KATAKANDRU, Y SU HISTORIA




KATAKANDRÚ

Legado cultural Katakandrú

Neiva, década de los setenta

Queridos compañeros de camino:

Hablar de KATAKANDRÚ es, en realidad, volver sobre nuestras propias huellas. Es abrir el cofre de la memoria y reencontrarnos con aquellos años en los que fuimos un grupo de jóvenes estudiantes, llenos de preguntas y de sueños, intentando abrirnos paso en medio de las profundas transformaciones culturales, económicas y sociales que atravesaba el país.

Recuerdo bien cómo, en el barrio Las Granjas, comenzó a gestarse algo más que simples encuentros juveniles. Allí nació un movimiento comunitario decidido a reorganizar la vida cotidiana, a reclamar mejores oportunidades de estudio y trabajo, y a fortalecer el espíritu cívico y solidario entre vecinos que compartían las mismas carencias, pero también las mismas esperanzas.

No fueron tiempos fáciles. La ciudad estaba marcada por disturbios, revueltas y pedreas. La juventud carecía de espacios deportivos, culturales o recreativos que orientaran el uso del tiempo libre, y las protestas se hicieron frecuentes durante el gobierno de Alfonso López Michelsen. Sin embargo, en medio de ese clima convulso, fue creciendo en nosotros una convicción profunda: el estudio era el camino más seguro para progresar, para romper el círculo de la pobreza, aunque ello exigiera sacrificios que parecían no tener medida.

El claustro universitario se transformó entonces en nuestro refugio y en nuestra esperanza. El ITUSCO, aquel Instituto Tecnológico Universitario Sur Colombiano fundado en 1970 —hoy Universidad Sur colombiana—, abrió sus puertas como una oportunidad invaluable para quienes soñábamos con convertirnos en profesionales y aportar al desarrollo de nuestra región.

¡Cómo no aprovechar la oportunidad, chicos! La muchachada del barrio se lanzó de una vez a inscribirse, con los ojos encendidos y los papeles apretados contra el pecho. Unos se fueron por Matemáticas, otros por Ingeniería Forestal o Agrícola; algunos eligieron Contabilidad, Literatura, Educación Física o Administración de Empresas. Cada decisión llevaba detrás un sueño callado, una promesa íntima hecha en silencio, como quien se atreve a pedirle algo grande al destino.

Recuerdo las conversaciones interminables en las esquinas, los planes dichos a media voz, el miedo disfrazado de valentía. Sabíamos que no sería fácil: muchos veníamos con carencias, con trabajos a medio tiempo, con familias que apostaban todo a ese intento. Pero aun así seguimos adelante, porque estudiar se había vuelto un acto de fe y de rebeldía, una forma de decirle al barrio y a la ciudad que también nosotros teníamos derecho a soñar.

Así, entre cuadernos nuevos y zapatos gastados, fuimos entrando a la universidad. No como extraños, sino como hijos de una historia que recién comenzaba a escribirse. Y sin darnos cuenta, hermanos, en esos pasos iniciales ya latía el espíritu de KATAKANDRÚ: la certeza de que nadie se salva solo y de que el conocimiento, cuando se comparte, se vuelve camino común.

Así nació nuestra fe en el estudio.
Así se encendió la llama que nos dio nombre y sentido


Crónica de Las Granjas y Katakandrú

Hablar del nacimiento de aquel grupo con alma es, inevitablemente, volver a Las Granjas, porque fue allí donde todo aprendió a latir. En esos años en que Neiva buscaba nuevos horizontes, el barrio surgía como un rincón de esperanza recién sembrada. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y jóvenes, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si ellas mismas quisieran dar la bienvenida a quienes llegaban con lo poco que tenían y lo mucho que soñaban.

Recuerdo bien a los Cuéllar, pioneros de aquellos primeros días. Luego fueron llegando los Castro, venidos de Ospina Pérez; los Amaya, desde el occidente del Huila; los Bello, de Vegalarga; y detrás de ellos los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo, y tantas otras familias. Cada apellido traía consigo un relato distinto, pero todos compartían la misma voluntad de echar raíces, de convertir aquel terreno en hogar.

Hoy, cuando pienso en Las Granjas, no pienso solo en un barrio. Pienso en un universo entero de olores, sonidos y colores que nos marcaron para siempre. El café compartido al amanecer, las risas que estallaban en las tardes polvorientas, la fuerza silenciosa de las mingas, el calor humano que no se aprendía en los libros, pero que educaba más que cualquier escuela.

Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos, y las conversaciones profundas de los mayores en las esquinas. El aire se impregnaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo en las cocinas, y del humo de las fogatas donde se preparaban sancochos para todos. Nadie preguntaba quién había puesto qué; bastaba con saber que era para compartir.

Las mingas, hermano, eran verdaderas fiestas de trabajo. Se levantaban canchas, se arreglaban calles, se pintaba la escuela. El sudor se mezclaba con la música de radios viejos que dejaban escapar cumbias y bambucos, y con las bromas que hacían liviana la carga. Allí aprendimos que el esfuerzo colectivo también podía ser alegría.

Los partidos de fútbol eran otro ritual sagrado. Los jóvenes jugábamos con pasión, pero los verdaderos protagonistas eran los padres. Si el árbitro se equivocaba, no éramos nosotros quienes protestábamos, sino ellos, defendiendo cada jugada como si se tratara del honor del barrio entero. No era solo deporte; era pertenencia, identidad, orgullo compartido.

Y si alguien osaba meterse con uno de los nuestros, la respuesta era inmediata. No salía un individuo: salía el barrio completo. No era violencia, era cuidado. Era ese pacto invisible que nos enseñó que en Las Granjas nadie caminaba solo.

Las noches traían otro paisaje. Bajo la luz amarillenta de los bombillos, las familias se reunían a conversar. Se contaban historias de los pueblos de origen, se soñaba en voz alta con el futuro, y el aire se llenaba del olor dulce de las almojábanas y del sonido lejano de guitarras acompañando tertulias que parecían no querer terminar nunca.

Con los años llegaron los cambios. Los lavaderos públicos se apagaron como viejas hogueras y dieron paso al agua en cada casa. La luz venció la oscuridad, el transporte abrió caminos, y las calles polvorientas se volvieron arterias de progreso. Se levantaron la caseta comunal, la parroquia, el puesto de policía y la escuela Eugenio Salas Trujillo, donde la juventud comenzó a entender que el saber también era una forma de resistencia. Aparecieron los campos deportivos, el balneario, las casas de dos pisos, el puesto de salud que fue, para muchos, último refugio de aliento y esperanza.

Y fue en ese crisol de esfuerzo y comunidad, hermano, donde nació Katakandrú. No surgió de la nada. Fue hijo de esas calles, de esas tardes, de esas luchas pequeñas y silenciosas. Katakandrú fue voz indómita, espíritu rebelde, canto que recogió la memoria de los abuelos y la convirtió en bandera. No fue solo un nombre: fue un grito de identidad, una certeza compartida de que Las Granjas ya no eran un barrio cualquiera, sino un barrio con destino.

Así se hizo epopeya nuestra historia. Y Katakandrú, su hijo, quedó sembrado como símbolo eterno de lucha, pertenencia y dignidad. Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien nombre al barrio con orgullo, esa llama —hermanos— seguirá ardiendo.



Katakandrú: La voz de los jóvenes
De aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas y esperanzas— nació Katakandrú. Fue un movimiento juvenil que supo recoger las enseñanzas de los mayores y convertirlas en acción. Éramos herederos del empuje y de la solidaridad del barrio, y con esa herencia nos organizamos para dar vida a proyectos culturales, sociales, recreativos y deportivos que devolvieran a Las Granjas su voz y su alegría.

Los festivales llenaban las calles de música y danza; los partidos de fútbol se transformaban en celebraciones que iban más allá del marcador; y los encuentros culturales se abrían como ventanas por donde asomaba la identidad profunda del barrio. Katakandrú fue esa chispa que mantuvo encendida la llama colectiva, demostrando que la juventud no solo podía soñar el cambio, sino protagonizarlo y cuidarlo en la memoria.

Y fue ya dentro del claustro universitario donde aquella historia dio un giro decisivo. Recuerdo con claridad la noche de los primíparos. Los granjunos nos encontramos como quien vuelve a ver a la familia en una fiesta patronal: radiantes, bromistas, saboreando el orgullo de haber cruzado las puertas de la universidad. Cada risa era un triunfo, cada abrazo una confirmación de que el esfuerzo había valido la pena.

Allí estaban Ever y Luis Motta, los chachos de las chicas, pavoneándose como si el patio fuera una pasarela; Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar, los duros del balompié, hablando de goles como si relataran gestas heroicas; Humberto Flores, sereno y medido, escogiendo las palabras con la precisión de quien sabe que el silencio también habla. Carlos Montealegre, el incomprendido, miraba al cielo como esperando que alguien descifrara sus pensamientos. Amparo Suárez, extrovertida y luminosa, llenaba el aire de carcajadas. Nubia Fajardo, siempre ingeniosa, ya pensaba en cómo revolucionar el mundo. Yael Garaviño, con su ímpetu social, soñaba con causas grandes. Constantino Castro, el teatrero, dramatizaba hasta el saludo. Y, por supuesto, estaba Leónidas, el dicharachero, a quien pocos tomaban en serio, pero que siempre lograba arrancar sonrisas.

La noche avanzaba fresca, ventilada por la brisa suave que subía desde el río Magdalena. El patio universitario se volvió escenario de tertulia, de risas y de esa sensación inconfundible de que todo estaba por hacerse.

De pronto, Ricardo Bello se levantó, pidió silencio y, con la solemnidad de un orador improvisado, lanzó una pregunta que nos quedó resonando:
Muchachos, ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes del barrio Las Granjas hay en esta universidad?

Nos miramos unos a otros, como si la respuesta flotara sobre nuestras cabezas. Ever, rápido de reflejos, respondió sin dudar:
Sería buenísimo. Podríamos armar un grupo para préstamos de libros, asesorías y para que los que van más adelante nos echen una mano.

Entonces Carlos Montealegre y Yael Garaviño sumaron la idea de organizar actividades culturales, deportivas, sociales y recreativas. La propuesta cayó como semilla en tierra fértil: fue acogida con entusiasmo casi unánime.

Casi… porque Leónidas, fiel a su ironía, se fue murmurando:
No creo que esa idea, tan soñadora, dé resultado…

Pero tú sabes bien, hermano, que en Las Granjas los sueños rara vez se quedan en palabras. Lo que empieza como anhelo termina volviéndose obra. Y así fue: a los pocos días, la convocatoria ya estaba en marcha, y sin darnos cuenta, Katakandrú comenzaba a tomar forma también en la universidad, como extensión natural del barrio y de su memoria.


CONVOCATORIA



Queridos hermanos del camino:

A la convocatoria respondieron treinta jóvenes universitarios, y llegaron con entusiasmo limpio, con la esperanza todavía intacta. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro se fueron trenzando ideas, sueños y la certeza de que juntos podíamos ir más lejos. Había una convicción compartida: agremiarnos, reconocernos como colectivo, construir un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran palabras vacías, sino práctica diaria.

Con alegría y sentido de responsabilidad elegimos una mesa directiva que nos representara. Aquello no fue solo un trámite; fue un acto de confianza mutua. Y, como todo grupo que empieza a tomar forma, sentimos la necesidad de nombrarnos, de darle identidad a ese proyecto común que ya latía entre nosotros.

Recuerdo bien aquella plenaria. Sobre la mesa se escucharon cerca de diez propuestas: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Duros del Vecindario, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos, entre otras. Las voces iban y venían, pero algo no terminaba de encajar. Coincidíamos, sin decirlo del todo, en que esos nombres no tenían la fuerza suficiente para trascender el momento ni para decir quiénes éramos realmente.

Fue entonces cuando Edgar Cuéllar, con voz firme, rompió el murmullo:
Se necesita un nombre que sacuda las fibras de la sociedad neivana, que despierte orgullo y sentido de pertenencia.

Sus palabras cayeron como un llamado. El ambiente se volvió solemne, casi ritual. Entre silencios expectantes, Nubia Fajardo, que hasta entonces había permanecido reservada, se puso de pie con una serenidad que aún recuerdo. Parecía custodiar algo antiguo, como quien guarda un legado esperando el momento justo para revelarlo.

Pronunció una sola palabra: Katakandrú.

Y luego empezó a explicar. Nos habló de las vastas tierras del Gran Tolima, donde el sol se posa como un dios sobre las montañas y los ríos murmuran canciones antiguas. Allí —dijo— habitó un pueblo llamado Katakandrú. Sus manos eran alquimistas de la tierra: moldeaban la arcilla en vasijas que parecían guardar el aliento de la selva; cincelaban la piedra con paciencia milenaria; y en el oro encontraban el reflejo de dioses ocultos.

Continuó su relato con voz firme y pausada. La música —nos dijo— era su lenguaje secreto. Cada tambor, cada flauta tallada, era un puente hacia lo sagrado, un lazo que unía al ser humano con la naturaleza. En sus ceremonias, la comunidad se fundía en un solo espíritu, pacífico y luminoso, como si la vida misma fuera un canto compartido.

Pero esa paz fue también su condena. Cuando los soldados españoles irrumpieron con hierro y fuego, los Katakandrú no levantaron armas. Ofrecieron amistad, mostraron sus artes, abrieron sus corazones. La respuesta fue el exterminio. La violencia borró sus cantos, sus dioses y sus nombres. El río que llevaba su memoria quedó teñido de silencio.

El nombre Katakandrú, que alguna vez resonó como trueno en las montañas, quedó sepultado bajo la ceniza del olvido. Sin embargo —nos recordó Nubia—, en cada fragmento de cerámica hallado, en cada piedra tallada que aún resiste, late la dignidad de un pueblo que eligió la paz frente a la guerra y que, por ello, se convirtió en mártir de la historia.

Entonces calló.

La sala quedó suspendida en un instante de revelación. Nos miramos unos a otros, conmovidos, sorprendidos, sabiendo que en aquel vocablo estaba la identidad que veníamos buscando. Katakandrú no era solo un nombre: era memoria, resistencia, herencia y futuro.

La aprobación fue inmediata, casi unánime. Solo Leónidas expresó sus reparos, diciendo que el nombre era extraño y difícil de pronunciar. Pero la fuerza simbólica del relato había hecho su trabajo. El nombre ya nos habitaba.

Así, en ese acto sencillo y solemne, quedó proclamado oficialmente el nombre que habría de guiarnos: Katakandrú, Club Juvenil Katakandrú. Desde ese momento supimos que no caminábamos solos; caminábamos acompañados por un eco ancestral que nos exigía dignidad, compromiso y memoria.

REFLEXION

Con el paso de los años he comprendido que los nombres no se eligen al azar. Algunos llegan para quedarse, otros para exigirnos. Katakandrú fue de esos nombres que, una vez pronunciados, ya no nos pertenecían del todo: comenzaron a pedirnos coherencia, memoria y responsabilidad.

Llevar ese nombre fue asumir un legado. No solo evocaba a un pueblo ancestral borrado por la violencia, sino que nos recordaba, cada día, que la paz, la cultura y la solidaridad también pueden ser formas de resistencia. Katakandrú nos enseñó que no toda lucha se libra con los puños, que hay batallas que se ganan creando, educando, organizando y soñando juntos.

Hoy, cuando vuelvo la mirada, sé que Katakandrú no fue solo un club juvenil. Fue escuela de ciudadanía, refugio de sueños y laboratorio de conciencia. Nos enseñó a hablar en colectivo, a disentir sin rompernos, a creer que la identidad no se hereda intacta, sino que se construye y se defiende.

Tal vez muchos no recuerden los nombres de quienes estuvimos allí, pero eso no importa. Lo esencial es que el espíritu de Katakandrú sigue vivo cada vez que un joven se organiza, cada vez que una comunidad se reconoce en su historia, cada vez que la cultura se levanta como acto de dignidad.

Si alguna vez alguien pregunta qué fue Katakandrú, o por qué ese nombre aún resuena, bastará con decirle que fue una llama encendida en tiempos difíciles, un eco ancestral que encontró en la juventud un nuevo cuerpo para seguir andando.

MESA DIRECTIVA

Querido lector,
querido compañero de aquella época:

Aún puedo ver con nitidez aquella noche del 12 de octubre de 1977, como si el calendario se hubiera detenido para conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera: fue el día en que decidimos organizarnos y ponerle rostro, voz y responsabilidad a nuestros anhelos juveniles. La elección de la mesa directiva no fue un simple trámite; fue un acto fundacional, casi sagrado, como escribir los primeros renglones de un libro que aún no sabíamos cuántas páginas tendría.

Allí quedaron inscritos los nombres —Carlos Montealegre, Constantino Castro Zamora, Doris Álvarez, Ever Motta Delgado, Ricardo Bello, Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo— no solo como cargos, sino como voluntades dispuestas a sostener un sueño común. Cada uno aceptó su responsabilidad con la conciencia clara de que el liderazgo no era privilegio, sino servicio.

Desde ese momento, Katakandrú dejó de ser una palabra recién nacida para convertirse en bandera. Empezó a caminar sola, a multiplicarse en las conversaciones del barrio, a encender la curiosidad de quienes escuchaban su nombre por primera vez. “¿Katakandrú?”, preguntaban algunos; otros simplemente se acercaban, atraídos por esa fuerza invisible que suele acompañar a las causas auténticas.

Las calles se volvieron caminos de encuentro. De la 33, la 35, la 37, la 40 y de tantas otras esquinas, fueron llegando jóvenes con historias distintas, pero con una misma sed de participación. Cada sábado a las siete de la noche, el tiempo adquiría otro ritmo: no era solo una reunión, era un ritual de palabra compartida, de escucha atenta, de construcción paciente.

Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor. Que soñar en colectivo exige respeto, disciplina y esperanza. Katakandrú no prometía milagros, pero ofrecía algo más duradero: sentido, pertenencia y voz.

Hoy, al escribir estas líneas, comprendo que aquel movimiento no solo iluminó un momento de la historia del barrio; sembró una semilla que aún germina en la memoria de quienes fuimos parte de él. Katakandrú fue llama, sí, pero también fue hogar, fue escuela, fue ensayo de ciudadanía.

Y aunque los años hayan pasado, su eco sigue ahí, recordándonos que hubo un tiempo en que la juventud decidió reunirse, nombrarse y creer que era posible transformar su entorno desde la cultura, la organización y la palabra.


PRIMER MES

Apreciados Compañeros

Recuerdo aquel primer mes como se recuerdan los amaneceres inolvidables: luminoso, pleno, casi sagrado. Veinticinco, treinta jóvenes se reunían con la disciplina alegre de un ejército sin armas, armados apenas de sueños, de amistad y de esperanza. Muchachos y muchachas compartiendo la vida: hablábamos de la música que sonaba en la radio, de los amores recientes, del noviazgo que ilusionaba, de las relaciones que nos confundían. Y en medio de esas conversaciones, sin darnos cuenta, estábamos construyendo algo serio, duradero.

Fue allí, en ese recinto humilde que nos cobijaba, donde aprobamos el reglamento. Aún puedo verlo sobre la mesa, escrito con cuidado, como si cada palabra pesara. Era más que un papel: era la piedra angular para alcanzar la personería jurídica, el acta fundacional de una causa que soñaba con trascender el tiempo y el barrio.

Pero, como suele pasar en toda historia verdadera, no tardaron en aparecer las sombras. La asistencia comenzó a menguar, apagándose como antorchas vencidas por el viento. Uno a uno, los asientos quedaron vacíos. La mesa directiva resistía casi sola, como centinelas en una fortaleza sitiada por el desánimo. Aun así, la llama no se apagaba del todo. Los jóvenes seguían preguntando, querían saber qué había pasado en las reuniones, ansiaban escuchar relatos de lo vivido.

Y nosotros, querido hermano, respondíamos con esas pequeñas mentiras piadosas que nacen del amor y no del engaño:
—La mayoría asistió, fue una reunión alegre y victoriosa.

Las promesas de volver se repetían, pero el salón seguía vacío. La tentación de rendirse rondaba como un espectro silencioso. Fue entonces cuando el vicepresidente, con voz firme, tronó como general que se niega a abandonar la batalla:
—No podemos dejar todo tirado, ya llevamos un recorrido y un trabajo elaborado.

El presidente, cansado pero aún erguido, preguntó:
—¿Pero qué podemos hacer?

Y el tesorero, encendiendo una chispa en medio de la penumbra, respondió:
—Debemos buscar una estrategia para volver a juntar al grupo.

Mientras tanto, desde la esquina de la calle 36, Leónidas y sus compinches observaban con sorna, como buitres sobrevolando un campo de batalla:
—Yo les dije, ese grupito no les va a funcionar —murmuraba, saboreando la derrota ajena.

Pero fue Carlos, el presidente, quien alzó la voz y cambió el curso de la historia:
—Deberíamos dejar las reuniones para los viernes. Los sábados es complicado que los socios cambien una fiesta por una reunión.

Hubo un silencio breve, cargado de revelación. Y entonces el vicepresidente exclamó, como quien oye el toque de trompeta que anuncia la carga:
—¡Oh, qué idea!

Así, queridos hermanos, aprendimos que la resistencia no siempre consiste en aguantar, sino en adaptarse; que los sueños, para sobrevivir, deben saber bailar al ritmo de la realidad. Y ese viernes, que parecía un simple cambio de calendario, terminó siendo una puerta abierta para que Katakandrú volviera a convocar a los suyos y a seguir escribiendo su historia.

La Estrategia: La Fiesta como Arma
El vicepresidente se irguió con solemnidad:
—¡Ahí está la solución!
Los rostros se tensaron, expectantes, como soldados aguardando la orden decisiva.
—Explíquese, nos tiene en ascuas, don Constantino —pidió Ever.
—Un momento —intervino Montealegre, el presidente—. Traeré jugo y pan, pues esto merece ser escuchado con fuerzas renovadas.
Tras el refrigerio, el vicepresidente habló con voz firme:
—Si a los muchachos les atrae la fiesta, la furrusca, entonces hagamos de la reunión una fiesta. Que la música sea nuestra bandera y la alegría nuestro estandarte.



Yael Garaviño, del comité de cultura, pidió más detalles, intrigado por la audacia de la propuesta. Carlos Másmela, el flaco terco que aún no era universitario levantó su apoyo.        - Usted no diga nada, aun no eres socio, replico Amparo
—Algún día lo seré —dijo con orgullo.
-Por ahora limítese a escuchar —le lanzó Amparo Suárez, con ironía de acero.
El presidente entonces proclamó:
—La primera reunión será en mi casa. Invitaremos a todos los socios, pediremos una pequeña colaboración para el festejo. Antes de la música y el baile, trataremos los temas del grupo. Ese mismo día planearemos la siguiente reunión, en otra casa, con otra temática. Y luego… ¡a divertirnos todos!
Amparo Suárez ofreció su hogar para la segunda batalla. Yael Garaviño pidió ser el tercero en la lista. La estrategia fue aprobada, y la mesa directiva, como un consejo de guerra, se preparó para la nueva campaña.
Así nació la resistencia juvenil contra el olvido. No serían vencidos por la apatía ni por las burlas de Leónidas y sus compinches. Convirtieron la fiesta en arma, la amistad en escudo, y la perseverancia en espada. Cada reunión sería una batalla, cada risa un triunfo, cada baile un himno de victoria.
Porque aquel grupo no era solo un puñado de jóvenes: era la memoria viva de una generación que se negaba a desaparecer.

Reunión y estrategia

Llegó por fin el sábado tan anhelado y, ¡oh sorpresa!, hacia las siete de la noche comenzaron a llegar, uno a uno, los representantes de la mesa directiva, como si el reloj hubiese decidido, por fin, ponerse de nuestro lado. Poco después aparecieron algunos socios que hacía tiempo no se dejaban ver; luego llegaron los más asiduos, fieles como faroles encendidos, y finalmente ese grupo de muchachos que siempre estaba atento a cualquier invitación esporádica para entrar y quedarse. Tras la reunión, la consigna fue clara, casi celebrada como un decreto festivo: ¡a festejar!

Probando el dulce de los pasabocas

La estrategia había funcionado. Queríamos reunir al grupo y allí estaban: alrededor de cincuenta muchachos, acompañados por los siete socios de la mesa directiva. La escena era un mosaico humano lleno de nombres y afectos: William Serrato; las cuatro hermanas Álvarez; Humberto Flores; los cuatro hermanos Bello; los cuatro hermanos Castro; las dos hermanas Cuéllar, Yineth y María Eugenia; Nubia Fajardo; Mélida Trujillo; Adriana López Aristizábal; Magnolia Rojas; Yael Garaviño y sus tres hermanas: Ariari, Martha y Ederle; las dos hermanas Patricia Y Maribel Tovar; Yolanda Morales y su prima. También estaban Luis Motta y su hermana Mónica; Hugo y Juan Carlos Peña; Flor de Liz; Carlos Roberto Másmela; Martha, Yineth y Rosa Ramírez; Lester Lizcano; Luis Ángel, Donal Losada y otros más que completaban esa constelación juvenil.

Pero aquella noche no fue solo de fiesta. La reunión resultó sorprendentemente productiva. Entre risas y acuerdos, se planeó el primer trabajo comunitario: convocar a los vecinos del barrio para realizar labores de limpieza, desyerbe y recolección de basura y escombros en varios lotes baldíos. La propuesta quedó aprobada en el acta, junto con el lugar de la siguiente reunión: la casa de Amparo Suárez. Vale decirlo, querido compañero, el grupo aún no tenía sede propia; nuestra casa era, por entonces, la voluntad de encontrarnos.

Luego la música tomó el mando. Sonaba Joe Arroyo, que en esos tiempos causaba verdadero furor. Cada quien sacó a su pareja y mostró sus mejores pasos, como si el cuerpo también quisiera firmar su adhesión al proyecto. En medio del baile apareció Edgar Cuéllar, con su abundante cabellera hasta los hombros, pantalón bota campana y un cinturón con una hebilla inmensa y brillante que resaltaba sobre su indumentaria, porque esa era la vestimenta de la época, entro gritando a todo pulmón: “¡Guepa je!”, mientras agitaba una botella de aguardiente Doble Anís. Sus piernas se movían al compás de la música y la bota campana de sus pantalones se agitaba de lado a lado. Al grito de Edgar respondimos todos, y la fiesta alcanzó su punto más alto, como una ola que nadie quiso detener.

El ambiente agradable reinó durante toda la calurosa noche, hasta que despuntó el alba. Para despedirnos, sonó una ranchera —La ley del monte, de Vicente Fernández— y luego, casi con solemnidad espontánea, el himno nacional. Después, cada quien tomó rumbo a su casa, con el cansancio dulce de quien ha bailado, soñado y decidido.

Así fue, querido compañero: esa noche confirmamos que Katakandrú no solo sabía reunirse, sino también celebrar, planear y resistir. Y comprendimos que, cuando la alegría y el compromiso caminan juntos, ningún proyecto está condenado a desaparecer.

El primer trabajo de grupo

Querido lector,

o quizá viejo compañero de deporte y canción:

Si cierro los ojos, todavía puedo verme llegando a aquel lote baldío —el mismo donde hoy se levanta el puesto de salud— con la convicción ingenua de que íbamos a “hacer aseo”, cuando en realidad íbamos a celebrarnos como grupo. Porque en Las Granjas, y más aún en Katakandrú, el trabajo nunca fue solo trabajo: era encuentro, era risa, era música sonando a todo volumen desde una grabadora de radiocasete y pilas Exvirrey que parecía marcar el pulso de la jornada.

Llegamos armados de palas, picas y buena voluntad. El sol caía sin clemencia y el sudor nos corría por la frente como si también quisiera participar de la minga. Pero nadie se quejaba. Al contrario: entre golpe y golpe a la tierra, la cumbia se colaba en el cuerpo y hacía que el trabajo avanzara más al ritmo del baile que al de las herramientas.

Mientras arrancábamos monte y recogíamos basura, las conversaciones florecían. Se hablaba, cómo no, de la última reunión-fiesta: que fulano estrenaba novia, que mengano había aprovechado para “hacer contactos”, que la música estuvo tan buena que hasta los más callados se soltaron a bailar. Pero inevitablemente, querido lector, el tema que nos hacía estallar de risa era Richard.

Según el consenso general —ese tribunal informal pero implacable—, Richard había sido el más enamorado, el más osado y, sin duda, el más persistente.
—Ese no dejó chica sin saludar —decía uno.
—Ni sin cortejar —remataba otro.

Y las carcajadas se elevaban como bandadas. Porque era cierto: Richard había recorrido la fiesta como si estuviera en campaña electoral, repartiendo sonrisas, cumplidos y promesas de baile como volantes.

Claro que él no se quedó callado.
—¿Cómo es que me están levantando falsos testimonios? —protestó—. Si Ever también estaba apretadito.
—¿Yo? —respondió Ever—. Solamente bailé cinco temitas. Carlos no se perdió una sola canción.
—Yo bailé sin ninguna intención ni compromiso —sentenció Carlos, muy serio.

Y entonces la risa explotó de nuevo, larga, contagiosa, incontenible. Fue ahí cuando Leónidas, fiel a su reputación, lanzó la frase que cerró la escena como broche de oro:
—No corten esa flor, desyerbando por debajo de la planta. se refería a Carlos y flor de Liz, uno de esos romances que había en katakandrú

La carcajada colectiva volvió a sacudir el lote, mezclándose con la música, el olor de la tierra removida y el cansancio feliz del cuerpo.

Hoy, al recordar esa jornada, comprendo que aquel primer trabajo comunitario fue mucho más que una limpieza. Fue un acto inaugural, una prueba silenciosa de que Katakandrú no solo sabía organizarse, sino también reírse de sí mismo; que podía unir esfuerzo y alegría, compromiso y juego. Y quizá por eso ese lugar terminó convertido en un puesto de salud: porque antes de los muros y los servicios, allí se sembró algo esencial —la idea de que cuidar el territorio también es cuidar la vida.


La conquista de la sede
Celebración día de las madres en la sede de Katakandrú
 y allí se encuentran las madres de algunos de los socios
 y con ellas Hugo, Juan Carlos Humberto, Adriana, archi
 Constantino, William, Edgar,  Estiben, Olga, Ever, Fulvio,
 Amparo, Magnolia, victoria entre otros.

Queridos compañeros de camino:

El grupo crecía cada día, no solo en número, sino en fuerza y en espíritu. La voz de Las Granjas ya no era un murmullo disperso, sino un canto organizado, firme, cada vez más popular. Era evidente para todos nosotros que necesitábamos un bastión: un lugar propio donde la memoria, la resistencia y los sueños pudieran echar raíces y no ser arrasados por el olvido. Y lo encontramos, paradójicamente, en el sitio más cargado de símbolos: el antiguo puesto de policía.

Aquel edificio, que pocos años atrás había sido emblema de represión, yacía abandonado, como un cascarón vacío. Eran tiempos duros, de confrontación abierta. El pueblo se levantaba contra los órganos del Estado, reclamando salarios dignos, oportunidades de estudio, libertad sindical. Las Granjas no fue ajena a esa lucha. En sus calles se vivieron pedreas, llantas ardiendo, cierres de vías, golpes, persecuciones y detenciones que dejaron cicatrices visibles e invisibles.

Recuerdo —cómo no hacerlo— una de esas jornadas en las que Ever, Carlos y yo mismo, Constantino, fuimos apresados por salir en defensa de un joven del barrio que estaba siendo brutalmente agredido. La patrulla nos recogió sin miramientos y nos llevó al comando. Allí recibimos un verdadero rosario de bolillo, castigo impuesto por no bajar la cabeza ni callar. Luego nos obligaron a barrer y a lavar las piscinas del cuartel, como si quisieran borrar con humillación la dignidad que nos sobraba. Pero gracias a la intervención de un amigo policía, logramos salir horas después, con la frente en alto y el espíritu intacto, más convencidos que nunca de que la lucha tenía sentido.

Con el tiempo, la policía entendió que la comunidad ya no les respaldaba. El rechazo era evidente, la distancia insalvable. Decidieron retirarse, y el local quedó vacío. Entonces ocurrió lo inevitable: el pueblo lo reclamó como suyo.

En apenas un mes, querido hermano, lo que había sido símbolo de opresión comenzó a transformarse en templo de esperanza. Se limpiaron basuras y escombros, se podaron árboles, se repararon sardineles. La gruta de la patrona fue embellecida con accesos de cemento, y en el interior se instalaron lámparas, sanitarios y duchas. Cada mejora era una victoria silenciosa.

El gran salón, antes oscuro y silencioso, se convirtió en biblioteca, en escenario de música, teatro y danza, en lugar de reunión y de fiesta. Allí resonaron por primera vez las palabras leídas en voz alta, los acordes de guitarras, los ensayos teatrales, las risas colectivas. Cada sábado, cuando no había actividad social, la comunidad se congregaba para planear su futuro, como quien traza mapas en medio de la noche.

Así, el antiguo comando policial dejó de ser guarida de opresión y se transformó en fortaleza de cultura, resistencia y libertad. Lo que nació como símbolo de castigo, Katakandrú lo convirtió en estandarte de dignidad. Y cada vez que cruzábamos ese umbral, sentíamos que la historia, por fin, estaba de nuestro lado.

La Marcha del Libro: una gesta de Las Granjas

La creación de la biblioteca no fue un simple proyecto, y tú lo sabes bien; fue una batalla librada con dignidad y esperanza. Los muchachos de Katakandrú, con el corazón encendido y la certeza profunda de que el conocimiento es una forma de poder y de libertad, decidimos dar un paso que marcó para siempre la historia del barrio: organizar la Marcha del Libro.

Aquella no fue una caminata cualquiera. Fue un acto simbólico, casi ritual, que desbordó lo cotidiano y se convirtió en resistencia cultural. Salimos a las calles con libros en alto y con una encuesta en las manos que, más que preguntas, era un manifiesto dirigido a la conciencia del pueblo. Cada interrogante resonaba como clarín de guerra, como llamado urgente a despertar:

¿Has oído hablar del grupo juvenil universitario Katakandrú?
¿Crees importante que funcione una biblioteca en la antigua sede de la policía?
¿Estás de acuerdo en que Katakandrú tenga su sede en el mismo lugar de la biblioteca?
¿Apoyas a Katakandrú para que forme un grupo cultural, deportivo y recreativo?
¿Cuántos libros aportarías para la biblioteca?
¿Cuánto aportarías en favor del proyecto “Biblioteca”?

Hermano, cada respuesta afirmativa era un voto de confianza depositado en nuestras manos. Cada libro entregado se alzaba como un estandarte. Cada moneda aportada era un pequeño combustible que avivaba la llama de la transformación. No pedíamos limosnas: convocábamos a un acto de fe colectiva.

La comunidad respondió con júbilo y orgullo. Los aplausos sonaban como tambores de victoria y, casa por casa, los vecinos se sumaron a la causa con libros guardados durante años y con aportes modestos pero llenos de significado. Lo que empezó como una marcha se convirtió en una epopeya compartida, donde la juventud del barrio asumió, sin saberlo del todo, el papel de guardiana del futuro.

El resultado fue contundente. La campaña fue un triunfo rotundo. Katakandrú se supo respaldado por su gente, y la antigua sede policial —aquel espacio que había sido sinónimo de miedo y represión— comenzó a transformarse, de manera irreversible, en fortaleza de cultura y libertad.

Hoy, cuando miro ese lugar, no veo paredes ni estanterías: veo un santuario del saber. La biblioteca del barrio, equipada con libros, computadores y conexión a internet, es un arsenal de sueños donde cada joven encuentra herramientas para forjar su propio destino. Allí, el silencio ya no es de temor, sino de concentración; ya no hay órdenes, sino preguntas; ya no hay castigos, sino horizontes abiertos.

La Marcha del Libro no fue solo un evento, hermano. Fue una proclamación. La prueba viva de que cuando una comunidad camina unida, puede convertir la memoria en victoria y la resistencia en futuro. Y en cada página leída, en cada libro prestado, Katakandrú sigue marchando.


IDENTIFICACIÓN
Ya instalados en nuestro propio espacio, cada quien fue llevando lo que tenía a mano, sin ostentaciones ni reservas: unas sillas prestadas, tapetes gastados por el uso, cuadros colgados con clavos improvisados, libros rescatados de estantes familiares. Poco a poco, aquel lugar comenzó a latir como un verdadero salón cultural y biblioteca comunitaria, abierto tanto para las reuniones de Katakandrú como para el servicio de todos los vecinos. Allí se soñaron y se planearon muchos de los proyectos que luego caminarían por el barrio con nombre propio.

La idea que nos sostenía era sencilla y poderosa: el apoyo mutuo, la hermandad entre los socios. No éramos individuos sueltos, sino parte de un mismo cuerpo. Inspirados por Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, adoptamos su lema como bandera moral y práctica:
“Uno para todos y todos para uno.” y como lema ya original decidimos implementar la frase, "La unidad hace la fuerza"

De ese espíritu nació también el eslogan que nos definiría para siempre: “Jóvenes liberan jóvenes”, propuesto por el, ya socio, Carlos Roberto Másmela, quien además tuvo el talento y la paciencia de diseñar el logotipo del club. Con esos símbolos se creó el carné de afiliación, pequeño en tamaño, pero enorme en significado, que cada miembro portaba con orgullo como prueba de pertenencia y compromiso.

La unión se hizo más fuerte, hermano. La camaradería creció como crece el fuego cuando se le alimenta con leña buena. Todos estaban dispuestos a jugársela el todo por el todo en favor del grupo y de sus compañeros, sin cálculos mezquinos ni medias tintas.

Durante la entrega de carnés, hubo un instante que quedó grabado en la memoria. Humberto Flórez, con su voz serena y su palabra medida, pronunció una frase que selló el momento:
—Que este instante sea motivo para que la unidad prevalezca sobre cualquier obstáculo y tengamos la fuerza de seguir adelante. Si un socio está en dificultad, los demás estamos en la obligación de ayudarlo.

El grito fue inmediato, unánime, casi sagrado:
—¡Que así sea!

La alegría se multiplicó cuando llegó la noticia largamente esperada: la Gobernación del Huila había aprobado los estatutos del club. Katakandrú recibía oficialmente su personería jurídica, bajo el registro PJ 142 de junio de 1979. Ya no éramos un grupo pirata, como solían decir algunos con sorna. Éramos una organización reconocida, con documento de identidad, con existencia legal ante el mundo.

Incluso se abría la posibilidad de recibir recursos del Estado, siempre y cuando presentáramos proyectos bien sustentados. Es verdad que esa oportunidad no se supo aprovechar del todo, pero el solo hecho de saberla posible nos hacía sentir que habíamos dado un paso histórico.

Aun así, Ever Motta, nuestro tesorero, fue claro y prudente, como quien pone los pies sobre la tierra para no perder el equilibrio:
—Las finanzas deben llevarse con rigor, para que rindan y podamos afrontar nuestros compromisos.

Y así seguimos, con sueños grandes, bolsillos modestos y una convicción intacta. Katakandrú ya tenía nombre, símbolos, estatutos y corazón. Lo que vendría después sería, simplemente, la prueba de todo lo que éramos capaces de hacer cuando la unidad guiaba nuestros pasos.

Ever Motta

Sobre el tesorero Hébert Motta 

Hablar de Hébert Motta es volver a ver a ese chacho sereno, de mirada franca, que casi siempre llevaba una libreta bajo el brazo y un lápiz detrás de la oreja, como si en cualquier momento fuera a cuadrar cuentas o a resolver un problema que los demás aún no alcanzábamos a notar. Desde el primer día asumió la tesorería con una responsabilidad que sorprendía para su edad. Sabía bien que el club no nadaba en recursos, pero también sabía —y lo decía con una sonrisa tranquila— que cuando hay ganas, la plata alcanza.

Era admirable verlo estirar cada peso como si fuera elástico. Revisaba facturas con paciencia, negociaba precios, buscaba rebajas, preguntaba una y otra vez hasta encontrar la mejor opción. Y aun así, nunca perdió la alegría. Más de una vez lo vimos llegar con una bolsa de pan o una gaseosa compartida “porque alcanzó”, decía con orgullo, celebrando no el gasto, sino el milagro de haber hecho rendir el presupuesto. Y cuando no alcanzaba, él mismo ponía de su bolsillo, sin anunciarlo, sin esperar reconocimiento alguno. Lo hacía en silencio, porque así era Hébert.

Pero más allá de su destreza con las cuentas, lo que todos recordamos —y lo que hoy merece ser dicho— es su honradez absoluta. Nadie dudaba de él. Nadie. En tiempos en que la necesidad podía tentar a cualquiera, Hébert era una roca: transparente, firme, incapaz de tomar un centavo que no le perteneciera. Por eso, cuando hablaba, el grupo guardaba silencio. Y cuando proponía algo, la confianza era inmediata, casi automática.

Y como amigo… qué más puedo decirte, hermano. Era de los que llegaban temprano para ayudar y se iban de últimos, de los que prestaban el hombro sin hacer preguntas, de los que sabían cuándo callar y cuándo soltar una carcajada para aliviar el peso del día. En las mingas, mientras otros descansaban un momento, él seguía barriendo, recogiendo, ordenando. Y aun así encontraba tiempo para bromear, para animar, para hacer sentir a cada uno parte de algo que nos superaba.

Hébert Motta fue mucho más que un tesorero. Fue un pilar silencioso, un compañero leal, un Katako que entendió, quizá antes que muchos, que la grandeza de un grupo no se mide solo en proyectos cumplidos, sino en los pequeños actos de honestidad, entrega y cariño cotidiano.

Su nombre quedó grabado en la historia de Katakandrú no por las cifras que cuidó, sino por la nobleza con que lo hizo. Y cada vez que hablamos de lo que fuimos, su recuerdo vuelve, sereno y firme, como recordándonos que así también se construye la memoria.


LA ANECDOTA DE EVER
Dicen que las mejores historias no nacen en los libros, sino en las tiendas de barrio o cafeterías, entre politas sudadas y carcajadas que se repiten hasta que la memoria se vuelve tradición. Yo doy fe de eso. Y si no, pregúntale a cualquiera por la noche en que dejé de ser futbolista aficionado para convertirme —sin querer— en personaje de leyenda.

Todo empezó después de un partido cualquiera. De esos que se juegan con más corazón que técnica. Terminamos en la tienda de Vale, ese lugar sagrado donde uno no solo se refresca, sino donde se bautizan las anécdotas que nunca mueren. Entre brindis, chistes y promesas de fiesta eterna, alguien lanzó la idea:
—¿Y si vamos a bañarnos y nos arreglamos para la rumba en casa de los Castros?

La respuesta fue inmediata, como debe ser entre valientes… o imprudentes. Cinco en una moto. Sí, cinco.
Constantino al timón; yo, Ever, justo detrás; luego Archi, Fulvio y Carlos, que por lo largo y flaco parecía bandera al viento.

Arrancamos confiados, riéndonos del mundo, cuando de repente un carro nos salió como bala. Constantino aceleró por puro instinto, pero el destino —ese bromista cruel— nos tenía preparado un hueco. Literal. Uno de esos que no se ven, pero se recuerdan toda la vida.

La moto cayó y salimos disparados como fichas de dominó mal lanzadas:
Constantino voló por los cachos como vaquero sin toro.
Carlos quedó de pie, milagroso, como estatua viva.
Fulvio y Archi rodaron a los lados, levantando polvo y risas nerviosas.
Y yo… bueno, yo quedé atrapado bajo la moto, con el exosto caliente justo donde más duele decirlo.

Hubo un segundo de silencio. Solo uno. Luego vinieron los quejidos. Yo intenté ponerme de pie y caminé como si estuviera inventando un nuevo ritmo de cumbia: paso corto, cadera rígida, dignidad en ruinas. Pero aquí viene lo verdaderamente épico: ninguno faltó a la fiesta. Y yo menos.

Llegué cojeando, con un protector improvisado y la sonrisa forzada del que no se deja vencer. Y ahí empezó la verdadera comedia. Cada vez que me animaba a mover la cadera en la pista, el coro era unánime:
—¡Cuidado con el hueco!

Desde esa noche dejé de ser Ever. Pasé a llamarme “El Hueco”.
Fulvio gritaba:
—¡El hueco, el hueco!
Constantino respondía:
—¿Cuál hueco? ¡El verdadero hueco fue el que le dejó el exosto a Ever!
Y Archi, muerto de la risa, decía que yo parecía gallo de pelea, con las pantalonetas arremangadas y el orgullo intacto.

La imagen final, hermano, fue gloriosa: yo bailando en pantaloneta arremangada, sudando alegría, con la quemadura ardiendo y el alma encendida, demostrando que ni el dolor más bravo puede apagar la chispa de una buena fiesta ni las ganas de vivirla.

Así nacen las leyendas: no con gloria solemne, sino con caídas memorables, amigos alrededor y risas que, hasta hoy, siguen sonando cada vez que alguien dice mi nombre… o menciona un hueco en la calle.

ORGANIZACIÓN DE ACTIVIDADES.

Aviso Publicitario del Diario del Huila
La primera gran actividad que nos atrevimos a organizar desde el Club Katakandrú fue, sin exagerar, una apuesta audaz: el inicio del primer hexagonal de fútbol decembrino. No imaginábamos entonces que aquel torneo, nacido más de entusiasmo que de recursos, terminaría marcando el pulso deportivo del barrio Las Granjas y dejando huella en la historia popular de Neiva.

La idea era sencilla y ambiciosa a la vez: reunir a los seis mejores equipos de la ciudad y enfrentarlos en nuestras canchas, durante jornadas intensas de sábado y domingo. Cada equipo aportaría una cuota de inscripción, y con esos fondos se garantizaría una premiación digna del esfuerzo, la competencia y la gloria deportiva. Queríamos demostrar que desde el barrio también se podían hacer las cosas bien hechas.

Nos sentamos a pensar cada detalle como si se tratara de una empresa mayor: evaluamos pros y contras, organizamos la logística, redactamos el reglamento, pensamos en la seguridad. Se enviaron las invitaciones oficiales y la noticia del torneo empezó a regarse como pólvora por la ciudad. De boca en boca, de cancha en cancha, el nombre de Las Granjas comenzó a sonar con respeto.

Los equipos convocados eran de peso, y eso nos llenaba de orgullo y de nervios: el club de Alfonso Díaz Parra, el de Cándido Leguísamo, Postobón, Granjas A y Granjas B, y el Club Mártires. Verlos aceptar la invitación fue la primera señal de que íbamos por buen camino.

El sábado se jugaron los primeros encuentros; el domingo, los siguientes. Las graderías improvisadas se llenaron de voces, aplausos y reclamos apasionados. Así nació una tradición que nadie quiso dejar morir: cada diciembre, el hexagonal volvería a las canchas, como un ritual de competencia, hermandad y fiesta barrial.

TROFEO “LA GAITANA
” Fulvio César Castro
 Hexagonal Decembrino 
Las Granjas
 
Con el paso de los años, el torneo creció. Nuevos y grandes clubes deportivos se sumaron, y hoy, más de tres décadas después, el hexagonal decembrino de Las Granjas es reconocido como uno de los encuentros deportivos más emblemáticos de Neiva. No fue solo fútbol, hermano: fue identidad en movimiento.

Y como símbolo de victoria y legado, quedó el trofeo: la escultura de La Gaitana, obra del socio Fulvio César Castro. En esa figura de fuerza y coraje se resume el espíritu del barrio: resistencia, dignidad y celebración colectiva. Cada vez que se alza ese trofeo, no solo se premia a un equipo, sino a una historia que empezó con jóvenes soñadores y una cancha polvorienta, y que aún hoy sigue rodando como balón bendito por la memoria de Las Granjas.


 INTEGRANTES DEL GRUPO DEPORTIVO K- astros


¿
Richard Castro
El Capitán
 

Ever Motta
Delantero

Arquímedes Castro
Delantero
Abraham Castro
Defensa
Marcovinicio Castro
Marco Vinicio castro
Medio Campista
Constantino castro
Medio Campista 

Carlos Julio Tovar defensa central

Eulises Castro
El Arquero


Recordar las actividades deportivas es hacer apología a un gran socio del grupo, Ignacio Bello Pascuas, quien era el abanderado del deporte. Realizaba la carrera decembrina del 31 y a las siete de la noche ya tenía listo a los participantes y para el barrio era un gran festejo. También organizaba encuentros futboleros,  de microfútbol, voleibol y baloncesto. En micro hubo un
grupo muy particular, se llamaba" Hermandad Castro" al cual pertenecía Ricardo, Constantino, Ulises, Abraham, Arquímedes, el famoso Archí un zurdo espléndido, Marco Vinicio y Armando a los que llamaban pequeños, todos con apellido castro; al cual también pertenecía, Víctor Castro, Ever Motta Carlos Julio . y ellos siempre argumentaban que todos eran Castro y la gente lo creía.



Archy - Richar
Jugadora Katakandru
 Bello organizó el campeonato femenino; el cual era un grupo de gran talante y este pertenecían un puñado de niñas de grandes habilidades futbolísticas, cuando las chicas jugaba todo los katacos íbamos apoyarlas, darles ánimo, agüita y a ellas les gustaba el respaldo efusivo que les brindaban todos los muchachos y amigas. En el grupo "Las chicas K" estaban Samaris Castro, Gloria Guío. Judit Cerquera, Rubiela cohetato, Las Hermanas Cuellar, La Cueto Suárez, Consuelo Amaya, Victoria Belcastro, No solo eran buenas jugadoras, eran chicas muy bonitas y los demás equipos le temían porque sus  Jugadoras eran duras en la cancha, hábiles en el desequilibrio y acertadas frente al arco contrario.

 Ignacio Bello 

El alma deportiva del barrioRecordar a Ignacio Bello es traer de vuelta la energía vibrante de aquellos días en que el deporte era más que un pasatiempo: era una forma de unir al barrio, de mantener a la juventud enfocada, de demostrar que desde Las Granjas también se podía hacer historia. Ignacio fue, sin exagerar, el gran promotor deportivo de nuestra comunidad. Tenía un don natural para organizar campeonatos de fútbol, atletismo, voleibol y baloncesto, y lo hacía con una pasión que contagiaba hasta al más tímido.

Era de esos líderes que no necesitaban títulos ni discursos. Bastaba verlo llegar con un balón bajo el brazo, un silbato colgado al cuello y esa sonrisa amplia que anunciaba que algo bueno estaba por comenzar. Donde Ignacio ponía el pie, se armaba un equipo; donde levantaba la mano, se formaba un torneo; donde él animaba, la gente respondía.

Gracias a su empuje, KATAKANDRÚ no solo participó: ganó competencias a nivel municipal en Neiva, dejando claro que el talento del barrio no tenía nada que envidiarle a nadie. Cada triunfo llevaba su sello: disciplina, camaradería y ese espíritu deportivo que él defendía como un tesoro. Para Ignacio, ganar era importante, sí, pero más importante era que los muchachos se sintieran parte de algo grande, que aprendieran a trabajar en equipo, a respetar al rival y a creer en sus propias capacidades.

Muchos aún recuerdan cómo, en las tardes de entrenamiento, él corría de un lado a otro, ajustando arcos improvisados, marcando líneas con cal, inflando balones, animando a los más pequeños y retando a los mayores a superarse. Era incansable. Y cuando llegaba el día del campeonato, su emoción era tan grande que parecía que él mismo fuera a jugar todos los partidos.
Ignacio Bello dejó una huella profunda. No solo formó deportistas: formó carácter, unión y orgullo barrial. Su legado vive en cada historia contada, en cada foto amarillenta de aquellos torneos, y en cada persona que alguna vez sintió que, gracias a él, podía correr más rápido, saltar más alto o soñar más lejos. 


Anécdota de Nacho

Yo fui quien asumió la parte deportiva de Katakandrú, no por nombramiento ni por aplausos, sino porque alguien tenía que hacerlo. Siempre creí que a los muchachos había que respaldarlos más allá de la palabra bonita. Por eso me ocupé de conseguir uniformes, patrocinio, dinero para el arbitraje, elementos deportivos, botiquín y transporte. El talento estaba; lo que faltaba casi siempre era con qué sostenerlo.

Como los recursos no aparecían solos, me tocó inventarlos. Organicé ventas de empanadas, rifas y pequeños festivales bailables, convencido de que el esfuerzo colectivo podía sacar adelante al deporte del grupo. Uno de esos festivales lo recuerdo bien, porque me dejó una lección que todavía cargo.

Para esa actividad contamos con la casa de Judith Cerquera, integrante de Katakandrú y atleta de gran calidad. Su padre, don Eugenio Cerquera, quien siempre la apoyó y la patrocinó, fue quien dio el permiso para realizar el baile y la venta de algunos comestibles. Todo estaba dado para que fuera una actividad exitosa. Yo esperaba, como era natural, que todo el grupo Katako colaborara.

Pero las cosas no salieron como se esperaban. Por circunstancias diversas, el apoyo no llegó. El día de la actividad me encontré prácticamente solo, acompañado apenas por algunos deportistas que, con buena voluntad, me ayudaron a sacar todo adelante. Los únicos que se asomaron fueron Ever y Constantino, quienes estuvieron atentos a que los enfriadores estuviesen llenos y funcionaran bien y a que todo estuviera en orden antes de comenzar. Y eso lo reconozco.

La actividad se hizo. Se trabajó. Se terminó. Pero fue a pulso.

Cuando después el club me pidió cuentas, no pude quedarme callado. Solté mi parlamento con claridad y sin rodeos. Dije que cuando pedí apoyo, nadie apareció, que la actividad la organicé, la trabajé y la concluí prácticamente solo, y que por esa razón las ganancias eran exclusivamente para el deporte. Fui enfático:
—No me pidan explicaciones de algo que saqué adelante sin ustedes.

Y me fui. No me quedé a escuchar argumentos ni justificaciones. No por soberbia, sino por cansancio. Porque a veces también pesa cargar solo con lo que se supone que es de todos.

Eso fue lo que pasó. Y así lo dejo escrito.

Con Nacho en la organización deportiva del club Katakandrú se obtuvo innumerables triunfos atléticos a nivel municipal; tres olimpiadas Neivanas, lo cual repercutió fuertemente en el ámbito departamental. Los premios que se conquistaron se relacionaban con uniformes y material deportivo, Dentro de esos uniformes venían sudaderas y camisetas  con los colores del grupo Katakandrú - y a que no adivinan cuáles eran? - Exacto- Camisetas negras con los adornos amarillos y rojos. Fueron tantas las camisetas que se le regalaba a quien necesitara y tuviera afinidad con el grupo. Granjas y Neiva se inundaron, por así decirlos, con los colores Katakos y por doquiera podía ver una mostrando los colores y los emblemas del grupo.

Lo que nos dejó la cancha

Hoy, al mirar hacia atrás, entendemos que el deporte en Katakandrú fue mucho más que partidos ganados o campeonatos disputados. Fue una escuela de vida, un espacio donde aprendimos a caminar juntos, a equivocarnos y a levantarnos sin dejar a nadie atrás. En la cancha se celebraron goles, sí, pero también se ensayaron valores que no caben en un marcadoCada uno cumplió un papel. Hubo quienes brillaron con el balón en los pies, quienes organizaron desde la sombra, quienes pusieron la casa, el tiempo o el esfuerzo cuando faltaba todo. Y también hubo momentos de cansancio, de desencuentro y de silencio, porque ningún proceso colectivo está libre de tropiezos. Aun así, el deporte nos enseñó que la verdadera victoria es sostener el proyecto, incluso cuando parece pesado.

Katakandrú entendió el fútbol y el atletismo como lenguajes del barrio, tan válidos como el teatro, la danza o la música. El cuerpo en movimiento también fue palabra, identidad y resistencia. Cada entrenamiento, cada festival organizado para reunir recursos, cada uniforme conseguido a pulso, fue una forma de decir que el barrio creía en sus jóvenes.

Microfutbol masculino

Hoy sabemos que no todos llegaron a ser profesionales, pero muchos aprendieron disciplina, respeto y compañerismo. Eso permanece. Porque los trofeos se empolvan, las medallas se guardan, pero lo que se vive en comunidad se queda latiendo en la memoria.

Por eso, cuando evocamos esas canchas de tierra, esos festivales improvisados y esos esfuerzos compartidos, no hablamos solo de deporte. Hablamos de un tiempo en el que creímos juntos, en el que Katakandrú fue también sudor, sacrificio y abrazo. Y ese, sin duda, fue uno de nuestros mayores triunfos.


   
SÍMBOLOS KATAKOS.  Con la organización del primer evento deportivo, los jóvenes Katakos denominación adoptada para abreviar el nombre inicial del grupo— reconocieron la importancia de construir símbolos propios que permitieran fortalecer su identidad colectiva y representarlos de manera clara y coherente en las distintas actividades sociales, culturales y deportivas que desarrollan.

A partir de esta reflexión, se consideró fundamental contar con elementos simbólicos que expresaran sus valores, principios, objetivos y sentido de pertenencia. Por tal motivo, se decidió convocar un concurso interno para la creación de los símbolos representativos del grupo, entre ellos la bandera, el escudo y el himno, entendidos no solo como emblemas visuales y sonoros, sino como expresiones de la memoria, la unidad y el compromiso juvenil.

En respuesta a esta convocatoria, se presentaron diversas propuestas y diseños, los cuales fueron expuestos y socializados ante los integrantes del colectivo. Cada propuesta fue analizada teniendo en cuenta su creatividad, coherencia simbólica y capacidad de representar la identidad del grupo. Tras un proceso de deliberación y consenso, se procedió a la selección de los símbolos que, a partir de ese momento, representarían oficialmente a los Katakos en sus diferentes escenarios y actividades.

BANDERA Este símbolo fue seleccionado entre varias propuestas presentadas durante la reunión, tras una valoración colectiva de los elementos conceptuales y simbólicos expuestos. La propuesta fue sustentada por el expositor Constantino Castro Zamora, quien explicó que el color negro representa la condición humana en su dimensión negativa, rebelde y solitaria; una etapa inicial marcada por la dificultad y el conflicto interior, que, mediante el esfuerzo individual y colectivo, se transforma progresivamente.

Dicha transformación se manifiesta a través de la luz amarilla, la cual simboliza la unidad, la esperanza y el encuentro entre las personas. Este color actúa como un elemento integrador que conduce al crecimiento común. En este proceso aparece la estrella, concebida como símbolo del conocimiento, la solidaridad y la orientación colectiva, señalando el camino hacia metas compartidas y el fortalecimiento del pensamiento crítico.

Por su parte, el color rojo expresa la energía, el compromiso y la determinación de un grupo de jóvenes que, de manera consciente y organizada, busca revitalizar, impulsar y construir nuevas ideas y proyectos. Este grupo se reconoce como motor de cambio, dispuesto a trabajar en unidad con otros, a superar obstáculos y a materializar propuestas innovadoras, alcanzando múltiples triunfos colectivos a partir de la diversidad de pensamientos y enfoques.

Es importante destacar que Jael Garaviño también presentó sus símbolos, los cuales fueron valorados positivamente y elogiados por su calidad estética y creativa. Sin embargo, tras el análisis general, se consideró que su propuesta no alcanzó el mismo nivel de solidez argumentativa y profundidad conceptual, razón por la cual el símbolo sustentado por Constantino Castro Zamora obtuvo mayor consenso y respaldo.

LOGOTIPO: El logotipo del grupo fue creado por el socio Carlos Roberto Másmela, quien presentó su propuesta ante la asamblea general, explicando de manera clara el significado de las letras iniciales que lo componen: CLKT, las cuales representan la identidad y el nombre del club.

Durante su exposición, se destacó que el diseño del logotipo buscaba ser sencillo, funcional y fácil de reproducir, lo que permitió que todos los socios se sintieran plenamente representados y que, además, pudieran trazarlo con rapidez en cualquier lugar, fortaleciendo así el sentido de pertenencia y apropiación colectiva del símbolo.

De igual manera, el socio Carlos Roberto Másmela dio a conocer el lema del grupo, el cual fue acogido con entusiasmo por los asistentes:
Jóvenes liberan jóvenes.
Este lema expresa el espíritu solidario, transformador y comprometido del colectivo, resaltando la idea de que el cambio social y personal surge desde la juventud misma, a través del apoyo mutuo, la conciencia y la acción colectiva.


ESCUDO;El escudo del grupo no alcanzó una repercusión significativa a lo largo de la trayectoria del colectivo. Aunque fue aprobado formalmente, su uso fue limitado y no logró consolidarse como un símbolo de identificación permanente. En la práctica, el logotipo se impuso de manera natural como el emblema más utilizado, debido a su sencillez, facilidad de reproducción y mayor apropiación por parte de los integrantes.

Si bien se realizaron algunas acciones para promover el escudo, como la impresión de camisetas, estas iniciativas no generaron un impacto duradero. Con el paso del tiempo, el escudo fue perdiendo presencia dentro de las actividades del grupo, quedando relegado frente a otros símbolos que respondían mejor a la dinámica y a las necesidades expresivas de los jóvenes.

Este proceso permite una reflexión importante sobre la construcción de identidad colectiva: no todos los símbolos institucionalizados logran arraigarse en la memoria y en la práctica cotidiana de una comunidad. Aquellos que perduran son, en muchos casos, los que nacen de la experiencia compartida y se integran de manera orgánica a la vida del grupo, convirtiéndose en verdaderos referentes de su historia y su identidad.

La construcción de los símbolos de los Katakos fue un proceso colectivo que acompañó el surgimiento y fortalecimiento del grupo. Cada emblema refleja una etapa, una intención y una búsqueda de identidad. En conjunto, estos elementos permiten comprender cómo los jóvenes fueron definiendo su historia, reconociendo qué símbolos los representaban mejor y cuáles lograron permanecer en el tiempo como expresión viva de su comunidad




Jóvenes agrupan jóvenes              Los creadores de futuro
es el lema de Katakos,               el tiempo que pasa escucha;
muchachos de gran empuje,            se aferran a su presente,
chicos duros y verracos.             no le temen a la lucha.

Llenando así el corazón              Y como barrio se unieron,
con fragancia de cultura,            como familia también;
con el sudor de contienda,           el olvido revirtió
de victoria que perdura.             y se llenaron de fe.

Hoy es un grupo pujante,
aprendió de los errores;
enseñó a sus integrantes
que unidos son los mejores.

 Fulvio César Castro

Querido lector, querido compañero de memoria:

Dicen que en toda comunidad hay personas que, más allá de su talento, se convierten en guardianes silenciosos de la unidad. En Katakandrú, ese papel lo asumió con firmeza y con cariño Fulvio César Castro: pintor, escultor, ceramista… y, sobre todo, hermano de camino.

Fulvio no era solo un artista que sabía dialogar con el barro o despertar los colores. Era un hombre que entendía el arte como un puente tendido entre las personas, como un abrazo capaz de reunir voluntades dispersas. Siempre insistía en lo mismo —como quien cuida una llama frágil—: Katakandrú no debía desunirse. Decía que la verdadera fuerza estaba en seguir juntos, en no permitir que las diferencias apagaran la alegría de crear para los demás.

Tal vez por eso su obra más recordada no terminó encerrada en vitrinas ni colgada en muros solemnes. La escultura de La Gaitana nació para andar de mano en mano, para ser alzada con sudor y orgullo, para convertirse en trofeo del Hexagonal Decembrino de Las Granjas. Allí, en medio de goles, risas y aplausos, su arte se volvió símbolo de hermandad y gloria deportiva. Cada vez que La Gaitana cambiaba de dueño, parecía que Fulvio nos hablaba sin palabras: el arte también celebra, la memoria también juega, la historia del pueblo puede sostenerse en las manos de quienes sueñan.

Fulvio César Castro dejó huella en cada pincelada, en cada escultura y en cada consejo dado a tiempo para mantenernos unidos. Pero su legado no se mide solo en las piezas que creó. Vive, sobre todo, en la lección que nos dejó: que Katakandrú era más que un grupo cultural; era familia, era raíz profunda, era un futuro que solo podía construirse en colectivo.

Hoy, cuando evocamos su nombre, lo hacemos con gratitud serena. Sabemos que su arte y su empeño siguen vivos en cada encuentro, en cada relato que se repite al calor de la memoria, en cada sonrisa que despierta el recuerdo de Katakandrú. Y así, querido lector, mientras alguien siga contando esta historia, Fulvio seguirá caminando con nosotros.

ANECDOTA DE FULVIO CESAR CASTRO

Queridos compañeros de Katakandrú:

 Hay momentos que no se pueden quedar solo en la memoria hablada, y este fue uno de ellos. Yo siempre he sido inquieto, ustedes lo saben. No por gusto de alborotar, sino porque me duele ver cómo se apaga lo que con tanto esfuerzo encendimos juntos. Y hubo un tiempo en que empecé a sentir ese silencio raro, esa rutina pesada que se sienta en las reuniones cuando el entusiasmo se va quedando sin aire.

Veía a la mesa directiva cansada, agotada no por falta de voluntad, sino por exceso de carga. Veía al grupo quieto, como esperando que alguien más diera el primer paso. Y entendí que el mayor peligro no era la discusión ni el desacuerdo, sino la indiferencia. El letargo. Esa muerte lenta que no hace ruido.

Por eso un día hablé. Hablé fuerte, como quien sacude a un hermano dormido. Los reuní a muchos de ustedes y les dije, sin rodeos, que el club no podía seguir así. Que si la mesa estaba agotada, había que moverla; que si hacía falta, nosotros mismos nombraríamos otra. No lo dije por ambición ni por ganas de mandar, sino por amor al grupo. Porque Katakandrú no nació para vegetar.

Mis palabras cayeron como trueno, lo sé. Tal vez dolieron. Tal vez asustaron. Pero también cumplieron su propósito: despertaron. La mesa directiva reaccionó, se levantó con berraquera y volvió a poner el corazón donde siempre había estado. Y el grupo entendió que no se puede caminar dormido cuando se quiere llegar lejos.

Hoy miro ese episodio sin arrepentimiento. Lo que algunos llamaron un “golpe de grupo” fue, para mí, un acto de lealtad. Preferí el ruido del conflicto al silencio de la apatía. Porque aprendí que los colectivos no se rompen cuando discuten, sino cuando dejan de sentir.

Si escribo esto ahora es para que no se olvide: Katakandrú vive mientras alguien se atreva a incomodar por amor, a sacudir por convicción y a creer, incluso en los momentos más cansados, que siempre vale la pena volver a empezar.

Con el mismo cariño de siempre,
Fulvio César Castro

Cultura: Cuando pienso en Katakandrú, no puedo hablar solo de reuniones, torneos o cargos. Tengo que hablar, inevitablemente, de la cultura. Porque para nosotros la cultura nunca fue un adorno ni un pasatiempo: fue raíz, fue escuela y fue refugio. Desde el comienzo entendimos que allí, en el arte, había una fuerza capaz de decir lo que a veces no sabíamos expresar con palabras.

Chicas de Micro y Danzas

La cultura se volvió nuestro espacio de encuentro, de formación y de afirmación como jóvenes del barrio. A través de ella aprendimos a mirarnos, a reconocernos y a decirle al mundo quiénes éramos. El teatro, la música y la danza no llegaron por casualidad: llegaron porque necesitábamos contar nuestras historias, rescatar nuestros valores y fortalecer una identidad que se estaba construyendo paso a paso.

El teatro fue, quizás, nuestra voz más directa. En las tablas representamos la vida cotidiana, los conflictos juveniles, las alegrías y las heridas del entorno. Cada obra era un espejo y, al mismo tiempo, una pregunta abierta a la comunidad. No actuábamos solo para entretener, sino para provocar reflexión, diálogo y conciencia.

La música nos acompañó como una compañera fiel. Buscábamos ritmos y letras que hablaran de resistencia, de esperanza, de dignidad. Con la música contamos historias del barrio, expresamos emociones guardadas y llenamos de sentido nuestros encuentros y actividades. Sonaba una canción y, de inmediato, sabíamos que pertenecíamos a algo más grande que nosotros mismos.

Y la danza… la danza fue cuerpo y memoria. A través del movimiento unimos tradición y presente, disciplina y libertad. Bailar nos enseñó a trabajar en equipo, a escucharnos sin palabras y a celebrar lo que éramos. Cada paso era una forma de decir: aquí estamos, seguimos vivos, seguimos juntos.

Todas estas expresiones no solo nos formaron como artistas, sino como personas. Nos enseñaron a pensar, a sentir y a actuar en colectivo. Gracias a ellas, Katakandrú se fortaleció como proyecto juvenil y comunitario, y encontró en la cultura un camino para transformar, unir y proyectar sueños.

Hoy, al recordar ese tiempo, confirmo que el arte fue uno de nuestros pilares más firmes. Y mientras estas historias se sigan contando, la cultura de Katakandrú seguirá latiendo, como un corazón que nunca aprendió a rendirse.

 A Omar Cuéllar

¿Se acuerdan de Omar Cuéllar? Claro que sí. ¿Cómo no recordarlo?
Omar no era solo un socio de Katakandrú: era música hecha persona. Donde él estaba, el ritmo encontraba su lugar.

Cumplía con rigor su labor de cajero, llevaba el ritmo por dentro, claro, sin dudas. Pero apenas la conga aparecía, Omar se transformaba. Era como si dejara el papel y el lápiz para ponerse al frente del pulso invisible que sostenía al grupo. Sus manos sabían exactamente cuándo hablar y cuándo callar, cuándo acelerar el ánimo y cuándo sostenerlo.

En cada encuentro del grupo musical del club llegaba puntual, con esa sonrisa cómplice que ya anunciaba fiesta. No tocaba por costumbre ni por exhibición: tocaba por convicción. Decía, con una certeza que no admitía discusión:
“Si la música se apaga, se apaga el corazón de Katakandrú.”

Y tenía razón. Cuando el cansancio asomaba, cuando la reunión parecía perder fuerza, Omar levantaba la conga y bastaban unos cuantos golpes para que todo cambiara. El salón despertaba, las miradas se encontraban, las risas regresaban. Era como un conjuro antiguo: la música volvía a unirnos.

Omar entendía algo que no todos ven a tiempo: que la música no era un adorno, sino el lazo invisible que nos mantenía juntos. Por eso nunca permitió que la parte musical decayera. Sabía que sin ritmo no había alegría, sin alegría no había unión, y sin unión no existía Katakandrú.

Hoy, cuando evocamos aquellos días, es imposible no escuchar el eco de su caja. Suena todavía, marcando el compás de la memoria. Es como si Omar siguiera ahí, vigilante, asegurándose de que el ritmo no se pierda.

Porque eso fue Omar Cuéllar:
el guardián del sonido,
el custodio del pulso colectivo,
el hombre que nos enseñó que la música no solo se toca…
la música se defiende.


La Anécdota de Omar, 
El Hombre de la Caja musical

Ustedes ya me conocen… a mí siempre me dijeron el hombre de la caja. Y no porque la tocara suavecito, no. Yo le daba con todo, con rabia buena, con ganas, como si cada golpe fuera un reto lanzado al silencio. Para mí la caja no era un instrumento: era un pulso vivo, un contrincante noble al que había que sacarle la voz más honda.

Ese día —ustedes lo recuerdan— yo estaba embalado. La gente, el calor, el ritmo creciendo… y yo dándole más fuerte, como si el cuero fuera a hablar solo si lo obligaban. Pensé que iba a romper la caja. Pero no. La que terminó cediendo fue la carne.

Sentí el ardor, vi la sangre en dos dedos abiertos, y de una llegaron las voces:
—¡Omar, pare! ¡Así no puede seguir!

Pero yo, necio como soy cuando la música manda, les respondí sin pensarlo:
—¡Mamola!

Me envolví los dedos con esparadrapo, una armadura pobre pero suficiente, y seguí tocando. Dolía, claro que dolía. Pero el dolor también tenía ritmo, y yo no iba a dejar caer la música a mitad del camino. Cada golpe era una mezcla de ardor y terquedad, y cada compás una declaración: mientras yo pudiera mover la mano, la caja no se callaba.

Los vi mirarme con preocupación, con risa nerviosa, con esa mezcla de admiración y regaño que solo se le guarda a un amigo testarudo. Yo apenas hacía muecas. No quería que el dolor le ganara al ritmo.

Después vino el precio. El médico fue claro: un mes sin tocar. Y ustedes, con razón, me soltaron la sentencia:
—Ahí tiene, por no hacer caso.

Tenían razón. Pero déjenme decirles algo: no me arrepiento. Porque ese día no solo toqué la caja, la defendí. Y si sangré fue porque la música me atravesó primero.

Así quedó la historia, entre risas y advertencias. Y así me quedé yo en la memoria del grupo: como el hombre que prefirió sangrar antes que dejar de marcar el ritmo.

Con el corazón en compás,
Omar Cuéllar

“¿Cómo no nombrarte cuando hablamos de la música en Katakandrú? Sería como intentar recordar el río sin mencionar el agua. Tú eras el director de todo lo que sonara y respirara música: el coro, los dúos, los solistas… y, por supuesto, tu guitarra, esa que nunca fue un objeto, sino una prolongación de tu propia alma.

Cada ensayo contigo era algo más que práctica. Tenías esa chispa rara, esa genialidad serena que convertía cualquier encuentro en un momento especial. Bastaba que rasgaras las cuerdas para que el salón cambiara de aire, para que todos supiéramos que allí estaba pasando algo importante.

Pero tú no eras solo músico. Eras, ante todo, un libre pensador. Mientras afinabas voces o corregías acordes, también sembrabas ideas. Hablabas de política, sí, pero no de la que se queda en consignas huecas, sino de la que nace del compromiso con la comunidad, de la pregunta honesta por cómo vivir mejor, juntos. En ti, la música y la conciencia social caminaban de la mano, sin estorbarse, sin fingimientos.

¡Y qué disciplina la tuya al organizar los coros! Exigente, claro que sí, pero siempre atravesada por la alegría. Nos enseñaste que la música no estaba hecha solo para sonar bonito, sino para unir, para darnos identidad, para recordarnos que éramos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Y cuando tocabas como solista… el silencio se volvía respetuoso. Las palabras sobraban. Parecía que la guitarra hablaba por ti, diciendo lo que muchos sentíamos y no sabíamos cómo expresar.

Por eso hoy, al evocarte, no te recordamos solo como director musical, sino como ese hombre que entendió que cantar, tocar y pensar son actos profundamente políticos en el mejor sentido: actos que fortalecen al grupo, que dignifican al pueblo y que dejan huella.

Ese es tu legado, Jaime: habernos enseñado que la música, cuando nace del pensamiento libre y del amor por la gente, se convierte en fuerza colectiva y memoria viva.

Con gratitud y acordes eternos,
Katakandrú


La Anécdota de Jaime Borrero

La anécdota de “¡Arre torito!” — contada por mí

Yo siempre he dicho que la música tiene vida propia, y que cuando se le intenta amarrar demasiado, se rebela. Aquella vez lo entendí mejor que nunca.

Estábamos listos para la presentación en la radio. Los niños venían ensayados, juiciosos, con los ojos brillantes y el corazón acelerado. Yo los había preparado con todo el cuidado del mundo: las entradas, el ritmo, la fuerza del coro. Íbamos a cantar El Barcino, esa joya de Jorge Villamil que uno cree conocer de memoria, pero que siempre guarda sorpresas. Y claro, ahí estaba la muletilla traviesa:
—¡Arre torito!

Les advertí que era solo un guiño, un detalle juguetón dentro de la canción. Asintieron con la cabeza, muy serios… demasiado serios para lo que vendría después.

Arrancamos.

La guitarra sonó firme, las voces entraron bien… y de pronto, como si alguien hubiera soltado una compuerta invisible, los niños empezaron a gritar:
—¡Arre torito!
Y otra vez:
—¡Arre torito!
Y otra más…
—¡Arre torito!

Yo los miraba y pensaba: Bueno, ya se les pasa. Pero no. Aquello no se pasó. Desde el principio hasta el final, la canción se volvió un desfile imparable de “¡Arre torito!”, como si el barcino se hubiera desbocado por la cabina de la emisora.

En ese segundo tuve dos opciones: frenar en seco o montarme en la avalancha. Y yo, que le tengo respeto al folclor y cariño a la improvisación, decidí lo segundo.

Sonreí, reforcé la guitarra, jugué con los tiempos, les hice señas para que ese “error” se volviera intención. Convertí la repetición en ritmo, el desorden en gracia, el susto en espectáculo. Y pasó lo que tenía que pasar: la gente al otro lado del micrófono no se molestó… se rió, aplaudió, celebró.

Cuando terminamos, el estudio estaba lleno de carcajadas. Nadie habló de equivocación. Todos hablaron de frescura, de espontaneidad, de alegría. Y yo supe, ahí mismo, que la música también se enseña dejando que ocurra.

Esa fue la vez en que El Barcino no obedeció al libreto, y en que unos niños, sin saberlo, me recordaron una verdad grande:
que el folclor no se encierra,
que la música se vive,
y que a veces un “¡Arre torito!” repetido puede convertirse en leyenda.

Así quedó la anécdota.
No como un error…
sino como una victoria cantada a coro.

Omar Cuéllar, Fulvio César Castro y Jaime Borrero
En la memoria de Katakandrú hay tres nombres que se entrelazan como acordes de una misma canción: Omar Cuéllar, Fulvio César Castro y Jaime Borrero. Cada uno, desde su talento y su entrega, sostuvo un pilar del espíritu artístico del grupo.
🎶 Omar Cuéllar fue el ritmo. Con su conga marcaba la cadencia de las reuniones, y como cajero cuidaba que las cuentas estuvieran claras, porque sabía que la música necesitaba tanto corazón como orden. Su empeño era que el sonido nunca se apagara, que la alegría siguiera latiendo en cada encuentro.
🎨 Fulvio César Castro fue la forma. Pintor, escultor y ceramista, convirtió la memoria en obra tangible. Su creación más emblemática, la escultura de la Gaitana, se transformó en trofeo del Hexagonal Decembrino, llevando el arte al campo de juego y recordándonos que la cultura también se celebra en comunidad. Su voz era siempre un llamado a la unidad, a no dejar que Katakandrú se fragmentara.
🎸 Jaime Borrero fue la voz y el pensamiento. Director de coros, dúos y solistas, guitarrista que hacía hablar las cuerdas, y libre pensador que mezclaba música con compromiso político en favor de las comunidades. Su genialidad estaba en unir disciplina con libertad, melodía con reflexión, arte con conciencia social.
Juntos, Omar, Fulvio y Jaime fueron como un trío invisible que sostenía la esencia de Katakandrú: ritmo, forma y voz. Gracias a ellos, el club no solo tuvo música y arte, sino también identidad, cohesión y propósito.
Hoy, al recordarlos, no hablamos de tres hombres aislados, sino de un legado compartido que nos recuerda que Katakandrú fue, es y será más que un grupo: es una familia que canta, crea y sueña unida.




El grupo DE TEATRO: 

El teatro nació dentro del grupo Katakos de manera incipiente y espontánea, como una necesidad de expresión y encuentro colectivo. En sus inicios estuvo conformado por siete integrantes: Steven Ramírez, Arquímedes (Archi), Eulises, Constantino Castro, Yolanda Morales, Humberto Flores y Adriana López Aristizábal. Cada uno aportó desde su sensibilidad, su compromiso y su deseo de construir un espacio artístico para el barrio.

Los ensayos comenzaron de forma constante todas las noches a partir de las 7:00 p. m., convirtiéndose en un punto de encuentro cotidiano donde el arte se mezclaba con la amistad, el aprendizaje y la disciplina. En ese momento, la dirección del grupo estuvo a cargo de Steven Ramírez, quien se encontraba estudiando arte dramático en el SENA y transmitía con entusiasmo sus conocimientos, motivando al grupo a creer en el teatro como una herramienta de transformación personal y comunitaria.

Las primeras presentaciones se realizaron en el barrio Las Granjas, escenario natural del grupo, donde se dio a conocer una obra breve titulada “Hoja seca”. Aunque sencilla en su puesta en escena, esta obra marcó un hito importante, pues representó el nacimiento formal del teatro dentro de Katakos y el primer diálogo artístico con la comunidad.

Sin embargo, de manera inesperada, el proceso se vio abruptamente interrumpido. Steven Ramírez cayó gravemente enfermo y un extraño mal fue apagando su vida hasta llevárselo a la tumba. La pérdida fue profundamente dolorosa. Primero, porque se trataba de un joven lleno de sueños, expectativas y proyectos de futuro; segundo, porque era un integrante activo y querido del grupo Katakos; y tercero, porque era el director de teatro, guía y motor de aquel proceso artístico que apenas comenzaba a florecer.

 La partida de Steven dejó una huella imborrable, pero también sembró una enseñanza: el teatro, como la vida, es frágil y valioso, y cada acto creativo lleva consigo la memoria de quienes lo soñaron y lo hicieron posible el grupo. Lloró el barrio entero, y también el cielo pareció sumarse al duelo. La lluvia cayó con fuerza y rabia, el agua se arremolinó en las calles y algunos árboles se inclinaron lentamente, como haciendo una última venia de despedida. Fue un momento de profundo silencio, dolor y reflexión, que marcó para siempre la memoria colectiva del grupo. 

  
 Eulises, Archy, Constantino
El telón nunca se cerró del todo. Aunque las dificultades parecían amenazar con apagar la llama, los ensayos siguieron realizándose con disciplina y pasión. Ahora, bajo la dirección del licenciado en literatura Constantino Castro Zamora, el grupo encontró un nuevo aire, una brújula que lo guiaba hacia horizontes más ambiciosos.
El grupo se enriqueció con la llegada de nuevos integrantes que aportaron talento y diversidad: Magnolia Rojas, Julia Álvarez, Jaime Moreno, Vicente “Apayayú” Quintero, Roque Esquivel, Armando Castro; junto a ellos, un equipo técnico que dio solidez a la puesta en escena: Carlos Roberto Másmela, ingeniero de luces y sonido; Hever Motta, siempre dispuesto en los asuntos varios; y Fulvio César Castro, quien con su escenografía convirtió los escenarios en mundos posibles.
Bajo esta renovada dirección, se presentaron obras escritas por el propio Castro Zamora, piezas que exploraban la condición humana con intensidad y metáfora: El Espejo, El Hombre, Tampoco era el que buscaban y El Embajador de la India. Cada montaje era un desafío, un viaje colectivo que exigía entrega y creatividad.
El esfuerzo rindió frutos. Con la obra El Espejo, el grupo obtuvo el tercer puesto en el primer concurso de teatro organizado por la Gobernación del Huila, un logro que los colocó en la escena cultural regional. Allí compartieron escenario con agrupaciones de gran trayectoria: el grupo de teatro de la Universidad Surcolombiana (USCO), dirigido por Alfonso Orozco; el grupo del Instituto Huilense de Cultura, bajo la batuta de Hugo Andrés Sánchez; además de colectivos provenientes de Gigante, del Colegio Reinaldo Matiz, el grupo Libélula y otras agrupaciones emergentes que, aunque de menor representatividad, aportaban frescura y diversidad al certamen.

Más allá del premio, lo que quedó fue la certeza de que el teatro era un espacio de resistencia y creación, un lugar donde la comunidad podía reconocerse en sus propias historias y proyectar sus sueños. El grupo, fortalecido por la experiencia, se consolidó como un semillero de cultura, un taller vivo donde cada ensayo era una celebración y cada presentación, una victoria contra el olvido.

Grupo de teatro en Aipe
El reconocimiento no tardó en llegar. Los tres primeros grupos destacados en el concurso fueron contratados por el Instituto Huilense de Cultura para realizar varias presentaciones en distintos lugares de la región, llevando el teatro como bandera de identidad y memoria.
A Katakandrú, por ejemplo, le correspondió recorrer escenarios emblemáticos: se presentó en Pitalito, Hobo, Aipe, San Agustín, en el majestuoso Salón Azul de la Gobernación del Huila, y en diversos barrios populares de la ciudad de Neiva, donde el público los recibió con entusiasmo y gratitud. Cada función era más que un espectáculo: era un acto de resistencia cultural, un puente entre la tradición y la modernidad.
Entre las obras, una brilló con luz propia: El Embajador de la India. Su éxito fue tan rotundo que trascendió los límites del teatro. Un creador de libretos para cine, impresionado por la fuerza de los diálogos y la riqueza de los personajes, se acercó al director Constantino Castro Zamora para solicitarle algunos fragmentos de la obra y lo invitó a participar en la película que estaba gestando.
El director, fiel a su vocación de sembrar cultura, le concedió un guion de su autoría. Aquella entrega se convirtió en semilla fértil: el proyecto cinematográfico obtuvo un premio a nivel nacional, y el apoyo recibido permitió la filmación de la historia, llevando así la voz de Katakandrú y la pluma de su director más allá de los escenarios regionales.
De este modo, el grupo no solo conquistó los teatros del Huila, sino que también dejó huella en el cine colombiano, demostrando que la pasión por el arte puede abrir caminos insospechados y convertir la memoria en legado.

Arquímedes CastroArchi corazón alegre de KATAKANDRÚ
Hablar de Arquímedes Castro, nuestro querido Archi, es abrir una ventana luminosa a los días más vibrantes de KATAKANDRÚ. Él no era solo el mejor jugador de fútbol del barrio: era el único de nosotros que había llegado a la Selección Huila, un orgullo que llevaba con humildad y con esa sonrisa amplia que lo acompañaba siempre. Cuando Archi entraba a la cancha, el balón parecía reconocerlo; cuando corría, todos sabíamos que algo grande podía pasar.
Pero su grandeza no se quedaba en el deporte. Archi era alegre, extrovertido, teatrero de nacimiento, capaz de convertir cualquier reunión en un espectáculo improvisado. Tenía un talento natural para hacer reír, para imitar voces, para inventar historias, para romper silencios incómodos y transformar cualquier tarde gris en una fiesta. Era el centro de las diversiones, el alma de las celebraciones, el que siempre tenía una ocurrencia lista para levantar el ánimo.

Le encantaba la música. A veces llegaba con un radio viejo bajo el brazo, otras con un casete recién grabado, y bastaba que sonara la primera canción para que él empezara a bailar, a cantar, a contagiar a todos con su energía. Era amigo, hermano, compañero, todo en una sola persona. Tenía esa rara capacidad de hacer sentir a cada quien importante, escuchado, acompañado. Por eso todos lo buscaban: porque con Archi la vida era más liviana.
Y sin embargo, un día, de manera inesperada y dolorosa, una enfermedad gastrointestinal se lo llevó. Su partida dejó un silencio extraño, un vacío que no se llenó con palabras ni con recuerdos, porque Archi era de esos seres que ocupaban mucho espacio en el corazón de los demás. Su ausencia se sintió en las canchas, en las reuniones, en las fiestas, en las calles del barrio… y también en lo más profundo de cada uno de nosotros.

Arquímedes Castro no fue solo un gran deportista: fue un símbolo de alegría, de amistad sincera, de unión. Su memoria sigue viva en cada anécdota contada, en cada carcajada que evocamos, en cada balón que rueda en Las Granjas. Archi partió, sí, pero dejó una huella tan luminosa que todavía hoy, al recordarlo, sentimos que vuelve a aparecer con su sonrisa de siempre, listo para jugar, para bromear, para hacernos sentir que la vida —a pesar de todo— vale la pena.                                                                                                                                  
La anécdota teatral de Archi
Una de las escenas más inolvidables de Arquímedes Castro —nuestro querido Archi— ocurrió durante una obra de teatro que presentamos en el barrio. Él tenía una línea sencilla pero crucial: debía gritar con dramatismo “¡Nos atacan, debemos huir por detrás!”. Era el momento que marcaba el giro de la historia, la señal para que todos saliéramos corriendo del escenario.
Pero Archi, siendo Archi, no podía limitarse a lo previsto.
Cuando llegó su turno, respiró hondo, abrió los brazos como si fuera el protagonista de una comedia musical y, con una sonrisa pícara, soltó a todo pulmón:
“¡Nos atacan… cebemos bailar y cantar para confundirlos a todos!”
Y sin esperar reacción, empezó a moverse al ritmo de una música imaginaria, zapateando, girando, cantando y animando al público como si aquello hubiera estado ensayado desde el primer día. Los demás actores quedamos congelados, sin saber si seguir el libreto o seguirlo a él. Pero el público no dudó: estalló en carcajadas.
La escena, que debía ser de tensión y peligro, terminó convertida en un espectáculo improvisado de humor y baile. Archi, con su espontaneidad única, transformó el teatro en fiesta, y nosotros terminamos siguiéndole el paso, huyendo entre risas, cantos y aplausos.
Esa noche quedó grabada en la memoria del barrio. No por la obra en sí, sino por la magia de Archi, capaz de convertir cualquier error en un momento inolvidable, cualquier susto en una carcajada, cualquier escena en un recuerdo que aún hoy nos hace sonreír.

 ANÉCDOTA

Monologo del director
Constantino
El grupo acumulaba muchas anécdotas en su recorrido teatral, pero ninguna tan memorable como aquella presentación en el majestuoso Salón Azul de la Gobernación. Todos coincidían en que se trataba de una de las funciones más decisivas: el público era exigente, conocedor, y no perdonaba errores. Esa noche, el recinto estaba a reventar, abarrotado hasta los pasillos, con un murmullo expectante que anunciaba la magnitud del reto.
Carlos ya había afinado el sonido con precisión milimétrica, Fulvio tenía lista la escenografía que transformaba el salón en un universo paralelo, y los actores repasaban sus parlamentos con nerviosismo, buscando que cada palabra quedara grabada en la memoria. Sin embargo, el destino quiso ponerlos a prueba: faltaban dos intérpretes fundamentales.
La noticia cayó como un rayo: Apayayú estaba hospitalizado y Jaime había sido reclutado por el Ejército. El desconcierto fue inmediato, pero el teatro, como la vida, exige improvisación. El director, conocedor absoluto de la obra —pues la había escrito y respiraba cada línea— decidió encarnar a Apayayú. Archi, con experiencia previa en el papel de Jaime, aceptó el reto sin titubeos.

En medio de la tensión, Eulises levantó la voz y ofreció su ayuda para representar a Apayayú. El direct

or, firme, respondió que él mismo asumiría el personaje, garantizando que la obra no sufriría grandes alteraciones. Se iniciaron entonces los ajustes de último momento: cambios en la disposición escénica, redistribución de entradas y salidas, y un repaso acelerado de los diálogos.

Apayayú, Julia, Armando
Y justo cuando todo parecía pender de un hilo, ocurrió lo inesperado: Apayayú apareció en el salón, escapado del hospital, con el rostro pálido pero la mirada encendida de pasión teatral. Su llegada fue recibida con un silencio reverente, seguido de un estallido de alivio y alegría. El grupo, fortalecido por aquella muestra de entrega y valentía, se lanzó al escenario con más ímpetu que nunca. La función, marcada por la tensión y la improvisación, terminó siendo un triunfo rotundo. 

El público, exigente y crítico, se rindió ante la fuerza de la representación. Aquella noche quedó grabada en la memoria colectiva como un ejemplo de coraje, compromiso y amor por el arte: el teatro que se hace con el alma, incluso en medio de la adversidad.

¿Qué pasó? —preguntó el director, incrédulo.
—Apendicitis —respondió el joven con serenidad—. Me van a operar, pero el cirujano llega mañana. Me dieron un calmante para el dolor y, mientras la enfermera se descuidó, hablé con el celador, un viejo amigo. Me dio una hora. Vine a cumplir con la obra y luego regreso al hospital.
El silencio fue absoluto. Todos quedaron asombrados por la valentía y el compromiso del muchacho. Su decisión no era solo un acto de rebeldía, sino una declaración de amor al teatro y a su grupo. Con el rostro pálido pero la mirada encendida, Apayayú se incorporó al elenco como si nada hubiera ocurrido.
La función comenzó con una energía distinta, cargada de emoción y gratitud. Cada parlamento resonaba con fuerza, cada gesto tenía el peso de la entrega. El público, exigente y crítico, se rindió ante la intensidad de la representación. Los aplausos al final fueron atronadores, un reconocimiento no solo a la obra, sino al espíritu indomable de quienes la hicieron posible.
Al terminar, los compañeros acompañaron nuevamente a Apayayú al hospital, como si escoltaran a un héroe que había cumplido su misión. Esa noche quedó grabada en la memoria colectiva como una lección de coraje, amistad y pasión por el arte: el teatro que se hace con el alma, incluso cuando la vida parece interponerse.

Katakandrú: Herencia y Genealogía del Teatro

Desfile en Neiva
Katakandrú no era solo un grupo teatral; era un estandarte de identidad y creación en Neiva. Su presencia iluminaba cada evento cultural: desfiles, encuentros teatrales, festivales comunitarios y celebraciones oficiales. Allí donde se alzaba su nombre, el público sabía que la pasión y el arte se harían carne en escena.

Katakandrú no fue únicamente un grupo teatral del barrio ni de la ciudad de Neiva: fue un eslabón luminoso en la cadena milenaria del teatro universal. Su labor se enlazaba con las ceremonias rituales primitivas, donde la comunidad se reunía alrededor del fuego para narrar mitos y danzar la memoria de los ancestros. En sus presentaciones vibraba la misma energía que en las tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides, donde el coro era voz del pueblo y la escena un espejo de la condición humana

Su espíritu también dialogaba con el teatro renacentista de Shakespeare, que convirtió las pasiones humanas en universos dramáticos, y con las vanguardias del siglo XX: el teatro épico de Brecht, que llamaba a la conciencia crítica; el teatro de la crueldad de Artaud, que sacudía el alma; el absurdo de Ionesco y Beckett, que revelaba la fragilidad de la existencia; y la búsqueda ritual de Grotowski, que devolvía al actor la esencia sagrada del cuerpo y la voz.
En Neiva, Katakandrú fue más que un grupo: fue escuela y semillero. Allí, algunos de sus integrantes descubrieron que el teatro no era solo afición, sino destino. Convirtieron la práctica en profesión, se formaron como actores y directores, y más tarde se transformaron en maestros, multiplicando el legado y sembrando nuevas generaciones de artistas.

Cada foro, mesa redonda o simposio en que participaban era un espacio de diálogo con la historia del arte: se discutía sobre Dostoyevski, sobre la creación colectiva, sobre el coro clásico y las nuevas dramaturgias contemporáneas. Katakandrú no solo representaba obras: pensaba el teatro, lo cuestionaba, lo reinventaba.

Así, entre escenarios populares y debates intelectuales, Katakandrú se consolidó como un pilar cultural de Neiva, un grupo que trascendió su tiempo y su espacio para inscribirse en la genealogía del teatro universal. Su legado fue doble: el arte vivido en escena y la semilla que germinó en sus integrantes, quienes, al convertirse en maestros, aseguraron que la llama del teatro siguiera ardiendo en la ciudad y en la memoria 

Katakandrú: El grupo como Comunidad y Camino

Katakandrú no solo fue un grupo teatral que iluminaba escenarios; también fue un tejedor de comunidad. Su labor trascendía las tablas y se extendía a la vida cotidiana del barrio y de la ciudad de Neiva. En torno a ellos se celebraban los días memorables: el Día de la Madre, las fechas históricas de la patria, las conmemoraciones locales. Cada reunión era un acto de encuentro, un espacio donde el arte se mezclaba con la vida y la memoria colectiva.
En esta dimensión social, dos figuras fueron esenciales: Carlos Másmela y Amparo Suárez. Ellos asumieron con entrega la responsabilidad de organizar y dar sentido a estas celebraciones. Amparo, con su sensibilidad y capacidad de convocatoria, lograba que cada acto tuviera un aire festivo y familiar, donde la comunidad se reconocía en su propia historia. Carlos, por su parte, era el hombre práctico y visionario: conseguía las carpas, coordinaba la logística y, junto a Ever Motta, aseguraba que cada salida y cada evento estuvieran cuidadosamente preparados.
Las actividades no se limitaban a las reuniones. Katakandrú también emprendía excursiones que se convirtieron en verdaderas travesías culturales y espirituales:
Al desierto de la Tatacoa, donde la inmensidad del paisaje evocaba silencios ancestrales.
A la Cueva de los Guácharos, santuario natural que resonaba con los ecos de la tierra.
A las riberas de Peñas Blancas en Aipe, donde el río narraba historias de resistencia y vida.
Al Cerro Neiva, mirador de la ciudad y guardián de su memoria.
A la cabecera del río Las Ceibas, fuente de agua y símbolo de continuidad.
Al lago del Juncal, espejo sereno que invitaba a la contemplación. 
        Caja de agua y su historia ancestral en Paicol Huila.

Cada mes, el grupo tenía programada una salida, como si el teatro necesitara también respirar en la naturaleza y en la historia. Estas excursiones fortalecían los lazos entre los integrantes y la comunidad, convirtiéndose en rituales de pertenencia y aprendizaje.
La importancia de Carlos y Amparo fue decisiva: sin ellos, la dimensión social de Katakandrú no habría alcanzado la fuerza que tuvo. Carlos, con su capacidad organizativa, garantizaba que la práctica del grupo se sostuviera en lo material. Amparo, con su espíritu cálido y comunitario, daba sentido humano y emocional a cada encuentro. Juntos, hicieron que Katakandrú no fuera solo un grupo de teatro, sino una escuela de vida, un espacio donde el arte se fundía con la convivencia, la memoria y la celebración.
Así, Katakandrú se consolidó como un referente cultural y social de Neiva, un grupo que no solo representaba obras, sino que también construía comunidad, celebraba la vida y dejaba huella en cada rincón que visitaba.  

Carta desde la memoria de Katakandru

Queridos compañeros de Katakandru:

Entre tantas escenas que el tiempo no ha logrado borrar, siempre vuelve a mí aquella salida recreativa a la cabecera del río Las Ceibas. Tal vez porque en ella estuvo todo lo que éramos: la aventura, la improvisación, el conocimiento aprendido a fuerza de camino… y, por supuesto, la risa inevitable.

Fuimos a acampar con la emoción intacta, sin sospechar que la noche nos recibiría con lluvia persistente. El río, crecido y turbio, se volvió barrial y rebelde, negándonos algo tan básico como el agua para beber o preparar el almuerzo. Pero ya para entonces no éramos principiantes. La experiencia como grupo excursionista nos había enseñado que la naturaleza siempre ofrece alternativas a quien sabe observarla. Hicimos un hoyo a uno o dos metros de la orilla, y como por arte antiguo, el agua comenzó a brotar clara, limpia, casi agradecida. Una vez más, confirmamos que el conocimiento también se construye con los pies mojados.

A la hora del almuerzo, la responsabilidad nos cayó a Ever y a mí, como tantas otras veces. Mientras el resto del grupo se iba de excursión por el lugar o se daba un baño en una charca cercana, con nosotros se quedaba casi siempre alguien más. Aquella vez fue Esperanza, nuestra “Panchi”, como la llamábamos con cariño. Era imposible no notarla: no solo por su belleza, sino por su forma de estar, amable, cercana, con esa presencia que hacía todo más liviano. A mí me gustaba, lo confieso ahora sin apuros, por su calidad de mujer y por esa mezcla de sencillez y alegría que a todos nos atraía.

Colocamos la olla del sancocho debajo de un árbol frondoso, sin reparar en un detalle que luego resultaría decisivo: en la parte alta del árbol reposaban gusanos, invisibles hasta que la sopa empezó a hervir. Fue entonces cuando, uno a uno, comenzaron a caer dentro de la olla, como si la naturaleza hubiera decidido poner a prueba nuestro temple.

Cuando nos dimos cuenta, el sancocho ya estaba listo. Nos miramos en silencio, sin saber qué hacer. Perder el almuerzo no era opción. El hambre, el cansancio y la responsabilidad pesaban más que el asco momentáneo. Ever, sin dramatizar, tomó un colador y con una paciencia que aún admiro, fue sacando los gusanos uno por uno. Luego probó la sopa, levantó la mirada y dijo, con absoluta convicción, que estaba exquisita. Solo pidió una cosa: que no le dijéramos a nadie.

Panchi, entre la duda y el hambre, dijo que creía no poder probarla… pero al final lo hizo. El estómago, como suele pasar en el monte, fue más fuerte que el desagrado. Sellamos el secreto con una risa nerviosa y servimos el almuerzo cuando el grupo regresó.

Todos comieron. Todos repitieron. Y todos coincidieron en que la sopa tenía un sabor delicioso, distinto, especial. Panchi no aguantó más. La risa la traicionó y contó el suceso completo. Esperábamos reproches, quizá gestos de asco tardío. Pero no. Lo que siguió fue una carcajada general, bromas sin malicia y esa capacidad tan nuestra de convertir el error en anécdota.

Así era Katakandru. Incluso en lo inesperado, incluso en el error, había aprendizaje y comunidad. Nadie se ofendió, nadie señaló. La risa nos volvió a unir alrededor de la olla, del fuego y de la historia que, desde entonces, quedó para siempre entre las que se cuentan una y otra vez.

Hoy, al recordarlo, entiendo que esas salidas no eran solo recreativas. Eran ensayos de vida. Aprendimos a confiar, a resolver, a reírnos de nosotros mismos. Y en medio del barro, la lluvia y un sancocho improbable, también aprendimos que la memoria se construye con momentos así: imperfectos, humanos y profundamente nuestros.

Con afecto y sonrisa intacta,
desde la memoria compartida de
Katakandru

Carlos Másmela 
Hablar de Carlos Másmela es evocar la imagen de un joven inquieto, apasionado y, en ocasiones, un tanto díscolo. Su carácter rebelde lo llevó a desafiar las expectativas de sus padres, negándose en un pri
Carlos "el flaco" 

principio a ingresar a la universidad. Esa decisión lo mantuvo alejado del club, pues la condición para ser miembro era estar inscrito en un plantel educativo. Finalmente, y tras insistencias, Carlos aceptó estudiar, lo que abrió la puerta para que se integrara plenamente al grupo.
Una vez dentro, su energía y creatividad se hicieron notar. Fue él quien diseñó el logotipo del club y creó el eslogan que marcaría la identidad del grupo. Su talento no se limitaba al aspecto visual: junto con Ever, asumió la responsabilidad de la parte social, organizando actividades y asegurándose de que cada salida estuviera bien equipada. Carlos era meticuloso en la preparación: brújulas, carpas, botiquín y demás implementos nunca faltaban bajo su supervisión. Además, impartía las instrucciones necesarias para que las excursiones transcurrieran sin contratiempos, evitando cualquier riesgo que pudiera empañar la experiencia.
Su espíritu libre lo llevó, en ciertos momentos, a alejarse del grupo. A veces por amor, otras por su tendencia natural a llevar la contraria, Carlos se distanciaba. Sin embargo, cuando surgían actividades recreativas, siempre encontraba la manera de regresar, excusándose con simpatía y volviendo a compartir con sus compañeros. Esa dualidad entre rebeldía y compromiso lo hacía único: podía apartarse, pero nunca desligarse del todo, pues su esencia estaba profundamente ligada al club.
Más allá de su carácter testarudo, Carlos era un joven con visión y sensibilidad. Su aporte no solo fortaleció la identidad del grupo, sino que también garantizó la seguridad y el bienestar de sus miembros. Su capacidad para combinar creatividad con responsabilidad lo convirtió en una figura clave, alguien que, pese a sus idas y venidas, dejó una huella imborrable en la memoria colectiva.

La lección en el Desierto de la Tatacoa
Durante una salida de excursión al Desierto de la Tatacoa, uno de los compañeros extravió la brújula en medio de la caminata. El grupo, inquieto por la inmensidad del paisaje y la sensación de desorientación, miraba a Carlos en busca de respuestas. Él, con calma y seguridad, tomó el liderazgo.
En lugar de preocuparse, levantó la mirada hacia el firmamento y enseñó a todos a orientarse con las estrellas y las sombras proyectadas por los árboles secos y las formaciones rocosas. Bajo aquel cielo despejado y majestuoso, Carlos convirtió la dificultad en una oportunidad de aprendizaje.
Aquella lección improvisada se transformó en un rito iniciático del club: desde entonces, cada nuevo miembro debía aprender a “leer el cielo” como Masmela lo había enseñado en la Tatacoa. No era solo una técnica de orientación, sino un símbolo de confianza, ingenio y conexión con la naturaleza.

Anécdota de Carlos
Cuando Carlos, el flaco como lo llamábamos, se alejaba del grupo por sus enamoramientos o por llevar la contraria, siempre regresaba con excusas pintorescas que arrancaban carcajadas. Una vez aseguró que había estado “probando la soledad como entrenamiento espiritual”, y otra que “necesitaba comprobar si el club lo extrañaba”.
Pero la más recordada fue aquella ocasión en que, en pleno arrebato romántico, se acostó en la pista del aeropuerto diciendo que quería observar los aviones cuando aterrizaban. Según él, era “una manera de sentir el mundo más cerca del suelo y más cerca del cielo al mismo tiempo”. Los compañeros no sabían si reír o preocuparse, pero al final lo tomaron como otra de sus ocurrencias, fruto de ese mal de amor tan duro que lo hacía inventar gestos extravagantes.
Ese tipo de episodios reforzaba la complicidad entre todos: El "flaco" podía desaparecer por un tiempo, pero siempre regresaba con una historia que convertía su ausencia en motivo de risa y memoria compartida.
Carlos fue un espíritu libre, capaz de desafiar las normas, pero también de aportar creatividad, seguridad y humor. Su rebeldía lo hacía distinto, pero su ingenio y compromiso lo convertían en un pilar del club. Aunque se alejaba de vez en cuando, siempre regresaba, porque en el fondo sabía que su historia estaba entrelazada con la del grupo.

ACTIVIDADES RECREATIVAS
Las chicas de Katakandrú
Correspondía ahora abrir el libro de la memoria y dejar que las páginas se llenaran con los rostros y las voces de aquellas mujeres que fueron columna y raíz de Katakandrú.
Ellas caminaron como llamas que iluminan la plaza, como aguas que refrescan la jornada, como cantos que despiertan la esperanza. Cada nombre es un latido, cada gesto un símbolo de pertenencia.
Amparo Suárez, Doris Álvarez y Yolanda Morales: en sus pasos resonaba la firmeza de la montaña, y en sus risas se encendía la chispa del juego.
Nubia Fajardo y Mélida Trujillo: tejedoras de alegría, bordaron con paciencia los colores de la convivencia.
Adriana López Aristizábal y Magnolia Rojas: artistas del gesto y la palabra, dejaron huellas como pinceladas en la memoria colectiva.
Martha, Yineth y Rosa Ramírez: tres voces que se alzaban como un coro de viento, sosteniendo la armonía de los encuentros.
Las Hermanas Cuéllar: raíces entrelazadas, como árboles que se abrazan para resistir la tormenta.
Flor de Liz: su nombre mismo era metáfora de belleza y fragilidad convertida en fuerza.
Las Chicas K: Samaris Castro, Gloria Guío, Judit Cerquera y Rubiela Cohetato, estrellas juveniles que encendieron la chispa del deporte y la recreación, como constelaciones que guían la fiesta.• La Cueto Medina, Consuelo Amaya y Victoria Belcastro: guardianas de la tradición, voces que se alzaban como campanas en la madrugada, recordando que Katakandrú es también memoria y raíz.
Ellas fueron el pulso secreto de cada celebración, el aroma de las cocinas compartidas, la música que acompañaba los juegos y las danzas. Fueron río y fuego, tierra y cielo. Sin ellas, Katakandrú no tendría la misma luz ni la misma risa.
Hoy sus nombres se pronuncian como un rosario de gratitud, como un mural de colores vivos que nos recuerda que la historia se sostiene en la fuerza invisible de quienes, con amor y entrega, hicieron de la vida un acto de comunidad.

El ramillete de flores de Katakandrú
Todas las chicas que pertenecían a Katakandrú formaban un ramillete de flores único y especial, porque eran ellas quienes movían al grupo con su energía, su talento y su entrega. Cada una, con su estilo y su gracia, aportaba un matiz distinto que hacía florecer la vida comunitaria.
En el campo deportivo, las Chicas K eran un verdadero espectáculo de belleza y armonía. Verlas jugar era contemplar un ballet de fuerza y elegancia. Se admiraba a Judith por su porte distinguido y su carrera impecable; a Consuelo Amaya por su temple y constancia; a Samaris por su gran desempeño que encendía la tribuna; y a La Cueto por esa patada certera que se convirtió en símbolo de garra y pasión. Todas, en perfecta armonía, eran acompañadas en cada partido por el entusiasmo de quienes las alentaban, convirtiendo cada encuentro en una fiesta de comunidad.
En el campo artístico, otro grupo encantador y sublime brillaba con igual intensidad. Yolanda, con su elegancia natural, parecía caminar como si danzara; Julia, con su ternura, regalaba dulzura en cada gesto; Magnolia y Adriana López Aristizábal, con su constancia y su ímpetu teatral, llenaban los escenarios de fuerza y emoción. Ellas demostraban que el arte también era un terreno donde Katakandrú florecía con esplendor.
Y no menos importantes eran aquellas que, aunque no estaban en la actividad deportiva ni cultural, sostenían al grupo con su apoyo constante en lo social y lo recreativo. Gineth, Rosa y Mélida María Eugenia y su Hermana Yineth siempre estaban atentas a todas las reuniones, prestas para realizar la labor que fuera necesaria. Su disposición era como un hilo invisible que mantenía unido el tejido comunitario, recordándonos que cada esfuerzo, por pequeño que pareciera, era vital para que Katakandrú siguiera creciendo.
Así, entre deporte, arte y apoyo social, las mujeres de Katakandrú fueron y siguen siendo ese ramillete de flores que da color, aroma y vida al grupo, moviéndolo con entusiasmo, ternura y pasión.

María Eugenia Cuéllar

Entre las mujeres del grupo se destacaba María Eugenia Cuéllar, dueña de una chispa desbordante, de esas que iluminan cualquier reunión sin pedir permiso. Tenía el don de la palabra espontánea y una picardía tan natural que, cuando hablaba, todos sabíamos que algo memorable estaba por ocurrir.

Una tarde de reunión, llegó con esa sonrisa anticipada que delataba travesura. Apenas se acomodó, levantó la mano y anunció con solemnidad fingida:

—Muchachos, anoche soñé con Leónidas.

De inmediato, el grupo entero reaccionó al unísono:
—¿Y qué soñaste?

María Eugenia respiró hondo, como quien se dispone a narrar una epopeya, y comenzó su relato. Dijo que en el sueño habíamos salido todos a bañarnos a Las Ceibas, que el día era claro, el agua fresca y el grupo entero reía y chapoteaba sin preocupaciones. Pero de pronto, en medio del alboroto, alguien gritó que Leonidas se estaba ahogando. Cundió el pánico: unos gritaban “¡Sáquenlo!”, otros pedían ayuda, y el caos parecía inevitable.

Entonces —contaba ella—, se puso de pie con absoluta calma y alzó la voz para tranquilizar a todos:

—No se preocupen.

El silencio fue inmediato.
—¿Y por qué no? —preguntaron en coro.

María Eugenia remató el sueño con la naturalidad más despiadada y sincera:
—Pues simple… él no se va a ahogar, porque la mierda flota.

La carcajada fue general. Las risas estallaron como si el sueño hubiera ocurrido de verdad, y Leónidas, convertido en protagonista involuntario, La miro como perforando su rostro, pero no tuvo más opción que reírse de sí mismo.

Así era María Eugenia: irreverente sin maldad, directa sin rodeos y con ese humor que desarmaba cualquier solemnidad. En Katakandrú, su risa y sus historias fueron también una forma de resistencia, una manera de recordarnos que incluso en los relatos más simples —o más escatológicos— había un lazo de complicidad que nos hacía sentir familia.


Amparo Suárez: la socia de todos los oficios

En el grupo Katakandrú siempre hubo artistas de música, teatro, danza y hasta deportistas que se creían estrellas de fútbol. Pero entre todas las chicas, había una que no necesitaba escenario ni balón para brillar: Amparo Suárez.

Amparo no pertenecía oficialmente a ningún subgrupo, pero estaba en todos. Era la socia que aparecía justo donde hacía falta, como si tuviera un radar para detectar necesidades. En el fútbol, era la aguatera oficial, corriendo con la jarra como si fuera parte del equipo. En teatro, se transformaba en maquilladora improvisada, sacando polvos y coloretes de quién sabe dónde. En danza, cargaba vestidos y ayudaba a que las faldas no se enredaran. En música, se encargaba de los instrumentos, cuidando que la guitarra no se quedara sin cuerdas y que el tambor no se perdiera en el camino.
Lo curioso es que parecía tener un bolso mágico. De ahí sacaba de todo: agua, maquillaje, cartas, hasta un balón inflado. Por eso, entre risas, alguien la bautizó como “la Mary Poppins de Katakandrú”. Y el apodo quedó.
En cada reunión, cuando alguien preguntaba “¿Quién falta?”, la respuesta era automática:
“¡Amparo, que ya viene con el bolso mágico!”.

Pero donde más se lucía era en lo cotidiano: organizar paseos al río, tertulias sencillas en la tienda de Vale, o esas reuniones de amigos que empezaban con un café y terminaban con carcajadas. Amparo era la que proponía los juegos de mesa, la que repartía las cartas, la que animaba las rondas de adivinanzas. Siempre entregada, siempre sonriente, siempre lista para que nadie quedara por fuera.

Su presencia era tan constante que se convirtió en la compañía infaltable. No necesitaba protagonismo, porque su papel era más grande: el de sostener al grupo en los detalles, en las pequeñas cosas que hacen que la amistad se mantenga viva.

Así, sin pertenecer oficialmente a ningún grupo, Amparo terminó siendo el alma de todos. La socia que hacía posible lo imposible, la que mantenía viva la chispa de la amistad con su entrega y su humor.

El bolso mágico de Amparo Suárez
En las reuniones del grupo Katakandrú, todos sabían que Amparo Suárez llegaba con su bolso mágico. De ese bolso podían salir desde cartas para jugar hasta un balón inflado, maquillaje o hasta una jarra de agua. Pero una noche en la tienda de Vale, Amparo superó todas las expectativas.
Estábamos departiendo, con las politas ya haciendo su efecto, cuando de repente Amparo metió la mano en el bolso y sacó… ¡un embudo! Todos nos quedamos mirándola con cara de “¿y eso para qué?”.
Ella, muy seria, respondió:
—Pues para orinar, porque la cervecita hace lo suyo y ustedes no tienen problema, pero aquí en Vale no hay baño para las chicas… así que toca traer un implemento para emularlos a ustedes.
El silencio duró apenas un segundo, hasta que estalló la carcajada general. Fulvio casi se atraganta de la risa, Archi repetía “¡el embudo, el embudo!”, y Constantino decía que ese bolso era más completo que una ferretería. Desde entonces, cada vez que alguien mencionaba a Amparo, alguien añadía: “¡Cuidado, que saca el embudo!”.
Así quedó inmortalizada la escena: Amparo, con su bolso mágico, demostrando que la verdadera creatividad no estaba en el escenario ni en la cancha, sino en la vida cotidiana.

DORIS ALVAREZ: la eterna secretaria
En el vasto mural de las mujeres de Katakandrú, donde cada nombre es un color y cada gesto una pincelada, se abre un espacio luminoso para Doris Álvarez, nuestra eterna secretaria.

Doris Álvarez fue, y seguirá siendo, la eterna secretaria de Katakandrú. Su presencia era como un faro constante que iluminaba cada reunión y cada proyecto. Allí estaba, siempre atenta, trabajando con la dedicación de una escritora consumada: redactando cartas de invitación que parecían pequeñas piezas literarias, cuidando con rigor los estatutos, velando porque las actas estuvieran al día y que la memoria del grupo quedara registrada con precisión

Con su talante y su sonrisa, convertía la rutina administrativa en un acto de creación. Tomaba la lista de asistencia como quien enumera estrellas en el cielo, asegurando que nadie quedara fuera de la constelación de Katakandrú. Cada documento que pasaba por sus manos recibía un toque de alegría, un sello de humanidad que transformaba lo formal en cercano, lo burocrático en cálido.
Doris no solo cumplía funciones: ella daba vida a la documentación, convirtiéndola en crónica, en testimonio, en memoria viva. Su trabajo era el tejido invisible que sostenía la estructura del grupo, y su espíritu alegre hacía que cada reunión se sintiera más ligera, más festiva, más nuestra.
En la crónica de las mujeres de Katakandrú, Doris ocupa un lugar especial: su pluma fue el hilo invisible que sostuvo la trama del grupo, y su espíritu alegre la tinta que coloreó cada página de nuestra historia.
Por eso, cuando evocamos la historia de Katakandrú, su nombre resuena como un canto de gratitud. Doris Álvarez fue más que secretaria: fue guardiana de la palabra, arquitecta de la memoria y artesana de la alegría.

Anécdota de Doris Álvarez

Algunas historias no se cuentan para recordar el dolor, sino para entender la fortaleza que nace después de él. La de Doris Álvarez es una de esas. Quienes compartimos con ella los años universitarios sabemos que siempre iba un paso más allá del deber: atenta, solidaria, pendiente de que nadie quedara atrás. En especial de las mujeres que, noche tras noche, emprendían el regreso a las granjas de la Universidad Surcolombiana hacia el barrio, atravesando caminos oscuros donde la compañía era una forma de protección y de resistencia.

Solíamos esperar hasta que el grupo estuviera completo. No era una regla escrita, sino un pacto tácito: caminar juntas alrededor de las diez de la noche, cuando el silencio del camino se volvía más denso y el miedo se disimulaba con conversaciones y risas. Aquella noche, sin embargo, el orden se quebró. Un altercado menor, una prisa que no parecía peligrosa, y Doris avanzó junto a una de sus hermanas, dejando atrás —sin intención— al resto del grupo.

Lo que ocurrió después fue abrupto e injusto. Un hombre, al volante de una camioneta y bajo los efectos del alcohol, irrumpió en el camino. El golpe fue tan rápido como devastador. El estruendo nos alertó a quienes veníamos detrás. Corrimos, la encontramos herida y la llevamos de inmediato al hospital. Desde ese día, Doris cargó una huella física que la acompañaría para siempre.

Pero nunca fue la cicatriz lo que definió su historia. Lo verdaderamente memorable fue la manera en que siguió adelante, sin permitir que la violencia dictara su identidad ni su destino. Años después, Doris decidió poner en palabras lo que aquella noche le dejó. No como lamento, sino como afirmación de vida. Esta es su carta.


Carta de Doris Álvarez

Queridos compañeros, queridas compañeras de camino:

Hay noches que no se olvidan. No porque hayan sido luminosas, sino porque en su oscuridad nos revelan quiénes somos de verdad. Una de esas noches me alcanzó a la salida de la Universidad Sur colombiana, cuando, como tantas veces, me quedé pendiente de que nadie caminara solo. Siempre creí —y sigo creyendo— que cuidarnos entre nosotros es una forma silenciosa de amor.

Ese día algo se rompió en el orden habitual. Un desacuerdo pequeño, una prisa innecesaria, y mi hermana y yo tomamos el camino antes que el resto. El barrio nos esperaba al final de un trayecto oscuro, de esos que obligan a caminar con el corazón atento. Nunca imaginé que en ese trayecto mi vida quedaría marcada para siempre.

No recuerdo con precisión el rostro del hombre ni el color exacto de la camioneta. Sí recuerdo el golpe seco, la sorpresa, el miedo breve que paraliza y luego se convierte en silencio. Después vinieron ustedes: las voces corriendo, los pasos apresurados, las manos amigas que me sostuvieron y me llevaron al hospital. En medio del dolor, no estuve sola. Y eso lo cambió todo.

Desde entonces cargo una huella en el rostro. Al principio pensé que esa marca sería un límite, una frontera entre lo que fui y lo que vendría. Con el tiempo entendí que no todas las cicatrices restan; algunas enseñan a mirar más hondo.

La marca quedó en mi piel, pero no tocó lo esencial. No se llevó mis ganas de reír, ni mis sueños, ni la certeza de que la vida, incluso cuando hiere, también educa. Aprendí a no esconder el rostro ni la historia. Aprendí que la dignidad no se borra con un golpe y que la belleza verdadera no pide permiso para existir.

Si algo deseo que recuerden de mí no es esa noche, ni la cicatriz que vino después. Ojalá recuerden la forma en que seguimos caminando juntos, el compromiso con los otros, la alegría compartida aun cuando duele, la luz que no se apaga porque nace por dentro.

La vida deja marcas, es cierto. Pero somos nosotros quienes decidimos si esas marcas nos encogen o nos ensanchan el corazón. Yo elegí seguir de pie, seguir creyendo, seguir cuidando.

Con gratitud y esperanza,
Doris Álvarez

La carta de Doris no buscaba explicaciones ni absoluciones. Era, más bien, una manera de devolverle sentido a una experiencia que pudo haberla reducido y que, sin embargo, la ensanchó. Al leerla, entendimos que no todas las violencias logran su cometido. Algunas fracasan porque se encuentran con personas que saben transformar el golpe en conciencia y el miedo en firmeza.

Para nosotros, la huella en su rostro dejó de ser una señal de daño y se volvió un recordatorio. Nos recordó que la juventud no fue solo entusiasmo y sueños, sino también riesgo, cuidado mutuo y aprendizaje duro. Nos recordó que caminar juntos no era una costumbre ingenua, sino una decisión política y humana frente a un entorno que muchas veces nos fue adverso.

Doris siguió siendo la misma: comprometida, luminosa, atenta a los otros. La marca nunca habló más fuerte que su risa ni más alto que su manera de estar presente. Con el tiempo comprendimos que su verdadera herencia no estaba en la cicatriz, sino en la lección silenciosa que nos dejó: la dignidad no se negocia, la solidaridad salva, y la fortaleza no siempre grita, a veces simplemente permanece.

Hoy, al volver sobre esta historia, no la contamos para fijarla en el dolor, sino para reconocer en ella una de las tantas formas en que aprendimos a resistir sin endurecernos. Doris es parte de esa memoria compartida que nos recuerda que la vida puede golpear, pero no siempre vence; que algunas personas, aun heridas, siguen iluminando el camino de los demás.

Carlos Montealegre, el joven que buscaba pertenecer
En los primeros pasos de Katakandrú, cuando el grupo apenas comenzaba a soñar con su identidad, Carlos Montealegre fue elegido como su primer presidente. Su entusiasmo inicial era contagioso: hablaba con esperanza, proponía con energía, y parecía encontrar en el grupo ese espacio que tanto había anhelado.
Carlos venía de una historia marcada por la ausencia. Huérfano de padres, criado por una tía exigente, su infancia fue un terreno de silencios y deberes. En Katakandrú encontró, por un breve tiempo, el calor de la pertenencia, el abrazo de la comunidad, el alivio de no estar solo.

Pero la vida, con sus giros impredecibles, lo fue llevando por caminos sombríos. La vorágine de las circunstancias lo envolvió, y los remolinos de incertidumbre comenzaron a arrastrarlo. Poco a poco, su presencia se volvió intermitente, su voz se apagó, y su mirada se llenó de una tristeza que nos dolía a todos.
A veces lo encontrábamos por ahí, como un eco del pasado. Nos decía que nos extrañaba, y en sus ojos había una súplica silenciosa, una nostalgia profunda. La tristeza se tomó al grupo, porque sabíamos que estábamos perdiendo a un compañero, a un hermano, a un joven que solo quería ser parte de algo más grande que su dolor.
Las circunstancias, sin embargo, lo fueron llevando por caminos sombríos. La vórtice de la vida lo fue consumiendo, . Cayó en un dilema profundo, atrapado entre lo que deseaba ser y lo que el mundo le permitía. Con el tiempo, se fue perdiendo en el espacio y en el tiempo, como si la realidad lo fuera borrando poco a poco.
Carlos se desvaneció en el imaginario de la sociedad, refugiado en los rincones donde la esperanza se esconde. Pero su historia no se borra. En Katakandrú, su nombre permanece como símbolo de una búsqueda humana, como testimonio de que todos necesitamos afecto, comprensión y un lugar donde ser.

Carlos Montealegre fue más que un presidente: fue el reflejo de una generación que luchaba por pertenecer, y su historia nos recuerda que detrás de cada rostro hay una batalla invisible. Su memoria vive en nosotros, como una llama que nos invita a mirar con ternura, a cuidar a los que se quedan atrás, y a no olvidar nunca que la dignidad también se escribe con compasión

OLGA FIERRO
Queridos amigos
Hablar de Olga Fierro es abrir la puerta a un recuerdo lleno de música y movimiento. Ella fue, sin duda, la muchacha que más amaba la danza, la que se entregaba al ritmo de los grandes encuentros festivos con una alegría contagiosa. Entre todas las jóvenes del grupo, Olga destacaba por su belleza, aunque nunca desmereció la hermosura de las demás. Su presencia era un resplandor que atraía miradas y suspiros, pues los muchachos la perseguían con insistencia.
Olga, sin embargo, tenía sus propias reglas. Decía que prefería a los chicos de buen talante, de familias acomodadas, porque —según sus palabras— “pobre con pobre solo da más pobreza”. Esa franqueza suya, tan directa, no le restaba simpatía; al contrario, la hacía más jovial, extrovertida y encantadora. Era una niña que irradiaba simpatía y que, aunque no buscaba nada serio, confesaba que quien realmente le atraía era Ever. Pero Ever, como bien recordarás, era difícil de convencer. Aun así, entre ellos surgían momentos de ternura, pequeñas recochitas que todos observábamos con complicidad, sabiendo que no pasaban de ser juegos del afecto.
Lo que sí fue serio, y motivo de orgullo para todos, fue su papel como representante de Katakandrú y del barrio en el Festival del Bambuco a nivel municipal. Allí, Olga llevó nuestra alegría y nuestra identidad, convirtiéndose en símbolo de lo que somos: un grupo que celebra la vida con danza, música y memoria.
Hoy, al evocarla, no puedo sino sonreír. Olga fue chispa y melodía, belleza y carácter. Y en cada recuerdo suyo late la esencia de aquellos días que nos unieron.

Carta de Olga Fierro
Amados míos,

Desde este lecho donde la enfermedad me ha ido consumiendo, quiero dejarles un recuerdo que no se marchite, porque la memoria es más fuerte que la carne y el espíritu danza aun cuando el cuerpo se apaga.

Recuerdo aquel tiempo luminoso en que fui elegida representante de nuestro barrio Las Granjas y de Katakandrú para el Festival del Bambuco a nivel municipal. ¡Qué júbilo tan grande! Todo el grupo se volcó en mi causa, como si mi nombre fuera el estandarte de todos. Me acompañaron en los ensayos del sanjuanero huilense y, bajo la guía de Fulvio, el escultor, levantaron la carroza que habría de llevarme por los desfiles. Cada uno dio lo mejor de sí: unos aportaron materiales, otros dinero, y muchos más su esfuerzo incansable en actividades para reunir recursos. Yo no era solo Olga: era la voz y el rostro de nuestra hermandad.

También hubo pruebas que pusieron a prueba nuestro espíritu solidario. Carlos, en medio de la multitud y recién pagado, fue despojado de su dinero. Se quedó sin un centavo para las festividades y, aun así, ustedes —mis hermanos de Katakandrú— lo acogieron con generosidad, llevándolo a cada actividad sin costo alguno, porque la verdadera riqueza siempre fue la unión.

Y tú, Constantino, también viviste tu propio sacrificio. La boleta que te correspondía se extravió y no pudiste entrar al estadio. Te trepaste a un árbol cercano, como un vigía de la esperanza, y desde allí contemplaste fragmentos de las danzas. Luego caminaste de regreso al barrio junto a Mónica Motta y otros amigos, riendo en la penumbra, como si esa caminata también hiciera parte de la fiesta.

Al final, mi nombre resonó en la plaza con fuerza y emoción: ocupé el primer lugar. Fui coronada Reina Popular de Neiva, convirtiéndome además en la primera reina en ganar este encuentro folclórico, un logro que no fue solo mío, sino de todos nosotros. Aquel triunfo fue de Katakandrú y del barrio Las Granjas, porque la gloria no estaba únicamente en la corona, sino en la carroza que construimos juntos, en las risas compartidas, en la dignidad con la que representamos nuestra historia y nuestra gente.

Hoy, mientras la enfermedad poco a poco me aparta de este mundo, quiero que sepan que ese recuerdo es mi legado. No lloren por mí: recuerden la danza, el brillo de las carrozas, la solidaridad que nos hizo invencibles. Yo me voy, sí, pero en cada bambuco, en cada paso del sanjuanero, seguirá latiendo mi espíritu.

Con amor eterno,
Olga Fierro



OTROS INTEGRANTES DE KATAKANDRU
Hablar de los hombres de Katakandrú también es reconocer a quienes, sin estar siempre al frente de la dirección, sostuvieron el grupo desde otros frentes, con presencias constantes o esporádicas, pero siempre valiosas. No todos cargaron títulos ni ocuparon cargos formales, pero muchos dejaron huella en cada actividad que el club emprendía.

Recuerdo, por ejemplo, a Eulises Castro, vinculado al teatro y siempre dispuesto cuando su participación era necesaria. Eulises tenía un pequeño gimnasio, construido con elementos rústicos de cemento y ladrillo, un espacio sencillo pero lleno de vida. Allí nos reuníamos distintos jóvenes para ejercitarnos, fortalecer el cuerpo y cultivar la disciplina física. Ese lugar, más que un gimnasio, era un punto de encuentro, y Eulises era el promotor incansable de esas jornadas. Esa fue su forma de entrega al grupo.

Eulises: el héroe de las pesas y las tablas

En Katakandrú no todos los héroes empuñaban espadas ni recitaban discursos memorables. Algunos, como Eulises, cargaban mancuernas de cemento y hablaban poco, pero cuando lo hacían, dejaban huella. Su nombre ya venía con destino épico: como el de La Odisea, ingenioso, persistente y siempre metido en travesías improbables, aunque las suyas transcurrieran entre ladrillos, sudor y risas.

Eulises era el dueño de un gimnasio rústico, casi artesanal, construido con más entusiasmo que presupuesto. Allí no había máquinas sofisticadas ni espejos elegantes, pero sí barras improvisadas, pesas hechas a mano y una disciplina que nos hacía sentir atletas olímpicos… al menos hasta que al día siguiente no podíamos ni caminar. Ese lugar no solo forjaba músculos: también templaba el carácter.

Paradójicamente, aquel cuerpo de fortachón escondía una timidez notable. A Eulises le costaba más levantar la voz frente al público que levantar cien kilos del suelo. Por eso, un día decidí lanzarlo a otra odisea: el teatro. Le propuse que se uniera al grupo para perder el miedo a la palabra, soltarse frente a la comunidad y, siendo sinceros, porque el escenario también lo necesitaba a él. Hacía falta un personaje fuerte, imponente, alguien que llenara el espacio sin decir mucho… y ese era Eulises.

Al principio dudó. Pero aceptó. Y como buen héroe silencioso, terminó convirtiéndose en un gran actor. El escenario lo transformó: donde antes había timidez, apareció presencia; donde había silencio, surgió carácter. El público aplaudía y él, sorprendido, entendía que también podía conquistar sin usar los músculos.

Pero si de epopeyas se trata, ninguna como aquella noche en que Fulvio, Carlos y Eulises decidieron que tres hombres y una moto eran una combinación perfectamente razonable. Iban rumbo a un acto cultural, desafiando las leyes de la física y el sentido común. Cumplida la misión, Fulvio, generoso como siempre, los invitó a comer pollo en un sitio llamado Las Vegas, donde el banquete fue digno de reyes… o al menos de héroes con hambre.

Antes de despedirse, Fulvio tuvo un gesto noble: pidió que llevaran un bocado a sus padres, doña Beatriz y don Sixto. Así que emprendieron el regreso con una caja de pollo cuidadosamente protegida. Todo iba bien hasta que, en plena vía, apareció un perro con vocación de villano mitológico. El susto fue tal que los hizo caer del vehículo en una coreografía improvisada.

Se levantaron como pudieron, recogieron la caja —milagrosamente intacta por fuera— se sacudieron el polvo y siguieron su camino con dignidad. Al llegar a la casa, entregaron la encomienda a don Sixto con solemnidad. Pero la verdadera escena teatral vino después, cuando doña Beatriz abrió la caja: dentro solo reposaba un solitario pedazo de yuca. El pollo había desaparecido, seguramente salió volando en la caída, cumpliendo su propia odisea gastronómica.

Así era Eulises: fuerte como pocos, tímido como niño, actor por sorpresa y protagonista de historias que hoy nos siguen arrancando carcajadas. En Katakandrú, su legado no fue solo el músculo, sino la certeza de que incluso los más callados guardan epopeyas enteras esperando ser contadas.

Ricardo Castro, por su parte, encontraba su lugar en la música. Siempre con una guitarra entre manos, molestaba, ensayaba, improvisaba. Pero su aporte iba más allá: fue pieza importante en el equipo de microfútbol y también en la coral dirigida por Jaime Borrero, donde su sensibilidad artística encontraba otro cauce.

Edgar Cuéllar tuvo un paso por la mesa directiva en los inicios del grupo, aunque muchos lo recuerdan especialmente por su destacado desempeño en el fútbol. Al igual que Ulises, Edgar contaba con un gimnasio, un poco más sofisticado, acorde con su formación, pues ambos eran estudiantes de Educación Física. En ellos, el deporte no era solo competencia, sino formación y comunidad.

Estaba también Humberto Flores, siempre dispuesto a colaborar cuando se trataba de asuntos legales. Su trabajo en el área de impuestos y catastro lo convertía en un apoyo clave cuando el grupo necesitaba orientación en esos temas que pocos dominaban, pero que eran necesarios para avanzar con orden.

Armando Castro, aunque era el más joven del grupo, dejó una marca profunda. Fue quien lideró la formación de los jóvenes “Lobitos”, inspirados en los Boy Scouts. Los Lobitos tenían su propio grupo de teatro, danzas y música; eran los niños que llenaban de alegría los encuentros y renovaban el espíritu del colectivo.

En el ámbito deportivo también estuvo Ricardo Bello, comprometido especialmente con el microfútbol y el fútbol. En los primeros tiempos fue integrante de la mesa directiva y contribuyó a consolidar esa dimensión deportiva de Katakandrú.

No puedo dejar de mencionar a Estiben Ramírez, quien fundó el grupo de teatro de Katakandrú. Por motivos de salud tuvo que alejarse, y con el tiempo se nos fue para siempre. Su partida dejó un vacío, pero su legado artístico permanece en la memoria del grupo.

Carta de Estivenson Ramírez A Katakandru,

a mis compañeros,
a mis hermanos de escena:

Escribo estas palabras desde un lugar silencioso, donde el cuerpo ya no acompaña como antes, pero la memoria sigue despierta. Aquí, en esta quietud obligada, los recuerdo a todos. Uno por uno. Como si aún estuviéramos reunidos antes de un ensayo, esperando la señal para empezar.

Katakandru fue más que un grupo teatral. Fue refugio, fue casa, fue la posibilidad de creer que el arte también salva. Cada rostro, cada voz, cada risa compartida vuelve a mí con una claridad que me conmueve.

Pienso especialmente en Yolanda Morales. Hermosa no solo por fuera, sino por la manera en que llenaba los ensayos de una alegría suave y constante. Ella hacía que el cansancio pesara menos, que el tiempo pasara distinto. La quise con el alma, sin reservas. Siempre supe que su corazón tenía otras preferencias, pero aun así la seguí cortejando, no por terquedad, sino porque hay afectos que no saben rendirse. Quererla fue también aprender a respetar y a admirar desde el lugar que me tocó.

Al grupo quiero decirle que lo dejo en buenas manos. Constantino, el duro del grupo, tiene la fuerza, la sensibilidad y la palabra. Sé que puede continuar el legado teatral, porque no solo ama el escenario: lo entiende. Su formación en lingüística y literatura le dio herramientas, pero su compromiso le dio sentido. Confío en que sabrá cuidar lo que construimos juntos.

Cómo no recordar a Archi, con sus ocurrencias oportunas, con ese humor que nos salvaba incluso en los momentos más tensos. Siempre había una risa lista para sostener al grupo cuando flaqueaban los ánimos.

A Víctor, “Apayayu”, a Adriana, a Magnolia, a Julia, quiero nombrarlos con gratitud. Julia, en especial, con ese esfuerzo enorme por trasladarse desde el barrio vecino para no faltar nunca, para cumplir con los ensayos y las presentaciones, nos enseñó que el compromiso también es una forma de amor.

A todos los demás, aunque no los nombre aquí, los llevo conmigo. No hubo nadie pequeño en este camino. Cada aporte, cada presencia, cada silencio compartido fue parte de algo más grande que nosotros mismos.

Si estas palabras suenan a despedida, no las lean como un adiós definitivo. Léanlas como un abrazo largo, de esos que no necesitan soltarse. Me voy tranquilo, sabiendo que Katakandru sigue vivo en ustedes, en las tablas, en la memoria, en cada gesto que recuerda por qué empezamos.

Con todo mi cariño,
hasta el último de mis días,
Estivenson Ramírez

Hubo otros nombres que acompañaron el proceso en distintos momentos: Carlos Rujana, con quien dimos inicio a la letra del himno de Katakandrú; William Serrato, Donal Losada, Luis Motta, Juan Carlos y Hugo peña que asistían de vez en cuando a la agrupación; Lester Lizcano, quien acompañaba constantemente a las niñas Ramírez; y muchos más cuyos nombres el tiempo ha ido difuminando, pero cuya presencia, aunque esporádica, también hizo parte de esta historia compartida.

Todos ellos, con mayor o menor constancia, fueron piezas de un mismo tejido. Katakandrú no se construyó solo con quienes estaban en la dirección, sino también con quienes aportaron desde la música, el deporte, el teatro, el cuerpo, la ley o simplemente la compañía. Y en esa suma de voluntades, incluso las más breves, se explica la riqueza y la memoria viva del grupo.



La Anécdota de Fulvio
Fulvio siempre fue un hombre inquieto, de mirada atenta y corazón comprometido con el grupo. No soportaba ver cómo la llama del entusiasmo se apagaba poco a poco, cómo las reuniones se tornaban rutinarias y la energía que antes los distinguía se deslizaba hacia la parsimonia.
En uno de esos momentos críticos, cuando la mesa directiva parecía fatigada y el grupo se mostraba inoperante, Fulvio decidió actuar. Con la audacia que lo caracterizaba, convocó a la mayoría de los katakos y, con voz firme, les advirtió que el club no podía caer en la indiferencia ni en el letargo. Les dijo que la mesa directiva estaba cansada, que era necesario un sacudón, y que si era preciso ellos mismos nombrarían una nueva mesa para reemplazar la existente.
Aquellas palabras fueron como un trueno en medio de la calma. El anuncio de Fulvio no fue un simple gesto de rebeldía, sino un campanazo de alerta que estremeció las paredes del club. La mesa directiva, sorprendida por la contundencia del mensaje, comprendió que debía reaccionar. Y lo hizo: se puso en movimiento, redobló esfuerzos y asumió con berraquera la tarea de revitalizar al grupo.
Lo que pudo haber sido una fractura terminó siendo un impulso. Fulvio, con su intento de “golpe de grupo”, no destruyó la organización, sino que la obligó a despertar. Su acción fue recordada como un episodio de tensión, sí, pero también como un acto de amor por la comunidad, un recordatorio de que la apatía es el verdadero enemigo y que la fuerza de un colectivo se mide en su capacidad de levantarse cuando parece que todo se adormece.







CONTINUARA.....









 Carlos Roberto Másmela
 en actividad recreativa y social




















2 comentarios:

Ever Motta Delgado dijo...

Interesante recordar nuestra historia, en la cual se puede colaborar. Estaré atento.
EVER MOTTA DELGADO

Anónimo dijo...

Un excelente escrito apesar de que no estaba en esa época me imaginé cada una de las palabras y relatos, que orgullosa me siento pertenecer a una familia de katakos tan unida cómo está !!

Katakandru y su Historia

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