sábado, 18 de abril de 2020

CRONSTPRODUCCIONES ARTE Y CULTURA



KATAKANDRU

El sendero de los que sueñan
 Crónicas juveniles  
 evocación
trabajo y evolución


Portada del libro






PRÓLOGO

Antes de saberlo, ya estábamos caminando juntos

Nadie podría decir con exactitud en qué momento comenzó todo.

Tal vez fue una noche cualquiera, de esas en las que la luna caía suavemente sobre los techos de zinc del barrio Las Granjas, mientras los niños, ya no corrían descalzos golpeando una rueda ni levantando polvo sino dispuestos a descansar y a dormir y los mayores conversaban en las esquinas como si el tiempo no tuviera prisa. O quizá empezó mucho antes, cuando el barrio apenas comenzaba a formarse, cuando las calles eran caminos de tierra y las casas parecían levantadas más con necesidad que con planos.

Lo cierto es que, sin darnos cuenta, algo ya se estaba gestando. No fue un proyecto. No fue una idea clara.

Ni siquiera fue un sueño. Fue más bien una forma de reunirnos.

En medio de las carencias, de las dificultades cotidianas y de una realidad que muchas veces parecía cerrarnos las puertas, comenzamos a encontrarnos Al principio sin intención, luego por amistad y finalmente por una necesidad que no sabíamos nombrar, pero que nos unía.

El barrio, sin pro ponérselo, empezó a enseñarnos.

Nos enseñó a compartir lo poco, a escuchar al otro, a resistir sin hacer ruido. Nos enseñó que la vida no siempre se entiende, pero se vive. Y que, incluso en los lugares más olvidados, puede nacer algo que tenga sentido.

Así fue como apareció Katakandrú.

No como un grupo. No como un nombre. Sino como una fuerza. Una que fue tomando forma entre risas, discusiones, caminatas, ensayos improvisados y silencios compartidos. Una que se alimentó de la calle, de la música que se tocaba en reuniones fortuitas y de las historias contadas al caer la noche y de esa necesidad profunda de decir algo… aunque no supiéramos todavía cómo.

Con el tiempo entendimos que no estábamos inventando nada.

Estábamos recordando.

Recordando una manera de vivir en comunidad. Una forma de crear desde lo que somos. Una voz que no venía de nosotros solamente, sino de mucho más atrás. Porque hay historias que no comienzan cuando se escriben, sino cuando alguien decide escucharlas.

Y esta… ya venía hablándonos desde hace tiempo.





SUPORTADA



En un barrio donde los sueños parecían lejanos, un grupo de jóvenes decidió reunirse sin saber que estaba construyendo algo mucho más grande que ellos mismos.

Katakandrú. no nació como un proyecto, sino como una necesidad: la de expresarse, la de construir, la de transformar su entorno a través del arte.

Entre teatro, música, viajes y experiencias que marcaron sus vidas, descubrieron que la cultura no solo se aprende… se vive. Este libro es memoria, camino y origen.

Es la historia de quienes entendieron que soñar también es una forma de cambiar el mundo.


SOLAPA (BIOGRAFÍA DEL AUTOR)



Constantino Castro Zamora , nació en Cunday Tolima. El 2 de agosto del  año 1953  y aprendió a contar historias mucho antes de escribirlas.

Creció entre calles donde la vida se compartía en voz alta y donde cada esquina guardaba una memoria. Allí entendió que las verdaderas historias no están en los libros, sino en la gente, en los encuentros y en los caminos recorridos.

Licenciado en Lingüística y Literatura, de la universidad Surcolombiana de la ciudad de Neiva-Huila y especialista en Multimedios, de la Universidad Simón Bolívar de Bogotá, gestor cultural  y docente por vocación, ha dedicado su vida a trabajar con comunidades, especialmente con jóvenes, convencido de que el arte no solo se enseña, sino que también se vive.

Como parte fundamental de Katakandrú., ha sido testigo y protagonista de un proceso donde el teatro, el deporte, la música y la palabra se convirtieron en herramientas. Ha escritos varios trabajos dramatúrgicos, El espejo, El embajador de la india, Mala leche, Zarrapastrocillo  El tunjo de oro, entre otros, para transformar realidades y construir identidad.

Este libro no es solo un relato.

Es una memoria compartida.


Dedicatoria



Escribir sobre Katakandrú. es un acto de memoria y de agradecimiento. Cada página es un impulso hacia la luz, un esfuerzo por preservar la amistad, la lucha y la esperanza de quienes hicieron de este grupo un sendero compartido.

A mi hermano Arquímedes Castro, Archi, quien partió dejando huellas imborrables. A Estivenson Remires, Alfonso Orozco, director del grupo de teatro de la Usco y muy unido a los kazakos, Leonidas Guevara, Olga Lucía Fierro, Arles Amezquita, Ariari Garaviño. QEPD. A ellos les debo esta narrativa. Su ausencia se vuelve presencia cada vez que la memoria nos reúne, cada vez que el recuerdo se convierte en palabra y la palabra… en vida.

Este libro es también un homenaje a quienes pertenecieron y ayudaron a formar Katakandrú.; a aquellos que supieron recorrer el camino con alegría y convicción, demostrando que la unión es más poderosa que cualquier sombra. No como un recuerdo lejano, sino como una llama que aún perdura en nuestros corazones.



Epígrafe:

Katakandrú. fue la prueba de que la amistad cuando se organiza, puede convertirse en una pequeña fuerza capaz de cambiar la rutina de un barrio.



Donde comienza la memoria

Reclinado en una butaca de cuero y madera vieja, sobre la terraza de mi modesta casa, contemplaba la caída del sol, el de los venados, que acariciaba mi rostro con tonos amarillentos y rojizos de la tarde, y que se iba ocultando silenciosamente, detrás de los cerros agrestes, a lo lejos.

Y de pronto, un dardo ágil y certero abrió en mi mente una amplia grieta por donde volvió a brotar un torrente de recuerdos: los de un grupo entrañable que me enseñó a amar con la inocencia del rocío, a soñar con la fuerza del viento y a creer con la fe ardiente de la esperanza.

Entonces, las voces del ayer regresaron, como un coro que permanece allí, aguardando su salida, dejando oír el eco vivo de lo que nunca muere:

Katakandrú.

Quizás usted nunca haya escuchado ese nombre. No aparece en los libros de historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para quienes lo vivimos, Katakandrú fue un mundo entero: caminos recorridos, risas compartidas y sueños que nacieron cuando apenas comenzábamos a entender la vida.

Porque Katakandrú no era fácil de explicar. Podía parecer un grupo de amigos. Una excusa para reunirnos. Un pequeño movimiento de inquietudes culturales y aventuras por la naturaleza. Pero era más que eso.

Era una manera de vivir la amistad. Una forma de mirar el mundo con curiosidad. Una certeza silenciosa de que, incluso en un barrio sencillo, podían nacer cosas extraordinarias.

Por eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas. A que penetre en esas calles donde todo empezó, a esos encuentros hechos de organización, dificultades, luchas, tristezas y alegrías…que, sin que lo supiéramos en ese momento, terminaron cambiándolo todo.

Permítame contarle cómo nació Katakandrú. Quiénes lo formaron.
Cómo, casi sin darnos cuenta, aquellas reuniones sencillas se convirtieron en historias que aún hoy siguen vivas.

Porque hay cosas que no pasan…se quedan.



Capítulo 1

Las Granjas: donde todo comenzó antes de comenzar

Si alguna vez alguien escuchó el nombre de Katakandrú., quizás lo recuerde como un eco lejano de juventud y camaradería. Y si no lo conoce, no importa. Hay historias que no necesitan fama para abrir su propio camino y existir.

Katakandrú. fue una de ellas.

No fue solo un grupo, ni un nombre inventado para reunir amigos. Fue una manera de encontrarnos, de darle vida a una semilla que ya venía creciendo paulatinamente sin que lo notáramos. Entre juegos, danzas, música y sueños compartidos, fuimos levantando —sin proponérnoslo— una pequeña historia de pertenencia.

Pero para entenderlo, hay que levantar la cabeza lentamente y mirar más atrás.

Mucho más atrás.

Porque Katakandrú. no nació el día en que decidimos reunirnos, ni en la primera conversación, ni siquiera en aquella noche universitaria donde empezamos a imaginarlo. Katakandrú. ya venía caminando desde antes, como esas cosas que se forman en silencio y solo se revelan cuando ya es imposible ignorarlas.

Nació en un país herido.

Un país donde la esperanza y la violencia aprendieron a convivir sin preguntarse demasiado. Donde muchos jóvenes crecían buscando un lugar para respirar distinto, para inventarse un futuro que no estuviera marcado por la escasez ni por el miedo.

En esos años, la gente no llegaba a las ciudades por elección.

Llegaba porque no tenía otra opción.

Desde la violencia bipartidista, que se fue recrudeciendo con el paso del tiempo, miles de familias fueron arrancadas de sus tierras. No fue un viaje. Fue una ruptura. Dejaron atrás cultivos, animales, casas y hasta los cementerios donde descansaban sus muertos.

No era migración.

Era desarraigo.

Y así, poco a poco, las ciudades comenzaron a llenarse de historias que nadie escribía, pero que todos cargaban. Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla… y también Neiva, que por entonces crecía sin saber muy bien cómo contener tanta vida que llegaba de golpe.

Neiva era pequeña, pero comenzó a expandirse como quien abre espacio a la fuerza. Los barrios tradicionales se llenaron primero, y luego empezaron a surgir otros, levantados con manos propias, con esfuerzo compartido, con esa mezcla de necesidad y esperanza que caracteriza a quienes comienzan de nuevo.

Fue así como aparecieron barrios como Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso López, El Jardín… y Las Granjas.

Allí también llegamos nosotros.

Era 1968, aunque nuestro viaje había comenzado mucho antes.

Primero nos sacaron de Cunday, la tierra donde nací. Un lugar de montaña honda, donde las mañanas olían a café recién tostado y la tierra guardaba el calor de la noche. Allí mi abuelo, Sixto Antonio Castro, tenía tierras generosas, ganado fuerte, mulas de trabajo y cultivos que sostenían la vida con dignidad.

La casa era grande. Los corredores largos. Y el tiempo parecía quedarse.

Pero nada de eso fue suficiente para detener lo que venía.

Después vino Girardot, como una pausa obligada. Luego Vegalarga, en el Huila, donde intentamos volver a empezar. Más tarde Ospina Pérez, en el municipio de Palermo. Cada lugar traía una promesa… y cada promesa se sostenía con dificultad.

No éramos viajeros.

Éramos desplazados.

Y como muchos otros, terminamos en Neiva, en un barrio que apenas comenzaba a tomar forma: Las Granjas.

Allí, entre casas levantadas con esfuerzo, calles de tierra y familias que compartían historias similares, empezamos a construir otra vida. Una vida hecha de trabajo, de adaptación… y también de encuentros.

Porque algo pasaba en ese lugar.

Había jóvenes por todas partes. Jóvenes con pocas oportunidades, pero con una energía que no cabía en las calles. Jóvenes que no sabían todavía qué hacer con todo lo que sentían, pero que intuían que algo tenía que cambiar.

Y fue en ese ambiente —entre la necesidad de pertenecer y el impulso de crear— donde empezó a germinar, sin nombre todavía, la semilla de Katakandrú.

Hablar del nacimiento de aquel grupo con alma, Katakandrú., es, inevitablemente, volver a Las Granjas, porque fue allí donde todo aprendió a latir.

En aquellos años en que Neiva buscaba nuevos horizontes, el barrio surgía como un rincón de esperanza recién sembrada. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y jóvenes, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si ellas mismas quisieran dar la bienvenida a quienes llegaban con lo poco que tenían y lo mucho que soñaban.

Recuerdo bien a los Cuéllar, pioneros de aquellos primeros días. Luego fueron llegando los Castro, venidos de Ospina Pérez; los Amaya, desde el occidente del Huila; los Bello, de Vegalarga; y detrás de ellos los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo, y tantas otras familias. Cada apellido traía consigo un relato distinto, pero todos compartían la misma voluntad: echar raíces, convertir aquel terreno en hogar.

Hoy, cuando pienso en Las Granjas, no pienso solo en un barrio. Pienso en un universo entero de olores, sonidos y colores que nos marcaron para siempre: el café compartido al amanecer, las risas que estallaban en las tardes polvorientas, la fuerza silenciosa de las mingas, ese calor humano que no se aprendía en los libros, pero que educaba más que cualquier escuela.

Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos por la calle y las conversaciones pausadas de los mayores en las esquinas. El aire se impregnaba del olor de las arepas asadas, del chocolate hirviendo en las cocinas y del humo de las fogatas donde se preparaban sancocho para todos. Nadie preguntaba quién había puesto qué; bastaba con saber que era para compartir.

Las casas del barrio tenían algo particular que con el tiempo terminó dándole identidad al lugar. No eran viviendas pequeñas como las de muchos sectores urbanos. Cada una medía aproximadamente diez metros de frente por treinta de fondo. Más que casas de ciudad, parecían pequeñas casas de finca. Y no era casual: muchas de las familias venían del campo, de veredas y pueblos cercanos, y necesitaban un espacio donde la vida pudiera seguir siendo, en parte, la que conocían.

De allí nació también el nombre del barrio: Las Granjas.

En cada patio del barrio comenzaban a brotar pequeños universos familiares, como si la tierra, recién habitada, reclamara su derecho a convertirse en hogar. Nosotros, los Castro, no fuimos la excepción. En el amplio solar de la casa, mi padre —don Sixto— se dio a la tarea de domesticar la tierra con una paciencia que solo tienen los hombres que creen en el tiempo.

Con viejas llantas de volqueta, rescatadas quién sabe de dónde, levantó huertas circulares que parecían islas negras en medio del polvo. Allí empezó el milagro cotidiano: vimos asomar la cebolla con su verde tímido, descubrimos el color encendido de la zanahoria al desprenderse de la tierra, tocamos la aspereza del repollo como quien palpa una certeza, y probamos el sabor indeciso del tomate, a medio camino entre lo dulce y lo ácido, como la vida misma.

Alrededor de las llantas, como si se tratara de una familia vegetal que crecía a la par de la nuestra, se levantaron matas de plátano, yuca, cachaco y banano, formando un pequeño colectivo silencioso que respiraba con nosotros el paso de los días.

A don Sixto le gustaba el jugo de tamarindo, y por eso sembró un árbol con un cuidado casi ceremonial, como quien deposita una esperanza en la tierra. No lo sembró para él, sino para el tiempo. También plantó un mango, un naranjo y un guayabo, sin saber —o tal vez sabiéndolo muy bien— que algún día esos árboles serían más que frutos: serían sombra en las tardes, refugio contra el sol y memoria viva de una época en la que todo estaba apenas comenzando.

El patio no era solo huerto. Allí mismo se levantó un horno de barro donde se asaba la carne y se horneaban bizcochos y pan. El olor del pan recién hecho se mezclaba con el de la leña ardiendo y se extendía por toda la casa, a veces incluso hasta la cuadra. Bajo el tamarindo corrían gallinas y otros animales de corral, como ocurría en muchas viviendas del barrio.

Así transcurría la vida en Las Granjas. Mientras los adultos trabajaban en los patios o conversaban en las aceras, nosotros, los muchachos, hacíamos de la calle nuestro territorio. Se armaban partidos de fútbol con porterías improvisadas, se jugaba trompo, canicas o escondidas entre los árboles. Cuando el balón caía en algún patio, bastaba con saltar la cerca o pedir permiso a gritos para recuperarlo.

Al caer la tarde, el barrio se llenaba de otros sonidos: el canto de los gallos, el rebuznar de algún burro, el ladrido de los perros que vigilaban las casas. Poco a poco, las luces amarillas se encendían y las madres llamaban desde las puertas:

¡Vengan a comer!

Entonces todo cambiaba de ritmo. Las calles quedaban en silencio y desde las casas salían los aromas de las sopas recién hechas, del arroz terminando de cocinarse o del agua de panela y canela caliente que anunciaba la noche.

Así era Las Granjas: una mezcla de barrio urbano y memoria campesina. Cada patio era una pequeña parcela, cada familia una historia sembrada en la tierra. Y en medio de ese paisaje de árboles frutales, fogones de leña y juegos de muchachos, fue creciendo una generación que años después daría vida a uno de los procesos comunitarios más recordados del barrio.

Las noches traían otro mundo. Bajo la luz amarillenta de los bombillos, las familias se reunían a conversar. Se contaban historias de los pueblos de origen, se soñaba en voz alta con el futuro, y el aire se llenaba del olor dulce de las almojábanas y del sonido lejano de guitarras que acompañaban tertulias interminables.

Con los años llegaron los cambios. Los lavaderos públicos se apagaron como viejas hogueras y dieron paso al agua en cada casa. La luz venció la oscuridad, el transporte abrió caminos y las calles polvorientas se transformaron en arterias de progreso. Se levantaron la caseta comunal, la parroquia, el puesto de policía y la escuela Eugenio Salas Trujillo, donde muchos entendimos que el saber también era una forma de resistencia. Aparecieron los campos deportivos, el balneario, las casas de dos pisos y el puesto de salud, que fue, para muchos, el último refugio de aliento y esperanza.

En ese crisol de esfuerzo, solidaridad y vida compartida comenzó a formarse una juventud inquieta, impaciente por hacer algo más por su entorno.

Aquella energía no apareció de la nada.

Había sido sembrada en cada patio, en cada conversación, en cada gesto de comunidad que nos enseñó a no vivir solos.

Y mirando hacia atrás, entiendo que esa semilla tuvo también un rostro, una voz que nos orientó sin imponerse:

el padre Diógenes. Pero esa… es otra parte de la historia.

G RANJAS DONDE TODO COMENZÓ



Capítulo 2

El padre Diógenes y la semilla de la juventud

Ahí estaba él: el padre Diógenes. Quieto, plantado en medio del lugar, con esa manera de mirar que no se quedaba en la superficie, sino que parecía escarbar en las cosas, como si quisiera guardarlas para siempre en la memoria. Observaba cada rincón con la paciencia de quien sabe que los detalles también hablan: las paredes a medio terminar, el polvo suspendido en el aire, el ir y venir de la gente como un rumor todavía sin orden.

Su vestimenta negra no solo lo cubría, lo anunciaba. Era una presencia firme, casi tallada en sombra, como esas figuras que uno no sabe si vienen a bendecir o a poner orden.

Pero no llegó al barrio como una figura distante ni como un hombre de púlpito. Llegó más bien como quien entra a una casa ajena sin hacer ruido, midiendo el terreno, reconociendo los silencios, comparando —tal vez— aquel paisaje humano con otros que ya había visto y que, de alguna manera, también le pertenecían.



Aunque rondaba los cincuenta años, tenía el espíritu de un muchacho. Ca minaba por las calles de Las Granjas con una vitalidad contagiosa, siempre dispuesto a escuchar, a organizar, a convocar. Era, ante todo, un hombre profundamente entregado a la comunidad.

Y tenía una gran pasión: el fútbol.

Fue a través del fútbol que comenzó a reunir a la muchachada del barrio. Organizaba partidos en cualquier espacio donde pudiera rodar una pelota, y poco a poco fue dando forma a un campeonato al que llamó “Mini Pony”.

Lo que parecía un simple juego terminó convirtiéndose en un verdadero punto de encuentro.

Cada grupo de muchachos representaba a un equipo del fútbol profesional colombiano: Millonarios, Santa Fe, América, Pereira, Once Caldas. En ese tiempo el Huila aún no tenía equipo profesional, pero el padre insistía en que algún día lo tendría. Por eso propuso que uno de los equipos se llamara Atlético Huila, como una forma de sembrar también ese sueño.

Pero su labor no se quedaba en el deporte.

El padre Diógenes lideraba también actividades sociales en beneficio de las familias del barrio, y nosotros, los jóvenes del campeonato, comenzamos a acompañarlo en esas tareas.

A través de un programa llamado “La Alianza para el Progreso”, organizaba la entrega de mercados para las familias más necesitadas. Aquellos mercados incluían productos que en muchos hogares eran escasos: manteca, leche en polvo, queso enlatado, harina de trigo.

Los miércoles eran días especiales.

Ese día se entregaban bolsas de pan recién horneado, que llegaban como un pequeño alivio para muchas familias. Nosotros ayudábamos a repartir carnés, organizar filas y orientar a la gente. Era una labor sencilla, pero profundamente significativa, porque nos permitía ver de cerca las necesidades de nuestra propia comunidad.

En aquel tiempo, las familias del barrio eran numerosas. No era raro encontrar hogares con seis, ocho o más hijos. Había familias verdaderamente grandes, como los Rujana, donde los hijos superaban la docena. Para todos ellos, esa ayuda representaba mucho más que alimentos: era un respiro.

Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo.

No solo a jugar fútbol o a colaborar en una jornada comunitaria, sino algo más profundo: el valor de organizarnos, de trabajar juntos, de pensar en los demás.

El sacerdote que sembró el espíritu de Katakandrú.

A simple vista, el padre Diógenes parecía un hombre sencillo: de estatura media, sonrisa abierta y una mirada vivaz que transmitía cercanía. Era jocoso, dicharachero, de esos que saben reír con la gente y no de la gente.

Pero lo que realmente lo distinguía era su forma de vivir el sacerdocio.

No era un cura de escritorio ni de sacristía. Era un hombre de calle. Le gustaba caminar el barrio, visitar las casas, sentarse a conversar con las familias. Conocía a la gente por su nombre y sabía quién necesitaba ayuda.

Y cuando se trataba de fútbol, se transformaba.

No dudaba en quitarse la sotana, ponerse pantalones cortos y meterse a la cancha con nosotros. Decía que el deporte era salud, pero también era camino. Que un joven ocupado en algo bueno tenía menos espacio para perderse.

Recuerdo una escena que lo retrata bien.

Le gustaba madrugar para entrenar, pero conocía también a la muchachada: buenos para jugar, no tanto para levantarse temprano. Así que, de alguna manera, me correspondió asumir una tarea curiosa.

Antes de cada entrenamiento, recorría medio barrio despertando a los muchachos. Tocaba puertas, gritaba desde las esquinas, golpeaba ventanas hasta que alguien respondía. Cuando llegaba a la cancha, yo ya venía calentado por la corrida. Pero cuando no hacía ese recorrido, la asistencia era pobre. Nadie aparecía.

El padre lo notó.

Entonces reunió al grupo y, con ese tono firme pero cercano que tenía, nos dijo que el compromiso no podía depender de una sola persona. Que cada uno debía hacerse responsable de su disciplina. Aquella lección, que parecía solo parte del fútbol, era en realidad algo más profundo. Nos estaba enseñando a responder por nosotros mismos.

Las enseñanzas que quedaron

El padre Diógenes no solo dejó huella en las canchas o en las jornadas comunitarias. Su mayor legado quedó en la forma de pensar de quienes lo escuchamos.

No hablaba con discursos complicados. Sus enseñanzas eran sencillas, nacidas de la vida.

Nos decía que el amor al prójimo no era una idea, sino una práctica diaria. Que debía vivirse en los pequeños actos.

También nos enseñó a respetar la vida en todas sus formas.

Todo existe porque es necesario —repetía.

Nos recordaba que cada persona tenía un talento y que la tarea era descubrirlo y ponerlo al servicio de los demás.

No vinimos solo a existir, vinimos a servir.

Una vez, hablando sobre dar y recibir, nos lanzó una pregunta:

Si rifo una palmada, ¿qué prefieren en la ganancia: darla o recibirla?

Entre risas, nos dejó pensando.

Luego añadió:

Quien da de lo que tiene, siempre será recompensado.

Nos enseñó que la vida devuelve lo que uno siembra.

Que si se siembra rencor, vuelve rencor.
Pero si se siembra bondad, la vida responde con lo mismo.

Su mensaje era simple:

Vivir para servir.

La semilla

Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo que el padre Diógenes no solo organizó campeonatos ni ayudó a repartir mercados.

Sembró en nosotros la idea de que era posible hacer cosas juntos.
Que la organización y la unidad tenía sentido.
El padre Diógenes lo decía con esa calma que parecía venir de lejos, como si ya hubiera visto muchas veces romperse lo que no supo unirse a tiempo:

Una rama sola, suelta y débil se quiebra con demasiada facilidad… pero cuando muchas se entrelazan y se sostienen entre sí, ninguna fuerza logra romperlas o doblarlas. Así es la comunidad: en la unión, lo pequeño se vuelve fuerte, y lo frágil, invencible.

Y sembró algo más profundo. esa semilla —silenciosa, constante— fue creciendo con el tiempo.

Hasta que un día, sin darnos cuenta, empezó a tomar forma.

Una forma nueva. Un nombre propio. Un camino compartido

Nos habló con una sencillez que no necesitaba adornos, pero sus palabras se nos quedaron adheridas al igual que el aroma de la melcocha hirviendo antes de llegar al molde y darle forma a la panela: dulce, espeso y persistente. Se nos pegó al alma como ese olor que abraza fuerte al molendero durante la faena y que luego él lleva consigo hasta su casa, impregnándolo todo.

Así nos quedaron las enseñanzas del padre Diógenes: no solo en la memoria, sino en la piel… acompañándonos incluso cuando ya no estábamos frente a él.



























Capítulo 3

Katakandrú.: la voz de los jóvenes

De aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles,

escuelas y esperanzas— nació Katakandrú.

No fue una casualidad.

Fue la consecuencia natural de todo lo vivido.

Éramos herederos del empuje del barrio, de su solidaridad silenciosa, de las enseñanzas del padre Diógenes. Y con esa herencia, casi sin darnos cuenta, comenzamos a organizarnos para dar vida a algo que aún no tenía forma clara, pero sí un propósito: devolverle a Las Granjas su voz y su alegría.

La noche de los primíparos

Fue dentro del claustro universitario donde aquella historia dio su primer giro definitivo.

Recuerdo con claridad la noche de los primíparos.

Los granjunos nos encontramos como quien vuelve a ver a la familia en una fiesta patronal: radiantes, bromistas, orgullosos de haber cruzado las puertas de la universidad. Cada risa era un triunfo; cada abrazo, una confirmación de que el esfuerzo había valido la pena.

En aquellos años, la vida juvenil de la ciudad tenía su propio pulso. Los festivales llenaban las calles de música y danza, los partidos de fútbol se convertían en celebraciones, y los encuentros culturales abrían espacios donde la identidad comenzaba a tomar forma.

Pero, en medio de todo eso, nosotros buscábamos algo más.

Un lugar propio.

Una manera de no quedarnos solo en la nostalgia del barrio ni en las exigencias de la universidad.

Los que estaban esa noche

Aquella noche tenía algo de reencuentro… y algo de revelación

Allí estaban Ever y Luis Motta, los más atentos a la mirada de las chicas, caminando como si el patio universitario fuera una pasarela. Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar —los duros del balompié— hablaban de goles como si relataran hazañas épicas.

Humberto Flores, sereno, medía cada palabra.
Carlos Montealegre, el incomprendido, parecía conversar más con el cielo que con nosotros.
Yael Garaviño soñaba con causas grandes.

Y allí estaba también Constantino Castro, el teatrero, dramatizando hasta el saludo, como si todo necesitara escenario.

También estaban las chicas: Olga Lucia Fierro, la niña de sonrisa bella; Amparo Suárez llenaba el aire de carcajadas. Nubia Fajardo ya pensaba en cómo cambiar el mundo.

Y Leónidas… siempre Leónidas. El mismo que hacía reír a todos, aunque pocos lo tomaran en serio.

El momento que lo cambió todo

La noche avanzaba, fresca, atravesada por la brisa que subía desde el río Magdalena.

El patio universitario se convirtió en tertulia, en risa, en ese instante en el que la juventud siente que todo es posible.

Y preciso ocurrió.

Ricardo Bello se puso de pie.

Pidió silencio.

Y luego lanzó una pregunta que, aunque parecía sencilla, terminaría cambiándolo todo:

Muchachos… ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes de Las Granjas hay en esta universidad?

Hubo un instante de silencio.

Un silencio breve, pero denso, como si la pregunta hubiera quedado suspendida en el aire, esperando a que alguien se atreviera a darle forma.

Fue Ever quien rompió ese momento, con la rapidez de quien reconoce una oportunidad antes que los demás:

Sería buenísimo… podríamos organizarnos, ayudarnos con libros, con materias… echarnos una mano.

La idea empezó a moverse.

Primero despacio, casi tímida…
y luego, como sucede con las buenas ideas, comenzó a tomar fuerza.

Carlos Montealegre y Yael Garaviño fueron más allá. No se quedaron en la ayuda académica. Propusieron algo mayor:

¿Y si también hacemos actividades culturales, deportivas, sociales…?

Ya no se trataba solo de apoyarnos. Se trataba de hacer algo juntos. Fue entonces cuando Olga, con su espontaneidad característica, intervino casi sin pedir turno: —Podríamos organizar actividades recreativas bien agradables… y también salidas de campo.

Y algo cambió. No fue solo una idea más. Fue el punto de encendido. Porque no bien terminó de hablar Olga, el grupo reaccionó como si todos hubiéramos estado esperando esa señal invisible. Las voces comenzaron a coincidir, los gestos a afirmarse, las miradas a encontrarse con una certeza común. Ya no era una propuesta. Era un hecho.

La decisión se instaló entre nosotros sin necesidad de votaciones ni discursos formales. La idea había nacido… y en ese mismo instante, también había empezado a ponerse en práctica. La propuesta cayó en tierra fértil. Se sintió, Se encendió.

Y desde ese momento, dejó de ser una conversación para convertirse en camino.

La duda que también hacía parte

No todos estaban convencidos.

Leónidas, fiel a su estilo, murmuró mientras se alejaba:

No creo que esa idea tan soñadora funcione…

Pero en Las Granjas, los sueños rara vez se quedan en palabras.

El nacimiento sin ceremonia

Lo que empezó como una conversación, se convirtió en decisión.

A los pocos días, la convocatoria estaba en marcha.

Ya no era solo una idea.

Era un impulso colectivo.

Una necesidad.

Sin actas, sin firmas, sin discursos formales, Katakandrú. comenzó a existir.

No nació en un salón.

Nació en la conversación, en la risa, en la necesidad de estar juntos.

Nació como nacen las cosas verdaderas.

Noche decisiva

Aquel patio universitario, iluminado por bombillos amarillos y atravesado por la brisa del Magdalena, fue testigo silencioso de ese momento. Nadie lo sabía con certeza. Pero esa noche —entre risas, preguntas y sueños juveniles— había comenzado algo que ya no podía detenerse.

Porque cuando la juventud se reconoce, cuando se organiza, cuando decide caminar junta… la historia deja de ser recuerdo y comienza a convertirse en destino.











R eunión de primíparos





















Capítulo 4

Katakandrú.: el nombre que nos eligió







La convocatoria

A la convocatoria respondieron muchos jóvenes del barrio.

Llegaron con entusiasmo limpio, con esa esperanza intacta que solo tiene la juventud cuando aún cree que todo está por hacerse. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro comenzaron a entrelazarse ideas, sueños y una certeza compartida: juntos podíamos ir más lejos.

Pero, como en todo comienzo verdadero, no tardaron en aparecer los obstáculos.

En aquellas primeras reuniones también empezaron a llegar algunos muchachos que cargaban otra fama. Eran conocidos en el barrio como los “chachos”, un grupo al que muchos señalaban como los que imponían su voluntad, los que marcaban el ritmo de lo que se hacía o no se hacía en Las Granjas. Su presencia no pasaba desapercibida.

Entraban con actitud dominante, interrumpían, se burlaban de algunas propuestas y trataban de desviar el rumbo de lo que con tanto cuidado estábamos empezando a construir. Más que participar, parecían querer medir fuerzas. Y, para incomodidad de todos, comenzaron también a molestar a las muchachas que asistían, rompiendo el ambiente de respeto que buscábamos sostener.

La tensión fue creciendo.

Hasta que estalló.

El más insistente era un tal Checho, quien, por su manera de hablar y de imponerse, parecía liderar aquel pequeño grupo. Fue con él con quien se dio el cruce más fuerte de palabras. La discusión subió de tono y por un momento sentimos que aquello podía desbordarse.

Sabíamos que todo inicio tiene sus contratiempos. Pero este… parecía demasiado grande.

Fue entonces cuando Carlos Montealegre intervino.

No lo hizo con gritos ni con provocaciones, sino con firmeza. Se acercó a Checho, lo miró de frente y, con palabras claras, le pidió que se retiraran, que nos dejaran continuar con lo que estábamos construyendo. No era un acto de confrontación, sino de defensa del espacio que apenas empezaba a nacer.

El ambiente quedó tenso.

Algunas de las chicas, incómodas por la situación, decidieron irse. También lo hicieron varios muchachos. La reunión, que había comenzado con ilusión, terminó disuelta entre silencios y miradas cruzadas.

Esa noche entendimos algo importante:

Que construir comunidad no es solo reunir gente con buenas intenciones,
sino también saber cuidar el espacio, poner límites y sostener la idea incluso cuando todo parece tambalear.

Decidimos entonces aplazar el encuentro y volver a convocarnos en otra ocasión.

Fue una prueba.
Y, como tantas otras que vendrían después, terminó fortaleciéndonos.

Volvimos a citarnos, sí, pero ya no de la misma manera. Esta vez lo hicimos con más cuidado, casi con estrategia: invitación personal, uno a uno, mirando a los ojos, escogiendo a quienes realmente compartían el propósito. Decidimos que el núcleo debía estar conformado por estudiantes universitarios, muchachos que estuvieran en la USCO y que entendieran el valor de construir algo más allá de la improvisación.

No se trataba solo de vernos.
Se trataba de organizarnos.
De reconocernos como colectivo.

De levantar un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran discursos bonitos, sino práctica cotidiana, disciplina compartida, compromiso real.

Queríamos —y lo sabíamos— sentar un precedente en el barrio.
Marcar una línea.
Demostrar que también se podía liderar desde el respeto, desde la cultura, desde la organización.

Y algo quedó claro desde ese momento:

No nos íbamos a dejar amedrentar.

Ni por los “chachos”, ni por nadie.

Porque lo que estaba naciendo ya no era una reunión improvisada,
era una idea con dirección,
una voluntad colectiva que empezaba a tomar carácter.

Y cuando un grupo encuentra carácter…
ya no se detiene fácilmente.

Con esa convicción, elegimos una mesa directiva. No fue un simple trámite: fue un acto de confianza. Cada elección llevaba implícita una responsabilidad, y todos lo sabíamos.

Pero había algo más. Nos hacía falta un nombre.

La búsqueda

Recuerdo bien aquella plenaria.

Las propuestas comenzaron a caer sobre la mesa como intentos de identidad: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Duros del Vecindario, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos…

También Yael Garaviño propuso Constructores de Futuro.

Los nombres iban y venían, pero ninguno terminaba de quedarse. Había algo que no encajaba. No tenían peso. No tenían historia. No decían quiénes éramos. Fue entonces cuando Edgar Cuéllar, con voz firme, rompió el murmullo:

Necesitamos un nombre que sacuda las fibras de Neiva… que despierte orgullo y sentido de pertenencia.

El ambiente cambió. La conversación dejó de ser ligera y se volvió casi un ritual. Entonces, un chico gritó desde la ventana: ‘¡Pónganle Las Mariposas del Barrio!’, y salió corriendo. Nos quedamos sorprendidos y, enseguida, soltamos la risa. Aquello nos ayudó a aclarar nuestra perspectiva: el nombre no podía ser cualquiera.

La palabra

Entre ese murmullo cargado de expectativa, Nubia Fajardo se puso de pie.

Hasta entonces había permanecido callada, como si estuviera esperando el momento preciso. Su presencia tenía algo distinto, c omo si trajera consigo una historia antigua.

Y entonces pronunció una sola palabra: Katakandrú.
No hizo falta repetirla. Quedó suspendida en el aire, vibrando, como si tuviera vida propia.
—¿Qué dijo? —murmuró Leónidas, apenas en un susurro.

Pero lo habíamos escuchado. Y, de algún modo inexplicable, todos quedamos en suspenso



El relato

Nubia comenzó a hablar.

Nos llevó, sin movernos del lugar, a las tierras del antiguo Tolima.

Hubo un pueblo que moldeaba la arcilla como si respirara en ella, que tallaba la piedra con paciencia milenaria y que veía en el oro no riqueza, sino reflejo de lo sagrado.

La música era fundamental en sus ceremonias. Y habitaban el mundo en armonía..

Cuando llegaron los españoles, no respondieron con guerra. Respondieron con apertura. Ofrecieron amistad, compartieron su arte, mostraron su mundo.

La respuesta fue el exterminio.

Sus cantos se apagaron. Sus nombres fueron borrados. Su memoria quedó enterrada. Pero no del todo. Porque en cada piedra tallada, en cada fragmento de cerámica que aún resiste, sigue latiendo la dignidad de ese pueblo. Un pueblo que eligió la paz. Y que por eso fue destruido.

El silencio

Cuando terminó, nadie habló.

La sala quedó suspendida en un instante que no se puede explicar del todo. Nos miramos, reconociendo sin decirlo que habíamos encontrado algo más que un nombre.

Habíamos encontrado identidad. Katakandrú. no era solo una palabra. Era memoria. Era resistencia. Era herencia.

La decisión

La aprobación fue inmediata. Casi unánime.

El ambiente estaba cargado de esa certeza que no necesita explicaciones. Las miradas coincidían, los gestos afirmaban, y el silencio ya no era duda, sino confirmación.

Solo Leónidas, fiel a su estilo, rompió ese acuerdo tácito con una mueca escéptica:

Ese nombre está muy raro… nadie lo va a pronunciar bien. Algunos rieron.

Pero antes de que la duda pudiera crecer, Olga volvió a irrumpir, con esa espontaneidad que no pedía permiso y que, sin saberlo, terminaba ordenando el rumbo de todos.

Ese nombre me parece espectacular… —dijo, con convicción—. Al principio es enigmático, suena extraño… pero es increíble.

Hizo una pausa breve, como quien deja caer una verdad en medio del grupo, y remató:

Ese es.

No lo dijo como sugerencia. Lo dijo como una certeza. Casi como una orden. Y fue suficiente. Porque en ese instante ya no hubo más discusión. El nombre había hecho lo suyo. Nos había tocado. Y ahora, también, nos había elegido.

El nacimiento

Así, sin ceremonias oficiales ni documentos solemnes, quedó nombrado el grupo:

Club Juvenil Katakandrú.

Y en ese acto sencillo, algo cambió. Porque desde ese momento entendimos que no caminábamos solos.

Caminábamos acompañados por una memoria más antigua que nosotros, por una historia que nos exigía algo más que entusiasmo. Nos exigía coherencia.

Asumiendo el legado

Con los años comprendí que los nombres no se eligen al azar. Algunos se pronuncian… y otros se asumen.

Katakandrú. fue de estos últimos. No nos pertenecía del todo. Nos exigía. Nos recordaba que la cultura también es una forma de resistencia. Que la paz no es debilidad. Que la comunidad se construye.

Katakandrú. nos enseñó que no todas las luchas se libran con violencia. Que hay batallas que se ganan creando, educando, organizando y soñando juntos.















































Capítulo 5

La mesa directiva: cuando el sueño tomó forma

Aún puedo ver con nitidez la noche del 12 de octubre de 1977, como si el tiempo hubiera decidido detenerse allí para conservarla intacta.

No fue una fecha cualquiera. Fue el día en que decidimos organizarnos.
El momento en que nuestros anhelos dejaron de ser conversaciones sueltas para convertirse en responsabilidad compartida.

La elección de la mesa directiva no fue un simple trámite.

Fue un acto fundacional. Casi sagrado. Pero no del todo. Porque, en medio de aquel ambiente de acuerdos y entusiasmo, estaba la grieta silenciosa que días antes había comenzaba a insinuarse.

Olga estaba con nosotros. Ernesto, su hermano… con los chachos. Dos orillas opuestas, unidas por la misma sangre. Ella construyendo. Él, acostumbrado al choque.

Nadie dijo nada ese momento. Como si el silencio pudiera contener lo inevitable. Como si no estuviéramos viendo —o no quisiéramos ver— que allí se cruzaban dos caminos destinados a enfrentarse. Y sin saberlo, ya estábamos escribiendo el inicio de algo que no tardaría en estallar.

Los nombres que sostuvieron el comienzo

Aquella noche quedaron inscritos los nombres que asumirían la primera responsabilidad del grupo: No eran solo cargos. Eran voluntades.

Carlos Montealegre fue elegido presidente.
Constantino Castro Zamora asumió la vicepresidencia.
Doris Álvarez tomó el papel de secretaria.
Ever Motta Delgado fue tesorero.
Ricardo Bello, fiscal.
Y Edgar Cuéllar junto a Nubia Fajardo, vocales.

Cada uno aceptó su rol con una certeza que apenas comenzábamos a comprender: que liderar no era mandar, sino servir. Sin embargo, en medio de esa convicción también hubo decisiones prácticas, nacidas de la realidad que vivíamos en el barrio.

La elección de Carlos Montealegre como presidente no fue solo un reconocimiento a su carácter y liderazgo natural, sino también un acto estratégico. Sabíamos que él tenía la capacidad de mantener a raya a los llamados “chachos”, ese grupo de muchachos con fama de conflictivos, que en ocasiones intentaban imponerse y desestabilizar los espacios que con tanto esfuerzo buscábamos construir. Carlos, por su carácter firme y por ciertos vínculos que le permitían mediar sin escalar los conflictos, representaba una especie de equilibrio necesario.

No se trataba de confrontar, sino de proteger el proyecto.

Queríamos evitar enfrentamientos innecesarios, pero también dejar claro que Katakandrú no sería un espacio permeado por conductas que fueran en contra de nuestros principios. Existía, además, la preocupación —comentada en voz baja pero presente— de que algunos de esos muchachos estuvieran relacionados con ambientes y prácticas que no queríamos ni cerca del grupo. Nuestro propósito era otro: construir, formar, crecer.

Así, la elección de la mesa directiva no solo respondió a afinidades o entusiasmo, sino a una lectura consciente del entorno. Entendimos, quizá antes de tiempo, que liderar también implicaba cuidar el rumbo, anticiparse a los riesgos y sostener, con firmeza y prudencia, aquello que apenas comenzaba a nacer.

Y de ese modo, entre ideales y precauciones, quedó conformada una dirección no solo comprometida, sino preparada para defender el espíritu de Katakandrú desde su primer aliento.

Terminada la elección, salimos del local con ese entusiasmo ligero de quien siente que algo importante acaba de comenzar. Las voces se cruzaban, las risas aún flotaban en el aire… cuando, sin previo aviso, lo que venía gestándose en silencio decidió mostrarse.

Ernesto apareció. No llegó caminando: irrumpió.

Traía en el rostro una rabia mal contenida y en los pasos una urgencia que no anunciaba nada bueno. Sin mediar palabra, tomó a Olga del brazo con brusquedad y la obligó a moverse, arrastrándola casi hacia la salida, como si quisiera arrancarla de aquel lugar.

Pero Olga no era de las que se dejaban llevar en silencio. Se soltó con firmeza y lo enfrentó de inmediato:

¿A usted qué le pasa?

Él, sin bajar el tono, respondió atropellado:

Mi mamá me mandó por usted… que porque no sabía dónde diablos estaba metida.

Olga lo miró con una mezcla de rabia y dignidad:

Chismoso, mentiroso, entrometido… ella sabía perfectamente que yo venía para esta reunión.

La tensión se tensó aún más cuando Ernesto, perdiendo el control, soltó la amenaza:

No me alce la voz… porque la golpeo.

El ambiente se congeló.

Fue entonces cuando Leonidas dio un paso al frente, con la intención de intervenir. Pero Olga, con un gesto breve, casi imperceptible, lo detuvo. No hizo falta una palabra: su mirada bastó.

Yael, a su lado, le sostuvo el brazo y le susurró con cautela:

No se meta, Leonidas… esos son problemas familiares.

Sí, pero me enerva que la trate así —respondió él, conteniendo la rabia.

Desde atrás, Ever murmuró, medio en serio, medio incrédulo:

Ese man está como enyerbado… no está en sus cinco sentidos.

Yo no dije nada. Me quedé observando.

La mirada de Leonidas lo decía todo: rabia contenida, impotencia, una ira que apenas lograba sostener. En sus ojos se notaba ese impulso casi instintivo de proteger a Olga, incluso si eso significaba enfrentarse a su propio hermano.

Pero lo detuvimos.

Porque a veces, intervenir no apaga el fuego… lo aviva.

Olga respiró hondo. Luego, como quien decide no dar más espectáculo al dolor, se volvió hacia nosotros. Con una señal breve, casi cómplice, nos hizo entender que después explicaría. Y se fue. No caminando… sino llevada por la fuerza de una situación que ya no le pertenecía solo a ella.

Nos quedamos en silencio.

Porque en ese instante comprendimos que aquello no era un simple altercado. Era el primer golpe visible de algo que venía creciendo desde hacía tiempo.

Y que, tarde o temprano… iba a estallar.



Cuando el nombre se volvió bandera

Con la junta directiva conformada, Katakandrú. comenzó a encontrar su rumbo.

Dejó de ser solo una palabra recién nacida.

Se convirtió en bandera.

Empezó a circular en las conversaciones del barrio, a despertar curiosidad, a convocar.

¿Katakandrú.? —preguntaban algunos.

Y sin necesidad de grandes explicaciones, la gente comenzaba a acercarse.

Desde la 33, la 35, la 37, la 40…
desde esquinas distintas, con historias diferentes, fueron llegando jóvenes con una misma necesidad: participar.

El ritual de los sábados

Cada sábado a las siete de la noche, el tiempo adquiría otro ritmo.

No era solo una reunión. Era un ritual. Un espacio donde la palabra tenía peso, donde se escuchaba, se proponía, se discutía y se construía. Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor. Que soñar en colectivo exige disciplina. Respeto.
Y constancia.

Katakandrú. no prometía milagros. Pero ofrecía algo más importante: sentido, pertenencia y voz.

El impulso inicial

En el fondo, todo había nacido de algo sencillo. El deseo de reunirnos. De compartir. De aprender. De salir a conocer lo que nos rodeaba.

Sin discursos formales, comenzamos a promover el compañerismo, la cultura y el respeto por la naturaleza.

Y así, entre caminatas, ideas improvisadas y encuentros, Katakandrú fue encontrando su propósito.

Cómo hacíamos las cosas

No teníamos manuales.

Teníamos voluntad.

Las ideas nacían en reuniones informales. Se discutían, se ajustaban y luego se ejecutaban.

Organizábamos excursiones, actividades culturales, eventos deportivos.

Todo con lo que había.

A veces con una bicicleta prestada.
O con un bazar improvisado.
O con la ayuda solidaria de los vecinos.

Pero siempre con algo que no faltaba:

ganas.

Los recursos invisibles

Nuestros recursos eran modestos.

Venían del apoyo de las familias, de la Junta de Acción Comunal, de amigos, de pequeños aportes.

Pero el verdadero recurso era otro.

Era la voluntad colectiva.

Esa que convierte lo pequeño en significativo.

El territorio como escuela

Conocíamos nuestro entorno.

El barrio.
Los caminos rurales.
Los ríos cercanos.
Lugares como la Tatacoa.

Ese conocimiento nos permitía movernos con libertad, organizar salidas, crear experiencias.

El territorio no era solo espacio.

Era maestro.

El nacimiento de los frentes

Con el tiempo, sin planearlo de manera formal, Katakandrú. comenzó a diversificarse.

Aparecieron distintos frentes de trabajo:

Cultural.
Deportivo.
Ambiental.
Social.

Cada uno reflejaba nuestras inquietudes.

Cada uno era una forma de canalizar esa energía que no cabía en una sola dirección.

Pasa a Paso

Así, paso a paso, el grupo dejó de ser una idea.

Se volvió estructura.

Se volvió acción.

Se volvió camino.

Y sin darnos cuenta, lo que había comenzado como un encuentro de jóvenes con ganas de hacer algo distinto…

empezaba a convertirse en una fuerza capaz de transformar su propio entorno.

















Capítulo 6

La estrategia: cuando la alegría salvó el sueño

Si algo nos enseñó Katakandrú desde el comienzo, fue que no basta con nacer.

También hay que sostenerse.

Y no siempre es fácil.

Katakandrú había surgido de un impulso sencillo: el deseo de reunirnos, de hacer algo distinto, de no dejarnos arrastrar por la rutina. Queríamos compartir, aprender, explorar el entorno, fortalecer la amistad y encontrar en la cultura, el deporte y la naturaleza una forma de crecer.

Conocíamos el barrio, los caminos, los ríos, los alrededores. Con poco, hacíamos mucho. Las ideas nacían en reuniones sencillas, se discutían, se repartían tareas y se llevaban a cabo con lo que hubiera a la mano.

Pero los sueños, incluso los más firmes, también se desgastan.

Recuerdo aquel primer inicio como se recuerdan los amaneceres inolvidables: luminoso, prometedor, casi sagrado.

Éramos veinticinco, tal vez treinta jóvenes, reunidos con entusiasmo limpio. Hablábamos de música, de amores, de ilusiones… y sin darnos cuenta, estábamos construyendo algo serio.

Aprobamos un reglamento.

Soñábamos con organizarnos formalmente.

Con trascender.

Pero entonces llegaron las sombras.
La asistencia comenzó a disminuir.

Al principio pensamos que era algo pasajero, el desgaste natural de cualquier proceso que apenas comenzaba. Pero pronto entendimos que había algo más profundo: el miedo. Ese temor silencioso que no se dice en voz alta, pero que se siente en los pasos que ya no llegan, en las sillas vacías, en las excusas repetidas.

Los “chachos” seguían rondando, y en ocasiones lanzaban amenazas, especialmente hacia las chicas del grupo y algunos muchachos más jóvenes. No era una presencia constante, pero sí lo suficientemente intimidante como para sembrar dudas.

Hubo un episodio que marcó un antes y un después.

Una noche, cuando regresaban de cine, Fulvio Castro y su prima Patricia Pérez fueron interceptados por dos de ellos. Lo que comenzó como un encuentro tenso terminó en agresión: uno de los sujetos hirió a Fulvio en el abdomen. El grito desesperado de Patricia rompió la noche y llegó hasta nosotros como una alarma imposible de ignorar.

Salimos en su defensa sin pensarlo.

Uno de los agresores logró huir. El otro no tuvo la misma suerte: lo alcanzamos, lo redujimos y lo entregamos a la policía. Fue un acto de valentía, sí, pero también una señal clara de lo que estaba ocurriendo alrededor nuestro.

Aquello no pasó desapercibido.

El rumor corrió por el barrio, y con él creció la preocupación. Para muchos padres, para varias familias, y para algunos de los mismos integrantes, Katakandrú empezó a verse no solo como un espacio de encuentro, sino también como un lugar expuesto a conflictos.

Y así, poco a poco, algunos comenzaron a alejarse.

No fue una desbandada abrupta, sino una retirada silenciosa. Dejaron de asistir a las reuniones, de participar en las actividades, de aparecer en las esquinas donde antes se hablaba de proyectos y sueños.

Entendimos entonces que la ausencia no siempre nace del desinterés. A veces nace del miedo.

Y sí, aquel episodio —junto con la presencia constante de los “chachos”— fue, sin duda, uno de los factores que influyó en ese primer debilitamiento del grupo. Un golpe temprano, duro, que nos obligó a replantearnos no solo cómo reunirnos, sino cómo resistir.

Primero uno, luego otro… y poco a poco los asientos quedaron vacíos, como si el viento se hubiera llevado el entusiasmo de los primeros días.

La mesa directiva resistía casi sola.

Y, sin embargo, el grupo seguía vivo en las preguntas de quienes no asistían:

¿Cómo les fue?
—¿Qué hicieron?

Y nosotros respondíamos con esas pequeñas mentiras necesarias:

Bien… fue una buena reunión.

No mentíamos para engañar.

Mentíamos para no dejar morir la esperanza.

Fue entonces cuando entendimos algo que no olvidaríamos jamás:

los proyectos no se acaban por falta de recursos, ni sustos…
se acaban por falta de ánimo.

Y mientras quedara uno solo creyendo y dispuesto a participar, había razones para seguir.

Pero la realidad era dura.

Las promesas de volver no se cumplían.

El salón seguía vacío.

Y la duda comenzaba a instalarse entre nosotros.

No podemos dejar esto tirado —dije con firmeza—. Ya llevamos camino.

¿Pero qué hacemos? —preguntó el presidente, cansado.

Hay que buscar una estrategia —respondió el tesorero.

Y como si estuviera esperando ese momento, Leónidas dejó caer su sentencia:

Yo les dije… este grupo no va a funcionar.

Pero Olga no lo permitió:

Deje de ser negativo —dijo con naturalidad—. Todos los proyectos tienen momentos difíciles… y de esta salimos.

Sus palabras no fueron largas.

Pero fueron necesarias.

El giro lo dio Carlos Montealegre:

Hagamos las reuniones los viernes. Los sábados nadie cambia una fiesta por una reunión. Y de los Chachos ,no se preocupen , no les tengan miedo.

Hubo un silencio breve.

De esos que anuncian que algo importante acaba de ser dicho.

¡Qué idea! —exclamé.

Y en ese instante entendimos que no se trataba de resistir…
sino de adaptarse.

Si a los muchachos les gusta la fiesta… —dije— hagamos de la reunión una fiesta.

La propuesta no tardó en encenderse.

Mi casa sería la primera.

Amparo ofreció la suya para la siguiente.

Yael pidió turno.

La estrategia estaba en marcha.

Llegó el día.

Y esta vez… llegaron.

No diez.

No quince.

Casi cincuenta jóvenes.

El barrio entero parecía haberse dado cita en la casa de los Castros.





















Probando los pasa bocas


William Serrato apareció de los primeros, puntual como siempre, cargando algunas bebidas como quien entiende que toda celebración necesita comenzar con generosidad. Detrás de él entraron las hermanas Álvarez, riendo a carcajadas y trayendo pasa bocas que, más que comida, parecían traer consigo el espíritu festivo que tanto necesitábamos.

Humberto Flores llegó con su calma habitual, saludando uno por uno, con esa mirada serena de quien observa más de lo que dice. Llevaba una bolsa con empanadas que Adriana López pronto hizo circular entre los presentes, como si también ellas quisieran ser parte de la conversación.

Los hermanos Bello, inseparables como siempre, se acomodaron en grupo, conversando animadamente mientras destapaban una pimpinela de cerveza que no tardó en convertirse en punto de encuentro. Por su parte, los Castro iban y venían sin descanso, atendiendo a todos, organizando, recibiendo… siendo, sin proponérselo, los anfitriones naturales de aquella noche.

Las hermanas Cuéllar, Yineth y María Eugenia, se movían entre los grupos con soltura, compartiendo risas con Nubia Fajardo y Mélida Trujillo. Habían llevado chicharrones y maíz tostado, que pronto se mezclaron con otros sabores y otras manos, en ese gesto tan propio del barrio donde todo termina siendo de todos.

Más allá, hizo su entrada Yael Garaviño acompañado de sus hermanas —Ariari, Martha y Ederle—, cargando un gran pastel que parecía más un símbolo que un postre: la celebración de un nuevo comienzo. Su llegada fue recibida con aplausos y bromas, como si con ese gesto se confirmara que el grupo volvía a latir.

También estaban Patricia y Maribel Tovar, Yolanda Morales con su prima, Luis Motta con su hermana Mónica, Hugo y Juan Carlos Peña… y muchos más que fueron llegando poco a poco, cada uno con algo en las manos: una bebida, un plato, un detalle sencillo.

Porque en el fondo, ninguno llegaba con las manos vacías.
Todos traían, además, algo más importante:
las ganas de estar.
las ganas de pertenecer.
las ganas de construir juntos.

Y así, casi sin darnos cuenta, aquella casa se fue llenando no solo de gente, sino de sentido.

Tantos que ya no importaba contarlos.

Porque lo importante… era que habían llegado. He incluso al que no esperábamos a Donal Losada

La estrategia había funcionado.

Pero si alguien no estaba del todo en la fiesta, ese era Leónidas. Aunque reía, aunque participaba, aunque intentaba mezclarse en el ambiente, sus ojos no estaban allí. Estaban en la puerta.

Esperaba.

Lester Lizcano lo miraba con cierta preocupación. Leónidas iba y venía, caminando de un lado a otro, como si el tiempo se le hubiera vuelto más lento de lo normal. Cada tanto dirigía la mirada hacia la entrada, con una ansiedad que ya no podía disimular.

Estaba impaciente… como un niño al que le han prometido una bicicleta y no deja de asomarse a la puerta esperando verla llegar. Con esa mezcla de ilusión y urgencia que no cabe en el cuerpo, que no entiende de razones, que solo sabe esperar.

Y así estaba él.

Esperando a Olga.

Y entonces ocurrió.

La puerta se abrió.

Y Olga apareció.

Pero no venía sola.

Entró acompañada de Manuel, con una naturalidad que ignoraba —o tal vez dominaba— el efecto que provocaba. Él avanzaba con un aire seguro, casi desafiante, sosteniendo una caja con  botellas de crema de whisky para las chicas, como quien marca territorio sin decir palabra. A su lado, ella brillaba con esa luz propia que no necesita esfuerzo: serena, cercana, luminosa como siempre.

El golpe fue silencioso.

A Leónidas se le detuvo la mirada por un instante. No dijo nada. No hizo escena. Pero algo en su expresión cambió, apenas lo suficiente para que quien supiera mirar lo notara. Luis Ángel rápidamente le ofreció una bebida que acepto de forma agradable,

Luego sonrió.

Una sonrisa correcta.

Y volvió a la fiesta.

Porque hay decepciones que, en la juventud, se aprenden a disimular bailando.

Y Leónidas, esa noche, eligió no dejarse vencer.

Bailó.

Yineth, Martha y Rosa Ramírez lo rodearon, lo tomaron de las manos y, como si quisieran rescatarlo del silencio, armaron a su alrededor una ronda dancistica que lo obligó a sonreír de nuevo.

Rió con Magnolia Rojas.
Se dejó llevar por la música.
Y, poco a poco, volvió a la fiesta.

Y aunque algo en él seguía esperando…
decidió, al menos por esa noche, celebrar con todos.

La reunión no fue solo fiesta.

Fue efectiva.

Entre conversaciones y risas, se tomó la primera gran decisión: realizar una jornada comunitaria para limpiar lotes, recoger basura y mejorar espacios del barrio.

La siguiente reunión quedó programada.

El grupo volvía a respirar.

Luego la música tomó el mando.

Sonaba Joe Arroyo.

El ambiente se encendió.

Edgar Cuéllar irrumpió gritando:

¡Guepa je!

Y con una botella de aguardiente en la mano, levantó la fiesta como si fuera bandera.

Todos respondimos.

Incluso Leónidas.

La noche avanzó sin prisa.

Y cuando el cansancio comenzó a aparecer, sonó una ranchera.

Luego, casi sin pensarlo, el himno nacional.

Y entonces supimos que la noche había terminado.

Antes de irnos, vi a Leónidas sentado aparte.

Me acerqué.

Tranquilo… —le dije—. A veces las cosas no son como parecen.

Me miró.

No dijo mucho.

Solo me dio un abrazo breve.

Y se fue.

Aquella noche entendimos algo que nunca olvidaríamos:

Katakandrú no solo sabía reunirse.

Sabía reinventarse.

Sabía resistir.

Porque cuando la alegría y el compromiso caminan juntos…
ningún sueño está condenado a desaparecer.

































Capítulo 7

La primera minga de Katakandrú

Si cierro los ojos, todavía puedo verme llegando a aquel lote baldío —el mismo donde años después se levantaría el puesto de salud— con la convicción ingenua de que íbamos simplemente a “hacer aseo”. Pero no. Con el tiempo entendí que no íbamos a limpiar un terreno: íbamos a celebrarnos como grupo.

Porque en Las Granjas —y más aún en Katakandrú— el trabajo nunca fue solo trabajo. Era encuentro. Era risa. Era comunidad. Era una grabadora de radiocasete sonando a todo volumen, alimentada con pilas Eveready, marcando el ritmo de la jornada como si también tuviera algo que aportar.

Llegamos armados de palas, picas y buena voluntad. El sol caía sin clemencia y el sudor nos corría por la frente como si también quisiera participar de la minga. Pero nadie se quejaba. Había una energía distinta, una alegría que no dependía del clima ni del cansancio.

Entonces apareció don Ricardo León Castro.

A él se le había encomendado la tarea de organizar el trabajo. Tenía formación en contaduría y administración, y alguien pensó —con acierto— que ese conocimiento podía ponerse al servicio del grupo. Pero no llegó con discursos complicados ni con fórmulas técnicas. Llegó con una libreta sencilla… y con claridad.

Con paciencia de maestro y firmeza tranquila, nos explicó lo que, sin saberlo, se convertiría en una de nuestras primeras lecciones colectivas:

Primero, mirar antes de actuar.
Recorrimos el terreno. Vimos la maleza crecida, los desagües tapados, los escombros acumulados. Entendimos que todo comienza observando.

Segundo, dividir responsabilidades.
Unos desbrozaban, otros recogían, otros despejaban. Aprendimos que trabajar en grupo no es hacer lo mismo… es complementarse.

Tercero, avanzar por partes.
Nos propusimos metas pequeñas: el frente, luego los costados, después el interior. Y así comprendimos que las tareas grandes se vencen fragmentándolas.

Cuarto, cuidar el ánimo.
Hicimos pausas, tomamos agua, revisamos lo logrado. Porque un grupo cansado se detiene… pero uno motivado se multiplica.

Y quinto, cerrar con sentido.
Antes de irnos, miramos el resultado. Celebramos. Y dejamos claro lo que faltaba. Aprendimos que todo esfuerzo merece ser reconocido.

Ricardo no impuso. No alzó la voz. No ordenó desde arriba.
Simplemente organizó… y nos hizo entender.

Fue entonces cuando, como era de esperarse, apareció la voz de Leónidas:

Pero Ricardo… si esto es solo limpiar un lote. Tampoco estamos montando una empresa.

Algunos rieron.

Ricardo lo miró con calma y respondió:

Precisamente por eso. Porque es sencillo. Lo sencillo también necesita orden si queremos que salga bien.

La frase quedó flotando en el aire.
Y se quedó.

Mientras trabajábamos, las conversaciones comenzaron a brotar como si la tierra también soltara historias. Se hablaba de la última reunión, del bailes, de las miradas, de los acercamientos. Porque Katakandrú, además de organización, era juventud… y la juventud siempre encuentra caminos para el corazón.

Y entonces apareció el tema inevitable: Richard.

Ese no dejó chica sin saludar —dijo uno.
—Ni sin intentar conquistar —remató otro.

Las risas estallaron.

Pero Richard no se dejó:

¿Cómo así que yo? ¡Si Ever también estaba metido en la jugada!

¿Yo? —respondió Ever—. Yo apenas bailé cinco canciones. Carlos no salió de la pista.

Yo bailé sin ninguna intención —dijo Carlos, con una seriedad que solo provocó más risas.

La carcajada fue colectiva, amplia, limpia.

Y fue entonces cuando Leónidas, con ese humor que siempre encontraba el momento justo, lanzó:

No vaya a soltar esa flor acariciela con cuidado…

La referencia era clara: Carlos y Flor de Liz que estuvieron el el baile bien juntitos.

Pero esta vez la risa no fue igual para todos.

Carlos no tardó en responderle, con ese tono entre burla y filo:

¿Qué quiere que diga? Que todo te salió al revés… que llego por lana y salio trasquilado. Mejor no me haga hablar, porque lo hago llorar.

La frase cayó pesada.

No era solo una broma. Venía cargada del eco de la noche anterior, de ese momento en que Olga llegó acompañada… y Leónidas se le quedó en silencio. Todos lo habíamos notado, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.

El ambiente se tensó por un instante.

Y fue entonces cuando intervine.

Sabía que no era el momento de seguir ahondando en la herida.

Bueno, dejemos eso así —dije, bajando el tono—. Ya estuvo bien por hoy… mejor demos por terminada la jornada.

El grupo entendió.

No hizo falta decir más.

Porque entre nosotros también se aprendía eso:
que la amistad no es solo reír juntos…
sino saber cuándo cuidar al otro.

Poco a poco, las herramientas fueron quedando a un lado. Miramos el terreno. Lo que antes era abandono ahora mostraba orden. Lo que antes era maleza ahora dejaba ver propósito.

Pero en el fondo sabíamos que lo más importante no era lo que habíamos limpiado afuera…

Sino lo que habíamos construido adentro.

Ese día no solo despejamos un lote.

Ese día empezamos a organizarnos de verdad.
A entendernos.
A cuidarnos.

Aprendimos que liderar es servir.
Que coordinar es construir.
Que incluso la tarea más sencilla puede enseñar principios grandes.

Sin discursos.
Sin solemnidades.
Sin darnos cuenta.

En aquella minga sencilla comenzó a formarse la disciplina que más adelante sostendría nuestros proyectos, nuestras actividades… y la esencia misma de Katakandrú.

Porque así nacía todo en nosotros:

Entre trabajo y risa.
Entre esfuerzo y amistad.
Entre lo simple… y lo trascendente.







S EDE KATAKANDRU


Capítulo 8

La sede: de comando a casa de la esperanza

El grupo crecía.
No solo en número, sino en convicción.

Lo que había comenzado como encuentros dispersos, como risas y proyectos improvisados, ya era otra cosa: una voz colectiva que empezaba a hacerse escuchar en Las Granjas. Y como toda voz que quiere perdurar, necesitábamos un lugar desde donde resonar.

Un bastión.
Un punto de encuentro.
Un espacio propio.

Y lo encontramos donde menos se esperaba: en el antiguo puesto de policía.

Aquel edificio, que años atrás había representado la autoridad y el miedo, estaba ahora abandonado. Un cascarón vacío, cargado de memoria. Porque no se trataba de cualquier lugar: en sus paredes aún flotaban los ecos de tiempos difíciles, de confrontaciones, de pedreas, de llantas encendidas, de persecuciones y silencios obligados.

Las Granjas había vivido su propia historia de resistencia.

Con el tiempo, la policía se retiró. La distancia con la comunidad era ya insostenible. Y entonces, como ocurre cuando los pueblos reclaman lo que sienten suyo, el lugar quedó a disposición de la gente.

Y nosotros lo tomamos.

No con violencia.
Sino con escobas, palas y voluntad.

La transformación

En pocas semanas, aquel espacio comenzó a cambiar de piel.

Donde hubo abandono, apareció el trabajo.
Donde hubo miedo, comenzó a crecer la vida.

Se limpiaron escombros, se recogió basura, se podaron árboles. Se arreglaron los sardineles, se adecuaron accesos, se instalaron lámparas, sanitarios, duchas. Cada mejora, por pequeña que fuera, era una victoria.

El gran salón —antes oscuro y vacío— empezó a llenarse de sentido.

Allí habría teatro.
Allí habría música.
Allí habría reuniones, libros, ideas.

Allí, por fin, habría comunidad.

Katakandrú no solo estaba construyendo una sede.
Estaba resignificando la historia.

La jornada que puso a prueba el espíritu

Pero no todo fue trabajo tranquilo.

Recuerdo con claridad una de aquellas jornadas de limpieza. Estábamos varios compañeros adecuando el lugar: barríamos, recogíamos residuos, organizábamos herramientas. Cerca de la calle quedábamos Ever, Carlos y yo.

Entonces escuchamos el alboroto.

Un ruido seco.
Un grito.
Un movimiento brusco que rompía la rutina.

Era Leónidas.

Estaba siendo agredido por una patrulla.

No era un procedimiento.
No era un diálogo.
Era un abuso.

Y nosotros no supimos —ni quisimos— quedarnos quietos.

Nos acercamos. Intervenimos. Pedimos que se detuvieran. Que respetaran. Que entendieran que no estaban frente a un delincuente, sino frente a un joven del barrio, miembro de nuestro grupo, uno de los nuestros.

Pero en aquellos tiempos, levantar la voz también era un riesgo.

El atropello

La respuesta fue inmediata.

Nos subieron al vehículo.

Sin explicaciones.
Sin preguntas.
Sin derecho.

Pasamos de ser testigos a ser señalados.

En el comando, lo que siguió fue lo que el pueblo llamaba, con amarga ironía, un “rosario de bolillo”.

Golpes.
Castigo.
Escarmiento.

No por lo que habíamos hecho, sino por lo que representábamos: jóvenes organizados, conscientes, capaces de cuestionar.

Luego vino la humillación.

Nos obligaron a barrer patios, a lavar piscinas, a realizar trabajos forzados, como si quisieran quebrar no solo el cuerpo, sino la dignidad.

Pero no lo lograron.

Porque mientras cumplíamos aquellas órdenes, nuestra mente no estaba allí.

Estaba en la sede.
En la limpieza que habíamos dejado a medias.
En el proyecto que no pensábamos abandonar.

La salida y la certeza

Horas después, gracias a la intervención de un conocido —un policía que había trabajado con la comunidad y entendía lo que hacíamos— logramos salir.

Salimos golpeados.
Cansados.
Pero no derrotados.

Al contrario.

Había algo distinto en nosotros.

Más firme.
Más claro.
Más decidido.

Entendimos que lo que hacíamos no era menor. Que organizarse, ayudar, construir comunidad… también incomodaba.

Y si incomodaba, era porque tenía fuerza.

El regreso

Al día siguiente, volvimos.

Sin discursos.
Sin dramatismos.

Simplemente regresamos.

Tomamos de nuevo las escobas, las palas, los baldes… y continuamos.

Como si nada.

Como si todo.

Porque en el fondo sabíamos algo que ya nadie podía quitarnos:

Que la dignidad no se negocia.
Que la comunidad no se abandona.
Y que los espacios no se heredan… se conquistan con trabajo.

La sede como símbolo

Con el tiempo, aquel lugar dejó de ser el antiguo comando.

Se convirtió en otra cosa.

En biblioteca.
En salón de teatro.
En pista de baile.
En centro de reuniones.
En casa.

Y cada vez que cruzábamos su puerta, sabíamos que no era solo un edificio.

Era la prueba de que un grupo de jóvenes podía transformar el miedo en cultura, el abandono en encuentro, y la historia en futuro.












Capítulo 9

La Marcha del Libro: cuando la palabra tomó las calles**

Después de la limpieza, volvimos.

Pero ya no éramos los mismos.

Aquel antiguo comando —que habíamos barrido con rabia contenida, dignidad herida y esperanza intacta— empezaba a transformarse. No solo en lo físico, sino en lo simbólico. Ya no era un lugar vacío: era un espacio en disputa, un territorio que exigía sentido.

Y fue entonces cuando surgió la pregunta que cambiaría el rumbo de todo:

¿Y ahora qué hacemos con este lugar?

La pregunta surgió apenas supimos que la policía había abandonado la sede. Para nosotros era una oportunidad; para otros, un problema.

Los vecinos de enfrente tenían una idea muy distinta a la nuestra: querían que el lugar fuera demolido. Decían que así ganarían visibilidad, espacio abierto, y que podría convertirse en un parque para el sector. No lo veían como un sitio para construir, sino como algo que debía desaparecer.

Y fue entonces cuando apareció la oposición más directa.

Recuerdo claramente el encuentro con doña Mariela. No habló con rodeos ni con suavidad:

Yo no voy a permitir que un grupo de desadaptados se tome ese lugar —dijo con firmeza—. Eso se va a volver una guachafita… después llegan a hacer cosas indebidas… y termina siendo cueva de delincuentes… o peor.

Sus palabras no eran solo rechazo: eran miedo. Miedo a lo desconocido, a la juventud organizada, a lo que aún no tenía forma clara ante los ojos del barrio.

Pero para nosotros, aquello no era negociable.

Sabíamos que ese espacio podía ser mucho más que paredes abandonadas. Primero lo adaptaríamos como sede del grupo. Luego, lo convertiríamos en una biblioteca al servicio de toda la comunidad. Ese era el sueño. Pero también entendimos algo fundamental: no bastaba con querer hacerlo… había que legitimar la idea.

No podíamos imponernos. Teníamos que convencer.

Fue entonces cuando surgió una de las decisiones más inteligentes del proceso: consultar a la comunidad.

La encuesta no nació como un simple formulario. Nació como estrategia, como herramienta de respaldo, como puente entre la desconfianza y la participación. Con ese documento en mano, casa por casa, no solo recogeríamos opiniones: construiríamos legitimidad.

Cada respuesta sería un argumento.
Cada firma, un respaldo.
Cada voz, una defensa frente a quienes se oponían.

Así, lo que empezó como un conflicto con los vecinos terminó convirtiéndose en el impulso que necesitábamos para organizarnos mejor. Porque entendimos que los proyectos comunitarios no se sostienen solo con buenas intenciones, sino con el apoyo real de la gente.

Y fue precisamente esa necesidad de respaldo la que, más adelante, daría origen a algo mucho más grande: la Marcha del Libro.

No bastaba con haberlo recuperado.

Había que llenarlo de vida.

No bastaba con haberlo recuperado.
Había que llenarlo de vida.

Y así, casi sin planearlo del todo, nació una de las gestas más hermosas de nuestra historia:

La Marcha del Libro.

La idea: sembrar conocimiento

La biblioteca no fue un proyecto cualquiera.

Fue una decisión profunda.
Casi una declaración de principios.

Entendimos —tal vez sin decirlo en voz alta— que si queríamos transformar el barrio, no bastaba con limpiar espacios: había que abrir mentes.

Había que sembrar conocimiento.

Y entonces decidimos salir a buscarlo.

La marcha

Aquella no fue una caminata cualquiera.

Fue un acto simbólico.
Un ritual colectivo.
Una forma de resistencia cultural. La idea nació casi como una declaración de principios. Si el problema era la desconfianza, la respuesta no podía ser la imposición, sino la participación. Si algunos vecinos querían derribar el lugar por miedo a lo que podía convertirse, nosotros teníamos que demostrar, con hechos, en qué queríamos convertirlo.

Así nació la encuesta.

No como un papel frío.

Sino como una herramienta de diálogo.

Como una forma de poner al barrio frente a sí mismo.

Salimos a las calles con ella en la mano, pero también con una intención clara: escuchar antes de construir, preguntar antes de decidir, involucrar antes de transformar.

Salimos a las calles con libros en alto, como si fueran banderas.
Con una encuesta en la mano, como si fuera un manifiesto.

Casa por casa.

Puerta por puerta.

Mirando a los ojos.

La palabra como convocatoria

Llevábamos una encuesta, sí. Pero en realidad, llevábamos una pregunta más grande: Queremos un barrio distinto? Cada pregunta era más que una consulta.

Era una toma de posición.

Era, en el fondo, una respuesta anticipada a quienes veían en nosotros un problema.

Porque mientras unos hablaban de demolición, nosotros hablábamos de construcción.
Mientras algunos imaginaban desorden, nosotros proponíamos cultura.
Mientras el miedo levantaba muros, nosotros abríamos puertas.

Y entonces ocurrió algo que no estaba en los cálculos, pero sí en la esperanza:

La comunidad respondió.

No con rechazo.
No con indiferencia.
Sino con una claridad que terminó inclinando la balanza.

Las respuestas empezaron a acumularse como argumentos irrefutables.
Sí al grupo.
Sí a la organización juvenil.
Sí a la biblioteca.
Sí al uso del espacio para el bien común.



Encuesta comunitaria – Proyecto Katakandrú y Biblioteca







C ELEBRACIÓN DIA DE LAS MADRES “BIBLIOTECA”





Pero más allá del papel…

Cada pregunta era un llamado.
Cada respuesta, una toma de posición.

La respuesta del barrio

Y el barrio respondió. Como solo responden las comunidades que se reconocen en una causa.

Con orgullo. Con emoción. Con generosidad. Los libros comenzaron a aparecer. lgunos viejos. Otros guardados durante años. Otros heredados. Otros casi olvidados. Pero todos cargados de historia.

Las monedas llegaban en manos humildes. Los aportes eran pequeños, pero inmensos en significado. No pedíamos limosna. Estábamos convocando a un acto de fe colectiva. Y la gente entendió.

La victoria silenciosa

Lo que empezó como una marcha… se volvió una gesta. Y así, casi sin darnos cuenta, la encuesta dejó de ser un instrumento y se convirtió en un movimiento.

En una voz colectiva.

En una respuesta clara frente a quienes querían derribar el lugar.

Porque ya no éramos solo nosotros defendiendo una idea.

Era el barrio entero respaldando una decisión.

Cuando llegó el momento de presentar ese soporte ante la comunidad y la Junta de Acción Comunal, ya no había mucho que discutir.

Los papeles hablaban.

La gente había decidido.

Y lo que antes era visto por algunos como una amenaza, empezó a entenderse como una oportunidad.

El lugar no se derribaría.

Se transformaría.

Y esa transformación no sería impuesta, sino construida entre todos.

Fue ahí cuando la Marcha del Libro dejó de ser una iniciativa y se convirtió en una hazaña

Katakandrú dejó de ser visto como un grupo de muchachos inquietos.

Ahora éramos otra cosa.

Un referente. Una fuerza. Una esperanza organizada.

Y la antigua sede —ese lugar donde alguna vez hubo órdenes y castigos— comenzó a transformarse definitivamente.

La biblioteca

Con el tiempo, aquel espacio se llenó.

De libros. De mesas. De voces bajas. De preguntas.

El silencio cambió de significado. Ya no era miedo. Era concentración. Ya no había gritos de mando.
Había páginas que se abrían. La biblioteca no fue solo un lugar. Fue un símbolo. Un santuario del saber.

Un arsenal de sueños. Y ahí entendimos, sin necesidad de decirlo en voz alta, que Katakandrú no solo limpiaba espacios:
despertaba conciencias.

La expansión: los lotes que se volvieron esperanza

Pero Katakandrú no se detuvo ahí.

Porque cuando una comunidad despierta… ya no vuelve atrás.

Lo que empezó con la limpieza del comando y la creación de la biblioteca, se convirtió en algo más grande:

Un movimiento de transformación barrial.

Los lotes baldíos —símbolos del abandono— comenzaron a cambiar.

La cuarenta: donde nació un parque

Donde antes había monte y escombros, apareció un parque.

Con jardines.
Con sillas.
Con senderos.

Las familias regresaron.
Los niños jugaron.
Las parejas encontraron un lugar.

La noche dejó de ser amenaza… y empezó a ser encuentro.

La veintinueve: un jardín comunitario

Un terreno olvidado se convirtió en vida.

Plantas.
Colores.
Cuidado colectivo.

La treinta y uno: deporte y juventud

Una cancha.

Baloncesto.
Voleibol.
Encuentros.

Allí también se construía comunidad.

Otros espacios, misma historia

Micro fútbol.
Calles recuperadas.
Lotes transformados.

Cada lugar intervenido tenía el mismo origen:

Trabajo voluntario.
Organización.
Sentido de pertenencia.

El verdadero cambio

Con el tiempo entendimos algo fundamental:

No estábamos limpiando lotes.

Estábamos cambiando miradas.

Donde antes había abandono… ahora había vida.
Donde había maleza… ahora había encuentro.
Donde había silencio… ahora había comunidad.

El legado

Katakandrú no hablaba con discursos.

Hablaba con hechos.

Con parques.
Con canchas.
Con libros.
Con encuentros.

Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en algo más que un grupo juvenil:

Nos convertimos en memoria viva del barrio.

La Marcha del Libro no fue solo un evento.

Fue una proclamación.

La prueba de que una comunidad, cuando se organiza, puede transformar su historia.

Y desde entonces, en cada libro abierto, en cada espacio recuperado…

Katakandrú sigue marchando.




Capítulo 10

Identificación: cuando supimos quiénes éramos**

Ya instalados en nuestro propio espacio, comenzó otra transformación.

Más silenciosa. Más profunda.

Cada quien fue llevando lo que tenía a mano, sin ostentaciones ni reservas:
sillas prestadas, tapetes gastados, cuadros colgados con clavos improvisados, libros rescatados de estantes familiares.

Así, poco a poco, aquel lugar comenzó a latir.

Ya no era solo una sede. Era un salón cultural. Una biblioteca. Un punto de encuentro.

Allí se pensaban los proyectos… antes de salir a caminar el barrio.

El espíritu que nos unía

La idea que nos sostenía era sencilla, pero poderosa: No éramos individuos sueltos. Éramos un solo cuerpo.

Inspirados en Los Tres Mosqueteros, adoptamos como principio:

Uno para todos y todos para uno.”

Y como afirmación propia, nacida de nuestra realidad:

La unidad hace la fuerza.”

Ese no era un lema decorativo. Era una forma de vivir.













El nombre que se volvió identidad

De ese mismo espíritu nació nuestro eslogan:

Jóvenes liberan jóvenes”

Propuesto por Carlos Roberto Másmela, quien además diseñó el logotipo del grupo.

Con ese símbolo se crearon los carnés de afiliación.

Pequeños. Sencillos. Pero inmensos en significado. Cada uno lo portaba como quien lleva una credencial invisible:

la de pertenecer.

El compromiso

Recuerdo el momento de la entrega de carnés.

Humberto Flórez, con su voz serena, dijo:

Que este instante sea motivo para que la unidad prevalezca sobre cualquier obstáculo… y que si un socio está en dificultad, los demás tengamos la obligación de ayudarlo.

La respuesta fue inmediata:

¡Que así sea!

Y no fue un grito. Fue un pacto.

El reconocimiento legal

La alegría creció aún más cuando llegó la noticia: La Gobernación del Huila había aprobado nuestros estatutos. Katakandrú obtenía su personería jurídica: PJ 142 de junio de 1979. Ya no éramos “un grupo pirata”. Éramos una organización.

Con nombre. Con respaldo. Con existencia legal.

El nacimiento de los símbolos

Fue entonces cuando sentimos que algo faltaba. Teníamos historia. Teníamos acciones. Teníamos reconocimiento. Pero nos faltaba algo visible: símbolos.

(Así comenzamos a llamarnos entre nosotros: Katakos.
Una forma cercana, orgullosa, propia.) Los símbolos no nacieron por formalidad. Nacieron por necesidad.

Necesidad de reconocernos. De representarnos. De decirle al mundo quiénes éramos.

El proceso

Se convocó un concurso interno. Bandera. Escudo. Himno. Las propuestas fueron muchas. Cada una con su carga emocional, con su visión del grupo. Y como todo en Katakandrú…Se decidió en colectivo.

La bandera: lo que somos

La bandera no fue solo un diseño. Fue una declaración. El fondo negro: no como oscuridad, sino como origen. Como profundidad. Como semilla. El amarillo: la luz compartida. La unión. La esperanza. La estrella: el rumbo. El conocimiento. La guía. Y el rojo de nuestro nombre: Katakandrú. La fuerza. La sangre. La decisión.

Un detalle importante

Yael Garaviño también presentó propuestas de gran valor. Pero finalmente, el diseño de Constantino Castro Zamora fue elegido por su claridad conceptual y su capacidad de integrar todos los símbolos.

Además, tenía algo clave: Era fácil de reproducir. Y eso permitió que el símbolo fuera de todos.

El escudo: una lección

El escudo existió. Fue aprobado. Pero no se quedó. No logró arraigarse. Y eso nos enseñó algo importante:

No todos los símbolos viven. Solo permanecen los que la comunidad hace suyos. El logotipo, en cambio, sí trascendió.

El himno: la voz del grupo

Y luego vino la palabra cantada:

HIMNO KATAKO

Jóvenes agrupan jóvenes                                                 Los creadores de futuro

es el lema de Katakos,                                                    el tiempo que pasa escucha;

muchachos de gran empuje,                                             se aferran a su presente,

chicos duros y verracos.                                                        no le temen a la lucha.


Llenando así el corazón                                                    Y como barrio se unieron,

con fragancia de cultura,                                                     como familia también;

con el sudor de contienda,                                                  el olvido revirtieron

de victoria que perdura.                                                       y se llenaron de fe. 


Hoy es un grupo pujante,

aprendió de los errores;

enseñó a sus integrantes

que unidos son los mejores.

                                                                        Autor: CCZ



El himno no era solo música. Era identidad en voz alta.

Lo que realmente ocurrió

Con el tiempo entendimos algo fundamental:

No estábamos creando símbolos.

Estábamos construyendo identidad.

Katakandrú ya tenía:

  • Espacio

  • Historia

  • Comunidad

  • Símbolos

Pero sobre todo…

Tenía conciencia de sí mismo.

Y ese fue, quizás, el paso más importante de todos.







Los símbolos Katakos










CAPÍTULO 11

El deporte: disciplina, identidad y protección juvenil

Si hubo un momento en que Katakandrú dejó de ser solo palabra, reunión o intención, fue cuando el deporte entró a formar parte de nuestra vida como una fuerza organizada. Porque el deporte, en aquellos años, no era únicamente competencia: era refugio, era disciplina, era una forma de protegernos del desorden del mundo.

La cancha se volvió escuela.
El balón, un pretexto.
Y el juego… una manera de encontrarnos.

Ignacio Bello: el abanderado

Si hay que nombrar a alguien como motor del deporte en Katakandrú, ese fue Ignacio Bello Pascuas.

Incansable.

Organizaba la carrera desembrina del 31, donde el barrio entero se reunía. Coordinaba torneos de microfútbol, voleibol y baloncesto.

Movía gente.
Convocaba voluntades.
Encendía la chispa.

Gracias a él —y a muchos otros— el deporte nunca fue improvisación: fue compromiso.

El nacimiento del hexagonal decembrino

Con Nacho nace, la primera gran apuesta deportiva del grupo fue, sin exagerar, audaz: organizar el primer hexagonal de fútbol decembrino en el barrio Las Granjas.

No teníamos experiencia.
No teníamos recursos suficientes.
Pero teníamos algo más fuerte: la convicción de que desde el barrio también se podían hacer cosas grandes.

La idea era clara: reunir a los seis mejores equipos de la ciudad y enfrentarlos en jornadas intensas de sábado y domingo. Cada equipo aportaría una inscripción, y con ese fondo se garantizaría la premiación.

Pero detrás de esa aparente sencillez había un trabajo riguroso.

Nos sentamos como si fuéramos una empresa consolidada:
evaluamos posibilidades, organizamos logística, redactamos reglamentos, pensamos en la seguridad, distribuimos responsabilidades.

Y así, casi sin darnos cuenta, el nombre de Las Granjas empezó a sonar.

De boca en boca.
De cancha en cancha.
Con respeto.

El problema del trofeo

Todo marchaba bien… hasta que apareció un detalle que amenazó con desbaratarlo todo: el trofeo.

Cuando vimos la calidad de los equipos inscritos, entendimos que no podíamos entregar cualquier premio. Pero al revisar las cuentas, la realidad fue contundente: no alcanzaba el dinero.

¿Y ahora qué hacemos?

La respuesta fue la de siempre: trabajar más.

Organizamos ventas con doña Gloria, quien, junto a sus hijas, preparaba empanadas, arepas, buñuelos, chicha y aloja. El acuerdo fue sencillo y justo: nosotros poníamos los insumos, ella el trabajo, y compartíamos las ganancias.

El barrio, como siempre, respondió.

Pero aun así… no alcanzaba.

La aparición de Fulvio y el nacimiento de un símbolo

Y entonces, como ocurre en las historias que están destinadas a continuar, apareció Fulvio.

Llegó sin prisa, escuchó, y luego soltó la idea que cambiaría todo:

Yo tengo una formaleta de La Gaitana…

El silencio fue inmediato.

No hablaba de cualquier figura. Hablaba de La Gaitana, símbolo de resistencia indígena, orgullo huilense, memoria viva.

Cuando nos mostró la propuesta, entendimos que no era solo un trofeo.

Era una declaración.

La figura representaba a La Gaitana erguida, con los brazos al cielo sosteniendo un balón de fútbol. Una fusión perfecta entre historia y presente. Entre lucha ancestral y pasión deportiva.

No entregaríamos un premio.
Entregaríamos identidad.

Aceptamos sin dudar.

Y así, lo que empezó como un problema económico terminó convirtiéndose en uno de los mayores aciertos simbólicos del grupo



El inicio del torneo

A viso Publicitario del Diario del Huila

El 3 de diciembre de 1977, el balón empezó a rodar.

Los equipos eran de peso:
el Club Alfonso Díaz Parra, el de Cándido Leguisamo, Postobón, Granjas A, Granjas B y el Club Mártires.

Las canchas se llenaron.
Las graderías improvisadas vibraban.
El polvo se levantaba como si también quisiera ser parte del espectáculo.

El barrio entero estaba allí.

Y no era solo fútbol.

Era orgullo.
Era identidad.
Era comunidad en movimiento.

La cancha como escenario de vida

Recuerdo con claridad aquel primer campeonato.

El título quedó en manos del Club Alfonso Díaz Parra, un equipo sólido, con jugadores de gran nivel, varios de ellos vinculados al naciente Atlético Huila.

Pero más allá del campeón, lo que quedó fue el nivel.

Granjas A y B también mostraban talento, con figuras como Alberto Rujana, quien años después dejaría huella en el fútbol profesional.

Y en medio de todo eso… estábamos nosotros.

Muchachos del barrio.
Muchachos de Katakandrú.

Allí jugaban Ever Motta, Arquímedes Castro, Omar Cuéllar, el zurdo Eduardo Polanía, Jaime “el Vecino”, los hermanos Amaya, Álvaro Trujillo en el arco, Hugo Peña, Carlos Rujana, Ricardo Bello…

Nombres que el tiempo podrá borrar, pero no el espíritu que los unía.

Porque en esas canchas no solo se jugaba fútbol.

Se aprendía a respetar.
A competir sin destruir.
A representar al barrio con dignidad.

El equipo: K-Astros

Con el tiempo, también consolidamos nuestro propio equipo: los K-Astros.  Equipos que eran símbolo en sí mismos, 

Más que alineación… eran historia compartida.

Porque en Katakandrú, el deporte no separaba. Unía.

Allí estaban:

  • Richard Castro, el capitán

  • Ever Motta, delantero

  • Arquímedes Castro, delantero

  • Abraham Castro, defensa

  • Marco Vinicio Castro, medio

  • Constantino Castro, medio

  • Carlos Julio Tovar, defensa

  • Eulises Castro, arquero

Más que un equipo, éramos familia.

Y eso se notaba en la cancha.

El verdadero triunfo

Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo algo que en ese momento apenas intuíamos:

No jugábamos solo por ganar.

Jugábamos por Katakandrú.
Por el nombre.
Por la dignidad.

Cada gol era una celebración colectiva.
Cada partido, una forma de decir: 
aquí estamos.

Y así, querido compañero, el deporte se convirtió en otro lenguaje de los Katakos

Un lenguaje de disciplina.
De resistencia.
De alegría.

Un lenguaje que todavía hoy… sigue rodando como balón bendito en la memoria de Las Granjas.







La final: cuando el fútbol se volvió batalla y fiesta

Querido compañero:

Si hubo un momento en que el barrio contuvo la respiración, fue aquella final del primer hexagonal. No era un partido más. Era el cierre de todo lo que habíamos construido con esfuerzo, ingenio y terquedad juvenil.

Y había un protagonista silencioso antes incluso del pitazo inicial: el trofeo.

La escultura de La Gaitana estaba allí, sobre la mesa principal, iluminada como si supiera que iba a ser deseada. No tardaron los jugadores en acercarse, mirarla detalladamente, recorrerla con los ojos. Algunos la tocaron casi con respeto.

Se enamoraron de ella.

No era para menos. Aquello no era un premio cualquiera: era historia, era s ímbolo, era orgullo convertido en figura. Y desde ese momento, el partido dejó de ser solo fútbol.

Se volvió una disputa por algo más grande.

El inicio: calma antes de la tormenta

El encuentro enfrentaba al Club Alfonso Díaz Parra contra Granjas A.

El ambiente era eléctrico, pero el juego comenzó sereno, como si ambos equipos se estuvieran midiendo, reconociendo el terreno, tanteando el ánimo del rival.

Pero esa calma duró poco.

A los diez minutos, Alfonso Díaz Parra rompió el equilibrio.

Una jugada rápida, precisa… y gol.

El grito fue seco, contundente.

Y con él, cambió todo.

El partido se enciende

A partir de ese momento, el partido dejó de ser táctico y empezó a volverse emocional. Trofeo " La Gaitana

Las entradas se hicieron más fuertes.
Las palabras más cortantes.
Las miradas… más desafiantes.

El árbitro comenzó a intervenir con llamados de atención constantes.
Luego vinieron las primeras tarjetas amarillas.

El juego se calentaba.
La tribuna también.

Cada falta era reclamada.
Cada decisión discutida.
Cada balón dividido parecía una batalla personal.

Y entonces, lo inevitable:

Dos expulsiones.

Una por cada equipo.

El primer tiempo terminó en medio de tensión, con los ánimos encendidos y la sensación de que aquello podía desbordarse en cualquier momento.

La voz que evitó el quiebre

Fue entonces cuando apareció Nacho Bello.

Con autoridad serena, con ese liderazgo que no necesitaba gritos, reunió a los equipos y les habló como quien recuerda lo esencial:

Esto es un encuentro amigable… no podemos terminar en pelea. No podemos llevar a la tribuna a enfrentarse por un resultado.

Sus palabras no apagaron del todo el fuego…
pero evitaron el incendio.

El segundo tiempo: el corazón del partido

El juego se reanudó.

Y ahora sí, querido compañero, aquello era otra cosa.

Granjas A salió con hambre.

Con orgullo herido.
Con el barrio detrás.

Y al minuto sesenta, llegó el estallido.

Gol.

El empate cayó como un trueno.

La tribuna casi se vino abajo.
Los gritos, los saltos, la euforia… todo se mezcló en una sola emoción colectiva.

Era el barrio celebrándose a sí mismo.

Los últimos minutos: al filo del destino

Pero el partido aún no estaba escrito.

Los choques volvieron.
Las piernas pesaban.
El cansancio empezaba a cobrar factura.

Y entonces, cuando el reloj parecía inclinarse hacia el empate…

faltando cinco minutos:

Una jugada por la banda.
Centro al área.
Un salto entre varios.

Y el golpe seco del balón contra la frente.

Gol.

Alfonso Díaz Parra.

Silencio breve…
y luego explosión.

El final: victoria y respeto

El pitazo final llegó como un alivio.

No hubo pelea.
No hubo ruptura.

Solo el cansancio de haberlo dado todo.

Y la emoción.

Los jugadores del Alfonso Díaz Parra se acercaron al trofeo con una mezcla de orgullo y asombro. Lo levantaron como quien levanta algo sagrado.

No estaban alzando solo una victoria.

Estaban alzando historia.

Granjas A, golpeado pero digno, aceptó el resultado. Porque en el fondo sabíamos algo que esa final nos dejó claro:

El verdadero triunfo no estaba solo en el marcador.

Estaba en haber llegado hasta allí.
En haber llenado la cancha.
En haber demostrado que el barrio podía organizar, competir y brillar.

Epílogo de una tarde inolvidable

Y así terminó aquella jornada.

Sin escándalos.
Sin derrotas amargas.
Con el corazón lleno.

Cada quien tomó rumbo a su casa, comentando las peripecias del p0arido, pero algo había cambiado.

El hexagonal no había sido solo un torneo.

Había sido una declaración.

Desde ese día, el fútbol en Las Granjas, organizado por Katakandrú, dejó de ser un juego cualquiera.

Se convirtió en tradición.

En identidad.

En memoria viva.

Hexagonal Continúa

Con el paso del tiempo, aquel primer hexagonal no se quedó como un hecho aislado. Por el contrario, se convirtió en tradición. Año tras año, diciembre traía consigo el regreso del torneo, como un ritual esperado por el barrio y por buena parte de la ciudad.

Vinieron nuevos campeonatos.
Nuevos equipos.
Nuevas historias.

Y también, cómo no decirlo, nuevas glorias.

Porque Granjas no se quedó atrás. En varios de esos torneos posteriores, el equipo del barrio logró alzarse con el título, demostrando que no solo organizábamos bien los eventos, sino que también sabíamos competir y ganar en la cancha.

Claro está —y tú lo recordarás bien— que cada vez que jugaba Granjas, el ambiente se cargaba.

Había palabras cruzadas.
Reclamos al árbitro.
Discusiones en la tribuna.
Algún empujón que subía la temperatura del partido.

Pero todos, en el fondo, entendíamos lo mismo:
era el calor del juego.
la pasión sin filtro.
la vida latiendo en cada jugada.

Porque nunca pasó a mayores.

Al terminar el partido, la rivalidad se quedaba en la cancha, y la vida seguía en el barrio, en las calles, en las mismas esquinas donde al día siguiente volvíamos a saludarnos como siempre.

Así fue como, entre goles, discusiones y celebraciones, Las Granjas fue ganándose un lugar en el corazón de la gente.

Y Katakandrú también.

No solo como organizador de torneos,
no solo como grupo juvenil,
sino como símbolo de algo más profundo:

de lo que puede lograr un grupo cuando cree en sí mismo.

Hoy, al mirar hacia atrás, queda claro que aquel hexagonal no fue solo deporte.

Fue escuela de carácter.
Fue escenario de identidad.
Fue prueba viva de que la grandeza no nace en los grandes estadios, sino en las canchas de tierra, en el esfuerzo colectivo y en la pasión compartida.

Y así, entre polvo, gritos, abrazos y atardeceres, quedó sembrada una certeza que aún resiste el paso del tiempo:

Que Las Granjas no solo jugaba…
Las Granjas hacía historia.







LAS CHICAS KATAKO











CAPÍTULO 12

La cancha también tenía voz: mujeres, liderazgo y carácter

Si algo terminó de consolidar el espíritu de Katakandrú, fue entender que el deporte no era un complemento, sino otro lenguaje del alma del barrio.

Y en ese lenguaje, hubo voces que se alzaron con fuerza propia.

Las Chicas K”: talento, orgullo y alegría en la cancha

Si de prestigio se trataba dentro de las expresiones deportivas del grupo, no puede dejar de mencionarse a un equipo que rompió esquemas y se ganó el respeto a punta de talento y carácter: “Las Chicas K”.

Eran niñas y jóvenes con habilidades notables, pero sobre todo con una determinación que no pedía permiso. Cada vez que salían a la cancha, no lo hacían solas. Detrás de ellas iba el barrio entero, los “katacos”, acompañándolas con gritos, risas, aplausos y una energía que convertía cada partido en una fiesta.

Y ellas lo sabían.

Jugaban con alegría, pero también con responsabilidad. Se sentían respaldadas, cuidadas, orgullosas de representar algo más grande que un equipo: representaban un proceso, una idea de juventud organizada, viva y presente.

Allí estaban nombres que dejaron huella: Samaris Castro, Gloria Guío, Judit Cerquera, Rubiela Cohetato, las hermanas Cuéllar, Cueto Suárez, Consuelo Amaya y Victoria Belcastro, entre muchas otras.

Su belleza llamaba la atención, sí, pero era su juego el que imponía respeto.

Eran fuertes en la marca, hábiles en el manejo del balón, valientes en cada disputa. Los equipos rivales no las enfrentaban con ligereza. Sabían que no estaban jugando contra un grupo improvisado, sino contra un equipo sólido, disciplinado y con identidad.

Cada partido suyo era más que competencia:
era una declaración.

Sin proponérselo del todo, abrieron camino.
Demostraron que la cancha también era territorio femenino, que el talento no tenía género y que el respeto se gana jugando.

Con el tiempo entendimos que “Las Chicas K” no fueron solo un equipo:
fueron símbolo de participación, de valentía y de transformación silenciosa.

Ignacio Bello: el alma deportiva del barrio

Pero si hubo alguien que sostuvo, impulsó y multiplicó ese espíritu deportivo, fue Ignacio Bello.

Recordarlo es volver a ver la energía en movimiento. No necesitaba títulos ni cargos formales. Su autoridad nacía del hacer. Bastaba verlo llegar con un balón bajo el brazo y un silbato colgado al cuello para saber que algo importante iba a ocurrir.

Donde él estaba, había organización.
Donde él insistía, había participación.

Organizaba campeonatos de fútbol, atletismo, voleibol y baloncesto con una pasión que contagiaba hasta al más indiferente. No solo promovía el deporte: construía comunidad.

Gracias a su empuje, Katakandrú no solo participó:
ganó.

Se obtuvieron triunfos a nivel municipal, se destacaron en olimpiadas neivanas, y el barrio comenzó a ser reconocido no solo por su organización cultural, sino también por su nivel deportivo.

Pero lo más importante no eran los trofeos.

Era lo que se aprendía.

Disciplina.
Respeto.
Trabajo en equipo.

La lección de Nacho

Ignacio no solo organizaba. También enseñaba.

Y una de sus lecciones más recordadas nació en medio de una dificultad.

En una actividad para recaudar fondos, el apoyo del grupo fue escaso. A pesar de ello, Nacho sacó el evento adelante casi solo, con la ayuda de unos pocos. Cuando después le pidieron cuentas, no respondió con enojo… sino con claridad.

Contó entonces la historia de la gallina que sembró, cosechó y horneó el pan sin ayuda, y que al final decidió no compartirlo con quienes no estuvieron en el proceso.

No fue un reclamo.
Fue una enseñanza.

El compromiso —dijo— no aparece al final. Se demuestra desde el inicio.

Aquella historia quedó sembrada en todos.

Porque nos obligó a mirarnos.
A entender que el grupo no se sostenía con entusiasmo momentáneo, sino con presencia real.

Más que campeones

Con Nacho al frente, el deporte creció.
Se consiguieron uniformes, implementos, arbitrajes.
Se organizaron festivales, rifas, encuentros.

Las camisetas negras con amarillo y rojo comenzaron a verse por todo el barrio. Katakandrú ya no era solo un nombre: era una presencia visible.

Y en las canchas, como en la vida, cada quien encontró su lugar.

Algunos brillaron con el balón.
Otros organizaron desde atrás.
Otros sostuvieron con esfuerzo silencioso.

Todos aportaron.

Lo que nos dejó la cancha

Hoy, al mirar atrás, entendemos que el deporte en Katakandrú fue mucho más que partidos o campeonatos.

Fue escuela.

Allí aprendimos a ganar sin arrogancia y a perder sin rendirnos.
A confiar en el otro.
A sostenernos como grupo incluso en los momentos difíciles.

Porque los trofeos pasan.
Las medallas se guardan.

Pero lo que se vive en comunidad…
eso permanece.

Las canchas de tierra, los festivales improvisados, las risas después de cada partido, el esfuerzo compartido… todo eso sigue latiendo en la memoria.

Y en ese latido, “Las Chicas K”, Ignacio Bello y cada uno de nosotros seguimos corriendo, jugando y creyendo.

Porque si algo nos enseñó Katakandrú, es que el deporte no solo forma cuerpos fuertes,
forma vidas con sentido.

Judo: Armando Castro Zamora


Si el fútbol nos enseñó a jugar en equipo y a defender los colores del barrio, el judo nos enseñó algo más silencioso y profundo: el dominio de uno mismo. Y en esa disciplina, hubo un nombre que brilló con luz propia dentro de Katakandrú: mi hermano, Armando Castro Zamora.

El judo fue, sin duda, una de las prácticas que más marcaron nuestra historia. No solo por lo que exigía del cuerpo, sino por lo que sembraba en el carácter. Y Armando parecía haber nacido para ese equilibrio entre fuerza y control, entre impulso y disciplina.

Tenía un carácter inquieto, una energía que no conocía descanso. No se conformaba con ser judoca: también estaba en las danzas, en el teatro, en la música, en el microfútbol… y, al mismo tiempo, estudiaba matemáticas en la Universidad Surcolombiana. Su vida era un movimiento constante, como si el tiempo no fuera suficiente para todo lo que quería hacer.

Desde niño ya mostraba esa disposición desbordante.

Recuerdo una escena que aún me hace sonreír. En la escuela, la profesora pidió herramientas para un trabajo. Armando, sin medir proporciones, cargó una carretilla con pala, pica, machete, martillo, serrucho, escoba y trapero. Iba decidido, como quien se dispone a construir el mundo entero.

Al verlo, mi padre, don Sixto, lo detuvo:

¿Y usted para dónde va con todo eso?

Para la escuela, papá. La profesora preguntó quién tenía herramientas y yo me ofrecí.

El amiguito que lo acompañaba confirmó la historia. Entonces mi padre, con esa sabiduría sencilla que deja huella, le dijo:

No, hijo. Así no es. Uno permite que otros también participen. No puede ser usted el que cargue con todo.

Armando no discutió. Volvió, descargó parte de lo que llevaba y, como si quisiera aprender la lección con precisión matemática, hizo una lista de lo que debía llevar. Desde entonces entendió que ayudar también es saber compartir la responsabilidad.

Pero si esa anécdota mostraba su generosidad, hubo otra que reveló la profundidad de su compromiso.

Un día, en medio de las dificultades económicas, mi padre comentó, casi en tono de desahogo:

Hoy es un día duro… no hay ni para el almuerzo.

Armando escuchó en silencio.

Y desapareció.

Las horas pasaron y la preocupación creció. No era habitual que se fuera sin avisar. Solo regresó hacia las cinco de la tarde, tranquilo, con la serenidad de quien siente haber cumplido una misión.

Mi padre, entre aliviado y molesto, le preguntó:

¿Dónde estaba?

Y Armando respondió con absoluta naturalidad:

Me fui a buscar trabajo. Como usted dijo que no había almuerzo, fui al aeropuerto. Les conté que éramos una familia pobre, con nueve muchachos, y que necesitábamos comer. Les ofrecí ayudar en lo que fuera: limpiar, organizar, lo que necesitaran.

Hizo una pausa breve, como recordando la jornada.

Me dejaron colaborar. Me dieron algo de almuerzo y a las cuatro me dieron un dinero. Después me dijeron que no volviera, porque no podían contratar menores.

Mi padre lo miró en silencio, sorprendido por esa mezcla de inocencia y determinación.

Yo lo dije por la escasez, hijo… no para que saliera a pedir trabajo.

Pero Armando ya había demostrado quién era.

No se quedaba en las palabras. Actuaba.

Siempre.

Esa misma fuerza fue la que llevó al judo.

Para él no era solo una disciplina: era una forma de vida.

Aprendía cada técnica con rigor, cada caída con humildad, cada combate con respeto. Pero no se conformó con aprender. Quiso multiplicar.

Y así nació su propio grupo: “Los Lobatos”.

Un grupo de jóvenes a quienes enseñaba lo que él mismo iba descubriendo en el tatami. Allí practicaban llaves, caídas, movimientos… pero también disciplina, compañerismo y carácter. No era un simple entrenamiento: era una escuela en miniatura, liderada por un joven que ya entendía que el conocimiento cobra sentido cuando se comparte.

Su entrega lo llevó a competir a nivel municipal, departamental y nacional. Los reconocimientos llegaron, sí, pero nunca fueron su objetivo principal. Para Armando, cada competencia era una oportunidad de medirse consigo mismo.

De crecer.

De superarse.

Pero su espíritu no se detenía en un solo escenario.

Mientras muchos encontraban un camino, él caminaba varios al mismo tiempo.

Así llegó a la Cruz Roja.

Allí se formó en primeros auxilios, inyectología, atención de partos, canalizaciones… habilidades que no solo requerían técnica, sino temple. Descubrió entonces otra dimensión de su vocación: la de servir en momentos donde la vida pende de un hilo.

Y fue ese camino el que lo llevó a uno de los episodios más duros de nuestra historia: la tragedia de Armero.

Allí estuvo.

Entre el lodo, el dolor y el silencio de lo perdido.

Fue testigo de escenas que marcan para siempre. De vidas atrapadas, de gritos contenidos, de la fragilidad humana frente a la fuerza de la naturaleza. Y como tantos otros, quedó marcado por la imagen de aquella niña que se convirtió en símbolo de la tragedia.

En ese escenario, el judo ya no era combate.

Era resistencia.

Era fortaleza interior.

Era la capacidad de mantenerse en pie cuando todo alrededor se derrumba.

Así era Armando.

Un hombre que no cabía en un solo espacio.

Un espíritu que no sabía quedarse quieto.

Su hiperactividad no era desorden:
era una forma intensa de vivir.

En el judo, en Katakandrú, en la Cruz Roja, en la universidad… en cada lugar donde hacía falta voluntad, allí estaba él. Como si quisiera recordarnos, sin decirlo, que la verdadera disciplina no es solo entrenar el cuerpo, sino comprometer la vida entera.

Y entendimos entonces que el deporte en Katakandrú no era solo competencia.

Era formación.

Porque mientras unos aprendíamos a jugar, otros —como Armando— nos enseñaban, con el ejemplo, a vivir con entrega total.

El ciclismo: una aventura breve pero inolvidable

No todas las disciplinas que tocó Katakandrú lograron echar raíces profundas. Algunas fueron apenas intentos, esfuerzos breves que, aunque no perduraron, dejaron huellas imborrables. Así ocurrió con el ciclismo.

Para hablar de esta actividad, debo reconocer que fue algo fugaz dentro de nuestra historia. No alcanzó la continuidad del fútbol ni la fuerza organizativa de otras disciplinas. Además, no fue una iniciativa exclusiva del grupo, sino un esfuerzo compartido con la Junta de Acción Comunal del barrio, que en ese entonces estaba liderada por don Juan Horta.

Vale la pena hacer aquí un pequeño paréntesis para mencionarlo. Don Juan era un hombre de espíritu social, generoso y con una visión clara de lo que podía llegar a ser el barrio. De oficio sastre —de aquellos de antes, capaces de confeccionar trajes a la medida con precisión casi artística—, tenía además la inquietud de enseñar su saber a los jóvenes.

Convocó a varios de nosotros para aprender el oficio. Fulvio, Carlos Ebert, Constantino y otros nos acercamos con curiosidad. Algo alcanzamos a aprender, aunque quien realmente aprovechó la oportunidad fue Eulices, que llegó a dominar la confección de camisas y pantalones. Con el tiempo, cuando don Juan se marchó del barrio, Eulices continuó como sastre, ejerciendo con destreza lo aprendido.

Cierro aquí el paréntesis para volver al ciclismo.

Con el apoyo de algunas empresas de la ciudad de Neiva, decidimos organizar un circuito ciclístico el 20 de julio, día de la independencia. El recorrido consistía en unas quince vueltas alrededor del barrio Las Granjas, sumando cerca de sesenta kilómetros, una distancia respetable, aunque manejable para ciclistas entrenados.

Animados por la experiencia que ya teníamos en la organización de eventos, nos atrevimos a invitar equipos con cierto reconocimiento, algunos de ellos participantes en competencias importantes como la Vuelta a Colombia, la Vuelta al Táchira, la Vuelta al Sur y el naciente Clásico RCN. El ciclismo colombiano comenzaba a ganar prestigio, y nosotros queríamos ser parte de ese impulso.

Se inscribieron equipos como Pilas Varta, Café de Colombia, Marcos y Bielas, Productos Aldana, Medicamentos y Drogas, entre otros. Y, por supuesto, también estaba el equipo de Katakandrú.

Pero hay que decirlo sin rodeos: nuestro equipo era más entusiasmo que preparación.

El único que practicaba ciclismo con verdadero rigor era Alejandro Rojas Castro. Los demás éramos acompañantes ocasionales: Abraham Castro, Marco Vinicio Castro, Hernando Amaya, Gilberto Bello, Juan Carlos Peña… y todos con más voluntad que técnica.

Incluso éramos el equipo de mayor edad, con integrantes entre los 17 y 18 años, mientras que muchos competidores apenas rondaban los 15 o 16.

Aun así, logramos reunir premios gracias al apoyo de patrocinadores, y el circuito se llevó a cabo con buena participación. El ganador fue Antonio Zuleta, del equipo Pilas Varta; el segundo lugar fue para un corredor de Café de Colombia y el tercero para uno de Marcos y Bielas.

La competencia fue un éxito organizativo. Pero para nosotros, la verdadera historia estaba por dentro.

La anécdota de Alejandro

La carrera comenzó con relativa calma. La primera vuelta, como es habitual, sirvió de reconocimiento. Los equipos medían el terreno, observaban a sus rivales y calentaban piernas.

Todo parecía marchar bien… al menos en apariencia.

Cada equipo contaba con su carro acompañante, con repuestos, herramientas y hasta bicicletas adicionales. Katakandrú también tenía el suyo… aunque en condiciones muy particulares.

Nuestro vehículo de apoyo era la carcachita de mi papá: un pequeño camperito Suzuki, algo desgastado pero fiel. Eso sí, bajo una regla estricta: nada podía sonar extraño, porque mi padre lo cuidaba como un tesoro.

En cuanto al equipo logístico, éramos modestos: una sola rueda de repuesto, termos con agua y panela, y muchas ganas de resistir.

La bicicleta de Alejandro tenía su propia historia. Había sido de mi tío Nacho Castro, antiguo ciclista. Alejandro la rescató del olvido, la restauró con paciencia y la convirtió en su compañera de entrenamiento.

Las demás bicicletas eran prestadas o alquiladas. Eran, literalmente, máquinas de batalla.

Todo iba relativamente bien hasta que, hacia la décima vuelta, llegó el primer golpe: Alejandro pinchó.

Sin dudarlo, Abraham se bajó de su bicicleta y se la cedió para que continuara. Nosotros cambiamos la rueda como pudimos, con la única de repuesto que llevábamos. El resto del equipo se rezagó, tratando de ayudar a recuperar terreno.

Pero la realidad era clara: ya estábamos en la parte final del pelotón.

Seguíamos pedaleando más por dignidad que por competencia.

Cuando faltaban tres vueltas, ocurrió el segundo episodio. Un perro, que se soltó de las manos de una espectadora, se atravesó en medio del grupo rezagado. En segundos, unos quince ciclistas cayeron al suelo.

Armando, siempre atento, corrió a prestar primeros auxilios. Alejandro fue uno de los más afectados: raspaduras en el codo y la rodilla. Le hicieron una curación rápida para que pudiera continuar.

Intentamos reintegrarlo al grupo, pero ya era imposible. Los punteros habían acelerado sin contemplaciones.

Finalmente, cruzamos la meta unos diez minutos después del pelotón principal.

No ganamos nada. Pero terminamos.

Y para nosotros, eso ya era victoria.

El último golpe del día

De regreso a casa, las bromas no se hicieron esperar. Nosotros las recibimos con buen ánimo.

Mi padre intervino con serenidad:

No molesten a los muchachos. Tuvieron una experiencia, y eso ya es ganancia.

Todo parecía haber terminado ahí.

Pero faltaba el remate.

Alejandro dejó su bicicleta, como siempre, recostada frente a la casa. Armando le hizo una curación más completa y luego se fue.

Minutos después, Alejandro salió a buscar su cicla.

Se quedó quieto.

En el lugar donde la había dejado… solo había una rueda. Y ni siquiera era la suya.

La bicicleta había desaparecido.

¡No puede ser! —exclamó—. Hoy sí me tocó perder todas.

Salimos a verificar. Era cierto.

Y lo más increíble fue que, en lugar de indignarnos, terminamos riéndonos.

Pinché, me caí, me raspé… ¡y ahora me roban la cicla! —dijo Alejandro—. Me voy a tener que bañar con mirto.

¡Señor, señor! —gritó un niño, llegando casi sin aliento donde Alejandro—. Yo vi a unos muchachos… un negrito y otro mechudo, todo espelucado… ¡ellos fueron los que se llevaron la cicla!

Nos miramos entre todos y no hizo falta investigación ni comité de expertos:
—Los chachos… —dijimos casi al tiempo.

Alejandro, todavía adolorido por la caída, el raspón y ahora el robo, solo atinó a decir:
—No, hoy sí me tocó perder por goleada…

Entonces intervine con aire de “esto ya está resuelto”:
—Tranquilo. Voy a hablar con Carlos Montealegre… esa aparece.

Y así fue.

A los pocos días, sin sirenas, sin drama y como quien devuelve un libro prestado, Carlos llegó a la casa con la bicicleta.

Aquí está —dijo, como si nada hubiera pasado.

Alejandro la miró, la tocó, y luego soltó la frase del día:
—Bueno… por lo menos la cicla sí clasificó.



Una lección más del camino

Así terminó nuestra breve aventura ciclística.

No hubo trofeos. No hubo gloria deportiva. Pero sí quedó una historia que, con el tiempo, se volvió más valiosa que cualquier medalla.

Entre pinchazos, caídas, risas y una bicicleta desaparecida, entendimos que no siempre se trata de perseguir el pelotón.

A veces, lo importante es la experiencia.

Y en eso, Katakandrú nunca perdió.

Porque si algo nos sobraba, era precisamente eso:

historias para contar.



Capítulo 13

El arte como conciencia social

Después del sudor de la cancha vino otra forma de lucha.

Una más silenciosa, pero igual de poderosa.

Porque en Katakandrú entendimos que el cuerpo no solo servía para correr detrás de un balón, sino también para expresar, para denunciar, para proponer. Actuar, cantar, danzar y moldear la tierra era, en el fondo, otra manera de decirle algo al mundo.

El arte se convirtió en conciencia social.

El escenario dejó de ser un simple espacio de presentación y pasó a ser espejo del barrio… y al mismo tiempo, ventana de posibilidades.

Cuando pienso en Katakandrú, no puedo hablar solo de reuniones, torneos o cargos. Tengo que hablar, inevitablemente, de la cultura. Porque para nosotros nunca fue un adorno ni un pasatiempo: fue raíz, fue escuela y fue refugio.

Desde el comienzo lo intuimos —aunque no lo dijéramos con palabras elegantes—: en el arte había una fuerza capaz de decir lo que a veces no sabíamos explicar.

La cultura se volvió nuestro punto de encuentro. Allí aprendimos a mirarnos. A reconocernos. A nombrarnos.

El teatro, la música y la danza no llegaron por casualidad. Llegaron porque necesitábamos contar nuestras historias, rescatar valores y construir una identidad que apenas comenzaba a tomar forma.

El teatro fue, quizás, nuestra voz más directa.

Sobre las tablas representábamos la vida misma: los conflictos juveniles, las tensiones del barrio, las alegrías sencillas y las heridas silenciosas. Cada obra era un espejo… pero también una pregunta abierta.

No actuábamos solo para entretener. Actuábamos para incomodar. Para provocar diálogo.Para despertar conciencia.

La música, por su parte, nos acompañaba como una presencia constante. Buscábamos ritmos que hablaran de resistencia, letras que tuvieran algo que decir. En cada encuentro, en cada actividad, la música tejía identidad.

Sonaba una canción… y sabíamos que no estábamos solos. Que pertenecíamos. Y luego estaba la danza. La danza fue cuerpo y memoria. Movimiento y raíz.

A través de ella unimos tradición y presente, disciplina y libertad. Bailar no era solo ejecutar pasos: era entender el ritmo del otro, sincronizarse sin palabras, confiar.

Cada giro decía algo. Cada zapateo afirmaba presencia. Era una forma de decir: Aquí estamos. Seguimos vivos. Seguimos juntos.







Las danzas: disciplina, elegancia y pertenencia

Hablar de la danza en Katakandrú es hablar, inevitablemente, de Ariari Garaviño.

Bajo su dirección, la danza dejó de ser un ejercicio espontáneo y se convirtió en una disciplina rigurosa. Ariari no enseñaba solo coreografías: enseñaba sentido.

Corregía posturas. Exigía precisión. Insistía en la expresión corporal como lenguaje. No bastaba con bailar. Había que sentir lo que se bailaba.

Los ensayos adquirieron carácter. Se repetían figuras hasta lograr armonía, se buscaba elegancia en el porte, firmeza en el zapateo y dulzura en el gesto. En ese proceso, varios integrantes encontraron una forma distinta de crecer.

Entre ellos, Olga, quien alcanzó una interpretación del Sanjuanero Huilense que combinaba técnica y emoción. No era improvisación: era formación.

También estaba Constanza Artunduaga.

Su presencia en el grupo aportaba energía, gracia y una sensibilidad especial. Era de esas personas que, sin proponérselo, llenaban el espacio con su manera de estar.

Pero como ocurre en muchos procesos juveniles, el tiempo empezó a dispersar al grupo.

Cambios de residencia. Nuevos intereses. La multiplicidad de actividades.

Katakandrú era un hervidero, y esa misma riqueza hacía que las fuerzas se dividieran.

Los ensayos comenzaron a espaciarse. Luego a disminuir. Hasta que, sin despedidas formales, el grupo de danzas se fue disolviendo. No hubo un final. Solo una pausa larga.

Aun así, la llama nunca se apagó del todo. En ocasiones especiales, bastaba una convocatoria para que los antiguos danzantes reaparecieran, como si el tiempo no hubiera pasado.

Se armaba el grupo. Se ensayaba lo justo. Y se salía a escena. Eran momentos breves, pero cargados de memoria. Como si el pasado volviera a respirar.

Las vicisitudes de Constanza Artunduaga

Pasó casi un año sin saber de Constanza. Al principio fue un comentario suelto. Luego una inquietud. Después, un silencio que empezó a doler. Hasta que un día alguien preguntó:

¿Han visto a Constanza?

Nadie respondió. Fue Donal quien, en voz baja, dijo que sí… pero que estaba “transformada”.Esa palabra nos inquietó. Decidimos buscarla.

Fuimos Rosalba, Doris, Ever y yo.

Al llegar, no quiso recibirnos. Le daba pena, dijo su hermana. Insistimos con cuidado, con respeto. Y cuando finalmente entramos, Constanza nos vio… y rompió en llanto.

No preguntamos. Esperamos. El silencio fue nuestro primer acto de acompañamiento. Cuando logró hablar, nos contó su historia.

En los días primeros, cuando Damián apareció en mi vida, era como un héroe generoso que derramaba dulzura sobre todos: regalos, atenciones, invitaciones. Su simpatía era un sol que iluminaba las reuniones, y yo, fascinada, me dejé guiar por aquel resplandor.

Llegó el momento de aquella invitación tan esperada. No fue durante el día, sino en el silencio cómplice de la noche, cuando, con amabilidad y un aire especial, me propuso ir a ese lugar que siempre había querido conocer: las termales de Rivera.

Justo en la fecha de mi cumpleaños decidió hacer realidad ese deseo que tiempo atrás le había confesado.

Salimos rumbo a ese paraíso natural, un sitio donde se encontraban familias, amigos, parejas y amantes, todos unidos por el placer de sumergirse en esas aguas cálidas, azufradas, cargadas de propiedades medicinales y de un ambiente inevitablemente romántico.

Al llegar, nos envolvió la brisa suave de la pradera y el vapor de las aguas termales, que parecía cubrirlo todo con un velo mágico. Damián, siempre atento, solicitó un espacio más reservado: una cabaña acogedora, cómoda y discreta, perfecta para alejarnos del bullicio.

Hicimos lo que cualquiera haría en ese lugar: nos dejamos llevar por el encanto de las piscinas, disfrutamos del calor del agua y compartimos una bebida, envueltos en un momento íntimo y profundamente agradable.

Más tarde, decidimos regresar a la cabaña… y fue allí donde todo aquello que intuía comenzó a hacerse realidad, dando paso a una noche de pasión que ya venía anunciándose desde el primer instante.



Lo que sucedió fue más que un encuentro: fue una travesía. Sus besos recorrieron mi existencia como un ejército de fuego que conquista territorios ocultos. Sus caricias me llevaron al umbral del éxtasis, y mi cuerpo tembló como tierra sacudida por relámpagos.

Sentí que algo en mí despertaba, como si cruzara el umbral hacia un mundo desconocido de emociones. Mi cuerpo, libre de reservas, temblaba al compás de una cercanía que no necesitaba palabras.

Sentí morir y renacer en un mismo instante. La respiración, fuerte y entrecortada, me parecía un combate contra la inmensidad. Sus palabras, suaves tentadoras, me hipnotizaron, y la humedad de su abrazo profundo y tierno lleno mi ser como un río que desborda sus riveras .

Después vino el silencio, solemne como un templo. Luego la calma y la aurora que abrio paso tras la imponente tormenta. Y en ese despertar interior, mi amor creció con la fuerza de un árbol sagrado, elevándose hacia alturas que jamás había comprendido.

Así quedó inscrito aquel encuentro: no como un recuerdo fugaz, sino como una página épica en la crónica de mi vida, donde el amor se reveló con la potencia de lo eterno.

Así quedó inscrito aquel encuentro: no como un recuerdo fugaz, sino como una página épica en la crónica de mi vida, donde el amor se reveló con la potencia de lo eterno.

Después de aquella experiencia intensa, decidí irme a vivir con Damián. Los primeros meses fueron de una belleza casi perfecta, llenos de armonía y complicidad. Pero esa calma no tardó en resquebrajarse.

Porque todo permanece…hasta que algo, casi insignificante, lo quiebra para siempre.

Primero aparecieron los celos. Luego, el control. Después, el aislamiento. Y finalmente, el maltrato.

Lo que parecía una vida normal comenzó a transformarse en una prisión invisible. Me alejó de todo mi entorno, me encerró en una casa apartada y me arrebató cualquier contacto con el mundo.

Poco a poco, comencé a desintegrarme. Física. Emocionalmente. En silencio.

Hasta que un día, en medio de ese encierro, llegó la noticia: mi esposo había muerto en un accidente.

Así terminó aquella historia.

Nunca comprendí del todo qué sucedió. Solo sé que vi las dos caras de la moneda. Y al escuchar la historia de Constanza, no pude evitar preguntarme: ¿por qué los seres humanos destruimos aquello que más amamos? ¿Por qué somos tan volubles, tan cambiantes? ¿Qué ocurre en lo más profundo del comportamiento humano?

Tal vez esa sea, en esencia, la condición humana.

El ser humano no solo ama: también hiere, rompe y abandona… como si dentro de sí llevara, al mismo tiempo, la semilla de la luz y de la sombra.

Cuando ella nos lo contaba, apenas era una sombra de lo que había sido. Sin embargo, en medio de su fragilidad, algo persistía: la voluntad de levantarse.

Aquí me tienen —dijo—. Me estoy recuperando.

Y era cierto. Poco a poco, con el apoyo de su familia, comenzó a regresar. No de inmediato. No por completo. Pero volvió.

Nosotros también cambiamos después de esa visita. Comprendimos que la cultura no era solo una forma de expresión artística, sino también un refugio, una red, una posibilidad de salvación.

Durante un tiempo la visitamos con frecuencia. Fuimos testigos de cómo recuperaba algo de fuerza, algo de luz. Pero entonces su padre, don José, tomó una decisión: marcharse. Vender la casa. Empezar de nuevo.

La familia se fue, probablemente hacia Ibagué. Y así, sin despedidas formales, Constanza se desvaneció de nuestras vidas.

No hubo cartas. No hubo noticias. Solo quedó la memoria.

Y cada vez que alguien mencionaba su nombre, el silencio se volvía respetuoso.

Porque Constanza no fue solo una bailarina. Fue una historia. De caída. De resistencia. De reconstrucción.

Se fue sin aplausos finales.
Pero permaneció en nosotros, girando como en aquellos ensayos, al ritmo del Sanjuanero… en ese tiempo donde todo parecía posible. Y entendí, al final, que no es el amor lo que nos destruye, sino la incapacidad de sostenerlo sin querer poseerlo.



Olga Lucía Fierro: la danza como alegría 

Y, sin embargo, la vida —terca, insistente— no se detiene en las ausencias. Siempre encuentra la forma de continuar, de abrir otra puerta, de encender una nueva luz en medio de lo que parecía apagarse.

Fue entonces cuando su presencia comenzó a hacerse más visible.

Olga Lucía Fierro abrio la puerta a un recuerdo lleno de música, movimiento y luz. Si la danza en Katakandrú tenía un rostro, ese rostro era el suyo.

Olga no solo bailaba: vivía el baile. Se entregaba al ritmo con una alegría contagiosa, como si cada paso fuera una celebración de la vida. Entre todas las jóvenes del grupo, destacaba por su belleza, sí, pero sobre todo por esa energía que hacía que nadie pudiera dejar de mirarla cuando estaba en escena.

Los muchachos la seguían, la cortejaban, la buscaban… pero entre todos había uno que la miraba distinto: Leónidas.

No hacía ruido. No competía. No interrumpía con palabras apresuradas ni buscaba imponerse. Su manera de estar era otra: permanecía cerca, atento, como quien entiende que hay afectos que no se conquistan, sino que se contemplan.

Olga, sin proponérselo, habitaba en él.

Mientras otros intentaban ganarse su atención, Leónidas parecía conformarse con algo más simple y, al mismo tiempo, más profundo: verla bailar, verla reír, verla ser. Había en su mirada una mezcla de admiración y resignación, como si desde el principio supiera que su lugar no estaba en el centro de la escena, sino en ese borde silencioso donde también se ama.

Y Olga, con su franqueza intacta, no ocultaba su manera de ver la vida. Decía, sin rodeos, que prefería muchachos de buen talante, de familias mas reconocidas, porque —según sus propias palabras— “pobre con pobre solo da más pobreza”.

Cualquier otro se habría apartado.

Leónidas no.

No porque no le doliera, sino porque lo suyo no se sostenía en expectativas. No esperaba ser elegido. No esperaba cambiar el destino. Lo suyo era una forma distinta de querer: sin exigencias, sin reclamos, sin condiciones.

A veces bastaba con coincidir en un ensayo, con cruzar una mirada fugaz, con escucharla reír entre el grupo para que su día tuviera sentido.

Nunca hubo una declaración formal. Nunca hubo promesas.

Pero en los pequeños gestos —en la forma en que se acercaba sin invadir, en cómo celebraba en silencio cada logro de Olga, en cómo se quedaba un poco más después de los ensayos— se iba tejiendo una historia que no necesitaba ser visible para ser real.

Y tal vez por eso, cuando Olga brilló en el festival y fue coronada, Leónidas no fue el que más gritó ni el que más celebró.

Fue el que más sintió.

Porque entendía, en lo más profundo, que ese brillo no le pertenecía… pero aun así le dolía y le alegraba como si fuera suyo.

Hay amores que no dejan huellas visibles en la historia. Pero sostienen, desde la sombra, una parte esencial de ella.

Y Leónidas fue eso en la vida de Olga: una presencia discreta, constante…un corazón que aprendió querer sin pedir nada a cambio.

Confesaba, eso sí, que quien realmente le movía el corazón era Ever. Pero Ever era difícil, esquivo. Entre ellos había miradas, juegos, pequeñas escenas que todos observábamos con complicidad, sabiendo que eran parte de ese lenguaje silencioso del afecto juvenil.

Pero si algo fue verdaderamente serio en la vida de Olga, fue su papel como representante de Katakandrú y del barrio Las Granjas en el Festival del Bambuco a nivel municipal. Allí dejó de ser solo Olga: se convirtió en símbolo.

El ensayo del Sanjuanero

Aquel día del ensayo no fue uno cualquiera.

Fuimos invitados los muchachos del grupo para observar y aportar. Ariari Garaviño quería perfección. No bastaba con que Olga fuera buena: tenía que ser impecable.

El ambiente estaba lleno de expectativa. Llegaron Derly, Laura, Constanza, Martha, Amparo… todas con el deseo de aprender, de crecer. Mientras esperábamos al bailarín —Alex Amezquita—, Ariari marcó el rumbo:



Antes de las figuras, hay que dominar la base.

Y entonces comenzó lo esencial.

El caminado: suave, seguro, casi flotando.
El bambuqueado: el cuerpo cobrando vida.
La contradanza: precisión, elegancia, dominio del tiempo.

Sin esto —repetía— no hay danza… solo pasos fundamentales del sanjuanero.. Olga y el ensayo

Cuando llegó Alex, el ensayo se transformó. Ya no era práctica: era construcción de una historia, las figuras de sanjuanero hay que hacerlas perfecto..

La salida, firme.
Los cruces, como un juego de encuentros.
El ocho, que Olga dibujaba con una naturalidad deslumbrante.
La arrodillada, donde la galantería se volvía gesto.
La levantada, medida en exactitud.
El juego del sombrero, lleno de intención.

Ariari no perdonaba detalles:

¡Más elegancia! ¡Más mirada!

Luego vino el momento clave: el secreteo y el rechazo. Allí no bastaba sonreír. Había que comunicar.

El escobillado aparecía ligero, casi invisible, pero cargado de intención. Olga lo hacía bien… pero para Ariari nunca era suficiente.

Detuvo la música.

¡Aquí es donde se gana la corona! ¡Aquí tiene que haber verdad!

Y entonces el ensayo dejó de ser ensayo.

Se volvió emoción.

Se volvió identidad.

Finalmente, la perseguida, la huida, el juego final… y la salida.

Y en ese instante, como si el tiempo se detuviera, Leónidas alzó la voz:

¡Viva el Sanjuanero! ¡Viva nuestra danza!

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue sagrado.

Comprendimos que no habíamos presenciado un ensayo.

Habíamos asistido a un ritual.

Porque el Sanjuanero no se baila… se honra.

La reina del barrio

Cuando llegó el festival, Katakandrú se volcó entero.

No era Olga sola: éramos todos.

Fulvio no solo construyó una carroza.

Le dio forma a un sueño.

Durante varios días, el patio se convirtió en taller improvisado. Maderas, alambres, telas, pintura… todo iba apareciendo como por arte de voluntad. No había planos ni medidas exactas, pero sí una idea clara: levantar algo digno, algo que estuviera a la altura de lo que Olga representaba para nosotros.

Y así nació la flor de mayo.

Grande. Abierta. Majestuosa.

Sus pétalos se fueron armando uno a uno, como si cada pedazo llevara el esfuerzo de alguien distinto. Unos cortaban, otros sostenían, otros pintaban hasta entrada la noche. Fulvio dirigía sin alzar la voz, con esa calma del que sabe lo que está haciendo, corrigiendo detalles, ajustando formas, puliendo lo que a simple vista parecía terminado.

No era solo una carroza.

Era una obra colectiva.

Cuando por fin estuvo lista, la miramos en silencio. Porque en ese instante entendimos que no habíamos construido madera y tela… habíamos construido orgullo.

El día del desfile, el barrio se transformó.

Desde temprano comenzaron a escucharse guitarras, tambores, carrascas. Las calles se llenaron de gente, de colores, de expectativa. La comparsa tomó forma entre risas, nervios y carreras de último momento.

Olga subió a la carroza.

Y en ese instante, todo cobró sentido.

Allí, en el centro de aquella flor abierta, no iba solo una muchacha hermosa. Iba la representación de un barrio entero. Iba Katakandrú. Íbamos todos.

El desfile arrancó.

La música avanzaba envolviendo a la carroza en una armonía viva, como si la llevara escrita sobre una partitura en movimiento. Se deslizaba marcando ritmo, compás y cadencia, al igual que un río desbordado que arrastraba consigo a la candidata, a las comparsas y a la multitud que colmaba la vía. Y nosotros, detrás, acompañando con cantos, animando sin descanso, empujando cuando hacía falta. Porque sí, también hubo dificultades: la carroza, tan majestuosa como era, no siempre obedecía.



En una esquina, la carroza se enredó levemente con las cuerdas de luz que cruzaban la calle, como si por un instante quisiera quedarse colgada en el aire. Pero no nos tomó por sorpresa: con el bastón que llevábamos precisamente para esos imprevistos, logramos liberarla entre risas, nervios y un par de indicaciones gritadas al viento.

Más adelante, en otro tramo del recorrido, una de las telas empezó a soltarse, traicionada por el movimiento y el trajín del desfile. Por un segundo el adorno pareció rendirse, pero alguien —siempre aparece alguien— corrió y la aseguró con lo primero que tuvo a mano, devolviéndole la dignidad al conjunto.

Así avanzábamos: entre belleza y remiendos, entre lo improvisado y lo majestuoso, sosteniendo la ilusión con las manos mientras la fiesta seguía su curso.

Nada grave.

Pero suficiente para recordarnos que aquello no era un espectáculo perfecto… era real.

Y en medio de ese caos hermoso también ocurrieron otras historias.

Carlos, por ejemplo.

Venía feliz, estrenando quincena, con la plata bien guardada —o eso creía—, metido en el bullicio del desfile, cantando, saludando, viviendo el momento. Pero entre empujones, abrazos y movimiento, el dinero desapareció.

Cuando se dio cuenta, se quedó en silencio unos segundos, como haciendo cuentas con la vida.

Se me fue la quincena… —dijo.

Y luego, como buen Katakos, se rió.

Porque en ese momento, perder la plata dolía… pero perderse la fiesta dolía más.

Y yo…

yo ni siquiera pude entrar.

El estadio estaba lleno. Repleto. No cabía un alma más. Busqué por todos lados, intenté colarme, insistí… pero no hubo forma.

Hasta que encontré la solución más absurda y más perfecta.

Un árbol.

Allí me trepé, como un muchacho terco que no se resigna a quedarse por fuera de su propia historia. Desde esa altura veía fragmentos: un giro de falda, un aplauso, un movimiento que alcanzaba a colarse entre cabezas.

No lo vi completo.

Pero lo sentí todo.

Escuché el nombre.

El murmullo que crecía.

La emoción que se regaba como pólvora.

Y entonces llegó el momento.

Olga.

Primer lugar.

La plaza estalló.

Los gritos, los abrazos, la incredulidad feliz. Desde mi rama improvisada levanté los brazos como si el triunfo también necesitara altura para ser celebrado.

Y en ese instante, todas las dificultades —la carroza que casi no avanza, la plata perdida, el árbol improvisado— dejaron de importar.

Porque lo que habíamos logrado era más grande que cualquier tropiezo.

Aquella corona no fue un golpe de suerte.

Fue el resultado de noches sin descanso, de manos trabajando juntas, de errores, de risas, de pérdidas pequeñas y victorias inmensas.

Fue, en esencia, una obra colectiva.

Y mientras Olga brillaba en el escenario, nosotros entendimos algo que nunca olvidaríamos:

Que cuando un barrio camina unido…
hasta los sueños más grandes encuentran cómo desfilar.

Cada quien creyó.

Y Olga brilló.

Fue coronada Reina Popular de Neiva.

Pero la corona no fue suya.

Fue del barrio.

Fue de Katakandrú.

Y mientras Olga brillaba en el escenario, nosotros entendimos algo que nunca olvidaríamos:

que cuando un barrio camina unido…
hasta los sueños más grandes encuentran cómo desfilar.

El bullicio seguía, los abrazos no se soltaban y la emoción parecía no caber en el pecho. Algunos todavía reían por lo de Carlos, otros repetían cómo se había atascado la carroza, y más de uno me señalaba entre burlas por haber visto la coronación trepado en un árbol como gallinazo de fiesta.

Pero en medio de todo ese alboroto, hubo un instante de silencio interior.

Uno de esos que no se dicen, pero se sienten.

Porque todos sabíamos, en el fondo, que aquello no había sido casualidad.

Que detrás de la música, de la carroza, de la corona y de la sonrisa de Olga… había algo más.

Mucho más.

Y fue entonces cuando esa certeza empezó a tomar forma en palabras:

Pero aquella corona no apareció de la nada.
Detrás de ese momento había una historia que pocos vieron…
una historia de esfuerzo, de barrio y de voluntad.

Porque antes del aplauso, antes del vestido, antes de la carroza y la música, hubo reuniones largas, bolsillos vacíos y una pregunta insistente que nos rondaba a todos:

¿Y de dónde vamos a sacar para llevar a Olga hasta allá?

Como todo proceso colectivo, Katakandrú también tuvo que enfrentarse, tarde o temprano, a la realidad inevitable de los recursos. Los sueños culturales, las actividades comunitarias, los montajes teatrales… todo aquello que nos llenaba el alma también exigía algo más terrenal: dinero. Y ahora, con el compromiso de llevar a Olga al Reinado del Bambuco, esa necesidad se hacía aún más urgente.

Era entonces cuando aparecía Ever Motta, siempre puntual, con su informe de tesorería en la mano. Sin rodeos, con la claridad que lo caracterizaba, nos aterrizaba a la realidad:

La caja está en rojo.

No había dramatismo en su voz, pero sí una certeza que nos obligaba a reaccionar. Era el llamado a movernos, a no quedarnos en las ideas, a respaldar con hechos lo que tanto defendíamos con palabras.

Y así, casi como una ley no escrita del grupo, cada dificultad económica se transformaba en una oportunidad de trabajo colectivo. Ever dejaba de ser solo el tesorero para convertirse en uno de los pilares silenciosos de Katakandrú: el que no hacía ruido, pero sostenía el equilibrio del sueño.

Fue en medio de esa urgencia —y de esa convicción— cuando surgió la idea que lo cambiaría todo.

Fue entonces cuando Katakandrú hizo lo que mejor sabía hacer:

organizarse.

Y allí comenzó otra historia… la del bazar, la de las rifas, la de los aportes pequeños que, sumados, terminaron haciendo posible lo que parecía imposible.

Y como si el destino también jugara a favor, se aproximaban las fiestas patronales de San Judas Tadeo, santo del barrio. Era el escenario perfecto: comunidad reunida, ambiente festivo… y una oportunidad para demostrar de qué estábamos hechos.

Lo que vino después no fue solo una actividad para recoger dinero.

Fue una prueba.



































CAPITULO 14

El bazar

Para llevar a cabo la idea era necesario solicitar permiso a la parroquia, específicamente al padre Cortés, para que nos autorizara instalar una carpa y vender allí algunos productos. La mesa directiva designó como delegados a Constantino, a Doris Álvarez —quien se desempeñaba como secretaria— y al propio tesorero Ever, con el fin de dialogar con el párroco.

Nos pusimos en marcha y concertamos la entrevista. Durante la reunión le expusimos al padre no solo la solicitud del espacio para el bazar, sino también una propuesta cultural en compensación: el grupo Katakandrú se comprometía a ambientar durante toda la semana las festividades patronales mediante presentaciones artísticas, llevando espectáculos culturales, música, teatro y danzas para el disfrute de la comunidad, además de apoyar la publicidad del evento religioso.

La propuesta fue bien recibida. El padre aceptó complacido, reconociendo el valor cultural y social del grupo. Con el permiso verbal y el sello de la honorabilidad —porque para nosotros la palabra del sacerdote era garantía— regresamos motivados y de inmediato nos pusimos manos a la obra para organizar la programación.

El lunes se presentó el grupo de la Universidad, dirigido por Alfonso Orozco, un colectivo artístico reconocido y muy cercano a Katakandrú, cuyos lazos de amistad y colaboración venían de tiempo atrás. Su presentación abrió la semana con gran calidad escénica y excelente asistencia.

El martes fue el turno del grupo del SENA, institución que había nutrido en gran medida el proceso formativo del teatro de los Katakos. Su puesta en escena tuvo un significado especial, pues representaba los frutos de ese intercambio pedagógico y artístico.

El miércoles contamos con la participación del grupo del Instituto Huilense de Cultura, dirigido por Hugo Andrés Cabrera Sánchez, un conjunto de gran renombre regional cuya presencia dio realce y prestigio a la programación.

Para el jueves invitamos a un grupo musical independiente proveniente del sur de Colombia, específicamente de Nariño. Se encontraban realizando una gira nacional y, gracias al apoyo del Instituto Huilense, que patrocinaba parte de su recorrido, logramos incluirlos en nuestra agenda cultural, reconociéndolas un apoyo económico por su presentación.

El viernes quedó reservado de manera exclusiva para el grupo cultural Katakandrú. Fue el gran cierre: una noche única donde convergieron la música, el teatro y las danzas en un viernes cultural espléndido. Cada integrante entregó lo mejor de sí, logrando una velada llena de identidad, talento y sentido comunitario.

De esta manera no solo cumplimos el compromiso adquirido con la parroquia, sino que también contribuimos a que la fiesta patronal de San Judas Tadeo tuviera una ambientación cultural memorable y ampliamente publicitada, fortaleciendo al mismo tiempo la imagen y el reconocimiento de Katakandrú dentro de la comunidad. 

 Dificultades vividas, el relato continúa así:

Ya cumplida nuestra parte cultural, ese mismo viernes en horas de la tarde nos trasladamos a la plazoleta de la iglesia para montar nuestra humilde carpa. La habíamos conseguido gracias al apoyo del papá de “los Bellos”, quien muy generosamente nos la prestó. No era la mejor ni la más grande, pero para nosotros representaba la posibilidad de cumplir el objetivo: recaudar recursos para el grupo.

Al costado de la iglesia, ocupando buena parte de la vía, la Junta de Acción Comunal también instalaba sus casetas. Eran alrededor de diez, todas muy bien presentadas, facilitadas por la empresa Postobón. La diferencia era notoria: sus estructuras eran amplias, coloridas y vistosas, mientras que la nuestra era sencilla y modesta.

En tono de burla y con algo de sarcasmo, algunos de ellos se reían de nuestra carpita. Hacían comentarios entre dientes y sonrisas irónicas al compararla con sus grandes casetas. Sin embargo, tomamos aquello con buen humor. Lejos de sentirnos menos, lo asumimos como un reto. No nos dejamos apabullar; por el contrario, reforzó nuestro ánimo de demostrar de qué éramos capaces.

El sábado se inició formalmente la actividad. Desde temprano la Junta instaló megáfonos y grandes parlantes para ambientar sus espacios y promocionar sus ventas. Nosotros, fieles a nuestra esencia cultural, decidimos apostar por lo que mejor sabíamos hacer: el arte como convocante.

Trajimos a nuestro grupo musical; las niñas se presentaron con sus trajes típicos de danza, llenando de colorido la plazoleta; organizamos además un grupo de teatro callejero que comenzó a interactuar con la gente entre risas, coplas y escenas improvisadas. Aquello se convirtió en un verdadero espectáculo popular.

La estrategia dio resultado inmediato: la gente empezó a correr hacia nuestro toldo, atraída por el ambiente festivo, la música en vivo y la alegría que irradiaba el espacio. La humilde carpita comenzó a abarrotarse de público.

Hacia el mediodía ya podíamos dar un primer informe positivo de ventas. Las empanadas se habían vendido en gran cantidad; los tamales, que previamente estaban comprometidos por encargo, no dejaron ni uno solo disponible; el arroz con leche se agotó rápidamente; y de las bebidas tradicionales —la chicha y la aloja— apenas quedaban las últimas porciones.

Con entusiasmo anunciábamos a los cuatro vientos, usando nuestra propia voz como megáfono humano:

¡Señoras y señores, ya casi acabamos con todo lo que hemos preparado! ¡Atención, vengan y acaben con lo que hay para traerles merienda nueva!”

Esa era nuestra propaganda: alegre, directa y cargada de picarda popular.

Sin embargo, aquel éxito comenzó a incomodar a la Junta de Acción Comunal. Mientras nuestro toldo permanecía lleno, sus carpas —a pesar de ser más grandes y mejor dotadas— tenían las mesas con producto, pero con ventas mínimas. La diferencia en la afluencia de público era evidente.

Fue entonces cuando empezó el problema...

Traslado de carpa por faltar a la palabra

Fue entonces cuando el presidente de la Junta de Acción Comunal nos hizo el llamado para que diéramos explicación sobre quién nos había autorizado a colocar “esa carpucha”, como despectivamente la llamó, en la plazoleta de la iglesia.

Yo, Constantino, tomé la palabra y le respondí con serenidad:

El permiso nos lo dio el sacerdote.

El presidente, con gesto incrédulo, replicó:

Pues lo llamaremos para comprobar si en realidad fue así.

Minutos después llegó el padre Cortés. Se le puso al tanto de la situación y, para nuestra sorpresa, respondió que no nos había dado ningún permiso.

Aquello me desconcertó profundamente y le dije, mirándolo de frente:

Padre, ¿Cómo va a ser posible que una persona como usted falte a la palabra? Nosotros cumplimos con nuestro compromiso cultural durante toda la semana.

El sacerdote, algo incómodo, respondió:

Que yo recuerde, hablamos de las actividades culturales y les hice la publicidad en el púlpito, eso sí… pero de que ustedes colocaran un toldo de comida y nos hicieran competencia, no.

La tensión subió de inmediato. Fue en ese instante cuando Leónidas, visiblemente furibundo, saltó al ruedo. Venía con un bombón —una paleta de dulce— en la boca. Se la sacó de golpe para increpar al sacerdote y, señalándolo con el palito, le dijo que era una persona irresponsable y poco creíble.

En medio de su exaltación ocurrió un hecho tan inesperado como pintoresco: la chupeta se desprendió del palito y salió disparada, golpeando al padre en el gorro que llevaba puesto.

Aquello fue la chispa que encendió el alboroto.

Algunos miembros de la Junta, junto con personas que estaban alrededor, reaccionaron indignados e intentaron irse contra Leónidas. El ambiente se puso tenso, a punto de convertirse en agresión física. Fue entonces cuando intervenimos rápidamente, lo rodeamos y lo retiramos del lugar para evitar que la situación pasara a mayores.

Acto seguido, el presidente de la Junta lanzó una sentencia tajante:

O quitan ese armatoste, o quitamos nosotros nuestros toldos.

Otra voz, aún más radical, se escuchó entre el grupo:

Hagamos algo mejor: si no lo quitan, se lo tumbamos.

La amenaza era directa.

En medio de ese clima de confrontación apareció don Sixto, mi padre. Con la serenidad que lo caracterizaba y la autoridad moral que tenía sobre nosotros, nos dijo:

No se pongan a pelear ni con la Junta ni con el padre. Quitemos el toldo y nos lo llevamos para la Plazuela del campo de fútbol, a un ladito.

Su consejo fue sensato. Entendimos que el conflicto no valía más que la paz comunitaria. Así que desmontamos la carpa y, con la ayuda de varios padres de familia, la trasladamos hasta la Plazuela contigua al campo de fútbol, donde volvimos a montarla con el mismo entusiasmo.

Sin embargo, lejos de mejorar las circunstancias, la situación terminó empeorando…

Pónganle atención.

SIN RENDIRNOS

Ya instalada la nueva carpa, y con la ayuda decidida de los padres de familia, esta quedó incluso más grande y mejor acondicionada que la anterior. De inmediato las madres se pusieron manos a la obra a cocinar nuevas viandas, reforzando la oferta con lo que ya teníamos previamente preparado.

Se inició nuevamente la música en vivo; el espectáculo visual con danzas y teatro callejero mejoró notablemente por el espacio abierto; y, como si fuera poco, Nacho Bello organizó de manera espontánea un campeonato relámpago de microfútbol. Para los niños preparamos una “Bara” de premios —dulces, balones pequeños y sorpresas— que aumentaron el entusiasmo infantil.

Además, logramos que nos prestaran algunos amplificadores de sonido, lo que terminó de convertir aquel rincón junto al campo de fútbol en un verdadero escenario popular. El lugar se transformó en un gran espectáculo comunitario.

La respuesta de la gente fue inmediata.

Muchas de las personas que estaban en el bazar de la parroquia y en las casetas de la Junta comenzaron a desplazarse hacia nuestro espacio. No era que ellos no vendieran nada —algo comercializaban—, pero el grueso del público estaba donde había ambiente, música y actividades para la familia.

Antes, cuando estábamos en la plazoleta de la iglesia, ambos espacios se beneficiaban del flujo de asistentes. Pero ahora la situación había cambiado: ellos habían quedado prácticamente solos.

La gente estaba concentrada mirando las actividades culturales, apoyando el campeonato, disfrutando las presentaciones… y, como consecuencia natural, nuestras ventas se duplicaron.

Al percatarse de este giro, a algunos miembros de la Junta les pareció más fácil recurrir a la autoridad que al diálogo. Ya caía la noche de aquel sábado cuando hicieron presencia varios policías con la orden de que suspendiéramos la actividad.

Llegaron con una actitud algo altanera y agresiva, intentando imponer el cierre inmediato. Pero la comunidad, que estaba disfrutando del evento, reaccionó de forma solidaria: hombres y mujeres se acercaron, algunos con elementos en la mano, no para agredir, sino para mostrar respaldo y ponerse en alerta ante cualquier abuso.

Rodearon a la policía y se generó un momento de tensión.

Se les explicó con calma toda la situación: que habíamos sido reubicados, que la actividad era cultural y comunitaria, que no había desorden ni riñas. Los agentes, al notar el ambiente y entender que intervenir podría generar un conflicto mayor con la comunidad, optaron por una salida prudente.

Arreglen esto con la Junta —dijeron—. Nosotros nos marchamos.

Y se retiraron.

Nuevamente apareció la figura conciliadora de don Sixto, mi padre. Con su voz serena, pero firme, propuso una solución que des escalaba el conflicto:

Dejemos las cosas como están. Que ellos terminen de vender lo poco que les queda, y ustedes mañana temprano concluyen las actividades que han iniciado. Luego desmontan el toldo y cerramos este capítulo y esta confrontación que no vale la pena prolongar.

Su intervención, una vez más, evitó que el problema creciera.

Así, entre tensiones, aprendizajes y el orgullo de haber defendido con cultura y trabajo nuestro espacio, aquella jornada quedó marcada en la memoria del grupo como una lección de dignidad, creatividad y resistencia comunitaria.

 Cultura vs. poder local

Don Sixto, mediador de silencios y tempestades

Aquel episodio no fue simplemente una disputa por ventas, ni una rivalidad pasajera entre carpas. En el fondo reflejaba una tensión más profunda: la que históricamente ha existido entre la cultura popular organizada y las estructuras de poder local.

Mientras la Junta representaba la formalidad institucional del barrio —con permisos implícitos, respaldos empresariales y estructuras visibles—, Katakandrú encarnaba la fuerza viva de la cultura comunitaria: la autogestión, la creatividad y la capacidad de convocar sin más recursos que el talento y la voluntad colectiva. La diferencia quedó en evidencia.

Ellos tenían las casetas más grandes, el patrocinio, los equipos de sonido, la logística… pero nosotros teníamos el alma de la gente. Y cuando la cultura se vuelve encuentro, fiesta, identidad y participación, el público no llega por obligación sino por afinidad.

No era una competencia comercial lo que se había desatado, sino un pulso simbólico:
¿Quién moviliza realmente a la comunidad? ¿El poder organizado o la cultura sentida?

Sin proponérnoslo, demostramos que el arte —cuando nace del barrio— tiene una capacidad de convocatoria que ningún megáfono institucional puede igualar.

Pero también aprendimos otra lección: cuando la cultura crece y se visibiliza, incomoda. Porque cuestiona jerarquías, desplaza protagonismos y pone en evidencia otras formas de liderazgo. 

Fue allí donde emergió con grandeza la figura de don Sixto. No era directivo, ni tesorero, ni presidente de nada. No tenía investidura formal. Sin embargo, poseía algo más poderoso: autoridad moral.

Don Sixto representaba la sabiduría del mayor, del hombre curtido en la vida comunitaria, que entendía que los conflictos mal manejados dejan heridas largas. Mientras los ánimos jóvenes se encendían —unos desde la burla, otros desde la indignación— él aparecía como un mediador natural, un tejedor de equilibrios.

Su intervención no defendía el orgullo por encima de la paz, sino la dignidad sin ruptura. Cuando aconsejó desmontar la carpa de la iglesia, no fue rendición: fue lectura estratégica del momento. Cuando propuso terminar las ventas sin confrontación, no fue debilidad: fue visión de futuro.

Comprendía que Katakandrú debía crecer sin enemistarse con el tejido social del barrio. Porque los procesos culturales, para perdurar, necesitan más puentes que trincheras.

En medio del bullicio, de la música, de las ventas agotadas y de la policía rodeada por la comunidad, la voz más sensata fue la suya. No gritó, no impuso, no acusó. Orientó.

Y esa noche quedó claro que, así como los grupos necesitan artistas, también necesitan guardianes de la armonía.

Don Sixto fue eso: un mediador histórico, un equilibrado de tormentas, un hombre que entendía que la victoria más grande no era vender más… sino no perder al barrio en el intento. Para muchos fue simplemente “el papá de Constantino”.

Para Katakandrú, fue mucho más que eso. Hoy, visto a la distancia, comprendemos mejor la grandeza silenciosa de don Sixto. No ocupó cargos ni buscó protagonismos, pero fue un mediador natural, un orientador de momentos tensos y un protector del proceso cultural cuando los ánimos juveniles amenazaban con desbordarse. Aquella noche del bazar evitó que el orgullo rompiera la convivencia del barrio y nos enseñó que la cultura, para perdurar, necesita tanto pasión como prudencia. Su recuerdo sigue siendo brújula moral para el grupo, presencia serena que aún aconseja desde la memoria.

Aquella experiencia nos dejó recursos económicos, sí. Pero, sobre todo, nos dejó recursos humanos: madurez, lectura política del territorio y la certeza de que la cultura es poderosa… siempre que camine de la mano con la prudencia de sus mayores.

Superada la confrontación y ya con las actividades cerradas, llegó el momento de hacer cuentas, recoger ganancias y evaluar si todo el esfuerzo había valido la pena. Fue entonces cuando volvió a escena la figura meticulosa del tesorero Ever, quien —libreta en mano— habría de revelar no solo el balance económico del bazar, sino también nuevas preocupaciones y desafíos que marcarían el rumbo inmediato de Katakandrú.

Informe financiero narrado

Cuando la cultura también hace cuentas

Pasados los días de agitación, desmontadas las carpas y ya con el barrio retomando su ritmo habitual, llegó el momento inevitable: rendir cuentas.

Como era costumbre, se convocó reunión general. Sobre la mesa reposaban las libretas, los recibos improvisados, las listas de gastos para la representación de Olga en el reinado del Sanjuanero y los apuntes hechos a mano durante la jornada. Eran papeles sencillos, algunos manchados de grasa o doblados por el trajín, pero cargados de una historia que no cabía en cifras.

El silencio fue respetuoso.

No era solo curiosidad por saber cuánto se había vendido. Era la necesidad de confirmar que todo lo vivido —las cocinas encendidas, las noches culturales, el traslado del toldo, las tensiones con la Junta, la policía rodeada por la gente— había tenido sentido también en lo práctico, en lo concreto, en aquello que permitía seguir.

Y entonces apareció él.

Ever Motta, con su libreta en la mano.

No levantaba la voz ni buscaba protagonismo. No era de discursos largos ni de gestos grandilocuentes. Pero cuando hablaba, el grupo entero guardaba silencio, porque sabíamos que lo que venía no era opinión… era realidad.

Se acomodó en una silla cualquiera, abrió su cuaderno —gastado en las esquinas, lleno de números escritos con paciencia casi obstinada— y comenzó a desgranar, uno por uno, los egresos: la compra de insumos, los apoyos a los grupos invitados, el transporte, los detalles mínimos que otros olvidaban pero que él registraba con una precisión casi ceremonial.

Nada quedó por fuera.

Era como verlo traducir el esfuerzo en cifras.

Mientras algunos recordaban la música, las risas o las discusiones, Ever recordaba cuánto costó cada libra de arroz, cada panela, cada tela, cada bombillo. Tenía la extraña virtud de no olvidar nada, como si su memoria no estuviera hecha de recuerdos, sino de cuentas.

Luego hizo una pausa.

Levantó la mirada.

Y anunció que, aun después de cubrir todos los gastos, el bazar había dejado utilidades.

No eran abundantes. No cambiaban la vida de nadie. Pero eran suficientes.

Suficientes para seguir.

El aplauso fue inmediato, sincero, casi liberador.

Pero más allá de los números, en ese instante entendimos algo que no cabía en ninguna libreta: que aquel bazar no solo nos había dejado recursos… nos había dejado carácter.

Nos enseñó que los sueños no se sostienen solos.
Que la cultura también se defiende en la práctica.
Y que cuando un grupo cree en lo que hace, puede enfrentarse incluso a la incomprensión… y salir fortalecido.

El informe de Ever lo confirmó con números.

Pero el barrio ya lo sabía con el corazón.

Y fue gracias a ese esfuerzo —a esas empanadas vendidas, a esas danzas bajo la noche, a esa carpa humilde que nunca se rindió— que Olga pudo llegar al escenario.

Por eso, cuando su nombre fue pronunciado en la plaza y la corona se posó sobre su cabeza, no fue un triunfo individual.

Fue la victoria de todos.

De quienes cocinaron.
De quienes bailaron.
De quienes discutieron y resistieron.
De quienes no se fueron, incluso cuando el camino se puso difícil.

Y también —aunque casi nadie lo dijera en voz alta— de quien llevaba la cuenta de todo.

Porque detrás del brillo de la corona, detrás del vestido y la música, había algo invisible que sostenía la escena.

El orden.

La disciplina.

La terquedad silenciosa de un muchacho con una libreta.

La mano de Ever.

Y así, mientras el barrio celebraba a Olga, lo que realmente había subido al escenario no era solo una reina…

Era Katakandrú entero, convertido por un instante en símbolo de sí mismo.

EVER MOTTA

desde el primer día en que Ever a sumió la tesorería, lo hizo con una responsabilidad que desentonaba —para bien— con su edad. Mientras nosotros todavía creíamos que el mundo se sostenía a punta de entusiasmo, él ya sabía que también hacía falta orden.

Y lo curioso era que nunca lo dijo como quien regaña, sino como quien comparte un secreto.

Cuando hay ganas, la plata alcanza —repetía, con una sonrisa tranquila que no prometía milagros… pero casi.

Ever no administraba dinero: lo domesticaba.

Lo estiraba con una paciencia de orfebre, revisando cuentas como si en cada cifra hubiera una historia que no podía perderse. Negociaba precios, caminaba de tienda en tienda, preguntaba, comparaba, volvía a preguntar. Y cuando encontraba una rebaja, la celebraba como si hubiera ganado una batalla silenciosa.

Más de una vez llegó con una bolsa de pan o una gaseosa compartida.

Alcanzó —decía.

Y en esa palabra cabía todo: el esfuerzo, el cálculo, la pequeña victoria.

Cuando no alcanzaba, no hacía drama. Simplemente completaba de su bolsillo, sin anunciarlo, sin esperar que alguien lo notara. Lo hacía como quien riega una planta en la madrugada: en silencio, con la certeza de que alguien, algún día, verá el fruto.

Por eso nadie dudaba de él.

En un grupo donde todo se hacía a pulso y donde la necesidad rondaba como visitante frecuente, Ever era una certeza. Una especie de línea recta en medio del desorden creativo. Cuando hablaba, el ruido bajaba solo. No por autoridad impuesta, sino por confianza ganada.

Pero sería injusto recordarlo solo por sus cuentas.

Porque Ever también era el que llegaba primero y se iba de último. El que barría cuando ya todos estaban cansados. El que cargaba, organizaba, recogía… y todavía tenía ánimo para soltar un chiste en el momento exacto.

Tenía ese raro talento de sostener el peso sin hacerlo sentir pesado.

Y sin embargo, como ocurre con los personajes que terminan volviéndose entrañables, la vida también le regaló una anécdota que lo sacó de la seriedad de los números y lo convirtió en leyenda.

La historia del hueco.

Durante años, cada vez que alguien mencionaba una caída, una imprudencia o una noche mal calculada, el nombre de Ever aparecía inevitablemente, acompañado de risas que no necesitaban explicación.

Porque en Katakandrú la memoria no se guardaba en archivos.

Se contaba.

Se exageraba.

Se repetía hasta volverse parte del lenguaje del grupo.

Y Ever, que podía ser tan riguroso con una cuenta como despreocupado en una fiesta, terminó habitando esos dos mundos con una naturalidad que pocos lograban: el del orden… y el del caos feliz.

Después de aquella noche, cuando el humo de la risa se disipó y la quemadura dejó de doler, Ever volvió a ser el mismo de siempre.

El de la libreta.

El de las cuentas claras.

El del equilibrio.

Pero algo había cambiado.

Ahora, cada vez que se levantaba a dar un informe, había una sonrisa escondida en el ambiente. Una complicidad colectiva que recordaba que, detrás del tesorero impecable, también vivía aquel muchacho que una vez bailó con dignidad herida y orgullo intacto.

Y eso, de alguna manera, lo hacía más nuestro.

Porque en Katakandrú nadie era solo una cosa.

El líder también se caía.
El serio también se reía.
El responsable también tenía su historia absurda que lo aterrizaba.

Y así, entre cuentas bien hechas y anécdotas mal calculadas, Ever se fue quedando en la memoria no solo como el que sostuvo al grupo…

sino como el que lo hizo humano.



CAPITULO 15

El sonido que nos unía

Si la danza fue el cuerpo de nuestra historia, la música fue su alma.

No llegó de golpe, ni con instrumentos afinados ni partituras ordenadas.
Llegó como llegan las cosas verdaderas: entre amigos, entre ganas, entre ruido… y poco a poco se fue volviendo armonía.

Porque después de los ensayos, de las reuniones, de los partidos y de las discusiones, siempre quedaba algo flotando en el ambiente.

Un ritmo.

Una guitarra que aparecía sin aviso. Un tambor improvisado en cualquier mesa. Una voz que se atrevía primero… y otras que se iban sumando. sin darnos cuenta, la música empezó a quedarse. No como adorno, sino como necesidad.

Era la que acompañaba las noches largas. La que llenaba los silencios incómodos. La que convertía cualquier reunión en celebración. Y también —aunque no lo supiéramos del todo—la que nos enseñaba a escucharnos. Porque hacer música juntos no era solo tocar.

Era aprender a esperar el momento del otro, a no imponerse, a encontrar el ritmo común. En un barrio donde a veces faltaban muchas cosas, la música nunca faltó. Podía no haber instrumentos suficientes, pero siempre había manos, voces y ganas.

Y así, entre acordes prestados y sueños propios, Katakandrú fue encontrando otro lenguaje. Uno que no necesitaba explicaciones. Uno que se sentía. Porque si algo nos quedó claro en ese tiempo, es que cuando la palabra no alcanzaba…

cantábamos.

El sonido que nos unía

Si la danza fue el cuerpo de nuestra historia, la música fue su alma. Y como toda alma, tuvo nombres propios. Tuvo rostros, voces… y manos que la hicieron posible. Porque en Katakandrú la música no apareció por casualidad: Tuvo quien la guiara… y quien la defendiera.

Y en ese territorio invisible donde nacen los acordes, hubo dos figuras que marcaron el rumbo sin necesidad de imponerse:

Jaime Borrero…y Omar Cuéllar.

Jaime Borrero

El que pensaba la música ¿Cómo no nombrarte cuando hablamos de la música en Katakandrú? Sería como intentar recordar el río sin mencionar el agua.

Jaime no dirigía solamente un coro. Dirigía una forma de sentir. Tenía la guitarra como otros tienen la voz:
no como instrumento, sino como extensión del alma. Bastaba verlo acomodarse, rozar las cuerdas, y el ambiente cambiaba. No hacía falta pedir silencio: el silencio llegaba solo.

Pero lo que lo hacía distinto no era únicamente su talento. Era su manera de entender la música. Mientras afinaba voces, también afinaba ideas. Mientras corregía un tono, abría preguntas. Y entre acorde y acorde, dejaba caer reflexiones que no eran adorno, sino semilla. No hablaba de política como consigna, sino como compromiso. No enseñaba a cantar bonito, sino a cantar con sentido. Por eso sus ensayos nunca fueron solo ensayos. Eran encuentros donde el arte y la conciencia se daban la mano sin estorbarse.

Exigente, sí. Pero con una alegría que hacía llevadera cualquier repetición. Nos enseñó disciplina sin apagar la chispa. Y cuando tocaba solo…ahí sí que no había nada que decir. La guitarra hablaba por él. Y nosotros entendíamos, sin palabras, que la música también podía ser pensamiento.

La vez que el “Arre torito” se volvió leyenda

Pero si algo terminó de enseñarnos Jaime fue que la música, por más que uno la ensaye, siempre guarda su propia voluntad.

Aquella presentación en la radio parecía controlada. Los niños estaban listos. La canción, ensayada. El momento, perfecto. Pero bastó una chispa para que todo se desbordara.

¡Arre torito!
—¡Arre torito!
—¡Arre torito!

Letra y Acordes de “El Barcino” – Jorge Villamil


Esta es la historia, de aquel novillo,

que había nacido allá en la sierra,

de bella estampa, mirada fiera,

tenía los cuernos, punta de lanza.


Cuando en los tiempos de la violencia,

se lo llevaron los guerrilleros,

con "tiro fijo", cruzó senderos,

llegando al pato y al guayabero.

Coro:


Arre torito bravo que tienes alma de acero,

que guardas en la mirada, fulgor de torito fiero,

que llevas en el hocico, el aroma del poleo



Lo que era una muletilla se convirtió en avalancha. La canción dejó de ser canción y pasó a ser estampida. Y ahí, en ese segundo donde todo podía caerse… Jaime hizo lo que solo hacen los que entienden de verdad el arte: no peleó contra el error. Se montó en él.

Acomodó la guitarra, jugó con el ritmo, convirtió el desorden en intención. Y lo que pudo ser fracaso… terminó siendo fiesta. Ese día entendimos que la música no se encierra.
Que el folclor respira. Y que a veces, un coro desobediente puede convertirse en memoria.

Omar Cuéllar

El que defendía el ritmo

Y si Jaime era la cabeza que pensaba la música, Omar era el corazón que la hacía latir. Porque Omar no tocaba. Omar golpeaba la vida. Donde había silencio, él ponía pulso. Donde había cansancio, él encendía el ánimo.

Llegaba puntual, con esa sonrisa que ya anunciaba que algo iba a pasar. Y apenas la conga o la caja aparecía, el grupo dejaba de ser grupo… y se volvía cuerpo. Tenía una frase que no se discutía:Si la música se apaga, se apaga el corazón de Katakandrú. Y nadie se atrevía a contradecirlo. Porque bastaban dos golpes suyos para comprobarlo.

Omar entendía algo esencial: que la música no era decoración. Era unión. Era energía. Era lo que evitaba que el grupo se dispersara.

El día que la música le sacó sangre

Pero si hay una imagen que lo define, es aquella en la que decidió no parar. Ese día el ritmo iba creciendo, la gente estaba arriba, el ambiente encendido… y Omar también. Le daba a la caja como si quisiera sacarle el alma.

Hasta que pasó. La piel cedió. La sangre apareció. ¡Omar, pare! —le gritaron. Y él, sin pensarlo, respondió: ¡Mamola!

Se vendó como pudo…y siguió. Golpe tras golpe. Dolor y ritmo mezclados. Terquedad y pasión en el mismo compás. Hasta el final.

Después vino el regaño, el médico, el mes sin tocar. Pero ya era tarde. La escena había quedado grabada. Porque ese día Omar no tocó la caja… la defendió. Y todos entendimos algo que no se aprende en ensayos: que hay momentos en los que la música no se interpreta…se sostiene. aunque duela.

La música como destino colectivo

Así era Katakandrú.

Unos pensaban la música. Otros la hacían latir. Y entre todos la convertíamos en encuentro. No había partituras perfectas. No había instrumentos suficientes. No había dinero. Pero había algo más fuerte que todo eso: ganas de sonar juntos.

Y así, entre guitarras que hablaban y cajas que sangraban, fuimos entendiendo que la música no era un complemento. Era camino. Era refugio. Era identidad.

Y si Jaime Borrero pensaba la música…y Omar Cuéllar la defendía con las manos, incluso a costa de la piel…

había alguien más que la completaba desde otro lugar. No desde la técnica. No desde la disciplina. Sino desde la chispa. Desde la palabra. Desde ese territorio donde la música se vuelve risa. Ahí entraba el Chiqui Bermeo.

El Chiqui Bermeo

Coplero y buen ambiente

En el barrio —donde las tardes se alargaban entre guitarras prestadas y sueños sin apuro— había un personaje que no necesitaba micrófono ni tarima: le bastaba una banca, un corrillo y cualquier excusa para rimar.

Le decíamos el Chiqui Bermeo.

Y aunque de estatura no fuera gigante, en picardía y repentismo nadie le hacía sombra.

Cargaba la guitarra como si fuera una extensión del cuerpo. No era músico de academia; era músico de esquina, de patio polvoriento, de serenata improvisada. Afinaba de oído… y cuando no tenía instrumento, afinaba la lengua.

Porque si algo tenía el Chiqui, era verso listo para cada ocasión.

No hablaba: rimaba.
No preguntaba: coplaba.
No discutía: improvisaba.

Decía que la vida era más llevadera cuando se decía en octosílabos. Y tenía razón. El arte de sostener la música sin tocar

Si Jaime organizaba el coro…
y Omar sostenía el pulso…el Chiqui hacía algo igual de importante: evitaba que el grupo se apagara. Porque en medio de los ensayos largos, de los desacuerdos, del cansancio o de las tensiones que siempre aparecen cuando muchos quieren lo mismo… aparecía él. Con una copla. Con una rima a medio hacer. Con una burla suave que no hería… pero despertaba. Y el ambiente cambiaba.

No era casualidad. Era oficio. El arte de convertir el chisme en verso

Una mañana cualquiera llegaba alguien con un drama doméstico, y antes de que terminara de explicarlo, ya el Chiqui estaba acomodando la rima.

Si alguien intentaba esquivarle la pregunta, peor: eso era combustible.

Pero con el tiempo aprendió algo clave: que la burla muy filosa rompe… y la risa que rompe no sirve. Entonces afinó el estilo. Se volvió más juguetón que hiriente.

Cuando una muchacha llegaba con gesto misterioso, soltaba:

Si las niñas a los quince
se dejan morder el labio,
si la mama no hace algo
se quedan con el resabio.

Y si alguien no quería contar lo que pasaba, remataba:

Si traes secreto en los labios
y no lo quieres contar,
yo no pregunto qué hubo
tú ya te sabes cuidar.

Y la risa estallaba. Incluso en quien era el motivo. El anuncio del pajarito Una vez llegó al amanecer diciendo que había visto algo extraordinario.

¿Qué pasó, Chiqui?

Se hizo el interesante, miró al cielo… y disparó:

Un pajarito en el haba
yo esta mañana miré,
no cantaba ni volaba,
pero quietecito lo hallé.

Las muchachas lo acusaron de inventar. Él levantó las manos, tranquilo, y respondió:

Si no me creen lo que cuento,
no me vayan a regañar,
que yo solo traigo versos
pa’ poderlos alegrar.

Y ahí estaba todo. No importaba si era cierto. Importaba el momento. El contrapunto de la risa Había una muchacha que no se dejaba. Rápida de lengua, viva, de esas que no pierden ni una.

Le decía: —¡Hombrecito feo! Y él, lejos de picarse, respondía con teatro:

No seré galán de feria
ni modelo de revista,
pero en coplas y guitarra
yo ya me siento un artista.

Y luego remataba:

Cuando yo estaba chiquito
todas me querían besar,
ahora que estoy grandecito
todas se hacen del rogar.

Guiño de ojo. Risas. Aplausos. Y el ambiente, otra vez, salvado.

El consejero del grupo

Cuando alguno hablaba de matrimonio, el Chiqui cambiaba el tono. Se volvía casi filósofo. Y soltaba:

El que se casa por gusto
que no culpe al corazón,
que el amor es aventura
y también es decisión.

No se burlaba. Acompañaba. A su manera. El equilibrio invisible Con el tiempo entendimos algo. Que así como la música necesita cabeza y necesita ritmo…también necesita aire.

Jaime ponía el sentido. Omar ponía el pulso. Y el Chiqui ponía la vida.

Era el que evitaba que el grupo se volviera rígido. El que recordaba que la música también es alegría. El que sostenía el ánimo cuando el cansancio quería meterse. No dirigía. No mandaba. Pero sin él… algo faltaba.

Hoy, cuando recordamos aquellos días, no pensamos solo en canciones o presentaciones. Recordamos la escena completa: el polvo suspendido, la banca caliente,la guitarra desajustada, las carcajadas cruzadas… y en el centro, pequeño pero inmenso, el Chiqui Bermeo. Porque hay quienes hacen música… y hay quienes hacen posible que la música ocurra. Y él, sin duda, hacía ambas cosas.

Porque cuando la palabra no alcanzaba… cuando el cansancio aparecía…cuando el mundo parecía más grande que nosotros…ahí estaba la música. Recordándonos quiénes éramos. Y por qué seguíamos.

la música se volvió grupo.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, la música dejó de ser intento… y se volvió grupo. Ahí estaba, completo, armado como una pequeña orquesta nacida más del empeño que de los recursos.

En la batería, marcando el pulso con disciplina académica, el profesor de inglés de la Universidad Surcolombiana, Humberto Salcedo, que parecía traducir el idioma del ritmo con la misma precisión con la que enseñaba conjugaciones.

En el bajo, firme y profundo, Jaime Borrero, sosteniendo la estructura musical como quien sostiene una idea: con claridad, con intención, sin titubeos.

Las congas quedaban en manos del incansable Omar Silva, que no tocaba: empujaba la música hacia adelante, como si el ritmo dependiera de su resistencia.

En la carrasca, marcando el sabor y el carácter, estaba yo, Constantino, más atento al alma del grupo que al instrumento mismo, como quien dirige sin levantar la mano.

La guitarra la hacía hablar Chiqui Bermeo, siempre inspirado, encontrando acordes donde otros apenas veían cuerdas.

Desde la cuarenta llegaba el aliento del saxo con Jorge Tafur, llevando consigo ese sonido que parecía venir de lejos, como si trajera historias metidas en el aire.

Y en la trompeta, Víctor Cifuentes, del barrio Cándido, que sin hacer ruido se había vuelto indispensable, de esos que no piden espacio… pero terminan llenándolo todo.

Las voces eran otro universo: Yolanda Morales con su fuerza serena, el Momo Jaime con ese tono que parecía contar historias aun cuando cantaba, y la niña Guio, que le daba frescura y brillo a cada interpretación.

No éramos profesionales.

Pero sonábamos como si lo fuéramos.

Porque había algo que no se ensaya:
la intención de estar juntos.

La primera presentación grande llegó como llegan las cosas importantes: sin mucho aviso, pero con todo el peso.

Fue en el mismo barrio, contratados por la Junta de Acción Comunal para una actividad de recolección de fondos. Era, en apariencia, un compromiso más.

Pero para nosotros era otra cosa.

Era la prueba.

Esa noche el grupo sonó.

Sonó de verdad.

Hubo acople, hubo fuerza, hubo momentos en los que parecía que cada instrumento sabía exactamente qué decir y cuándo decirlo. La gente se fue acercando, primero por curiosidad… y luego por gusto.

Cuando terminamos, ya no éramos los muchachos que estaban intentando hacer música.

Éramos el grupo musical de Katakandrú.

Después vinieron otras presentaciones.

Barrios distintos.
Escenarios improvisados.
Eventos organizados por entidades que empezaban a fijarse en nosotros.

Y en cada uno, el grupo crecía.

No solo en sonido, sino en confianza.

Ya no dudábamos tanto.
Ya no mirábamos al otro buscando aprobación.
La música empezaba a sostenerse sola.

Pero como ocurre con casi todo lo que crece rápido…
también empezaron a aparecer las grietas.

Porque el éxito, aunque pequeño, también incomoda. También despierta miradas. También atrae presencias que no siempre llegan a sumar. Y fue precisamente en una actividad organizada por nosotros mismos, cuando aquello que venía sonando tan bien…

se desordenó.

No por falta de música. No por falta de ganas. Sino por la irrupción de unos personajes que ya eran conocidos en el barrio… los chachos.







CAPITULO 16

Los Chachos: La noche en que la fiesta se quebró

Ya nos habíamos reunido. Como siempre.

Habíamos hablado, organizado, repartido tareas, hecho cuentas imaginarias sobre un dinero que aún no existía pero que ya tenía destino: salidas del grupo, compromisos pendientes, sueños que necesitaban respaldo.

Y como tantas otras veces, la solución fue la misma: trabajar. Se programó la actividad. Se eligió el lugar.
Se repartieron responsabilidades. La casa de Lester Lizcano fue el escenario. Amplia, generosa, abierta sin condiciones.

Desde temprano comenzamos a transformarla.

Se movieron muebles, se acomodaron sillas, se improvisaron espacios. Los enfriadores se distribuyeron estratégicamente, las mesas quedaron listas, la música probada. Todo tenía ese orden precario pero funcional que caracteriza las cosas hechas con ganas más que con recursos.

Al caer la noche, el ambiente estaba listo. Las luces encendidas. La gente llegando. Las boletas circulando.
Las risas empezando a tomar forma. A eso de las ocho, cada quien estaba en su puesto. Los de la entrada.
El grupo musical. Los de la venta. Los que animaban. Y todo marchaba bien. Demasiado bien.

Pero en todo barrio hay presencias que no necesitan invitación.

Y esa noche…llegaron. Los de siempre. Los Chachos. Habían comprado la boleta. Entraron como cualquiera. Pero no eran cualquiera. Nos miramos entre nosotros. Sin decir nada, todos entendimos lo mismo: había que estar atentos. Porque con ellos, la calma siempre era prestada.

Al principio se mezclaron. Rieron. Hablaron. Simularon. Pero no tardó en aparecer la grieta. Quisieron sacar a las niñas del grupo a bailar… a la fuerza. Ellas se negaron. Y ahí empezó todo.

Mi hermano Abraham intervino, con firmeza, sin agresión. —Respétenlas. Pero esa palabra, “respeto”, no estaba en su diccionario esa noche. No escucharon. No quisieron. Y entonces la tensión se rompió.

Primero fueron los insultos. Secos. Directos. Provocadores. Luego los empujones. Después, los puños. Y ya nadie pudo detener lo que venía.

Las mesas comenzaron a caer como fichas mal puestas. Las sillas volaron. Los gritos se mezclaron con el ruido seco del desorden. Y en medio de todo, el sonido más duro: el estallido de los vidrios. Las ventanas cedieron una a una, como si la casa también se rindiera ante la violencia.

La gente empezó a salir. No caminando. Huyendo. Se aglomeraban en la puerta, tropezaban, buscaban aire, espacio, salida. La fiesta se había convertido en estampida. Y afuera…la pelea continuó.

La calle se volvió escenario de enfrentamiento. Chachos contra Katakos. Sin grupo musical. Sin orden. Sin palabras. Solo rabia.

Los vecinos, alertados por el estruendo, hicieron lo único que podía hacerse en ese momento: llamar a la policía.

Cuando llegaron, algunos ya estaban reducidos, otros aún forcejeaban, y el ambiente seguía cargado, como si cualquier chispa pudiera encenderlo otra vez.

Pero ni siquiera la autoridad fue suficiente para calmarlos de inmediato. Los Chachos, fieles a su estilo, también se enfrentaron a la policía. Hubo heridos. Hubo forcejeos. Hubo detenciones. Las patrullas se llevaron a varios, entre gritos y resistencia. Y poco a poco, el ruido fue cediendo.

Quedó el silencio.

Ese silencio pesado que queda después de lo que no debía pasar.

La casa de Lester ya no era la misma. Mesas rotas. Sillas dañadas. Vidrios en el suelo. Restos de una noche que había empezado como esperanza.

Y nosotros, de pie en medio del desorden, tratando de entender en qué momento todo se había torcido.

Esa noche no hubo ganancias. Cuando Ever hizo el informe, días después, no hubo sorpresa en su voz:

Salimos a ras.

Lo recaudado apenas alcanzó para cubrir los daños, los materiales perdidos, lo que se rompió y lo que se consumió. Ni pérdida… ni ganancia.

Pero sí una lección.

Tiempo después supimos que la historia no terminó allí. Hubo una redada en casa de “Checho”. Encontraron productos prohibidos. Algunos fueron puestos bajo custodia. Los Chachos ya estaban en la mira. Esa noche, sin saberlo, había sido también un punto de quiebre para ellos.

Nosotros, en cambio, quedamos golpeados. No derrotados…pero sí marcados.

El grupo musical alcanzó a resguardarse a tiempo. No hubo daños físicos. Pero algo cambió. Las presentaciones disminuyeron. La confianza se volvió más cuidadosa. La alegría… más vigilada.

Porque esa noche entendimos algo que no estaba en ningún plan: que no todo enemigo llega desde afuera.
Que a veces la dificultad no es el dinero… ni la organización…ni el esfuerzo.

Sino aquello que irrumpe sin aviso y pone a prueba lo que somos. Y aun así…no nos deshicimos.

Porque Katakandrú, como ya lo habíamos aprendido, no se sostenía solo en las buenas noches…sino en la manera de levantarse después de las malas.

Después de aquella noche —la de los vidrios rotos, las mesas partidas y las cuentas que no dieron sino para cubrir pérdidas— algo cambió en Katakandrú.

No fue inmediato. No fue evidente. Pero empezó a sentirse.

Primero fue la ausencia de algunos. Luego, la demora en llegar. Después, ese silencio incómodo en las reuniones donde antes sobraban ideas, risas y discusiones encendidas. El grupo seguía existiendo… pero ya no vibraba igual.

Era como si algo se hubiera resquebrajado por dentro.

Las presentaciones comenzaron a espaciarse. El grupo musical —que había logrado levantar vuelo— empezó a resentir la falta de continuidad. Las actividades ya no convocaban con la misma fuerza. Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos lo sabíamos:

Katakandrú estaba entrando en una zona peligrosa. No por lo que venía de afuera…sino por lo que empezaba a apagarse adentro.

Fulvio: el artista que defendía la unidad

Fue en medio de ese ambiente —donde todo parecía seguir igual, pero ya no lo era— cuando apareció Fulvio.

No llegó con discursos preparados. No buscó aplausos. Pero cuando pidió la palabra, algo en su tono nos hizo enderezarnos en las sillas.

Se puso de pie. Nos miró uno por uno, como quien no cuenta cabezas… sino compromisos. Y habló, sin adornos, sin rodeos:

O reaccionamos… o esto se acaba.

El silencio fue inmediato. No era una amenaza. Era un diagnóstico.

Nos recordó de dónde veníamos: las primeras reuniones sin recursos, las actividades imposibles que sacamos adelante, la terquedad hermosa de creer cuando no había nada. Y luego, sin suavizar la palabra, soltó la frase que terminó de sacudirnos:

No nos dañaron los Chachos… nos estamos dañando nosotros.

Cayó como piedra en agua quieta.

Porque tenía algo más duro que cualquier golpe: verdad.

Nadie respondió. No había defensa posible.

Un grupo no se acaba cuando lo atacan —continuó—. Se acaba cuando deja de creer en lo que hace.

Y ahí entendimos.

El problema no había sido la pelea, ni las pérdidas, ni el miedo. Era el desgaste. La costumbre. Esa peligrosa tranquilidad de creer que lo construido se sostenía solo.

Pero Katakandrú nunca fue eso.
Katakandrú era movimiento. Era impulso. Era voluntad compartida.
Y eso, si no se cuida… se apaga.

Fulvio César Castro no era solo un integrante más. Era de esos hombres que entienden que el arte no termina en la obra, sino que empieza en la manera de sostener a los otros. Pintor, escultor, ceramista… sí. Pero, sobre todo, tejedor de voluntades.

Él veía lo que muchos no queríamos ver.

Sabía que la mayor amenaza no era el conflicto, sino la indiferencia. Ese letargo silencioso que no rompe nada… pero tampoco construye.

Tiempo después lo diría con sus propias palabras:

Veía al grupo quieto, como esperando que alguien más diera el primer paso. Y entendí que el mayor peligro no era la discusión… sino la indiferencia. Esa muerte lenta que no hace ruido.”

Y tenía razón.

Porque los grupos no se rompen cuando discuten…
se rompen cuando dejan de sentirse.

Aquella intervención —que algunos sintieron como sacudida y otros como incomodidad— fue, en realidad, un acto de lealtad. No buscaba imponerse: buscaba despertarnos.

Ese día no hubo aplausos.
No hubo decisiones inmediatas.

Pero algo cambió.

No necesariamente nos hicimos más fuertes…
pero sí más conscientes.

Entendimos que Katakandrú había cruzado una línea invisible: ya no era solo construir. Ahora era sostener. Y sostener —como descubrimos entonces— es mucho más difícil que empezar.

Con el tiempo comprendimos mejor la dimensión de ese momento.

Fulvio no solo estaba defendiendo un grupo cultural. Estaba defendiendo una forma de estar juntos. Como su escultura de La Gaitana —hecha no para quedarse quieta, sino para pasar de mano en mano— él sabía que la verdadera obra no es el objeto… sino la comunidad que lo sostiene.

Por eso insistía en la unidad.
En no dejar que la diferencia rompiera el lazo.
En no permitir que el cansancio venciera la historia.

Y nos dejó una enseñanza que todavía resuena:

que a veces, para salvar lo que se ama, hay que incomodar…
que a veces, el acto más leal no es aplaudir,
sino sacudir.

















CAPITULO17

El teatro: la memoria que no se apaga

Antes de que el teatro tuviera nombre, ya respiraba entre nosotros.

Nació como nacen las cosas verdaderas: sin permiso, sin estructura, sin saber siquiera que estaba naciendo. Fue un impulso. Una necesidad de decir lo que no cabía en la conversación diaria. De convertir la vida del barrio en escena, la risa en personaje y la dificultad en argumento.

Al comienzo éramos pocos. Siete, para ser exactos. Steven Ramírez, Archi, Eulises, Constantino, Yolanda Morales, Humberto Flores y Adriana López. Siete voces distintas tratando de construir una sola.

Los ensayos empezaron a las siete de la noche, como si el arte tuviera horario de cita. Y lo tenía. Porque cada noche, sin falta, nos encontrábamos en ese lugar donde la disciplina se mezclaba con la amistad, donde el cansancio se volvía rutina y la rutina, sin darnos cuenta, se convertía en oficio.

Al frente estaba Steven.

No era un director cualquiera. Era un muchacho que traía el teatro en la mirada. Estudiaba arte dramático en el SENA, pero lo que enseñaba no venía solo de los libros. Venía del entusiasmo. De esa forma suya de explicar un ejercicio como si fuera un descubrimiento. De esa convicción profunda de que el teatro no era entretenimiento… era transformación.

Fue él quien nos enseñó a pararnos en escena sin pedir permiso. Y así nació nuestra primera obra: Hoja seca. Sencilla, sí. Pero viva. La presentamos en el barrio Las Granjas, que no era solo nuestro escenario natural, sino nuestro primer público, nuestro primer crítico, nuestro primer aplauso. Aquella noche no inauguramos una obra. Inauguramos un camino.

Pero la vida, como el teatro, no avisa los giros. La enfermedad llegó sin pedir escena. Y se llevó a Steven. Fue un golpe seco. Incomprensible. No solo perdíamos a un amigo. Perdíamos al director. Perdíamos la voz que nos estaba enseñando a encontrarnos. Lloró el grupo. Lloró el barrio. Y hasta el cielo —como si entendiera lo que estaba pasando— se desató en una lluvia intensa que arrastró hojas, silencios y despedidas. Los árboles se inclinaron como actores haciendo una última reverencia, y por un instante pareció que el mundo entero guardaba luto.

Pero el teatro tiene una forma extraña de sobrevivir. No se apaga fácil. Y entonces ocurrió algo que solo pasa cuando el dolor no logra destruir lo que ya tiene raíz: decidimos continuar. Fue así como asumí la dirección. No como reemplazo. Sino como continuidad. Recogí lo que Steven había sembrado y lo llevé por otro camino: el de la palabra, la conciencia, la construcción colectiva. El teatro dejó de ser solo representación para convertirse también en reflexión.

Y el grupo creció. Llegaron nuevos nombres: Magnolia, Julia, Jaime, Vicente “Apayayú”, Roque, Armando.
Y con ellos, nuevas energías. Detrás de escena también se levantó otro ejército silencioso: Carlos Másmela en el sonido, Ever en lo que hiciera falta, Fulvio creando mundos con escenografías que parecían salir de otra dimensión.

El teatro empezó a tomar forma. Y fuerza. Las obras comenzaron a hablar de lo humano sin rodeos:
El Espejo, El Hombre, Tampoco era el que buscaban, El Embajador de la India. Cada montaje era una pregunta abierta. Cada función, un riesgo. Hasta que llegó el reconocimiento. Con El Espejo obtuvimos el tercer lugar en el primer concurso departamental de teatro. No era solo un premio. Era la confirmación de que lo que hacíamos en el barrio también tenía voz en otros escenarios.

Y entonces salimos. Pitalito. Hobo. Aipe. San Agustín. El Salón Azul de la Gobernación. El teatro ya no era solo nuestro. Era de la gente. Pero si hay una noche que no se olvida, fue aquella en el Salón Azul. El lugar estaba lleno. El público, exigente. El margen de error, inexistente. Y justo antes de salir a escena, el golpe:Faltaban dos actores. Apayayú estaba hospitalizado. Jaime, reclutado por el Ejército.

El teatro, una vez más, nos ponía a prueba. Decidimos improvisar. Ajustar. Resistir. Y cuando todo parecía al borde del colapso… apareció. Apayayú. Pálido. Débil. Pero firme. Se había escapado del hospital.

Apendicitis —dijo—. Me operan mañana.

Pidió una hora. Solo una. Y salió a escena. Esa noche no actuamos. Esa noche defendimos algo. Cada palabra tenía peso. Cada gesto, verdad. El público no solo aplaudió la obra. Aplaudió el acto de estar allí.

Al terminar, lo acompañamos de vuelta al hospital, como quien devuelve a un héroe al lugar donde lo espera la realidad. Y entendimos, sin necesidad de decirlo: El teatro no era lo que hacíamos. Era lo que éramos. Katakandrú dejó de ser un grupo. Se convirtió en escuela. En semillero. En memoria.

Sin saberlo, nos habíamos conectado con algo más grande: con esa tradición antigua donde el ser humano se reúne a contar su historia para no olvidarse de sí mismo. Desde los rituales primitivos hasta las tragedias griegas, desde Shakespeare hasta las vanguardias… todo parecía respirar, de alguna forma, en lo que hacíamos.

Pero lo nuestro tenía otra raíz. La del barrio. La del esfuerzo. La de la necesidad de existir a través del arte. Y en medio de todo, como una voz que no se apaga, queda la memoria de Steven. Su carta —real o imaginada— sigue flotando entre nosotros como un eco: no de despedida, sino de permanencia. Porque si algo nos enseñó el teatro, es que nadie se va del todo cuando deja huella en la escena. Y Steven, sin duda, sigue ahí.



Carta de Estivenson Ramírez a Katakandrú

A mis compañeros, a mis hermanos de escena:

Escribo estas palabras desde un lugar silencioso, donde el cuerpo ya no responde como antes, pero la memoria —caprichosa y fiel— se niega a apagarse. Aquí, en esta quietud obligada, los recuerdo. Uno por uno. Como si aún estuviéramos reunidos antes de un ensayo, esperando esa señal invisible que nos decía que todo estaba por comenzar.

Katakandrú fue más que un grupo teatral. Fue refugio. Fue casa. Fue la certeza —casi milagrosa— de que el arte también puede salvar.

Cada rostro, cada voz, cada risa compartida vuelve a mí con una claridad que conmueve. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si aún estuviéramos allí, construyendo mundos con las manos vacías y el corazón lleno.

Pienso especialmente en Yolanda Morales.
Hermosa, sí… pero no solo por fuera. Hermosa en la manera en que llenaba los ensayos de una alegría suave y constante, en esa forma suya de hacer liviano el cansancio y distinto el tiempo. La quise con el alma, sin reservas. Siempre supe que su corazón tenía otros rumbos, pero aun así la seguí queriendo, no por terquedad, sino porque hay afectos que no saben rendirse. Quererla fue también aprender a respetar, a admirar… a quedarse en el lugar que a uno le corresponde sin dejar de sentir.

Al grupo quiero decirle algo que me deja en paz: los dejo en buenas manos.
Constantino —el ingenioso del grupo— tiene la fuerza, la sensibilidad y la palabra. Sé que puede continuar el camino teatral, porque no solo ama el escenario: lo comprende. Su formación le dio herramientas, pero es su compromiso el que le da sentido a todo. Confío en que sabrá cuidar lo que juntos comenzamos.

Cómo no recordar a Archi, con sus ocurrencias precisas, con ese humor que aparecía justo cuando más falta hacía. Siempre había en él una risa lista para sostenernos cuando el ánimo flaqueaba.

A Víctor, “Apayayú”, a Adriana, a Magnolia, a Julia… los nombro con gratitud.
Y a Julia, especialmente, por ese esfuerzo silencioso de llegar desde lejos, de no faltar nunca, de enseñarnos —sin decirlo— que el compromiso también es una forma profunda de amor.

A todos los demás, aunque no los nombre uno por uno, los llevo conmigo. Aquí no hubo nadie pequeño.
Cada gesto, cada presencia, cada silencio compartido hizo parte de algo que nos superaba. Si estas palabras suenan a despedida, no las lean como un adiós. Léanlas como lo que realmente son: un abrazo largo, de esos que no se sueltan, de esos que se quedan.

Me voy tranquilo.

Porque sé que Katakandrú no depende de un nombre ni de una presencia. Vive en ustedes. En las tablas. En la memoria. En cada gesto que recuerda por qué empezamos.

Y mientras alguien suba a un escenario con verdad, mientras alguien crea que el arte puede transformar la vida, yo seguiré ahí. Con ustedes.

Con todo mi cariño,
hasta el último de mis días,

Estivenson Ramírez

Supimos del deceso de Estivenson Ramírez demasiado tarde, cuando su hermano llegó con la carta en las manos, como si trajera consigo no solo unas palabras, sino una presencia que se negaba a irse del todo.

La leímos en silencio. Nadie interrumpió. Porque en cada línea estaba él. Aunque no compartió mucho tiempo con nosotros, su ausencia dejó un vacío que no se mide en años, sino en huellas. Estivenson no estuvo lo suficiente para ver hasta dónde llegaría el teatro… pero estuvo lo necesario para encenderlo.

Y a veces eso basta.

Fue él quien dio el primer impulso, quien nos mostró que el escenario no era un lujo, sino una posibilidad. En aquellos días en que llegaba con su cuaderno del SENA y su entusiasmo intacto, sembró algo que no se detuvo con su partida.

Porque lo que nace con verdad… no muere fácil. Su legado no quedó en una obra, ni en un ensayo, ni en una función. Quedó en nosotros. En cada escena que se levantó después. En cada voz que perdió el miedo. En cada historia que nos atrevimos a contar.

Y entonces entendimos algo que no habíamos querido aceptar: que el teatro también es eso. Presencia… y ausencia. Encuentro… y despedida. Memoria viva de quienes ya no están, pero siguen diciendo sus líneas
desde algún lugar invisible del escenario.

Esa noche no hicimos ensayo. No hizo falta. Nos quedamos ahí, en silencio, con la carta abierta, sintiendo que algo terminaba… y al mismo tiempo, algo se afirmaba con más fuerza. Porque si Katakandrú había aprendido a resistir, también había aprendido a recordar. Y recordar —lo supimos entonces— también es una forma de continuar.

Desde ese día, cada vez que se levanta un telón, cada vez que una voz se proyecta con verdad, cada vez que el teatro vuelve a reunirnos…

Estivenson vuelve a escena. Y nunca se va del todo.





























CAPITULO 18

Katakandrú no fue solamente un grupo de teatro.

Con el tiempo, se convirtió en algo más amplio, más profundo: una escuela de vida que también se construía fuera del escenario.

Cada salida, cada viaje, cada recorrido por la tierra huilense tenía un propósito. No eran excursiones sin rumbo ni encuentros improvisados. Eran experiencias formativas, donde aprendíamos que la cultura no vive únicamente en los libros o en las tablas, sino también en el polvo del desierto, en la humedad de las cavernas, en la corriente de los ríos y en la memoria viva del territorio.

En este lugar sacro reposaba la memoria ancestral y la grandeza de nuestros aborígenes, revelada en cada talla y en cada escultura como un testimonio vivo de su legado cultural. Era imposible no sentirse sobrecogido: Aquel ejército de esculturas, dispuesto sobre los montículos, no parecía estar allí por azar. Eran más que piedra. Más que forma.

Sus miradas, inmóviles y profundas, nos seguían sin moverse, como si nos reconocieran… o nos recordaran. No vigilaban el paisaje: lo guardaban. Custodiaban algo antiguo, algo que no se nombra.

Caminábamos entre ellas con una extraña sensación de ser observados, medidos, permitidos. Como si cada paso hubiera sido advertido mucho antes de que llegáramos.

Y en ese silencio denso, casi venerable, se revelaba una verdad inquietante: aquellas figuras no estaban hechas solo para ser vistas… estaban hechas para mira

Pero no era solo admiración lo que se respiraba allí. Había algo más. Algo difícil de nombrar.

Una sensación extraña comenzó a recorrerme, como un susurro que no venía del viento, sino de las piedras mismas. No sé si fue el frío, que se metía lentamente en los huesos, o si eran los ecos de las historias que el guía nos iba dejando caer, palabra a palabra, como quien despierta algo que ha permanecido dormido por siglos.

El caso es que, en aquel lugar, algo cambió. El ambiente se volvió más denso, más silencioso… como si el tiempo se hubiera detenido un instante para mirarnos. Nos miramos entre nosotros, sin decir nada. Y en ese silencio compartido, todos parecimos entender lo mismo: que allí estábamos acompañados.

Permítame contarle lo que ocurrió.



  • Al mirar cada figura parecía concebida con una precisión extraordinaria. La simetría era impecable; no existía un lado más grande que el otro. Las distancias entre cada elemento, ya fuera dibujado o esculpido, guardaban una armonía exacta. Sus proporciones eran rigurosas, sus rasgos geométricos definidos con exactitud, y la redondez de las circunferencias alcanzaba un nivel de perfección que evocaba el trabajo de una máquina de precisión milimétrica.

    Pero no era obra de máquinas. Era el resultado de mentes brillantes.

    Lejos de ser seres primitivos o irracionales, como durante tanto tiempo se nos hizo creer, nuestros antepasados poseían una notable capacidad cognitiva. Eran portadores de una cultura avanzada, con profundos conocimientos en matemáticas, astronomía e ingeniería. En cada trazo, en cada piedra esculpida, dejaron plasmada no solo su destreza técnica, sino también una visión del mundo compleja, ordenada y profundamente conectada con el universo.

    El guía continuaba ilustrándolos sobre la grandeza de los aborígenes que habitaron este territorio. Hablaba con pasión, como si cada palabra despertara a los antiguos espíritus del lugar. Sin embargo, yo estaba un poco ensimismado, atrapado en mis propios pensamientos. Esa noche teníamos una presentación en el parque principal de San Agustín, y la preocupación comenzaba a apoderarse de mí.

    Habíamos sido invitados a un encuentro internacional de teatro, y de todos los grupos participantes, Katakandrú era, sin duda, el de menor trayectoria. Los demás contaban con un amplio recorrido: había delegaciones de universidades del Ecuador, la Universidad Surcolombiana, el Instituto Huilense de Cultura, la Universidad del Rosario y la Universidad Central de Bogotá, esta última reconocida por su formación artística en música, pintura, danza y teatro.

    Todo aquello imponía. Nos hacía sentir pequeños.

    Quizás por eso nos habían dejado para el final de la programación. Nuestra presentación estaba prevista casi a la medianoche, y no podía evitar preguntarme si, a esa hora, aún habría público. El frío, el cansancio y la larga jornada de funciones podían jugar en nuestra contra. Cuando pregunté si alguien se quedaría hasta el último acto, me respondieron con tranquilidad que no debía preocuparme: después de las obras vendría una orquesta, y la gente esperaba con entusiasmo la fiesta y el gran baile en la plazoleta.

    Seguimos recorriendo el parque arqueológico hasta llegar al sector de Lavapatas, un lugar hermoso, cuidadosamente conservado. Allí, el guía nos habló de su carácter sagrado. Nos explicó que los antiguos habitantes acudían a ese sitio para bañarse, purificar el cuerpo y renovar su energía. Decía que el agua que brotaba de la roca tenía un poder especial: fortalecía el espíritu, despejaba la mente y, de alguna manera, ayudaba a que los deseos se cumplieran.

    Nos invitó a participar del ritual: lavar nuestra cabeza y nuestro rostro, respirar profundamente, inhalar y exhalar como si absorbiéramos esa energía invisible. Lo hicimos, quizás más por curiosidad y respeto a la tradición que por verdadera convicción, pero aun así hubo algo en el ambiente que nos tocó.  

    Más tarde regresamos al hotel donde estábamos hospedados. La cena se servía temprano, y nos reunimos alrededor de la mesa intentando distraernos del peso de la noche que se avecinaba.

    Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.

    Uno de los organizadores del evento llegó apresurado y nos preguntó si estábamos listos y dispuestos para presentarnos primero en el certamen.

    Nos miramos sorprendidos.

    Y casi al mismo tiempo, respondimos que sí.

    Sin pensarlo demasiado, comenzamos a prepararnos para la función. Me acerqué al muchacho que nos había llevado la noticia y le dije que necesitábamos diez micrófonos para nuestra presentación. Él, atento, respondió que precisamente eso querían saber: qué elementos requeríamos. Sin dudarlo, le indiqué la distribución: dos micrófonos inalámbricos, tres en el suelo y cinco colgados sobre la tarima —uno central y cuatro en las esquinas—.

    Luego reuní al grupo y les hablé con claridad:

    No hemos ensayado con micrófonos, pero vamos a apoyarnos en la improvisación… a lo Bertolt Brecht. Busquen dónde están ubicados y proyecten la voz hacia ellos. Los inalámbricos los iremos pasando entre nosotros, y para las escenas más íntimas utilizaremos los del suelo.

    Todos estuvieron de acuerdo. Sabíamos que actuar a ras del suelo hacía que el sonido se perdiera, absorbido por la gente y el espacio abierto, y no podíamos permitir que el mensaje de la obra se diluyera.

    Y así lo hicimos.

    Desde el primer momento, la voz corrió libre por la plazoleta. Se escuchaba cada palabra, cada gesto sonoro, hasta el último rincón. Incluso desde las casas de segundo piso, donde algunos observaban la función, llegaba nítido el desarrollo de la obra.

    Fue un éxito total.

    Al finalizar, una lluvia de aplausos nos envolvió.

    Presentamos El embajador de la India: una obra cargada de música, danza, humor y movimiento constante en escena. La energía del grupo se sintió en cada instante, y el público respondió con entusiasmo.

    Los demás grupos, aunque tenían propuestas muy bien elaboradas, no utilizaron micrófonos. Sus presentaciones no lograron proyectarse hacia todos; solo quienes estaban cerca podían escucharlas con claridad.

    Recuerdo que el director Alfonso, de la Universidad Surcolombiana, se me acercó. Le sugerí:

    Al menos utilicen los inalámbricos. De lo contrario, su obra también se va a perder.

    Y lo hicieron. La diferencia fue notable: la audición mejoró y el público logró conectarse mejor con la puesta en escena.

    Más tarde, varios grupos se acercaron a felicitarnos. Reconocieron que no habían tenido en cuenta ese detalle técnico, y que, por esa razón, parte del público se había retirado durante sus funciones.

    Aquella noche comprendimos que, además del talento y la pasión, el teatro también se sostiene en decisiones estratégicas.

    Y esa, sin duda, había sido la nuestra.   

  • Magia o coincidencia 

Aquella noche comprendimos que, además del talento y la pasión, el teatro también se sostiene en decisiones estratégicas.

Y esa, sin duda, había sido la nuestra.

Pero mientras los aplausos aún resonaban en la plazoleta y la emoción recorría nuestros cuerpos, algo más comenzó a tomar sentido dentro de mí.

Recordé el agua de Lavapatas.

Recordé el instante en que inclinamos la cabeza, dejamos que el agua tocara nuestro rostro y respiramos profundamente, como nos indicó el guía. En ese momento lo hicimos casi sin creer, como un gesto de respeto, como una curiosidad pasajera… pero ahora, allí de pie, frente al público, todo parecía cobrar otro significado.

Había una fuerza distinta en escena.

Una claridad en la voz. Una conexión casi invisible entre nosotros. Una seguridad que no era habitual. El manejo de los dos escenarios, salió perfecto Como si algo nos hubiera alineado. Como si esa energía ancestral, silenciosa y antigua, hubiera decidido acompañarnos. No era solo técnica. No era solo improvisación.

Era una presencia.

Y en ese instante supimos que la grandeza de nuestros ancestros también habitaba en nosotros. La piedra habló primero… nosotros solo continuamos su voz.

Tal vez aquellos antiguos escultores, los mismos que tallaron la piedra con precisión perfecta y entendieron el orden del universo, también comprendían esas fuerzas invisibles que equilibran el cuerpo y el pensamiento. Tal vez ese conocimiento no estaba solo en sus manos, sino también en su espíritu.

Y esa noche, de alguna manera inexplicable, sentimos que ese legado no estaba muerto.

Seguía fluyendo.

En el agua. En la piedra. En el aire frío de San Agustín…y en nosotros, sobre el escenario.

Ya culminadas las presentaciones, Alfonso Orozco, director de teatro de la Universidad Surcolombiana, se acercó y me dio un fuerte abrazo. Me felicitó con sinceridad por el trabajo realizado y, con una sonrisa de asombro, me confesó que la estrategia que habíamos utilizado —el manejo de los dos escenarios— había sido un acierto que ni siquiera a él se le habría ocurrido.

No lo habíamos ensayado —le respondí—, pero todos estábamos coordinados. Sabíamos que las partes de danza y música debían ocupar los espacios amplios, mientras que los diálogos se concentraban sobre la tarima. Todo fluyó en su lugar.

Él asintió, aún impresionado.

Reconozco que fue un trabajo increíble —dijo—. Me atrevo a afirmar que fue el mejor espectáculo de la jornada. Y más aún… esta noche ustedes se han graduado como un grupo importante del Huila.

Sus palabras tenían un peso especial. No solo por su experiencia, sino porque venían de alguien con formación académica en Francia y un profundo conocimiento del teatro. Le agradecí con respeto y emoción.

Entonces, con entusiasmo, añadió:

Y para celebrar este momento —continuó—, no solo por la presentación, sino también porque usted hoy se ha graduado como Licenciado en Lingüística y Literatura, quiero invitarlos a usted, mi amigo, y a todo el grupo. De alguna manera, ustedes también son parte de nuestra universidad, y este triunfo también nos pertenece.

Aceptamos con alegría.

Fuimos al lugar que había reservado y celebramos hasta cerca de las dos de la madrugada, entre risas, anécdotas y la satisfacción del deber cumplido. Más tarde, abordamos el bus de la universidad y emprendimos el regreso hacia Neiva.

Llegamos casi al amanecer, con el cansancio en el cuerpo… pero con el alma plena.

Entonces, todo cobró sentido.

Aquella sensación extraña que nos acompañó en San Agustín no fue casual. El cambio de horario para la presentación. El manejo perfecto de tarimas El funcionamiento correcto de micrófonos No era solo el frío ni las palabras del guía flotando en el aire. Era otra cosa. Algo más antiguo. Más profundo.

Esa noche, sobre el escenario, lo entendimos. Había algo que nos sostenía. Algo que no habíamos ensayado. Algo que no sabíamos nombrar… pero que estaba ahí. Tal vez no fuimos nosotros quienes representamos la obra. Tal vez, por un instante, fuimos el eco de algo que ya existía desde mucho antes.

Y esa memoria —silenciosa, paciente, tallada en piedra—decidió hablar a través de nosotros

Una intención formativa

Katakandrú no fue solamente un grupo de excursiones sin propósito ni una suma de viajes improvisados. Cada salida tenía un sentido claro y una intención formativa. Nos interesaba el cuidado del medio ambiente y la protección de la naturaleza como principios esenciales, no como consignas pasajeras. En cada travesía aprendíamos a observar el entorno con respeto, a no dejar huella dañina y a comprender que el territorio no nos pertenecía, sino que nosotros pertenecíamos a él.

Recuerdo cómo, antes de emprender camino hacia el Lago del Juncal, organizábamos jornadas de sensibilización sobre la limpieza de sus orillas; o cómo en los alrededores de los Termales de Rivera hablábamos de la importancia de preservar las fuentes hídricas que brotan generosas desde la tierra. Incluso cuando visitábamos el Parque Arqueológico de San Agustín, entendíamos que proteger el patrimonio natural y cultural era una misma tarea: cuidar la memoria viva del paisaje.

Así, Katakandrú fue también escuela de conciencia ecológica. Entre risas, caminatas y silencios compartidos, aprendimos que amar la naturaleza no es solo admirarla, sino defenderla, respetarla y transmitir a otros el compromiso de conservarla para las generaciones futuras.

Cada mes, el grupo tenía programada una salida, como si el teatro necesitara también respirar en la naturaleza y en la historia. Estas excursiones fortalecían los lazos entre los integrantes y la comunidad, convirtiéndose en rituales de pertenencia y aprendizaje.

La importancia de Carlos y Amparo fue decisiva: sin ellos, la dimensión social de Katakandrú no habría alcanzado la fuerza que tuvo. Carlos, con su capacidad organizativa, garantizaba que la práctica del grupo se sostuviera en lo material. Amparo, con su espíritu cálido y comunitario, daba sentido humano y emocional a cada encuentro. Juntos, hicieron que Katakandrú no fuera solo un grupo de teatro, sino una escuela de vida, un espacio donde el arte se fundía con la convivencia, la memoria y la celebración.

Así, Katakandrú se consolidó como un referente cultural y social de Neiva, un grupo que no solo representaba obras, esa misma obra que habíamos presentado en Aipe —“El Espejo”—, nacida para confrontar realidades y provocar conciencia, empezaba a abrirnos caminos inesperados. No era la primera vez que una de nuestras puestas en escena desbordaba los límites del tablado. Algo similar ya nos había ocurrido con “El Embajador de la India”, una obra que dejó huella profunda por la fuerza de sus diálogos y la densidad humana de sus personajes.

Su impacto fue tal que llamó la atención de un libretista de cine, quien, impresionado, solicitó fragmentos del texto e invitó al director, Constantino Castro Zamora, a vincularse al proyecto fílmico que venía gestando. Fiel a su vocación de sembrar cultura, el director no solo aceptó el diálogo creativo, sino que concedió un guion de su autoría.

Aquella entrega se convirtió en semilla fértil: el proyecto cinematográfico obtuvo un premio a nivel nacional, y el respaldo alcanzado permitió la filmación de la historia, llevando así la voz de Katakandrú y la pluma de su director más allá de los escenarios regionales.

De este modo, el grupo no solo conquistó los teatros del Huila, sino que también dejó huella en el cine colombiano, demostrando que la pasión por el arte puede abrir caminos insospechados y convertir la memoria en legado.

Así, entre noches de tensión rural y ecos de reconocimiento artístico, nuestras obras iban tejiendo destino: unas veces en medio del sobresalto… otras, bajo la luz promisoria de nuevos escenarios.







CAPITULO 19


Entre sombras y tablas

Así como el arte nos había llevado a dialogar con la piedra y la memoria en San Agustín, también empezó a empujarnos hacia territorios menos visibles, donde la cultura no solo se presentaba… se arriesgaba.

Fue entonces cuando llego la convocatoria a Santa Rita.

Una vereda de espacios tranquilas en apariencia, pero atravesada por rumores que viajaban más rápido que el viento: hablaban de hombres armados, de noches inquietas y de caminos donde no siempre se sabía quién mandaba.

Y nosotros, fieles a nuestra costumbre de creer más en el teatro que en el miedo… aceptamos.

Noche de sobresalto -Sta. Rita

Santa Rita, vereda de cerros apacibles y caminos de lodo claro, donde la noche parecía caer más honda que en cualquier otro rincón. Fulvio Cesar Castro , docente en Santa Rita nos invito a que ambientáramos culturalmente a esa vereda. Aceptamos la solicitud con ese entusiasmo propio de quienes ven en el teatro no solo un espectáculo, sino un encuentro con el alma colectiva.

Llegamos cuando el sol ya se había rendido tras las montañas. Las luces en postes de madera colgaban de alambres tensos, titilando como luciérnagas cautivas. El tablado —hecho de tablas desiguales— crujía bajo los pasos de los actores que, entre bastidores de tela rústica, afinaban voces y nervios.

La función transcurría entre risas, aplausos y silencios atentos, hasta que la noche, que hasta entonces había sido cómplice, empezó a tornarse inquieta. Un viento frío bajó de repente por la quebrada, apagando dos de los focos. Las sombras crecieron, alargadas, movedizas, como si quisieran treparse al escenario.

Fue en ese instante cuando se escuchó el primer sobresalto: un golpe seco detrás del telón… luego otro, más cercano. El murmullo del público se volvió un hilo tenso. Algunos pensaron que hacía parte de la obra; otros, que algo no estaba bien.

De pronto, y sin previo aviso, aparecieron varios hombres armados hasta los dientes. Se ubicaron a un costado, observando la obra que habíamos preparado para aquellas festividades. Su presencia imponía, pero no interrumpieron. Permanecieron atentos de principio a fin.

Nos habían invitado porque ya conocían de nuestro grupo, por presentaciones anteriores realizadas en el propio municipio, contacto que se dio por intermedio de mi hermano Fulvio, docente de la vereda Santa Rita. Nosotros aceptamos sin prever lo que podía ocurrir aquella noche.

Terminada la jornada, nos tenían preparada una atención en la casa comunal. Café, algo de comer… y, para sorpresa nuestra, los hombres armados —muy amables— nos invitaron a compartir unos vinos con ellos. Querían dialogar sobre la actividad teatral, sobre el mensaje de las obras, y nos animaban a participar en el festival que tenían programado. Decían que no había problema, que ellos estaban allí para poner orden y que nada inconveniente ocurriría.

Las chicas del grupo agradecieron con cortesía, pero argumentaron que estaban cansadas y que se retirarían al lugar dispuesto para dormir. En cambio, los muchachos, ni cortos ni perezosos, aceptaron la invitación y se quedaron a festejar.

Yo, como director, me quedé conversando. Hablamos de política actual, de música revolucionaria, de teatro contestatario, de la fuerza del arte en los territorios olvidados. La charla se extendió por horas, entre copas servidas con respeto y palabras que iban y venían entre la confianza y la prudencia.

A mi lado permanecía Panchi Esperanza, silenciosa, observadora. Después de un buen rato, suavemente me dio un codazo, como diciéndome sin palabras que ya era hora de retirarnos. La noté nerviosa entre tanto hombre armado… y, para ser franco, yo también empezaba a sentir el peso del desvelo y la tensión acumulada.

Le entendí el gesto.

Me puse de pie, me despedí del comandante del grupo, quien me agradeció el trabajo cultural, musical, teatral y dancístico que habíamos llevado hasta ese lugar. Sus palabras fueron sinceras, casi cálidas.

Salimos entonces hacia la noche cerrada de Santa Rita. Y mientras caminábamos rumbo al alojamiento, con el eco lejano de las voces aún encendidas en la casa comunal, comprendí que aquella había sido, sin duda, una noche de sobresalto… pero también una noche donde el teatro, una vez más, había logrado tender un puente improbable en medio de la incertidumbre.

Y mientras caminábamos rumbo al alojamiento, con el eco lejano de las voces aún encendidas en la casa comunal, comprendí que aquella había sido, sin duda, una noche de sobresalto… pero también una noche donde el teatro, una vez más, había logrado tender un puente improbable en medio de la incertidumbre.

Así, entre noches de tensión rural y ecos de reconocimiento artístico, nuestras obras iban tejiendo destino: unas veces en medio del sobresalto… otras, bajo la luz promisoria de nuevos escenarios.

Después del susto ...

Porque sí que fue susto, aunque ahora lo neguemos con heroísmo tardío— emprendimos el regreso hacia Neiva, montados en la inefable “chiva”, ese carro escalera que más que transporte es confesionario ambulante. Apenas comenzó el descenso por los caminos polvorientos de aquella vereda de Santa Rita, la tensión se aflojó como cuerda vieja y entonces sí: estallaron las risas, las burlas y las versiones exageradas de lo vivido.

Los muchachos del teatro, inflando el pecho como gallos de corral, juraban que ellos no se habían asustado en absoluto, que por el contrario la habían pasado “muy sabroso” en el festival. “Las que estaban asustadas eran las chicas”, decían, muy orondos. Y entonces Julia, con ese tono suyo entre firme y divertido, respondió:

¿Y qué querían que hiciéramos con esos hombres allí, todos armados? ¿Ponernos a pedirles autógrafos?

Nosotras —dijo ella— nos fuimos a dormir de inmediato. Pero Esperanza se quedó, claro está, porque andaba acompañada de su amor, Tino, y así cualquiera se siente protegida.

No, mijita, yo también estaba asustada —aclaró Panchi, levantando la voz entre el traqueteo del motor—. Hasta le hice una señal a Consta para que nos fuéramos al alojamiento.

La carcajada general casi hace tambalear la chiva en una curva.

Pero el que, según Carlos, “sí la pasó sabroso” fue Eulises.

Hizo el viacrucis y lo crucificaron —anunció con solemnidad burlona.

Y no era cualquier cosa. Eulises, el mismo que en el barrio pasaba las tardes levantando pesas como si quisiera desafiar la gravedad, el que convertía cualquier rincón en gimnasio improvisado, fue esa tarde el elegido para cargar la cruz. En Katakandrú había talentos de todo tipo, pero el de Eulises se imponía desde antes de hablar: era un hombre hecho a pulso, literalmente. Su relación con las pesas no era un pasatiempo, era casi un ritual. Donde hubiera un espacio libre, él veía un gimnasio posible. Donde otros veían descanso, él encontraba entrenamiento.

Tenía el cuerpo curtido por el esfuerzo y la disciplina, pero no era solo fuerza lo que lo definía. Había en él una nobleza silenciosa, una forma directa de estar en el mundo, sin adornos ni pretensiones.

Por eso, cuando llegó el momento de representar la crucifixión, nadie dudó.

Eulises cargó la cruz como había cargado tantas veces el hierro: con el cuerpo firme, los dientes apretados y una determinación que no pedía aplausos. Pero aquella tarde en Santa Rita, entendió que no era lo mismo levantar pesas que cargar símbolos. El peso no solo recaía sobre los hombros, sino también sobre la mirada de quienes observaban.

Y aun así, no se quebró.

Lo hizo como hacía todo: con entrega.

Después vendrían las risas, los cuentos exagerados, las versiones infladas por la memoria colectiva. Pero en medio de la burla y la camaradería, quedaba una verdad intacta: Eulises siempre respondía cuando el grupo lo necesitaba.

Era, en esencia, eso: fuerza al servicio del colectivo, disciplina sin alarde, y un corazón que, aunque no hiciera ruido, nunca dejó de estar presente en el pulso de Katakandrú

Eulises, sobándose todavía el hombro, protestó:

¿Ustedes creen que cargar una cruz por toda esa subida era fácil? Eso no era barra ni mancuerna… eso era peso de verdad. ¡Hasta me pelé el hombro!. Ya me hubiera gustado ver a uno de ustedes con semejante peso.

Pero tuvo su recompensa en el baile —terció “Apayayú”, siempre listo para avivar el fuego—. Las muchachas estaban pegadas a él… que hasta una se quitó los calzones por el crucificado.

Aquello desató una algarabía monumental. Eulises, rojo como tomate, levantó la mano:

¡No señor! No invente, que por eso nacen los chismes. La verdad fue otra. Estábamos bailando y a ella le dio por brincar; se le reventó el cauchito y se le soltó el panti. Yo la cubrí de inmediato para evitarle la vergüenza. Nada más. Después la acompañé para que se cambiara… y ya.

Las risas fueron tan sonoras que algunos campesinos en el camino nos miraban como si transportaran un circo itinerante.

Entonces Amparo, más seria, lanzó la pregunta que todavía flotaba en el ambiente:

Bueno, ¿y quién era esa gente?

Fulvio respondió en voz más baja:

Militantes opuestos al gobierno… gente que lucha en las montañas.

El silencio se acomodó un momento entre nosotros, como pasajero inesperado.

¿Y qué le dijeron a usted, señor director? —preguntaron al fin.

Le conté al grupo que aquellos hombres aseguraron conocer ya el trabajo cultural y deportivo de los Katakos. Dijeron que les agradaba lo que veníamos haciendo, que la juventud organizada y creadora siempre despierta respeto, aun en medio de las diferencias y los caminos ásperos.

Y así, entre bromas, confesiones y reflexiones, fuimos dejando atrás la vereda. El sol comenzaba a caer cuando divisamos de nuevo los contornos familiares de Neiva. Concluíamos la actividad cultural en Santa Rita con la satisfacción de haber cumplido: teatro, deporte, integración, música y hasta viacrucis incluido. Trabajo completo, como suele decirse, al estilo nuestro —con susto, risa y anécdota—, que es la mejor manera de que la memoria no se oxide.

Escribo estas líneas aún con el eco de aquellas carcajadas resonando en los oídos. Porque si algo aprendimos ese día es que el miedo compartido se vuelve cuento, y el cuento, cuando se narra entre amigos, termina siendo casi una hazaña.































CAPITULO 20

Ríos, caminos y otras lecciones

Katakandrú no fue solamente un grupo de excursiones sin propósito ni una suma de viajes improvisados. Cada salida tenía un sentido claro y una intención formativa. Nos interesaba el cuidado del medio ambiente y la protección de la naturaleza como principios esenciales, no como consignas pasajeras. En cada travesía aprendíamos a observar el entorno con respeto, a no dejar huella dañina y a comprender que el territorio no nos pertenecía, sino que nosotros pertenecíamos a él.

Recuerdo cómo, antes de emprender camino hacia el Lago del Juncal, organizábamos jornadas de sensibilización sobre la limpieza de sus orillas; o cómo en los alrededores de los Termales de Rivera hablábamos de la importancia de preservar las fuentes hídricas que brotan generosas desde la tierra. Incluso cuando visitábamos el Parque Arqueológico de San Agustín, entendíamos que proteger el patrimonio natural y cultural era una misma tarea: cuidar la memoria viva del paisaje.

Así, Katakandrú fue también escuela de conciencia ecológica. Entre risas, caminatas y silencios compartidos, aprendimos que amar la naturaleza no es solo admirarla, sino defenderla, respetarla y transmitir a otros el compromiso de conservarla para las generaciones futuras.

Cada mes, el grupo tenía programada una salida, como si el arte necesitara también respirar en la naturaleza y en la historia. Estas excursiones fortalecían los lazos entre los integrantes y la comunidad, convirtiéndose en rituales de pertenencia y aprendizaje.

La importancia de Carlos y Amparo fue decisiva: sin ellos, la dimensión social de Katakandrú no habría alcanzado la fuerza que tuvo. Carlos, con su capacidad organizativa, garantizaba que la práctica del grupo se sostuviera en lo material. Amparo, con su espíritu cálido y comunitario, daba sentido humano y emocional a cada encuentro. Juntos, hicieron que Katakandrú no fuera solo un grupo artístico o deportivo sino una escuela de vida, un espacio donde el talento se fundía con la convivencia, la memoria y la celebración.

Así, Katakandrú se consolidó como un referente cultural y social de Neiva, un grupo que no solo representaba obras, sino que también construía comunidad, celebraba la vida y dejaba huella en cada rincón que visitaba.

 fue precisamente en esos caminos —lejos del escenario y más cerca de la tierra— donde comenzaron a ocurrir las historias que aún hoy se resisten a quedarse en el olvido.  

Salida a la cabecera del río Las Ceibas

Entre tantas escenas que el tiempo no ha logrado borrar, siempre vuelve a mí aquella salida a la cabecera del río Las Ceibas. Tal vez porque en ella estuvo todo lo que éramos: la aventura, la improvisación, el conocimiento aprendido a fuerza de tesón.

Fuimos a acampar con la emoción intacta. Pero desde el día había señales: el cielo, cargado y espeso, nos advertía que la noche no sería amable. Por eso decidimos instalarnos en la parte alta del río Las Ceibas, resguardados detrás de un gran peñón que parecía ofrecernos protección. Aseguramos bien las carpas, reforzando los amarres con estacas hundidas en la tierra y piedras pesadas, como si presintiéramos que aquello no sería suficiente. Y no lo fue.

Hacia las ocho de la noche, la lluvia comenzó a caer con insistencia. No era violenta al inicio, sino constante… obstinada. Pero poco a poco fue creciendo, hasta convertirse en una tormenta. El viento empezó a silbar con furia, atravesando la montaña parecido a un lamento indígena; los árboles se inclinaban a su paso, y cedieron ante una fuerza que no podían contener.

Entonces el cielo se abrió.

Relámpagos rasgaron la oscuridad en llamaradas vivas, iluminándolo todo por instantes. El trueno llegó después… profundo, descomunal, y lanzó su latigazo de fuego que abrió en dos al gran árbol de eucalipto que se alzaba a orillas del río, haciendo vibrar la tierra misma bajo nuestros cuerpos. No era solo una tormenta: era una presencia.

Refugiados en las carpas, permanecíamos en silencio, escuchando, esperando… preguntándonos si resistirían.

Fue entonces cuando vi lo que hacían Abraham, Leonidas, Edgar y Omar. Con un tarro improvisaron una especie de candelabro: dentro, un pedazo de vela encendida. La colocaron con cuidado, un poco alejada de las carpas, expuesta a la noche.

¿Y eso? —pregunté.

Abraham respondió sin dudar:

Para calmar la tormenta.

Omar asintió en silencio. Y Leonidas, con una serenidad extraña, añadió que su abuela lo hacía cuando el cielo se enfurecía.

Las muchachas, por su parte, permanecían juntas, orando en voz baja, aferradas unas a otras, mientras el viento seguía golpeando como si quisiera arrancarnos de la montaña.

El tiempo se volvió espeso.

La lluvia no cedía. El viento no descansaba. La vela, pequeña y frágil, resistía.

Y nosotros… esperábamos.

Pasó la medianoche. Nadie hablaba. Solo el sonido de la tormenta… y esa llama temblorosa, solitaria, enfrentando la oscuridad.

Y entonces ocurrió.

No sabría decir si fue coincidencia, fe o simple azar… pero en el preciso instante en que la vela se consumió, la tormenta comenzó a ceder. Y después el viento, pacífico se retiraba lentamente. Luego la lluvia dejó de golpear y se volvió apenas un murmullo. Quedó una llovizna leve… y posteriormente, nada. El silencio regresó. Un silencio extraño, como si la noche, por fin, hubiera decidido dejarnos en paz.

Pero no todo se aquietó.

Allá abajo, el río seguía despierto. Crecido y turbio, se había vuelto barrial y rebelde; bramaba en la inmensidad de la noche, arrastrando hojas, maderos y monte, y chocaba con furia contra las piedras y los montículos que encontraba a su paso. Y en medio de esa fuerza desbordada, nos negaba lo más esencial: el agua limpia para beber o preparar los alimentos.



Pero ya para entonces no éramos principiantes.

Habíamos aprendido que la naturaleza no se opone: enseña.

Y fue ahí, en medio del barro y la necesidad, donde pusimos en práctica uno de esos saberes que no vienen de los libros, sino de la experiencia. :

Buscamos un punto firme, a pocos metros de la orilla, donde la tierra fuera arenosa. Excavamos un hoyo de unos cuarenta centímetros y esperamos. El agua comenzó a filtrarse lentamente, primero turbia, luego más clara. La retiramos, limpiamos el fondo y construimos un filtro con lo que teníamos: grava fina, tela, carbón vegetal, otra capa de tela. Volvimos a esperar.

Y entonces ocurrió. El agua regresó distinta. Más limpia. Más serena. Como si la tierra la hubiera pensado antes de entregárnosla. No era milagro. Era paciencia. Aun así, la hervimos, acatando el mando de la prudencia, y con ella preparamos el almuerzo.

A la hora del sancocho, la responsabilidad cayó sobre Ever, Humberto y sobre mí, como tantas otras veces. Mientras el grupo se dispersaba entre senderos y charcos, intentando pescar o simplemente explorar, con nosotros se quedó Panchi —Esperanza—, cuya sola presencia hacía más llevadera cualquier tarea.

Colgamos la olla bajo un árbol frondoso, sin sospechar que en sus ramas habitaba otro tipo de compañía. Cuando la sopa comenzó a hervir, los primeros en “probarla” fueron ellos.

Gusanos.

Uno a uno, silenciosos, inevitables, comenzaron a caer dentro del sancocho. Pense: la montaña también quiso participar en la receta.

Nos dimos cuenta tarde. Demasiado tarde. La olla ya estaba lista.

Nos miramos sin hablar. El hambre, el cansancio y la responsabilidad no dejaban mucho margen para decisiones heroicas. Ever tomó el control con una serenidad admirable: sacó un colador y, sin aspavientos, fue retirando los intrusos uno por uno, corrigiendo el error sin dramatizarlo.

Luego probó. Se detuvo un segundo. Y dijo, con total convicción:

Está buenísima.

Solo pidió una cosa:

No le digamos a nadie.

Panchi dudó. Lo vi en su rostro. Pero también vi cómo el hambre terminaba inclinando la balanza. Probó… y no dijo nada. Sellamos el secreto con una risa contenida y servimos la comida cuando el grupo regresó.

Todos comieron. Todos repitieron. Y todos coincidieron en lo mismo:

Este sancocho quedó mejor que nunca.

La risa de Panchi fue inevitable. Se le escapó como se escapan las verdades que no quieren quedarse guardadas. Y cuando contó lo ocurrido, esperamos el reclamo, el gesto de asco, la indignación tardía.

Pero no. Lo que vino fue una carcajada colectiva. De esas que limpian más que el agua. De esas que vuelven liviano cualquier error.

Así era Katakandrú.

Incluso en lo inesperado, incluso en el error, había aprendizaje. Nadie señaló. Nadie juzgó. La risa nos volvió a reunir alrededor del fuego, de la olla… y de la historia que, desde entonces, se quedó con nosotros.

Hoy entiendo que esas salidas no eran simples excursiones.

Eran ensayos de vida.

Aprendimos a confiar, a resolver, a reírnos de nosotros mismos. Y en medio del barro, la tormenta, la lluvia y un sancocho plausible, descubrimos que la memoria no se construye con lo perfecto… sino con lo vivido.

Con lo compartido. Con lo nuestro.





















CAPITULO 21

caminos que se pierden, memorias que regresan

Hay viajes que comienzan mucho antes de llegar al destino.
Empiezan en los preparativos, en la emoción compartida, en ese ir y venir de mochilas, listas y decisiones que, sin saberlo, ya anuncian que algo distinto está por ocurrir.

La salida hacia Paicol fue una de esas.

Íbamos con el entusiasmo intacto, como siempre: convencidos de que cada camino traía algo más que paisaje. No era solo una excursión; era una forma de aprender, de encontrarnos y de poner a prueba, una vez más, ese espíritu colectivo que nos definía. Pero antes de que la naturaleza, el misterio y la noche hicieran lo suyo… la realidad —terrenal, simple y casi burlona— nos tenía preparada otra lección.

Una carpa. Una sola carpa.

Y un enredo que, sin saberlo, sería apenas el comienzo de una historia donde no todo iba a tener una explicación tan sencilla.

Aquel día salimos muy contentos desde la ciudad de Neiva con destino al municipio de Paicol. La emoción era evidente: no solo se trataba de una caminata más, sino de una expedición que combinaba recreación, exploración y campamento en la ya mencionada Caja de Agua.

Sin embargo, antes de llegar a nuestro destino final, debíamos hacer una parada estratégica en el municipio de Tesalia, donde residía Yineth Ramírez socia del grupo. Allí completaríamos la logística: alimentos, utensilios, revisión de equipos y organización de las carpas para pasar la noche.

Todo marchaba con normalidad hasta que decidimos hacer el inventario del equipo de camping.

Fue entonces cuando surgió el imprevisto.

Falta una carpa… —dijo Carlos Másmela, revisando nuevamente los bolsos.

Al principio pensamos que era un simple error de conteo. Volvimos a revisar. Nada. La carpa no aparecía.

La hipótesis más lógica fue inmediata: seguramente se había quedado en el bus en el que viajamos desde Neiva.

En ese momento, con su acostumbrada determinación, Eulises sentenció:

Hay que ir hasta La Plata, donde es la parada final del bus, y reclamar la carpa.

La decisión se tomó sin mayor discusión. Había que recuperarla, sobre todo porque no era cualquier equipo: varias de esas carpas habían sido prestadas por Coldeportes, y existía la responsabilidad moral de responder por ellas.

De inmediato consiguieron una motocicleta y partieron hacia La Plata Carlos Másmela —encargado directo de las carpas— y el propio Eulises.

La espera se hizo larga en Tesalia. Entre comentarios, bromas nerviosas y cálculos de responsabilidad, todos sabíamos que el más angustiado era Carlos. No dejaba de pensar en ese elemento prestado si no aparecía.

Horas después regresaron. Al verlos, corrimos a preguntar. pero la respuesta no fue la esperada. El conductor del bus les había informado que en el vehículo no se había quedado ningún elemento de los pasajeros. La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y desconcertante: —¿Entonces… esa carpa dónde quedó?

Aunque el incidente no logró detener la expedición, la preocupación acompañó silenciosamente la visita a Caja de Agua; pero con ese pequeño sinsabor logístico rondando en la mente, especialmente en la de Carlos.


Caverna caja de agua, Paicol

entrada ( 1980)



S alida de caja de agua al otro lado de la montaña

La Caja de Agua: entre la memoria y lo inexplicable

Dentro de las múltiples salidas que realizábamos —siempre con el propósito de reconocer nuestros territorios y dejar constancia de su estado ante las autoridades—, la expedición a la Caja de Agua, en el municipio de Paicol, permanece intacta en la memoria.

No era un destino cualquiera. Sobre ese lugar flotaba un aire antiguo, tejido de relatos que los mayores repetían con una mezcla de certeza y misterio. Decían que por allí pasaba un viejo camino ancestral que conducía, según la leyenda, hasta el Perú. Nadie lo había comprobado, pero tampoco nadie se atrevía a negar del todo.

Antes de llegar, hicimos una breve parada en una casa campesina. Un hombre —don Raúl— nos recibió con café caliente y una mirada que parecía saber más de lo que decía.

Allá pasan cosas… —murmuró, evitando sostenernos la mirada—. No todo lo que se ve… es gente.

Luego, como si abriera una puerta que no debía abrirse, empezó a nombrar lo que habitaba esos montes: la Madre Monte, el Mohán, la Candileja… presencias que uno escucha desde niño, pero que en ese instante, en medio del silencio del campo, adquirían otro peso.

Nos habló de una niña.

Decían que el Mohán la había escogido. Que la llamaba por las noches. Que al amanecer aparecía con arañazos y el miedo prendido en los ojos. Que hablaba sola… o eso creían.

No era sola… —dijo don Raúl en voz baja—. Alguien le respondía.

No preguntamos más.

Seguimos el camino.

Llegar a la Caja de Agua no era fácil. El lugar estaba abandonado, devorado por la maleza, sin senderos claros. Más que caminar, uno adivinaba por dónde avanzar. Era un sitio olvidado… o tal vez, resguardado..

Al llegar, desde la planicie y al otro lado de la quebrada, se nos reveló una imagen que nos dejó inmóviles: la boca de una caverna que, por su forma y profundidad, parecía el ojo de un gigante. Un ojo abierto en la montaña, oscuro, inmenso, vigilante… como si desde allí alguien —o algo— nos observara con detenimiento, interrogando en silencio nuestra presencia.
Nos quedamos frente a él, sobrecogidos. Había en esa mirada de piedra una mezcla extraña de temor y fascinación: imponía respeto, casi miedo, pero al mismo tiempo despertaba una admiración profunda, estacamos ante una fuerza antigua, orgullosa, que llevaba siglos contemplando el paso fugaz de los hombres.

Entramos por un sendero angosto, casi tenebroso. A un lado, la pared húmeda de la montaña; al otro, un pequeño precipicio que obligaba a medir cada paso. No era un camino para distraídos.

Al llegar a la gran entrada de la caverna, nos detuvimos. Nos sentamos un momento, tratando de abarcar con la mirada aquel espacio inmenso y oscuro. Desde allí se abrían varios estrechos y pasadizos, diversas venas que se internaban en el cuerpo de la montaña. Avanzamos un poco, por simple curiosidad, pero no quisimos adentrarnos demasiado. Ya nos habían advertido: ese lugar podía confundir, desorientar… perder.

Regresamos hacia la planicie con la intención de montar las carpas y preparar los alimentos. Pero al llegar, algo no estaba bien. Faltaban Luis Ángel, Olga, Leonidas,Victoria y Archi.

Yo los vi —dijo Mélida—. Se metieron más adentro que nosotros.

Pensaron que íbamos detrás —respondió Victor—. Cuando nosotros nos devolvimos… ellos ya no estaban.

Decidimos esperar. Pero el tiempo pasó… y no regresaban. La inquietud empezó a crecer. Entonces tomamos la decisión: entrar a buscarlos.

Fuimos Armando, Nacho, Abraham, Ever, yo… y “Cual”, nuestro perro guardián. Así se llamaba: Cual. Y aunque el nombre sonara simple, su instinto no lo era. Era fiel, atento… y sobre todo, profundamente apegado a Archi.

Al internarnos en la caverna, la luz comenzó a desaparecer poco a poco. Fue cuando vimos algunas huellas pegadas a la pared, marcas recientes.

Soltamos a Cual.

El perro se acercó, olfateó con atención… y de pronto levantó la cabeza. Su cuerpo se tensó. Como si hubiera reconocido algo.

Y sin dudarlo, salió disparado. Armando reaccionó de inmediato y corrió tras él. Nosotros nos quedamos atrás, inmóviles por un instante, viendo cómo ambos se perdían en la profundidad de la caverna. El eco de sus pasos se apagó… y quedamos en silencio.

Decidimos regresar a la entrada. No había mucho más que hacer. Nos sentamos allí, junto al murmullo del arroyo que se deslizaba entre los pedruscos, serpenteando en el riada.

El tiempo empezó a estirarse más de lo normal, como si cada minuto pesara. Demasiado largo para la calma que intentábamos fingir. Sin noticias de quienes habían quedado atrapados en el interior de la caverna —sin saber qué les había ocurrido allá adentro—, tomé la decisión de regresar al campamento y esperar allí su llegada, con la incertidumbre clavada en el pecho.

Tomamos la merienda al caer la noche. Y fue entonces cuando ocurrió.

Primero, la luz. Apareció a lo lejos, débil, temblorosa. No era fija. Se movía con una lentitud irregular, como si flotara… o como si buscara.

Luego, el silencio.

Nadie dio una orden, pero todos hicimos lo mismo: nos refugiamos en las carpas. El aire se volvió denso, pesado. Y entonces… los sonidos. Resoplidos. Cercanos. Húmedos. Demasiado reales. Se escuchaban justo al frente, como si algo olfateara el lugar donde estábamos.

La luz se acercó. Se filtró a través de la tela. Y después, la voz:

Buenas noches…

Grave. Arrastrada. Antigua. El saludo quedó suspendido en el aire.

Buenas noches… —repitió.

Esta vez respondimos. Salimos. Y allí estaba.

Era un hombre alto, inmóvil, sosteniendo una yegua del cabestro. La lámpara que llevaba apenas iluminaba su rostro, oculto bajo un sombrero grande. Había algo extraño en él: demasiado quieto… demasiado presente.

Dijo que buscaba su camino, que tenía afán. Pero no se movía como alguien apurado. No preguntó quiénes éramos ni mostró sorpresa al vernos; simplemente estuvo allí, unos segundos, como si siempre hubiera estado. Luego habló de los muchachos que seguían dentro de la caverna: que no nos preocupáramos. Venía del otro lado de la montaña, explicó; andaba buscando su yegua y había alcanzado a oír el latido de un perro a pocos metros de la desembocadura de la caverna. Creo que no se atrevieron a continuar porque ya había oscurecido, sin saber que estaban muy cerca de salir.

Y sin más, se fue. Sin despedirse. El sonido de sus pasos se desvaneció con rapidez, como si nunca hubiera estado allí. Nos calmamos con la noticia y nos dispusimos a dormir-

A la mañana siguiente, todo parecía normal. Demasiado normal.

De pronto, desde el otro lado de la cascada, se escuchó un sonido familiar. Un ladrido. Cual. Apareció corriendo hacia mi, con la lengua afuera y la cola agitada, como si celebrara el hallazgo. Detrás de él venían los otros. Habían salido por la parte trasera de la montaña. como lo dijo el campesino

Se sentaron con nosotros, todavía agitados. Armando fue el primero en hablar: —Estaban casi al final del túnel… mirando las cavidades cuando me acerque a ellos.

Archi fue quien terminó de armar la historia, como si al contarla también terminara de salir de la caverna:

Nos pegamos a la pared principal. Si uno no se suelta de ella, siempre termina llevándolo a la salida. Eso hicimos.

Luis Ángel añadió que, en el camino, habían visto entradas derrumbadas y otras que se abrían hacia zonas más profundas, oscuras, tentadoras y peligrosas. Pero decidieron no arriesgarse. Fue entonces cuando apareció Armando, con Cual a su lado. No hubo muchas preguntas: algo en su presencia bastó para ordenar el rumbo.

Olga decidió que debíamos quedarnos —continuó Archi—. Ya había oscurecido y no tenía sentido seguir a ciegas. Esperamos. Y hoy, apenas amaneció, retomamos la pared. A los pocos minutos sentimos una corriente de aire… y supimos que estábamos cerca. Era la salida corta, la del otro lado de la montaña.

Al decirlo, señaló hacia atrás, como si aún pudiera ver el trayecto en la oscuridad.

Eso sí —agregó, ya más sereno—, hay que tener cuidado. Si uno se desprende de esa pared guía, puede terminar en cualquier parte.

Cuando finalmente cruzaron la boca de la caverna, la luz los golpeó con una claridad casi irreal. Afuera, el paisaje parecía intacto, ajeno a todo lo que habían vivido dentro. Y allí estábamos nosotros.

El encuentro fue silencioso al principio, como si necesitáramos confirmarnos con la mirada que, en efecto, todos habíamos vuelto.

Armando miró a Cual. Había sido él quien encontró el rastro, quien no dudó, quien sostuvo la dirección cuando todo era incertidumbre. Yo, en cambio, simplemente lo seguía.

Salir de la caverna no fue solo encontrar la luz, sino comprender que, en medio de la oscuridad, la verdadera guía no estaba en los ojos, sino en la decisión de no perder el rumbo interior.

Después del impase, nos dispusimos a desayunar. Pero ya no éramos los mismos. Algo en la caverna —y en ese perro— nos había recordado que, en ciertos lugares, el instinto ve lo que los ojos no alcanzan.

Regresamos al pueblo. Buscamos a don Raúl. Le contamos. Su expresión cambió apenas un instante. o fue sorpresa. Fue reconocimiento.

Eso no puede ser… —dijo.

Y entonces nos habló del hombre que vivía en la parte baja. Del dueño del lugar. De cómo había muerto años atrás, desbarrancado junto a su yegua.

Luego preguntó, con una precisión inquietante:

¿La yegua era oscura… con una mancha blanca?

Asentimos.

¿Y el hombre… alto, delgado, con sombrero grande?

Volvimos a asentir.

Don Raúl bajó la mirada.

No era ningún caminante… Hizo una pausa.

A ustedes se les apareció don Chucho… Él murió con su yegua. Se los advertí: ese sitio guarda secretos inquietantes.

Nadie dijo nada. Porque todos entendimos. Esa noche… no estuvimos solos.

Más allá de la experiencia, la Caja de Agua nos reveló también su grandeza. Un lugar de formaciones rocosas imponentes, cavernas profundas y un eco que parecía venir desde el corazón de la tierra. Un sitio que imponía respeto. Casi sagrado. Pero también olvidado: cubierto por la maleza, sin senderos, sin reconocimiento.
Y ahí fue cuando todo cobró sentido. No habíamos estado solos. Aquella presencia de la noche —silenciosa, vigilante— no había sido amenaza, sino advertencia… o tal vez apoyo.

Como si el lugar, a través de su antiguo cuidador, nos hubiera permitido entrar… y luego, sin decirlo, nos hubiera escoltado hasta la salida

A veces, lo inexplicable no llega para sembrar miedo, sino para sostener el ánimo: como si, en la hora más oscura, la realidad se entreabriera apenas lo necesario para recordarnos que no caminamos a la deriva o desamparados.

Fieles a nuestro compromiso, elevamos un informe a las autoridades municipales. No desde la queja, sino desde el amor por la tierra.

Tiempo después, el lugar fue recuperado: limpiado, habilitado, reconocido.

Hoy, la Caja de Agua ya no es un paraje oculto. Es un sitio de visita. De memoria. De orgullo. Y cada vez que su nombre regresa, no es el sendero lo primero que aparece. Ni las rocas. Ni las cavernas. Es aquella noche. La luz. El resuello. La voz.

Y la certeza —silenciosa pero firme— de que hay lugares donde la memoria no descansa del todo. Algunas cosas no se van. Algunas cosas… siguen allí.

Ya de regreso en la ciudad de Neiva, se resolvió el misterio de la manera más inesperada y hasta risible. La carpa nunca se quedó en el bus. Había permanecido todo el tiempo debajo de una mesa en la casa de los Bellos, lugar donde se había hecho parte de la organización previa al viaje.

Cuando apareció, intacta y silenciosa, el peso que cargo Carlos durante la travesía, se evaporo de golpe. Como él mismo dijo entre risa y suspiro: —¡Ahora sí me volvió el alma al cuerpo! Y así, entre susto y alivio, aquella salida a la Caja de Agua no solo dejó aprendizajes comunitarios y ambientales, dejo también una anécdota inolvidable que aún hoy nos arranca sonrisas cuando la recordamos.



























CAPITULO 22

Cuando la vida también entra en escena

Aquella noche en la tabernita de Vale no parecía destinada a cambiarme la vida. Era una de tantas reuniones en las que hacíamos inventario de recuerdos: salidas, caminatas, anécdotas que ya empezaban a convertirse en historia. El humo de los cigarrillos dibujaba una nube baja sobre las mesas, y el murmullo de otras conversaciones se mezclaba con nuestras risas.

Pero yo no estaba en la misma sintonía.

Tenía la mirada clavada en la botella, dándole vueltas a un altercado reciente con Panchi. A esas alturas ya éramos novios, aunque esa noche la palabra parecía quedarme grande. Guardaba silencio… y en ese grupo el silencio no pasa desapercibido.

Eso es problema con Panchita —soltó Ever.

Ese silencio es de hombre regañado —remató el tío Pepe.

La recocha no tardó. Intenté disimular, pero era inútil. Entonces Carlos, como quien lanza una piedra al centro del lago, dijo:

Esa relación ya debe oficializarse.

No sonó a broma. Ever levantó el vaso: —Si Constan se casa, Carlos y yo le damos el equipo de sonido.

Richard, mi hermano, sin apuro, añadió: —Yo le doy la cama doble.

Yineth ofreció la vajilla. Fulvio prometió un televisor. Mi tío Pedro aseguró el ventilador. Uno a uno fueron sumando cosas, como si ya todo estuviera decidido desde antes y solo faltara que yo me diera por enterado. Entonces vino la condición:

Pero se casa en la fecha que nosotros digamos.

Sentí que el aire se volvía más espeso.

Bueno… ¿y cuál es esa fecha?

Se levantaron, hicieron un corrillo, murmuraron como jurado de sentencia. Volvieron y, en coro: —El 24 de diciembre. Quedé inmóvil. Era 12 de agosto. Cuatro meses y doce días para organizar una vida.

La taberna siguió su curso, pero para mí el mundo se redujo a esa fecha. Navidad. Mientras los demás hablaban de fútbol y política, yo ya estaba discutiendo con mi destino.

Pedí silencio. Me puse de pie. —Acepto. La explosión fue inmediata. Abrazos, gritos, risas. Pero alcancé a decir: —Eso sí… el que no cumpla, responde.

Entonces, desde un rincón, mi padre, don Sixto, habló con una calma que pesaba más que cualquier alboroto: —Por las argollas no se preocupe. Yo las doy. Y añadió, como quien confirma algo que ya estaba resuelto: —Eso ya lo habíamos hablado… solo faltaba empujarlo.

Ahí entendí. No era una ocurrencia. Era una decisión colectiva que venía cocinándose en silencio. Esa noche salí con un compromiso sellado entre risas… y una pregunta latiendo:

¿Cómo le iba a decir a la Panchi que ya teníamos fecha… y que sería en Navidad?

Pasaron pocos días, pero se sintieron largos. Fui a verla una tarde, cuando el sol ya aflojaba. Me recibió seria. El altercado aún estaba presente, pero no intacto. Hablamos despacio, como quien desarma un nudo. Nos reconciliamos. Y entonces solté la noticia. Le conté todo. Ella escuchó en silencio.

Mi mamá no va a estar de acuerdo —dijo—. La mayor es la que debe casarse primero. Ahí apareció la tradición, firme como una pared.

Intenté aplazarlo: —Esperamos. Me gradúo y luego… Pero al decirlo entendí lo que implicaba. Dos años.

¿Dos años? —repitió—. ¿Y si usted se va con otra? No era reclamo. Era miedo. Y entonces decidí.

No. Pase lo que pase… es el 24 de diciembre. Me sostuvo la mirada. —Entonces que así sea. Y agregó, sin titubeo: —El problema de mi hermana lo resuelven ellos.

Ahí se selló todo.

Faltaba lo más importante: hablar con sus padres.

Eso no era una visita cualquiera. Era un ritual. Había que presentarse con respeto, demostrar responsabilidad, hablar claro. En esa época, el padre decidía… y la madre inclinaba la balanza.

Pero también estaba la norma: La hija mayor primero.

Doña Rafaela, con calma, dijo que no había problema. El novio de la mayor ya tenía planes para noviembre.

Don Eugenio no lo sabía. —¿Cómo así? —dijo—. ¿Y para cuándo es el de Ruth?

Y luego vino la preocupación verdadera: —Yo no tengo plata para dos matrimonios tan seguidos. El silencio fue corto, pero pesado.

Entonces mi madre Beatriz, habló: —Pongámonos de acuerdo . Nosotros ayudamos.

Fue como abrir una ventana. Porque no éramos solo dos. Era la familia. Eran los amigos. Era Katakandrú empujando. Así eran las cosas entonces. El matrimonio no era privado. Era colectivo. Era un compromiso compartido. Era, más que una decisión, un destino acompañado. Y yo, sin darme cuenta, ya había comenzado a vivirlo.



















CAPITULO 23

Hacia la puerta del desierto

Después del matrimonio, algo cambió. No de golpe, sino como se apaga una fogata: poco a poco.

Después de mi matrimonio transcurrieron algunos meses en los que Katakandrú aflojó el ritmo. Ya no eran tan frecuentes las caminatas, ni las tertulias largas bajo los árboles, ni las excursiones que nos mantenían despierto el espíritu. Cada quien empezó a ocuparse de sus nuevas responsabilidades, y el grupo parecía respirar más despacio, como si también necesitara adaptarse a esos cambios.

Una noche de sábado, en la tabernita de Vale, entre diálogos sencillos y risas sin mayor pretensión, alguien mencionó, casi al pasar, que en pocos días ocurriría un fenómeno estelar: una lluvia de meteoritos. Lo dijo como quien comenta el clima, pero en mí sonó distinto… como un llamado.

Levanté la mirada. Y en los ojos de los demás vi esa chispa que conocía bien. No era un comentario. Era una invitación del cielo.

¿Y dónde mejor para verla que en el desierto de la Tatacoa? —dije, casi sin pensarlo.

Hubo un breve silencio… y luego la respuesta fue unánime. Hacía meses que no salíamos. Ya era hora de volver al polvo rojizo, a las noches abiertas, al silencio profundo que sólo interrumpen los grillos y el viento. Desde ese instante, la reunión cambió de tono. Sacamos papel, lápiz… y comenzamos a organizarnos como en los viejos tiempos.

Anotamos lo esencial: carpas resistentes, estacas y martillos; colchonetas y sacos de dormir para enfrentar el frío de la noche; linternas con baterías de repuesto; cantimploras y suficientes galones de agua. También empacamos lo necesario para sostener el ánimo: café, panela, pan, enlatados… y la infaltable olla que siempre terminaba contando su propia historia.

No faltaron las mantas, las chaquetas gruesas y, por supuesto, una cámara, con la esperanza de atrapar en una imagen ese instante fugaz en que el cielo decide incendiarse.

Uno consiguió el transporte. Otro se encargó de los víveres. Yo asumí la tarea de confirmar la fecha exacta del fenómeno y avisar a quienes no estaban presentes esa noche. Y sin darnos cuenta, Katakandrú empezó a despertar. No era solo una excursión. Era un reencuentro.

En el fondo comprendí que, aunque el matrimonio me había abierto un nuevo camino, el grupo seguía siendo parte esencial de mi historia. Había vínculos que no se rompían con el tiempo… solo cambiaban de forma.

Y aquella lluvia de meteoritos no sería únicamente un espectáculo astronómico. Sería el pretexto perfecto para volver a mirarnos. Para recordar quiénes éramos. Y, sobre todo, para volver a mirar juntos el cielo… como si fuera la primera vez. Y una vez tomada la decisión, no hubo marcha atrás.

Pero el destino quiso ponernos a prueba, el primer tropiezo no tardó en aparecer.

La noche anterior al viaje, mientras terminábamos de organizar el equipaje, Yunto comenzó a mostrarse extrañamente inquieta. No era su energía habitual: estaba más sensible, se quejaba sin razón aparente y su frente empezó a calentarse. Bastó un cruce de miradas entre Esperanza y yo para entenderlo sin palabras.

Está caliente… —dijo ella, con la voz apenas contenida. El entusiasmo se nos vino al suelo de golpe.

Suspendimos todo por un momento. Las mochilas quedaron abiertas, la carpa a medio doblar, las linternas regadas sobre la mesa. Toda la atención se volcó en ella. Agua fresca, paños tibios, silencio. Cada minuto se sentía más largo que el anterior.

Y lo anterior no fue suficiente, la noticia no tardó en llegar a oídos de los abuelos.

¿Sí ve? —dijo con firmeza la abuela Beatriz, sin ocultar su preocupación—. Esa niña está muy pequeña para llevarla a ese desierto. Eso es puro calor de día y frío de noche… ustedes están tentando la suerte.

Sus palabras no eran un regaño vacío; eran advertencias cargadas de experiencia. Para ella, lo ocurrido esa noche no era un simple malestar pasajero, sino una señal clara de que algo podía salir mal.

Eso ya fue un aviso —insistió—. Después no digan que no se les dijo.

El ambiente se tensó. Por un instante, la idea de cancelar el viaje dejó de ser una posibilidad lejana y se volvió una opción real, casi inevitable.

Si sigue así, no vamos —dije finalmente, más convencido de lo que quería estar. Esperanza asintió. No hubo discusión.

Pero aveces suele ocurrir con los niños, la tormenta pasó casi tan rápido como llegó. Cerca de la medianoche, Yunito se quedó profundamente dormida, su respiración volvió a la calma y el calor en su frente empezó a ceder. La observamos largo rato. Necesitábamos asegurarnos de que todo estaba bien. Eran los dientesitos saliendo.

El alivio fue silencioso, pero no disipó del todo las palabras de la abuela. Quedaron flotando, y esa advertencia viajaría con nosotros.

No dijimos mucho después de eso. Solo retomamos, poco a poco, lo que habíamos dejado a medias. Esta vez con más cuidado, con más conciencia… y con una certeza nueva: aquel viaje no sería una aventura cualquiera.

El umbral de la Tatacoa

El recorrido fue sereno. Yunito durmió todo el trayecto, ajena al ruido metálico y al vaivén del camino. Dos horas después llegamos a Villavieja, donde el autoferro hizo su parada. Descendimos con mochilas, carpas, cantimploras y esa mezcla de entusiasmo y responsabilidad que nos acompañaba desde que decidimos llevar a nuestra pequeña.

Desde allí, el mundo comenzó a cambiar.

Atravesamos primero una especie de basurero o chatarrería, un lugar que parecía marcar el final de lo cotidiano. Más adelante, un pequeño bosque nos recibió con su sombra breve, parecía querernos retener un poco más antes de dejarnos partir. Caminamos bajo sus árboles en silencio, sintiendo el fresco pasajero que pronto empezaríamos a extrañar.

Pero el bosque quedó atrás sin que nos diéramos cuenta exactamente en qué momento.

No hubo una línea que lo marcara, ni un aviso, ni una frontera visible. Simplemente, la sombra dejó de acompañarnos. El aire cambió. Y la tierra, antes cubierta de hojas y raíces, comenzó a mostrarse desnuda, abierta, sin nada que ocultar.

Fue entonces cuando entendimos que habíamos entrado de verdad al Desierto de la Tatacoa.

El paisaje se desplegó ante nosotros con una fuerza silenciosa. Las formaciones rojizas se alzaban al igual que esculturas antiguas, moldeadas por el tiempo y el viento. No había ruido, salvo el de nuestros propios pasos y el leve roce del aire que nos recibía con un abrazo caliente y seco. Todo parecía suspendido, y el lugar mostraba su existencia a otro ritmo, ajeno al mundo que habíamos dejado atrás.

Nos detuvimos unos segundos, casi por instinto.

Nadie lo dijo, pero todos sentimos lo mismo: estábamos cruzando algo más que un espacio físico. Era el desierto que nos recibía… pero también nos ponía a prueba desde el primer instante.

Ajustamos las mochilas. Revisamos el agua. Miramos a Yunito. Y dimos el siguiente paso. Uno que ya no era de aproximación… sino de entrada.

A medida que avanzábamos, el sol fue ganando altura y con él llegó el verdadero carácter del Desierto de la Tatacoa. Lo que al inicio era un paisaje abierto y silencioso comenzó a sentirse vivo, exigente. El calor no era inmediato, sino progresivo, se instalaba enredándose en la piel con movimiento ascendente y poco a poco, hasta hacerse notar en cada paso.

El grupo, que había iniciado con entusiasmo, empezó a espaciarse. Algunos caminaban más adelante, marcando el ritmo; otros, más rezagados, buscaban administrar fuerzas. Nosotros nos mantuvimos en un punto medio, atentos a cada reacción de Yunito.

Ella, para sorpresa de todos, iba tranquila. A ratos observaba en silencio, con esos ojos curiosos que parecían querer abarcarlo todo; en otros momentos se aferraba al pecho de Luis Ángel, quien quiso cárgala un buen trayecto y se dejaba llevar por el vaivén del camino. De vez en cuando soltaba algún balbuceo, queriendo participar de la conversación del grupo, aunque nadie entendiera exactamente qué decía.

Parece que le gusta —comentó Panchi desde atrás.

Sonreímos, pero no bajamos la guardia.

Hicimos la primera pausa bajo la sombra escasa de un arbusto retorcido. El aire era áspero, y el silencio del lugar tenía un peso particular, casi reverencial. Aprovechamos para hidratarnos, humedecer un poco la cabeza de Yunito y revisar que todo estuviera en orden. Cada gesto, por pequeño que fuera, ahora tenía un significado mayor.

Fue allí donde vi a Luis Ángel desplegar su ingenio. Había recogido, en una chatarrería que dejamos atrás en el camino, el esqueleto oxidado de una sombrilla. Con un pedazo de lona maltratada y algunos alambres, comenzó a reconstruirla con paciencia artesanal. La escena tenía algo de quijotesco y algo profundamente entrañable.

El resultado fue sorprendente: una sombrilla firme y amplia para Yunito. No se detuvo ahí. También improvisó una especie de turbante, que humedecía constantemente para mantener fresca su cabeza. Aquella pequeña obra de ingeniería rústica fue, en medio del Desierto de la Tatacoa, un gesto de ternura y supervivencia.

Las chicas, siempre previsivas, también habían pensado en el calor. A un costado del camino ,antes de dejar el bosque, recogieron pencas de sibila, envolviéndolas con cuidado. Sabían —y nos lo repetían— que su cristal era un excelente humectante y ayudaba a mitigar las quemaduras del sol. En ese territorio donde cada rayo parecía una llama, cualquier recurso natural se convertía en aliado.

Retomamos la marcha.

Más adelante comenzaron a aparecer cardos robustos, guardianes silenciosos de la aridez. Entre ellos asomaban unas frutas ovaladas y coloridas. Archi, con seguridad campesina, afirmó que eran pitahayas. Recogimos varias, y Julia —que las conocía bien— fue la primera en probarlas. Su gesto aprobatorio nos animó a los demás. La pulpa fresca y dulce fue un regalo inesperado en medio de la sequedad.

Antes de internarnos por completo en la zona más árida, también habíamos recogido guayabita cimarrona, pequeña y silvestre, pero fragante y sabrosa. Aquellas provisiones, más que alimento, eran compañía en el camino.

Lester, por su parte, asumió una tarea especial. Durante un largo tramo tambien cargó a la niña, pero no en brazos ni sobre los hombros. Con habilidad casi ancestral, improvisó una mochila al estilo indígena y la aseguró a su espalda. Yunito quedó tan cómoda que, arrullada por el vaivén constante del paso y quizá por el murmullo lejano del viento, terminó profundamente dormida.

La imagen era conmovedora: la infancia descansando confiada mientras los mayores desafiábamos el calor.

Así, entre ingenios improvisados, frutos del camino y silencios ardientes, caminamos durante tres horas —no dos como habíamos previsto.

Fue en ese momento, mientras observaba el horizonte ondulado y rojizo, que recordé las palabras de la abuela Beatriz. De reproche, no; sino de advertencia viva, latiendo en medio de aquel paisaje.

Seguimos.

El terreno comenzó a volverse más irregular. Pequeñas cárcavas se abrían como grietas en la tierra, obligándonos a rodearlas o descender con cuidado. El camino ya no era una línea clara, sino una intuición compartida. El sol, ahora más alto, caía sin tregua.

Y entonces, a lo lejos, como una promesa en medio de la aridez, empezamos a distinguir un cambio en el paisaje. Un leve contraste de tonos, una insinuación de verde que rompía la monotonía del rojo y el ocre.

Debe ser el lugar que nos dijo Don Gilberto —murmuró Fulvio. Apretamos el paso, no por prisa, sino por esperanza. Porque en medio del desierto, cualquier sombra, cualquier indicio de agua, deja de ser un detalle… y se convierte en destino.

Al llegar al sitio indicado por don Gilberto, en una planicie abierta del Desierto de la Tatacoa, cada quien parecía saber exactamente lo que debía hacer. No hubo necesidad de órdenes: la experiencia de otras travesías hablaba por nosotros.

Nos distribuimos con rapidez. Mientras unos levantaban la carpa de las mujeres, otros organizaban la de almacenamiento de comida y aseguraban las herramientas de camping. El terreno, seco y pedregoso, ofrecía la firmeza justa para anclar las estacas. El viento, cada vez más decidido, nos recordaba que en el desierto todo debía hacerse con previsión.

El trabajo nos absorbió tanto que, por un momento, descuidamos lo más valioso: la niña.

¿Y Yunito? —preguntó de pronto Panchi, con un sobresalto que nos heló la sangre—. ¿Mi hija?

El silencio fue inmediato.

La última vez la vi con Lester —dijo alguien. Lester, sorprendido, respondió: —Yo la senté aquí, bajo la sombrilla… no sé qué pasó. Entonces notamos que Victoria tampoco estaba.

La inquietud creció sin necesidad de palabras. Corrimos hacia la puentecilla que descendía por la parte baja de la planicie. Allí, entre risas cristalinas y salpicaduras, estaban las dos: Victoria y Yunito jugaban con el agua que formaba un pequeño charco.

La angustia se disolvió en un instante.

El desierto, áspero y exigente, también sabía guardar esos pequeños milagros de frescura. Al caer la noche, el calor cedió lentamente y una brisa más amable comenzó a recorrer el campamento. Después de la cena —sencilla pero reconfortante— surgió el percance con Julia.

La pitahaya, que tan generosamente nos había ofrecido el camino, empezó a cobrar su precio. —Es una fruta muy agradable —explicó Samaris, enfermera de profesión—, pero también muy fibrosa; si se consume en exceso puede producir diarrea.

En el botiquín traemos algunos medicamentos —añadió Eulises con prontitud.

Pero había un inconveniente. Las creencias de Julia no le permitían tomar medicamentos convencionales.

Samaris, sin perder la calma, propuso: —Entonces cocinémosle algunas guayabas cimarronas. Eso puede ayudar a calmarle. Julia aceptó. No quiso probar más alimento y se retiró temprano a su carpa, buscando reposo.

La noche terminó de instalarse con solemnidad.

El cielo del desierto, limpio de nubes y de luces artificiales, comenzó a desplegar su espectáculo silencioso. Bermeo tomó la guitarra y dejó que algunas melodías suaves se elevaran en el aire tibio. Sus acordes parecían dialogar con la inmensidad.

Nos recostamos sobre mantas y mochilas, con la mirada fija en el firmamento. Esperábamos la lluvia de meteoritos. En aquel vasto escenario natural, lejos de todo bullicio, comprendimos que no solo habíamos llegado a un punto geográfico señalado por don Gilberto, sino a un espacio interior de asombro. El lugar, aunque modesto, tenía algo de milagro en medio de la aridez. Una fuentecilla de agua —mínima pero constante— brotaba con discreción, formando un pequeño hilo que apenas alcanzaba a humedecer la tierra. A su alrededor, un par de árboles resistían el rigor del desierto, ofreciendo una sombra breve pero agradecida.

La planicie se extendía serena, salpicada por manchas de hierba verde que parecían aferrarse a la vida con obstinación. Algunos montículos de tierra y roca rodeaban el sitio como un abrazo irregular, protegiendo ese pequeño oasis del viento abierto.

Más allá de ese círculo casi íntimo, comenzaba de nuevo la inmensidad: el desierto desnudo, silencioso, extendiéndose sin límites bajo el cielo.













CAPITULO 24

Cuando el cielo guarda silencio

A medida que la noche avanzaba sobre el Desierto de la Tatacoa, el calor del día se fue disipando con una rapidez casi sorprendente. Primero fue una brisa fresca; luego, un frío que empezó a calarse en los huesos. Tuvimos que recurrir a chaquetas, toallas y cuanto abrigo improvisado llevábamos en las mochilas. El desierto, que horas antes nos había probado con fuego, ahora nos examinaba con hielo.

Las doce llegaron sin que el cielo nos regalara un solo rastro luminoso. Ni estela fugaz, ni destello breve.

Entonces organizamos las vigilias, como siempre en nuestras salidas: turnos de dos horas en parejas. En el primero quedaron Leónidas con Olga, y Esperanza conmigo. Panchi no podía apartarse de la niña, que dormía profundamente. De modo que mi compañero fue mi Perro “Cual.”

Nos acomodamos cerca, en silencio, dejando que la noche hiciera lo suyo.

Leónidas comenzó a hablar con Olga en voz baja. No alcanzábamos a oír las palabras, pero sí el tono: tranquilo, cercano, casi íntimo. Al cabo de un rato, el cansancio venció a Olga. Su voz se apagó y, sin darse cuenta, reclinó la cabeza sobre el regazo de Leónidas.

La noche los envolvió sin ruido.

Leónidas, inmóvil al principio, empezó a acariciar suavemente el cabello de la muchacha. Era un gesto lento, contenido, era una dulce arrumaco, con él quería decir todo lo que nunca había podido. La brisa fresca parecía acompañar ese instante, arrullando el sueño de Olga.

Yo los observaba en silencio.

Había en ese gesto una entrega limpia, sin exigencias. Leónidas no aguardaba nada; la sostenía como quien guarda un secreto de vida, la protegía con la ternura de un cuidador, y en su fragilidad descubría lo irrepetible, lo único. Cuando la madrugada empezó a enfriar el aire, la cubrió con sus brazos, acercándola con cuidado, ofreciéndole abrigo sin despertarla. Leónidas la sostenía como quien tiene entre las manos una flor que no le pertenece: con cuidado, sin apretarla, sabiendo que no puede arrancarla ni hacerla suya. Solo le era dado disfrutar, en silencio, de su aroma breve y delicado, antes de que el tiempo la reclamara de nuevo.

Tal vez fueron las horas más sublime que vivió en mucho tiempo. Protegía a la mujer que amaba, aun sabiendo que ese sentimiento no le sería correspondido.

El turno terminó sin prisa. Leónidas se inclinó levemente y le dio un beso en la mejilla para despertarla. Olga abrió los ojos, confundida por un instante, y al comprender, le pidió disculpas en voz baja.

No hubo más palabras. Cada uno regresó a su carpa.

Esa noche, estoy seguro, Leónidas no durmió.

Después, la noche transcurrió sin sobresaltos. El cielo permaneció sereno y mudo, y uno a uno fuimos cediendo al sueño profundo, hasta que el amanecer comenzó a dibujarse en el horizonte.

La primera en despertar fue Yunito. Hasta ese momento se había comportado como toda una excursionista: sin llantos, sin protestas, sin malestares. Eso sí, no se desprendía de la sábila que le aplicábamos con frecuencia para proteger su piel.

Sus balbuceos y su entusiasmo por volver a la charca con Victoria nos arrancaron del descanso. El campamento volvió a la vida con esa energía fresca que solo traen los niños.

El desayuno fue abundante y reconfortante: huevos fritos, chocolate caliente, fruta fresca, bizcocho de achira, queso, mermelada y pan. Con el cuerpo repuesto, algunos decidieron explorar los alrededores del desierto.

Aquella salida, que parecía inofensiva, estuvo a punto de convertirse en un contratiempo serio.

En medio de la caminata, el grupo se extravió. Para agravar la situación, uno de los compañeros perdió la brújula. La inmensidad del paisaje —con sus lomas erosionadas, sus laberintos de tierra rojiza y sus formaciones caprichosas— aumentaba la sensación de desorientación.

La inquietud se reflejó en los rostros, y todas las miradas buscaron a Carlos.

Carlos no se inmuto ni mostró nerviosismo. Con serenidad, asumió el liderazgo. En lugar de preocuparse, alzó la vista hacia el cielo despejado y explicó cómo orientarse con el sol, el reloj y las sombras proyectadas por los árboles secos y las formaciones rocosas.

Allí, bajo aquella bóveda inmensa, convirtió la dificultad en lección.

Nos enseñó a “leer el reloj como brújula”, a interpretar la posición del sol y a confiar en la lógica de la naturaleza.

Aquella enseñanza improvisada terminó convirtiéndose en un rito cinemático del grupo. Desde entonces, cada nuevo integrante debía aprender esa técnica, tal como Carlos la enseñó en la Tatacoa.

No era solo un recurso de orientación; era un símbolo de ingenio, temple y comunión con el entorno.

Tras caminar un buen trecho, divisaron la casa de un hombre que vivía en los límites del desierto. Conocía bien la región y, tras escuchar la situación, les indicó un sendero corto que conducía directamente al lugar donde acampábamos.

Gracias a su orientación, el grupo regresó sin mayores contratiempos. Cuando finalmente se reunieron con nosotros, traían en los ojos el cansancio, pero también el brillo de quien ha atravesado una prueba.

El desierto, una vez más, nos había recordado que no basta con admirarlo:

hay que saber escucharlo.

Cuando el grupo regresó al campamento, el sol ya estaba inclinado sobre la planicie del Desierto de la Tatacoa. Eran cerca de las tres de la tarde. Venían visiblemente cansados y, sobre todo, hambrientos; pero traían una sorpresa que despertó de inmediato nuestra curiosidad: cada uno cargaba una sandía. La de Eulises, eso sí, ya venía un poco comenzada, señal inequívoca de que el camino de regreso había sido largo.

Nos contaron que un agricultor de la zona, al escuchar su historia, les había regalado varias, mientras que Carlos, Luis Ángel y Víctor Apayayu habían comprado algunas más. Bajo el sol del desierto, aquellas frutas rojas y frescas parecían verdaderos tesoros.

Apenas los vimos llegar, los rodeamos.

¿Qué pasó? ¿Por qué se demoraron tanto?

Fue Ever quien tomó la palabra y narró la pequeña odisea: la desorientación, la brújula olvidada y la lección improvisada de Carlos para orientarse con el sol. Escuchábamos atentos mientras dejaban las sandías en el suelo.

Pues después de esa odisea —les dije— aquí tienen listo su almuercito.

¡Estamos que nos comemos una vaca! —exclamó Archi, provocando risas.

Armando, el judoca, levantó la cuchara con entusiasmo:
—Esta sopita está increíble.

Era un cuchuco con verduras y carne seca, humeante y reconfortante. Y como suele pasar, con buena hambre no hay comida mala: todo les supo a gloria. Aguacate, ensalada fresca, arepas con queso, carne asada, arroz blanco y un salpicón que calmó la sed acumulada.

Entre bocado y bocado continuaron los relatos, hasta que surgió el reproche amistoso:

Pero Víctor, ¿cómo es posible que olvidara la brújula? Apayayu sonrió, algo apenado:
—No la perdí… la olvidé. Pensé que la había guardado, pero se quedó en la carpa.

Las risas no se hicieron esperar. Fue entonces cuando Eulises añadió, con tono misterioso:

No les hemos contado lo más interesante.

El silencio volvió.

En medio del recorrido encontramos lo que parece una tortuga gigante petrificada… de unos cinco metros de largo.

El asombro fue inmediato.

Ese hallazgo hay que respetarlo —dije—. También es parte del desierto. Quien quiera verlo, tendrá que venir hasta aquí.

Carlos sugirió llevarla a un museo, pero la idea no prosperó.

¿Y qué mejor museo que este? —respondí—. Aquí ha permanecido siglos. Nadie discutió más.

Con la llegada de la noche, el grupo se acomodó para esperar el fenómeno que nos había llevado hasta allí. El cielo estaba completamente despejado.

A las ocho, una luz fugaz cruzó el firmamento. Luego otra. Después, dos más. Y nada más. La anunciada lluvia de meteoros terminó siendo apenas un suspiro del universo.

¿Eso es todo? —dijo Amparo con una sonrisa incrédula.

Esto es como una carrera de ciclismo —añadió Humberto—: uno espera horas… y cuando pasan, ya se fueron. Las risas suavizaron la decepción.

Fueron muy poquitos… —comentó Yineth—. ¡Pura especulación!

Pero, en el fondo, nadie estaba realmente inconforme. Porque lo esencial no había estado en el cielo, sino en la tierra: en lo vivido, en lo compartido, en cada instante del camino. Lo de esa noche, ya se ha contado, el desierto nos ofreció otro tipo de espectáculo: el silencio, el frío, la cercanía… y ese momento íntimo que solo algunos alcanzamos a presenciar bajo la vigilia.

Al amanecer del domingo, el campamento volvió a llenarse de movimiento.

Desayunamos, recogimos las carpas, organizamos los utensilios y revisamos cuidadosamente el lugar para no dejar rastro alguno. Era una regla inquebrantable: irnos sin alterar lo que la naturaleza nos había prestado.

Luego emprendimos el regreso.

Esta vez caminamos con mayor seguridad. El desierto ya no era un territorio desconocido, y eso se notaba en el paso más firme y en la tranquilidad del grupo. El tiempo de retorno fue menor, pero la experiencia mucho más grande.

Así terminó nuestra travesía por la Tatacoa.

Sin la gran lluvia de meteoritos que habíamos imaginado, pero colmada de aprendizajes, compañerismo y momentos que, con los años, no se desgastan. Porque hay viajes que no se miden por lo que se ve en el cielo, sino por lo que queda encendido en la memoria.

























CAPITULO 25

El regreso: lo que el desierto deja

Arribamos finalmente al punto donde había comenzado nuestra travesía por el Desierto de la Tatacoa. El regreso, aunque más rápido, nos dejó el cansancio propio de varios días de caminata, sol y emociones.

Al acercarnos a la pequeña tienda del caserío, cada uno empezó a sacar de su mochila los enlatados que aún quedaban. Bajo la sombra generosa de un árbol frondoso improvisamos el último almuerzo del viaje. El día estaba extraño: el sol se filtraba entre nubes que amenazaban lluvia, pero el bochorno persistía, como si la tierra caliente siguiera exhalando su propio vapor.

Después de comer, descansamos un momento junto a la vía férrea. Luego nos acercamos a la tienda. El dueño —don Carlos, si mal no recuerdo— nos informó que el autoferro pasaría alrededor de las cinco de la tarde. Teníamos tiempo.

Descargamos las mochilas, pedimos algo de beber y, casi sin proponérnoslo, nació una pequeña peña cultural, como tantas veces en nuestras excursiones.

El primero en animar la tarde fue el Chiqui Bermeo. Tomó la guitarra y comenzó a entonar canciones del maestro Jorge Villamil Cordobés. Cantamos juntos Espumas, Llamarada, El Barcino, Arre Torito, Al Sur y Los Guaduales. Las voces, aunque cansadas, se alzaban con entusiasmo, acompañadas por el aire tibio del lugar.

Luego intervino Fulvio, que siempre llevaba la poesía a flor de labios. Con voz firme declamó ¿Por qué no tomo más?, del Indio Pómulo, arrancando risas y aplausos, incluso de algunos curiosos que se habían acercado a escuchar.

Entre ellos estaba también don Gilberto, quien días antes nos había orientado en la entrada al desierto. Observó a Yunito jugando cerca y comentó con admiración:

Esa niña es toda una valiente… soportó la travesía.

Sí señor —le respondimos—. Y seguimos su consejo con la sábila.

Don Gilberto sonrió, satisfecho, y se acomodó a disfrutar la cerveza que le ofrecimos, mientras la tarde se llenaba de música y conversación.

Cuando llegó mi turno, recité unos versos de José Eustasio Rivera. Su voz —a través de las palabras— parecía resonar con la misma fuerza del paisaje que dejábamos atrás:

¿Quiénes somos?
Somos la sombra errante de un misterio,
somos la voz que nunca se pronuncia,
somos la huella que se borra en la arena,
somos pregunta sin respuesta alguna.
Somos el río que no sabe su cauce,
somos la llama que se extingue en la bruma,
somos la duda que se enciende en los ojos,
somos la nada que se viste de espuma.

Al terminar, el silencio fue breve pero profundo. Luego volvieron las sonrisas, los comentarios y la vida.

El tendero encendió una vieja grabadora y la música cambió de tono. Algunos comenzaron a bailar. El cansancio desapareció por un momento, vencido por la alegría.

Y entonces ocurrió lo inesperado.

Mientras nosotros bailábamos, Yunito jugaba recogiendo tapitas del suelo. En un descuido, tomó una botella de cerveza que estaba junto a Yineth. Sin dudarlo, la levantó con ambas manos y empezó a beber.

¡Glu, glu, glu…!

¡Miren a la niña! —gritó Rosa Ramírez, entre alarmada y divertida.

La música se detuvo. Todos volteamos.

Yunito sostenía la botella con absoluta naturalidad… y ya había bebido más de medio contenido. Nadie alcanzó a detenerla. Por un instante hubo silencio, y luego estallaron las carcajadas.

La niña, tranquila, bajó la botella, caminó hasta donde Panchi y se la entregó, como quien cumple una tarea.

Fue el cierre perfecto.

Panchi la alzó en brazos y, vencida por el cansancio, el calor y la aventura, Yunito se fue quedando dormida poco a poco, con la carita suavemente bronceada por el sol.

Poco después apareció el autoferro, avanzando lentamente sobre los rieles que atravesaban el paisaje. Subimos con calma, acomodamos mochilas y emprendimos el regreso.

El trayecto duró cerca de dos horas. El traqueteo monótono y el cansancio hicieron lo suyo: uno a uno fuimos quedando en silencio, medio dormidos, dejando que el cuerpo descansara y que la experiencia se asentara en la memoria.

Así regresamos, sin contratiempos, al barrio de Las Granjas.

La travesía había terminado.

Pero en cada uno de nosotros quedó la certeza de haber vivido algo que el tiempo no borraría: días de compañerismo, aprendizajes, risas y desafíos compartidos.

Y, sobre todo, quedó grabada la imagen de aquella niña —Yunito, Yunurusabeth Castro Cerquera— que, contra todo pronóstico, resistió el rigor del desierto y caminó con nosotros sin queja, con una alegría serena. Sin saberlo, fue ella quien puso el broche final a la historia.

Así regresamos. Pero no volvimos siendo los mismos.

Porque el desierto no es un lugar que se visita…es una experiencia que se queda. Y lo que se queda, ya no se va.









CAPITULO 26

Un día aciago

Después de algunos días de reposo tras la travesía por la Tatacoa, el tiempo volvió a ordenarse en su rutina aparente. Sin embargo, aquel fin de semana traía consigo algo distinto. No era un hecho concreto, ni un signo evidente, sino una ligera alteración en el pulso del mundo, como si la realidad respirara de otro modo.

Nos levantamos con una pesadumbre difícil de justificar. Nada había ocurrido aún, pero algo ya estaba ocurriendo.

Habíamos dispuesto una de nuestras ceremonias más íntimas: el encuentro semestral de ajedrez de Katakandrú. No se trataba de premios ni de reconocimiento externo; era un acto casi ritual, una forma de medirnos en silencio, de confrontarnos en un tablero donde cada movimiento era una afirmación de voluntad.

El trofeo, cargado de nombres, era apenas un símbolo. Ricardo, Constantino, Armando… nombres inscritos como pequeñas victorias contra el olvido. Ese día, alguien más se sumaría a esa breve ilusión de permanencia.

Marcovinicio lo había anunciado sin titubeos: esta vez le correspondía a él. Su certeza no parecía entusiasmo, sino destino.

Alrededor, la vida transcurría con su habitual calidez: la música, las risas, el fuego encendido, el sancocho hirviendo lentamente bajo el cuidado de las mujeres. Todo parecía sostener la ficción de normalidad.

Pero la normalidad, a veces, es solo una antesala.

El aire estaba cargado. No de amenaza, sino de una especie de gravedad invisible. Y entonces, como si el mundo decidiera pronunciarse en un gesto mínimo, ocurrió.

La olla se volcó.

Un tropiezo insignificante —un tronco olvidado— bastó para desatar el caos. El caldo hirviendo se derramó con violencia, rompiendo la continuidad del instante. El grito de Yineth atravesó el espacio como una grieta. No hubo tragedia mayor, pero algo se quebró. No en el cuerpo, sino en el orden.

El almuerzo se perdió. Pero no era solo comida lo que se había arruinado.

Mi madre, Beatriz, actuó con la firmeza de quien se resiste al desorden. Reorganizó, corrigió, impuso sentido donde este parecía desvanecerse. Cambiamos el sancocho por un asado, como si el mundo pudiera reescribirse con una decisión práctica.

Fue un accidente —dije, intentando restituir la calma.

Pero ya no era solo un accidente.

El retraso nos empujó de nuevo al tablero. El torneo continuó bajo sus propias reglas: eliminación directa, sin apelaciones. Una metáfora demasiado precisa de aquello que rara vez queremos nombrar.

Este día tiene algo extraño —murmuró Armando.

No era una sospecha; era un reconocimiento.

Cuando Marco Vinicio y Ricardo se sentaron frente al último tablero, el ambiente había cambiado. La tarde se volvió más densa, como si el tiempo se ralentizara para observar. Una brisa leve recorrió el lugar, y el calor cedió apenas, dejando una sensación de intemperie.

Este es mi día —dijo Marco Vinicio.

No sonó a deseo. Sonó a sentencia.

Las piezas se movieron con una precisión casi inevitable. No había duda, no había vacilación. Y entonces, de manera abrupta, definitiva:

Jaque mate… en tres jugadas. Y juegan las negras

La partida terminó como terminan algunas cosas en la vida: sin anuncio previo, pero con una lógica que, en retrospectiva, parece ineludible.

Recogimos todo en silencio. La jornada se cerraba, pero no concluía. Nunca concluye realmente aquello que insiste en transformarse.

Mi padre se acercó.

Debes ir al veterinario. El perro está enfermo.

El día, comprendí entonces, apenas se estaba revelando.

Cual” no era solo un perro. Era una historia compartida. Había llegado débil, casi derrotado, y lo habíamos visto reconstruirse. Su nombre, nacido del azar, parecía ahora una ironía: como si desde el principio hubiera sido imposible nombrarlo del todo.

En los últimos días, su cuerpo había comenzado a fallar. Llagas, debilidad, signos dispersos de un deterioro silencioso.

Lo llevamos en una carretilla. Nadie quiso quedarse. Caminábamos juntos, pero cada uno ya estaba solo en su pensamiento. El trayecto, corto en distancia, se volvió largo en conciencia.

Al llegar, vomitó sangre.

Y el mundo, otra vez, se detuvo.

El veterinario no necesitó decir mucho. El lenguaje técnico —plaquetas, hematocrito— apenas era un rodeo para evitar la palabra final. Irreversible.

Lo miré.

Y él me miró.

En sus ojos no había queja, ni miedo en el sentido humano. Había algo más perturbador: una forma de comprensión sin lenguaje. Como si, en ese instante, la distancia entre lo humano y lo animal desapareciera.

Tiene cáncer —dijo el médico—. Lo mejor es darle descanso.

El silencio no fue duda. Fue aceptación.

Pero aceptar no significa comprender. Con todo el dolor del alma...

Dije que sí.

No como una decisión, sino como una rendición.

Cual, este increíble perro, sostuvo mi mirada. Luego la soltó. Ese gesto, mínimo, fue más definitivo que cualquier palabra. Como si incluso él entendiera que hay momentos en los que la vida deja de sostenerse a sí misma.

No entré.

Me quedé afuera, donde el mundo seguía intacto, indiferente. La gente caminaba, el viento soplaba, la tarde avanzaba. Todo continuaba… excepto aquello que, para mí, ya había cambiado de forma irrevocable.

Cuando salieron, lo llevaban en una maleta.

No hubo llanto colectivo, ni discursos. Solo actos: cargar, caminar, cavar. La muerte, despojada de dramatismo, es profundamente concreta.

Lo enterraron en un monte cercano.

Yo no fui.

Me quedé atrás, habitando un vacío que no pedía ser llenado.

Y entonces lo entendí, no como una idea, sino como una certeza que se impone:

no era el día el que era extraño.

Éramos nosotros, enfrentados, sin quererlo, a la evidencia de lo inevitable.

Y en su ausencia, descubrí que hay despedidas que no terminan nunca… porque no ocurren en el mundo, sino en lo que uno deja de ser.

LA ÚLTIMA SOMBRA DEL DÍA

Faltaba la cereza sobre el pastel.

Así, sin explicación ni consuelo, la vida siguió… como si no debiera nada a nadie.

Cada quien regresó a su casa, cargando el cansancio y la nostalgia de un día que ya pesaba demasiado. En silencio, vimos un rato de televisión, como intentando distraer la mente, y luego nos fuimos a dormir. Pero la noche no estaba dispuesta a concedernos tregua.

Hacia las once, un estruendo nos arrancó del sueño.

Un grito —uno solo— atravesó la oscuridad como un relámpago:

¡La represa de Betania se rompió… y va a inundar todo Neiva!

Nos levantamos de golpe. Por un instante quedamos suspendidos, atrapados entre la incredulidad y el miedo. Pero el ruido que venía de la calle terminó de empujarnos hacia la realidad: fuera lo que fuera, estaba ocurriendo.

Salimos.

Afuera, el caos.

Pitos, cornetas, altavoces, gritos que se multiplicaban sin orden ni sentido. La ciudad entera parecía haber despertado en un mismo latido de pánico. Las voces anunciaban la catástrofe como si ya estuviera encima, como si el agua avanzara en la oscuridad, silenciosa, imparable.

Cada quien reaccionó como pudo.

Algunos corrían, otros gritaban, otros lloraban. Ricardo encendió su carro sin pensarlo, subió a los sobrinos y partió hacia Palermo, huyendo de algo que aún no existía, pero que ya era real en su mente. Un vecino hizo lo mismo, tomó la vía hacia Bogotá, avanzando hasta Aipe, buscando altura, buscando una salvación que no tenía forma.

El miedo, cuando es colectivo, deja de ser emoción y se convierte en paisaje.

Yo no corrí.

Me quedé quieto, en medio del ruido, intentando pensar. Algo no encajaba. ¿Cómo podía una masa de agua recorrer en minutos lo que la geografía tarda horas en conceder? Antes tendría que cubrir la extensión abierta de Campoalegre… kilómetros de tierra que nadie parecía recordar en ese momento.

Pero el miedo no razona. El miedo necesita creer. Encendí la radio.

Nada claro. Voces entrecortadas, versiones incompletas. Decían que no lograban comunicarse con la represa. La incertidumbre no solo persistía: crecía, se alimentaba de sí misma.

Había pasado casi una hora. Y entonces, el cielo habló.

Helicópteros del ejército y la policía surcaron la noche en dirección a Betania. Sus luces rasgaban la oscuridad, como si buscaran una verdad que se negaba a aparecer. La ciudad entera parecía contener el aliento, suspendida entre la huida y la espera.

Y luego…La voz.

Desde la represa informaron que todo estaba en orden. Que no había ruptura. Que no había inundación. Que nada se había salido de su curso.

Que el desastre… no existía.

El ruido comenzó a ceder, lentamente, como una marea que se retira. Las calles, antes agitadas, fueron recuperando su silencio. Pero el miedo no se disipa con la misma facilidad con la que aparece; permanece, adherido, como una sombra que tarda en desprenderse.

Después supimos la verdad.

Un grupo de hombres, ebrios, había recorrido la ciudad en una camioneta con altavoces, anunciando una tragedia inexistente. Un juego cruel. Una broma sin medida. La policía los capturó, pero el daño ya estaba hecho: no en las calles, sino en la mente de la gente.

Más tarde, el rumor añadió otra capa: se decía que eran jóvenes adinerados, interesados en impulsar la parte alta de la ciudad, sembrando el miedo como estrategia. Y, de alguna forma, lo lograron. Muchos comenzaron a mirar hacia las alturas con otros ojos, como si la seguridad pudiera comprarse en metros sobre el nivel del miedo.

Esa noche, finalmente, me acosté.

Miré el techo en silencio y dejé que el día se repitiera dentro de mí: el presagio sin nombre, el sancocho derramado, la partida inevitable, la mirada final de Cual… y ahora esto.

Entonces lo entendí.

No había sido un día extraño.

Había sido un día revelador.

Un día en el que todo —lo mínimo y lo irreversible, lo absurdo y lo definitivo— se había alineado para recordarnos algo que preferimos ignorar:

que no hace falta que ocurra una tragedia real… para que el miedo, la pérdida y la muerte ya estén habitando entre nosotros. Y así, sin anuncio y sin sentido, el día terminó. O tal vez no.

Porque hay días que no se acaban cuando cae la noche…sino cuando uno deja, por fin, de intentar entenderlos. Y entonces discerní: no hay advertencias, solo consecuencias.



























CAPITULO 27

Celebración y cumpleaños

N os reunimos, como siempre, en la tabernita de Vale.
El susto de la noche anterior todavía flotaba en el ambiente, pero ya comenzaba a diluirse entre comentarios cruzados, risas nerviosas y esa necesidad casi humana de restarle peso a lo que, horas antes, nos había paralizado. Fue en medio de esa mezcla —entre el alivio y la incredulidad— cuando Carlos lanzó la invitación: al día siguiente celebraría el cumpleaños de Flor de Liz. Pero Carlos no hacía invitaciones simples.

Carlos Másmela

Había en él una energía particular, una forma de estar en el mundo que inevitablemente dejaba huella. Era, en muchos sentidos, uno de los pilares invisibles de Katakandrú. Su creatividad no solo se veía: se sentía. Fue él quien diseñó el logotipo del grupo, quien dio forma al eslogan que terminó convirtiéndose en identidad, en una especie de declaración silenciosa de lo que éramos.

Sin embargo, su talento iba más allá de lo simbólico.

Junto con Ever, asumía la responsabilidad de la parte social, organizando cada salida con una precisión casi ritual. Carlos no improvisaba: preveía. Brújulas, carpas, botiquines… todo debía estar en su lugar. Su voz, antes de cada excursión, marcaba el tono: instrucciones claras, advertencias necesarias, ese intento constante de domesticar lo incierto.

Era, curiosamente, alguien que buscaba el control en medio de lo imprevisible.

Y aun así, su espíritu no conocía quietud.

Carlos tenía esa tendencia a apartarse. A veces por amor, otras simplemente por su inclinación natural a contradecir el curso de las cosas. Se alejaba como quien necesita probar su propia independencia, pero nunca lograba desprenderse del todo. Siempre regresaba. Y cuando lo hacía, lo hacía con la ligereza de quien nunca se fue del todo, inventando excusas, sonriendo, reinsertándose en el grupo como si su ausencia hubiera sido apenas un paréntesis.

Esa dualidad —entre rebeldía y pertenencia— lo definía.

Podía tomar distancia, pero no romper el vínculo. Porque, en el fondo, su historia ya estaba entrelazada con la del grupo.

Más allá de su terquedad, Carlos era un joven con visión. Sensible, creativo, pero también profundamente responsable. Su presencia no solo fortalecía la identidad de Katakandrú: la sostenía. Había en él una forma de cuidar a los demás sin hacerlo evidente, como si la organización fuera su manera de protegernos del azar.

Y sin embargo, ese día, había algo distinto en su voz.

No era solo una invitación.

Era, de alguna manera, una intención.

Carlos quería celebrar… pero también quería decir algo más.
Algo que no cabía en brújulas ni en planes logísticos.

Quería manifestarse.

Porque, entre todas las rutas posibles, había una que no sabía trazar:
la que lo llevaba hacia Flor de Liz.

Intervención de Maria Eugenia

La espera se hacia un poco tediosa y por lo tanto Maria Eugenia decidió intervenir. Con esa sonrisa anticipada que delataba travesura. Apenas se acomodó, levantó la mano y anunció con solemnidad fingida:

Muchachos, anoche soñé con Leónidas.

De inmediato, el grupo entero reaccionó al unísono:
—¿Y qué soñaste?

María Eugenia respiró hondo, como quien se dispone a narrar una epopeya, y comenzó su relato. Dijo que en el sueño habíamos salido todos a bañarnos a Las Ceibas, que el día era claro, el agua fresca y el grupo entero reía y chapoteaba sin preocupaciones. Pero de pronto, en medio del alboroto, alguien gritó que Leonidas se estaba ahogando. Cundió el pánico: unos gritaban “¡Sáquenlo!”, otros pedían ayuda, y el caos parecía inevitable.

Entonces —contaba ella—, se puso de pie con absoluta calma y alzó la voz para tranquilizar a todos:

No se preocupen.

El silencio fue inmediato.
—¿Y por qué no? —preguntaron en coro.

María Eugenia remató el sueño con la naturalidad más despiadada y sincera:
—Pues simple… él no se va a ahogar, porque la caspa flota.

La carcajada fue general. Las risas estallaron como si el sueño hubiera ocurrido de verdad, y Leónidas, convertido en protagonista involuntario, La miro como perforando su rostro, pero no tuvo más opción que reírse de sí mismo.

Así era María Eugenia: irreverente sin maldad, directa sin rodeos y con ese humor que desarmaba cualquier solemnidad. En Katakandrú, su risa y sus historias fueron también una forma de resistencia, una manera de recordarnos que incluso en los relatos más simples —o más escatológicos— había un lazo de complicidad que nos hacía sentir familia.

Participación de Amparo Suárez

La espera comenzaba a hacerse evidente.

Flor de Liz no llegaba, y aunque nadie lo decía abiertamente, la ausencia ya ocupaba un lugar en la mesa. Las conversaciones se sostenían con esfuerzo, como si todos intuyeran que algo faltaba para que la noche terminara de ser lo que debía.

Fue entonces cuando Amparo apareció, como solía hacerlo: sin anuncio, pero en el momento justo.

Amparo Suárez no pertenecía oficialmente a ningún subgrupo, pero estaba en todos. Tenía esa capacidad extraña —casi instintiva— de ubicarse donde hacía falta, como si llevara un radar invisible para detectar vacíos. En el fútbol era la aguatera incansable; en teatro, maquilladora improvisada; en danza, asistente silenciosa; en música, guardiana de instrumentos. Su presencia no se imponía, pero sostenía.

Y siempre, inevitablemente, llegaba con su bolso.

Un bolso que ya era leyenda.

De ahí salía de todo: agua, cartas, maquillaje, hasta un balón inflado. Por eso alguien, alguna vez, la bautizó como “la Mary Poppins de Katakandrú”. Y el nombre, como las cosas que nacen con verdad, se quedó.

En medio de aquella espera incómoda, alguien —quizá buscando romper la tensión— preguntó en tono burlón:

Bueno, Amparo… ¿y hoy qué trajiste en ese bolso?

Ella no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, como quien sabe que tiene el momento en sus manos. Luego, con absoluta naturalidad, metió la mano en el bolso y sacó… un embudo.

El silencio fue instantáneo.

Las miradas se cruzaron, confundidas, casi incrédulas.

¿Y eso para qué? —preguntó alguien, incapaz de contener la curiosidad.

Amparo, con una seriedad impecable, respondió:

Pues para orinar. Porque la cervecita hace lo suyo y ustedes no tienen problema… pero aquí en lo de Vale no hay baño para las chicas. Así que toca traer un implemento para emularlos a ustedes.

La tensión se rompió de golpe.

La risa estalló como una liberación contenida. Fulvio casi se ahoga entre carcajadas, Archi repetía “¡el embudo, el embudo!” como si hubiera descubierto un invento revolucionario, y yo, entre risas, juraba que ese bolso era más completo que una ferretería.

Incluso Carlos sonrió.

Y no era poca cosa.

En medio de la ausencia, en medio de la espera que ya empezaba a pesar, Amparo había logrado lo que parecía imposible: devolverle a la noche su ligereza.

Porque así era ella.

No buscaba protagonismo, pero lo generaba. No imponía su presencia, pero la hacía necesaria. Su forma de estar en el mundo era simple y, al mismo tiempo, esencial: cuidar los detalles, sostener lo cotidiano, evitar que los momentos se quebraran del todo.

Desde entonces, cada vez que alguien mencionaba su nombre, otro añadía inevitablemente:

¡Cuidado, que saca de pronto un sapo!

Y todos reían, recordando que, en Katakandrú, incluso lo más inesperado encontraba su lugar. Mientras tanto, todos seguíamos esperando. Flor de Liz no llegaba. Pero gracias a Amparo —a su bolso, a su ocurrencia, a su manera de sostener lo invisible— la noche no se vino abajo.

Y entonces lo entendí:

a veces, no son los grandes acontecimientos los que salvan un momento…
sino esos gestos mínimos que impiden que el vacío lo ocupe todo.



Actuación de Yolanda Morales

De pronto Yolanda la teatrera decidió intervenir:Yolanda era otra de las muchachas del club, esplendorosa, de esas que no necesitaban anunciar su presencia para hacerse notar. Pertenecía al grupo de teatro y, como buena actriz, sabía capturar la atención con solo abrir la boca. En aquel momento tomó la palabra con una sonrisa cómplice y propuso un juego:

A ver si me adivinan de dónde soy con las palabras que les voy a decir. Si aciertan, hay premio.

Se hizo un breve silencio expectante y comenzó, saboreando cada expresión como si fuera parte de un libreto aprendido desde la cuna:

Soy de un lugar donde decimos chai para decir sucio, guipa para muchacho y pedimos surumba cuando queremos aguadepanela. Comemos bizcocho de achira, tamales, empanadas de arroz. Asado de marrano, insulso. Y mistela también… y cuando pedimos un favor no decimos “permiso”, sino “ya vengo”.

Algunos ya sonreían, otros fruncían el ceño comprendiendo el enigma, pero Yolanda no daba tregua:

Allá decimos “espere tantico” cuando es solo un momento, “no le dé caguinga” para que no lo gaste, y si alguien está bravo, está culimbo. Usamos quimbas en los pies, y cuando probamos algo, lo estamos catiando. Si dos se van a vivir juntos, están arrejuntados. No nos acostamos: nos echamos. No usamos ropa, usamos chiros.

Las risas empezaron a brotar. Yolanda, ya dueña del escenario, continuó con más picardía:

No es un bobo, es un jolongo. No es un pendejo, es un atolondrado. El que baila no baila: azota el piso. Y el que consigue novia, consigue una mechuda. No usa plata, usa marmaja. No va de arriba para abajo: revolotea. No toma aguardiente, toma guaro. No monta a caballo: cabalga en mocho… y a la hora del almuerzo, no come: se vitutea.

Para entonces, todos escuchábamos atentos, atrapados por esa voz amable que nos paseaba por su tierra Huilense a través de palabras que sonaban a paisaje, a cocina de leña y a tardes largas.

Pero la escena, que parecía destinada a terminar en aplausos y risas, se quebró de repente.

Juan Carlos Peña, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino con un tono que nos sacó de golpe del juego:

Carlos ha desaparecido de la reunión.

El comentario cayó como una piedra en el agua. Nos miramos unos a otros, confundidos. De inmediato empezaron las preguntas: ¿alguien lo había visto?, ¿cuándo se fue?, ¿con quién estaba?

Adriana Aristizábal fue la primera en responder:

Yo lo vi hace un rato… iba hacia el área del aeropuerto.

Ever, con ese humor que a veces desentonaba con la gravedad de las situaciones, soltó:

Este piensa cometer una barrabasada.

No hubo tiempo para más conjeturas. La preocupación nos empujó a actuar. Salimos en grupo hacia el lado del aeropuerto, ese al que solo se podía acceder por un boquete abierto en la parte alta de la pista, como si fuera una entrada clandestina a otro mundo.

Mientras caminábamos apresurados, entre la maleza y el terreno irregular, Humberto, casi para sí mismo, murmuró:

Es que uno enamorado… a veces comete muchas locuras.

Y en esa frase quedó flotando algo más que una explicación: una sospecha, un presentimiento, tal vez el inicio de otra historia que apenas comenzaba a desplegarse ante nosotros.

Carlos no es sino testarudo —dijo Hugo, apartando ramas a su paso—, pero hay que reconocerle algo: tiene visión… y es sensible, aunque no lo demuestre a la primera.

Sí —respondió Yineth—, y cuando se compromete, no lo hace a medias. Lo de él no es solo entusiasmo; su aporte le ha dado fuerza al grupo. Muchas veces, gracias a sus ideas, evitamos meternos en líos.

Y no solo eso —intervino Omar—. Carlos siempre está pendiente de todos. Puede parecer impulsivo, pero termina siendo el que garantiza que salgamos bien librados. Tiene esa manera rara de mezclar creatividad con responsabilidad.

Por eso es que, con sus idas y venidas, sigue siendo clave —añadió alguien Adriana—. Uno se enoja con él, claro… pero también sabe que deja huella. No pasa desapercibido.

Hubo un breve silencio mientras avanzábamos hacia el boquete que daba acceso al área del aeropuerto. Entonces, casi como quien revela el verdadero motivo de la inquietud, Ever dijo en voz baja:

Hoy quería aparecerse distinto… quería hablar con la chica que más lo mueve.

Pero se portó mal con Flor —respondieron de inmediato—. Y ella no es de las que olvida fácil.

No, ella no lo ha perdonado —remató Archi—. Por eso no va a venir al agasajo. Ya lo dijo.

Y él, terco como es, seguro pensó que podía arreglarlo a su manera —agregó Adriana con un dejo de resignación—. Carlos siempre cree que los actos le van a alcanzar para borrar los errores.

Seguimos caminando, cada uno con sus pensamientos, mientras la figura de Carlos se hacía más compleja en nuestras palabras: no solo el amigo impulsivo que había desaparecido de la reunión, sino ese personaje cambiante que, con sus aciertos y tropiezos, sostenía parte del espíritu del grupo. Lo encontramos acostado sobre la pista del aeropuerto, tendido como si el mundo no pesara. No era un gesto de peligro, sino otro de sus arrebatos románticos, de esos que mezclaban poesía y terquedad. Decía que quería ver los aviones aterrizar desde allí, sentirlos pasar cerca, casi rozando el aire que respiraba.

Es una forma de sentir el mundo más cerca del suelo… y más cerca del cielo al mismo tiempo —alcanzó a decir, con esa convicción suya que desarmaba cualquier reclamo.

No sabíamos si reír o preocuparnos. Al final, lo entendimos como lo que era: una de sus ocurrencias, nacida de ese mal de amor que lo tenía inventando gestos exagerados, como si así pudiera ordenar lo que llevaba por dentro.

Este “flaco” no cambia —murmuró Ever—. Se pierde un rato y vuelve con algo nuevo que contar.

Y era cierto. Ese tipo de episodios, lejos de alejarnos, reforzaba la complicidad entre todos. Carlos podía desaparecer por un tiempo, pero siempre regresaba convertido en historia, en anécdota, en memoria compartida.

Y mírenlo —añadió Archy, con media sonrisa—, creyendo que iba a ver pasar un avión tan temprano. Si los vuelos nocturnos son después de las doce… y apenas son las nueve.

Entre bromas y jalones suaves lo hicimos incorporarse. Sacudió la ropa como quien vuelve a la realidad después de un viaje breve.

Deje las tonterías —le dijimos—. Ustedes viven en eso: peleando y reconciliándose.

Carlos nos miró, todavía con un rastro de su ensoñación en los ojos, y terminó por ceder:

Bueno… está bien. Vamos. Sigamos divirtiéndonos.

Y así, como tantas veces, lo trajimos de vuelta: no solo de la pista, sino de ese lugar incierto donde se mezclan el amor, la terquedad y la necesidad de sentirse vivo.

Hay quienes buscan resolver su problema con gestos extremos, pero la verdadera solución siempre termina encontrándose en las manos firme de quienes no te sueltan.

De regreso donde Vale, el ambiente retomó su curso natural: burlas, carcajadas y ese calor de grupo que hacía que todo terminara convertido en historia.

De modo que Carlos quería que lo aplastara un avión… o agarrarse de uno en pleno vuelo para que lo llevara a otro mundo —soltó Ever, apenas cruzamos la puerta.

Las risas estallaron de inmediato.

Carlos, sacudiéndose aún la escena de la pista, no se quedó callado:

¿Y usted de qué se ríe? Si también quiso meterse en un hueco con moto y todo…

Aquello fue gasolina al fuego. Las carcajadas volvieron con más fuerza, y alguien gritó:

¡Que cuente, que cuente!

Ever, sin hacerse rogar demasiado, levantó la mano como quien pide turno en un escenario que ya conoce:

Yo doy fe de eso… y si no, pregúntenle a cualquiera por la noche en que dejé de ser futbolista aficionado para convertirme —sin querer— en leyenda.

Se acomodó, tomó aire y empezó, mientras todos nos arrimábamos como si fuéramos público de primera fila:

Todo arrancó después de un partido cualquiera, de esos que se juegan más con ganas que con talento. Terminamos aquí mismo, donde Vale, bautizando la sed y las historias. Entre brindis alguien dijo: “¿y si nos bañamos y nos vamos de rumba a casa de los Castro?”… y claro, nadie dijo que no.

¡Ahí empezó el desastre! —interrumpió Fulvio entre risas.

Cinco en una moto —continuó Ever—. Cinco. Constantino manejando, yo detrás, y luego Archi, Fulvio y Carlos… que parecía bandera al viento. Íbamos felices hasta que un carro salió de la nada. Constantino aceleró, pero el destino ya nos tenía reservado un hueco… de esos que uno no ve, pero no olvida.

¡El famoso hueco! —gritó alguien desde el fondo.

La moto cayó y salimos volando como fichas de dominó —siguió Ever, teatral—. Constantino salió disparado por los cachos, Carlos quedó de pie como si nada, Fulvio y Archi rodaron por un lado… y yo… yo quedé atrapado debajo de la moto.

Hizo una pausa, saboreando el momento.

Con el exosto caliente justo donde uno menos quiere que le pase.

La explosión de risa fue inmediata.

Hubo un segundo de silencio —continuó—, pero solo uno. Después, yo tratando de caminar… y parecía que estuviera inventando un paso nuevo: corto, tieso y sin dignidad.

¡Cumbia del hueco! —gritó Archi, doblado de la risa.

Pero lo mejor no fue la caída —remató Ever—. Lo mejor fue que ninguno faltó a la fiesta. Yo llegué cojeando, medio armado con lo que encontré… y cada vez que intentaba bailar, el coro era el mismo: “¡cuidado con el hueco!”

¡Desde ahí nació! —dijo Constantino—. ¡El Hueco!

Exacto —asintió Ever—. Desde esa noche dejé de ser Ever. Ahora soy “El Hueco”. Y mírenme… aquí sigo, bailando, riendo y vivo.

Las carcajadas se mezclaron con aplausos improvisados. Carlos, ya integrado de nuevo, negaba con la cabeza, pero sonreía. Porque en ese grupo, los errores no se enterraban: se celebraban, se exageraban y se convertían en relatos que amarraban aún más la amistad.

Y así, entre burlas, historias y heridas convertidas en chiste, la noche siguió su curso, demostrando que en ese rincón del mundo nadie se salvaba de la risa… y que precisamente por eso, todos querían quedarse.

El pollo volador

Luego Fulvio carraspeó, se acomodó en la silla y levantó la mano como pidiendo turno, con esa sonrisa de quien viene a destapar olla:

No, no, no… ustedes están muy equivocados si creen que con esa moto todo se resume al hueco —dijo, mirando a Carlos—. Aquí hubo tragedias mayores… por ejemplo, el caso del pollo de Las Vegas.

La sala soltó la primera carcajada, y él aprovechó el impulso.

Miren, yo les voy a contar bien, porque yo estaba ahí. Esa noche, Carlos, Eulises y yo decidimos que tres hombres en una moto era una idea brillante. Brillante… pero para salir en las noticias —hizo una pausa—. Íbamos para un acto cultural, imagínense: tres tipos desafiando la física, la lógica… y el sentido común, todo al mismo tiempo.

Señaló a Carlos:

El plan era sencillo: me esperaban, íbamos a la reunión… y como yo soy generoso —o por lo menos eso digo yo—, después los invité a comer pollo en Las Vegas. ¡Y qué pollo, señores! Eso no era comida, eso era un acontecimiento. Nosotros ya no éramos personas: éramos hambre con piernas.

Las risas crecieron.

Pero claro, a mí me dio por ser buen hijo —continuó—, y les dije: “Oigan, llevémosle algo a mis papás, a doña Beatriz y a don Sixto”. Y estos dos —miró a Carlos y como buscando a Eulises en el recuerdo— dijeron que sí, muy juiciosos.

Levantó las manos como si cargara algo delicado:

Ahí vamos entonces, los tres, en la moto… pero la caja de pollo iba más segura que nosotros. Eso sí, la cuidábamos como si fuera oro. Si la moto se caía, que se cayera… pero la caja no.

La gente ya estaba enganchada.

Todo iba perfecto… hasta que apareció él —bajó la voz—: el perro. Pero no un perro cualquiera. No. Ese era un perro con misión, con destino… ese perro venía a dañarnos la historia.

¡El frenazo! —hizo el gesto—, el grito… el volantazo… y ¡pum! Salimos volando los tres. Eso no fue caída, eso fue coreografía. Carlos cayó como héroe de película, Eulises como árbol talado… y yo —se golpeó el pecho— yo iba viendo la caja en cámara lenta, como despidiéndose de mí.

La sala estalló.

Nos levantamos como pudimos, primero revisamos los huesos… los de uno, porque el pollo ya era otro tema. Y buscamos la caja… ¡y ahí estaba! Entera. Cerradita. Yo dije: “¡Milagro! ¡Dios es grande y protege al pollo!”

—“Se salvó el pollo” —repetí yo mismo, con una fe que ahora me da risa.

Hizo una pausa dramática.

Y seguimos… dignos, serios, como si nada hubiera pasado. Llegamos a la casa, le entregamos la caja a mi papá, a don Sixto, con un respeto… mejor dicho, eso parecía una ofrenda.

Bajó la voz:

Pero vino el momento de la verdad. Mi mamá, doña Beatriz, abre la caja…

Silencio total en la sala.

Fulvio alzó un dedo.

Y ahí… ahí se acabó todo.

Se inclinó hacia adelante:

Adentro… no había pollo. Ni una presa. Ni una triste ala. Solo había… un pedazo de yuca. ¡Una yuca! —abrió los brazos—. El pollo desapareció. Se evaporó. Se fue. Yo creo que salió volando en la caída y dijo: “Hasta aquí llegué con estos irresponsables”.

Las carcajadas fueron inmediatas.

¡Ese fue el primer pollo volador de la región! —gritó alguien.

Fulvio no se dejó quitar el cierre:

No, no voló… —dijo—, ese pollo se sacrificó. Dio la vida por la anécdota.

Señaló a Carlos, riéndose:Ya la tristeza había desaparecido de su rostro

Y vea este… todavía celebrando cumpleaños después de ese atentado contra la comida.

Respiró hondo, ya con tono más cálido:

Así era Eulises… fuerte como ninguno, callado como niño… pero metido en todas las historias grandes sin hacer bulla. De esos que no hablan mucho, pero cuando uno se acuerda… ¡qué historias dejan!

Levantó el vaso:

Bueno, Carlos… por los años de Flor… y por todos los pollos que no llegaron, pero que sí hicieron historia.

Chocaron los vasos, y el sonido claro del brindis terminó de sellar la noche. Entre risas, libaciones, anécdotas y la inevitable tomadura de pelo, la jornada fue encontrando su verdadero tono. Lo que comenzó con un aire casi trágico por lo de Carlos, se fue transformando, poco a poco, en una celebración compartida, donde la amistad hizo su trabajo silencioso.

Carlos, ya sin el peso inicial en los hombros, terminó riéndose de sí mismo, como si también brindara por haber sobrevivido a su propio infortunio. Y así, entre palabras sueltas y carcajadas cómplices, el desplante de la flor —que alguna vez pareció un gesto cargado de orgullo o herida— quedó reducido a una simple anécdota más, de esas que el tiempo acomoda en el lugar donde ya no duelen, sino que se cuentan.

Porque al final, uno nunca cae del todo cuando hay manos amigas cerca: son ellas las que, sin hacer ruido, cambian el rumbo del golpe y lo convierten en recuerdo.













CAPITULO 29

Cuando Leonardo preguntaba y Miguel contaba

Después del festejo de cumpleaños de Flor, cuando aún quedaban en el aire los ecos de la música, las risas y ese calor de grupo que parecía resistirse a apagarse, Olga se acercó con la naturalidad de quien trae consigo una novedad.

Muchachos —dijo—, quiero presentarles a unos nuevos socios.

No era la primera vez que alguien llegaba de su mano, pero había en su voz un matiz distinto, como si intuyera que esos encuentros no eran uno más entre tantos, sino parte de algo que estaba comenzando a transformarse.

Llegada de Leonardo y Miguel

Para entonces, las actividades de Katakandrú ya no tenían la intensidad de los años más vibrantes. Algunos de los antiguos comenzaban a ausentarse con mayor frecuencia, empujados por el trabajo, los estudios o simplemente por el curso inevitable de la vida. Sin embargo, en una especie de contrasentido hermoso, seguían llegando jóvenes con el deseo de integrarse. Era como si el eco de lo que habíamos construido continuara llamando a otros, incluso cuando nosotros empezábamos a sentir el desgaste del tiempo.

Así aparecieron ellos.

Llegaron por caminos distintos y en días diferentes, pero terminaron coincidiendo en ese punto común que era el grupo. Sus nombres eran Leonardo Luna y Miguel Garavito, y bastaron los primeros encuentros para advertir que encarnaban dos formas muy distintas de estar en el mundo.

Leonardo irrumpió con una energía inquieta, casi desbordada. Desde el inicio quiso participar en todo: preguntaba, indagaba, reconstruía. Quería saber cómo había nacido Katakandrú, cuáles habían sido nuestras excursiones más memorables, qué dificultades nos habían puesto a prueba y qué sueños nos habían sostenido. Escuchaba con una mezcla de curiosidad y admiración, como quien arma un rompecabezas del que apenas tiene algunas piezas, pero al que ya le adivina la figura completa.

Miguel, en cambio, parecía moverse en otra frecuencia. Era silencioso, observador, de una calma que contrastaba con el entusiasmo de Leonardo. Encontró su lugar en la pequeña biblioteca que habíamos reunido con los años. Allí pasaba largos ratos, hojeando libros, deteniéndose en páginas como si buscara algo más que palabras. Para él, Katakandrú no estaba tanto en el bullicio del grupo como en ese rincón donde el tiempo parecía aquietarse.

Por esos mismos días, el barrio atravesaba una situación que nos obligó a organizarnos de otra manera. Comenzaron a sentirse robos frecuentes, y la inquietud se fue instalando entre los vecinos. Así nacieron las brigadas de celaduría nocturna: recorridos improvisados por las calles, armados apenas con un garrote y un silbato, más como gesto de presencia que de fuerza, con la esperanza de disuadir a quienes merodeaban con malas intenciones.

Leonardo se sumó a esas rondas sin vacilar. Fue en medio de esas caminatas nocturnas, entre sombras y conversaciones a media voz, cuando empezó a compartir su historia. No lo hizo de golpe, sino poco a poco, como quien va soltando un peso que ha cargado demasiado tiempo.

Nos confesó que atravesaba una situación difícil: no tenía un lugar fijo donde dormir ni la seguridad de una comida diaria.

Aquello nos tocó hondo.

En Katakandrú siempre habíamos hablado de compañerismo, pero ese momento nos exigía llevarlo a la práctica. Sin muchas discusiones, casi de manera natural, cada uno fue ofreciendo lo que podía. Organizamos algo sencillo pero significativo: cada día, Leonardo tendría una comida asegurada en la casa de alguno de nosotros. Y para las noches, improvisamos un espacio en la sede del club. Una colchoneta, una almohada y un cubrelecho bastaron para convertir ese rincón en un refugio digno.

Fue así como, sin darnos cuenta del todo, Leonardo dejó de ser el muchacho recién llegado que hacía preguntas, y empezó a convertirse en uno más.

Miguel, desde su silencio, también fue encontrando su forma de pertenecer.

Y aunque en ese entonces no lo sabíamos con claridad, la llegada de ambos —traída por la mano oportuna de Olga— terminaría marcando, de manera discreta pero profunda, los últimos capítulos de nuestra historia en Katakandrú.

Miguel, por su parte, se fue integrando al grupo de una manera muy particular. No era de los que buscaban protagonismo en las excursiones o en las brigadas nocturnas; su forma de acercarse a nosotros iba por otro camino. Había llegado —como tantos otros— de la mano de Olga, pero pronto dejó claro que su lugar no estaría en el bullicio, sino en la palabra.

Nos invitaba a leer.

Al principio eran textos sencillos, relatos breves que luego comentábamos entre todos, casi sin método pero con entusiasmo. Sin embargo, lo que realmente lo hacía especial era su manera de contar historias. Tenía una narración oral tan amena que bastaban unos minutos para que termináramos reuniéndonos a su alrededor, en círculo, como si sin darnos cuenta regresáramos a una forma antigua de aprender: escuchando.

De vez en cuando nos regalaba historias que nos hacían estallar en carcajadas. Una de las más celebradas era la de San Antoñito, que repetía con variaciones, pero siempre con el mismo efecto:

Decía que San Antoñito era un muchacho al que todos creían medio tonto. Para probarlo, cada vez que alguien quería “ayudarlo”, le ponían delante dos billetes: uno de gran valor y otro de menor cuantía.

Toñito —le decían—, escoja uno.

Y Toñito, sin vacilar, tomaba siempre el de menor valor.

La gente se reía, confirmando su sospecha: “sí que es bobo este muchacho”. La escena se repitió tantas veces que un día alguien decidió preguntarle de frente:

Oiga, Toñito, ¿por qué escoge siempre el billete de menor valor? ¿Es que no sabe cuál vale más?

Toñito respondió con una tranquilidad desarmante:

Claro que sé cuál es el de mayor valor… pero si algún día lo escojo, ustedes dejan de hacerme la prueba… y yo necesito comer todos los días.

Cuando Miguel remataba el cuento, la risa llegaba primero, inevitable. Pero después venía el silencio breve, ese en el que cada quien entendía que Toñito no tenía nada de tonto: había aprendido a sobrevivir.

Otro día nos contó una historia distinta del mismo personaje.

Según decía, Toñito trabajaba para un comerciante usurero y de mal carácter. El hombre tenía la costumbre de pagar los sueldos reuniendo a todos los empleados, para luego casi obligarlos a invitarlo a comer o a beber “por ser el jefe”. Además, disfrutaba dejando a alguien en ridículo.

Un día le tocó a Toñito.

A ver, Toñito —dijo el patrón—, dicen que usted soñó conmigo. Cuéntenos ese sueño.

Las risas comenzaron a circular entre los presentes, anticipando la humillación.

Sí, señor —respondió Toñito—. Soñé que los dos nos habíamos muerto.

¡Como tiene que ser! —respondió el patrón, divertido.

Y juntos llegamos al cielo.

¡Como tiene que ser!

Y nos presentamos ante nuestro gran Señor.

¡Como tiene que ser! —insistía, cada vez más complacido.

Entonces Toñito continuó:

Y el Señor ordenó que a usted, patrón, lo untaran de miel, de galletas y de otras cosas dulces por todo el cuerpo.

¡Como tiene que ser! —repitió el hombre, ya entregado al juego.

Y a mí —siguió Toñito— me mandó a untar de estiércol, del más maloliente.

¡Como tiene que ser!

Bueno —dijo Toñito—, para no alargar el cuento, al final el Señor levantó la mano y ordenó: “¡Alto!”. Todo quedó en silencio… y entonces dijo: “Toñito, usted lamerá a su patrón… y el patrón lamerá a Toñito”.

Para ese punto, ya nadie podía contener la risa.

Historias como esas no solo nos divertían: creaban comunidad. Muchos niños del barrio comenzaron a acercarse solo para escucharlo, y sin proponérselo, Miguel fue tejiendo un nuevo tipo de encuentro dentro de Katakandrú, uno donde la palabra volvía a ser centro.

Pero no era únicamente un narrador.

También nos hablaba del mundo. De los cambios que atravesaban los pueblos, de las transformaciones sociales que apenas comenzábamos a comprender. Recuerdo que en varias ocasiones —a veces con Olga presente, escuchando con la misma atención que nosotros— nos habló de China, de su reconstrucción, de sus procesos culturales. Le llegaban revistas de ese país, y a partir de ellas compartía ideas, tesis filosóficas y reflexiones que giraban en torno al pensamiento de Mao Tse-Tung. Para nosotros, que apenas abríamos los ojos a esas discusiones, aquello era como asomarse a otra dimensión.

Además, Miguel estaba inscrito en una editorial que ofrecía libros a crédito. El sistema era sencillo: pagos pequeños, accesibles. Varios terminamos animándonos, y gracias a eso empezaron a circular textos que, de otro modo, difícilmente habrían llegado a nuestras manos.

Recuerdo algunos títulos que marcaron esa época: Suecia, ¿infierno o paraíso?, La necesidad del arte, La vorágine, de José Eustasio Rivera, y El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez.

En Katakandrú, esos libros no eran simples lecturas: eran detonantes. Nos empujaban a discutir, a disentir, a mirarnos por dentro y a cuestionar el mundo que nos rodeaba.

Así, casi sin advertirlo, Miguel fue ganándose su lugar.

Con él también empezó a transformarse nuestra manera de leer. Dejamos de ser únicamente los muchachos que devoraban cómics de Batman, Superman, la Mujer Maravilla o Flash; los tomos de El Santo, el Enmascarado de Plata; las revistas del oeste; las historias de Kalimán, el hombre increíble; o las novelas románticas de Corín Tellado. Sin abandonar esas lecturas que habían acompañado nuestra juventud, comenzamos a abrir espacio para otras preguntas, otras miradas.

Y en medio de ese proceso, ocurrió algo más.

Miguel nos enseñó a manejar cámaras de video, que por entonces apenas comenzaban a popularizarse. Grabamos pequeñas historias, escenas improvisadas que luego veíamos con una mezcla de asombro y alegría, reconociéndonos en aquellas cintas de casete que guardaban nuestras primeras imágenes. Era otra puerta que se abría: ya no solo leíamos historias, empezábamos a construirlas desde la imagen.

Pero todo cambio trae su sombra.

La llegada de la televisión a color, con sus programas y películas, comenzó a reorganizar nuestros tiempos. Sin darnos cuenta, las reuniones dejaron de ser espacios de conversación para convertirse en momentos de contemplación. Ya no hablábamos tanto: mirábamos.

Y en ese tránsito, Katakandrú empezó a tensarse en silencio.

Entre la palabra y la imagen.
Entre el diálogo y la pantalla.
Entre crear juntos y consumir lo creado por otros.

Ganábamos acceso a nuevos mundos, sí, pero corríamos el riesgo de perder el nuestro.

Tal vez no lo entendíamos del todo entonces, pero algo estaba cambiando. El espíritu colectivo que nos reunía alrededor de la conversación comenzaba a diluirse en la luz intermitente de la pantalla.

Y aun así, en medio de esa transformación —con Olga, Miguel y todos nosotros como testigos— quedó flotando una pregunta, como un eco persistente:

¿seríamos capaces de aprender esos nuevos lenguajes sin dejar de ser quienes éramos?

CAPITULO 30

El enfrentamiento: Yael y “Caliche” Montealegre

En los primeros pasos de Katakandrú, cuando el grupo apenas comenzaba a delinear su identidad, Carlos Montealegre —a quien muchos llamábamos “Caliche”— fue elegido como su primer presidente. Tenía un entusiasmo que arrastraba: proponía, convocaba, imaginaba. En él se notaba con claridad la necesidad de pertenecer, de encontrar un lugar donde su voz no fuera un eco perdido.

Su historia personal explicaba mucho de ese impulso. Huérfano, criado bajo la severidad de una tía, había crecido entre silencios y obligaciones. Katakandrú, para él, fue durante un tiempo algo más que un grupo: fue refugio, familia, posibilidad.

Yael Garaviño, en cambio, representaba otra forma de estar. No necesitaba un cargo para hacerse visible. Era activo, constante, con una inclinación marcada hacia lo social y lo cultural. Creía en el grupo como un espacio formativo, casi como una escuela de vida. Siempre estaba dispuesto a colaborar, a organizar, a sostener. Si Carlos encarnaba la urgencia de pertenecer, Yael encarnaba la convicción de construir.

Eran distintos.

Carlos lideraba desde la emoción, desde una necesidad profunda de afirmarse en el grupo. Yael lo hacía —aunque sin título— desde la razón, desde la idea de proceso, de coherencia, de propósito colectivo. Uno buscaba ser reconocido; el otro, que las cosas funcionaran.

Esa diferencia, al principio, no era conflicto. Era complemento. Pero con el tiempo empezó a tensarse.

Recuerdo especialmente el momento posterior a la exposición de los símbolos, cuando definíamos emblemas, colores y sentidos de identidad. Allí ya se había dado un primer roce entre ambos. Fue intenso, sí, pero dentro de lo que éramos: jóvenes apasionados, convencidos de que discutir era también una forma de construir.

Sin embargo, lo del piano fue distinto.

La discusión surgió a raíz de la donación de un piano al grupo. Lo que en apariencia era una decisión práctica —qué hacer con él, dónde ubicarlo, qué prioridad darle— terminó abriendo fisuras más profundas. Cada uno defendía su postura con firmeza, pero en el fondo no estaban discutiendo solo un instrumento.

Carlos veía en ese piano una oportunidad, quizá un símbolo, algo que podía fortalecer la identidad del grupo y, de algún modo, su propio liderazgo. Yael, por su parte, cuestionaba desde lo colectivo: prioridades, necesidades reales, sentido de las decisiones. No se oponía por capricho, sino por una forma distinta de entender el rumbo de Katakandrú.

Las palabras comenzaron a subir de tono.

Y en medio de aquel cruce, se dijeron cosas que nunca debieron decirse.

Escucharlos me dolía.

Porque conocía a Carlos, sabía de sus heridas, de su lucha silenciosa por sostenerse. Y también conocía a Yael, su honestidad, su compromiso genuino con el grupo. No eran enemigos. Eran dos formas de ver la vida chocando en un momento equivocado.

Ese enfrentamiento no nació ese día.

El piano fue apenas el detonante.

Detrás venían acumulándose diferencias, tensiones no resueltas, formas distintas de asumir el liderazgo, de entender la pertenencia, de habitar el grupo. Lo que estalló en palabras fue, en realidad, una historia que ya venía escribiéndose en silencio.

Después de aquello, algo cambió.

No de manera inmediata ni evidente, pero sí profunda.

Carlos empezó a transformarse. La vida, con su peso, lo fue llevando por caminos cada vez más difíciles. Su presencia se volvió intermitente, su voz menos firme, su mirada más lejana. Había en él una tristeza que no sabíamos cómo nombrar, pero que todos alcanzábamos a sentir.

A veces lo encontrábamos. Se acercaba, hablaba poco, pero en sus ojos había una nostalgia que lo decía todo. Nos extrañaba. Y nosotros también lo extrañábamos, incluso cuando aún no se había ido del todo.

Porque perder a alguien no siempre ocurre de golpe. A veces sucede así: poco a poco, en silencios, en ausencias que se alargan.

Las circunstancias lo arrastraron. Cayó en un dilema profundo, atrapado entre lo que soñaba ser y lo que la vida le permitía. Y con el tiempo, fue desdibujándose, como si la realidad misma lo fuera borrando.

Carlos se fue quedando en los márgenes.

Pero no en el olvido.

En Katakandrú, su nombre permanece como símbolo de una búsqueda: la de un joven que quiso pertenecer, que encontró por un instante un lugar, y que luchó —a su manera— por no perderlo.

Y al recordar aquel enfrentamiento con Yael, queda una certeza que el tiempo vuelve más clara: no fue una pelea por un piano. Fue el estallido de dos mundos interiores, de dos historias, de dos maneras de entender la vida y el grupo.

Una colisión inevitable.

También, quizás, necesaria.

Porque en esas tensiones se revelaba lo que éramos: un grupo vivo, atravesado por afectos, diferencias y heridas. Un espacio donde no solo se construían sueños, sino donde también se hacían visibles las fragilidades humanas.

Y tal vez esa sea la lección más honda que nos dejó Carlos Montealegre: que detrás de cada discusión hay una historia no dicha, y que comprender al otro —de verdad— exige mirar más allá de sus palabras.









CAPITULO 31

El comienzo del final

Sin embargo, algo empezó a cambiar.

Sin previo aviso, Yael fue tomando distancia. Primero dejó de asistir con regularidad; luego comenzó a aislarse. Su presencia, antes constante, se volvió esporádica. A las reuniones llegaba de vez en cuando, y cuando lo hacía, ya no intervenía con el entusiasmo de otros tiempos. Aquella voz firme, que antes impulsaba ideas y debates, empezó a apagarse sin hacer ruido.

Con el tiempo supimos que su familia se había trasladado hacia el barrio El Altico. La distancia, sumada a las dificultades de transporte, pudo haber influido. Cuando no lo encontrábamos en la universidad, se excusaba con el peso creciente de sus responsabilidades: hablaba de trabajo, de compromisos nuevos, incluso de labores como docente fuera de la ciudad. Eran razones válidas, pero detrás de ellas se intuía algo más difícil de nombrar.

Poco a poco, su figura se fue diluyendo en la cotidianidad del grupo, hasta que un día —sin despedidas, sin anuncios— simplemente dejó de aparecer.

Intentamos buscarlo. Quisimos reanimar el vínculo, traerlo de vuelta, rescatarlo de aquella distancia que se había ido instalando entre él y Katakandrú. Pero no fue posible.

Así, Yael Garaviño se convirtió en uno de esos buenos elementos que se marchan antes de tiempo: valiosos, recordados, inscritos con afecto en la memoria viva del grupo. Porque si algo tuvo nuestra historia, fue precisamente eso: personas que, aun al tomar otros rumbos, dejaron sembrada una parte de sí en lo que fuimos.

Y no fue el único.

Algo similar ocurrió con Carlos Montealegre. Su ausencia no fue abrupta, sino lenta, casi imperceptible al comienzo. Se fue alejando sin palabras, como si la vida lo hubiera ido reclamando en silencio, hasta desaparecer del todo de nuestras rutinas. Un día estaba, y al siguiente ya era apenas un recuerdo que empezaba a doler.

Fue entonces cuando comenzamos a entender —aunque no lo dijéramos en voz alta— que algo más profundo estaba ocurriendo.

Las ausencias ya no eran casos aislados.

Eran señales.

Katakandrú, que alguna vez había sido un punto de encuentro vibrante, empezó a mostrar fisuras. Los que se iban no siempre eran reemplazados, y los que llegaban encontraban un ambiente distinto, menos sólido, más disperso. El entusiasmo seguía allí, pero ya no era el mismo: había perdido continuidad, fuerza, dirección.

Así comenzó el declive.

No como una caída repentina, sino como un desgaste lento, hecho de silencios, de sillas vacías, de conversaciones que ya no se daban. Como una luz que no se apaga de golpe, sino que va perdiendo intensidad hasta volverse tenue.

Y, sin embargo, incluso en ese comienzo del final, quedaba algo intacto: la certeza de que lo vivido había sido real, profundo, y que ninguna ausencia podría borrar del todo lo que Katakandrú había sembrado en nosotros.

La división del grupo

Pero un día empezó a circular un rumor.

No llegó de golpe, sino como suelen llegar las cosas que inquietan: en voz baja, entre corrillos, en conversaciones que se interrumpían cuando alguien más se acercaba. Fue entonces cuando un primo, Gustavo Rujana —vinculado a las fuerzas especiales de investigación del Ejército— me buscó con cierta urgencia. Lo que tenía para decir no era menor.

Según él, Leonardo estaba relacionado con un grupo investigativo del Estado y habría sido enviado con la misión de informar sobre las actividades de Katakandrú. Al parecer, el nombre del grupo ya comenzaba a sonar en distintos espacios de Neiva, despertando curiosidad —y quizá sospechas— en algunos sectores.

Al principio, nos resistimos a creerlo.

Nos parecía una exageración, casi una historia alimentada por el clima de desconfianza que, en aquellos años, se respiraba en muchos ambientes. Preferimos no darle mayor peso. Katakandrú, al fin y al cabo, había sido para nosotros un espacio de encuentro, de cultura, de comunidad. Pensar que alguien estuviera allí con otros intereses resultaba difícil de aceptar.

Sin embargo, por el lado de Miguel la situación empezó a mostrar otra cara.

Poco a poco fuimos entendiendo que él hacía parte de un movimiento juvenil de carácter contestatario, que venía organizando grupos en distintos barrios de la ciudad. No era algo que ocultara del todo, pero tampoco lo exponía abiertamente. Su influencia, discreta pero constante, comenzó a sentirse dentro de Katakandrú.

Y entonces apareció la señal más clara.

Miguel empezó a atraer hacia ese movimiento a varios de nuestros compañeros. Entre ellos estaban Jaime Borrero, director de música; Donal Losada; algunos de los hermanos Bellos; Edgar Silva; además de varias muchachas y otros jóvenes del grupo. No fue un quiebre inmediato, sino un desplazamiento progresivo, casi imperceptible al inicio, pero cada vez más evidente con el paso del tiempo.

Sin darnos cuenta, la cohesión que durante años nos había sostenido comenzó a resquebrajarse.

El grupo, que antes había funcionado como un solo cuerpo, empezó a dividirse en afinidades, en intereses distintos, en caminos que ya no coincidían del todo. Y en medio de ese proceso, tanto Leonardo como Miguel dejaron de asistir a las reuniones.

Sus ausencias marcaron un punto de no retorno.

A partir de entonces, cada encuentro de Katakandrú fue distinto. Donde antes había bullicio, proyectos y risas, comenzaron a aparecer las sillas vacías. Las conversaciones perdieron continuidad. El entusiasmo, que había sido nuestra fuerza, empezó a diluirse en una sensación difícil de nombrar.

Y entonces llegó la violencia.

Como si el destino hubiera decidido cerrar con crudeza un capítulo que ya venía fracturándose, las noticias comenzaron a golpearnos una tras otra.

Donal Losada fue atacado sorpresivamente mientras cambiaba una llanta del taxi con el que se ganaba la vida. Le dispararon sin darle oportunidad de defenderse. Otro joven, cercano al grupo de Miguel, también fue baleado al salir de su casa. Miguel, por su parte, resultó herido en medio de una manifestación y tuvo que ser trasladado de urgencia a una clínica de la ciudad. De Jaime Borrero nunca volvimos a tener noticias claras; algunos decían que había sido desaparecido.

Cada suceso era un golpe.

Entre la incertidumbre, el miedo y el dolor, Katakandrú entró definitivamente en una etapa de decadencia. Ya no se trataba solo de diferencias internas o de ausencias progresivas. Era la realidad, cruda e implacable, irrumpiendo en nuestras vidas.

Y mientras todo eso ocurría, la vida —como siempre— siguió avanzando.

Cada uno comenzó a abrir su propio camino. La juventud fue dando paso a nuevas responsabilidades: llegaron los matrimonios, las profesiones, los compromisos que transforman la cotidianidad. Yo mismo inicié esa etapa al casarme con Esperanza y, poco después, al graduarme en Literatura. Mis compañeros siguieron rutas similares: Ever formó su vida con Edna Lizcano y se convirtió en ingeniero agrícola; Carlos se casó con Erly España y avanzó hacia la administración educativa; Nacho construyó su hogar con Gloria mientras se graduaba en educación física.

Fulvio, junto a Lucila Charry, continuó su vocación artística hasta convertirse en docente en artes plásticas. Archi, al lado de Marcela Aristizábal, culminó sus estudios en contaduría pública.

Las muchachas del grupo también emprendieron sus propios caminos. Amparo Suárez, Samaris Ariari y tantas otras compañeras con quienes compartimos excursiones, lecturas y encuentros, comenzaron a formar sus hogares, a construir nuevas vidas.

Así, casi sin notarlo, aquella comunidad juvenil empezó a dispersarse.

No hubo un momento exacto en que todo terminara.

Fue un proceso.

Las reuniones se hicieron esporádicas. Los proyectos quedaron inconclusos. Katakandrú, que durante años había sido un espacio vibrante de ideas, música, lecturas y sueños colectivos, empezó a reducirse hasta quedar convertido en un pequeño círculo de recuerdos compartidos.

Y un día lo entendimos.

Con una mezcla de tristeza y gratitud, supimos que aquel tiempo estaba llegando a su fin. No hubo despedidas formales ni decisiones explícitas. El grupo simplemente se fue apagando, como se apagan las fogatas cuando la noche avanza y cada quien debe regresar a su casa.



































CAPITULO 32

Y entonces, para completar ese descenso silencioso y escalofriante, llegó la enfermedad de Olga. No pidió permiso. Llegó con una determinación implacable, la obligó a guardar cama y terminó recluyéndola en una sala de cuidados intensivos del Hospital Departamental de Neiva. Aquel mal que la había acompañado desde niña, como una sombra persistente, terminó por reclamar su deuda.

No nos permitieron verla. No pudimos despedirnos. No hubo palabras, ni gestos, ni ese último instante que uno siempre cree que tendrá. Solo, tiempo después, sin preámbulos y sin concesiones, recibimos la noticia. Directa. Brutal. Irrefutable.

Olga había muerto.

Se fue la amiga. La que dio origen al grupo. La que, sin proponérselo del todo, nos reunía. Porque, en el fondo, todos lo sabíamos: las reuniones, las excusas, los encuentros en la universidad… eran formas de buscarla a ella. Su alegría nos convocaba. Su confianza nos sostenía. Y su belleza —esa que no era solo del rostro— nos atraía inevitablemente.

Donde estaba Olga, estábamos todos.

Carta de Olga Lucía Fierro

Amados míos:

Desde este lecho donde la enfermedad ha ido consumiendo mis fuerzas, quiero dejarles un recuerdo que no se marchite. Porque la memoria es más fuerte que la carne, y el espíritu sigue danzando aun cuando el cuerpo comienza a apagarse.

Recuerdo aquel tiempo luminoso en que fui elegida representante de nuestro barrio Las Granjas y de Katakandrú en el Festival del Bambuco, a nivel municipal. ¡Qué júbilo tan inmenso! Todo el grupo se volcó en mi causa, como si mi nombre fuera apenas un estandarte que, en realidad, nos contenía a todos.

Me acompañaron en cada ensayo del sanjuanero huilense y, bajo la guía de Fulvio, el escultor, levantaron con sus propias manos la carroza que habría de llevarme en los desfiles: una majestuosa flor de mayo, abierta en todo su esplendor, símbolo de vida y celebración. Y allí, en su centro, iba yo, erguida y radiante… pero no por mí misma, sino por todo lo que ustedes habían puesto en ella, como si fuera el corazón vivo de nuestra obra colectiva.

Se armó la comparsa con guitarras, tambores, chuchos, carrascas y esterillas; un tejido de música y alegría que aún resuena en mi memoria. Cada quien ofreció lo mejor de sí: unos aportaron materiales, otros dinero, y muchos más su esfuerzo incansable para reunir lo necesario. Al final, mi nombre resonó en la plaza con fuerza y emoción: ocupé el primer lugar. Fui coronada Reina Popular de Neiva, la primera en llevar ese triunfo a Las Granjas. Pero aquel logro no fue mío… fue de todos. De Katakandrú. De cada risa compartida, de cada esfuerzo silencioso, de cada sueño tejido en comunidad. Porque la verdadera gloria no estaba en la corona, sino en todo lo que construimos juntos.

Por eso hoy quiero decirles algo que quizá no supe expresar entonces: Era Olga avanzando con un grupo maravilloso… éramos todos.
Éramos un sueño colectivo tomando forma, una hermandad latiendo en un mismo propósito. Ya no era solo yo; era la voz y el rostro de cada uno de ustedes.

Hoy, desde la memoria, vuelvo a esos momentos que nos hicieron crecer sin darnos cuenta.
Recuerdo cómo empezamos en la universidad: queríamos reunirnos para prestarnos libros… y terminamos construyendo una biblioteca.
Nos organizamos para ayudar a unos pocos jóvenes… y acabamos formando un grupo de danzas, música y teatro.
Buscábamos encontrarnos… y terminamos creando un lugar donde todos pertenecíamos.

También recuerdo las tertulias, donde los cantos y las historias nos arrancaban carcajadas desde lo más profundo del alma.
Y aquellos pequeños trabajos comunitarios que, casi sin proponérnoslo, se convirtieron en escenarios deportivos, en parques reforestados, en espacios que aún respiran lo que fuimos.

Pero lo verdaderamente importante no era la obra… era la unión.
Era compartir cada detalle, cada pasaboca, cada bebida, como si en esos gestos sencillos se sostuviera todo nuestro mundo.

Sentimos el aire de nuestras salidas, el aroma vivo de los territorios huilenses que recorrimos juntos, como si la tierra misma nos abrazara.
Y en nuestras reuniones, con la música envolviéndonos y los cuerpos entregados a la danza, existía una certeza luminosa: por un instante perfecto… éramos uno solo.

Porque así éramos: queríamos hacer algo pequeño… y terminábamos creando algo inmenso.

Sembramos una semilla sin saberlo… y cuando miramos atrás, ya éramos un bosque.

Por eso, hoy más que nunca, les pido que no dejen caer lo que construimos. Permanezcan en la unidad, por que ella hace la fuerza, era nuestro lema. . Porque mientras eso viva… nosotros también seguiremos existiendo.

Leónidas, mi amigo del alma… siempre estuviste ahí.
No solo para cuidarme, sino para sostenerme, para tomar mi mano con esa firmeza silenciosa de quien no necesita palabras para estar presente. Eras como un hermano… quizá más que eso: eras ese refugio al que uno vuelve sin pensarlo.

Fuiste mi cómplice, mi sombra luminosa, el que caminaba a mi lado incluso cuando no decía nada.
Contigo no había máscaras. Sabías mis secretos, y yo los tuyos. Podíamos hablar sin temor, sin tapujos, sin censura… como si el mundo afuera no existiera. Había entre nosotros una confianza limpia, de esas que no se explican, solo se viven.

En tus silencios también estabas.
En tus bromas, en tus formas torpes de acercarte, en tu manera de quedarte un poco más cuando todos se iban… ahí estabas tú, siendo leal sin alardes, profundo sin saberlo.

Por eso no quise poner en riesgo esa amistad tan hermosa que nos unía. Porque lo nuestro ya era valioso, ya era verdadero… y temí que al nombrarlo de otra forma pudiera romperse.

Supe de la inmensidad de tu afecto aquella noche en la Tatacoa, cuando me arrullaste como a una niña y me protegiste del frío con tus brazos.
En ese gesto entendí todo lo que nunca dijiste.

Eres un gran ser humano, Leónidas…aunque muchos no alcancen a comprenderte. Pero yo sí te vi. Yo sí supe quién eras. Y eso… nadie podrá borrarlo jamás.

Por eso te pido algo que tal vez duela:

Talla mi nombre en una roca. Míralo mientras el tiempo lo borra lentamente,
por que el tiempo deshace lo que no puede explicar. Luego quédate allí…deja que el viento borre tus pasos, que no quede rastro de tu espera ni de tu dolor. Y cuando creas que todo ha desaparecido,cuando sientas que incluso yo me he ido, escucha…Porque en el vaivén de las brisa, en ese murmullo que nunca se detiene, volverás a escuchar mi nombre. Y entonces sabrás que hay cosas que no se van, aunque el mundo entero intente eliminarlas.

Hoy, mientras la enfermedad me aparta lentamente de este mundo, quiero que sepan que ese recuerdo es mi legado. No lloren por mí: recuperen la unión de grupo, el brillo de las sonrisas, la solidaridad que nos hizo invencibles.

Yo me voy… van a prepararme para la cirugía. Los médicos dicen que es un procedimiento bastante complicado. Espero volver con ustedes; y si no, deseo que en cada gesto, en cada paso que den al avanzar, siga latiendo mi espíritu en Katakandrú.

Con amor eterno,
Olga Fierro

Olga nos dejó estas palabras como un adiós sereno, lleno de gratitud y de vida.
Cuando leímos su carta, el corazón se nos encogió en un mismo latido. Nadie habló.
El silencio nos envolvió a todos, como si en ese instante comprendiéramos, sin necesidad de decirlo, la verdadera dimensión de su despedida.
La enterramos en la tierra…
pero fue en nosotros donde comenzó, silenciosa, su verdadera ausencia.

Y con estas palabras, y las lágrimas surcando nuestros rostros, le dimos a Olga Lucía un adiós que no fue solo despedida… sino también promesa de memoria.

Y entonces lo entendí: la vida no avisa cuando cambia de forma.

Olga se volvió memoria… y la memoria, eternidad“













CAPITULO 33

Pero aún faltaba la punzada final.

La muerte de Olga golpeo con fuerza a Leónidas. En él, el dolor no se volvió silencio, sino rebeldía. Algo en su interior se endureció, como si necesitara gritarle al mundo lo que ya no podía decirle a ella. Buscó en la protesta una forma de desarraigar su tristeza, de convertir la ausencia en fuego. La inconformidad crecía en la ciudad, en la universidad, en todo el país. Y Leónidas se lanzó a ella sin reservas.

Días después, cuando el grupo apenas comenzaba a recuperar el aliento, se organizó una manifestación con antorchas en la universidad. Allí estaba él, en medio de la multitud, encendiendo ánimos, avivando consignas, empujando a los demás a gritar con más fuerza, como si en cada voz buscara acallar la suya.

Cada estudiante llevaba una antorcha encendida. Y era Leónidas quien las alimentaba con combustible. No habían avanzado muchos metros cuando ocurrió. Todo pasó en segundos: el combustible se derramó… y el fuego los alcanzó. Las llamas los envolvieron sin darles tiempo. Corrieron desesperados, de un lado a otro, mientras el caos se abría paso entre los gritos. Nadie logró reaccionar a tiempo.

Uno de ellos era el joven y reconocido Julio César Medina. El otro… era Leónidas Guevara.

La noticia cayó sobre la universidad como una noche más oscura que cualquier otra. Y sobre Katakandrú… como un golpe imposible de asimilar. El muchacho irreverente, el crítico constante, el colaborador intermitente, el defensor inesperado… se nos había ido de la forma más dolorosa. El duelo fue profundo y compartido.

La velación se convirtió en un río silencioso de rostros: estudiantes, profesores, amigos, vecinos… todos desfilaban con incredulidad frente a los féretros. Las antorchas de la protesta se apagaron, pero otras luces —las de las velas— temblaban ahora en señal de despedida.

Hubo palabras entrecortadas. Canciones que apenas lograban sostenerse sin quebrarse. Abrazos largos, intentando contener lo incontenible.

Sus nombres resonaron en discursos y consignas, envueltos en un reconocimiento colectivo que llegaba demasiado tarde. En la universidad se guardó silencio. Un silencio denso, respetuoso… más pesado que cualquier grito.

Katakandrú, reunido en torno al dolor, comprendió que aquella pérdida no solo enlutaba el presente: marcaba para siempre el espíritu del grupo. Desde entonces, cada encuentro, cada bandera, cada gesto, llevaría también la memoria de Leónidas como una llama íntima, imposible de apagar.

Porque incluso en sus contradicciones, había sido —a su manera— profundamente Katako. Ya en casa, supimos algo que terminó de estremecernos.

El viejo cuaderno

La madre de Leónidas, doña Carmen Rodríguez, me entregó un cuaderno ajado, casi deshecho por el tiempo. Era humilde, de hojas dobladas y bordes gastados… pero guardaba dentro un universo que ninguno de nosotros sospechaba.

Entre apuntes sueltos apareció una especie de carta —o tal vez un desahogo escrito en noches de soledad— donde hablaba de Olga.

Decía que siempre la había tratado con amabilidad y respeto porque no se atrevía a confesar lo que sentía.
Que sus bromas, sus juegos, su aparente ligereza… eran apenas una forma torpe de acercarse sin delatar el temblor que llevaba dentro.

Recordaba que ella alguna vez le dijo que no tenía seriedad, que era volátil.

Sí —escribía—, reconozco que soy un muchacho humilde, que no tengo los valores ni la actitud de otros del grupo. Pero yo llevo a Olga en mi alma, en mi ser. Por ella estoy dispuesto a todo. Calladamente, y jugando como lo hago, le doy mi cariño… y donde ella esté, quiero estar yo. A nadie le hago daño con mi manera de ser. La vida me marcó un camino, no sé si bueno o malo. Sigo caminando, con dificultades… pero sigo en la lucha.

Y hoy sentí lo que decía Pablo Neruda:
“De la vida no pedí mucho; apenas quiero decir que intenté hacer todo lo que quise, que tuve todo lo que pude, amé todo lo que valía la pena… y perdí lo que nunca fue mío.”

Y aun así, aunque no siempre sea comprendido, quiero seguir adelante.

Porque en Katakandrú encontré algo que no esperaba: un grupo que me tuvo en cuenta, que me aceptó incluso con mis defectos… y que, sin saberlo, me dio un lugar en el mundo.

Julia leyó aquellas páginas, lloró como nadie. No fue un llanto contenido, sino un desbordamiento del alma. Confesó, entre lágrimas, que también había guardado algo por Leónidas. Que, detrás de sus bromas, siempre vio su nobleza… pero nunca imaginó la profundidad de lo que sentía.

Me entere entonces que ella también había amado en silencio. Que su historia nunca fue dicha… pero siempre estuvo ahí.

Aquel cuaderno se convirtió en una despedida sin intención de serlo. En una voz que seguía hablando desde el silencio. Sentí en ese instante, leyendo el poma que dejo para Olga, la inmensidad de su amor.



Ave del jardín

Fue una pequeña ave
en un jardín florecido,
buscando la miel secreta
en el aroma esparcido.

Se sabía victoriosa,
reina leve del instante,
alegre y luminosa
entre perfumes flotantes.

Era risa, era canto,
era un vuelo que abrazaba
pétalos de mil colores
que su cuerpo iluminaba.

Quiso explorar otros cielos,
probar mieles diferentes,
descubrir nuevos fulgores
sin temor… libre, valiente.

Pero la vida, de pronto,
le susurró otro camino,
y un temblor en el tiempo
le transformó el destino.

Y entendió —quizá al final—
lo que en verdad tiene valor:
el amor que permanece,
la amistad que no se apaga,
y la alegría… que nunca muere.

Desde entonces, cuando el nombre de Leónidas vuelve a mi, no llega solo: viene acompañado por la ternura de esas páginas, por el eco de su risa, por el llanto de Julia… y por la certeza de que su corazón —callado en vida— encontró, al fin, la forma de ser escuchado.

Comprendí que hay amores que nacen para no ser pronunciados, para habitar la memoria… y doler suavemente con los años.

Algunos corazones nacen para amar en silencio… y ser escuchados solo cuando ya no están”.

























CAPITULO 34

Final de Katakandrú

Y así, paso a paso, fuimos llegando al final de Katakandrú.

Nos reunimos los que aún quedábamos de la mesa directiva, no ya con la efervescencia de otros tiempos, sino con una serenidad cargada de memoria. Había que cerrar ciclos, honrar lo construido y dejar todo en orden, como quien se despide de una casa que fue hogar.

Comenzamos por devolver lo que nunca fue solo nuestro: a doña Betty le entregamos las ollas que tantas veces nos acompañaron en salidas y campamentos, limpias, sin rastro de tizne, como símbolo del cuidado con que siempre las usamos. También devolvimos las carpas que nos había prestado Coldeportes del Huila, testigos silenciosos de tantas noches bajo las estrellas.

El local donde nos reuníamos fue entregado nuevamente a la Junta de Acción Comunal, junto con la biblioteca, con la esperanza de que siguiera siendo un espacio vivo para otros. Los lotes que habíamos recuperado y arreglado con tanto esfuerzo quedaron en manos de los vecinos, confiando en que continuarían cuidándolos como nosotros lo hicimos.

El hexagonal —nuestro punto de encuentro— no quedó en silencio del todo. Algunos jóvenes del barrio, junto a varios de los nuestros, decidieron mantenerlo vivo. Allí estaban Nacho, Carlos Rujana, Jorge, Másmela, Edgar Silva… como una chispa que se negaba a apagarse.

Lo demás fue aceptar lo inevitable: el grupo, tal como lo habíamos conocido, cerraba sus actividades. No hubo un acto formal ni una despedida definitiva, solo la certeza compartida de que algo grande había llegado a su fin.

Pero no era un cierre vacío.

Nos quedaron la experiencia, la amistad, las historias y las huellas. Y, sobre todo, la certeza de que aquello no terminaba del todo; que, de algún modo, volveríamos a encontrarnos para empezar otra vez.

Porque Katakandrú no fue solo un grupo: fue una manera de estar en el mundo. Lo comprendimos sin decirlo. Lo verdadero no se disuelve, se transforma.

Cerramos un capítulo, sí… pero dejamos abierto el camino. Mientras exista alguien que recuerde, que sueñe, que se atreva a crear en colectivo, Katakandrú seguirá vivo.

Hoy, al mirar atrás, lo entiendo con claridad: fue escuela, fue refugio, fue conciencia. Tal vez muchos no recuerden nuestros nombres, pero eso es lo de menos. Su espíritu renace cada vez que un joven decide organizarse, cada vez que una comunidad se reconoce en su historia, cada vez que la cultura se levanta como un acto de dignidad.

Y si alguien pregunta qué fue Katakandrú, bastará decir que fue una llama encendida en tiempos difíciles, un eco antiguo que encontró en la juventud una nueva forma de perdurar.

Y ahora damos un paso adelante. Porque toda acción tiene su eco… y es allí, en lo inesperado, donde la historia vuelve a comenzar



Capítulo: El Brindis de la Ciudadela Katakandrú

La vida nos reclamaba. Cada quien volvió a su municipio y a su oficio: Ever a Campoalegre como ingeniero agrícola, Fulvio a Aipe como docente de artes plásticas, Nacho y Eulices a sus colegios como maestros de educación física, y yo, Constantino, a Tesalia como profesor de castellano. Las chicas también se graduaron, formaron hogares y siguieron sus caminos.

El ciclo universitario se cerraba: habíamos cumplido el objetivo del estudio, alternando siempre con las actividades de Katakandrú.

Y llego el reencuentro de diciembre

Como era tradición, el 24 de diciembre nos reunimos. Esta vez, en un lugar nuevo: El Rinconcito de Portilla, alegre y campestre, con la brisa fresca que parecía anunciar algo distinto. Allí estábamos: Ever, Humberto, Archi, Ignacio, Fulvio, Leonardo, Walter, Edgar, el tío Pedro y yo. Entre risas y recuerdos, la conversación tomó un rumbo inesperado.

La inquietud y la propuesta, Ever me increpó:

Bueno, don Constantino, ahora sí nos va a sacar de la duda.

Fulvio añadió:

Nos tienes en ascuas.

Entonces hablé:

Katakandrú debe evolucionar. Ya no somos un grupo juvenil. Como dijo mi madre, “el hambre que se casa quiere casa y morral para la plaza”. Debemos pensar en vivienda, en un barrio propio donde sigamos unidos.

El asombro fue inmediato. Nacho advirtió:

Es una idea temeraria.

Pero yo respondí:

Nadie dijo que fuera fácil. Lo fundamental ya lo tenemos: sabemos trabajar en grupo. Paso a paso lo lograremos.  Y tendremos, el sueño de la ciudadela

La discusión se volvió concreta: cuánto había en tesorería, cuánto costaba un lote, cuánto podía ahorrar cada socio. Se habló de bazares, bailes familiares, ventas de comida rápida. La convicción crecía: “a nosotros los Katakos no nos queda grande nada”. 

Finalmente, las dudas cedieron al entusiasmo. Bello dijo:

Creo que me han convencido.

Carlos remató:—Que sea un hecho.

Las copas se alzaron. El brindis selló el pacto. Ese día nació la Ciudadela Katakandrú, no como ladrillos aún, sino como promesa.


Ese 24 de diciembre quedó grabado como frontera en nuestra historia. Atrás quedaban las guitarras juveniles y las noches de anécdotas; adelante se abría el horizonte de la lucha por un hogar. Katakandrú dejó de ser un grupo de muchachos y se convirtió en semilla de comunidad.

Y así, entre la brisa campestre y el eco de las copas, comenzó el ciclo de los katakaos luchadores por la vivienda.


Pero esa historia de la ciudadela Katakandrú como barrio… esa, mis amigos, se las contaré en otra ocasión...




Epílogo

Hoy, al terminar de escribir estas líneas, comprendo que aquel movimiento no solo iluminó un momento en la historia del barrio: sembró una semilla que aún germina en la memoria de quienes fuimos parte de él.

Katakandrú fue llama, sí; pero también fue hogar Fue escuela. Fue el primer ensayo de ciudadanía para una generación de jóvenes que decidió encontrarse, reconocerse y creer que era posible transformar su entorno desde la cultura, la organización y la palabra.

En sus reuniones, en sus actividades, en cada gesto colectivo, aprendimos que el barrio no era solo un lugar donde vivir, sino un territorio que podía soñarse, cuidarse y defenderse.

Los años han pasado. Las calles han cambiado. Las voces de aquella juventud se dispersaron en distintos caminos de la vida. Pero el eco de aquel impulso sigue ahí, silencioso y persistente, recordándonos que hubo un tiempo en que la esperanza se organizó y tomó nombre.

Así se fue tejiendo, paso a paso, la pequeña epopeya de nuestra historia. Y Katakandrú —su hijo más luminoso— quedó sembrado como símbolo de pertenencia, de lucha y de dignidad.

Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien vuelva a nombrar el barrio con orgullo, esa llama —hermanos— seguirá ardiendo.

Y quizás, en alguna esquina de Las Granjas, entre el eco de una pelota contra la pared y el aroma del café recién colado, vuelva a nacer el espíritu de Katakandrú, recordándonos que los sueños colectivos nunca mueren: solo esperan nuevas voces que los pronuncien.

Línea final

Donde haya memoria, Katakandrú seguirá vivo.

Nota de cierre del autor

Estas páginas nacen del recuerdo, de la amistad y del amor profundo por el barrio que nos vio crecer.
Si alguna historia, algún nombre o alguna escena logra despertar en quien lee un recuerdo parecido al nuestro, entonces estas palabras habrán cumplido su propósito: mantener viva la memoria de una generación que creyó en la fuerza de la comunidad.

Constantino Castro Zamora
Barrio Las Granjas
Huila, Colombia






Katakandru y su Historia

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