes y el orgullo de haber defendido con cultura y trabajo nuestro espacio, aquella jornada quedó marcada en la memoria del grupo como una lección de dignidad, creatividad y resistencia comunitaria.
Cultura vs. poder local
Don Sixto, mediador de silencios y tempestades
Aquel episodio no fue simplemente una disputa por ventas, ni una rivalidad pasajera entre carpas. En el fondo reflejaba una tensión más profunda: la que históricamente ha existido entre la cultura popular organizada y las estructuras de poder local.
Mientras la Junta representaba la formalidad institucional del barrio —con permisos implícitos, respaldos empresariales y estructuras visibles—, Katakandrú encarnaba la fuerza viva de la cultura comunitaria: la autogestión, la creatividad y la capacidad de convocar sin más recursos que el talento y la voluntad colectiva. La diferencia quedó en evidencia.
Ellos tenían las casetas más grandes, el patrocinio, los equipos de sonido, la logística… pero nosotros teníamos el alma de la gente. Y cuando la cultura se vuelve encuentro, fiesta, identidad y participación, el público no llega por obligación sino por afinidad.
No era una competencia comercial lo que se había desatado, sino un pulso simbólico:
¿Quién moviliza realmente a la comunidad? ¿El poder organizado o la cultura sentida?
Sin proponérnoslo, demostramos que el arte —cuando nace del barrio— tiene una capacidad de convocatoria que ningún megáfono institucional puede igualar.
Pero también aprendimos otra lección: cuando la cultura crece y se visibiliza, incomoda. Porque cuestiona jerarquías, desplaza protagonismos y pone en evidencia otras formas de liderazgo.
Fue allí donde emergió con grandeza la figura de don Sixto. No era directivo, ni tesorero, ni presidente de nada. No tenía investidura formal. Sin embargo, poseía algo más poderoso: autoridad moral.
Don Sixto representaba la sabiduría del mayor, del hombre curtido en la vida comunitaria, que entendía que los conflictos mal manejados dejan heridas largas. Mientras los ánimos jóvenes se encendían —unos desde la burla, otros desde la indignación— él aparecía como un mediador natural, un tejedor de equilibrios.
Su intervención no defendía el orgullo por encima de la paz, sino la dignidad sin ruptura. Cuando aconsejó desmontar la carpa de la iglesia, no fue rendición: fue lectura estratégica del momento. Cuando propuso terminar las ventas sin confrontación, no fue debilidad: fue visión de futuro.
Comprendía que Katakandrú debía crecer sin enemistarse con el tejido social del barrio. Porque los procesos culturales, para perdurar, necesitan más puentes que trincheras.
En medio del bullicio, de la música, de las ventas agotadas y de la policía rodeada por la comunidad, la voz más sensata fue la suya. No gritó, no impuso, no acusó. Orientó.
Y esa noche quedó claro que, así como los grupos necesitan artistas, también necesitan guardianes de la armonía.
Don Sixto fue eso: un mediador histórico, un equilibrador de tormentas, un hombre que entendía que la victoria más grande no era vender más… sino no perder al barrio en el intento. Para muchos fue simplemente “el papá de Constantino”.
Para Katakandrú, fue mucho más que eso. Hoy, visto a la distancia, comprendemos mejor la grandeza silenciosa de don Sixto. No ocupó cargos ni buscó protagonismos, pero fue un mediador natural, un orientador de momentos tensos y un protector del proceso cultural cuando los ánimos juveniles amenazaban con desbordarse. Aquella noche del bazar evitó que el orgullo rompiera la convivencia del barrio y nos enseñó que la cultura, para perdurar, necesita tanto pasión como prudencia. Su recuerdo sigue siendo brújula moral para el grupo, presencia serena que aún aconseja desde la memoria.
Aquella experiencia nos dejó recursos económicos, sí. Pero, sobre todo, nos dejó recursos humanos: madurez, lectura política del territorio y la certeza de que la cultura es poderosa… siempre que camine de la mano con la prudencia de sus mayores.
Superada la confrontación y ya con las actividades cerradas, llegó el momento de hacer cuentas, recoger ganancias y evaluar si todo el esfuerzo había valido la pena. Fue entonces cuando volvió a escena la figura meticulosa del tesorero Ever, quien —libreta en mano— habría de revelar no solo el balance económico del bazar, sino también nuevas preocupaciones y desafíos que marcarían el rumbo inmediato de Katakandrú.
Informe financiero narrado
Cuando la cultura también hace cuentas
Pasados los días de agitación, desmontadas las carpas y ya con el barrio retomando su ritmo habitual, llegó el momento inevitable: rendir cuentas.
Como era costumbre, se convocó reunión general. Sobre la mesa reposaban las libretas, los recibos improvisados, las listas de encargos y los apuntes hechos a mano durante la jornada. En el centro de todo, con su serenidad característica, se encontraba el tesorero Evert, listo para presentar el balance.
El silencio fue respetuoso.
No era solo curiosidad por saber cuánto se había vendido, sino la expectativa de comprobar si el esfuerzo colectivo —las cocinas encendidas, las noches culturales, el traslado del toldo, las tensiones superadas— había dado fruto real para el sostenimiento del grupo.
Ever comenzó su informe detallando primero los egresos: la compra de insumos para las comidas, los apoyos económicos entregados a algunos grupos invitados, el transporte de equipos, los elementos logísticos y los pequeños gastos que siempre aparecen en actividades de esta magnitud.
Nada quedó por fuera.
Luego hizo una pausa, revisó su libreta y levantó la mirada.
Fue entonces cuando anunció que, aun descontando todos los gastos, el bazar había dejado utilidades. No abundantes al punto de la holgura, pero sí significativas para la realidad del grupo. La noticia fue recibida con aplausos espontáneos.
Aquellas ganancias permitían respirar: garantizar materiales para talleres, apoyar montajes teatrales, mantener instrumentos, financiar vestuarios y cubrir necesidades básicas para que Katakandrú no detuviera su marcha cultural.
No era dinero acumulado por ambición, sino recurso sembrado para la continuidad. Más que el monto —que nunca fue lo esencial— lo valioso era lo que representaba: la demostración de que la autogestión cultural sí podía sostener procesos cuando había organización, trabajo colectivo y sentido de pertenencia.
Ese informe cerró con una frase sencilla de Ever que quedó resonando:
—No nos hicimos ricos… pero tampoco quedamos debiendo. Y lo más importante: Katakandrú puede seguir caminando. Aquella noche no solo se aprobó un balance financiero. Se ratificó una convicción: que la cultura, cuando se trabaja con dignidad, también sabe producir sus propios recursos sin perder su esencia comunitaria.
Sobre el tesorero Hébert Motta
Yael Garaviño.
En medio de aquel tiempo de efervescencia juvenil, donde cada reunión parecía encender una chispa nueva y cada actividad reforzaba el sentido de pertenencia, surgían también figuras que, desde su propio temperamento, dejaban huella en la historia naciente de Katakandrú.
Uno de ellos fue Jael Garaviño.
Jael era un integrante bastante activo. Sentía una inclinación especial por la parte social y cultural, pues la consideraba de gran importancia dentro del proceso formativo del grupo. Siempre estaba presto a participar, a colaborar, a tender la mano donde hiciera falta. Aunque no estuviese vinculado de manera directa a algún comité o subgrupo, su disposición era constante y su diligencia ante las necesidades colectivas lo hacía visible y necesario.
Recuerdo que, después de la exposición de los símbolos —aquel momento en que definíamos emblemas, colores y sentidos de identidad—, tuvo un altercado con el presidente. Pero lejos de ser un conflicto irreconciliable, era el reflejo natural de los debates que solíamos sostener: discusiones intensas, sí, pero orientadas a confrontar ideas para que de ellas surgiera la mejor propuesta. Así éramos: apasionados, críticos, soñadores, convencidos de que el disenso también construía.
Sin embargo, algo empezó a cambiar.
Sin previo aviso, Jael fue tomando distancia. Primero dejó de asistir con regularidad; luego comenzó a aislarse. Su presencia, antes frecuente, se volvió esporádica. A las reuniones iba de cuando en vez, y ya no intervenía con el mismo entusiasmo de antes.
Con el tiempo supimos que su familia se había trasladado de barrio, hacia El Altico. Tal vez la distancia y las dificultades de transporte influyeron en su ausencia creciente. Cuando no lo encontrábamos en la universidad, se excusaba diciendo que tenía mucho trabajo, que sus responsabilidades habían aumentado, que incluso había sido nombrado docente fuera de la ciudad.
Poco a poco su figura se fue diluyendo en la cotidianidad del grupo, hasta que un día, sin que mediara despedida formal, dejó de aparecer. Intentamos buscarlo, reanimar su vínculo, rescatarlo de aquella apatía que parecía haberlo envuelto frente al proceso organizativo, pero no fue posible.
Así, Jael Garaviño se convirtió en uno de esos buenos elementos que partieron antes de tiempo: valiosos, recordados, inscritos con afecto en los anales de Katakandrú. Porque si algo tenía nuestra historia, era precisamente eso: hombres y mujeres que, aun cuando sus caminos se bifurcaron, dejaron sembrada una parte de sí en la memoria colectiva del grupo.
Cada ensayo contigo era algo más que práctica. Tenías esa chispa rara, esa genialidad serena que convertía cualquier encuentro en un momento especial. Bastaba que rasgaras las cuerdas para que el salón cambiara de aire, para que todos supiéramos que allí estaba pasando algo importante.
Pero tú no eras solo músico. Eras, ante todo, un libre pensador. Mientras afinabas voces o corregías acordes, también sembrabas ideas. Hablabas de política, sí, pero no de la que se queda en consignas huecas, sino de la que nace del compromiso con la comunidad, de la pregunta honesta por cómo vivir mejor, juntos. En ti, la música y la conciencia social caminaban de la mano, sin estorbarse, sin fingimientos.
¡Y qué disciplina la tuya al organizar los coros! Exigente, claro que sí, pero siempre atravesada por la alegría. Nos enseñaste que la música no estaba hecha solo para sonar bonito, sino para unir, para darnos identidad, para recordarnos que éramos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Y cuando tocabas como solista… el silencio se volvía respetuoso. Las palabras sobraban. Parecía que la guitarra hablaba por ti, diciendo lo que muchos sentíamos y no sabíamos cómo expresar.
Por eso hoy, al evocarte, no te recordamos solo como director musical, sino como ese hombre que entendió que cantar, tocar y pensar son actos profundamente políticos en el mejor sentido: actos que fortalecen al grupo, que dignifican al pueblo y que dejan huella.
Ese es tu legado, Jaime: habernos enseñado que la música, cuando nace del pensamiento libre y del amor por la gente, se convierte en fuerza colectiva y memoria viva.
Con gratitud y acordes eternos,
Katakandrú
Omar Cuéllar, Fulvio César Castro, Jaime Borrero y Constantino
En la memoria de Katakandrú hay nombres que se entrelazan como acordes de una misma canción: Omar Cuéllar, Fulvio César Castro, Jaime Borrero y Constantino Castro Zamora. Cada uno, desde su talento y su entrega, sostuvo un pilar del espíritu artístico del grupo.
🎶 Omar Cuéllar fue el ritmo. Con su conga marcaba la cadencia de las reuniones, y como cajero cuidaba que las cuentas estuvieran claras, porque sabía que la música necesitaba tanto corazón como orden. Su empeño era que el sonido nunca se apagara, que la alegría siguiera latiendo en cada encuentro.
🎨 Fulvio César Castro fue la forma. Pintor, escultor y ceramista, convirtió la memoria en obra tangible. Su creación más emblemática, la escultura de la Gaitana, se transformó en trofeo del Hexagonal Decembrino, llevando el arte al campo de juego y recordándonos que la cultura también se celebra en comunidad. Su voz era siempre un llamado a la unidad, a no dejar que Katakandrú se fragmentara.
🎸 Jaime Borrero fue la voz y el pensamiento. Director de coros, dúos y solistas, guitarrista que hacía hablar las cuerdas, y libre pensador que mezclaba música con compromiso político en favor de las comunidades. Su genialidad estaba en unir disciplina con libertad, melodía con reflexión, arte con conciencia social.
🎭 Constantino fue la escena y la palabra hecha vida. Como director de teatro, convirtió el escenario en aula, en tribuna y en espejo del barrio. Bajo su orientación, los cuerpos aprendieron a narrar lo que la voz callaba, y las obras se transformaron en actos de denuncia, memoria y esperanza. Su dirección no solo formaba actores, sino conciencias, haciendo del teatro una herramienta de educación popular y transformación colectiva.
Juntos, Omar, Fulvio, Jaime y Constantino fueron como un cuarteto invisible que sostenía la esencia de Katakandrú: ritmo, forma, voz y escena. Gracias a ellos, el club no solo tuvo música, arte y teatro, sino también identidad, cohesión y propósito.
Hoy, al recordarlos, no hablamos de hombres aislados, sino de un legado compartido que nos recuerda que Katakandrú fue, es y será más que un grupo: es una familia que canta, crea, representa y sueña unida.
El teatro nació dentro del grupo Katakos de manera incipiente y espontánea, como respuesta a una necesidad profunda de expresión y de encuentro colectivo. No surgió como un proyecto estructurado desde el inicio, sino como un impulso natural de los jóvenes por narrar sus realidades, sus inquietudes y sus sueños a través de la escena.
En sus primeras etapas estuvo conformado por siete integrantes: Steven Ramírez, Arquímedes (Archi), Eulises, Constantino Castro, Yolanda Morales, Humberto Flores y Adriana López Aristizábal. Cada uno aportó desde su sensibilidad, su compromiso y su deseo genuino de construir un espacio artístico para el barrio, donde el teatro fuera puente entre la cultura y la comunidad.
Los ensayos comenzaron a realizarse de manera constante todas las noches a partir de las 7:00 p. m., convirtiéndose muy pronto en un punto de encuentro cotidiano. Allí el arte se mezclaba con la amistad, el aprendizaje y la disciplina, en jornadas que fortalecían no solo las habilidades escénicas, sino también los lazos humanos del grupo.
En ese momento, la dirección estuvo a cargo de Steven Ramírez, quien cursaba estudios de arte dramático en el SENA. Desde esa formación transmitía con entusiasmo sus conocimientos, compartiendo técnicas, ejercicios y principios teatrales que motivaban al colectivo a asumir el teatro con seriedad, pero también con pasión, como una herramienta de transformación personal y comunitaria.
Las primeras presentaciones tuvieron lugar en el barrio Las Granjas, escenario natural de nuestras acciones culturales. Allí se dio a conocer una obra breve titulada “Hoja seca”. Creada por Constantino Castro, Aunque sencilla en su puesta en escena, esta obra marcó un hito significativo: representó el nacimiento formal del teatro dentro de Katakos y el inicio de un diálogo artístico directo con la comunidad que nos vio crecer.
Sin embargo, de manera inesperada, aquel proceso se vio abruptamente interrumpido. Steven Ramírez cayó gravemente enfermo, y un extraño mal fue apagando su vida hasta llevárselo prematuramente a la tumba. La pérdida resultó profundamente dolorosa. Primero, porque se trataba de un joven lleno de sueños, expectativas y proyectos de futuro; segundo, porque era un integrante activo y entrañable del grupo Katakos; y tercero, porque ejercía la dirección del teatro, siendo guía y motor de un proceso artístico que apenas comenzaba a florecer.
Su partida dejó una huella imborrable, pero también sembró una enseñanza: el teatro, como la vida, es frágil y valioso, y cada acto creativo guarda la memoria de quienes lo soñaron y lo hicieron posible.
Lloró el grupo. Lloró el barrio entero. Y hasta el cielo pareció sumarse al duelo. La lluvia cayó con fuerza, el agua se arremolinó en las calles y algunos árboles se inclinaron lentamente, como haciendo una última venia de despedida. Fue un momento de profundo silencio, dolor y reflexión que marcó para siempre la memoria colectiva de Katakos.
Ante aquel vacío humano y artístico, surgió también la responsabilidad de no dejar morir el proceso que Steven había iniciado. La dirección del grupo de teatro debía continuar, y fue entonces cuando asumió esa tarea el Licenciado en Lingüística Constantino, quien recogió la antorcha formativa desde la palabra, la escena y la conciencia social, dando continuidad al legado teatral que ya hacía parte del espíritu del colectivo.
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| Eulises, Archy, Constantino |
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| Teatro en Aipe |
A Katakandrú, por ejemplo, le correspondió recorrer escenarios emblemáticos: se presentó en Pitalito, Hobo, Aipe, San Agustín, en el majestuoso Salón Azul de la Gobernación del Huila, y en diversos barrios populares de la ciudad de Neiva, donde el público los recibió con entusiasmo y gratitud. Cada función era más que un espectáculo: era un acto de resistencia cultural, e aquí un ejemplo.
Llegamos cuando el sol ya se había rendido tras las montañas. Las luces en postes de madera colgaban de alambres tensos, titilando como luciérnagas cautivas. El tablado —hecho de tablas desiguales— crujía bajo los pasos de los actores que, entre bastidores de tela rústica, afinaban voces y nervios.
La función transcurría entre risas, aplausos y silencios atentos, hasta que la noche, que hasta entonces había sido cómplice, empezó a tornarse inquieta. Un viento frío bajó de repente por la quebrada, apagando dos de los focos. Las sombras crecieron, alargadas, movedizas, como si quisieran treparse al escenario.
Fue en ese instante cuando se escuchó el primer sobresalto: un golpe seco detrás del telón… luego otro, más cercano. El murmullo del público se volvió un hilo tenso. Algunos pensaron que hacía parte de la obra; otros, que algo no estaba bien.
De pronto, y sin previo aviso, aparecieron varios hombres armados hasta los dientes. Se ubicaron a un costado, observando la obra que habíamos preparado para aquellas festividades. Su presencia imponía, pero no interrumpieron. Permanecieron atentos de principio a fin.
Nos habían invitado porque ya conocían de nuestro grupo, por presentaciones anteriores realizadas en el propio municipio, contacto que se dio por intermedio de mi hermano Fulvio, docente de la vereda Santa Rita. Nosotros aceptamos sin prever lo que podía ocurrir aquella noche.
Terminada la jornada, nos tenían preparada una atención en la casa comunal. Café, algo de comer… y, para sorpresa nuestra, los hombres armados —muy amables— nos invitaron a compartir unos vinos con ellos. Querían dialogar sobre la actividad teatral, sobre el mensaje de las obras, y nos animaban a participar en el festival que tenían programado. Decían que no había problema, que ellos estaban allí para poner orden y que nada inconveniente ocurriría.
Las chicas del grupo agradecieron con cortesía, pero argumentaron que estaban cansadas y que se retirarían al lugar dispuesto para dormir. En cambio, los muchachos, ni cortos ni perezosos, aceptaron la invitación y se quedaron a festejar.
Yo, como director, me quedé conversando. Hablamos de política actual, de música revolucionaria, de teatro contestatario, de la fuerza del arte en los territorios olvidados. La charla se extendió por horas, entre copas servidas con respeto y palabras que iban y venían entre la confianza y la prudencia.
A mi lado permanecía Panchi Esperanza, silenciosa, observadora. Después de un buen rato, suavemente me dio un codazo, como diciéndome sin palabras que ya era hora de retirarnos. La noté nerviosa entre tanto hombre armado… y, para ser franco, yo también empezaba a sentir el peso del desvelo y la tensión acumulada.
Le entendí el gesto.
Me puse de pie, me despedí del comandante del grupo, quien me agradeció el trabajo cultural, musical, teatral y dancístico que habíamos llevado hasta ese lugar. Sus palabras fueron sinceras, casi cálidas.
Salimos entonces hacia la noche cerrada de Santa Rita. Y mientras caminábamos rumbo al alojamiento, con el eco lejano de las voces aún encendidas en la casa comunal, comprendí que aquella había sido, sin duda, una noche de sobresalto… pero también una noche donde el teatro, una vez más, había logrado tender un puente improbable en medio de la incertidumbre.
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| Monologo del director Constantino |
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| Apayayú, Julia, Armando |
—Apendicitis —respondió el joven con serenidad—. Me van a operar, pero el cirujano llega mañana. Me dieron un calmante para el dolor y, mientras la enfermera se descuidó, hablé con el celador, un viejo amigo. Me dio una hora. Vine a cumplir con la obra y luego regreso al hospital.
El silencio fue absoluto. Todos quedaron asombrados por la valentía y el compromiso del muchacho. Su decisión no era solo un acto de rebeldía, sino una declaración de amor al teatro y a su grupo. Con el rostro pálido pero la mirada encendida, Apayayú se incorporó al elenco como si nada hubiera ocurrido.
La función comenzó con una energía distinta, cargada de emoción y gratitud. Cada parlamento resonaba con fuerza, cada gesto tenía el peso de la entrega. El público, exigente y crítico, se rindió ante la intensidad de la representación. Los aplausos al final fueron atronadores, un reconocimiento no solo a la obra, sino al espíritu indomable de quienes la hicieron posible.
Al terminar, los compañeros acompañaron nuevamente a Apayayú al hospital, como si escoltaran a un héroe que había cumplido su misión. Esa noche quedó grabada en la memoria colectiva como una lección de coraje, amistad y pasión por el arte: el teatro que se hace con el alma, incluso cuando la vida parece interponerse.
Katakandrú: Herencia y Genealogía del Teatro
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| Desfile en Neiva |
Su espíritu también dialogaba con el teatro renacentista de Shakespeare, que convirtió las pasiones humanas en universos dramáticos, y con las vanguardias del siglo XX: el teatro épico de Brecht, que llamaba a la conciencia crítica; el teatro de la crueldad de Artaud, que sacudía el alma; el absurdo de Ionesco y Beckett, que revelaba la fragilidad de la existencia; y la búsqueda ritual de Grotowski, que devolvía al actor la esencia sagrada del cuerpo y la voz.
En Neiva, Katakandrú fue más que un grupo: fue escuela y semillero. Allí, algunos de sus integrantes descubrieron que el teatro no era solo afición, sino destino. Convirtieron la práctica en profesión, se formaron como actores y directores, y más tarde se transformaron en maestros, multiplicando el legado y sembrando nuevas generaciones de artistas.
Cada foro, mesa redonda o simposio en que participaban era un espacio de diálogo con la historia del arte: se discutía sobre Dostoyevski, sobre la creación colectiva, sobre el coro clásico y las nuevas dramaturgias contemporáneas. Katakandrú no solo representaba obras: pensaba el teatro, lo cuestionaba, lo reinventaba.
Así, entre escenarios populares y debates intelectuales, Katakandrú se consolidó como un pilar cultural de Neiva, un grupo que trascendió su tiempo y su espacio para inscribirse en la genealogía del teatro universal. Su legado fue doble: el arte vivido en escena y la semilla que germinó en sus integrantes, quienes, al convertirse en maestros, aseguraron que la llama del teatro siguiera ardiendo en la ciudad y en la memoria
OTRA ACTIVIDAD CULTURAL: LAS DANZAS
Hablar de la importancia de las danzas dirigidas por Ariari Garaviño es reconocer uno de los capítulos más sensibles y formativos de Katakandrú. Si el teatro despertaba la conciencia y la música afinaba el espíritu, la danza enseñaba disciplina, elegancia y pertenencia cultural.
Las vicisitudes de Constanza Artunduaga
Pasó cerca de un año sin que volviéramos a saber nada de Constanza Artunduaga. Su ausencia fue primero un rumor, luego una inquietud, y finalmente un silencio que empezó a doler. Nadie tenía noticias ciertas. Hasta que un día, casi como quien lanza una piedra al agua quieta, alguien preguntó:
| Constanza Artunduaga |
—¿Han visto a Constanza?
La respuesta fue unánime: no.
Fue entonces cuando Donal nos dijo en voz baja que la había visto, pero que estaba “transformada”. Aquella palabra quedó suspendida en el aire. Insistimos. Él bajó la mirada y agregó que de aquella hermosa niña, llena de gracia y luz, casi no quedaba nada; que parecía una sombra de sí misma.
No dudamos. Rosalba, Doris, Ebert y yo fuimos hasta su casa. Al principio no quiso recibirnos. Le daba pena, dijo su hermana Rosa. Pero después de insistir con cariño, y cuando finalmente cruzamos la puerta, Constanza nos vio… y rompió en llanto.
No preguntamos de inmediato. La dejamos desahogarse. El silencio fue nuestro primer gesto de respeto.
Cuando pudo hablar, comenzó a contarnos.
Nos recordó lo que todos conocíamos: que el hombre con quien se había casado era dicharachero, amable, expansivo, aparentemente cariñoso. Los primeros seis meses —según ella— fueron aceptables. Salían a bailar, comían fuera, parecía una vida normal. Pero había algo que entonces no dimensionó: los celos.
Celos que pronto se convirtieron en control.
Una visita inocente de un amigo bastó para que todo cambiara. Daniel —así se llamaba su esposo— reaccionó con furia desmedida. A partir de allí, comenzaron los maltratos, las sospechas infundadas, la prohibición de hablar con amigas o vecinos. Constanza intentó irse, pero él alternaba agresividad con episodios de aparente ternura, convenciéndola de quedarse.
El aislamiento fue creciendo.
Luego vino el traslado a una pequeña casa campestre, cerca del municipio de Rivera. Él le prometió tranquilidad, turismo, las aguas termales, un nuevo comienzo. Pero fue todo lo contrario. Allí el control se volvió extremo. La dejaba encerrada por largos periodos. La mantenía incomunicada. El abandono y la humillación se hicieron cotidianos.
Constanza comenzó a perder peso, a enfermarse, a debilitarse física y emocionalmente. Él traía medicamentos, le aplicaba inyecciones, decidía sobre su cuerpo y sus movimientos. Cuando llegaba bajo efectos del alcohol, la acusaba sin fundamento y la agredía. Otras veces organizaba reuniones escandalosas que duraban días, mientras ella permanecía relegada, invisible.
Así transcurrieron casi seis meses.
Cuando nos lo contaba, apenas era un cuerpo frágil sostenido por la voluntad. Nos dijo que llegó a pensar que ese sería su final.
Hasta que un día, en medio de uno de esos episodios de desorden, escuchó por la radio la noticia: Daniel había sufrido un accidente cerca del cementerio. Su automóvil se había incendiado tras chocar con un camión. Los ocupantes no sobrevivieron.
Fue así como terminó aquella historia.
Más tarde supo que el hombre con quien se había casado no era simplemente un vendedor de rifas, como le había hecho creer, sino alguien vinculado a estructuras oscuras que ella nunca imaginó.
Cuando terminó de hablar, el silencio volvió a llenar la habitación.
—Aquí me tienen —nos dijo—. Me estoy recuperando gracias a mi familia y a mi padre.
Aquella visita nos cambió. Ya no era solo la historia de una integrante del grupo de danzas. Era el retrato de cómo la ingenuidad, el enamoramiento y el aislamiento pueden convertirse en una prisión invisible.
Constanza empezaba un proceso lento de reconstrucción. Y nosotros, sin saberlo, también comenzábamos a comprender que la cultura no solo forma artistas: también puede ser refugio, red de apoyo y salvación.
Durante algunas semanas la visitamos con frecuencia. La vimos recuperar algo de peso, algo de color en el rostro, algo de luz en la mirada. No era la misma joven que giraba con gracia en los ensayos, pero tampoco era ya aquella sombra que encontramos el primer día. Estaba volviendo, paso a paso, sostenida por el cariño firme de su familia.
Entonces, Don José —su padre— tomó una decisión definitiva. Entendió que el barrio, las calles y hasta los recuerdos podían convertirse en ecos dolorosos. Vendió la casa. Quería empezar de nuevo, lejos de los murmullos, lejos de las miradas compasivas, lejos de todo lo que pudiera revivir el pasado.
La familia se trasladó a otro lugar. Supimos que probablemente se fueron hacia Ibagué, buscando un nuevo comienzo en tierras distintas. Y así, casi sin despedidas formales, se fue perdiendo el contacto con Constanza Artunduaga. No hubo cartas. No hubo noticias posteriores. Solo quedó la memoria.
A veces, cuando en Katakandrú hablábamos de las danzas y evocábamos aquellos ensayos bajo la dirección de Ariari Garaviño, alguien mencionaba su nombre y el silencio se hacía respetuoso. Porque Constanza no fue solo una bailarina del grupo; fue una historia viva de fragilidad y fortaleza, de caída y reconstrucción.
Se marchó físicamente, sí. Pero en la memoria del grupo quedó su sonrisa primera, la que giraba al compás del Sanjuanero, antes de que la vida la enfrentara a pruebas tan duras. Y así terminó su capítulo entre nosotros: no con un aplauso final, sino con una despedida silenciosa que el tiempo convirtió en recuerdo.
Pero lo que vendría después, tanto para ella como para el grupo, abriría otro capítulo que merece contarse con la misma verdad y la misma memoria.
SALIDA A LA CABECERA DEL RIO LAS CEIBAS
Entre tantas escenas que el tiempo no ha logrado borrar, siempre vuelve a mí aquella salida recreativa a la cabecera del río Las Ceibas. Tal vez porque en ella estuvo todo lo que éramos: la aventura, la improvisación, el conocimiento aprendido a fuerza de camino… y, por supuesto, la risa inevitable.
Fuimos a acampar con la emoción intacta, sin sospechar que la noche nos recibiría con lluvia persistente. El río, crecido y turbio, se volvió barrial y rebelde, negándonos algo tan básico como el agua para beber o preparar el almuerzo. Pero ya para entonces no éramos principiantes. La experiencia como grupo excursionista nos había enseñado que la naturaleza siempre ofrece alternativas a quien sabe observarla. Vamos a aprender este paso, para construir un filtro natural y obtendremos agua para el almuerzo y para tomar:
Instrucciones:
Primero vamos a elegir el lugar correcto, una zona a 1–3 metros de la orilla, preferiblemente aranoso o con grava: Luego excavaremos un hoyo, de 30-50 cm de profundidad. Después esperamos a que el hueco se llene de agua, la sacamos y cubrimos el fondo con grava fina, un pedazo de tela, carbón vegetal, otro pedazo de tela, y ahora si esperamos a que se llene de nuevo.
Es así que, en una quebrada turbia, laguna lodosa o vertiente de dudosa procedencia, el agua visible puede estar contaminada con sedimentos superficiales. Pero debajo del suelo, el agua se filtra lentamente a través de capas de arena y grava. Ese proceso elimina:
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Partículas grandes de barro. Residuos vegetales. Parte de los microorganismos asociados al sedimento
El agua que brota en el hoyo no es “milagrosa”, sino naturalmente filtrada por el suelo; de todas maneras, hay que hervirla.
De este modo, sacamos agua para el almuerzo ya que la quebrada estaba toda llena de barro y no nos permitía tomarla directamente.
A la hora del almuerzo, la responsabilidad nos cayó a Ever y a mí, como tantas otras veces. Mientras el resto del grupo se iba de excursión por el lugar o intentaba pescar en una charca cercana, con nosotros se quedaba casi siempre alguien más. Aquella vez fue Esperanza, nuestra “Panchi”, como la llamábamos con cariño. Era imposible no notarla: no solo por su belleza, sino por su forma de estar, amable, cercana, con esa presencia que hacía todo más liviano. A mí me gustaba, lo confieso ahora sin apuros, por su calidad de mujer y por esa mezcla de sencillez y alegría que a todos nos atraía.
Colocamos la olla del sancocho debajo de un árbol frondoso, sin reparar en un detalle que luego resultaría decisivo: en la parte alta del árbol reposaban gusanos, invisibles hasta que la sopa empezó a hervir. Fue entonces cuando, uno a uno, comenzaron a caer dentro de la olla, como si la naturaleza hubiera decidido poner a prueba nuestro temple.
Cuando nos dimos cuenta, el sancocho ya estaba listo. Nos miramos en silencio, sin saber qué hacer. Perder el almuerzo no era opción. El hambre, el cansancio y la responsabilidad pesaban más que el asco momentáneo. Ever, sin dramatizar, tomó un colador y con una paciencia que aún admiro, fue sacando los gusanos uno por uno. Luego probó la sopa, levantó la mirada y dijo, con absoluta convicción, que estaba exquisita. Solo pidió una cosa: que no le dijéramos a nadie.
Panchi, entre la duda y el hambre, dijo que creía no poder probarla… pero al final lo hizo. El estómago, como suele pasar en el monte, fue más fuerte que el desagrado. Sellamos el secreto con una risa nerviosa y servimos el almuerzo cuando el grupo regresó.
Todos comieron. Todos repitieron. Y todos coincidieron en que la sopa tenía un sabor delicioso, distinto, especial. Panchi no aguantó más. La risa la traicionó y contó el suceso completo. Esperábamos reproches, quizá gestos de asco tardío. Pero no. Lo que siguió fue una carcajada general, bromas sin malicia y esa capacidad tan nuestra de convertir el error en anécdota.
Así era Katakandrú. Incluso en lo inesperado, incluso en el error, había aprendizaje y comunidad. Nadie se ofendió, nadie señaló. La risa nos volvió a unir alrededor de la olla, del fuego y de la historia que, desde entonces, quedó para siempre entre las que se cuentan una y otra vez.
Hoy, al recordarlo, entiendo que esas salidas no eran solo recreativas. Eran ensayos de vida. Aprendimos a confiar, a resolver, a reírnos de nosotros mismos. Y en medio del barro, la lluvia y un sancocho improbable, también aprendimos que la memoria se construye con momentos así: imperfectos, humanos y profundamente nuestros.
Con afecto y sonrisa intacta,
desde la memoria compartida de
Katakandrú
| Carlos "el flaco" |
principio a ingresar a la universidad. Esa decisión lo mantuvo alejado del club, pues la condición para ser miembro era estar inscrito en un plantel educativo. Finalmente, y tras insistencias, Carlos aceptó estudiar, lo que abrió la puerta para que se integrara plenamente al grupo.
María Eugenia Cuéllar
| María Eugenia Cuellar |
Una tarde de reunión, llegó con esa sonrisa anticipada que delataba travesura. Apenas se acomodó, levantó la mano y anunció con solemnidad fingida:
—Muchachos, anoche soñé con Leónidas.
De inmediato, el grupo entero reaccionó al unísono:
—¿Y qué soñaste?
María Eugenia respiró hondo, como quien se dispone a narrar una epopeya, y comenzó su relato. Dijo que en el sueño habíamos salido todos a bañarnos a Las Ceibas, que el día era claro, el agua fresca y el grupo entero reía y chapoteaba sin preocupaciones. Pero de pronto, en medio del alboroto, alguien gritó que Leonidas se estaba ahogando. Cundió el pánico: unos gritaban “¡Sáquenlo!”, otros pedían ayuda, y el caos parecía inevitable.
Entonces —contaba ella—, se puso de pie con absoluta calma y alzó la voz para tranquilizar a todos:
—No se preocupen.
El silencio fue inmediato.
—¿Y por qué no? —preguntaron en coro.
María Eugenia remató el sueño con la naturalidad más despiadada y sincera:
—Pues simple… él no se va a ahogar, porque la mierda flota.
La carcajada fue general. Las risas estallaron como si el sueño hubiera ocurrido de verdad, y Leónidas, convertido en protagonista involuntario, La miro como perforando su rostro, pero no tuvo más opción que reírse de sí mismo.
Así era María Eugenia: irreverente sin maldad, directa sin rodeos y con ese humor que desarmaba cualquier solemnidad. En Katakandrú, su risa y sus historias fueron también una forma de resistencia, una manera de recordarnos que incluso en los relatos más simples —o más escatológicos— había un lazo de complicidad que nos hacía sentir familia.
Algunas historias no se cuentan para recordar el dolor, sino para entender la fortaleza que nace después de él. La de Doris Álvarez es una de esas. Quienes compartimos con ella los años universitarios sabemos que siempre iba un paso más allá del deber: atenta, solidaria, pendiente de que nadie quedara atrás. En especial de las mujeres que, noche tras noche, emprendían el regreso a las granjas de la Universidad Surcolombiana hacia el barrio, atravesando caminos oscuros donde la compañía era una forma de protección y de resistencia.
Solíamos esperar hasta que el grupo estuviera completo. No era una regla escrita, sino un pacto tácito: caminar juntas alrededor de las diez de la noche, cuando el silencio del camino se volvía más denso y el miedo se disimulaba con conversaciones y risas. Aquella noche, sin embargo, el orden se quebró. Un altercado menor, una prisa que no parecía peligrosa, y Doris avanzó junto a una de sus hermanas, dejando atrás —sin intención— al resto del grupo.
Lo que ocurrió después fue abrupto e injusto. Un hombre, al volante de una camioneta y bajo los efectos del alcohol, irrumpió en el camino. El golpe fue tan rápido como devastador. El estruendo nos alertó a quienes veníamos detrás. Corrimos, la encontramos herida y la llevamos de inmediato al hospital. Desde ese día, Doris cargó una huella física que la acompañaría para siempre.
Pero nunca fue la cicatriz lo que definió su historia. Lo verdaderamente memorable fue la manera en que siguió adelante, sin permitir que la violencia dictara su identidad ni su destino. Años después, Doris decidió poner en palabras lo que aquella noche le dejó. No como lamento, sino como afirmación de vida. Esta es su carta.
Carta de Doris Álvarez
Queridos compañeros, queridas compañeras de camino:
Hay noches que no se olvidan. No porque hayan sido luminosas, sino porque en su oscuridad nos revelan quiénes somos de verdad. Una de esas noches me alcanzó a la salida de la Universidad Sur colombiana, cuando, como tantas veces, me quedé pendiente de que nadie caminara solo. Siempre creí —y sigo creyendo— que cuidarnos entre nosotros es una forma silenciosa de amor.
Ese día algo se rompió en el orden habitual. Un desacuerdo pequeño, una prisa innecesaria, y mi hermana y yo tomamos el camino antes que el resto. El barrio nos esperaba al final de un trayecto oscuro, de esos que obligan a caminar con el corazón atento. Nunca imaginé que en ese trayecto mi vida quedaría marcada para siempre.
No recuerdo con precisión el rostro del hombre ni el color exacto de la camioneta. Sí recuerdo el golpe seco, la sorpresa, el miedo breve que paraliza y luego se convierte en silencio. Después vinieron ustedes: las voces corriendo, los pasos apresurados, las manos amigas que me sostuvieron y me llevaron al hospital. En medio del dolor, no estuve sola. Y eso lo cambió todo.
Desde entonces cargo una huella en el rostro. Al principio pensé que esa marca sería un límite, una frontera entre lo que fui y lo que vendría. Con el tiempo entendí que no todas las cicatrices restan; algunas enseñan a mirar más hondo.
La marca quedó en mi piel, pero no tocó lo esencial. No se llevó mis ganas de reír, ni mis sueños, ni la certeza de que la vida, incluso cuando hiere, también educa. Aprendí a no esconder el rostro ni la historia. Aprendí que la dignidad no se borra con un golpe y que la belleza verdadera no pide permiso para existir.
Si algo deseo que recuerden de mí no es esa noche, ni la cicatriz que vino después. Ojalá recuerden la forma en que seguimos caminando juntos, el compromiso con los otros, la alegría compartida aun cuando duele, la luz que no se apaga porque nace por dentro.
La vida deja marcas, es cierto. Pero somos nosotros quienes decidimos si esas marcas nos encogen o nos ensanchan el corazón. Yo elegí seguir de pie, seguir creyendo, seguir cuidando.
Con gratitud y esperanza,
Doris Álvarez
La carta de Doris no buscaba explicaciones ni absoluciones. Era, más bien, una manera de devolverle sentido a una experiencia que pudo haberla reducido y que, sin embargo, la ensanchó. Al leerla, entendimos que no todas las violencias logran su cometido. Algunas fracasan porque se encuentran con personas que saben transformar el golpe en conciencia y el miedo en firmeza.
Para nosotros, la huella en su rostro dejó de ser una señal de daño y se volvió un recordatorio. Nos recordó que la juventud no fue solo entusiasmo y sueños, sino también riesgo, cuidado mutuo y aprendizaje duro. Nos recordó que caminar juntos no era una costumbre ingenua, sino una decisión política y humana frente a un entorno que muchas veces nos fue adverso.
Doris siguió siendo la misma: comprometida, luminosa, atenta a los otros. La marca nunca habló más fuerte que su risa ni más alto que su manera de estar presente. Con el tiempo comprendimos que su verdadera herencia no estaba en la cicatriz, sino en la lección silenciosa que nos dejó: la dignidad no se negocia, la solidaridad salva, y la fortaleza no siempre grita, a veces simplemente permanece.
Hoy, al volver sobre esta historia, no la contamos para fijarla en el dolor, sino para reconocer en ella una de las tantas formas en que aprendimos a resistir sin endurecernos. Doris es parte de esa memoria compartida que nos recuerda que la vida puede golpear, pero no siempre vence; que algunas personas, aun heridas, siguen iluminando el camino de los demás.
Ese día del ensayo fuimos invitados los muchachos del grupo de Katakaos. Ariari quería que observáramos el baile de Olga y le hiciéramos algunas sugerencias para que mejorara, pues la idea era ganar en el encuentro del San Pedro.
Llegaron principalmente las niñas del grupo de danza: Derly, Laura, Constanza, Martha y Amparo, Ederle todas con el deseo de aprender. Mientras esperábamos al bailarín —Alex Amézquita, muchacho de Las Granjas—, Ariari aprovechó para marcar el rumbo del ensayo.
—Antes de las figuras —dijo—, hay que dominar la base.
Entonces le indicó a Olga que repasarían los tres pasos fundamentales del Sanjuanero. Primero, el caminado, que debía ser suave, seguro, casi como si se deslizara sobre el suelo. Luego el bambuqueado, donde el cuerpo empezaba a tomar vida con ese balanceo propio del bambuco, marcando el ritmo con naturalidad. Finalmente, la contradanza, más exigente, donde la coordinación y la elegancia se volvían imprescindibles, Había que marcar los tres cuartos de tiempo. Ritmo de vals aplicado al bambuco.
—Sin esto —insistía Ariari— no hay danza, solo pasos sueltos.
Cuando llegó Alex, el ensayo tomó forma completa. Entraron entonces a trabajar las figuras, esas que cuentan realmente la historia del baile. Comenzaron con la salida, firme, bien plantada, como una declaración de presencia. Luego vinieron los cruces, donde la pareja se encontraba y se esquivaba en un juego de trayectorias.
Siguió el ocho, que Olga realizaba de manera espectacular, dibujando en el espacio esa figura con un coqueteo natural que arrancaba miradas. Después pasaron a la arrodillada, y contradanza donde Alex, con respeto y galantería, se rendía ante ella en un gesto clásico de conquista. Ariari hizo repetir esta figura varias veces.
La exigencia aumentaba. Llegaron a la levantada de la chica y coordinación de piernas, precisa, medida en los tres cuartos del bambuco, donde el tiempo no podía fallar. Luego vino la Toma y arrastrada del ala del sombrero, uno de los momentos más observados, donde Alex desplegaba toda su intención mientras Olga respondía con gracia.
—Más elegancia, más mirada —repetía Ariari.
Entraron entonces al secreteo y el rechazo, donde no bastaba con sonreír: había que dialogar con el cuerpo. Allí aparecía el escobillado, ese movimiento sutil y veloz de los pies que parecía barrer el suelo, aportando ligereza y picardía al paso. Olga lo ejecutaba con naturalidad y gracia; a mí me parecía impecable, pero Ariari, fiel a su exigencia, siempre encontraba algo por pulir. De pronto hizo detener la música y la increpó con firmeza:
—¡Aquí es donde se gana la corona! Aquí tiene que haber coqueteo de verdad, entrega total… ¡comunicación con el parejo!
El ambiente cambió. Ya no era solo un ensayo: era el momento en que la danza debía volverse verdad
Finalmente llegaron a la perseguida, donde Alex iba tras ella y Olga escapaba con esa mezcla de juego y dominio, hasta desembocar en la salida final, donde todo se detenía y quedaba dibujada en el espacio la planigrafía completa de la danza.
Fue entonces cuando Leónidas hizo su aparición y, con voz encendida, rompió el aire con un grito que nos estremeció:
—¡Viva la danza de Inés García de Durán! ¡Viva el Sanjuanero, legado de Anselmo Durán Plazas, creadores de este ritmo y de esta expresión viva de nuestra danza folclórica!
Sus palabras no fueron solo un grito: fueron una invocación. Resonaron en el pecho de todos, como si despertaran algo antiguo, profundo, que nos pertenecía. Nadie aplaudió de inmediato. Nadie se movió. El silencio que siguió no fue vacío, fue reverente… casi sagrado.
En ese instante comprendimos que no habíamos asistido simplemente a un ensayo. Lo que ocurrió allí fue otra cosa: una ceremonia. Una historia viva contada con el cuerpo, donde cada paso era memoria, cada giro una promesa y cada mirada un acto de conquista.
Y entonces, sin necesidad de palabras, supimos que el Sanjuanero no se baila… se honra.
Desde este lecho donde la enfermedad me ha ido consumiendo, quiero dejarles un recuerdo que no se marchite, porque la memoria es más fuerte que la carne y el espíritu danza aun cuando el cuerpo se apaga.
Recuerdo aquel tiempo luminoso en que fui elegida representante de nuestro barrio Las Granjas y de Katakandrú en el Festival del Bambuco a nivel municipal. ¡Qué júbilo tan inmenso! Todo el grupo se volcó en mi causa, como si mi nombre fuera el estandarte de todos.
Me acompañaron en cada ensayo del sanjuanero huilense y, bajo la guía de Fulvio, el escultor, levantaron con sus propias manos la carroza que habría de llevarme en los desfiles: una majestuosa flor de mayo, abierta en todo su esplendor, símbolo de vida y celebración. Y allí, en su centro, iba yo, erguida y radiante, resplandeciente —pero no por mí misma—, sino por todo lo que ustedes habían puesto en ella, como si fuera el corazón vivo de nuestra obra colectiva.
Se armó la comparsa con guitarras, tambores, chuchos, carrascas y esterillas; un tejido de música y alegría que todavía resuena en mi memoria. Cada quien ofreció lo mejor de sí: unos aportaron materiales, otros dinero, y muchos más su esfuerzo incansable en actividades para reunir recursos.
Por eso hoy quiero decirles algo que tal vez no supe expresar en ese momento: yo no era solo Olga avanzando hacia el festival; éramos todos. Era un sueño colectivo el que tomaba forma, una hermandad entera latiendo en un mismo propósito. Yo no era solo Olga; era la voz y el rostro de cada uno de ustedes.
También hubo pruebas al redero de nuestro nuestro espíritu solidario. Carlos, en medio de la multitud y recién pagado, fue despojado de su dinero. Se quedó sin un centavo para las festividades y, aun así, ustedes —mis hermanos de Katakandrú— lo acogieron con generosidad, llevándolo a cada actividad sin costo alguno, porque la verdadera riqueza siempre fue la unión.
Y tú, Constantino, también viviste tu propio sacrificio. La boleta que te correspondía se extravió y no pudiste entrar al estadio. Te trepaste a un árbol cercano, como un vigía de la esperanza, y desde allí contemplaste fragmentos de las danzas. Luego caminaste de regreso al barrio junto a Mónica Motta y otros amigos, riendo en la penumbra, como si esa caminata también hiciera parte de la fiesta.
Al final, mi nombre resonó en la plaza con fuerza y emoción: ocupé el primer lugar. Fui coronada Reina Popular de Neiva, convirtiéndome además en la primera reina en ganar este encuentro folclórico para las granjas, un logro que no fue solo mío, sino de todos nosotros. Aquel triunfo fue de Katakandrú y del barrio Las Granjas, porque la gloria no estaba únicamente en la corona, sino en la carroza que construimos juntos, en las risas compartidas, en la dignidad con la que representamos nuestra historia y nuestra gente.
Hoy, mientras la enfermedad poco a poco me aparta de este mundo, quiero que sepan que ese recuerdo es mi legado. No lloren por mí: recuerden la danza, el brillo de las carrozas, la solidaridad que nos hizo invencibles. Yo me voy, sí, pero en cada bambuco, en cada paso del sanjuanero, seguirá latiendo mi espíritu.
Con amor eterno,
Olga Fierro
Olga nos dejó sus últimas palabras: un adiós sereno, lleno de gratitud y de vida. Cuando leímos su carta, el corazón se nos arrugó de tristeza. Nadie habló. El silencio nos abrazó a todos, como si en ese instante comprendiéramos la dimensión de su despedida.
Y entonces, como si las palabras necesitaran transformarse para no quebrarse, nació el poema:
| Olga Lucia Fierro |
Ave del jardín y lentamente salió de mi inspiración para ella
Fue una pequeña ave
en un jardín florecido,
buscando la miel secreta
en el aroma esparcido.
Se sabía victoriosa,
reina leve del instante,
muy alegre y entusiasta
entre perfumes flotantes.
Era hermosa, era risa,
era canto que abrazaba
pétalos de mil colores
que su cuerpo iluminaba.
Quiso probar en su espacio
otras mieles, y sabores,
otros cielos y conocer
sin temor, otros fulgores.
Pero la vida, de repente,
le susurró nuevo camino,
y ese temblor en el tiempo
cambió conciencia y destino.
Y supo —quizás al final—
el verdadero valor:
el amor que permanece,
la amistad que no se apaga,
y la alegría…que nunca muere.
Recuerdo, por ejemplo, a Eulises Castro, vinculado al teatro y siempre dispuesto cuando su participación era necesaria. Eulises tenía un pequeño gimnasio, construido con elementos rústicos de cemento y ladrillo, un espacio sencillo pero lleno de vida. Allí nos reuníamos distintos jóvenes para ejercitarnos, fortalecer el cuerpo y cultivar la disciplina física. Ese lugar, más que un gimnasio, era un punto de encuentro, y Eulises era el promotor incansable de esas jornadas. Esa fue su forma de entrega al grupo.
Eulises: el héroe de las pesas y las tablas
En Katakandrú no todos los héroes empuñaban espadas ni recitaban discursos memorables. Algunos, como Eulises, cargaban mancuernas de cemento y hablaban poco, pero cuando lo hacían, dejaban huella. Su nombre ya venía con destino épico: como el de La Odisea, ingenioso, persistente y siempre metido en travesías improbables, aunque las suyas transcurrieran entre ladrillos, sudor y risas.
Eulises era el dueño de un gimnasio rústico, casi artesanal, construido con más entusiasmo que presupuesto. Allí no había máquinas sofisticadas ni espejos elegantes, pero sí barras improvisadas, pesas hechas a mano y una disciplina que nos hacía sentir atletas olímpicos… al menos hasta que al día siguiente no podíamos ni caminar. Ese lugar no solo forjaba músculos: también templaba el carácter.
Paradójicamente, aquel cuerpo de fortachón escondía una timidez notable. A Eulises le costaba más levantar la voz frente al público que levantar cien kilos del suelo. Por eso, un día decidí lanzarlo a otra odisea: el teatro. Le propuse que se uniera al grupo para perder el miedo a la palabra, soltarse frente a la comunidad y, siendo sinceros, porque el escenario también lo necesitaba a él. Hacía falta un personaje fuerte, imponente, alguien que llenara el espacio sin decir mucho… y ese era Eulises.
Al principio dudó. Pero aceptó. Y como buen héroe silencioso, terminó convirtiéndose en un gran actor. El escenario lo transformó: donde antes había timidez, apareció presencia; donde había silencio, surgió carácter. El público aplaudía y él, sorprendido, entendía que también podía conquistar sin usar los músculos.
Pero si de epopeyas se trata, ninguna como aquella noche en que Fulvio, Carlos y Eulises decidieron que tres hombres y una moto eran una combinación perfectamente razonable. Iban rumbo a un acto cultural, desafiando las leyes de la física y el sentido común. Cumplida la misión, Fulvio, generoso como siempre, los invitó a comer pollo en un sitio llamado Las Vegas, donde el banquete fue digno de reyes… o al menos de héroes con hambre.
Antes de despedirse, Fulvio tuvo un gesto noble: pidió que llevaran un bocado a sus padres, doña Beatriz y don Sixto. Así que emprendieron el regreso con una caja de pollo cuidadosamente protegida. Todo iba bien hasta que, en plena vía, apareció un perro con vocación de villano mitológico. El susto fue tal que los hizo caer del vehículo en una coreografía improvisada.
Se levantaron como pudieron, recogieron la caja —milagrosamente intacta por fuera— se sacudieron el polvo y siguieron su camino con dignidad. Al llegar a la casa, entregaron la encomienda a don Sixto con solemnidad. Pero la verdadera escena teatral vino después, cuando doña Beatriz abrió la caja: dentro solo reposaba un solitario pedazo de yuca. El pollo había desaparecido, seguramente salió volando en la caída, cumpliendo su propia odisea gastronómica.
Así era Eulises: fuerte como pocos, tímido como niño, actor por sorpresa y protagonista de historias que hoy nos siguen arrancando carcajadas. En Katakandrú, su legado no fue solo el músculo, sino la certeza de que incluso los más callados guardan epopeyas enteras esperando ser contadas.
Ricardo Castro, por su parte, encontraba su lugar en la música. Siempre con una guitarra entre manos, molestaba, ensayaba, improvisaba. Pero su aporte iba más allá: fue pieza importante en el equipo de microfútbol y también en la coral dirigida por Jaime Borrero, donde su sensibilidad artística encontraba otro cauce.
Edgar Cuéllar tuvo un paso por la mesa directiva en los inicios del grupo, aunque muchos lo recuerdan especialmente por su destacado desempeño en el fútbol. Al igual que Ulises, Edgar contaba con un gimnasio, un poco más sofisticado, acorde con su formación, pues ambos eran estudiantes de Educación Física. En ellos, el deporte no era solo competencia, sino formación y comunidad.
Estaba también Humberto Flores, siempre dispuesto a colaborar cuando se trataba de asuntos legales. Su trabajo en el área de impuestos y catastro lo convertía en un apoyo clave cuando el grupo necesitaba orientación en esos temas que pocos dominaban, pero que eran necesarios para avanzar con orden.
Armando Castro, aunque era el más joven del grupo, dejó una marca profunda. Fue quien lideró la formación de los jóvenes “Lobitos”, inspirados en los Boy Scouts. Los Lobitos tenían su propio grupo de teatro, danzas y música; eran los niños que llenaban de alegría los encuentros y renovaban el espíritu del colectivo.
En el ámbito deportivo también estuvo Ricardo Bello, comprometido especialmente con el microfútbol y el fútbol. En los primeros tiempos fue integrante de la mesa directiva y contribuyó a consolidar esa dimensión deportiva de Katakandrú.
No puedo dejar de mencionar a Estiben Ramírez, quien fundó el grupo de teatro de Katakandrú. Por motivos de salud tuvo que alejarse, y con el tiempo se nos fue para siempre. Su partida dejó un vacío, pero su legado artístico permanece en la memoria del grupo.
Carta de Estivenson Ramírez A Katakandrú,
a mis compañeros,
a mis hermanos de escena:
Escribo estas palabras desde un lugar silencioso, donde el cuerpo ya no acompaña como antes, pero la memoria sigue despierta. Aquí, en esta quietud obligada, los recuerdo a todos. Uno por uno. Como si aún estuviéramos reunidos antes de un ensayo, esperando la señal para empezar.
Katakandrú fue más que un grupo teatral. Fue refugio, fue casa, fue la posibilidad de creer que el arte también salva. Cada rostro, cada voz, cada risa compartida vuelve a mí con una claridad que me conmueve.
Pienso especialmente en Yolanda Morales. Hermosa no solo por fuera, sino por la manera en que llenaba los ensayos de una alegría suave y constante. Ella hacía que el cansancio pesara menos, que el tiempo pasara distinto. La quise con el alma, sin reservas. Siempre supe que su corazón tenía otras preferencias, pero aun así la seguí cortejando, no por terquedad, sino porque hay afectos que no saben rendirse. Quererla fue también aprender a respetar y a admirar desde el lugar que me tocó.
Al grupo quiero decirle que lo dejo en buenas manos. Constantino, el duro del grupo, tiene la fuerza, la sensibilidad y la palabra. Sé que puede continuar el legado teatral, porque no solo ama el escenario: lo entiende. Su formación en lingüística y literatura le dio herramientas, pero su compromiso le dio sentido. Confío en que sabrá cuidar lo que construimos juntos.
Cómo no recordar a Archi, con sus ocurrencias oportunas, con ese humor que nos salvaba incluso en los momentos más tensos. Siempre había una risa lista para sostener al grupo cuando flaqueaban los ánimos.
A Víctor, “Apayayu”, a Adriana, a Magnolia, a Julia, quiero nombrarlos con gratitud. Julia, en especial, con ese esfuerzo enorme por trasladarse desde el barrio vecino para no faltar nunca, para cumplir con los ensayos y las presentaciones, nos enseñó que el compromiso también es una forma de amor.
A todos los demás, aunque no los nombre aquí, los llevo conmigo. No hubo nadie pequeño en este camino. Cada aporte, cada presencia, cada silencio compartido fue parte de algo más grande que nosotros mismos.
Si estas palabras suenan a despedida, no las lean como un adiós definitivo. Léanlas como un abrazo largo, de esos que no necesitan soltarse. Me voy tranquilo, sabiendo que Katakandrú sigue vivo en ustedes, en las tablas, en la memoria, en cada gesto que recuerda por qué empezamos.
Con todo mi cariño,
hasta el último de mis días,
Estivenson Ramírez
Hubo otros nombres que acompañaron el proceso en distintos momentos: Carlos Rujana, con quien dimos inicio a la letra del himno de Katakandrú; William Serrato, Donal Losada, Luis Motta, Juan Carlos y Hugo peña que asistían de vez en cuando a la agrupación; Lester Lizcano, quien acompañaba constantemente a las niñas Ramírez; y muchos más cuyos nombres el tiempo ha ido difuminando, pero cuya presencia, aunque esporádica, también hizo parte de esta historia compartida.
Todos ellos, con mayor o menor constancia, fueron piezas de un mismo tejido. Katakandrú no se construyó solo con quienes estaban en la dirección, sino también con quienes aportaron desde la música, el deporte, el teatro, el cuerpo, la ley o simplemente la compañía. Y en esa suma de voluntades, incluso las más breves, se explica la riqueza y la memoria viva del grupo.
Capítulo: La recreación como tejido comunitario
Las jornadas de recreación que promovíamos no se limitaban únicamente al esparcimiento. Eran, en esencia, espacios de encuentro donde la comunidad se reconocía, dialogaba y fortalecía sus lazos. Cada caminata, cada salida ecológica y cada actividad al aire libre cumplía una doble función: recrear el espíritu y despertar la conciencia colectiva sobre el valor de nuestro territorio.
Bajo esa premisa fuimos tejiendo, paso a paso, una red de participación en la que jóvenes, niños y algunos adultos se sumaban con entusiasmo. No se trataba solo de caminar por caminar, sino de mirar con otros ojos los lugares que siempre habían estado allí, muchas veces olvidados, otras veces subestimados.
La recreación, entendida así, se convertía en una herramienta pedagógica y social. Mientras compartíamos alimentos, historias y risas, también identificábamos necesidades, riesgos y oportunidades de mejora en los espacios visitados. De esta manera, el disfrute se transformaba en compromiso y la aventura en gestión comunitaria.
Capítulo: De las salidas a los sitios que buscábamos mejorar
Dentro de las múltiples salidas que realizábamos con el firme propósito de otorgarle renombre a nuestros parajes y, a la vez, dejar constancia ante las autoridades pertinentes sobre su estado y necesidades, recuerdo de manera especial aquella expedición hacia la conocida “Caja de Agua” del municipio de Paicol.
Se trataba de un lugar envuelto en un halo de misterio y tradición. Los mayores del pueblo relataban, con esa mezcla de certeza y fantasía propia de la memoria popular, que por allí existía un antiguo camino ancestral que servía como atajo para llegar hasta el Perú. Historias jamás probadas, pero profundamente arraigadas en el imaginario colectivo.
Antes de llegar a Caja de Agua, en el municipio de Paicol, nos detuvimos donde un parroquiano que, con una amabilidad casi sospechosa, nos invitó a tomar un pocillo de café. Mientras el humo subía lento entre sus manos, nos habló del lugar al que nos dirigíamos.
—Allá pasan cosas… —dijo, sin mirarnos directamente—. No todo lo que se ve… es gente.
Nos explicó el camino, pero también dejó caer historias que parecían más advertencias que relatos. Nombró seres del monte, presencias antiguas: la Madre Monte, el Mohán, la Candileja… nombres que uno escucha desde niño, pero que en ese momento, en medio del silencio del campo, adquirían otro peso.
Don Raúl —así se llamaba— nos contó entonces la historia de una niña.
Vivía con sus padres en la parte baja de Caja de Agua. Decían que el Mohán la había “escogido”. En las noches, la llamaba desde la oscuridad. Nadie más escuchaba, pero ella sí. Al amanecer aparecía con arañazos, como si hubiera intentado huir de algo que la alcanzaba siempre. Dejaba la comida intacta, temblaba sin razón… y a veces, aseguraban, hablaba sola.
—No era sola… —murmuró don Raúl—. Alguien le respondía.
Nos contó que el Mohán quería llevársela. Que la rondaba, que la marcaba, que no la dejaba en paz. Hasta que alguien del pueblo dio un consejo extraño: que le permitieran tener novio. Como si el afecto humano pudiera romper un vínculo con lo desconocido.
Y, según decían, funcionó.
Pero no del todo.
—A veces… todavía se oyen cosas —añadió, bajando la voz—. Y se ven luces.
No preguntamos más.
Esa noche acampamos en silencio, como si sin darnos cuenta hubiéramos decidido no hacer ruido en un lugar que no nos pertenecía.
A eso de las siete, cuando la oscuridad cae de golpe en el cañón, vimos la luz.
No era fija. No era una linterna común. Se movía con una lentitud irregular, como si flotara… o como si buscara algo.
La conversación murió al instante.
Nadie dio una orden, pero todos hicimos lo mismo: nos metimos a las carpas, cerramos cremalleras, contuvimos la respiración.
El aire se volvió pesado.
Entonces vinieron los sonidos.
Resoplidos.
Lentos… húmedos… demasiado cerca.
Se oían justo al frente, como si algo —o alguien— olfateara las carpas. Nadie hablaba. Nadie se movía. El miedo tenía peso, se sentía en el pecho.
Y entonces, la luz.
A través de la tela delgada, comenzó a filtrarse un resplandor amarillento. No era fuerte, pero sí persistente… como si se detuviera exactamente frente a nosotros.
El silencio se rompió con una voz:
—Buenas noches…
Grave. Arrastrada. No era un saludo normal. Sonaba… como si no se hubiera usado en mucho tiempo.
Nadie respondió al principio.
El corazón golpeaba tan fuerte que parecía que iba a delatarnos.
—Buenas noches… —repitió.
Esta vez, uno de nosotros reunió valor y respondió.
Nos asomamos.
Y allí estaba.
Un hombre alto, demasiado quieto. Sostenía una yegua del cabestro. La luz provenía de una lámpara vieja que apenas iluminaba su rostro, oculto en parte por un sombrero grande.
Pero había algo extraño.
No parpadeaba.
O tal vez… no lo vimos hacerlo.
Le ofrecimos café. Dijo que no, que tenía afán. Que venía de abajo, buscando su yegua.
Su voz no cambiaba. No tenía prisa, pero decía tenerla.
La yegua resoplaba igual que lo que habíamos escuchado. Sus ojos reflejaban la luz de una forma inquietante… como si no miraran, sino que reconocieran.
El hombre no preguntó quiénes éramos. No pareció sorprendido de encontrarnos allí.
Solo se quedó unos segundos… de más. Luego giró. Y se fue. Sin despedirse. El sonido de los pasos… desapareció demasiado rápido. Nadie salió de la carpa esa noche. Nadie durmió realmente. Al amanecer, todo parecía normal. Demasiado normal. Hicimos el recorrido, evitamos hablar del tema y regresamos a Paicol en la tarde.
Buscamos a don Raúl.
Cuando le contamos lo sucedido, su expresión cambió apenas un instante. No fue sorpresa… fue reconocimiento.
—Eso no puede ser —dijo.
Nos explicó que la casa de abajo estaba abandonada, casi destruida. Que nadie vivía allí desde hacía años.
—El dueño… —continuó— se desbarrancó con su yegua por esos lados. Murió.
El silencio volvió. Luego preguntó, con una precisión incómoda:
—¿La yegua era oscura… con una mancha blanca en la cara? Sentimos un frío que no venía del clima.
—Sí… —¿Y el hombre… alto, delgado, sombrero grande… botas como de militar?
Asentimos. Don Raúl bajó la mirada. —Entonces no era ningún caminante. Hizo una pausa larga. Demasiado larga.
—A ustedes se les apareció don Chucho… —dijo finalmente—. Él murió con su yegua.
Nadie dijo nada. Porque todos entendimos lo mismo. Esa noche…no estábimos solos.
Más allá de la leyenda, lo que encontramos fue un sitio de imponente belleza natural. Sus formaciones rocosas, la humedad que emanaba de la tierra y el eco profundo que nacía de sus entrañas le otorgaban un carácter casi sagrado. Varias cavernas se abrían paso entre la montaña, majestuosas pero también peligrosas. Los lugareños advertían —y con razón— que internarse demasiado en ellas podía significar perderse en su laberinto natural. Ya había ocurrido en alguna ocasión.
Era un lugar que imponía respeto. Casi sagrado.
Varias cavernas se abrían paso entre la montaña, majestuosas, oscuras, como bocas que invitaban y advertían al mismo tiempo. Los lugareños insistían —y con razón— en no internarse demasiado en ellas. Decían que uno podía perderse fácilmente en su laberinto natural.
Y no lo decían por decir.
Ya había ocurrido antes.
Personas que entraron confiadas… y tardaron días en salir.
O no salieron siendo las mismas.
Tal vez por eso, al recordar aquella noche, entendimos que no todo lo que habita en Caja de Agua pertenece a las historias.
Algunas cosas…
siguen allí.
Pese a su importancia histórica y paisajística, la Caja de Agua se hallaba en estado de abandono: enmontada, cubierta por la maleza y sin un sendero claramente marcado que facilitara su acceso. Llegar hasta allí requería más intuición que camino.
Fieles a nuestro deber comunitario, elevamos el respectivo informe y dimos a conocer la situación ante las autoridades municipales. No lo hicimos desde la queja, sino desde el amor por la tierra y la convicción de que estos espacios merecían ser preservados y visibilizados.
Tiempo después, con satisfacción, supimos que nuestras observaciones fueron atendidas. Se realizó la limpieza del entorno, se habilitó el sendero de ingreso y se promovió su reconocimiento como sitio de interés.
Hoy, la Caja de Agua de Paicol ya no es un paraje olvidado. Se ha convertido en lugar de visita, contemplación y orgullo para quien llega y, sobre todo, para la comunidad Paicoleña que lo reconoce como parte viva de su patrimonio natural y cultural.
Cada vez que su nombre vuelve a la memoria, siento que aquellas caminatas nuestras también ayudaron a abrirle camino —no hacia el Perú de las leyendas— sino hacia el reconocimiento que siempre mereció.
Nos levantamos con una extraña pesadumbre, como si el aire anunciara algo que aún no sabíamos nombrar. Teníamos preparada una actividad íntima, reservada solo para el grupo de Katakandrú: nuestro encuentro semestral de ajedrez. No era un evento de dinero ni de grandes trofeos; era, ante todo, una cuestión de orgullo. Un ritual nuestro. Ya existía un trofeo, y en él se incrustaban los nombres de los ganadores: Ricardo, Constantino, Armando… y ese día, alguien más lo reclamaría.
Malconvivió lo había dicho con seguridad inquietante: esta vez le tocaba a él. Aseguraba haberse preparado para derrotar a los mejores. Mientras tanto, como siempre, acompañábamos la jornada con comida, música y ese ambiente fraterno que nos definía. Las chicas se encargaban de la cocina, y el aroma del sancocho prometía un mediodía perfecto.
Pero algo no estaba en su lugar.
El día tenía un tono raro, casi pesado. Y fue entonces, cuando el sancocho ya estaba listo, que ocurrió. La olla, grande y difícil de manejar, requería más manos. Al intentar moverla, Yineth tropezó con un tronco olvidado junto al fogón. En un instante, todo se volcó. El caldo hirviendo se derramó con un sonido brutal. Su reacción fue milagrosamente rápida, evitando una tragedia mayor, pero el grito que lanzó nos heló a todos. El almuerzo, sin embargo, quedó arruinado.
Mi madre, Beatriz, intervino de inmediato. Con firmeza, organizó todo para rescatar lo que se pudiera. Se recogieron las presas de carne y se tomó una decisión urgente: cambiar el sancocho por un asado. Su enojo no se hizo esperar; recriminó que las chicas hubieran quedado solas mientras los hombres seguíamos absortos en el ajedrez.
—Madre, fue un accidente —le dije—. No se preocupe, almorzaremos un poco más tarde.
Aquel retraso, sin saberlo, nos dio más tiempo para avanzar en el torneo, que se jugaba por eliminación directa: quien perdía, salía. Nunca antes nos había ocurrido algo así en nuestras reuniones. Armando lo dijo en voz baja, casi como si temiera ser escuchado:
—No sé… este día tiene algo extraño.
Después de comer y ayudar con el menaje, retomamos el campeonato. Ya eran cerca de las tres de la tarde cuando se enfrentaron en el último tablero Marco Vinicio y Ricardo. Antes de sentarse, Marco Vinicio soltó una frase que quedó flotando en el aire:
—Este es mi día.
En ese momento, una brisa leve comenzó a recorrer el lugar. El calor cedió, y la tarde se oscureció apenas, como si el cielo también quisiera observar. Todos guardamos silencio. La partida se volvió el centro absoluto de nuestra atención.
De pronto, Marco Vinicio, que venia jugando con las negras, extendió la mano hacia Ricardo, con una calma desconcertante. !Jaque Mate! …en tres Jugadas. si juega mal. y si juega bien en cinco, Juegan las negras.
Salida a Caja de Agua
Aquel día salimos muy contentos desde la ciudad de Neiva con destino al municipio de Paicol. La emoción era evidente: no solo se trataba de una caminata más, sino de una expedición que combinaba recreación, exploración y campamento en la ya mencionada Caja de Agua.
Sin embargo, antes de llegar a nuestro destino final, debíamos hacer una parada estratégica en el municipio de Tesalia, donde residían algunos socios del grupo. Allí completaríamos la logística: alimentos, utensilios, revisión de equipos y organización de las carpas para pasar la noche.
Todo marchaba con normalidad hasta que decidimos hacer el inventario del equipo de camping.
Fue entonces cuando surgió el imprevisto.
—Falta una carpa… —dijo alguien, revisando nuevamente los bultos.
Al principio pensamos que era un simple error de conteo. Volvimos a revisar. Nada. La carpa no aparecía.
La hipótesis más lógica fue inmediata: seguramente se había quedado en el bus en el que viajamos desde Neiva.
En ese momento, con su acostumbrada determinación, Eulises sentenció:
—Hay que ir hasta La Plata, donde es la parada final del bus, y reclamar la carpa.
La decisión se tomó sin mayor discusión. Había que recuperarla, sobre todo porque no era cualquier equipo: varias de esas carpas habían sido prestadas por Coldeportes, y existía la responsabilidad moral de responder por ellas.
De inmediato consiguieron una motocicleta y partieron hacia La Plata Carlos Masmela —encargado directo de las carpas— y el propio Eulises.
La espera se hizo larga en Tesalia. Entre comentarios, bromas nerviosas y cálculos de responsabilidad, todos sabíamos que el más angustiado era Carlos. No dejaba de pensar en cómo respondería por un elemento prestado si no aparecía.
Horas después regresaron.
Al verlos, corrimos a preguntar.
Pero la respuesta no fue la esperada.
El conductor del bus les había informado que en el vehículo no se había quedado ningún elemento de los pasajeros.
La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y desconcertante:
—¿Entonces… esa carpa dónde quedó?
Aunque el incidente no logró detener la expedición, la preocupación acompañó silenciosamente la visita a la Caja de Agua. Se cumplió la caminata, el reconocimiento del lugar y las actividades previstas, pero con ese pequeño sinsabor logístico rondando en la mente, especialmente en la de Carlos.
Días después, ya de regreso en la ciudad de Neiva, se resolvió el misterio de la manera más inesperada y hasta risible.
La carpa nunca se quedó en el bus.
Había permanecido todo el tiempo debajo de una mesa en la casa de los Bellos, lugar donde se había hecho parte de la organización previa al viaje.
Cuando apareció, intacta y silenciosa, fue como si el peso que cargaba Carlos durante días se evaporara de golpe.
Como él mismo dijo entre risa y suspiro:
—¡Ahora sí me volvió el alma al cuerpo!
Y así, entre susto y alivio, aquella salida a la Caja de Agua no solo dejó aprendizajes comunitarios y ambientales, sino también una anécdota inolvidable que aún hoy nos arranca sonrisas cuando la recordamos.
Hablaremos ahora del polémico Leónidas.
Leónidas Guevara era, por naturaleza, la parte crítica del grupo. A veces su postura rayaba en lo negativo: cada idea que se lanzaba encontraba en él, casi de inmediato, los contras, las fisuras, los riesgos. Tenía la habilidad —o el hábito— de poner a prueba todo entusiasmo. Sin embargo, y allí radicaba su paradoja, nunca se negaba a colaborar.
No pertenecía formalmente ni al frente cultural ni al deportivo, pero en cada actividad allí estaba: ayudando a cargar, organizando, vigilando detalles, haciendo presencia. Y así como aparecía con ese compromiso silencioso, también desaparecía sin previo aviso. Cuando menos lo pensábamos, se ausentaba por días o semanas.
Muchos lo veían como un muchacho algo díscolo, falto de seriedad, incluso “toma pelo”. Su carácter impredecible desconcertaba. Yo, en cambio, solía mirarlo desde otra orilla: pensaba que, en el fondo, Leónidas era como la conciencia incómoda del grupo, esa voz que obliga a revisar lo que se hace. Representaba, de algún modo, esa parte de sombra y duda que todos llevamos, pero que pocos expresan.
Lo que más nos llamó la atención de él fue su reacción durante el incidente con la Junta de Acción Comunal. Ante lo que consideró una ofensa hacia Katakandru, asumió la afrenta como propia y salió en defensa del grupo Katako con una vehemencia que nadie esperaba. Fue entonces cuando ocurrió el hecho insólito: en medio del altercado, el padre —airado— llegó a amenazar con descomulgarlo por haberle golpeado el rostro con un bombón. Sabíamos que había sido accidental, fruto del desorden del momento, pero el episodio quedó grabado como muestra de su temperamento impulsivo y, a la vez, leal.
Pero lo verdaderamente fatal estaba aún por llegar.
Fue la noche de la gran jornada de protesta en la que participó la Universidad Sur colombiana. La movilización avanzaba con antorchas encendidas, iluminando la oscuridad como un río de fuego que descendía hacia el centro de la ciudad. Había consignas, cantos, pasos firmes… y también tensión.
En un punto del recorrido se hizo necesario recargar combustible —gasolina— para mantener vivas las antorchas. En medio de la operación, alguien golpeó accidentalmente a quien distribuía el líquido inflamable. Todo ocurrió en segundos: el combustible se derramó y, de inmediato, dos estudiantes quedaron envueltos en llamas.
Corrieron desesperados de un lado a otro, sin que hubiera tiempo suficiente para sofocar el fuego.
Uno de ellos era el joven y reconocido Julio César Medina.
El otro… era Leónidas Guevara.
Aquel hecho enlutó a la universidad entera y, de manera especial, a Katakandru. La noticia cayó sobre nosotros como una noche más oscura que cualquier otra. El muchacho irreverente, el crítico constante, el colaborador intermitente, el defensor inesperado… se nos había ido de la forma más dolorosa.
El duelo fue profundo y compartido. La velación se convirtió en un río silencioso de rostros jóvenes, profesores, amigos y vecinos que desfilaban con incredulidad frente a los féretros. Las antorchas de la protesta se habían apagado, pero otras luces —las de las velas— temblaban ahora en señal de despedida. Hubo homenajes espontáneos: palabras entrecortadas, canciones que apenas lograban sostenerse sin quebrarse, abrazos largos que intentaban contener lo incontenible.
El homenaje central fue para Julio César. Su nombre resonó en discursos y consignas, envuelto en el reconocimiento colectivo. Y, sin embargo, nadie supo explicar —o tal vez nadie quiso hacerlo— por qué a Leónidas no se le tuvo en cuenta con la misma fuerza. Qué ironía del destino: mientras los actos públicos exaltaban una memoria, el funeral de Leónidas transcurría en la intimidad humilde de la casa de su madre, lejos de tribunas y de banderas.
En la universidad se guardó silencio; un silencio denso, respetuoso, que pesaba más que cualquier consigna. Katakandru, reunido en torno al dolor, comprendió que aquella pérdida no solo enlutaba el presente, sino que marcaba para siempre el espíritu del grupo. Desde entonces, cada actividad, cada bandera levantada, llevó también la memoria de Leónidas como una llama íntima que no volvería a extinguirse.
Su figura, que tantas veces caminó entre la burla y la seriedad, quedó detenida para siempre en la memoria del grupo. Y entonces comprendimos que incluso aquellas voces incómodas, aquellas presencias irregulares, eran también pilares invisibles de nuestra historia.
Porque Leónidas, con todas sus contradicciones, había sido —a su manera— profundamente Katako.
Ya en casa nos enteramos de algo que nos estremeció el alma. La madre de Leónidas, doña Carmen Rodríguez, nos entregó un cuaderno un tanto ajado, desbaratado por el tiempo y por el trajinar de sus días. Era un cuaderno humilde, de hojas dobladas y bordes gastados, pero guardaba dentro un universo que ninguno de nosotros imaginaba.
Entre apuntes sueltos y pensamientos breves apareció una especie de carta —o tal vez un desahogo escrito en noches de soledad— donde hablaba de la relación que le hubiera gustado tener con la chiquita y hermosa Julia, la del grupo de teatro. No era una teatrera constante, pero siempre estaba allí, como una luz discreta entre bambalinas, presente sin hacer ruido.
Decía que siempre la había tratado con amabilidad y respeto porque no se atrevía a revelarle sus sentimientos. Que, aunque jugaba con ella y la molestaba en tono de broma, ese era su modo torpe de acercarse sin delatar el temblor que llevaba por dentro. Recordaba que ella alguna vez le dijo que él no tenía seriedad, que era muy volátil.
“Sí —escribía—, yo reconozco que soy un muchacho humilde, que no tengo los valores ni la actitud que tienen otros del grupo. Pero yo llevo a Julia en mi alma, en mi ser. Por ella estoy dispuesto a todo. Calladamente, y jugando como lo hago, le doy mi cariño… y donde ella esté, quiero estar yo.
A nadie le hago daño con mi manera de ser. A mí la vida me marcó un camino y no sé si fue bueno o malo. Sigo caminando, con dificultades, pero sigo en la lucha. Y así no sea comprendido, quiero seguir adelante. En Katakandru he encontrado un grupo que me ha tenido en cuenta, a pesar de mis defectos…”
Cuando Julia leyó aquellas páginas, lloró como nadie. No fue un llanto breve ni contenido: fue un desbordamiento del alma, como si cada palabra hubiera llegado tarde pero exacta. Entre lágrimas confesó que ella también, de alguna manera, lo llevaba guardado en su corazón; que detrás de las bromas y de su aparente ligereza había visto siempre su nobleza, aunque nunca imaginó la profundidad de su sentir.
Aquel cuaderno se volvió entonces una despedida escrita sin intención de serlo, una voz que seguía hablándonos desde el silencio. Y entendimos que hay amores que nacen para quedarse callados, para habitar la memoria y doler suavemente con los años.
Desde ese día, cuando el nombre de Leónidas vuelve a nosotros, no llega solo: viene acompañado por la ternura de esas páginas, la del compañero, la del soñador, y la del muchacho que amó en silencio y por el llanto de Julia y por la certeza de que su corazón —callado en vida— encontró al fin la forma de ser escuchado en la eternidad y la ausencia. … pero para siempre.
El Chiqui Bermeo, coplero y el buen ambiente
En el barrio —donde las tardes se alargaban entre guitarras prestadas y sueños sin apuro— había un personaje que no necesitaba micrófono ni tarima: le bastaba una banca, un corrillo y cualquier excusa para rimar. Le decíamos el Chiqui Bermeo, y aunque de estatura no fuera gigante, en picardía y repentismo nadie le hacía sombra.
Cargaba la guitarra como si fuera una extensión del cuerpo. No era músico de academia; era músico de esquina, de patio polvoriento, de serenata improvisada. Afinaba de oído y, cuando no tenía instrumento, afinaba la lengua. Porque si algo tenía el Chiqui era verso listo para cada ocasión.
No hablaba: rimaba. No preguntaba: coplaba. No discutía: improvisaba. Decía que la vida era más llevadera cuando se decía en octosílabos.
El arte de convertir el chisme en verso
Una mañana cualquiera llegaba alguien con un drama doméstico, y antes de que terminara de explicarlo, ya el Chiqui estaba acomodando la rima. Si alguien intentaba esquivarle la pregunta, peor: eso era combustible para su repentismo.
Pero con el tiempo fue aprendiendo que la burla muy punzante podía levantar polvareda. Y entonces empezó a afilar el ingenio sin necesidad de herir. Se volvió más juguetón que filoso. Cuando una muchacha llegaba con gesto misterioso y nadie sabía qué pasaba, él soltaba:
Y todos estallaban en risa, incluso la aludida.
El anuncio del pajarito
Cierta vez llegó al amanecer diciendo que había visto algo extraordinario. Todos rodeándolo:
—¿Qué pasó, Chiqui?
Se hizo el interesante, carraspeó, miró al cielo como si invocara inspiración y declamó:
Las muchachas comenzaron la recocha, acusándolo de inventar historias. Él, lejos de picarse, levantó las manos en señal de paz y respondió:
Ahí comprendimos que su mayor talento no era la copla, sino el momento. Sabía cuándo exagerar, cuándo recular y cuándo cambiar el tono para que la risa siguiera siendo risa.
Había en el grupo una muchacha vivaz, rápida de lengua, que no se dejaba amedrentar. Cuando lo llamaba “hombrecito feo”, el Chiqui no respondía con rabia sino con teatro. Se acomodaba la camisa, templaba el pecho y contestaba:
Y remataba guiñando un ojo, provocando más aplausos que ofensas. Porque en el fondo, lo suyo no era humillar, sino provocar carcajadas. Era un actor popular, un juglar de esquina.
El consejero rimado
Cuando alguno anunciaba matrimonio, él adoptaba tono solemne, como si fuera filósofo de cantina:
No se burlaba del compromiso; lo envolvía en picardía y verdad campesina.
Perfil del Chiqui
El Chiqui Bermeo no era simplemente un bromista. Era memoria viva de una tradición oral que sobrevive en los patios, en los festivales populares y en las reuniones donde la palabra aún tiene música. No necesitaba papel: su libreta era la cabeza. No necesitaba público masivo: le bastaba el círculo de amigos.
Tenía el don del repentista: escuchar rápido, pensar ligero y rimar antes de que el silencio se instalara.
Con los años, entendimos que personajes así sostienen la alegría de un grupo. Son los que rompen tensiones, los que transforman un problema en carcajada y los que, sin saberlo, van dejando huella en la memoria colectiva.
Hoy, cuando recordamos aquellas tardes, no evocamos solo las coplas, sino la escena completa: el polvo suspendido en el aire, la banca de cemento, la guitarra mal templada, las risas cruzadas y en el centro, pequeño pero inmenso, el Chiqui Bermeo, dueño de la palabra improvisada. Porque hay hombres que escriben libros, y hay otros —como él— que escriben en el aire… y se quedan para siempre en la memoria.
El ultimátum de la tabernita
Mi proceso matrimonial no comenzó con arrodilladas románticas ni discursos solemnes. Comenzó con orgullo herido, con una invitación declinada y con una noche cualquiera en la tabernita de Vale.
Yo, Constantino Castro, ya estaba comprometido con Esperanza Cerquera —“la Panchi”, como la bauticé el día que la conocí— y lo nuestro iba viento en popa… hasta que llegó el inevitable altercado. Nada grave, de esos desacuerdos que nacen del cariño mismo, pero suficiente para que, llevado por el orgullo, decidiera no asistir al paseo campestre que su familia tenía programado por tres días.
—No voy —dije—. Declinó la invitación. Palabras firmes por fuera; turbulencia por dentro.
El sábado siguiente nos reunimos en la tabernita de Vale. Era de esas noches donde el humo del cigarrillo y el murmullo de las conversaciones, de otras personas, formaban una nube baja sobre las mesas. Yo estaba pensativo, con la mirada clavada en la botella, cuando comenzaron las miradas cómplices. La recochita no tardó.
—Eso es problema con Panchita —dijo uno.
—Ese silencio es de hombre regañado —agregó otro.
Yo intenté disimular, pero en un grupo de amigos el silencio es más escandaloso que cualquier confesión.
Carlos, siempre directo, lanzó la primera piedra:
—Esa relación ya debe oficializarse.
Hubo un breve silencio. No era una broma suelta. Era una declaración. Evert levantó el vaso:
—Si Constan se casa, Carlos y yo, le damos el equipo de sonido.
Las risas cambiaron de tono. Ya no era una simple broma.
Richard, mi hermano, se acomodó en la silla y dijo con voz tranquila:
—Yo le doy la cama doble.
La cosa empezó a tomar forma.
Gineth ofreció la vajilla. Fulvio prometió un televisor grande. Mi tío Pedro, aseguró el ventilador.
Uno a uno, como si estuvieran firmando un pacto invisible, cada presente fue aportando algo. Aquello dejó de ser chanza y empezó a parecer conspiración.
Pero vino la condición:
—Eso sí —dijeron— se casa en la fecha que nosotros indiquemos.
Sentí que el aire se espesaba.
—Bueno —respondí—, digamos que acepto. ¿En qué fecha se supone que debo casarme?
Se levantaron de sus puestos y formaron un corrillo aparte. Murmuraban como jurado deliberando sentencia. Yo los miraba desde la mesa, tratando de descifrar gestos. Reían, asentían, volvían a cuchichear. Regresaron. En unísono, como si lo hubieran ensayado:
—El 24 de diciembre.
Quedé inmóvil. Era 12 de agosto.
Cuatro meses y doce días para pedir permiso formal a los padres de la novia, conseguir traje, argollas, organizar ceremonia… y convencer a la Panchi, que aún debía estar molesta por mi desplante.
La taberna volvió al bullicio, pero yo me quedé en silencio. Bebí despacio. Escuchaba conversaciones ajenas como si vinieran de lejos. La fecha retumbaba en mi cabeza: 24 de diciembre.
Navidad.
Mientras todos hablaban de fútbol y de política, yo hablaba conmigo mismo. ¿Era una locura? ¿O era el empujón que necesitaba?
De pronto pedí silencio.
No grité. No golpeé la mesa. Solo levanté la mano.
El murmullo fue bajando hasta que quedó un silencio expectante. Me puse de pie. Sentía el peso de todas las miradas. Tomé la copa, no para brindar, sino para sostener algo mientras hablaba.
—Les voy a dar mi respuesta.
Nadie respiraba.
Miré uno por uno. A mis amigos. A mi hermano. A los cómplices de esa emboscada afectuosa.
—Acepto la propuesta.
La explosión fue inmediata. Golpes en la mesa. Abrazos. Gritos. Alguien pidió otra ronda. Aquello parecía más una victoria futbolera que un compromiso matrimonial.
Levanté la voz otra vez:
—Pero eso sí… vaya a que alguien no cumpla lo que prometió.
Las risas regresaron.
Entonces, desde un rincón, con la serenidad de quien ya lo sabía todo, mi padre, don Sixto, intervino:
—Por las argollas no se preocupe. Yo las aporto.
El silencio volvió, pero esta vez fue distinto. Más profundo.
—Eso ya lo habíamos hablado —continuó—. Solo hacía falta darle un empujoncito… porque ya es hora de que se organice.
Sentí que el piso se movía ligeramente bajo mis pies. No era solo una noche de amigos. No era solo una apuesta festiva. Era un acuerdo tácito que venía gestándose en silencio, como si todos supieran algo que yo apenas estaba aceptando.
Aquella noche salí de la tabernita con un compromiso sellado entre risas y promesas, pero también con la certeza de que la vida, a veces, se decide en medio de la recocha. Y mientras caminaba bajo el cielo tibio de agosto, una sola pregunta latía en mi pecho:
¿Cómo le iba a decir a la Panchi que ya tenía fecha… y que sería en Navidad?
La decisión en casa de Panchita
Pasaron apenas unos días desde aquella noche en la tabernita, pero para mí fueron como semanas enteras. El eco del “24 de diciembre” seguía rondando mi cabeza, y más que la fecha, me inquietaba la conversación pendiente.
Fui a visitar a la Panchi una tarde tibia, cuando el sol empezaba a bajar y las sombras se alargaban sobre el patio de su casa. Me recibió seria, con esa mezcla de orgullo y ternura que solo ella sabía manejar. No estaba distante, pero tampoco efusiva. El altercado aún flotaba en el ambiente.
Nos sentamos. Al principio hablamos de cosas simples, casi triviales, como quien tantea el terreno antes de cruzar un puente inestable. Yo le expliqué mis razones por no haber ido al paseo: no era desamor, era terquedad; no era desinterés, era impulso. Panchi sabia como era mi relación con el novio de la hermana mayor. Poco a poco su expresión fue cambiando. La tensión se fue aflojando como nudo mojado.
Nos reconciliamos. La calma volvió, y fue entonces cuando decidí soltar la noticia.
La miré fijo, respiré hondo y le conté lo ocurrido en la tabernita: la propuesta, los regalos prometidos, el corrillo, la fecha. Mientras hablaba, su rostro pasó por sorpresa, incredulidad y algo parecido a ilusión contenida.
Cuando terminé, guardó silencio unos segundos.
—Mi mamá no va a estar de acuerdo —dijo al fin—. Según la tradición, la primera que debe casarse es la mayor… y yo soy la tercera.
Ahí apareció la realidad, con su peso de costumbre y familia. No era solo amor; era orden, era norma, era jerarquía silenciosa.
Intenté ser razonable.
—No hay inconveniente —le dije—. Entonces esperamos. Me gradúo de la universidad y después formalizamos todo.
Lo dije con calma, casi convencido. Pero apenas pronuncié el cálculo, entendí lo que implicaba.
Estaba en quinto semestre. Eran nueve en total.
Dos años más.
Ella abrió los ojos.
—¿Dos años?
La palabra quedó suspendida entre nosotros, como si hubiera aumentado de tamaño.
—¿Y si cuando salga usted se va con otra?
No era reclamo, era miedo. El miedo natural de quien ama y no quiere quedarse esperando promesas que se diluyen.
Yo quise responder con argumentos, con planes, con lógica. Pero antes de que pudiera armar discurso alguno, recordé la mesa, el corrillo, la algarabía, la voz de mi padre diciendo que ya era hora.
Y entonces lo supe.
—No, señor —le dije con firmeza inesperada—. Como dijeron los muchachos, pase lo que pase… es el 24 de diciembre.
Hubo un silencio distinto esta vez. No era tensión. Era decisión tomando forma.
Ella me sostuvo la mirada. No habló de tradición. No habló de hermanas mayores. No habló de calendario universitario.
—Entonces que así sea.
La frase cayó como sello sobre un documento invisible.
Y agregó, con una serenidad que me sorprendió:
—El problema de mi hermana que lo resuelva ella con mis papás.
En ese instante comprendí que el verdadero paso no era fijar la fecha, sino asumirla juntos. Ya no era una ocurrencia de amigos ni un empujón paterno. Era una determinación compartida.
Salí de esa casa con una mezcla de vértigo y alegría. Ya no había marcha atrás. La fecha no era una broma colectiva: era un compromiso sellado en voz baja, en un patio sencillo, entre dos jóvenes que decidían adelantarle la Navidad al destino.
Y mientras caminaba de regreso, entendí que el proceso matrimonial no se construye solo con anillos y regalos prometidos, sino con esos momentos en que uno deja de posponer la vida… y la empieza a vivir.
CULTURA Y TRADICION MATRIMONIAL
PEQUEÑO INCONVENIENTE
LLEGADA DE LEONARDO Y MIGUEL
MIGUEL Y LA LECTURA
ISLA DE SAN ANDRES
ENCUENTRO DEPORTIVO
La apuesta en la arena
Al día siguiente, la empresa de turismo tenía preparada una nueva aventura: la salida hacia la isla Jhoniki, donde pasaríamos la jornada completa. Desde el momento en que llegamos sentimos que aquel lugar tenía algo especial. Nos recibieron con una hospitalidad cálida y espontánea, acompañada por música alegre de la región que sonaba suavemente entre las palmeras y el rumor del mar.
El ambiente invitaba a disfrutar. Durante un rato nos dejamos llevar por el ritmo del reggae, bailando sin preocupación alguna, como si el tiempo se hubiera detenido en aquella isla. Luego vino la primera entrada al mar, un baño refrescante en aguas claras que parecía borrar cualquier cansancio del viaje.
A medio día nos reunimos para el almuerzo que estaba incluido en el paseo. Entre conversaciones, risas y el sonido constante del mar, la jornada avanzaba con tranquilidad. Pero nadie imaginaba que la tarde nos traería un pequeño desafío deportivo.
Todo comenzó de manera casual.
Estábamos jugando entre nosotros con una pelota de microfútbol, simplemente por pasar el rato. En ese momento, un grupo de muchachos residentes de la isla se acercó. Nos observaron unos minutos y, con una sonrisa pícara, nos propusieron echar un partidito. Querían probar qué tan buenos éramos con la pelota.
Aceptamos sin darle demasiada importancia. Jugamos unos quince minutos, más por diversión que por competencia. Ellos se movían con mucha soltura en la arena, como si la cancha fuera una extensión natural de sus pies. El resultado fue claro: nos hicieron dos goles.
Terminamos ese primer juego entre risas y nos retiramos a tomar algo para refrescarnos. Para nosotros había sido solo recreación. Para ellos, en cambio, parecía ser apenas el comienzo.
Después de hidratarnos, los muchachos volvieron con una nueva propuesta: otro partido, pero esta vez con una apuesta de 10 dólares. Allí la moneda que circulaba era el dólar, y la propuesta venía cargada de cierto orgullo local.
Nos reunimos en corrillo para discutirlo. No tardamos mucho en decidir. Aceptábamos el reto.
Pero esta vez jugaríamos en serio.
Nosotros, en Las Granjas, éramos campeones de microfútbol y sabíamos lo que era competir. Teníamos equipo, experiencia y, sobre todo, ganas de demostrarlo.
Ellos dominaban la cancha de arena con naturalidad, pues era su terreno. Sin embargo, nosotros también habíamos jugado muchas veces en canchas similares. Aquella ventaja no nos intimidaba.
Tomamos posiciones.
En el arco estaba Hernando Trujillo, nuestro guardián de confianza.
Archy, zurdo veloz e impredecible.
Ever, dueño de un disparo potente.
Richard, habilidoso y oportuno.
Y yo, Constantino, mediocampista dispuesto a sostener el juego en el centro del campo.
El partido comenzó con intensidad. Ellos atacaban con confianza, pero nosotros respondíamos con orden. Durante los primeros diez minutos el juego fue parejo, hasta que lograron romper nuestra defensa y marcar el primer gol.
La celebración de ellos fue ruidosa. Decían que en esa cancha casi nunca perdían.
Pero nosotros teníamos algo guardado.
Una jugada que habíamos repetido tantas veces que parecía automática: el triángulo mortal.
Tomé la pelota y se la pasé a Ever. Él la devolvió al centro hacia Richard. Sin detenerla demasiado, Richard cruzó el balón hacia Archy, quien con un movimiento rápido de su zurda dejó desubicada a la defensa.
El disparo fue limpio.
Gol.
El empate cambió el ánimo del partido. Nuestra pequeña hinchada, que hasta ese momento había estado observando con expectativa, estalló de alegría. Carlos, Humberto, don Roberto, Lester y Fulvio, junto con las chicas Amparo, Yineth, Martha, Panchi y Rosa, se abrazaban y gritaban celebrando el gol. La playa se había convertido, casi sin darnos cuenta, en un estadio improvisado. Algunas personas que pasaban se detuvieron a mirar y también comenzaron a animar el partido. Unos apoyaban a nuestro equipo, mientras que la mayoría, por supuesto, hacía fuerza por los muchachos de la isla. Entre risas, gritos y aplausos, el ambiente se llenó de una algarabía que hacía sentir que aquel pequeño partido en la arena era mucho más que un simple juego.
A partir de ese momento ellos comenzaron a fijarse especialmente en Archy, convencidos de que era nuestro jugador más peligroso. Y justamente ahí estaba nuestra ventaja.
Cuando quedaban pocos minutos para terminar, repetimos la triangulación. Esta vez Ever amagó con el disparo y atrajo la atención de los defensores. En ese instante quedó libre Richard, quien no dudó.
Con un derechazo firme envió el balón directo al fondo de la red.
Gol.
El partido terminó poco después.
Los muchachos de la isla quedaron en silencio por unos momentos. Finalmente uno de ellos nos preguntó, medio sorprendido:
—¿Ustedes son un equipo de verdad?
Nosotros sonreímos y respondimos que sí, que jugábamos juntos y que habíamos ganado varios campeonatos en nuestra región.
Al verlos algo desanimados, les dijimos que colaboraríamos con el pago de las bebidas que formaban parte de la apuesta. Al final, entre risas y conversación, la competencia se transformó nuevamente en camaradería.
Después volvimos al mar. Nos dimos otro baño largo, dejamos que el agua salada borrara el sudor del partido y regresamos a ducharnos.
Esa noche, ya tranquilos, recordamos cada jugada y analizamos el partido como si hubiera sido una final importante.
Quizás no lo fue para el mundo.
Pero para nosotros, en aquella pequeña cancha de arena frente al mar, había sido una victoria memorable.
La noche de las reflexiones
Al día siguiente amanecimos más despejados. El cansancio de la jornada anterior había quedado atrás y el ánimo del grupo parecía renovado. Aquella mañana fuimos invitados a visitar la islita Acuario, un pequeño rincón del mar de San Andrés donde las aguas claras dejaban ver el fondo como si fuera un espejo. Caminamos, tomamos fotografías y disfrutamos del paisaje, como queriendo guardar en la memoria cada instante de aquel viaje.
Después regresamos para tomar el almuerzo correspondiente y, ya en la tarde, alquilamos unos triciclos con los que recorrimos buena parte de la isla. El paseo fue alegre. Entre bromas y comentarios visitamos el Hoyo Soplador, la Cueva de Morgan y algunos pequeños arrecifes que adornaban la costa. Cada lugar tenía su historia y cada parada era motivo para reír, conversar o simplemente contemplar el mar.
Más tarde nos acercamos al comercio sanandresano. Allí compramos algunos souvenires, algo de ropa y ciertos elementos electrónicos, pequeños recuerdos que más tarde, en casa, nos ayudarían a revivir aquel viaje.
La noche nos encontró nuevamente en la discoteca. La música y el ambiente nos hicieron olvidar por un momento el cansancio del día. Bailamos, conversamos y disfrutamos de la compañía de todos, como si quisiéramos prolongar lo más posible aquel tiempo compartido.
Pero el cansancio no tarda en imponerse. Las chicas decidieron retirarse a descansar a sus aposentos. Quedamos algunos de los hombres y también Amparo. Sin pensarlo mucho, caminamos hasta la playa. Queríamos sentir la brisa del mar y conversar con tranquilidad.
La noche estaba serena. El sonido de las olas rompía suavemente en la orilla y el viento traía ese aire salado tan característico de la costa. Nos sentamos en la arena con unas bebidas que habíamos llevado y, casi sin darnos cuenta, la conversación comenzó a girar alrededor de lo mismo: el grupo.
La nostalgia empezó a abrirse paso entre nosotros. Recordamos muchas de las peripecias vividas en Katakandrú: los encuentros, las aventuras, las ideas juveniles que alguna vez nos unieron con tanta fuerza.
Fue Amparo quien expresó lo que muchos sentíamos.
—No puedo creer que este sea el final del grupo.
Humberto comentó que lo vivido ese día lo había hecho sentir reconfortado, como si por un momento hubiéramos vuelto a experimentar el espíritu de los tiempos pasados.
Ever, siempre reflexivo, añadió:
—Eso pasa porque el grupo está evolucionando. La vida de cada uno también cambia. Las nuevas familias empiezan a ocupar el espacio que antes tenía el grupo. Mire: Armando se casó con Martes; Hermosa se graduó de matemático y lo enviaron a trabajar a San Andrés; Richard también se está organizando con Luz Nely Bonilla, y la universidad lo está absorbiendo como docente.
Carlos intervino entonces para decir que tal vez habían sido injustos al echarle toda la culpa a Miguel por haberse llevado a parte de la gente. Según él, aquello no podía explicarlo todo.
Archi lo resumió con una frase sencilla:
—Lo que pasa es que ya dejamos de ser juveniles. Ya no somos el Club Juvenil Katakandrú.
Fulvio, con cierto tono de preocupación, agregó:
—Entonces debemos pensar algo para no acabarnos.
Hasta ese momento yo no había dicho una sola palabra. Escuchaba con atención mientras ordenaba algunos pensamientos que venían rondando mi cabeza desde hacía un tiempo.
Ever lo notó.
—¿Y usted qué opina, Constantino? Lo veo muy callado.
Respiré un momento antes de responder.
—He venido pensando en algo para darle respuesta a este interrogante. Me han llegado algunas ideas que quizá puedan servirnos para continuar unidos.
Las miradas de sorpresa fueron inmediatas.
Carlos sonrió y dijo que él ya lo sospechaba, porque me había visto cabizbajo y pensativo durante toda la conversación.
Archi no tardó en insistir:
—¡Cuéntenos! ¿Qué se le está ocurriendo?
Pero preferí no adelantarme.
—Todavía no —respondí—. Primero necesito organizar bien mis ideas. Cuando llegue el momento, las compartiré con ustedes.
Humberto protestó en tono de broma:
—¿Nos va a dejar así, con la espina?
—Tranquilos —les dije—. Todo a su debido tiempo.
Las risas volvieron a aparecer y la conversación se fue diluyendo poco a poco. Terminamos las bebidas que habíamos llevado a la playa y regresamos al hotel. El día había sido largo y el descanso ya se hacía necesario.
A la mañana siguiente nos preparamos para emprender el regreso. El viaje llegaba a su fin y pronto volveríamos a nuestra querida ciudad de Neiva, llevando con nosotros los recuerdos de aquellos días y, quizás, también el germen de una nueva etapa para Katakandrú.
Final de Katakandrú
Capítulo: El Brindis de la Ciudadela Katakandrú
La vida nos reclamaba. Cada quien volvió a su municipio y a su oficio: Ever a Campoalegre como ingeniero agrícola, Fulvio a Aipe como docente de artes plásticas, Nacho y Eulices a sus colegios como maestros de educación física, y yo, Constantino, a Tesalia como profesor de castellano. Las chicas también se graduaron, formaron hogares y siguieron sus caminos.
El ciclo universitario se cerraba: habíamos cumplido el objetivo del estudio, alternando siempre con las actividades de Katakandrú.
Y llego el reencuentro de diciembre
Como era tradición, el 24 de diciembre nos reunimos. Esta vez, en un lugar nuevo: El Rinconcito de Portilla, alegre y campestre, con la brisa fresca que parecía anunciar algo distinto. Allí estábamos: Ever, Humberto, Archi, Ignacio, Fulvio, Leonardo, Walter, Edgar, el tío Pedro y yo. Entre risas y recuerdos, la conversación tomó un rumbo inesperado.
La inquietud y la propuesta
Ever me increpó:
—Bueno, don Constantino, ahora sí nos va a sacar de la duda.
Fulvio añadió:




































2 comentarios:
Interesante recordar nuestra historia, en la cual se puede colaborar. Estaré atento.
EVER MOTTA DELGADO
Un excelente escrito apesar de que no estaba en esa época me imaginé cada una de las palabras y relatos, que orgullosa me siento pertenecer a una familia de katakos tan unida cómo está !!
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