sábado, 18 de abril de 2020

CRONSTPRODUCCIONES ARTE Y CULTURA



KATAKANDRU

El sendero de los que sueñan
 Crónicas juveniles  
y la evocación  de 
su labor y evolución


Portada del libro

CONTRAPORTADA

En un barrio donde los sueños parecían lejanos, un grupo de jóvenes decidió reunirse sin saber que estaba construyendo algo mucho más grande que ellos mismos.

Katakandrú. no nació como un proyecto, sino como una necesidad: la de expresarse, la de construir, la de transformar su entorno a través del arte.

Entre teatro, música, viajes y experiencias que marcaron sus vidas, descubrieron que la cultura no solo se aprende… se vive. Este libro es memoria, camino y origen.

Es la historia de quienes entendieron que soñar también es una forma de cambiar el mundo.

SOLAPA (BIOGRAFÍA DEL AUTOR)

Constantino Castro Zamora , nació en Cunday Tolima. En el  año de 1953  y aprendió a contar historias mucho antes de escribirlas.

Creció entre calles donde la vida se compartía en voz alta y donde cada esquina guardaba una memoria. Allí entendió que las verdaderas historias no están en los libros, sino en la gente, en los encuentros y en los caminos recorridos.

Licenciado en Lingüística y Literatura, de la universidad Surcolombiana y especialista en Multimedios, gestor cultural  y docente por vocación, ha dedicado su vida a trabajar con comunidades, especialmente con jóvenes, convencido de que el arte no solo se enseña, sino que también se vive.

Como parte fundamental de Katakandrú., ha sido testigo y protagonista de un proceso donde el teatro, la música y la palabra se convirtieron en herramientas. ha escritos varios trabajos dramatúrgicos, El espejo, El embajador de la india, Mala leche, Zarrapastrocillo,  El tunjo de oro, entre otros, para transformar realidades y construir identidad.

Este libro no es solo un relato.

Es una memoria compartida.

Dedicatoria

Escribir sobre Katakandrú. es un acto de memoria y de agradecimiento. Cada página es un impulso hacia la luz, un esfuerzo por preservar la amistad, la lucha y la esperanza de quienes hicieron de este grupo un sendero compartido.

A mi hermano Arquímedes Castro, Archi, quien partió dejando huellas imborrables. A Estivenson Remires, Alfonso Orozco, Leonidas Guevara, Olga Lucía Fierro, Arlex Amezquita, Ariari GaraviñoQEPD. A ellos les debo esta narrativa. Su ausencia se vuelve presencia cada vez que la memoria nos reúne, cada vez que el recuerdo se convierte en palabra y la palabra… en vida.

Este libro es también un homenaje a quienes pertenecieron y ayudaron a formar Katakandrú.; a aquellos que supieron recorrer el camino con alegría y convicción, demostrando que la unión es más poderosa que cualquier sombra. No como un recuerdo lejano, sino como una llama que aún perdura en nuestros corazones.

Porque hay caminos que no terminan… solo continúan en quienes los recuerdan.

PRÓLOGO

Antes de saberlo, ya estábamos caminando juntos

Nadie podría decir con exactitud en qué momento comenzó todo.

Tal vez fue una tarde cualquiera, de esas en las que el sol caía lento sobre los techos de zinc del barrio Las Granjas, mientras los niños corrían golpeando una rueda descalzos levantando polvo y los mayores conversaban en las esquinas como si el tiempo no tuviera prisa. O quizá empezó mucho antes, cuando el barrio aún no tenía nombre, cuando las calles eran apenas caminos de tierra y las casas parecían levantadas más con necesidad que con planos.

Lo cierto es que, sin darnos cuenta, algo ya se estaba gestando.

No fue un proyecto.
No fue una idea clara.
Ni siquiera fue un sueño.

Fue más bien una forma de encontrarnos.

En medio de las carencias, de las dificultades cotidianas y de una realidad que muchas veces parecía cerrarnos las puertas, comenzamos a reunirnos. Al principio sin intención, luego por costumbre, y finalmente por una necesidad que no sabíamos nombrar, pero que nos unía.

El barrio, sin proponérselo, empezó a enseñarnos.

Nos enseñó a compartir lo poco, a escuchar al otro, a resistir sin hacer ruido. Nos enseñó que la vida no siempre se entiende, pero se vive. Y que, incluso en los lugares más olvidados, puede nacer algo que tenga sentido.

Así fue como apareció Katakandrú.

No como un grupo.
No como un nombre.
Sino como una fuerza.

Una que fue tomando forma entre risas, discusiones, caminatas, ensayos improvisados y silencios compartidos. Una que se alimentó de la calle, de la música que salía de las casas, de las historias contadas al caer la noche y de esa necesidad profunda de decir algo… aunque no supiéramos todavía cómo.

Con el tiempo entendimos que no estábamos inventando nada.

Estábamos recordando.

Recordando una manera de vivir en comunidad.
Una forma de crear desde lo que somos.
Una voz que no venía de nosotros solamente, sino de mucho más atrás.

Porque hay historias que no comienzan cuando se escriben, sino cuando alguien decide escucharlas.

Y esta…
ya venía hablándonos desde hace tiempo.

Epígrafe:

Katakandrú. fue la prueba de que la juventud, cuando se organiza, puede convertirse en una pequeña fuerza capaz de cambiar la rutina de un barrio.



¿Ha escuchado alguna vez el nombre de Katakandrú.?
Probablemente no. No aparece en los libros de historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para quienes lo vivimos, ese nombre guarda un mundo entero: caminos recorridos, risas compartidas y sueños que nacieron cuando apenas comenzábamos a entender la vida.

Tal vez usted se pregunte qué era Katakandrú.
¿Un grupo de amigos?
¿Una excusa para reunirnos?
¿Un pequeño movimiento de inquietudes culturales y aventuras por la naturaleza?

Era todo eso… y algo más difícil de explicar.

Era una manera de vivir la amistad.
Una forma de mirar el mundo con curiosidad.
Una certeza silenciosa de que, incluso en un barrio sencillo, podían nacer cosas extraordinarias.

Por eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas.
A que regrese conmigo a esas calles donde todo empezó,
a esos encuentros que no parecían importantes,
pero que terminaron cambiándolo todo.

Permíteme contarle cómo nació Katakandrú., quiénes lo formaron y cómo, casi sin darnos cuenta, aquellas reuniones sencillas se convirtieron en historias que aún hoy siguen vivas.

Porque hay cosas que no pasan…
se quedan.



Capítulo 1

Las Granjas: donde nadie estaba solo Nadie llegaba a Las Granjas por casualidad.

El barrio no aparecía en los mapas importantes, ni en las conversaciones de quienes hablaban de progreso, pero tenía algo que no se podía medir: una manera de vivir que se sostenía en la cercanía, en la palabra compartida y en esa costumbre de no dejar a nadie solo.

Las casas, en su mayoría de un solo piso, parecían levantadas más por necesidad que por diseño. Algunas amplias, otras apenas lo suficiente, pero todas abiertas a la vida. Las calles eran de tierra en muchos tramos, y cuando llovía se volvían un espejo irregular del cielo, obligando a caminar con cuidado, como si el barrio mismo enseñara desde temprano a sortear las dificultades.

Pero si algo definía a Las Granjas no era su apariencia, sino su gente.

Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos, las voces que se llamaban de una esquina a otra sin necesidad de levantarse. El aire se llenaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo y de esas cocinas donde siempre parecía haber espacio para uno más.

Allí, la vida no se vivía puertas adentro. Se vivía afuera, en comunidad.

Los mayores conversaban en las esquinas, no solo para pasar el tiempo, sino para sostenerlo. Allí se hablaba de todo: de lo que hacía falta, de lo que dolía, de lo que se soñaba. Y aunque muchas veces las dificultades eran más grandes que las soluciones, siempre había una forma de resistirlas juntos.

Porque en Las Granjas, incluso en medio de la escasez, había algo que nunca faltaba: la solidaridad.

Si algo debía hacerse, no se preguntaba quién… simplemente se hacía.

Sin saberlo, ese entorno nos estaba formando.

Nos enseñaba a mirar al otro, a escuchar, a entender que la vida no se construye en solitario. Nos enseñaba que la fuerza no estaba en tener más, sino en compartir lo poco. Y, sobre todo, nos enseñaba que la verdadera riqueza estaba en la gente.

Fue en ese escenario donde empezaron a cruzarse nuestras historias.

Al principio como coincidencias, luego como encuentros, y más adelante como una necesidad de estar juntos. Nadie lo dijo en voz alta, pero algo comenzó a unirnos, como si el barrio mismo nos estuviera empujando a encontrarnos. Todavía no lo sabíamos.

Pero allí, entre calles de tierra, risas compartidas y conversaciones interminables, ya se estaba gestando algo que cambiaría nuestras vidas. Algo que más adelante tendría nombre.

Algo que el barrio, sin proponérselo, ya había comenzado a construir.

Capítulo 1

Las Granjas: donde todo comenzó antes de comenzar

Si alguna vez alguien escuchó el nombre de Katakandrú., quizás lo recuerde como un eco lejano de juventud y camaradería. Y si no lo conoce, no importa. Hay historias que no necesitan fama para existir.

Katakandrú. fue una de ellas.

No fue solo un grupo, ni un nombre inventado para reunir amigos. Fue una manera de encontrarnos, de darle forma a algo que ya venía creciendo sin que lo notáramos. Entre juegos, danzas, música y sueños compartidos, fuimos levantando —sin proponérnoslo— una pequeña historia de pertenencia.

Pero para entenderlo, hay que mirar más atrás.

Mucho más atrás.

Porque Katakandrú no nació el día en que decidimos reunirnos, ni en la primera conversación, ni siquiera en aquella noche universitaria donde empezamos a imaginarlo. Katakandrú ya venía caminando desde antes, como esas cosas que se forman en silencio y solo se revelan cuando ya es imposible ignorarlas.

Nació en un país herido.

Un país donde la esperanza y la violencia aprendieron a convivir sin preguntarse demasiado. Donde muchos jóvenes crecían buscando un lugar para respirar distinto, para inventarse un futuro que no estuviera marcado por la escasez ni por el miedo.

En esos años, la gente no llegaba a las ciudades por elección.

Llegaba porque no tenía otra opción.

Desde la violencia bipartidista, que se fue recrudeciendo con el paso del tiempo, miles de familias fueron arrancadas de sus tierras. No fue un viaje. Fue una ruptura. Dejaron atrás cultivos, animales, casas y hasta los cementerios donde descansaban sus muertos.

No era migración.

Era desarraigo.

Y así, poco a poco, las ciudades comenzaron a llenarse de historias que nadie escribía, pero que todos cargaban. Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla… y también Neiva, que por entonces crecía sin saber muy bien cómo contener tanta vida que llegaba de golpe.

Neiva era pequeña, pero comenzó a expandirse como quien abre espacio a la fuerza. Los barrios tradicionales se llenaron primero, y luego empezaron a surgir otros, levantados con manos propias, con esfuerzo compartido, con esa mezcla de necesidad y esperanza que caracteriza a quienes comienzan de nuevo.

Fue así como aparecieron barrios como Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso López, El Jardín… y Las Granjas.

Allí también llegamos nosotros.

Era 1968, aunque nuestro viaje había comenzado mucho antes.

Primero nos sacaron de Cunday, la tierra donde nací. Un lugar de montaña honda, donde las mañanas olían a café recién tostado y la tierra guardaba el calor de la noche. Allí mi abuelo, Sixto Antonio Castro, tenía tierras generosas, ganado fuerte, mulas de trabajo y cultivos que sostenían la vida con dignidad.

La casa era grande.
Los corredores largos.
Y el tiempo parecía quedarse.

Pero nada de eso fue suficiente para detener lo que venía.

Después vino Girardot, como una pausa obligada. Luego Vegalarga, en el Huila, donde intentamos volver a empezar. Más tarde Ospina Pérez, en el municipio de Palermo. Cada lugar traía una promesa… y cada promesa se sostenía con dificultad.

No éramos viajeros.

Éramos desplazados.

Y como muchos otros, terminamos en Neiva, en un barrio que apenas comenzaba a tomar forma: Las Granjas.

Allí, entre casas levantadas con esfuerzo, calles de tierra y familias que compartían historias similares, empezamos a construir otra vida. Una vida hecha de trabajo, de adaptación… y también de encuentros.

Porque algo pasaba en ese lugar.

Había jóvenes por todas partes. Jóvenes con pocas oportunidades, pero con una energía que no cabía en las calles. Jóvenes que no sabían todavía qué hacer con todo lo que sentían, pero que intuían que algo tenía que cambiar.

Y fue en ese ambiente —entre la necesidad de pertenecer y el impulso de crear— donde empezó a germinar, sin nombre todavía, la semilla de Katakandrú.

Hablar del nacimiento de aquel grupo con alma, Katakandrú., es, inevitablemente, volver a Las Granjas, porque fue allí donde todo aprendió a latir.

En aquellos años en que Neiva buscaba nuevos horizontes, el barrio surgía como un rincón de esperanza recién sembrada. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y jóvenes, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si ellas mismas quisieran dar la bienvenida a quienes llegaban con lo poco que tenían y lo mucho que soñaban.

Recuerdo bien a los Cuéllar, pioneros de aquellos primeros días. Luego fueron llegando los Castro, venidos de Ospina Pérez; los Amaya, desde el occidente del Huila; los Bello, de Vegalarga; y detrás de ellos los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo, y tantas otras familias. Cada apellido traía consigo un relato distinto, pero todos compartían la misma voluntad: echar raíces, convertir aquel terreno en hogar.

Hoy, cuando pienso en Las Granjas, no pienso solo en un barrio. Pienso en un universo entero de olores, sonidos y colores que nos marcaron para siempre: el café compartido al amanecer, las risas que estallaban en las tardes polvorientas, la fuerza silenciosa de las mingas, ese calor humano que no se aprendía en los libros, pero que educaba más que cualquier escuela.

Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos por la calle y las conversaciones pausadas de los mayores en las esquinas. El aire se impregnaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo en las cocinas y del humo de las fogatas donde se preparaban sancochos para todos. Nadie preguntaba quién había puesto qué; bastaba con saber que era para compartir.

Las casas del barrio tenían algo particular que con el tiempo terminó dándole identidad al lugar. No eran viviendas pequeñas como las de muchos sectores urbanos. Cada una medía aproximadamente diez metros de frente por treinta de fondo. Más que casas de ciudad, parecían pequeñas casas de finca. Y no era casual: muchas de las familias venían del campo, de veredas y pueblos cercanos, y necesitaban un espacio donde la vida pudiera seguir siendo, en parte, la que conocían.

De allí nació también el nombre del barrio: Las Granjas.

En cada patio comenzaban a crecer pequeños mundos familiares. Nosotros, los Castro, no fuimos la excepción. En el amplio solar de la casa, mi padre organizó un huerto utilizando viejas llantas de volqueta convertidas en sembraderos. Allí crecían matas de plátano, yuca, cachaco y banano. A él le gustaba el jugo de tamarindo, así que sembró un árbol con la esperanza de verlo crecer junto con nosotros. También plantó un mango, un naranjo y un guayabo que, con los años, darían sombra y dulzura a nuestras tardes.

El patio no era solo huerto. Allí mismo se levantó un horno de barro donde se asaba la carne y se horneaban bizcochos y pan. El olor del pan recién hecho se mezclaba con el de la leña ardiendo y se extendía por toda la casa, a veces incluso hasta la cuadra. Bajo el tamarindo corrían gallinas y otros animales de corral, como ocurría en muchas viviendas del barrio.

Así transcurría la vida en Las Granjas. Mientras los adultos trabajaban en los patios o conversaban en las aceras, nosotros, los muchachos, hacíamos de la calle nuestro territorio. Se armaban partidos de fútbol con porterías improvisadas, se jugaba trompo, canicas o escondidas entre los árboles. Cuando el balón caía en algún patio, bastaba con saltar la cerca o pedir permiso a gritos para recuperarlo.

Al caer la tarde, el barrio se llenaba de otros sonidos: el canto de los gallos, el rebuznar de algún burro, el ladrido de los perros que vigilaban las casas. Poco a poco, las luces amarillas se encendían y las madres llamaban desde las puertas:

¡Vengan a comer!

Entonces todo cambiaba de ritmo. Las calles quedaban en silencio y desde las casas salían los aromas de las sopas recién hechas, del arroz terminando de cocinarse o del chocolate caliente que anunciaba la noche.

Así era Las Granjas: una mezcla de barrio urbano y memoria campesina. Cada patio era una pequeña parcela, cada familia una historia sembrada en la tierra. Y en medio de ese paisaje de árboles frutales, fogones de leña y juegos de muchachos, fue creciendo una generación que años después daría vida a uno de los procesos comunitarios más recordados del barrio.

Las noches traían otro mundo. Bajo la luz amarillenta de los bombillos, las familias se reunían a conversar. Se contaban historias de los pueblos de origen, se soñaba en voz alta con el futuro, y el aire se llenaba del olor dulce de las almojábanas y del sonido lejano de guitarras que acompañaban tertulias interminables.

Con los años llegaron los cambios. Los lavaderos públicos se apagaron como viejas hogueras y dieron paso al agua en cada casa. La luz venció la oscuridad, el transporte abrió caminos y las calles polvorientas se transformaron en arterias de progreso. Se levantaron la caseta comunal, la parroquia, el puesto de policía y la escuela Eugenio Salas Trujillo, donde muchos entendimos que el saber también era una forma de resistencia. Aparecieron los campos deportivos, el balneario, las casas de dos pisos y el puesto de salud, que fue, para muchos, el último refugio de aliento y esperanza.

En ese crisol de esfuerzo, solidaridad y vida compartida comenzó a formarse una juventud inquieta, impaciente por hacer algo más por su entorno.

Aquella energía no apareció de la nada.

Había sido sembrada en cada patio, en cada conversación, en cada gesto de comunidad que nos enseñó a no vivir solos.

Y mirando hacia atrás, entiendo que esa semilla tuvo también un rostro, una voz que nos orientó sin imponerse:

el padre Diógenes.

Pero esa…
es otra parte de la historia.

Capítulo 2

El padre Diógenes y la semilla de la juventud

El padre Diógenes no llegó al barrio como una figura distante.

Aunque rondaba los cincuenta años, tenía el espíritu de un muchacho. Caminaba por las calles de Las Granjas con una vitalidad contagiosa, siempre dispuesto a escuchar, a organizar, a convocar. Era, ante todo, un hombre profundamente entregado a la comunidad.

Y tenía una gran pasión: el fútbol.

Fue a través del fútbol que comenzó a reunir a la muchachada del barrio. Organizaba partidos en cualquier espacio donde pudiera rodar una pelota, y poco a poco fue dando forma a un campeonato al que llamó “Mini Pony”.

Lo que parecía un simple juego terminó convirtiéndose en un verdadero punto de encuentro.

Cada grupo de muchachos representaba a un equipo del fútbol profesional colombiano: Millonarios, Santa Fe, América, Pereira, Once Caldas. En ese tiempo el Huila aún no tenía equipo profesional, pero el padre insistía en que algún día lo tendría. Por eso propuso que uno de los equipos se llamara Atlético Huila, como una forma de sembrar también ese sueño.

Pero su labor no se quedaba en el deporte.

El padre Diógenes lideraba también actividades sociales en beneficio de las familias del barrio, y nosotros, los jóvenes del campeonato, comenzamos a acompañarlo en esas tareas.

A través de un programa llamado “La Alianza para el Progreso”, organizaba la entrega de mercados para las familias más necesitadas. Aquellos mercados incluían productos que en muchos hogares eran escasos: manteca, leche en polvo, queso enlatado, harina de trigo.

Los miércoles eran días especiales.

Ese día se entregaban bolsas de pan recién horneado, que llegaban como un pequeño alivio para muchas familias. Nosotros ayudábamos a repartir carnés, organizar filas y orientar a la gente. Era una labor sencilla, pero profundamente significativa, porque nos permitía ver de cerca las necesidades de nuestra propia comunidad.

En aquel tiempo, las familias del barrio eran numerosas. No era raro encontrar hogares con seis, ocho o más hijos. Había familias verdaderamente grandes, como los Rujana, donde los hijos superaban la docena. Para todos ellos, esa ayuda representaba mucho más que alimentos: era un respiro.

Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo.

No solo a jugar fútbol o a colaborar en una jornada comunitaria, sino algo más profundo: el valor de organizarnos, de trabajar juntos, de pensar en los demás.


El sacerdote que sembró el espíritu de Katakandrú.

A simple vista, el padre Diógenes parecía un hombre sencillo: de estatura media, sonrisa abierta y una mirada vivaz que transmitía cercanía. Era jocoso, dicharachero, de esos que saben reír con la gente y no de la gente.

Pero lo que realmente lo distinguía era su forma de vivir el sacerdocio.

No era un cura de escritorio ni de sacristía. Era un hombre de calle. Le gustaba caminar el barrio, visitar las casas, sentarse a conversar con las familias. Conocía a la gente por su nombre y sabía quién necesitaba ayuda.

Y cuando se trataba de fútbol, se transformaba.

No dudaba en quitarse la sotana, ponerse pantalones cortos y meterse a la cancha con nosotros. Decía que el deporte era salud, pero también era camino. Que un joven ocupado en algo bueno tenía menos espacio para perderse.

Recuerdo una escena que lo retrata bien.

Le gustaba madrugar para entrenar, pero conocía también a la muchachada: buenos para jugar, no tanto para levantarse temprano. Así que, de alguna manera, me correspondió asumir una tarea curiosa.

Antes de cada entrenamiento, recorría medio barrio despertando a los muchachos. Tocaba puertas, gritaba desde las esquinas, golpeaba ventanas hasta que alguien respondía.

Cuando llegaba a la cancha, yo ya venía calentado por la corrida.

Pero cuando no hacía ese recorrido, la asistencia era pobre. Nadie aparecía.

El padre lo notó.

Entonces reunió al grupo y, con ese tono firme pero cercano que tenía, nos dijo que el compromiso no podía depender de una sola persona. Que cada uno debía hacerse responsable de su disciplina.

Aquella lección, que parecía solo parte del fútbol, era en realidad algo más profundo.

Nos estaba enseñando a responder por nosotros mismos.


Las enseñanzas que quedaron

El padre Diógenes no solo dejó huella en las canchas o en las jornadas comunitarias. Su mayor legado quedó en la forma de pensar de quienes lo escuchamos.

No hablaba con discursos complicados. Sus enseñanzas eran sencillas, nacidas de la vida.

Nos decía que el amor al prójimo no era una idea, sino una práctica diaria. Que debía vivirse en los pequeños actos.

También nos enseñó a respetar la vida en todas sus formas.

Todo existe porque es necesario —repetía.

Nos recordaba que cada persona tenía un talento y que la tarea era descubrirlo y ponerlo al servicio de los demás.

No vinimos solo a existir, vinimos a servir.

Una vez, hablando sobre dar y recibir, nos lanzó una pregunta:

Si les doy una palmada, ¿qué prefieren: darla o recibirla?

Entre risas, nos dejó pensando.

Luego añadió:

Quien da de lo que tiene, siempre será recompensado.

Nos enseñó que la vida devuelve lo que uno siembra.

Que si se siembra rencor, vuelve rencor.
Pero si se siembra bondad, la vida responde con lo mismo.

Su mensaje era simple:

Vivir para servir.


La semilla

Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo que el padre Diógenes no solo organizó campeonatos ni ayudó a repartir mercados.

Sembró algo más profundo.

Sembró en nosotros la idea de que era posible hacer cosas juntos.
Que la organización tenía sentido.
Que la comunidad podía construirse.

Y esa semilla —silenciosa, constante— fue creciendo con el tiempo.

Hasta que un día, sin darnos cuenta, empezó a tomar forma.

Una forma nueva.
Un nombre propio.
Un camino compartido.

Eso que más adelante conoceríamos como Katakandrú.

Capítulo 3

Katakandrú: la voz de los jóvenes

De aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas y esperanzas— nació Katakandrú.

No fue una casualidad.

Fue la consecuencia natural de todo lo vivido.

Éramos herederos del empuje del barrio, de su solidaridad silenciosa, de las enseñanzas del padre Diógenes. Y con esa herencia, casi sin darnos cuenta, comenzamos a organizarnos para dar vida a algo que aún no tenía forma clara, pero sí un propósito: devolverle a Las Granjas su voz y su alegría.


La noche de los primíparos

Fue dentro del claustro universitario donde aquella historia dio su primer giro definitivo.

Recuerdo con claridad la noche de los primíparos.

Los granjunos nos encontramos como quien vuelve a ver a la familia en una fiesta patronal: radiantes, bromistas, orgullosos de haber cruzado las puertas de la universidad. Cada risa era un triunfo; cada abrazo, una confirmación de que el esfuerzo había valido la pena.

En aquellos años, la vida juvenil de la ciudad tenía su propio pulso. Los festivales llenaban las calles de música y danza, los partidos de fútbol se convertían en celebraciones, y los encuentros culturales abrían espacios donde la identidad comenzaba a tomar forma.

Pero, en medio de todo eso, nosotros buscábamos algo más.

Un lugar propio.

Una manera de no quedarnos solo en la nostalgia del barrio ni en las exigencias de la universidad.


Los que estaban esa noche

Aquella noche tenía algo de reencuentro… y algo de revelación.

Allí estaban Ever y Luis Motta, los más atentos a la mirada de las chicas, caminando como si el patio universitario fuera una pasarela. Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar —los duros del balompié— hablaban de goles como si relataran hazañas épicas.

Humberto Flores, sereno, medía cada palabra.
Carlos Montealegre, el incomprendido, parecía conversar más con el cielo que con nosotros.
Amparo Suárez llenaba el aire de carcajadas.
Nubia Fajardo ya pensaba en cómo cambiar el mundo.
Yael Garaviño soñaba con causas grandes.

Y allí estaba también Constantino Castro, el teatrero, dramatizando hasta el saludo, como si todo necesitara escenario.

Y Leónidas… siempre Leónidas.

El mismo que hacía reír a todos, aunque pocos lo tomaran en serio.


El momento que lo cambió todo

La noche avanzaba, fresca, atravesada por la brisa que subía desde el río Magdalena.

El patio universitario se convirtió en tertulia, en risa, en ese instante en el que la juventud siente que todo es posible.

Y entonces ocurrió.

Ricardo Bello se puso de pie.

Pidió silencio.

Y lanzó una pregunta que parecía sencilla, pero que cambiaría todo:

—Muchachos… ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes de Las Granjas hay en esta universidad?

Hubo un instante de silencio.

Como si la pregunta se quedara suspendida en el aire.

Entonces Ever respondió, con la rapidez de quien reconoce una oportunidad:

—Sería buenísimo. Podríamos organizarnos… ayudarnos con libros, con materias… echarnos una mano.

La idea empezó a crecer.

Carlos Montealegre y Yael Garaviño fueron más allá: propusieron actividades culturales, deportivas, sociales. No solo ayudarnos… sino hacer algo juntos.

La propuesta cayó en tierra fértil.

Se sintió.

Se encendió.

La duda que también hacía parte

No todos estaban convencidos.

Leónidas, fiel a su estilo, murmuró mientras se alejaba:

—No creo que esa idea tan soñadora funcione…

Pero en Las Granjas, los sueños rara vez se quedan en palabras.

El nacimiento sin ceremonia

Lo que empezó como una conversación, se convirtió en decisión.

A los pocos días, la convocatoria estaba en marcha.

Ya no era solo una idea.

Era un impulso colectivo.

Una necesidad.

Sin actas, sin firmas, sin discursos formales, Katakandrú comenzó a existir.

No nació en un salón.

Nació en la conversación, en la risa, en la necesidad de estar juntos.

Nació como nacen las cosas verdaderas.

Cierre del capítulo

Aquel patio universitario, iluminado por bombillos amarillos y atravesado por la brisa del Magdalena, fue testigo silencioso de ese momento.

Nadie lo sabía con certeza.

Pero esa noche —entre risas, preguntas y sueños juveniles—
había comenzado algo que ya no podía detenerse.

Porque cuando la juventud se reconoce,
cuando se organiza,
cuando decide caminar junta…

la historia deja de ser recuerdo
y comienza a convertirse en destino.


Capítulo 4

Katakandrú: el nombre que nos eligió

La convocatoria

A la convocatoria respondieron muchos jóvenes del barrio

Llegaron con entusiasmo limpio, con esa esperanza intacta que solo tiene la juventud cuando aún cree que todo está por hacerse. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro comenzaron a entrelazarse ideas, sueños y una certeza compartida: juntos podíamos ir más lejos.Llegaron con entusiasmo limpio, con esa esperanza intacta que solo tiene la juventud cuando aún cree que todo está por hacerse. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro comenzaron a entrelazarse ideas, sueños y una certeza compartida: juntos podíamos ir más lejos.

Pero, como en todo comienzo verdadero, no tardaron en aparecer los obstáculos.

En aquellas primeras reuniones también empezaron a llegar algunos muchachos que cargaban otra fama. Eran conocidos en el barrio como los “chachos”, un grupo al que muchos señalaban como los que imponían su voluntad, los que marcaban el ritmo de lo que se hacía o no se hacía en Las Granjas. Su presencia no pasaba desapercibida.

Entraban con actitud dominante, interrumpían, se burlaban de algunas propuestas y trataban de desviar el rumbo de lo que con tanto cuidado estábamos empezando a construir. Más que participar, parecían querer medir fuerzas. Y, para incomodidad de todos, comenzaron también a molestar a las muchachas que asistían, rompiendo el ambiente de respeto que buscábamos sostener.

La tensión fue creciendo.

Hasta que estalló.

El más insistente era un tal Checho, quien, por su manera de hablar y de imponerse, parecía liderar aquel pequeño grupo. Fue con él con quien se dio el cruce más fuerte de palabras. La discusión subió de tono y por un momento sentimos que aquello podía desbordarse.

Sabíamos que todo inicio tiene sus contratiempos.
Pero este… parecía demasiado grande.

Fue entonces cuando Carlos Montealegre intervino.

No lo hizo con gritos ni con provocaciones, sino con firmeza. Se acercó a Checho, lo miró de frente y, con palabras claras, le pidió que se retiraran, que nos dejaran continuar con lo que estábamos construyendo. No era un acto de confrontación, sino de defensa del espacio que apenas empezaba a nacer.

El ambiente quedó tenso.

Algunas de las chicas, incómodas por la situación, decidieron irse. También lo hicieron varios muchachos. La reunión, que había comenzado con ilusión, terminó disuelta entre silencios y miradas cruzadas.

Esa noche entendimos algo importante:

Que construir comunidad no es solo reunir gente con buenas intenciones,
sino también saber cuidar el espacio, poner límites y sostener la idea incluso cuando todo parece tambalear.

Decidimos entonces aplazar el encuentro y volver a convocarnos en otra ocasión.

Fue una prueba.
Y, como tantas otras que vendrían después, terminó fortaleciéndonos.

Volvimos a citarnos, sí, pero ya no de la misma manera. Esta vez lo hicimos con más cuidado, casi con estrategia: invitación personal, uno a uno, mirando a los ojos, escogiendo a quienes realmente compartían el propósito. Decidimos que el núcleo debía estar conformado por estudiantes universitarios, muchachos que estuvieran en la USCO y que entendieran el valor de construir algo más allá de la improvisación.

No se trataba solo de vernos.
Se trataba de organizarnos.
De reconocernos como colectivo.

De levantar un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran discursos bonitos, sino práctica cotidiana, disciplina compartida, compromiso real.

Queríamos —y lo sabíamos— sentar un precedente en el barrio.
Marcar una línea.
Demostrar que también se podía liderar desde el respeto, desde la cultura, desde la organización.

Y algo quedó claro desde ese momento:

No nos íbamos a dejar amedrentar.

Ni por los “chachos”, ni por nadie.

Porque lo que estaba naciendo ya no era una reunión improvisada,
era una idea con dirección,
una voluntad colectiva que empezaba a tomar carácter.

Y cuando un grupo encuentra carácter…
ya no se detiene fácilmente.

De reconocernos como colectivo.
De construir un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran discursos, sino práctica cotidiana.

Con esa convicción, elegimos una mesa directiva. No fue un simple trámite: fue un acto de confianza. Cada elección llevaba implícita una responsabilidad, y todos lo sabíamos.

Pero había algo más.

Nos hacía falta un nombre.

La búsqueda

Recuerdo bien aquella plenaria.

Las propuestas comenzaron a caer sobre la mesa como intentos de identidad: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Duros del Vecindario, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos…

También Yael Garaviño propuso Constructores de Futuro.

Los nombres iban y venían, pero ninguno terminaba de quedarse.

Había algo que no encajaba.

No tenían peso.
No tenían historia.
No decían quiénes éramos.

Fue entonces cuando Edgar Cuéllar, con voz firme, rompió el murmullo:

—Necesitamos un nombre que sacuda las fibras de Neiva… que despierte orgullo y sentido de pertenencia.

El ambiente cambió.

La conversación dejó de ser ligera.
Se volvió casi un ritual.

La palabra

Entre ese silencio cargado de expectativa, Nubia Fajardo se puso de pie.

Hasta entonces había permanecido callada, como si estuviera esperando el momento preciso. Su presencia tenía algo distinto, como si trajera consigo una historia antigua.

Y entonces pronunció una sola palabra:

Katakandrú.

No hizo falta repetirla.

La palabra quedó suspendida en el aire, vibrando.

El relato

Nubia comenzó a hablar.

Nos llevó, sin movernos del lugar, a las tierras del antiguo Tolima. Nos habló de un pueblo que moldeaba la arcilla como si respirara en ella, que tallaba la piedra con paciencia milenaria y que veía en el oro no riqueza, sino reflejo de lo sagrado.

Nos habló de su música.

De sus ceremonias.

De su manera de habitar el mundo en armonía.

Y luego nos habló de su final.

Cuando llegaron los españoles, dijo, no respondieron con guerra. Respondieron con apertura. Ofrecieron amistad, compartieron su arte, mostraron su mundo.

La respuesta fue el exterminio.

Sus cantos se apagaron.
Sus nombres fueron borrados.
Su memoria quedó enterrada.

Pero no del todo.

Porque —nos dijo— en cada piedra tallada, en cada fragmento de cerámica que aún resiste, sigue latiendo la dignidad de ese pueblo.

Un pueblo que eligió la paz.

Y que por eso fue destruido.

El silencio

Cuando terminó, nadie habló.

La sala quedó suspendida en un instante que no se puede explicar del todo. Nos miramos, reconociendo sin decirlo que habíamos encontrado algo más que un nombre.

Habíamos encontrado identidad.

Katakandrú no era solo una palabra.

Era memoria.
Era resistencia.
Era herencia.

La decisión

La aprobación fue inmediata.

Casi unánime.

Solo Leónidas, fiel a su estilo, expresó su duda:

—Ese nombre está muy raro… nadie lo va a pronunciar bien.

Pero ya era tarde.

El nombre había hecho lo suyo.

Nos había tocado.

El nacimiento

Así, sin ceremonias oficiales ni documentos solemnes, quedó nombrado el grupo:

Club Juvenil Katakandrú.

Y en ese acto sencillo, algo cambió.

Porque desde ese momento entendimos que no caminábamos solos.

Caminábamos acompañados por una memoria más antigua que nosotros, por una historia que nos exigía algo más que entusiasmo.

Nos exigía coherencia.


Asumiendo el legado

Con los años comprendí que los nombres no se eligen al azar.

Algunos se pronuncian…
y otros se asumen.

Katakandrú fue de estos últimos.

No nos pertenecía del todo.
Nos exigía.

Nos recordaba que la cultura también es una forma de resistencia.
Que la paz no es debilidad.
Que la comunidad se construye.

Katakandrú nos enseñó que no todas las luchas se libran con violencia. Que hay batallas que se ganan creando, educando, organizando y soñando juntos.


Espíritu Katako

Hoy, al mirar hacia atrás, sé que Katakandrú no fue solo un grupo juvenil.

Fue escuela.
Fue refugio.
Fue conciencia.

Tal vez muchos no recuerden nuestros nombres.

Pero eso no importa.

Porque el espíritu de Katakandrú sigue vivo cada vez que un joven decide organizarse, cada vez que una comunidad se reconoce en su historia, cada vez que la cultura se levanta como un acto de dignidad.

Y si alguien pregunta qué fue Katakandrú…

bastará con decir que fue una llama encendida en tiempos difíciles,
un eco antiguo que encontró en la juventud
una nueva forma de seguir existiendo.

Capítulo 5

La mesa directiva: cuando el sueño tomó forma

Querido compañero de aquella época:

Aún puedo ver con nitidez la noche del 12 de octubre de 1977, como si el tiempo hubiera decidido detenerse allí para conservarla intacta.

No fue una fecha cualquiera.

Fue el día en que decidimos organizarnos.
El momento en que nuestros anhelos dejaron de ser conversaciones sueltas para convertirse en responsabilidad compartida.

La elección de la mesa directiva no fue un simple trámite.

Fue un acto fundacional.

Casi sagrado.

Como si estuviéramos escribiendo, sin saberlo, los primeros renglones de una historia que aún no imaginábamos hasta dónde llegaría.


Los nombres que sostuvieron el comienzo

Aquella noche quedaron inscritos los nombres que asumirían la primera responsabilidad del grupo:

Carlos Montealegre, Constantino Castro Zamora, Doris Álvarez, Ever Motta Delgado, Ricardo Bello, Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo.

No eran solo cargos.

Eran voluntades.

Carlos Montealegre fue elegido presidente.
Constantino Castro Zamora asumió la vicepresidencia.
Doris Álvarez tomó el papel de secretaria.
Ever Motta Delgado fue tesorero.
Ricardo Bello, fiscal.
Y Edgar Cuéllar junto a Nubia Fajardo, vocales.

Cada uno aceptó su rol con una certeza que apenas comenzábamos a comprender: que liderar no era mandar, sino servir. Sin embargo, en medio de esa convicción también hubo decisiones prácticas, nacidas de la realidad que vivíamos en el barrio.

La elección de Carlos Montealegre como presidente no fue solo un reconocimiento a su carácter y liderazgo natural, sino también un acto estratégico. Sabíamos que él tenía la capacidad de mantener a raya a los llamados “chachos”, ese grupo de muchachos con fama de conflictivos, que en ocasiones intentaban imponerse y desestabilizar los espacios que con tanto esfuerzo buscábamos construir. Carlos, por su carácter firme y por ciertos vínculos que le permitían mediar sin escalar los conflictos, representaba una especie de equilibrio necesario.

No se trataba de confrontar, sino de proteger el proyecto.

Queríamos evitar enfrentamientos innecesarios, pero también dejar claro que Katakandrú no sería un espacio permeado por conductas que fueran en contra de nuestros principios. Existía, además, la preocupación —comentada en voz baja pero presente— de que algunos de esos muchachos estuvieran relacionados con ambientes y prácticas que no queríamos ni cerca del grupo. Nuestro propósito era otro: construir, formar, crecer.

Así, la elección de la mesa directiva no solo respondió a afinidades o entusiasmo, sino a una lectura consciente del entorno. Entendimos, quizá antes de tiempo, que liderar también implicaba cuidar el rumbo, anticiparse a los riesgos y sostener, con firmeza y prudencia, aquello que apenas comenzaba a nacer.

Y de ese modo, entre ideales y precauciones, quedó conformada una dirección no solo comprometida, sino preparada para defender el espíritu de Katakandrú desde su primer aliento.


Cuando el nombre se volvió bandera

Con la junta directiva conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su rumbo.

Dejó de ser solo una palabra recién nacida.

Se convirtió en bandera.

Empezó a circular en las conversaciones del barrio, a despertar curiosidad, a convocar.

—¿Katakandrú? —preguntaban algunos.

Y sin necesidad de grandes explicaciones, la gente comenzaba a acercarse.

Desde la 33, la 35, la 37, la 40…
desde esquinas distintas, con historias diferentes, fueron llegando jóvenes con una misma necesidad: participar.


El ritual de los sábados

Cada sábado a las siete de la noche, el tiempo adquiría otro ritmo.

No era solo una reunión.

Era un ritual.

Un espacio donde la palabra tenía peso, donde se escuchaba, se proponía, se discutía y se construía.

Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor.

Que soñar en colectivo exige disciplina.
Respeto.
Y constancia.

Katakandrú no prometía milagros.

Pero ofrecía algo más importante:

sentido, pertenencia y voz.


El impulso inicial

En el fondo, todo había nacido de algo sencillo.

El deseo de reunirnos.

De compartir.
De aprender.
De salir a conocer lo que nos rodeaba.

Sin discursos formales, comenzamos a promover el compañerismo, la cultura y el respeto por la naturaleza.

Y así, entre caminatas, ideas improvisadas y encuentros, Katakandrú fue encontrando su propósito.


Cómo hacíamos las cosas

No teníamos manuales.

Teníamos voluntad.

Las ideas nacían en reuniones informales. Se discutían, se ajustaban y luego se ejecutaban.

Organizábamos excursiones, actividades culturales, eventos deportivos.

Todo con lo que había.

A veces con una bicicleta prestada.
O con un bazar improvisado.
O con la ayuda solidaria de los vecinos.

Pero siempre con algo que no faltaba:

ganas.


Los recursos invisibles

Nuestros recursos eran modestos.

Venían del apoyo de las familias, de la Junta de Acción Comunal, de amigos, de pequeños aportes.

Pero el verdadero recurso era otro.

Era la voluntad colectiva.

Esa que convierte lo pequeño en significativo.


El territorio como escuela

Conocíamos nuestro entorno.

El barrio.
Los caminos rurales.
Los ríos cercanos.
Lugares como la Tatacoa.

Ese conocimiento nos permitía movernos con libertad, organizar salidas, crear experiencias.

El territorio no era solo espacio.

Era maestro.


El nacimiento de los frentes

Con el tiempo, sin planearlo de manera formal, Katakandrú comenzó a diversificarse.

Aparecieron distintos frentes de trabajo:

Cultural.
Deportivo.
Ambiental.
Social.

Cada uno reflejaba nuestras inquietudes.

Cada uno era una forma de canalizar esa energía que no cabía en una sola dirección.


Cierre del capítulo

Así, paso a paso, el grupo dejó de ser una idea.

Se volvió estructura.

Se volvió acción.

Se volvió camino.

Y sin darnos cuenta, lo que había comenzado como un encuentro de jóvenes con ganas de hacer algo distinto…

empezaba a convertirse en una fuerza capaz de transformar su propio entorno.



Capítulo 6

La estrategia: cuando la alegría salvó el sueño

Si algo nos enseñó Katakandrú desde el comienzo, fue que no basta con nacer.

También hay que sostenerse.

Y no siempre es fácil.


Katakandrú había surgido de un impulso sencillo: el deseo de reunirnos, de hacer algo distinto, de no dejarnos arrastrar por la rutina. Queríamos compartir, aprender, explorar el entorno, fortalecer la amistad y encontrar en la cultura, el deporte y la naturaleza una forma de crecer.

No lo teníamos escrito en ningún papel, pero lo sabíamos.

Era un acuerdo silencioso.

Una forma de entendernos.

Conocíamos el barrio, los caminos, los ríos, los alrededores. Con poco, hacíamos mucho. Las ideas nacían en reuniones sencillas, se discutían, se repartían tareas y se llevaban a cabo con lo que hubiera a la mano.

Pero los sueños, incluso los más firmes, también se desgastan.


Recuerdo aquel primer inicio como se recuerdan los amaneceres inolvidables: luminoso, prometedor, casi sagrado.

Éramos veinticinco, tal vez treinta jóvenes, reunidos con entusiasmo limpio. Hablábamos de música, de amores, de ilusiones… y sin darnos cuenta, estábamos construyendo algo serio.

Aprobamos un reglamento.

Soñábamos con organizarnos formalmente.

Con trascender.

Pero entonces llegaron las sombras.

La asistencia comenzó a disminuir.

Primero uno, luego otro… y poco a poco los asientos quedaron vacíos, como si el viento se hubiera llevado el entusiasmo de los primeros días.

La mesa directiva resistía casi sola.

Y, sin embargo, el grupo seguía vivo en las preguntas de quienes no asistían:

—¿Cómo les fue?
—¿Qué hicieron?

Y nosotros respondíamos con esas pequeñas mentiras necesarias:

—Bien… fue una buena reunión.

No mentíamos para engañar.

Mentíamos para no dejar morir la esperanza.


Fue entonces cuando entendimos algo que no olvidaríamos jamás:

los proyectos no se acaban por falta de recursos, ni de susto…
se acaban por falta de ánimo.

Y mientras quedara uno solo creyendo, había razones para seguir.Pero entonces llegaron las sombras.

La asistencia comenzó a disminuir.

Al principio pensamos que era algo pasajero, el desgaste natural de cualquier proceso que apenas comenzaba. Pero pronto entendimos que había algo más profundo: el miedo. Ese temor silencioso que no se dice en voz alta, pero que se siente en los pasos que ya no llegan, en las sillas vacías, en las excusas repetidas.

Los “chachos” seguían rondando, y en ocasiones lanzaban amenazas, especialmente hacia las chicas del grupo y algunos muchachos más jóvenes. No era una presencia constante, pero sí lo suficientemente intimidante como para sembrar dudas.

Hubo un episodio que marcó un antes y un después.

Una noche, cuando regresaban de cine, Fulvio Castro y su prima Patricia Pérez fueron interceptados por dos de ellos. Lo que comenzó como un encuentro tenso terminó en agresión: uno de los sujetos hirió a Fulvio en el abdomen. El grito desesperado de Patricia rompió la noche y llegó hasta nosotros como una alarma imposible de ignorar.

Salimos en su defensa sin pensarlo.

Uno de los agresores logró huir. El otro no tuvo la misma suerte: lo alcanzamos, lo redujimos y lo entregamos a la policía. Fue un acto de valentía, sí, pero también una señal clara de lo que estaba ocurriendo alrededor nuestro.

Aquello no pasó desapercibido.

El rumor corrió por el barrio, y con él creció la preocupación. Para muchos padres, para varias familias, y para algunos de los mismos integrantes, Katakandrú empezó a verse no solo como un espacio de encuentro, sino también como un lugar expuesto a conflictos.

Y así, poco a poco, algunos comenzaron a alejarse.

No fue una desbandada abrupta, sino una retirada silenciosa. Dejaron de asistir a las reuniones, de participar en las actividades, de aparecer en las esquinas donde antes se hablaba de proyectos y sueños.

Entendimos entonces que la ausencia no siempre nace del desinterés. A veces nace del miedo.

Y sí, aquel episodio —junto con la presencia constante de los “chachos”— fue, sin duda, uno de los factores que influyó en ese primer debilitamiento del grupo. Un golpe temprano, duro, que nos obligó a replantearnos no solo cómo reunirnos, sino cómo resistir.

Pero la realidad era dura.

Las promesas de volver no se cumplían.

El salón seguía vacío.

Y la duda comenzaba a instalarse entre nosotros.


—No podemos dejar esto tirado —dije con firmeza—. Ya llevamos camino.

—¿Pero qué hacemos? —preguntó el presidente, cansado.

—Hay que buscar una estrategia —respondió el tesorero.

Y como si estuviera esperando ese momento, Leónidas dejó caer su sentencia:

—Yo les dije… este grupo no va a funcionar.

Pero Olga no lo permitió:

—Deje de ser negativo —dijo con naturalidad—. Todos los proyectos tienen momentos difíciles… y de esta salimos.

Sus palabras no fueron largas.

Pero fueron necesarias.


El giro lo dio Carlos Montealegre:

—Hagamos las reuniones los viernes. Los sábados nadie cambia una fiesta por una reunión. Y de los Chachos no se preocupen, no les tengan miedo.

Hubo un silencio breve.

De esos que anuncian que algo importante acaba de ser dicho.

—¡Qué idea! —exclamé.

Y en ese instante entendimos que no se trataba de resistir…
sino de adaptarse.


—Si a los muchachos les gusta la fiesta… —dije— hagamos de la reunión una fiesta.

La propuesta no tardó en encenderse.

Mi casa sería la primera.

Amparo ofreció la suya para la siguiente.

Yael pidió turno.

La estrategia estaba en marcha.


Llegó el día.

Y esta vez… llegaron.

No diez.

No quince.

Casi cincuenta jóvenes.

El barrio entero parecía haberse dado cita en aquella casa.

William Serrato apareció de los primeros, puntual como siempre, cargando algunas bebidas como quien entiende que toda celebración necesita comenzar con generosidad. Detrás de él entraron las hermanas Álvarez, riendo a carcajadas y trayendo pasabocas que, más que comida, parecían traer consigo el espíritu festivo que tanto necesitábamos.

Humberto Flores llegó con su calma habitual, saludando uno por uno, con esa mirada serena de quien observa más de lo que dice. Llevaba una bolsa con empanadas que pronto comenzaron a circular entre los presentes, como si también ellas quisieran ser parte de la conversación.

Los hermanos Bello, inseparables como siempre, se acomodaron en grupo, conversando animadamente mientras destapaban una pimpinela de cerveza que no tardó en convertirse en punto de encuentro. Por su parte, los Castro iban y venían sin descanso, atendiendo a todos, organizando, recibiendo… siendo, sin proponérselo, los anfitriones naturales de aquella noche.

Las hermanas Cuéllar, Yineth y María Eugenia, se movían entre los grupos con soltura, compartiendo risas con Nubia Fajardo y Mélida Trujillo. Habían llevado chicharrones y maíz tostado, que pronto se mezclaron con otros sabores y otras manos, en ese gesto tan propio del barrio donde todo termina siendo de todos.

Más allá, hizo su entrada Yael Garaviño acompañado de sus hermanas —Ariari, Martha y Ederle— cargando un gran pastel que parecía más un símbolo que un postre: la celebración de un nuevo comienzo. Su llegada fue recibida con aplausos y bromas, como si con ese gesto se confirmara que el grupo volvía a latir.

También estaban Patricia y Maribel Tovar, Yolanda Morales con su prima, Luis Motta con su hermana Mónica… y muchos más que fueron llegando poco a poco, cada uno con algo en las manos: una bebida, un plato, un detalle sencillo.

Pero, en el fondo, todos traían lo mismo.

La intención de quedarse.
Las ganas de volver a creer.
El deseo de hacer parte.

Y así, casi sin darnos cuenta, aquella casa se fue llenando no solo de gente, sino de sentido.

Tantos que ya no importaba contarlos.

Porque lo importante… era que habían llegado.


La estrategia había funcionado.

Pero si alguien no estaba del todo en la fiesta, ese era Leónidas. Aunque reía, aunque participaba, aunque intentaba mezclarse en el ambiente, sus ojos no estaban allí. Estaban en la puerta.

Esperaba.

Lester Lizcano lo miraba con cierta preocupación. Leónidas iba y venía, caminando de un lado a otro, como si el tiempo se le hubiera vuelto más lento de lo normal. Cada tanto dirigía la mirada hacia la entrada, con una ansiedad que ya no podía disimular.

Estaba impaciente… como un niño al que le han prometido una bicicleta y no deja de asomarse a la puerta esperando verla llegar. Con esa mezcla de ilusión y urgencia que no cabe en el cuerpo, que no entiende de razones, que solo sabe esperar.

Y así estaba él.

Esperando a Olga.

Y entonces ocurrió.

La puerta se abrió.

Y Olga apareció.

Pero no venía sola.

Entró acompañada de Manuel, con una naturalidad que ignoraba —o tal vez dominaba— el efecto que provocaba. Él avanzaba con un aire seguro, casi desafiante, sosteniendo una caja con  botellas de crema de whisky para las chicas, como quien marca territorio sin decir palabra. A su lado, ella brillaba con esa luz propia que no necesita esfuerzo: serena, cercana, luminosa como siempre.

El golpe fue silencioso.

A Leónidas se le detuvo la mirada por un instante. No dijo nada. No hizo escena. Pero algo en su expresión cambió, apenas lo suficiente para que quien supiera mirar lo notara.

Luego sonrió.

Una sonrisa correcta.

Y volvió a la fiesta.

Porque hay decepciones que, en la juventud, se aprenden a disimular bailando.

Y Leónidas, esa noche, eligió no dejarse vencer.

Bailó.

Rió.

Y celebró con todos.


La reunión no fue solo fiesta.

Fue efectiva.

Entre conversaciones y risas, se tomó la primera gran decisión: realizar una jornada comunitaria para limpiar lotes, recoger basura y mejorar espacios del barrio.

La siguiente reunión quedó programada.

El grupo volvía a respirar.


Luego la música tomó el mando.

Sonaba Joe Arroyo.

El ambiente se encendió.

Edgar Cuéllar irrumpió gritando:

—¡Guepa je!

Y con una botella de aguardiente en la mano, levantó la fiesta como si fuera bandera.

Todos respondimos.

Incluso Leónidas.


La noche avanzó sin prisa.

Y cuando el cansancio comenzó a aparecer, sonó una ranchera.

Luego, casi sin pensarlo, el himno nacional.

Y entonces supimos que la noche había terminado.


Antes de irnos, vi a Leónidas sentado aparte.

Me acerqué.

—Tranquilo… —le dije—. A veces las cosas no son como parecen.

Me miró.

No dijo mucho.

Solo me dio un abrazo breve.

Y se fue.


Aquella noche entendimos algo que nunca olvidaríamos:

Katakandrú no solo sabía reunirse.

Sabía reinventarse.

Sabía resistir.

Porque cuando la alegría y el compromiso caminan juntos…
ningún sueño está condenado a desaparecer.

Capítulo 7

La primera minga de Katakandrú

Si cierro los ojos, todavía puedo verme llegando a aquel lote baldío —el mismo donde años después se levantaría el puesto de salud— con la convicción ingenua de que íbamos simplemente a “hacer aseo”. Pero no. Con el tiempo entendí que no íbamos a limpiar un terreno: íbamos a celebrarnos como grupo.

Porque en Las Granjas —y más aún en Katakandrú— el trabajo nunca fue solo trabajo. Era encuentro. Era risa. Era comunidad. Era una grabadora de radiocasete sonando a todo volumen, alimentada con pilas Eveready, marcando el ritmo de la jornada como si también tuviera algo que aportar.

Llegamos armados de palas, picas y buena voluntad. El sol caía sin clemencia y el sudor nos corría por la frente como si también quisiera participar de la minga. Pero nadie se quejaba. Había una energía distinta, una alegría que no dependía del clima ni del cansancio.

Entonces apareció don Ricardo León Castro.

A él se le había encomendado la tarea de organizar el trabajo. Tenía formación en contaduría y administración, y alguien pensó —con acierto— que ese conocimiento podía ponerse al servicio del grupo. Pero no llegó con discursos complicados ni con fórmulas técnicas. Llegó con una libreta sencilla… y con claridad.

Con paciencia de maestro y firmeza tranquila, nos explicó lo que, sin saberlo, se convertiría en una de nuestras primeras lecciones colectivas:

Primero, mirar antes de actuar.
Recorrimos el terreno. Vimos la maleza crecida, los desagües tapados, los escombros acumulados. Entendimos que todo comienza observando.

Segundo, dividir responsabilidades.
Unos desbrozaban, otros recogían, otros despejaban. Aprendimos que trabajar en grupo no es hacer lo mismo… es complementarse.

Tercero, avanzar por partes.
Nos propusimos metas pequeñas: el frente, luego los costados, después el interior. Y así comprendimos que las tareas grandes se vencen fragmentándolas.

Cuarto, cuidar el ánimo.
Hicimos pausas, tomamos agua, revisamos lo logrado. Porque un grupo cansado se detiene… pero uno motivado se multiplica.

Y quinto, cerrar con sentido.
Antes de irnos, miramos el resultado. Celebramos. Y dejamos claro lo que faltaba. Aprendimos que todo esfuerzo merece ser reconocido.

Ricardo no impuso. No alzó la voz. No ordenó desde arriba.
Simplemente organizó… y nos hizo entender.

Fue entonces cuando, como era de esperarse, apareció la voz de Leónidas:

—Pero Ricardo… si esto es solo limpiar un lote. Tampoco estamos montando una empresa.

Algunos rieron.

Ricardo lo miró con calma y respondió:

—Precisamente por eso. Porque es sencillo. Lo sencillo también necesita orden si queremos que salga bien.

La frase quedó flotando en el aire.
Y se quedó.

Mientras trabajábamos, las conversaciones comenzaron a brotar como si la tierra también soltara historias. Se hablaba de la última reunión, de los bailes, de las miradas, de los acercamientos. Porque Katakandrú, además de organización, era juventud… y la juventud siempre encuentra caminos para el corazón.

Y entonces apareció el tema inevitable: Richard.

—Ese no dejó chica sin saludar —dijo uno.
—Ni sin intentar conquistar —remató otro.

Las risas estallaron.

Pero Richard no se dejó:

—¿Cómo así que yo? ¡Si Ever también estaba metido en la jugada!

—¿Yo? —respondió Ever—. Yo apenas bailé cinco canciones. Carlos no salió de la pista.

—Yo bailé sin ninguna intención —dijo Carlos, con una seriedad que solo provocó más risas.

La carcajada fue colectiva, amplia, limpia.

Y fue entonces cuando Leónidas, con ese humor que siempre encontraba el momento justo, lanzó:

—No vayan a soltar esa flor acaríciela con cuidado…

La referencia era clara: Carlos y Flor de Liz.

Pero esta vez la risa no fue igual para todos.

Carlos no tardó en responderle, con ese tono entre burla y filo:

—¿Qué quiere que diga? Que todo me salió al revés… que llegué por lana y salí trasquilado. Mejor no me haga hablar, porque lo hago llorar.

La frase cayó pesada.

No era solo una broma. Venía cargada del eco de la noche anterior, de ese momento en que Olga llegó acompañada… y algo en Leónidas se le quedó en silencio. Todos lo habíamos notado, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.

El ambiente se tensó por un instante.

Y fue entonces cuando intervine.

Sabía que no era el momento de seguir empujando la herida.

—Bueno, dejemos eso así —dije, bajando el tono—. Ya estuvo bien por hoy… mejor demos por terminada la jornada.

El grupo entendió.

No hizo falta decir más.

Porque entre nosotros también se aprendía eso:
que la amistad no es solo reír juntos…
sino saber cuándo cuidar al otro.

Poco a poco, las herramientas fueron quedando a un lado. Miramos el terreno. Lo que antes era abandono ahora mostraba orden. Lo que antes era maleza ahora dejaba ver propósito.

Pero en el fondo sabíamos que lo más importante no era lo que habíamos limpiado afuera…

Sino lo que habíamos construido adentro.

Ese día no solo despejamos un lote.

Ese día empezamos a organizarnos de verdad.
A entendernos.
A cuidarnos.

Aprendimos que liderar es servir.
Que coordinar es construir.
Que incluso la tarea más sencilla puede enseñar principios grandes.

Sin discursos.
Sin solemnidades.
Sin darnos cuenta.

En aquella minga sencilla comenzó a formarse la disciplina que más adelante sostendría nuestros proyectos, nuestras actividades… y la esencia misma de Katakandrú.

Porque así nacía todo en nosotros:

Entre trabajo y risa.
Entre esfuerzo y amistad.
Entre lo simple… y lo trascendente.

Capitulo 8

La sede: de comando a casa de la esperanza

El grupo crecía.
No solo en número, sino en convicción.

Lo que había comenzado como encuentros dispersos, como risas y proyectos improvisados, ya era otra cosa: una voz colectiva que empezaba a hacerse escuchar en Las Granjas. Y como toda voz que quiere perdurar, necesitábamos un lugar desde donde resonar.

Un bastión.
Un punto de encuentro.
Un espacio propio.

Y lo encontramos donde menos se esperaba: en el antiguo puesto de policía.

Aquel edificio, que años atrás había representado la autoridad y el miedo, estaba ahora abandonado. Un cascarón vacío, cargado de memoria. Porque no se trataba de cualquier lugar: en sus paredes aún flotaban los ecos de tiempos difíciles, de confrontaciones, de pedreas, de llantas encendidas, de persecuciones y silencios obligados.

Las Granjas había vivido su propia historia de resistencia.

Con el tiempo, la policía se retiró. La distancia con la comunidad era ya insostenible. Y entonces, como ocurre cuando los pueblos reclaman lo que sienten suyo, el lugar quedó a disposición de la gente.

Y nosotros lo tomamos.

No con violencia.
Sino con escobas, palas y voluntad.


La transformación

En pocas semanas, aquel espacio comenzó a cambiar de piel.

Donde hubo abandono, apareció el trabajo.
Donde hubo miedo, comenzó a crecer la vida.

Se limpiaron escombros, se recogió basura, se podaron árboles. Se arreglaron los sardineles, se adecuaron accesos, se instalaron lámparas, sanitarios, duchas. Cada mejora, por pequeña que fuera, era una victoria.

El gran salón —antes oscuro y vacío— empezó a llenarse de sentido.

Allí habría teatro.
Allí habría música.
Allí habría reuniones, libros, ideas.

Allí, por fin, habría comunidad.

Katakandrú no solo estaba construyendo una sede.
Estaba resignificando la historia.


La jornada que puso a prueba el espíritu

Pero no todo fue trabajo tranquilo.

Recuerdo con claridad una de aquellas jornadas de limpieza. Estábamos varios compañeros adecuando el lugar: barríamos, recogíamos residuos, organizábamos herramientas. Cerca de la calle quedábamos Ever, Carlos y yo.

Entonces escuchamos el alboroto.

Un ruido seco.
Un grito.
Un movimiento brusco que rompía la rutina.

Era Leónidas.

Estaba siendo agredido por una patrulla.

No era un procedimiento.
No era un diálogo.
Era un abuso.

Y nosotros no supimos —ni quisimos— quedarnos quietos.

Nos acercamos. Intervenimos. Pedimos que se detuvieran. Que respetaran. Que entendieran que no estaban frente a un delincuente, sino frente a un joven del barrio, miembro de nuestro grupo, uno de los nuestros.

Pero en aquellos tiempos, levantar la voz también era un riesgo.


El atropello

La respuesta fue inmediata.

Nos subieron al vehículo.

Sin explicaciones.
Sin preguntas.
Sin derecho.

Pasamos de ser testigos a ser señalados.

En el comando, lo que siguió fue lo que el pueblo llamaba, con amarga ironía, un “rosario de bolillo”.

Golpes.
Castigo.
Escarmiento.

No por lo que habíamos hecho, sino por lo que representábamos: jóvenes organizados, conscientes, capaces de cuestionar.

Luego vino la humillación.

Nos obligaron a barrer patios, a lavar piscinas, a realizar trabajos forzados, como si quisieran quebrar no solo el cuerpo, sino la dignidad.

Pero no lo lograron.

Porque mientras cumplíamos aquellas órdenes, nuestra mente no estaba allí.

Estaba en la sede.
En la limpieza que habíamos dejado a medias.
En el proyecto que no pensábamos abandonar.


La salida y la certeza

Horas después, gracias a la intervención de un conocido —un policía que había trabajado con la comunidad y entendía lo que hacíamos— logramos salir.

Salimos golpeados.
Cansados.
Pero no derrotados.

Al contrario.

Había algo distinto en nosotros.

Más firme.
Más claro.
Más decidido.

Entendimos que lo que hacíamos no era menor. Que organizarse, ayudar, construir comunidad… también incomodaba.

Y si incomodaba, era porque tenía fuerza.


El regreso

Al día siguiente, volvimos.

Sin discursos.
Sin dramatismos.

Simplemente regresamos.

Tomamos de nuevo las escobas, las palas, los baldes… y continuamos.

Como si nada.

Como si todo.

Porque en el fondo sabíamos algo que ya nadie podía quitarnos:

Que la dignidad no se negocia.
Que la comunidad no se abandona.
Y que los espacios no se heredan… se conquistan con trabajo.


La sede como símbolo

Con el tiempo, aquel lugar dejó de ser el antiguo comando.

Se convirtió en otra cosa.

En biblioteca.
En salón de teatro.
En pista de baile.
En centro de reuniones.
En casa.

Y cada vez que cruzábamos su puerta, sabíamos que no era solo un edificio.

Era la prueba de que un grupo de jóvenes podía transformar el miedo en cultura, el abandono en encuentro, y la historia en futuro.

Capítulo 9

La Marcha del Libro: cuando la palabra tomó las calles**

Queridos compañeros de camino:

Después de la limpieza, volvimos.

Pero ya no éramos los mismos.

Aquel antiguo comando —que había

mos barrido con rabia contenida, dignidad herida y esperanza intacta— empezaba a transformarse. No solo en lo físico, sino en lo simbólico. Ya no era un lugar vacío: era un espacio en disputa, un territorio que exigía sentido.

Y fue entonces cuando surgió la pregunta que cambiaría el rumbo de todo:

—¿Y ahora qué hacemos con este lugar?

Pero no todo fue entusiasmo ni puertas abiertas.

—¿Y ahora qué hacemos con este lugar?

La pregunta surgió apenas supimos que la policía había abandonado la sede. Para nosotros era una oportunidad; para otros, un problema.

Los vecinos de enfrente tenían una idea muy distinta a la nuestra: querían que el lugar fuera demolido. Decían que así ganarían visibilidad, espacio abierto, y que podría convertirse en un parque para el sector. No lo veían como un sitio para construir, sino como algo que debía desaparecer.

Y fue entonces cuando apareció la oposición más directa.

Recuerdo claramente el encuentro con doña Maricela. No habló con rodeos ni con suavidad:

—Yo no voy a permitir que un grupo de desadaptados se tome ese lugar —dijo con firmeza—. Eso se va a volver una guachafita… después llegan a hacer cosas indebidas… y termina siendo cueva de delincuentes… o peor.

Sus palabras no eran solo rechazo: eran miedo. Miedo a lo desconocido, a la juventud organizada, a lo que aún no tenía forma clara ante los ojos del barrio.

Pero para nosotros, aquello no era negociable.

Sabíamos que ese espacio podía ser mucho más que paredes abandonadas. Primero lo adaptaríamos como sede del grupo. Luego, lo convertiríamos en una biblioteca al servicio de toda la comunidad. Ese era el sueño. Pero también entendimos algo fundamental: no bastaba con querer hacerlo… había que legitimar la idea.

No podíamos imponernos. Teníamos que convencer.

Fue entonces cuando surgió una de las decisiones más inteligentes del proceso: consultar a la comunidad.

La encuesta no nació como un simple formulario. Nació como estrategia, como herramienta de respaldo, como puente entre la desconfianza y la participación. Con ese documento en mano, casa por casa, no solo recogeríamos opiniones: construiríamos legitimidad.

Cada respuesta sería un argumento.
Cada firma, un respaldo.
Cada voz, una defensa frente a quienes se oponían.

Así, lo que empezó como un conflicto con los vecinos terminó convirtiéndose en el impulso que necesitábamos para organizarnos mejor. Porque entendimos que los proyectos comunitarios no se sostienen solo con buenas intenciones, sino con el apoyo real de la gente.

Y fue precisamente esa necesidad de respaldo la que, más adelante, daría origen a algo mucho más grande: la Marcha del Libro.

No bastaba con haberlo recuperado.

Había que llenarlo de vida.


La idea: sembrar conocimiento
Casi una declaración de principios.
La marcha
Un ritual colectivo.
Una forma de resistencia cultural.
Con una encuesta en la mano, como si fuera un manifiesto.La idea nació casi como una declaración de principios. Si el problema era la desconfianza, la respuesta no podía ser la imposición, sino la participación. Si algunos vecinos querían derribar el lugar por miedo a lo que podía convertirse, nosotros teníamos que demostrar, con hechos, en qué queríamos convertirlo.

Así nació la encuesta.

No como un papel frío.

Sino como una herramienta de diálogo.

Como una forma de poner al barrio frente a sí mismo.

Salimos a las calles con ella en la mano, pero también con una intención clara: escuchar antes de construir, preguntar antes de decidir, involucrar antes de transformar.


La palabra como convocatoria
Cada respuesta, .Cada pregunta era más que una consulta.

Era una toma de posición.

Era, en el fondo, una respuesta anticipada a quienes veían en nosotros un problema.

Porque mientras unos hablaban de demolición, nosotros hablábamos de construcción.
Mientras algunos imaginaban desorden, nosotros proponíamos cultura.
Mientras el miedo levantaba muros, nosotros abríamos puertas.

Y entonces ocurrió algo que no estaba en los cálculos, pero sí en la esperanza:

La comunidad respondió.

No con rechazo.
No con indiferencia.
Sino con una claridad que terminó inclinando la balanza.

Las respuestas empezaron a acumularse como argumentos irrefutables.
Sí al grupo.
Sí a la organización juvenil.
Sí a la biblioteca.
Sí al uso del espacio para el bien común.


La respuesta del barrio
Con emoción.
Con generosidad.
Otros guardados durante años.
Otros heredados.
Otros casi olvidados.
Los aportes eran pequeños, pero inmensos en significado.
La victoria silenciosa
Una fuerza.
Una esperanza organizada.Y así, casi sin darnos cuenta, la encuesta dejó de ser un instrumento y se convirtió en un movimiento.

En una voz colectiva.

En una respuesta clara frente a quienes querían derribar el lugar.

Porque ya no éramos solo nosotros defendiendo una idea.

Era el barrio entero respaldando una decisión.

Cuando llegó el momento de presentar ese soporte ante la comunidad y la Junta de Acción Comunal, ya no había mucho que discutir.

Los papeles hablaban.

La gente había decidido.

Y lo que antes era visto por algunos como una amenaza, empezó a entenderse como una oportunidad.

El lugar no se derribaría.

Se transformaría.

Y esa transformación no sería impuesta, sino construida entre todos.

Fue ahí cuando la Marcha del Libro dejó de ser una iniciativa y se convirtió en una hazaña


La biblioteca
De mesas.
De voces bajas.
De preguntas.
Era concentración. 
Erano portunidades que se abrían.Y ahí entendimos, sin necesidad de decirlo en voz alta,
que Katakandrú no solo limpiaba espacios:
despertaba conciencias.
La expansión: los lotes que se volvieron esperanza
La cuarenta: donde nació un parque
Con sillas.
Con senderos.
Los niños jugaron.
Las parejas encontraron un lugar.
La veintinueve: un jardín comunitario
Colores.
Cuidado colectivo.
La treinta y uno: deporte y juventud
Voleibol.
Encuentros.
Otros espacios, misma historia
Calles recuperadas.
Lotes transformados.
Organización.
Sentido de pertenencia.
El verdadero cambio
Donde había maleza… ahora había encuentro.
Donde había silencio… ahora había comunidad.
El legado
Con canchas.
Con libros.
Con encuentros.
Cierre

Y así, casi sin planearlo del todo, nació una de las gestas más hermosas de nuestra historia:

La Marcha del Libro.

La biblioteca no fue un proyecto cualquiera.

Tú lo sabes bien.

Fue una decisión profunda.

Entendimos —tal vez sin decirlo en voz alta— que si queríamos transformar el barrio, no bastaba con limpiar espacios: había que abrir mentes.

Había que sembrar conocimiento.

Y entonces decidimos salir a buscarlo.

Aquella no fue una caminata cualquiera.

Fue un acto simbólico.

Salimos a las calles con libros en alto, como si fueran banderas.

Casa por casa.

Puerta por puerta.

Mirando a los ojos.

Llevábamos una encuesta, sí.

Pero en realidad, llevábamos una pregunta más grande:

¿Queremos un barrio distinto?

Encuesta comunitaria – Proyecto Katakandrú y Biblioteca

Pero más allá del papel…

Cada pregunta era un llamado.

Y el barrio respondió.

Como solo responden las comunidades que se reconocen en una causa.

Con orgullo.

Los libros comenzaron a aparecer.

Algunos viejos.

Pero todos cargados de historia.

Las monedas llegaban en manos humildes.

No pedíamos limosna.

Estábamos convocando a un acto de fe colectiva.

Y la gente entendió.

Lo que empezó como una marcha… se volvió una gesta.

Katakandrú dejó de ser visto como un grupo de muchachos inquietos.

Ahora éramos otra cosa.

Un referente.

Y la antigua sede —ese lugar donde alguna vez hubo órdenes y castigos— comenzó a transformarse definitivamente.

Con el tiempo, aquel espacio se llenó.

De libros.

El silencio cambió de significado.

Ya no era miedo.

Ya no había gritos de mando.

La biblioteca no fue solo un lugar.

Fue un símbolo.

Un santuario del saber.

Un arsenal de sueños.

Pero Katakandrú no se detuvo ahí.

Porque cuando una comunidad despierta… ya no vuelve atrás.

Lo que empezó con la limpieza del comando y la creación de la biblioteca, se convirtió en algo más grande:

Un movimiento de transformación barrial.

Los lotes baldíos —símbolos del abandono— comenzaron a cambiar.

Donde antes había monte y escombros, apareció un parque.

Con jardines.

Las familias regresaron.

La noche dejó de ser amenaza… y empezó a ser encuentro.

Un terreno olvidado se convirtió en vida.

Plantas.

Una cancha.

Baloncesto.

Allí también se construía comunidad.

Microfútbol.

Cada lugar intervenido tenía el mismo origen:

Trabajo voluntario.

Con el tiempo entendimos algo fundamental:

No estábamos limpiando lotes.

Estábamos cambiando miradas.

Donde antes había abandono… ahora había vida.

Katakandrú no hablaba con discursos.

Hablaba con hechos.

Con parques.

Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en algo más que un grupo juvenil:

Nos convertimos en memoria viva del barrio.

La Marcha del Libro no fue solo un evento.

Fue una proclamación.

La prueba de que una comunidad, cuando se organiza, puede transformar su historia.

Y desde entonces, en cada libro abierto, en cada espacio recuperado…

Katakandrú sigue marchando.

Capítulo 10

Identificación: cuando supimos quiénes éramos**

Queridos compañeros de camino:

Ya instalados en nuestro propio espacio, comenzó otra transformación.

Más silenciosa.
Más profunda.

Cada quien fue llevando lo que tenía a mano, sin ostentaciones ni reservas:
sillas prestadas, tapetes gastados, cuadros colgados con clavos improvisados, libros rescatados de estantes familiares.

Así, poco a poco, aquel lugar comenzó a latir.

Ya no era solo una sede.
Era un salón cultural.
Una biblioteca.
Un punto de encuentro.

Allí se pensaban los proyectos… antes de salir a caminar el barrio.


El espíritu que nos unía

La idea que nos sostenía era sencilla, pero poderosa:

No éramos individuos sueltos.
Éramos un solo cuerpo.

Inspirados en Los Tres Mosqueteros, adoptamos como principio:

“Uno para todos y todos para uno.”

Y como afirmación propia, nacida de nuestra realidad:

“La unidad hace la fuerza.”

Ese no era un lema decorativo.

Era una forma de vivir.


El nombre que se volvió identidad

De ese mismo espíritu nació nuestro eslogan:

“Jóvenes liberan jóvenes”

Propuesto por Carlos Roberto Másmela, quien además diseñó el logotipo del grupo.

Con ese símbolo se crearon los carnés de afiliación.

Pequeños.
Sencillos.
Pero inmensos en significado.

Cada uno lo portaba como quien lleva una credencial invisible:

la de pertenecer.


El compromiso

Recuerdo el momento de la entrega de carnés.

Humberto Flórez, con su voz serena, dijo:

—Que este instante sea motivo para que la unidad prevalezca sobre cualquier obstáculo… y que si un socio está en dificultad, los demás tengamos la obligación de ayudarlo.

La respuesta fue inmediata:

—¡Que así sea!

Y no fue un grito.

Fue un pacto.


El reconocimiento legal

La alegría creció aún más cuando llegó la noticia:

La Gobernación del Huila había aprobado nuestros estatutos.

Katakandrú obtenía su personería jurídica:

PJ 142 de junio de 1979.

Ya no éramos “un grupo pirata”.

Éramos una organización.

Con nombre.
Con respaldo.
Con existencia legal.


La realidad

Sin embargo, Ever Motta —nuestro tesorero— nos aterrizó:

—Las finanzas deben manejarse con rigor…

Y tenía razón.

Porque los sueños eran grandes…

Pero los recursos, modestos.


El nacimiento de los símbolos

Fue entonces cuando sentimos que algo faltaba.

Teníamos historia.
Teníamos acciones.
Teníamos reconocimiento.

Pero nos faltaba algo visible:

símbolos.


Los símbolos Katakos

(Así comenzamos a llamarnos entre nosotros: Katakos.
Una forma cercana, orgullosa, propia.)

Los símbolos no nacieron por formalidad.

Nacieron por necesidad.

Necesidad de reconocernos.
De representarnos.
De decirle al mundo quiénes éramos.


El proceso

Se convocó un concurso interno.

Bandera.
Escudo.
Himno.

Las propuestas fueron muchas.

Cada una con su carga emocional, con su visión del grupo.

Y como todo en Katakandrú…

Se decidió en colectivo.


La bandera: lo que somos

La bandera no fue solo un diseño.

Fue una declaración.

El fondo negro:
no como oscuridad, sino como origen.
Como profundidad.
Como semilla.

El amarillo:
la luz compartida.
La unión.
La esperanza.

La estrella:
el rumbo.
El conocimiento.
La guía.

Y el rojo de nuestro nombre:

Katakandrú.

La fuerza.
La sangre.
La decisión.


Un detalle importante

Jael Garaviño también presentó propuestas de gran valor.

Pero finalmente, el diseño de Constantino Castro Zamora fue elegido por su claridad conceptual y su capacidad de integrar todos los símbolos.

Además, tenía algo clave:

Era fácil de reproducir.

Y eso permitió que el símbolo fuera de todos.


El escudo: una lección

El escudo existió.

Fue aprobado.

Pero no se quedó.

No logró arraigarse.

Y eso nos enseñó algo importante:

👉 No todos los símbolos viven.
👉 Solo permanecen los que la comunidad hace suyos.

El logotipo, en cambio, sí trascendió.


El himno: la voz del grupo

Y luego vino la palabra cantada:

Jóvenes agrupan jóvenes,
es el lema de Katakos…

(…puedes dejar el himno completo como bloque, está muy bien)

El himno no era solo música.

Era identidad en voz alta.


Lo que realmente ocurrió

Con el tiempo entendimos algo fundamental:

No estábamos creando símbolos.

Estábamos construyendo identidad.


Cierre

Katakandrú ya tenía:

  • Espacio
  • Historia
  • Comunidad
  • Símbolos

Pero sobre todo…

Tenía conciencia de sí mismo.

Y ese fue, quizás, el paso más importante de todos.

CAPÍTULO 11

El deporte: disciplina, identidad y protección juvenil

Querido compañero:

Si hubo un momento en que Katakandrú dejó de ser solo palabra, reunión o intención, fue cuando el deporte entró a formar parte de nuestra vida como una fuerza organizada. Porque el deporte, en aquellos años, no era únicamente competencia: era refugio, era disciplina, era una forma de protegernos del desorden del mundo.

La cancha se volvió escuela.
El balón, un pretexto.
Y el juego… una manera de encontrarnos.


Ignacio Bello: el abanderado

Si hay que nombrar a alguien como motor del deporte en Katakandrú, ese fue Ignacio Bello Pascuas.

Incansable.

Organizaba la carrera decembrina del 31, donde el barrio entero se reunía. Coordinaba torneos de microfútbol, voleibol y baloncesto.

Movía gente.
Convocaba voluntades.
Encendía la chispa.

Gracias a él —y a muchos otros— el deporte nunca fue improvisación: fue compromiso.

El nacimiento del hexagonal decembrino

Con Nacho nace, la primera gran apuesta deportiva del grupo fue, sin exagerar, audaz: organizar el primer hexagonal de fútbol decembrino en el barrio Las Granjas.

No teníamos experiencia.
No teníamos recursos suficientes.
Pero teníamos algo más fuerte: la convicción de que desde el barrio también se podían hacer cosas grandes.

La idea era clara: reunir a los seis mejores equipos de la ciudad y enfrentarlos en jornadas intensas de sábado y domingo. Cada equipo aportaría una inscripción, y con ese fondo se garantizaría la premiación.

Pero detrás de esa aparente sencillez había un trabajo riguroso.

Nos sentamos como si fuéramos una empresa consolidada:
evaluamos posibilidades, organizamos logística, redactamos reglamentos, pensamos en la seguridad, distribuimos responsabilidades.

Y así, casi sin darnos cuenta, el nombre de Las Granjas empezó a sonar.

De boca en boca.
De cancha en cancha.
Con respeto.

El problema del trofeo

Todo marchaba bien… hasta que apareció un detalle que amenazó con desbaratarlo todo: el trofeo.

Cuando vimos la calidad de los equipos inscritos, entendimos que no podíamos entregar cualquier premio. Pero al revisar las cuentas, la realidad fue contundente: no alcanzaba el dinero.

—¿Y ahora qué hacemos?

La respuesta fue la de siempre: trabajar más.

Organizamos ventas con doña Gloria, quien, junto a sus hijas, preparaba empanadas, arepas, buñuelos, chicha y aloja. El acuerdo fue sencillo y justo: nosotros poníamos los insumos, ella el trabajo, y compartíamos las ganancias.

El barrio, como siempre, respondió.

Pero aun así… no alcanzaba.

La aparición de Fulvio y el nacimiento de un símbolo

Y entonces, como ocurre en las historias que están destinadas a continuar, apareció Fulvio.

Llegó sin prisa, escuchó, y luego soltó la idea que cambiaría todo:

—Yo tengo una formaleta de La Gaitana…

El silencio fue inmediato.

No hablaba de cualquier figura. Hablaba de La Gaitana, símbolo de resistencia indígena, orgullo huilense, memoria viva.

Cuando nos mostró la propuesta, entendimos que no era solo un trofeo.

Era una declaración.

La figura representaba a La Gaitana erguida, con los brazos al cielo sosteniendo un balón de fútbol. Una fusión perfecta entre historia y presente. Entre lucha ancestral y pasión deportiva.

No entregaríamos un premio.
Entregaríamos identidad.

Aceptamos sin dudar.

Y así, lo que empezó como un problema económico terminó convirtiéndose en uno de los mayores aciertos simbólicos del grupo.

El inicio del torneo

El 3 de diciembre de 1977, el balón empezó a rodar.

Los equipos eran de peso:
el Club Alfonso Díaz Parra, el de Cándido Leguisamo, Postobón, Granjas A, Granjas B y el Club Mártires.

Las canchas se llenaron.
Las graderías improvisadas vibraban.
El polvo se levantaba como si también quisiera ser parte del espectáculo.

El barrio entero estaba allí.

Y no era solo fútbol.

Era orgullo.
Era identidad.
Era comunidad en movimiento.

La cancha como escenario de vida

Recuerdo con claridad aquel primer campeonato.

El título quedó en manos del Club Alfonso Díaz Parra, un equipo sólido, con jugadores de gran nivel, varios de ellos vinculados al naciente Atlético Huila.

Pero más allá del campeón, lo que quedó fue el nivel.

Granjas A y B también mostraban talento, con figuras como Alberto Rujana, quien años después dejaría huella en el fútbol profesional.

Y en medio de todo eso… estábamos nosotros.

Muchachos del barrio.
Muchachos de Katakandrú.

Allí jugaban Ever Motta, Arquímedes Castro, Omar Cuéllar, el zurdo Eduardo Polanía, Jaime “el Vecino”, los hermanos Amaya, Álvaro Trujillo en el arco, Hugo Peña, Carlos Rujana, Ricardo Bello…

Nombres que el tiempo podrá borrar, pero no el espíritu que los unía.

Porque en esas canchas no solo se jugaba fútbol.

Se aprendía a respetar.
A competir sin destruir.
A representar al barrio con dignidad.

El equipo: K-Astros

Con el tiempo, también consolidamos nuestro propio equipo: los K-Astros.  Equipos que eran símbolo en sí mismos, 

Más que alineación… eran historia compartida.

Porque en Katakandrú, el deporte no separaba.

Unía.

Allí estaban:

  • Richard Castro, el capitán
  • Ever Motta, delantero
  • Arquímedes Castro, delantero
  • Abraham Castro, defensa
  • Marco Vinicio Castro, mediocampo
  • Constantino Castro, mediocampo
  • Carlos Julio Tovar, defensa
  • Eulises Castro, arquero

Más que un equipo, éramos familia.

Y eso se notaba en la cancha.

El verdadero triunfo

Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo algo que en ese momento apenas intuíamos:

No jugábamos solo por ganar.

Jugábamos por Katakandru.
Por el nombre.
Por la dignidad.

Cada gol era una celebración colectiva.
Cada partido, una forma de decir: aquí estamos.

Y así, querido compañero, el deporte se convirtió en otro lenguaje de los Katakos

Un lenguaje de disciplina.
De resistencia.
De alegría.

Un lenguaje que todavía hoy… sigue rodando como balón bendito en la memoria de Las Granjas.

La final: cuando el fútbol se volvió batalla y fiesta

Querido compañero:

Si hubo un momento en que el barrio contuvo la respiración, fue aquella final del primer hexagonal. No era un partido más. Era el cierre de todo lo que habíamos construido con esfuerzo, ingenio y terquedad juvenil.

Y había un protagonista silencioso antes incluso del pitazo inicial: el trofeo.

La escultura de La Gaitana estaba allí, sobre la mesa principal, iluminada como si supiera que iba a ser deseada. No tardaron los jugadores en acercarse, mirarla de cerca, recorrerla con los ojos. Algunos la tocaron casi con respeto.

Se enamoraron de ella.

No era para menos. Aquello no era un premio cualquiera: era historia, era símbolo, era orgullo convertido en figura. Y desde ese momento, el partido dejó de ser solo fútbol.

Se volvió una disputa por algo más grande.


El inicio: calma antes de la tormenta

El encuentro enfrentaba al Club Alfonso Díaz Parra contra Granjas A.

El ambiente era eléctrico, pero el juego comenzó sereno, como si ambos equipos se estuvieran midiendo, reconociendo el terreno, tanteando el ánimo del rival.

Pero esa calma duró poco.

A los diez minutos, Alfonso Díaz Parra rompió el equilibrio.

Una jugada rápida, precisa… y gol.

El grito fue seco, contundente.

Y con él, cambió todo.


El partido se enciende

A partir de ese momento, el partido dejó de ser táctico y empezó a volverse emocional.

Las entradas se hicieron más fuertes.
Las palabras más cortantes.
Las miradas… más desafiantes.

El árbitro comenzó a intervenir con llamados de atención constantes.
Luego vinieron las primeras tarjetas amarillas.

El juego se calentaba.
La tribuna también.

Cada falta era reclamada.
Cada decisión discutida.
Cada balón dividido parecía una batalla personal.

Y entonces, lo inevitable:

Dos expulsiones.

Una por cada equipo.

El primer tiempo terminó en medio de tensión, con los ánimos encendidos y la sensación de que aquello podía desbordarse en cualquier momento.


La voz que evitó el quiebre

Fue entonces cuando apareció Nacho Bello.

Con autoridad serena, con ese liderazgo que no necesitaba gritos, reunió a los equipos y les habló como quien recuerda lo esencial:

—Esto es un encuentro amigable… no podemos terminar en pelea. No podemos llevar a la tribuna a enfrentarse por un resultado.

Sus palabras no apagaron del todo el fuego…
pero evitaron el incendio.


El segundo tiempo: el corazón del partido

El juego se reanudó.

Y ahora sí, querido compañero, aquello era otra cosa.

Granjas A salió con hambre.

Con orgullo herido.
Con el barrio detrás.

Y al minuto sesenta, llegó el estallido.

Gol.

El empate cayó como un trueno.

La tribuna casi se vino abajo.
Los gritos, los saltos, la euforia… todo se mezcló en una sola emoción colectiva.

Era el barrio celebrándose a sí mismo.


Los últimos minutos: al filo del destino

Pero el partido aún no estaba escrito.

Los choques volvieron.
Las piernas pesaban.
El cansancio empezaba a cobrar factura.

Y entonces, cuando el reloj parecía inclinarse hacia el empate…

faltando cinco minutos:

Una jugada por la banda.
Centro al área.
Un salto entre varios.

Y el golpe seco del balón contra la frente.

Gol.

Alfonso Díaz Parra.

Silencio breve…
y luego explosión.


El final: victoria y respeto

El pitazo final llegó como un alivio.

No hubo pelea.
No hubo ruptura.

Solo el cansancio de haberlo dado todo.

Y la emoción.

Los jugadores del Alfonso Díaz Parra se acercaron al trofeo con una mezcla de orgullo y asombro. Lo levantaron como quien levanta algo sagrado.

No estaban alzando solo una victoria.

Estaban alzando historia.

Granjas A, golpeado pero digno, aceptó el resultado. Porque en el fondo sabíamos algo que esa final nos dejó claro:

El verdadero triunfo no estaba solo en el marcador.

Estaba en haber llegado hasta allí.
En haber llenado la cancha.
En haber demostrado que el barrio podía organizar, competir y brillar.


Epílogo de una tarde inolvidable

Y así terminó aquella jornada.

Sin escándalos.
Sin derrotas amargas.
Con el corazón lleno.

Cada quien tomó rumbo a su casa, pero algo había cambiado.

El hexagonal no había sido solo un torneo.

Había sido una declaración.

Desde ese día, el fútbol en Las Granjas dejó de ser un juego cualquiera.

Se convirtió en tradición.

En identidad.

En memoria viva.

Cierre del capítulo

Con el paso del tiempo, aquel primer hexagonal no se quedó como un hecho aislado. Por el contrario, se convirtió en tradición. Año tras año, diciembre traía consigo el regreso del torneo, como un ritual esperado por el barrio y por buena parte de la ciudad.

Vinieron nuevos campeonatos.
Nuevos equipos.
Nuevas historias.

Y también, cómo no decirlo, nuevas glorias.

Porque Granjas no se quedó atrás. En varios de esos torneos posteriores, el equipo del barrio logró alzarse con el título, demostrando que no solo organizábamos bien los eventos, sino que también sabíamos competir y ganar en la cancha.

Claro está —y tú lo recordarás bien— que cada vez que jugaba Granjas, el ambiente se cargaba.

Había palabras cruzadas.
Reclamos al árbitro.
Discusiones en la tribuna.
Algún empujón que subía la temperatura del partido.

Pero todos, en el fondo, entendíamos lo mismo:
era el calor del juego.
la pasión sin filtro.
la vida latiendo en cada jugada.

Porque nunca pasó a mayores.

Al terminar el partido, la rivalidad se quedaba en la cancha, y la vida seguía en el barrio, en las calles, en las mismas esquinas donde al día siguiente volvíamos a saludarnos como siempre.

Así fue como, entre goles, discusiones y celebraciones, Las Granjas fue ganándose un lugar en el corazón de la gente.

Y Katakandrú también.

No solo como organizador de torneos,
no solo como grupo juvenil,
sino como símbolo de algo más profundo:

de lo que puede lograr un grupo cuando cree en sí mismo.

Hoy, al mirar hacia atrás, queda claro que aquellos campeonatos no fueron solo deporte.

Fueron escuela de carácter.
Fueron escenario de identidad.
Fueron prueba viva de que la grandeza no nace en los grandes estadios, sino en las canchas de tierra, en el esfuerzo colectivo y en la pasión compartida.

Y así, entre polvo, gritos, abrazos y atardeceres, quedó sembrada una certeza que aún resiste el paso del tiempo:

Que Las Granjas también jugaba…
Y Katakandrú hacía historia.


CAPÍTULO 12

La cancha también tenía voz: mujeres, liderazgo y carácter

Si algo terminó de consolidar el espíritu de Katakandrú, fue entender que el deporte no era un complemento, sino otro lenguaje del alma del barrio.

Y en ese lenguaje, hubo voces que se alzaron con fuerza propia.

“Las Chicas K”: talento, orgullo y alegría en la cancha

Si de prestigio se trataba dentro de las expresiones deportivas del grupo, no puede dejar de mencionarse a un equipo que rompió esquemas y se ganó el respeto a punta de talento y carácter: “Las Chicas K”.

Eran niñas y jóvenes con habilidades notables, pero sobre todo con una determinación que no pedía permiso. Cada vez que salían a la cancha, no lo hacían solas. Detrás de ellas iba el barrio entero, los “katacos”, acompañándolas con gritos, risas, aplausos y una energía que convertía cada partido en una fiesta.

Y ellas lo sabían.

Jugaban con alegría, pero también con responsabilidad. Se sentían respaldadas, cuidadas, orgullosas de representar algo más grande que un equipo: representaban un proceso, una idea de juventud organizada, viva y presente.

Allí estaban nombres que dejaron huella: Samaris Castro, Gloria Guío, Judit Cerquera, Rubiela Cohetato, las hermanas Cuéllar, Cueto Suárez, Consuelo Amaya y Victoria Belcastro, entre muchas otras.

Su belleza llamaba la atención, sí, pero era su juego el que imponía respeto.

Eran fuertes en la marca, hábiles en el manejo del balón, valientes en cada disputa. Los equipos rivales no las enfrentaban con ligereza. Sabían que no estaban jugando contra un grupo improvisado, sino contra un equipo sólido, disciplinado y con identidad.

Cada partido suyo era más que competencia:
era una declaración.

Sin proponérselo del todo, abrieron camino.
Demostraron que la cancha también era territorio femenino, que el talento no tenía género y que el respeto se gana jugando.

Con el tiempo entendimos que “Las Chicas K” no fueron solo un equipo:
fueron símbolo de participación, de valentía y de transformación silenciosa.


Ignacio Bello: el alma deportiva del barrio

Pero si hubo alguien que sostuvo, impulsó y multiplicó ese espíritu deportivo, fue Ignacio Bello.

Recordarlo es volver a ver la energía en movimiento. No necesitaba títulos ni cargos formales. Su autoridad nacía del hacer. Bastaba verlo llegar con un balón bajo el brazo y un silbato colgado al cuello para saber que algo importante iba a ocurrir.

Donde él estaba, había organización.
Donde él insistía, había participación.

Organizaba campeonatos de fútbol, atletismo, voleibol y baloncesto con una pasión que contagiaba hasta al más indiferente. No solo promovía el deporte: construía comunidad.

Gracias a su empuje, Katakandrú no solo participó:
ganó.

Se obtuvieron triunfos a nivel municipal, se destacaron en olimpiadas neivanas, y el barrio comenzó a ser reconocido no solo por su organización cultural, sino también por su nivel deportivo.

Pero lo más importante no eran los trofeos.

Era lo que se aprendía.

Disciplina.
Respeto.
Trabajo en equipo.


La lección de Nacho

Ignacio no solo organizaba. También enseñaba.

Y una de sus lecciones más recordadas nació en medio de una dificultad.

En una actividad para recaudar fondos, el apoyo del grupo fue escaso. A pesar de ello, Nacho sacó el evento adelante casi solo, con la ayuda de unos pocos. Cuando después le pidieron cuentas, no respondió con enojo… sino con claridad.

Contó entonces la historia de la gallina que sembró, cosechó y horneó el pan sin ayuda, y que al final decidió no compartirlo con quienes no estuvieron en el proceso.

No fue un reclamo.
Fue una enseñanza.

—El compromiso —dijo— no aparece al final. Se demuestra desde el inicio.

Aquella historia quedó sembrada en todos.

Porque nos obligó a mirarnos.
A entender que el grupo no se sostenía con entusiasmo momentáneo, sino con presencia real.


Más que campeones

Con Nacho al frente, el deporte creció.
Se consiguieron uniformes, implementos, arbitrajes.
Se organizaron festivales, rifas, encuentros.

Las camisetas negras con amarillo y rojo comenzaron a verse por todo el barrio. Katakandrú ya no era solo un nombre: era una presencia visible.

Y en las canchas, como en la vida, cada quien encontró su lugar.

Algunos brillaron con el balón.
Otros organizaron desde atrás.
Otros sostuvieron con esfuerzo silencioso.

Todos aportaron.


Lo que nos dejó la cancha

Hoy, al mirar atrás, entendemos que el deporte en Katakandrú fue mucho más que partidos o campeonatos.

Fue escuela.

Allí aprendimos a ganar sin arrogancia y a perder sin rendirnos.
A confiar en el otro.
A sostenernos como grupo incluso en los momentos difíciles.

Porque los trofeos pasan.
Las medallas se guardan.

Pero lo que se vive en comunidad…
eso permanece.

Las canchas de tierra, los festivales improvisados, las risas después de cada partido, el esfuerzo compartido… todo eso sigue latiendo en la memoria.

Y en ese latido, “Las Chicas K”, Ignacio Bello y cada uno de nosotros seguimos corriendo, jugando y creyendo.

Porque si algo nos enseñó Katakandrú, es que el deporte no solo forma cuerpos fuertes,
forma vidas con sentido.

Judo: Armando Castro Zamora

Si el fútbol nos enseñó a jugar en equipo y a defender los colores del barrio, el judo nos enseñó algo más silencioso y profundo: el dominio de uno mismo. Y en esa disciplina, hubo un nombre que brilló con luz propia dentro de Katakandrú: mi hermano, Armando Castro Zamora.

El judo fue, sin duda, una de las prácticas que más marcaron nuestra historia. No solo por lo que exigía del cuerpo, sino por lo que sembraba en el carácter. Y Armando parecía haber nacido para ese equilibrio entre fuerza y control, entre impulso y disciplina.

Tenía un carácter inquieto, una energía que no conocía descanso. No se conformaba con ser judoca: también estaba en las danzas, en el teatro, en la música, en el microfútbol… y, al mismo tiempo, estudiaba matemáticas en la Universidad Surcolombiana. Su vida era un movimiento constante, como si el tiempo no fuera suficiente para todo lo que quería hacer.

Desde niño ya mostraba esa disposición desbordante.

Recuerdo una escena que aún me hace sonreír. En la escuela, la profesora pidió herramientas para un trabajo. Armando, sin medir proporciones, cargó una carretilla con pala, pica, machete, martillo, serrucho, escoba y trapero. Iba decidido, como quien se dispone a construir el mundo entero.

Al verlo, mi padre, don Sixto, lo detuvo:

—¿Y usted para dónde va con todo eso?

—Para la escuela, papá. La profesora preguntó quién tenía herramientas y yo me ofrecí.

El amiguito que lo acompañaba confirmó la historia. Entonces mi padre, con esa sabiduría sencilla que deja huella, le dijo:

—No, hijo. Así no es. Uno permite que otros también participen. No puede ser usted el que cargue con todo.

Armando no discutió. Volvió, descargó parte de lo que llevaba y, como si quisiera aprender la lección con precisión matemática, hizo una lista de lo que debía llevar. Desde entonces entendió que ayudar también es saber compartir la responsabilidad.

Pero si esa anécdota mostraba su generosidad, hubo otra que reveló la profundidad de su compromiso.

Un día, en medio de las dificultades económicas, mi padre comentó, casi en tono de desahogo:

—Hoy es un día duro… no hay ni para el almuerzo.

Armando escuchó en silencio.

Y desapareció.

Las horas pasaron y la preocupación creció. No era habitual que se fuera sin avisar. Solo regresó hacia las cinco de la tarde, tranquilo, con la serenidad de quien siente haber cumplido una misión.

Mi padre, entre aliviado y molesto, le preguntó:

—¿Dónde estaba?

Y Armando respondió con absoluta naturalidad:

—Me fui a buscar trabajo. Como usted dijo que no había almuerzo, fui al aeropuerto. Les conté que éramos una familia pobre, con nueve muchachos, y que necesitábamos comer. Les ofrecí ayudar en lo que fuera: limpiar, organizar, lo que necesitaran.

Hizo una pausa breve, como recordando la jornada.

—Me dejaron colaborar. Me dieron algo de almuerzo y a las cuatro me dieron un dinero. Después me dijeron que no volviera, porque no podían contratar menores.

Mi padre lo miró en silencio, sorprendido por esa mezcla de inocencia y determinación.

—Yo lo dije por la escasez, hijo… no para que saliera a pedir trabajo.

Pero Armando ya había demostrado quién era.

No se quedaba en las palabras. Actuaba.

Siempre.


Esa misma fuerza fue la que llevó al judo.

Para él no era solo una disciplina: era una forma de vida.

Aprendía cada técnica con rigor, cada caída con humildad, cada combate con respeto. Pero no se conformó con aprender. Quiso multiplicar.

Y así nació su propio grupo: “Los Lobitos”.

Un grupo de jóvenes a quienes enseñaba lo que él mismo iba descubriendo en el tatami. Allí practicaban llaves, caídas, movimientos… pero también disciplina, compañerismo y carácter. No era un simple entrenamiento: era una escuela en miniatura, liderada por un joven que ya entendía que el conocimiento cobra sentido cuando se comparte.

Su entrega lo llevó a competir a nivel municipal, departamental y nacional. Los reconocimientos llegaron, sí, pero nunca fueron su objetivo principal. Para Armando, cada competencia era una oportunidad de medirse consigo mismo.

De crecer.

De superarse.

Pero su espíritu no se detenía en un solo escenario.

Mientras muchos encontraban un camino, él caminaba varios al mismo tiempo.

Así llegó a la Cruz Roja.

Allí se formó en primeros auxilios, inyectología, atención de partos, canalizaciones… habilidades que no solo requerían técnica, sino temple. Descubrió entonces otra dimensión de su vocación: la de servir en momentos donde la vida pende de un hilo.

Y fue ese camino el que lo llevó a uno de los episodios más duros de nuestra historia: la tragedia de Armero.

Allí estuvo.

Entre el lodo, el dolor y el silencio de lo perdido.

Fue testigo de escenas que marcan para siempre. De vidas atrapadas, de gritos contenidos, de la fragilidad humana frente a la fuerza de la naturaleza. Y como tantos otros, quedó marcado por la imagen de aquella niña que se convirtió en símbolo de la tragedia.

En ese escenario, el judo ya no era combate.

Era resistencia.

Era fortaleza interior.

Era la capacidad de mantenerse en pie cuando todo alrededor se derrumba.


Así era Armando.

Un hombre que no cabía en un solo espacio.

Un espíritu que no sabía quedarse quieto.

Su hiperactividad no era desorden:
era una forma intensa de vivir.

En el judo, en Katakandrú, en la Cruz Roja, en la universidad… en cada lugar donde hacía falta voluntad, allí estaba él. Como si quisiera recordarnos, sin decirlo, que la verdadera disciplina no es solo entrenar el cuerpo, sino comprometer la vida entera.

Y entendimos entonces que el deporte en Katakandrú no era solo competencia.

Era formación.

Porque mientras unos aprendíamos a jugar, otros —como Armando— nos enseñaban, con el ejemplo, a vivir con entrega total.


l ciclismo: una aventura breve pero inolvidable

No todas las disciplinas que tocó Katakandrú lograron echar raíces profundas. Algunas fueron apenas intentos, esfuerzos breves que, aunque no perduraron, dejaron huellas imborrables. Así ocurrió con el ciclismo.

Para hablar de esta actividad, debo reconocer que fue algo fugaz dentro de nuestra historia. No alcanzó la continuidad del fútbol ni la fuerza organizativa de otras disciplinas. Además, no fue una iniciativa exclusiva del grupo, sino un esfuerzo compartido con la Junta de Acción Comunal del barrio, que en ese entonces estaba liderada por don Juan Horta.

Vale la pena hacer aquí un pequeño paréntesis para mencionarlo. Don Juan era un hombre de espíritu social, generoso y con una visión clara de lo que podía llegar a ser el barrio. De oficio sastre —de aquellos de antes, capaces de confeccionar trajes a la medida con precisión casi artística—, tenía además la inquietud de enseñar su saber a los jóvenes.

Convocó a varios de nosotros para aprender el oficio. Fulvio, Carlos Ebert, Constantino y otros nos acercamos con curiosidad. Algo alcanzamos a aprender, aunque quien realmente aprovechó la oportunidad fue Eulices, que llegó a dominar la confección de camisas y pantalones. Con el tiempo, cuando don Juan se marchó del barrio, Eulices continuó como sastre, ejerciendo con destreza lo aprendido.

Cierro aquí el paréntesis para volver al ciclismo.

Con el apoyo de algunas empresas de la ciudad de Neiva, decidimos organizar un circuito ciclístico el 20 de julio, día de la independencia. El recorrido consistía en unas quince vueltas alrededor del barrio Las Granjas, sumando cerca de sesenta kilómetros, una distancia respetable, aunque manejable para ciclistas entrenados.

Animados por la experiencia que ya teníamos en la organización de eventos, nos atrevimos a invitar equipos con cierto reconocimiento, algunos de ellos participantes en competencias importantes como la Vuelta a Colombia, la Vuelta al Táchira, la Vuelta al Sur y el naciente Clásico RCN. El ciclismo colombiano comenzaba a ganar prestigio, y nosotros queríamos ser parte de ese impulso.

Se inscribieron equipos como Pilas Varta, Café de Colombia, Marcos y Bielas, Productos Aldana, Medicamentos y Drogas, entre otros. Y, por supuesto, también estaba el equipo de Katakandrú.

Pero hay que decirlo sin rodeos: nuestro equipo era más entusiasmo que preparación.

El único que practicaba ciclismo con verdadero rigor era Alejandro Rojas Castro. Los demás éramos acompañantes ocasionales: Abrahán Castro, Marco Vinicio Castro, Hernando Amaya, Gilberto Bello, Juan Carlos Peña… y todos con más voluntad que técnica.

Incluso éramos el equipo de mayor edad, con integrantes entre los 17 y 18 años, mientras que muchos competidores apenas rondaban los 15 o 16.

Aun así, logramos reunir premios gracias al apoyo de patrocinadores, y el circuito se llevó a cabo con buena participación. El ganador fue Antonio Zuleta, del equipo Pilas Varta; el segundo lugar fue para un corredor de Café de Colombia y el tercero para uno de Marcos y Bielas.

La competencia fue un éxito organizativo. Pero para nosotros, la verdadera historia estaba por dentro.


La anécdota de Alejandro

La carrera comenzó con relativa calma. La primera vuelta, como es habitual, sirvió de reconocimiento. Los equipos medían el terreno, observaban a sus rivales y calentaban piernas.

Todo parecía marchar bien… al menos en apariencia.

Cada equipo contaba con su carro acompañante, con repuestos, herramientas y hasta bicicletas adicionales. Katakandrú también tenía el suyo… aunque en condiciones muy particulares.

Nuestro vehículo de apoyo era la carcachita de mi papá: un pequeño camperito Suzuki, algo desgastado pero fiel. Eso sí, bajo una regla estricta: nada podía sonar extraño, porque mi padre lo cuidaba como un tesoro.

En cuanto al equipo logístico, éramos modestos: una sola rueda de repuesto, termos con agua y panela, y muchas ganas de resistir.

La bicicleta de Alejandro tenía su propia historia. Había sido de mi tío Nacho Castro, antiguo ciclista. Alejandro la rescató del olvido, la restauró con paciencia y la convirtió en su compañera de entrenamiento.

Las demás bicicletas eran prestadas o alquiladas. Eran, literalmente, máquinas de batalla.

Todo iba relativamente bien hasta que, hacia la décima vuelta, llegó el primer golpe: Alejandro pinchó.

Sin dudarlo, Abrahán se bajó de su bicicleta y se la cedió para que continuara. Nosotros cambiamos la rueda como pudimos, con la única de repuesto que llevábamos. El resto del equipo se rezagó, tratando de ayudar a recuperar terreno.

Pero la realidad era clara: ya estábamos en la parte final del pelotón.

Seguíamos pedaleando más por dignidad que por competencia.

Cuando faltaban tres vueltas, ocurrió el segundo episodio. Un perro, que se soltó de las manos de una espectadora, se atravesó en medio del grupo rezagado. En segundos, unos quince ciclistas cayeron al suelo.

Armando, siempre atento, corrió a prestar primeros auxilios. Alejandro fue uno de los más afectados: raspaduras en el codo y la rodilla. Le hicieron una curación rápida para que pudiera continuar.

Intentamos reintegrarlo al grupo, pero ya era imposible. Los punteros habían acelerado sin contemplaciones.

Finalmente, cruzamos la meta unos diez minutos después del pelotón principal.

No ganamos nada. Pero terminamos.

Y para nosotros, eso ya era victoria.


El último golpe del día

De regreso a casa, las bromas no se hicieron esperar. Nosotros las recibimos con buen ánimo.

Mi padre intervino con serenidad:

—No molesten a los muchachos. Tuvieron una experiencia, y eso ya es ganancia.

Todo parecía haber terminado ahí.

Pero faltaba el remate.

Alejandro dejó su bicicleta, como siempre, recostada frente a la casa. Armando le hizo una curación más completa y luego se fue.

Minutos después, Alejandro salió a buscar su cicla.

Se quedó quieto.

En el lugar donde la había dejado… solo había una rueda. Y ni siquiera era la suya.

La bicicleta había desaparecido.

—¡No puede ser! —exclamó—. Hoy sí me tocó perder todas.

Salimos a verificar. Era cierto.

Y lo más increíble fue que, en lugar de indignarnos, terminamos riéndonos.

—Pinché, me caí, me raspé… ¡y ahora me roban la cicla! —dijo Alejandro—. Me voy a tener que bañar con mirto.

Mi padre cerró la escena con su sabiduría tranquila:

—Mijo, el universo le está mandando un mensaje. Este no es su deporte. Déjelo como hobby.


Una lección más del camino

Así terminó nuestra breve aventura ciclística.

No hubo trofeos. No hubo gloria deportiva. Pero sí quedó una historia que, con el tiempo, se volvió más valiosa que cualquier medalla.

Entre pinchazos, caídas, risas y una bicicleta desaparecida, entendimos que no siempre se trata de perseguir el pelotón.

A veces, lo importante es la experiencia.

Y en eso, Katakandrú nunca perdió.

Porque si algo nos sobraba, era precisamente eso:

historias para contar.

Capítulo 13

El arte como conciencia social

Después del sudor de la cancha vino otra forma de lucha.

Una más silenciosa, pero igual de poderosa.

Porque en Katakandrú entendimos que el cuerpo no solo servía para correr detrás de un balón, sino también para expresar, para denunciar, para proponer. Actuar, cantar, danzar y moldear la tierra era, en el fondo, otra manera de decirle algo al mundo.

El arte se convirtió en conciencia social.

El escenario dejó de ser un simple espacio de presentación y pasó a ser espejo del barrio… y al mismo tiempo, ventana de posibilidades.

Cuando pienso en Katakandrú, no puedo hablar solo de reuniones, torneos o cargos. Tengo que hablar, inevitablemente, de la cultura. Porque para nosotros nunca fue un adorno ni un pasatiempo: fue raíz, fue escuela y fue refugio.

Desde el comienzo lo intuimos —aunque no lo dijéramos con palabras elegantes—: en el arte había una fuerza capaz de decir lo que a veces no sabíamos explicar.

La cultura se volvió nuestro punto de encuentro.

Allí aprendimos a mirarnos.
A reconocernos.
A nombrarnos.

El teatro, la música y la danza no llegaron por casualidad. Llegaron porque necesitábamos contar nuestras historias, rescatar valores y construir una identidad que apenas comenzaba a tomar forma.

El teatro fue, quizás, nuestra voz más directa.

Sobre las tablas representábamos la vida misma: los conflictos juveniles, las tensiones del barrio, las alegrías sencillas y las heridas silenciosas. Cada obra era un espejo… pero también una pregunta abierta.

No actuábamos solo para entretener.

Actuábamos para incomodar.
Para provocar diálogo.
Para despertar conciencia.

La música, por su parte, nos acompañaba como una presencia constante. Buscábamos ritmos que hablaran de resistencia, letras que tuvieran algo que decir. En cada encuentro, en cada actividad, la música tejía identidad.

Sonaba una canción… y sabíamos que no estábamos solos.

Que pertenecíamos.

Y luego estaba la danza.

La danza fue cuerpo y memoria.

Movimiento y raíz.

A través de ella unimos tradición y presente, disciplina y libertad. Bailar no era solo ejecutar pasos: era entender el ritmo del otro, sincronizarse sin palabras, confiar.

Cada giro decía algo.
Cada zapateo afirmaba presencia.

Era una forma de decir:

Aquí estamos.
Seguimos vivos.
Seguimos juntos.


Las danzas: disciplina, elegancia y pertenencia

Hablar de la danza en Katakandrú es hablar, inevitablemente, de Ariari Garaviño.

Bajo su dirección, la danza dejó de ser un ejercicio espontáneo y se convirtió en una disciplina rigurosa. Ariari no enseñaba solo coreografías: enseñaba sentido.

Corregía posturas.
Exigía precisión.
Insistía en la expresión corporal como lenguaje.

No bastaba con bailar.

Había que sentir lo que se bailaba.

Los ensayos adquirieron carácter. Se repetían figuras hasta lograr armonía, se buscaba elegancia en el porte, firmeza en el zapateo y dulzura en el gesto. En ese proceso, varios integrantes encontraron una forma distinta de crecer.

Entre ellos, Olga, quien alcanzó una interpretación del Sanjuanero Huilense que combinaba técnica y emoción. No era improvisación: era formación.

También estaba Constanza Artunduaga.

Su presencia en el grupo aportaba energía, gracia y una sensibilidad especial. Era de esas personas que, sin proponérselo, llenaban el espacio con su manera de estar.

Pero como ocurre en muchos procesos juveniles, el tiempo empezó a dispersar al grupo.

Cambios de residencia.
Nuevos intereses.
La multiplicidad de actividades.

Katakandrú era un hervidero, y esa misma riqueza hacía que las fuerzas se dividieran.

Los ensayos comenzaron a espaciarse.

Luego a disminuir.

Hasta que, sin despedidas formales, el grupo de danzas se fue disolviendo.

No hubo un final.

Solo una pausa larga.

Aun así, la llama nunca se apagó del todo. En ocasiones especiales, bastaba una convocatoria para que los antiguos danzantes reaparecieran, como si el tiempo no hubiera pasado.

Se armaba el grupo.

Se ensayaba lo justo.

Y se salía a escena.

Eran momentos breves, pero cargados de memoria.

Como si el pasado volviera a respirar.


Las vicisitudes de Constanza Artunduaga

Pasó casi un año sin saber de Constanza.

Al principio fue un comentario suelto. Luego una inquietud. Después, un silencio que empezó a doler.

Hasta que un día alguien preguntó:

—¿Han visto a Constanza?

Nadie respondió.

Fue Donal quien, en voz baja, dijo que sí… pero que estaba “transformada”.

Esa palabra nos inquietó.

Decidimos buscarla.

Fuimos Rosalba, Doris, Ebert y yo.

Al llegar, no quiso recibirnos. Le daba pena, dijo su hermana. Insistimos con cuidado, con respeto. Y cuando finalmente entramos, Constanza nos vio… y rompió en llanto.

No preguntamos.

Esperamos.

El silencio fue nuestro primer acto de acompañamiento.

Cuando logró hablar, nos contó su historia.

Una historia que comenzó como tantas: con ilusión, con promesas, con un hombre que parecía amable, cercano, atento. Pero pronto aparecieron los celos.

Y con ellos, el control.

Luego el aislamiento.

Después el maltrato.

Lo que parecía una vida normal se convirtió en una prisión invisible. La alejaron de su entorno, la encerraron en una casa apartada, le quitaron el contacto con el mundo.

Constanza comenzó a apagarse.

Física.
Emocionalmente.
Silenciosamente.

Hasta que un día, en medio de ese encierro, escuchó la noticia: su esposo había muerto en un accidente.

Así terminó esa historia.

Cuando nos lo contaba, apenas era una sombra de lo que había sido. Pero en medio de la fragilidad, había algo que permanecía: la voluntad de levantarse.

—Aquí me tienen —dijo—. Me estoy recuperando.

Y era cierto.

Poco a poco, con el apoyo de su familia, empezó a volver.

No completamente.
No de inmediato.

Pero volvió.

Nosotros también cambiamos con esa visita.

Entendimos que la cultura no era solo expresión artística.

Era refugio.

Era red.

Era posibilidad de salvarse.

Durante un tiempo la visitamos con frecuencia. Vimos cómo recuperaba algo de fuerza, algo de luz. Pero su padre, don José, tomó una decisión: marcharse.

Vender la casa.

Empezar de nuevo.

La familia se fue, probablemente hacia Ibagué. Y así, sin despedidas formales, Constanza se alejó de nuestras vidas.

No hubo cartas.
No hubo noticias.

Solo memoria.

Y cada vez que alguien mencionaba su nombre, el silencio se volvía respetuoso.

Porque Constanza no fue solo una bailarina.

Fue una historia.

De caída.
De resistencia.
De reconstrucción.

Se fue sin aplausos finales.

Pero quedó en nosotros.

Girando, como en aquellos ensayos, al ritmo del Sanjuanero… en ese tiempo donde todo parecía posible.

Olga Lucía Fierro: la danza como alegría 

Hablar de Olga Lucía Fierro es abrir la puerta a un recuerdo lleno de música, movimiento y luz. Si la danza en Katakandrú tenía un rostro, ese rostro era el suyo.

Olga no solo bailaba: vivía el baile. Se entregaba al ritmo con una alegría contagiosa, como si cada paso fuera una celebración de la vida. Entre todas las jóvenes del grupo, destacaba por su belleza, sí, pero sobre todo por esa energía que hacía que nadie pudiera dejar de mirarla cuando estaba en escena.

Los muchachos la seguían, la cortejaban, la buscaban… pero entre todos había uno que la miraba distinto: Leónidas.

No hacía ruido. No competía. No interrumpía con palabras apresuradas ni buscaba imponerse. Su manera de estar era otra: permanecía cerca, atento, como quien entiende que hay afectos que no se conquistan, sino que se contemplan.

Olga, sin proponérselo, habitaba en él.

Mientras otros intentaban ganarse su atención, Leónidas parecía conformarse con algo más simple y, al mismo tiempo, más profundo: verla bailar, verla reír, verla ser. Había en su mirada una mezcla de admiración y resignación, como si desde el principio supiera que su lugar no estaba en el centro de la escena, sino en ese borde silencioso donde también se ama.

Y Olga, con su franqueza intacta, no ocultaba su manera de ver la vida. Decía, sin rodeos, que prefería muchachos de buen talante, de familias acomodadas, porque —según sus propias palabras— “pobre con pobre solo da más pobreza”.

Cualquier otro se habría apartado.

Leónidas no.

No porque no le doliera, sino porque lo suyo no se sostenía en expectativas. No esperaba ser elegido. No esperaba cambiar el destino. Lo suyo era una forma distinta de querer: sin exigencias, sin reclamos, sin condiciones.

A veces bastaba con coincidir en un ensayo, con cruzar una mirada fugaz, con escucharla reír entre el grupo para que su día tuviera sentido.

Nunca hubo una declaración formal.

Nunca hubo promesas.

Pero en los pequeños gestos —en la forma en que se acercaba sin invadir, en cómo celebraba en silencio cada logro de Olga, en cómo se quedaba un poco más después de los ensayos— se iba tejiendo una historia que no necesitaba ser visible para ser real.

Y tal vez por eso, cuando Olga brilló en el festival y fue coronada, Leónidas no fue el que más gritó ni el que más celebró.

Fue el que más sintió.

Porque entendía, en lo más profundo, que ese brillo no le pertenecía… pero aun así le dolía y le alegraba como si fuera suyo.

Hay amores que no dejan huellas visibles en la historia.

Pero sostienen, desde la sombra, una parte esencial de ella.

Y Leónidas fue eso en la vida de Olga:
una presencia discreta, constante…
un corazón que aprendió a querer sin pedir nada a cambio.

Confesaba, eso sí, que quien realmente le movía el corazón era Ever. Pero Ever era difícil, esquivo. Entre ellos había miradas, juegos, pequeñas escenas que todos observábamos con complicidad, sabiendo que eran parte de ese lenguaje silencioso del afecto juvenil.

Pero si algo fue verdaderamente serio en la vida de Olga, fue su papel como representante de Katakandrú y del barrio Las Granjas en el Festival del Bambuco a nivel municipal. Allí dejó de ser solo Olga: se convirtió en símbolo.


El ensayo del Sanjuanero

Aquel día del ensayo no fue uno cualquiera.

Fuimos invitados los muchachos del grupo para observar y aportar. Ariari Garaviño quería perfección. No bastaba con que Olga fuera buena: tenía que ser impecable.

El ambiente estaba lleno de expectativa. Llegaron Derly, Laura, Constanza, Martha, Amparo… todas con el deseo de aprender, de crecer. Mientras esperábamos al bailarín —Alex Amézquita—, Ariari marcó el rumbo:

—Antes de las figuras, hay que dominar la base.

Y entonces comenzó lo esencial.

El caminado: suave, seguro, casi flotando.
El bambuqueado: el cuerpo cobrando vida.
La contradanza: precisión, elegancia, dominio del tiempo.

—Sin esto —repetía— no hay danza… solo pasos fundamentales del sanjuanero..

Cuando llegó Alex, el ensayo se transformó. Ya no era práctica: era construcción de una historia, las figuras de sanjuanero hay que hacerlas perfecto..

La salida, firme.
Los cruces, como un juego de encuentros.
El ocho, que Olga dibujaba con una naturalidad deslumbrante.
La arrodillada, donde la galantería se volvía gesto.
La levantada, medida en exactitud.
El juego del sombrero, lleno de intención.

Ariari no perdonaba detalles:

—¡Más elegancia! ¡Más mirada!

Luego vino el momento clave: el secreteo y el rechazo. Allí no bastaba sonreír. Había que comunicar.

El escobillado aparecía ligero, casi invisible, pero cargado de intención. Olga lo hacía bien… pero para Ariari nunca era suficiente.

Detuvo la música.

—¡Aquí es donde se gana la corona! ¡Aquí tiene que haber verdad!

Y entonces el ensayo dejó de ser ensayo.

Se volvió emoción.

Se volvió identidad.

Finalmente, la perseguida, la huida, el juego final… y la salida.

Y en ese instante, como si el tiempo se detuviera, Leónidas alzó la voz:

—¡Viva el Sanjuanero! ¡Viva nuestra danza!

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue sagrado.

Comprendimos que no habíamos presenciado un ensayo.

Habíamos asistido a un ritual.

Porque el Sanjuanero no se baila… se honra.


La reina del barrio

Cuando llegó el festival, Katakandrú se volcó entero.

No era Olga sola: éramos todos.

Fulvio construyó la carroza: una flor de mayo abierta, majestuosa.
Hubo guitarras, tambores, carrascas, risas.
Hubo rifas, esfuerzos, sacrificios.

Cada quien puso algo.

Cada quien creyó.

Y Olga brilló.

Fue coronada Reina Popular de Neiva.

Pero la corona no fue suya.

Fue del barrio.

Fue de Katakandrú.

Katakandru y su Historia

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