jueves, 22 de enero de 2026
sábado, 18 de abril de 2020
CRONSTPRODUCCIONES ARTE Y CULTURA
KATAKANDRU
Dedicatoria
Escribir sobre
Katakandrú. es un acto de memoria y de agradecimiento. Cada página
es un impulso hacia la luz, un esfuerzo por preservar la amistad, la
lucha y la esperanza de quienes hicieron de este grupo un sendero
compartido.
A mi hermano
Arquímedes Castro, Archi, quien partió dejando huellas
imborrables. A Estivenson Remires, Alfonso Orozco, Leonidas Guevara, Olga Lucía
Fierro, Arlex Amezquita, Ariari Garaviño. QEPD. A ellos les debo esta narrativa.
Su ausencia se vuelve presencia cada vez que la memoria nos reúne,
cada vez que el recuerdo se convierte en palabra y la palabra… en
vida.
Este libro es también
un homenaje a quienes pertenecieron y ayudaron a formar Katakandrú.;
a aquellos que supieron recorrer el camino con alegría y convicción,
demostrando que la unión es más poderosa que cualquier sombra. No
como un recuerdo lejano, sino como una llama que aún perdura en
nuestros corazones.
Porque hay
caminos que no terminan… solo continúan en quienes los recuerdan.
Escribir sobre Katakandrú. es un acto de memoria y de agradecimiento. Cada página es un impulso hacia la luz, un esfuerzo por preservar la amistad, la lucha y la esperanza de quienes hicieron de este grupo un sendero compartido.
A mi hermano Arquímedes Castro, Archi, quien partió dejando huellas imborrables. A Estivenson Remires, Alfonso Orozco, Leonidas Guevara, Olga Lucía Fierro, Arlex Amezquita, Ariari Garaviño. QEPD. A ellos les debo esta narrativa. Su ausencia se vuelve presencia cada vez que la memoria nos reúne, cada vez que el recuerdo se convierte en palabra y la palabra… en vida.
Este libro es también un homenaje a quienes pertenecieron y ayudaron a formar Katakandrú.; a aquellos que supieron recorrer el camino con alegría y convicción, demostrando que la unión es más poderosa que cualquier sombra. No como un recuerdo lejano, sino como una llama que aún perdura en nuestros corazones.
Porque hay caminos que no terminan… solo continúan en quienes los recuerdan.
PRÓLOGO
Antes de saberlo, ya estábamos caminando juntos
Nadie podría decir con exactitud en qué momento comenzó todo.
Tal vez fue una tarde cualquiera, de esas en las que el sol caía lento sobre los techos de zinc del barrio Las Granjas, mientras los niños corrían golpeando una rueda descalzos levantando polvo y los mayores conversaban en las esquinas como si el tiempo no tuviera prisa. O quizá empezó mucho antes, cuando el barrio aún no tenía nombre, cuando las calles eran apenas caminos de tierra y las casas parecían levantadas más con necesidad que con planos.
Lo cierto es que, sin darnos cuenta, algo ya se estaba gestando.
Fue más bien una forma de encontrarnos.
En medio de las carencias, de las dificultades cotidianas y de una realidad que muchas veces parecía cerrarnos las puertas, comenzamos a reunirnos. Al principio sin intención, luego por costumbre, y finalmente por una necesidad que no sabíamos nombrar, pero que nos unía.
El barrio, sin proponérselo, empezó a enseñarnos.
Nos enseñó a compartir lo poco, a escuchar al otro, a resistir sin hacer ruido. Nos enseñó que la vida no siempre se entiende, pero se vive. Y que, incluso en los lugares más olvidados, puede nacer algo que tenga sentido.
Así fue como apareció Katakandrú.
Una que fue tomando forma entre risas, discusiones, caminatas, ensayos improvisados y silencios compartidos. Una que se alimentó de la calle, de la música que salía de las casas, de las historias contadas al caer la noche y de esa necesidad profunda de decir algo… aunque no supiéramos todavía cómo.
Con el tiempo entendimos que no estábamos inventando nada.
Estábamos recordando.
Porque hay historias que no comienzan cuando se escriben, sino cuando alguien decide escucharlas.
Epígrafe:
Katakandrú. fue la prueba de que la juventud, cuando se organiza, puede convertirse en una pequeña fuerza capaz de cambiar la rutina de un barrio.
¿Ha escuchado alguna
vez el nombre de Katakandrú.?
Probablemente no. No aparece en
los libros de historia ni en los grandes registros de la fama. Sin
embargo, para quienes lo vivimos, ese nombre guarda un mundo entero:
caminos recorridos, risas compartidas y sueños que nacieron cuando
apenas comenzábamos a entender la vida.
Tal vez usted se
pregunte qué era Katakandrú.
¿Un grupo de amigos?
¿Una
excusa para reunirnos?
¿Un pequeño movimiento de inquietudes
culturales y aventuras por la naturaleza?
Era todo eso… y algo más difícil de explicar.
Era una manera de
vivir la amistad.
Una forma de mirar el mundo con
curiosidad.
Una certeza silenciosa de que, incluso en un barrio
sencillo, podían nacer cosas extraordinarias.
Por eso lo invito,
lector, a que camine conmigo por estas páginas.
A que regrese
conmigo a esas calles donde todo empezó,
a esos encuentros que
no parecían importantes,
pero que terminaron cambiándolo todo.
Permíteme contarle cómo nació Katakandrú., quiénes lo formaron y cómo, casi sin darnos cuenta, aquellas reuniones sencillas se convirtieron en historias que aún hoy siguen vivas.
Porque hay cosas que
no pasan…
se quedan.
Capítulo 1
Las Granjas: donde nadie estaba solo Nadie llegaba a Las Granjas por casualidad.
El barrio no aparecía en los mapas importantes, ni en las conversaciones de quienes hablaban de progreso, pero tenía algo que no se podía medir: una manera de vivir que se sostenía en la cercanía, en la palabra compartida y en esa costumbre de no dejar a nadie solo.
Las casas, en su mayoría de un solo piso, parecían levantadas más por necesidad que por diseño. Algunas amplias, otras apenas lo suficiente, pero todas abiertas a la vida. Las calles eran de tierra en muchos tramos, y cuando llovía se volvían un espejo irregular del cielo, obligando a caminar con cuidado, como si el barrio mismo enseñara desde temprano a sortear las dificultades.
Pero si algo definía a Las Granjas no era su apariencia, sino su gente.
Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos, las voces que se llamaban de una esquina a otra sin necesidad de levantarse. El aire se llenaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo y de esas cocinas donde siempre parecía haber espacio para uno más.
Allí, la vida no se vivía puertas adentro. Se vivía afuera, en comunidad.
Los mayores conversaban en las esquinas, no solo para pasar el tiempo, sino para sostenerlo. Allí se hablaba de todo: de lo que hacía falta, de lo que dolía, de lo que se soñaba. Y aunque muchas veces las dificultades eran más grandes que las soluciones, siempre había una forma de resistirlas juntos.
Porque en Las Granjas, incluso en medio de la escasez, había algo que nunca faltaba: la solidaridad.
Si algo debía hacerse, no se preguntaba quién… simplemente se hacía.
Sin saberlo, ese entorno nos estaba formando.
Nos enseñaba a mirar al otro, a escuchar, a entender que la vida no se construye en solitario. Nos enseñaba que la fuerza no estaba en tener más, sino en compartir lo poco. Y, sobre todo, nos enseñaba que la verdadera riqueza estaba en la gente.
Fue en ese escenario donde empezaron a cruzarse nuestras historias.
Al principio como coincidencias, luego como encuentros, y más adelante como una necesidad de estar juntos. Nadie lo dijo en voz alta, pero algo comenzó a unirnos, como si el barrio mismo nos estuviera empujando a encontrarnos. Todavía no lo sabíamos.
Pero allí, entre calles de tierra, risas compartidas y conversaciones interminables, ya se estaba gestando algo que cambiaría nuestras vidas. Algo que más adelante tendría nombre.
Algo que el barrio, sin proponérselo, ya había comenzado a construir.
Capítulo 1
Las Granjas: donde todo comenzó antes de comenzar
Si alguna vez alguien escuchó el nombre de Katakandrú., quizás lo recuerde como un eco lejano de juventud y camaradería. Y si no lo conoce, no importa. Hay historias que no necesitan fama para existir.
Katakandrú. fue una de ellas.
No fue solo un grupo, ni un nombre inventado para reunir amigos. Fue una manera de encontrarnos, de darle forma a algo que ya venía creciendo sin que lo notáramos. Entre juegos, danzas, música y sueños compartidos, fuimos levantando —sin proponérnoslo— una pequeña historia de pertenencia.
Pero para entenderlo, hay que mirar más atrás.
Mucho más atrás.
Porque Katakandrú no nació el día en que decidimos reunirnos, ni en la primera conversación, ni siquiera en aquella noche universitaria donde empezamos a imaginarlo. Katakandrú ya venía caminando desde antes, como esas cosas que se forman en silencio y solo se revelan cuando ya es imposible ignorarlas.
Nació en un país herido.
Un país donde la esperanza y la violencia aprendieron a convivir sin preguntarse demasiado. Donde muchos jóvenes crecían buscando un lugar para respirar distinto, para inventarse un futuro que no estuviera marcado por la escasez ni por el miedo.
En esos años, la gente no llegaba a las ciudades por elección.
Llegaba porque no tenía otra opción.
Desde la violencia bipartidista, que se fue recrudeciendo con el paso del tiempo, miles de familias fueron arrancadas de sus tierras. No fue un viaje. Fue una ruptura. Dejaron atrás cultivos, animales, casas y hasta los cementerios donde descansaban sus muertos.
No era migración.
Era desarraigo.
Y así, poco a poco, las ciudades comenzaron a llenarse de historias que nadie escribía, pero que todos cargaban. Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla… y también Neiva, que por entonces crecía sin saber muy bien cómo contener tanta vida que llegaba de golpe.
Neiva era pequeña, pero comenzó a expandirse como quien abre espacio a la fuerza. Los barrios tradicionales se llenaron primero, y luego empezaron a surgir otros, levantados con manos propias, con esfuerzo compartido, con esa mezcla de necesidad y esperanza que caracteriza a quienes comienzan de nuevo.
Fue así como aparecieron barrios como Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso López, El Jardín… y Las Granjas.
Allí también llegamos nosotros.
Era 1968, aunque nuestro viaje había comenzado mucho antes.
Primero nos sacaron de Cunday, la tierra donde nací. Un lugar de montaña honda, donde las mañanas olían a café recién tostado y la tierra guardaba el calor de la noche. Allí mi abuelo, Sixto Antonio Castro, tenía tierras generosas, ganado fuerte, mulas de trabajo y cultivos que sostenían la vida con dignidad.
La casa era grande.
Los
corredores largos.
Y el tiempo parecía quedarse.
Pero nada de eso fue suficiente para detener lo que venía.
Después vino Girardot, como una pausa obligada. Luego Vegalarga, en el Huila, donde intentamos volver a empezar. Más tarde Ospina Pérez, en el municipio de Palermo. Cada lugar traía una promesa… y cada promesa se sostenía con dificultad.
No éramos viajeros.
Éramos desplazados.
Y como muchos otros, terminamos en Neiva, en un barrio que apenas comenzaba a tomar forma: Las Granjas.
Allí, entre casas levantadas con esfuerzo, calles de tierra y familias que compartían historias similares, empezamos a construir otra vida. Una vida hecha de trabajo, de adaptación… y también de encuentros.
Porque algo pasaba en ese lugar.
Había jóvenes por todas partes. Jóvenes con pocas oportunidades, pero con una energía que no cabía en las calles. Jóvenes que no sabían todavía qué hacer con todo lo que sentían, pero que intuían que algo tenía que cambiar.
Y fue en ese ambiente —entre la necesidad de pertenecer y el impulso de crear— donde empezó a germinar, sin nombre todavía, la semilla de Katakandrú.
Hablar del nacimiento de aquel grupo con alma, Katakandrú., es, inevitablemente, volver a Las Granjas, porque fue allí donde todo aprendió a latir.
En aquellos años en que Neiva buscaba nuevos horizontes, el barrio surgía como un rincón de esperanza recién sembrada. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y jóvenes, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si ellas mismas quisieran dar la bienvenida a quienes llegaban con lo poco que tenían y lo mucho que soñaban.
Recuerdo bien a los Cuéllar, pioneros de aquellos primeros días. Luego fueron llegando los Castro, venidos de Ospina Pérez; los Amaya, desde el occidente del Huila; los Bello, de Vegalarga; y detrás de ellos los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo, y tantas otras familias. Cada apellido traía consigo un relato distinto, pero todos compartían la misma voluntad: echar raíces, convertir aquel terreno en hogar.
Hoy, cuando pienso en Las Granjas, no pienso solo en un barrio. Pienso en un universo entero de olores, sonidos y colores que nos marcaron para siempre: el café compartido al amanecer, las risas que estallaban en las tardes polvorientas, la fuerza silenciosa de las mingas, ese calor humano que no se aprendía en los libros, pero que educaba más que cualquier escuela.
Las tardes tenían su propia música. Sonaba la pelota golpeando las paredes, los gritos de los niños corriendo descalzos por la calle y las conversaciones pausadas de los mayores en las esquinas. El aire se impregnaba del olor de las arepas asadas, del café hirviendo en las cocinas y del humo de las fogatas donde se preparaban sancochos para todos. Nadie preguntaba quién había puesto qué; bastaba con saber que era para compartir.
Las casas del barrio tenían algo particular que con el tiempo terminó dándole identidad al lugar. No eran viviendas pequeñas como las de muchos sectores urbanos. Cada una medía aproximadamente diez metros de frente por treinta de fondo. Más que casas de ciudad, parecían pequeñas casas de finca. Y no era casual: muchas de las familias venían del campo, de veredas y pueblos cercanos, y necesitaban un espacio donde la vida pudiera seguir siendo, en parte, la que conocían.
De allí nació también el nombre del barrio: Las Granjas.
En cada patio comenzaban a crecer pequeños mundos familiares. Nosotros, los Castro, no fuimos la excepción. En el amplio solar de la casa, mi padre organizó un huerto utilizando viejas llantas de volqueta convertidas en sembraderos. Allí crecían matas de plátano, yuca, cachaco y banano. A él le gustaba el jugo de tamarindo, así que sembró un árbol con la esperanza de verlo crecer junto con nosotros. También plantó un mango, un naranjo y un guayabo que, con los años, darían sombra y dulzura a nuestras tardes.
El patio no era solo huerto. Allí mismo se levantó un horno de barro donde se asaba la carne y se horneaban bizcochos y pan. El olor del pan recién hecho se mezclaba con el de la leña ardiendo y se extendía por toda la casa, a veces incluso hasta la cuadra. Bajo el tamarindo corrían gallinas y otros animales de corral, como ocurría en muchas viviendas del barrio.
Así transcurría la vida en Las Granjas. Mientras los adultos trabajaban en los patios o conversaban en las aceras, nosotros, los muchachos, hacíamos de la calle nuestro territorio. Se armaban partidos de fútbol con porterías improvisadas, se jugaba trompo, canicas o escondidas entre los árboles. Cuando el balón caía en algún patio, bastaba con saltar la cerca o pedir permiso a gritos para recuperarlo.
Al caer la tarde, el barrio se llenaba de otros sonidos: el canto de los gallos, el rebuznar de algún burro, el ladrido de los perros que vigilaban las casas. Poco a poco, las luces amarillas se encendían y las madres llamaban desde las puertas:
—¡Vengan a comer!
Entonces todo cambiaba de ritmo. Las calles quedaban en silencio y desde las casas salían los aromas de las sopas recién hechas, del arroz terminando de cocinarse o del chocolate caliente que anunciaba la noche.
Así era Las Granjas: una mezcla de barrio urbano y memoria campesina. Cada patio era una pequeña parcela, cada familia una historia sembrada en la tierra. Y en medio de ese paisaje de árboles frutales, fogones de leña y juegos de muchachos, fue creciendo una generación que años después daría vida a uno de los procesos comunitarios más recordados del barrio.
Las noches traían otro mundo. Bajo la luz amarillenta de los bombillos, las familias se reunían a conversar. Se contaban historias de los pueblos de origen, se soñaba en voz alta con el futuro, y el aire se llenaba del olor dulce de las almojábanas y del sonido lejano de guitarras que acompañaban tertulias interminables.
Con los años llegaron los cambios. Los lavaderos públicos se apagaron como viejas hogueras y dieron paso al agua en cada casa. La luz venció la oscuridad, el transporte abrió caminos y las calles polvorientas se transformaron en arterias de progreso. Se levantaron la caseta comunal, la parroquia, el puesto de policía y la escuela Eugenio Salas Trujillo, donde muchos entendimos que el saber también era una forma de resistencia. Aparecieron los campos deportivos, el balneario, las casas de dos pisos y el puesto de salud, que fue, para muchos, el último refugio de aliento y esperanza.
En ese crisol de esfuerzo, solidaridad y vida compartida comenzó a formarse una juventud inquieta, impaciente por hacer algo más por su entorno.
Aquella energía no apareció de la nada.
Había sido sembrada en cada patio, en cada conversación, en cada gesto de comunidad que nos enseñó a no vivir solos.
Y mirando hacia atrás, entiendo que esa semilla tuvo también un rostro, una voz que nos orientó sin imponerse:
el padre Diógenes.
Pero esa…
es otra parte de la
historia.
Capítulo 2
El padre Diógenes y la semilla de la juventud
El padre Diógenes no llegó al barrio como una figura distante.
Aunque rondaba los cincuenta años, tenía el espíritu de un muchacho. Caminaba por las calles de Las Granjas con una vitalidad contagiosa, siempre dispuesto a escuchar, a organizar, a convocar. Era, ante todo, un hombre profundamente entregado a la comunidad.
Y tenía una gran pasión: el fútbol.
Fue a través del fútbol que comenzó a reunir a la muchachada del barrio. Organizaba partidos en cualquier espacio donde pudiera rodar una pelota, y poco a poco fue dando forma a un campeonato al que llamó “Mini Pony”.
Lo que parecía un simple juego terminó convirtiéndose en un verdadero punto de encuentro.
Cada grupo de muchachos representaba a un equipo del fútbol profesional colombiano: Millonarios, Santa Fe, América, Pereira, Once Caldas. En ese tiempo el Huila aún no tenía equipo profesional, pero el padre insistía en que algún día lo tendría. Por eso propuso que uno de los equipos se llamara Atlético Huila, como una forma de sembrar también ese sueño.
Pero su labor no se quedaba en el deporte.
El padre Diógenes lideraba también actividades sociales en beneficio de las familias del barrio, y nosotros, los jóvenes del campeonato, comenzamos a acompañarlo en esas tareas.
A través de un programa llamado “La Alianza para el Progreso”, organizaba la entrega de mercados para las familias más necesitadas. Aquellos mercados incluían productos que en muchos hogares eran escasos: manteca, leche en polvo, queso enlatado, harina de trigo.
Los miércoles eran días especiales.
Ese día se entregaban bolsas de pan recién horneado, que llegaban como un pequeño alivio para muchas familias. Nosotros ayudábamos a repartir carnés, organizar filas y orientar a la gente. Era una labor sencilla, pero profundamente significativa, porque nos permitía ver de cerca las necesidades de nuestra propia comunidad.
En aquel tiempo, las familias del barrio eran numerosas. No era raro encontrar hogares con seis, ocho o más hijos. Había familias verdaderamente grandes, como los Rujana, donde los hijos superaban la docena. Para todos ellos, esa ayuda representaba mucho más que alimentos: era un respiro.
Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo.
No solo a jugar fútbol o a colaborar en una jornada comunitaria, sino algo más profundo: el valor de organizarnos, de trabajar juntos, de pensar en los demás.
El sacerdote que sembró el espíritu de Katakandrú.
A simple vista, el padre Diógenes parecía un hombre sencillo: de estatura media, sonrisa abierta y una mirada vivaz que transmitía cercanía. Era jocoso, dicharachero, de esos que saben reír con la gente y no de la gente.
Pero lo que realmente lo distinguía era su forma de vivir el sacerdocio.
No era un cura de escritorio ni de sacristía. Era un hombre de calle. Le gustaba caminar el barrio, visitar las casas, sentarse a conversar con las familias. Conocía a la gente por su nombre y sabía quién necesitaba ayuda.
Y cuando se trataba de fútbol, se transformaba.
No dudaba en quitarse la sotana, ponerse pantalones cortos y meterse a la cancha con nosotros. Decía que el deporte era salud, pero también era camino. Que un joven ocupado en algo bueno tenía menos espacio para perderse.
Recuerdo una escena que lo retrata bien.
Le gustaba madrugar para entrenar, pero conocía también a la muchachada: buenos para jugar, no tanto para levantarse temprano. Así que, de alguna manera, me correspondió asumir una tarea curiosa.
Antes de cada entrenamiento, recorría medio barrio despertando a los muchachos. Tocaba puertas, gritaba desde las esquinas, golpeaba ventanas hasta que alguien respondía.
Cuando llegaba a la cancha, yo ya venía calentado por la corrida.
Pero cuando no hacía ese recorrido, la asistencia era pobre. Nadie aparecía.
El padre lo notó.
Entonces reunió al grupo y, con ese tono firme pero cercano que tenía, nos dijo que el compromiso no podía depender de una sola persona. Que cada uno debía hacerse responsable de su disciplina.
Aquella lección, que parecía solo parte del fútbol, era en realidad algo más profundo.
Nos estaba enseñando a responder por nosotros mismos.
Las enseñanzas que quedaron
El padre Diógenes no solo dejó huella en las canchas o en las jornadas comunitarias. Su mayor legado quedó en la forma de pensar de quienes lo escuchamos.
No hablaba con discursos complicados. Sus enseñanzas eran sencillas, nacidas de la vida.
Nos decía que el amor al prójimo no era una idea, sino una práctica diaria. Que debía vivirse en los pequeños actos.
También nos enseñó a respetar la vida en todas sus formas.
—Todo existe porque es necesario —repetía.
Nos recordaba que cada persona tenía un talento y que la tarea era descubrirlo y ponerlo al servicio de los demás.
—No vinimos solo a existir, vinimos a servir.
Una vez, hablando sobre dar y recibir, nos lanzó una pregunta:
—Si les doy una palmada, ¿qué prefieren: darla o recibirla?
Entre risas, nos dejó pensando.
Luego añadió:
—Quien da de lo que tiene, siempre será recompensado.
Nos enseñó que la vida devuelve lo que uno siembra.
Que si se siembra rencor, vuelve
rencor.
Pero si se siembra bondad, la vida responde con lo
mismo.
Su mensaje era simple:
Vivir para servir.
La semilla
Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo que el padre Diógenes no solo organizó campeonatos ni ayudó a repartir mercados.
Sembró algo más profundo.
Sembró en nosotros la idea de que
era posible hacer cosas juntos.
Que la organización tenía
sentido.
Que la comunidad podía construirse.
Y esa semilla —silenciosa, constante— fue creciendo con el tiempo.
Hasta que un día, sin darnos cuenta, empezó a tomar forma.
Una forma nueva.
Un nombre
propio.
Un camino compartido.
Eso que más adelante conoceríamos como Katakandrú.
Capítulo 3
Katakandrú: la voz de los jóvenes
De aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas y esperanzas— nació Katakandrú.
No fue una casualidad.
Fue la consecuencia natural de todo lo vivido.
Éramos herederos del empuje del barrio, de su solidaridad silenciosa, de las enseñanzas del padre Diógenes. Y con esa herencia, casi sin darnos cuenta, comenzamos a organizarnos para dar vida a algo que aún no tenía forma clara, pero sí un propósito: devolverle a Las Granjas su voz y su alegría.
La noche de los primíparos
Fue dentro del claustro universitario donde aquella historia dio su primer giro definitivo.
Recuerdo con claridad la noche de los primíparos.
Los granjunos nos encontramos como quien vuelve a ver a la familia en una fiesta patronal: radiantes, bromistas, orgullosos de haber cruzado las puertas de la universidad. Cada risa era un triunfo; cada abrazo, una confirmación de que el esfuerzo había valido la pena.
En aquellos años, la vida juvenil de la ciudad tenía su propio pulso. Los festivales llenaban las calles de música y danza, los partidos de fútbol se convertían en celebraciones, y los encuentros culturales abrían espacios donde la identidad comenzaba a tomar forma.
Pero, en medio de todo eso, nosotros buscábamos algo más.
Un lugar propio.
Una manera de no quedarnos solo en la nostalgia del barrio ni en las exigencias de la universidad.
Los que estaban esa noche
Aquella noche tenía algo de reencuentro… y algo de revelación.
Allí estaban Ever y Luis Motta, los más atentos a la mirada de las chicas, caminando como si el patio universitario fuera una pasarela. Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar —los duros del balompié— hablaban de goles como si relataran hazañas épicas.
Humberto Flores, sereno, medía cada palabra.
Carlos Montealegre, el incomprendido, parecía conversar más con el cielo que con nosotros.
Amparo Suárez llenaba el aire de carcajadas.
Nubia Fajardo ya pensaba en cómo cambiar el mundo.
Yael Garaviño soñaba con causas grandes.
Y allí estaba también Constantino Castro, el teatrero, dramatizando hasta el saludo, como si todo necesitara escenario.
Y Leónidas… siempre Leónidas.
El mismo que hacía reír a todos, aunque pocos lo tomaran en serio.
El momento que lo cambió todo
La noche avanzaba, fresca, atravesada por la brisa que subía desde el río Magdalena.
El patio universitario se convirtió en tertulia, en risa, en ese instante en el que la juventud siente que todo es posible.
Y entonces ocurrió.
Ricardo Bello se puso de pie.
Pidió silencio.
Y lanzó una pregunta que parecía sencilla, pero que cambiaría todo:
—Muchachos… ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes de Las Granjas hay en esta universidad?
Hubo un instante de silencio.
Como si la pregunta se quedara suspendida en el aire.
Entonces Ever respondió, con la rapidez de quien reconoce una oportunidad:
—Sería buenísimo. Podríamos organizarnos… ayudarnos con libros, con materias… echarnos una mano.
La idea empezó a crecer.
Carlos Montealegre y Yael Garaviño fueron más allá: propusieron actividades culturales, deportivas, sociales. No solo ayudarnos… sino hacer algo juntos.
La propuesta cayó en tierra fértil.
Se sintió.
Se encendió.
La duda que también hacía parte
No todos estaban convencidos.
Leónidas, fiel a su estilo, murmuró mientras se alejaba:
—No creo que esa idea tan soñadora funcione…
Pero en Las Granjas, los sueños rara vez se quedan en palabras.
El nacimiento sin ceremonia
Lo que empezó como una conversación, se convirtió en decisión.
A los pocos días, la convocatoria estaba en marcha.
Ya no era solo una idea.
Era un impulso colectivo.
Una necesidad.
Sin actas, sin firmas, sin discursos formales, Katakandrú comenzó a existir.
No nació en un salón.
Nació en la conversación, en la risa, en la necesidad de estar juntos.
Nació como nacen las cosas verdaderas.
Cierre del capítulo
Aquel patio universitario, iluminado por bombillos amarillos y atravesado por la brisa del Magdalena, fue testigo silencioso de ese momento.
Nadie lo sabía con certeza.
Pero esa noche —entre risas, preguntas y sueños juveniles—
había comenzado algo que ya no podía detenerse.
Porque cuando la juventud se reconoce,
cuando se organiza,
cuando decide caminar junta…
la historia deja de ser recuerdo
y comienza a convertirse en destino.
Capítulo 4
Katakandrú: el nombre que nos eligió
La convocatoria
A la convocatoria respondieron treinta jóvenes universitarios.
Llegaron con entusiasmo limpio, con esa esperanza intacta que solo tiene la juventud cuando aún cree que todo está por hacerse. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro comenzaron a entrelazarse ideas, sueños y una certeza compartida: juntos podíamos ir más lejos.
No se trataba solo de vernos.
Se trataba de organizarnos.
De reconocernos como colectivo.
De construir un espacio propio donde la participación y el crecimiento no fueran discursos, sino práctica cotidiana.
Con esa convicción, elegimos una mesa directiva. No fue un simple trámite: fue un acto de confianza. Cada elección llevaba implícita una responsabilidad, y todos lo sabíamos.
Pero había algo más.
Nos hacía falta un nombre.
La búsqueda
Recuerdo bien aquella plenaria.
Las propuestas comenzaron a caer sobre la mesa como intentos de identidad: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Duros del Vecindario, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos…
También Yael Garaviño propuso Constructores de Futuro.
Los nombres iban y venían, pero ninguno terminaba de quedarse.
Había algo que no encajaba.
No tenían peso.
No tenían historia.
No decían quiénes éramos.
Fue entonces cuando Edgar Cuéllar, con voz firme, rompió el murmullo:
—Necesitamos un nombre que sacuda las fibras de Neiva… que despierte orgullo y sentido de pertenencia.
El ambiente cambió.
La conversación dejó de ser ligera.
Se volvió casi un ritual.
La palabra
Entre ese silencio cargado de expectativa, Nubia Fajardo se puso de pie.
Hasta entonces había permanecido callada, como si estuviera esperando el momento preciso. Su presencia tenía algo distinto, como si trajera consigo una historia antigua.
Y entonces pronunció una sola palabra:
Katakandrú.
No hizo falta repetirla.
La palabra quedó suspendida en el aire, vibrando.
El relato
Nubia comenzó a hablar.
Nos llevó, sin movernos del lugar, a las tierras del antiguo Tolima. Nos habló de un pueblo que moldeaba la arcilla como si respirara en ella, que tallaba la piedra con paciencia milenaria y que veía en el oro no riqueza, sino reflejo de lo sagrado.
Nos habló de su música.
De sus ceremonias.
De su manera de habitar el mundo en armonía.
Y luego nos habló de su final.
Cuando llegaron los españoles, dijo, no respondieron con guerra. Respondieron con apertura. Ofrecieron amistad, compartieron su arte, mostraron su mundo.
La respuesta fue el exterminio.
Sus cantos se apagaron.
Sus nombres fueron borrados.
Su memoria quedó enterrada.
Pero no del todo.
Porque —nos dijo— en cada piedra tallada, en cada fragmento de cerámica que aún resiste, sigue latiendo la dignidad de ese pueblo.
Un pueblo que eligió la paz.
Y que por eso fue destruido.
El silencio
Cuando terminó, nadie habló.
La sala quedó suspendida en un instante que no se puede explicar del todo. Nos miramos, reconociendo sin decirlo que habíamos encontrado algo más que un nombre.
Habíamos encontrado identidad.
Katakandrú no era solo una palabra.
Era memoria.
Era resistencia.
Era herencia.
La decisión
La aprobación fue inmediata.
Casi unánime.
Solo Leónidas, fiel a su estilo, expresó su duda:
—Ese nombre está muy raro… nadie lo va a pronunciar bien.
Pero ya era tarde.
El nombre había hecho lo suyo.
Nos había tocado.
El nacimiento
Así, sin ceremonias oficiales ni documentos solemnes, quedó nombrado el grupo:
Club Juvenil Katakandrú.
Y en ese acto sencillo, algo cambió.
Porque desde ese momento entendimos que no caminábamos solos.
Caminábamos acompañados por una memoria más antigua que nosotros, por una historia que nos exigía algo más que entusiasmo.
Nos exigía coherencia.
Asumiendo el legado
Con los años comprendí que los nombres no se eligen al azar.
Algunos se pronuncian…
y otros se asumen.
Katakandrú fue de estos últimos.
No nos pertenecía del todo.
Nos exigía.
Nos recordaba que la cultura también es una forma de resistencia.
Que la paz no es debilidad.
Que la comunidad se construye.
Katakandrú nos enseñó que no todas las luchas se libran con violencia. Que hay batallas que se ganan creando, educando, organizando y soñando juntos.
Espíritu Katako
Hoy, al mirar hacia atrás, sé que Katakandrú no fue solo un grupo juvenil.
Fue escuela.
Fue refugio.
Fue conciencia.
Tal vez muchos no recuerden nuestros nombres.
Pero eso no importa.
Porque el espíritu de Katakandrú sigue vivo cada vez que un joven decide organizarse, cada vez que una comunidad se reconoce en su historia, cada vez que la cultura se levanta como un acto de dignidad.
Y si alguien pregunta qué fue Katakandrú…
bastará con decir que fue una llama encendida en tiempos difíciles,
un eco antiguo que encontró en la juventud
una nueva forma de seguir existiendo.
Capítulo 5
La mesa directiva: cuando el sueño tomó forma
Querido compañero de aquella época:
Aún puedo ver con nitidez la noche del 12 de octubre de 1977, como si el tiempo hubiera decidido detenerse allí para conservarla intacta.
No fue una fecha cualquiera.
Fue el día en que decidimos organizarnos.
El momento en que nuestros anhelos dejaron de ser conversaciones sueltas para convertirse en responsabilidad compartida.
La elección de la mesa directiva no fue un simple trámite.
Fue un acto fundacional.
Casi sagrado.
Como si estuviéramos escribiendo, sin saberlo, los primeros renglones de una historia que aún no imaginábamos hasta dónde llegaría.
Los nombres que sostuvieron el comienzo
Aquella noche quedaron inscritos los nombres que asumirían la primera responsabilidad del grupo:
Carlos Montealegre, Constantino Castro Zamora, Doris Álvarez, Ever Motta Delgado, Ricardo Bello, Edgar Cuéllar y Nubia Fajardo.
No eran solo cargos.
Eran voluntades.
Carlos Montealegre fue elegido presidente.
Constantino Castro Zamora asumió la vicepresidencia.
Doris Álvarez tomó el papel de secretaria.
Ever Motta Delgado fue tesorero.
Ricardo Bello, fiscal.
Y Edgar Cuéllar junto a Nubia Fajardo, vocales.
Cada uno aceptó su rol con una certeza que apenas comenzábamos a entender:
que liderar no era mandar,
sino servir.
Cuando el nombre se volvió bandera
Con la junta directiva conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su rumbo.
Dejó de ser solo una palabra recién nacida.
Se convirtió en bandera.
Empezó a circular en las conversaciones del barrio, a despertar curiosidad, a convocar.
—¿Katakandrú? —preguntaban algunos.
Y sin necesidad de grandes explicaciones, la gente comenzaba a acercarse.
Desde la 33, la 35, la 37, la 40…
desde esquinas distintas, con historias diferentes, fueron llegando jóvenes con una misma necesidad: participar.
El ritual de los sábados
Cada sábado a las siete de la noche, el tiempo adquiría otro ritmo.
No era solo una reunión.
Era un ritual.
Un espacio donde la palabra tenía peso, donde se escuchaba, se proponía, se discutía y se construía.
Allí aprendimos que organizarse también es un acto de amor.
Que soñar en colectivo exige disciplina.
Respeto.
Y constancia.
Katakandrú no prometía milagros.
Pero ofrecía algo más importante:
sentido, pertenencia y voz.
El impulso inicial
En el fondo, todo había nacido de algo sencillo.
El deseo de reunirnos.
De compartir.
De aprender.
De salir a conocer lo que nos rodeaba.
Sin discursos formales, comenzamos a promover el compañerismo, la cultura y el respeto por la naturaleza.
Y así, entre caminatas, ideas improvisadas y encuentros, Katakandrú fue encontrando su propósito.
Cómo hacíamos las cosas
No teníamos manuales.
Teníamos voluntad.
Las ideas nacían en reuniones informales. Se discutían, se ajustaban y luego se ejecutaban.
Organizábamos excursiones, actividades culturales, eventos deportivos.
Todo con lo que había.
A veces con una bicicleta prestada.
O con un bazar improvisado.
O con la ayuda solidaria de los vecinos.
Pero siempre con algo que no faltaba:
ganas.
Los recursos invisibles
Nuestros recursos eran modestos.
Venían del apoyo de las familias, de la Junta de Acción Comunal, de amigos, de pequeños aportes.
Pero el verdadero recurso era otro.
Era la voluntad colectiva.
Esa que convierte lo pequeño en significativo.
El territorio como escuela
Conocíamos nuestro entorno.
El barrio.
Los caminos rurales.
Los ríos cercanos.
Lugares como la Tatacoa.
Ese conocimiento nos permitía movernos con libertad, organizar salidas, crear experiencias.
El territorio no era solo espacio.
Era maestro.
El nacimiento de los frentes
Con el tiempo, sin planearlo de manera formal, Katakandrú comenzó a diversificarse.
Aparecieron distintos frentes de trabajo:
Cultural.
Deportivo.
Ambiental.
Social.
Cada uno reflejaba nuestras inquietudes.
Cada uno era una forma de canalizar esa energía que no cabía en una sola dirección.
Cierre del capítulo
Así, paso a paso, el grupo dejó de ser una idea.
Se volvió estructura.
Se volvió acción.
Se volvió camino.
Y sin darnos cuenta, lo que había comenzado como un encuentro de jóvenes con ganas de hacer algo distinto…
empezaba a convertirse en una fuerza capaz de transformar su propio entorno.
Capítulo 6
La estrategia: cuando la alegría salvó el sueño
Si algo nos enseñó Katakandrú desde el comienzo, fue que no basta con nacer.
También hay que sostenerse.
Y no siempre es fácil.
Katakandrú había surgido de un impulso sencillo: el deseo de reunirnos, de hacer algo distinto, de no dejarnos arrastrar por la rutina. Queríamos compartir, aprender, explorar el entorno, fortalecer la amistad y encontrar en la cultura, el deporte y la naturaleza una forma de crecer.
No lo teníamos escrito en ningún papel, pero lo sabíamos.
Era un acuerdo silencioso.
Una forma de entendernos.
Conocíamos el barrio, los caminos, los ríos, los alrededores. Con poco, hacíamos mucho. Las ideas nacían en reuniones sencillas, se discutían, se repartían tareas y se llevaban a cabo con lo que hubiera a la mano.
Pero los sueños, incluso los más firmes, también se desgastan.
Recuerdo aquel primer inicio como se recuerdan los amaneceres inolvidables: luminoso, prometedor, casi sagrado.
Éramos veinticinco, tal vez treinta jóvenes, reunidos con entusiasmo limpio. Hablábamos de música, de amores, de ilusiones… y sin darnos cuenta, estábamos construyendo algo serio.
Aprobamos un reglamento.
Soñábamos con organizarnos formalmente.
Con trascender.
Pero entonces llegaron las sombras.
La asistencia comenzó a disminuir.
Primero uno, luego otro… y poco a poco los asientos quedaron vacíos, como si el viento se hubiera llevado el entusiasmo de los primeros días.
La mesa directiva resistía casi sola.
Y, sin embargo, el grupo seguía vivo en las preguntas de quienes no asistían:
—¿Cómo les fue?
—¿Qué hicieron?
Y nosotros respondíamos con esas pequeñas mentiras necesarias:
—Bien… fue una buena reunión.
No mentíamos para engañar.
Mentíamos para no dejar morir la esperanza.
Fue entonces cuando entendimos algo que no olvidaríamos jamás:
los proyectos no se acaban por falta de recursos…
se acaban por falta de ánimo.
Y mientras quedara uno solo creyendo, había razones para seguir.
Pero la realidad era dura.
Las promesas de volver no se cumplían.
El salón seguía vacío.
Y la duda comenzaba a instalarse entre nosotros.
—No podemos dejar esto tirado —dije con firmeza—. Ya llevamos camino.
—¿Pero qué hacemos? —preguntó el presidente, cansado.
—Hay que buscar una estrategia —respondió el tesorero.
Y como si estuviera esperando ese momento, Leónidas dejó caer su sentencia:
—Yo les dije… este grupo no va a funcionar.
Pero Olga no lo permitió:
—Deje de ser negativo —dijo con naturalidad—. Todos los proyectos tienen momentos difíciles… y de esta salimos.
Sus palabras no fueron largas.
Pero fueron necesarias.
El giro lo dio Carlos Montealegre:
—Hagamos las reuniones los viernes. Los sábados nadie cambia una fiesta por una reunión.
Hubo un silencio breve.
De esos que anuncian que algo importante acaba de ser dicho.
—¡Qué idea! —exclamé.
Y en ese instante entendimos que no se trataba de resistir…
sino de adaptarse.
—Si a los muchachos les gusta la fiesta… —dije— hagamos de la reunión una fiesta.
La propuesta no tardó en encenderse.
Mi casa sería la primera.
Amparo ofreció la suya para la siguiente.
Yael pidió turno.
La estrategia estaba en marcha.
Llegó el día.
Y esta vez… llegaron.
No diez.
No quince.
Casi cincuenta jóvenes.
El barrio entero parecía haberse dado cita en aquella casa.
William Serrato apareció de los primeros, puntual como siempre, cargando algunas bebidas como quien entiende que toda celebración necesita comenzar con generosidad. Detrás de él entraron las hermanas Álvarez, riendo a carcajadas y trayendo pasabocas que, más que comida, parecían traer consigo el espíritu festivo que tanto necesitábamos.
Humberto Flores llegó con su calma habitual, saludando uno por uno, con esa mirada serena de quien observa más de lo que dice. Llevaba una bolsa con empanadas que pronto comenzaron a circular entre los presentes, como si también ellas quisieran ser parte de la conversación.
Los hermanos Bello, inseparables como siempre, se acomodaron en grupo, conversando animadamente mientras destapaban una pimpinela de cerveza que no tardó en convertirse en punto de encuentro. Por su parte, los Castro iban y venían sin descanso, atendiendo a todos, organizando, recibiendo… siendo, sin proponérselo, los anfitriones naturales de aquella noche.
Las hermanas Cuéllar, Yineth y María Eugenia, se movían entre los grupos con soltura, compartiendo risas con Nubia Fajardo y Mélida Trujillo. Habían llevado chicharrones y maíz tostado, que pronto se mezclaron con otros sabores y otras manos, en ese gesto tan propio del barrio donde todo termina siendo de todos.
Más allá, hizo su entrada Yael Garaviño acompañado de sus hermanas —Ariari, Martha y Ederle— cargando un gran pastel que parecía más un símbolo que un postre: la celebración de un nuevo comienzo. Su llegada fue recibida con aplausos y bromas, como si con ese gesto se confirmara que el grupo volvía a latir.
También estaban Patricia y Maribel Tovar, Yolanda Morales con su prima, Luis Motta con su hermana Mónica… y muchos más que fueron llegando poco a poco, cada uno con algo en las manos: una bebida, un plato, un detalle sencillo.
Pero, en el fondo, todos traían lo mismo.
La intención de quedarse.
Las ganas de volver a creer.
El deseo de hacer parte.
Y así, casi sin darnos cuenta, aquella casa se fue llenando no solo de gente, sino de sentido.
Tantos que ya no importaba contarlos.
Porque lo importante… era que habían llegado.
La estrategia había funcionado.
Pero si alguien no estaba del todo en la fiesta, ese era Leónidas. Aunque reía, aunque participaba, aunque intentaba mezclarse en el ambiente, sus ojos no estaban allí. Estaban en la puerta.
Esperaba.
Lester Lizcano lo miraba con cierta preocupación. Leónidas iba y venía, caminando de un lado a otro, como si el tiempo se le hubiera vuelto más lento de lo normal. Cada tanto dirigía la mirada hacia la entrada, con una ansiedad que ya no podía disimular.
Estaba impaciente… como un niño al que le han prometido una bicicleta y no deja de asomarse a la puerta esperando verla llegar. Con esa mezcla de ilusión y urgencia que no cabe en el cuerpo, que no entiende de razones, que solo sabe esperar.
Y así estaba él.
Esperando a Olga.
Y entonces ocurrió.
La puerta se abrió.
Y Olga apareció.
Pero no venía sola.
Entró acompañada de Manuel, con una naturalidad que ignoraba —o tal vez dominaba— el efecto que provocaba. Él avanzaba con un aire seguro, casi desafiante, sosteniendo una caja con botellas de crema de whisky para las chicas, como quien marca territorio sin decir palabra. A su lado, ella brillaba con esa luz propia que no necesita esfuerzo: serena, cercana, luminosa como siempre.
El golpe fue silencioso.
A Leónidas se le detuvo la mirada por un instante. No dijo nada. No hizo escena. Pero algo en su expresión cambió, apenas lo suficiente para que quien supiera mirar lo notara.
Luego sonrió.
Una sonrisa correcta.
Y volvió a la fiesta.
Porque hay decepciones que, en la juventud, se aprenden a disimular bailando.
Y Leónidas, esa noche, eligió no dejarse vencer.
Bailó.
Rió.
Y celebró con todos.
La reunión no fue solo fiesta.
Fue efectiva.
Entre conversaciones y risas, se tomó la primera gran decisión: realizar una jornada comunitaria para limpiar lotes, recoger basura y mejorar espacios del barrio.
La siguiente reunión quedó programada.
El grupo volvía a respirar.
Luego la música tomó el mando.
Sonaba Joe Arroyo.
El ambiente se encendió.
Edgar Cuéllar irrumpió gritando:
—¡Guepa je!
Y con una botella de aguardiente en la mano, levantó la fiesta como si fuera bandera.
Todos respondimos.
Incluso Leónidas.
La noche avanzó sin prisa.
Y cuando el cansancio comenzó a aparecer, sonó una ranchera.
Luego, casi sin pensarlo, el himno nacional.
Y entonces supimos que la noche había terminado.
Antes de irnos, vi a Leónidas sentado aparte.
Me acerqué.
—Tranquilo… —le dije—. A veces las cosas no son como parecen.
Me miró.
No dijo mucho.
Solo me dio un abrazo breve.
Y se fue.
Aquella noche entendimos algo que nunca olvidaríamos:
Katakandrú no solo sabía reunirse.
Sabía reinventarse.
Sabía resistir.
Porque cuando la alegría y el compromiso caminan juntos…
ningún sueño está condenado a desaparecer.
Capítulo 7
La primera minga de Katakandrú
Si cierro los ojos, todavía puedo verme llegando a aquel lote baldío —el mismo donde años después se levantaría el puesto de salud— con la convicción ingenua de que íbamos simplemente a “hacer aseo”. Pero no. Con el tiempo entendí que no íbamos a limpiar un terreno: íbamos a celebrarnos como grupo.
Porque en Las Granjas —y más aún en Katakandrú— el trabajo nunca fue solo trabajo. Era encuentro. Era risa. Era comunidad. Era una grabadora de radiocasete sonando a todo volumen, alimentada con pilas Eveready, marcando el ritmo de la jornada como si también tuviera algo que aportar.
Llegamos armados de palas, picas y buena voluntad. El sol caía sin clemencia y el sudor nos corría por la frente como si también quisiera participar de la minga. Pero nadie se quejaba. Había una energía distinta, una alegría que no dependía del clima ni del cansancio.
Entonces apareció don Ricardo León Castro.
A él se le había encomendado la tarea de organizar el trabajo. Tenía formación en contaduría y administración, y alguien pensó —con acierto— que ese conocimiento podía ponerse al servicio del grupo. Pero no llegó con discursos complicados ni con fórmulas técnicas. Llegó con una libreta sencilla… y con claridad.
Con paciencia de maestro y firmeza tranquila, nos explicó lo que, sin saberlo, se convertiría en una de nuestras primeras lecciones colectivas:
Primero, mirar antes de actuar.
Recorrimos el terreno. Vimos la maleza crecida, los desagües tapados, los escombros acumulados. Entendimos que todo comienza observando.
Segundo, dividir responsabilidades.
Unos desbrozaban, otros recogían, otros despejaban. Aprendimos que trabajar en grupo no es hacer lo mismo… es complementarse.
Tercero, avanzar por partes.
Nos propusimos metas pequeñas: el frente, luego los costados, después el interior. Y así comprendimos que las tareas grandes se vencen fragmentándolas.
Cuarto, cuidar el ánimo.
Hicimos pausas, tomamos agua, revisamos lo logrado. Porque un grupo cansado se detiene… pero uno motivado se multiplica.
Y quinto, cerrar con sentido.
Antes de irnos, miramos el resultado. Celebramos. Y dejamos claro lo que faltaba. Aprendimos que todo esfuerzo merece ser reconocido.
Ricardo no impuso. No alzó la voz. No ordenó desde arriba.
Simplemente organizó… y nos hizo entender.
Fue entonces cuando, como era de esperarse, apareció la voz de Leónidas:
—Pero Ricardo… si esto es solo limpiar un lote. Tampoco estamos montando una empresa.
Algunos rieron.
Ricardo lo miró con calma y respondió:
—Precisamente por eso. Porque es sencillo. Lo sencillo también necesita orden si queremos que salga bien.
La frase quedó flotando en el aire.
Y se quedó.
Mientras trabajábamos, las conversaciones comenzaron a brotar como si la tierra también soltara historias. Se hablaba de la última reunión, de los bailes, de las miradas, de los acercamientos. Porque Katakandrú, además de organización, era juventud… y la juventud siempre encuentra caminos para el corazón.
Y entonces apareció el tema inevitable: Richard.
—Ese no dejó chica sin saludar —dijo uno.
—Ni sin intentar conquistar —remató otro.
Las risas estallaron.
Pero Richard no se dejó:
—¿Cómo así que yo? ¡Si Ever también estaba metido en la jugada!
—¿Yo? —respondió Ever—. Yo apenas bailé cinco canciones. Carlos no salió de la pista.
—Yo bailé sin ninguna intención —dijo Carlos, con una seriedad que solo provocó más risas.
La carcajada fue colectiva, amplia, limpia.
Y fue entonces cuando Leónidas, con ese humor que siempre encontraba el momento justo, lanzó:
—No vayan a soltar esa flor acaríciela con cuidado…
La referencia era clara: Carlos y Flor de Liz.
Pero esta vez la risa no fue igual para todos.
Carlos no tardó en responderle, con ese tono entre burla y filo:
—¿Qué quiere que diga? Que todo me salió al revés… que llegué por lana y salí trasquilado. Mejor no me haga hablar, porque lo hago llorar.
La frase cayó pesada.
No era solo una broma. Venía cargada del eco de la noche anterior, de ese momento en que Olga llegó acompañada… y algo en Leónidas se le quedó en silencio. Todos lo habíamos notado, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.
El ambiente se tensó por un instante.
Y fue entonces cuando intervine.
Sabía que no era el momento de seguir empujando la herida.
—Bueno, dejemos eso así —dije, bajando el tono—. Ya estuvo bien por hoy… mejor demos por terminada la jornada.
El grupo entendió.
No hizo falta decir más.
Porque entre nosotros también se aprendía eso:
que la amistad no es solo reír juntos…
sino saber cuándo cuidar al otro.
Poco a poco, las herramientas fueron quedando a un lado. Miramos el terreno. Lo que antes era abandono ahora mostraba orden. Lo que antes era maleza ahora dejaba ver propósito.
Pero en el fondo sabíamos que lo más importante no era lo que habíamos limpiado afuera…
Sino lo que habíamos construido adentro.
Ese día no solo despejamos un lote.
Ese día empezamos a organizarnos de verdad.
A entendernos.
A cuidarnos.
Aprendimos que liderar es servir.
Que coordinar es construir.
Que incluso la tarea más sencilla puede enseñar principios grandes.
Sin discursos.
Sin solemnidades.
Sin darnos cuenta.
En aquella minga sencilla comenzó a formarse la disciplina que más adelante sostendría nuestros proyectos, nuestras actividades… y la esencia misma de Katakandrú.
Porque así nacía todo en nosotros:
Entre trabajo y risa.
Entre esfuerzo y amistad.
Entre lo simple… y lo trascendente.
La sede: de comando a casa de la esperanza
El grupo crecía.
No solo en número, sino en convicción.
Lo que había comenzado como encuentros dispersos, como risas y proyectos improvisados, ya era otra cosa: una voz colectiva que empezaba a hacerse escuchar en Las Granjas. Y como toda voz que quiere perdurar, necesitábamos un lugar desde donde resonar.
Un bastión.
Un punto de encuentro.
Un espacio propio.
Y lo encontramos donde menos se esperaba: en el antiguo puesto de policía.
Aquel edificio, que años atrás había representado la autoridad y el miedo, estaba ahora abandonado. Un cascarón vacío, cargado de memoria. Porque no se trataba de cualquier lugar: en sus paredes aún flotaban los ecos de tiempos difíciles, de confrontaciones, de pedreas, de llantas encendidas, de persecuciones y silencios obligados.
Las Granjas había vivido su propia historia de resistencia.
Con el tiempo, la policía se retiró. La distancia con la comunidad era ya insostenible. Y entonces, como ocurre cuando los pueblos reclaman lo que sienten suyo, el lugar quedó a disposición de la gente.
Y nosotros lo tomamos.
No con violencia.
Sino con escobas, palas y voluntad.
La transformación
En pocas semanas, aquel espacio comenzó a cambiar de piel.
Donde hubo abandono, apareció el trabajo.
Donde hubo miedo, comenzó a crecer la vida.
Se limpiaron escombros, se recogió basura, se podaron árboles. Se arreglaron los sardineles, se adecuaron accesos, se instalaron lámparas, sanitarios, duchas. Cada mejora, por pequeña que fuera, era una victoria.
El gran salón —antes oscuro y vacío— empezó a llenarse de sentido.
Allí habría teatro.
Allí habría música.
Allí habría reuniones, libros, ideas.
Allí, por fin, habría comunidad.
Katakandrú no solo estaba construyendo una sede.
Estaba resignificando la historia.
La jornada que puso a prueba el espíritu
Pero no todo fue trabajo tranquilo.
Recuerdo con claridad una de aquellas jornadas de limpieza. Estábamos varios compañeros adecuando el lugar: barríamos, recogíamos residuos, organizábamos herramientas. Cerca de la calle quedábamos Ever, Carlos y yo.
Entonces escuchamos el alboroto.
Un ruido seco.
Un grito.
Un movimiento brusco que rompía la rutina.
Era Leónidas.
Estaba siendo agredido por una patrulla.
No era un procedimiento.
No era un diálogo.
Era un abuso.
Y nosotros no supimos —ni quisimos— quedarnos quietos.
Nos acercamos. Intervenimos. Pedimos que se detuvieran. Que respetaran. Que entendieran que no estaban frente a un delincuente, sino frente a un joven del barrio, miembro de nuestro grupo, uno de los nuestros.
Pero en aquellos tiempos, levantar la voz también era un riesgo.
El atropello
La respuesta fue inmediata.
Nos subieron al vehículo.
Sin explicaciones.
Sin preguntas.
Sin derecho.
Pasamos de ser testigos a ser señalados.
En el comando, lo que siguió fue lo que el pueblo llamaba, con amarga ironía, un “rosario de bolillo”.
Golpes.
Castigo.
Escarmiento.
No por lo que habíamos hecho, sino por lo que representábamos: jóvenes organizados, conscientes, capaces de cuestionar.
Luego vino la humillación.
Nos obligaron a barrer patios, a lavar piscinas, a realizar trabajos forzados, como si quisieran quebrar no solo el cuerpo, sino la dignidad.
Pero no lo lograron.
Porque mientras cumplíamos aquellas órdenes, nuestra mente no estaba allí.
Estaba en la sede.
En la limpieza que habíamos dejado a medias.
En el proyecto que no pensábamos abandonar.
La salida y la certeza
Horas después, gracias a la intervención de un conocido —un policía que había trabajado con la comunidad y entendía lo que hacíamos— logramos salir.
Salimos golpeados.
Cansados.
Pero no derrotados.
Al contrario.
Había algo distinto en nosotros.
Más firme.
Más claro.
Más decidido.
Entendimos que lo que hacíamos no era menor. Que organizarse, ayudar, construir comunidad… también incomodaba.
Y si incomodaba, era porque tenía fuerza.
El regreso
Al día siguiente, volvimos.
Sin discursos.
Sin dramatismos.
Simplemente regresamos.
Tomamos de nuevo las escobas, las palas, los baldes… y continuamos.
Como si nada.
Como si todo.
Porque en el fondo sabíamos algo que ya nadie podía quitarnos:
Que la dignidad no se negocia.
Que la comunidad no se abandona.
Y que los espacios no se heredan… se conquistan con trabajo.
La sede como símbolo
Con el tiempo, aquel lugar dejó de ser el antiguo comando.
Se convirtió en otra cosa.
En biblioteca.
En salón de teatro.
En pista de baile.
En centro de reuniones.
En casa.
Y cada vez que cruzábamos su puerta, sabíamos que no era solo un edificio.
Era la prueba de que un grupo de jóvenes podía transformar el miedo en cultura, el abandono en encuentro, y la historia en futuro.
Capítulo 9
La Marcha del Libro: cuando la palabra tomó las calles**
Queridos compañeros de camino:
Después de la limpieza, volvimos.
Pero ya no éramos los mismos.
Aquel antiguo comando —que había
mos barrido con rabia contenida, dignidad herida y esperanza intacta— empezaba a transformarse. No solo en lo físico, sino en lo simbólico. Ya no era un lugar vacío: era un espacio en disputa, un territorio que exigía sentido.
Y fue entonces cuando surgió la pregunta que cambiaría el rumbo de todo:
—¿Y ahora qué hacemos con este lugar?
No bastaba con haberlo recuperado.
Había que llenarlo de vida.
La idea: sembrar conocimiento
Casi una declaración de principios.
La marcha
Un ritual colectivo.
Una forma de resistencia cultural.
Con una encuesta en la mano, como si fuera un manifiesto.
La palabra como convocatoria
Cada respuesta, una toma de posición.
La respuesta del barrio
Con emoción.
Con generosidad.
Otros guardados durante años.
Otros heredados.
Otros casi olvidados.
Los aportes eran pequeños, pero inmensos en significado.
La victoria silenciosa
Una fuerza.
Una esperanza organizada.
La biblioteca
De mesas.
De voces bajas.
De preguntas.
Era concentración.
Había páginas que se abrían.
La expansión: los lotes que se volvieron esperanza
La cuarenta: donde nació un parque
Con sillas.
Con senderos.
Los niños jugaron.
Las parejas encontraron un lugar.
La veintinueve: un jardín comunitario
Colores.
Cuidado colectivo.
La treinta y uno: deporte y juventud
Voleibol.
Encuentros.
Otros espacios, misma historia
Calles recuperadas.
Lotes transformados.
Organización.
Sentido de pertenencia.
El verdadero cambio
Donde había maleza… ahora había encuentro.
Donde había silencio… ahora había comunidad.
El legado
Con canchas.
Con libros.
Con encuentros.
Cierre
Y así, casi sin planearlo del todo, nació una de las gestas más hermosas de nuestra historia:
La Marcha del Libro.
La biblioteca no fue un proyecto cualquiera.
Tú lo sabes bien.
Fue una decisión profunda.
Entendimos —tal vez sin decirlo en voz alta— que si queríamos transformar el barrio, no bastaba con limpiar espacios: había que abrir mentes.
Había que sembrar conocimiento.
Y entonces decidimos salir a buscarlo.
Aquella no fue una caminata cualquiera.
Fue un acto simbólico.
Salimos a las calles con libros en alto, como si fueran banderas.
Casa por casa.
Puerta por puerta.
Mirando a los ojos.
Llevábamos una encuesta, sí.
Pero en realidad, llevábamos una pregunta más grande:
¿Queremos un barrio distinto?
Encuesta comunitaria – Proyecto Katakandrú y Biblioteca
Pero más allá del papel…
Cada pregunta era un llamado.
Y el barrio respondió.
Como solo responden las comunidades que se reconocen en una causa.
Con orgullo.
Los libros comenzaron a aparecer.
Algunos viejos.
Pero todos cargados de historia.
Las monedas llegaban en manos humildes.
No pedíamos limosna.
Estábamos convocando a un acto de fe colectiva.
Y la gente entendió.
Lo que empezó como una marcha… se volvió una gesta.
Katakandrú dejó de ser visto como un grupo de muchachos inquietos.
Ahora éramos otra cosa.
Un referente.
Y la antigua sede —ese lugar donde alguna vez hubo órdenes y castigos— comenzó a transformarse definitivamente.
Con el tiempo, aquel espacio se llenó.
De libros.
El silencio cambió de significado.
Ya no era miedo.
Ya no había gritos de mando.
La biblioteca no fue solo un lugar.
Fue un símbolo.
Un santuario del saber.
Un arsenal de sueños.
Pero Katakandrú no se detuvo ahí.
Porque cuando una comunidad despierta… ya no vuelve atrás.
Lo que empezó con la limpieza del comando y la creación de la biblioteca, se convirtió en algo más grande:
Un movimiento de transformación barrial.
Los lotes baldíos —símbolos del abandono— comenzaron a cambiar.
Donde antes había monte y escombros, apareció un parque.
Con jardines.
Las familias regresaron.
La noche dejó de ser amenaza… y empezó a ser encuentro.
Un terreno olvidado se convirtió en vida.
Plantas.
Una cancha.
Baloncesto.
Allí también se construía comunidad.
Microfútbol.
Cada lugar intervenido tenía el mismo origen:
Trabajo voluntario.
Con el tiempo entendimos algo fundamental:
No estábamos limpiando lotes.
Estábamos cambiando miradas.
Donde antes había abandono… ahora había vida.
Katakandrú no hablaba con discursos.
Hablaba con hechos.
Con parques.
Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en algo más que un grupo juvenil:
Nos convertimos en memoria viva del barrio.
La Marcha del Libro no fue solo un evento.
Fue una proclamación.
La prueba de que una comunidad, cuando se organiza, puede transformar su historia.
Y desde entonces, en cada libro abierto, en cada espacio recuperado…
Katakandrú sigue marchando.
Capítulo 10
Identificación: cuando supimos quiénes éramos**
Queridos compañeros de camino:
Ya instalados en nuestro propio espacio, comenzó otra transformación.
Más silenciosa.
Más profunda.
Cada quien fue llevando lo que tenía a mano, sin ostentaciones ni reservas:
sillas prestadas, tapetes gastados, cuadros colgados con clavos improvisados, libros rescatados de estantes familiares.
Así, poco a poco, aquel lugar comenzó a latir.
Ya no era solo una sede.
Era un salón cultural.
Una biblioteca.
Un punto de encuentro.
Allí se pensaban los proyectos… antes de salir a caminar el barrio.
El espíritu que nos unía
La idea que nos sostenía era sencilla, pero poderosa:
No éramos individuos sueltos.
Éramos un solo cuerpo.
Inspirados en Los Tres Mosqueteros, adoptamos como principio:
“Uno para todos y todos para uno.”
Y como afirmación propia, nacida de nuestra realidad:
“La unidad hace la fuerza.”
Ese no era un lema decorativo.
Era una forma de vivir.
El nombre que se volvió identidad
De ese mismo espíritu nació nuestro eslogan:
“Jóvenes liberan jóvenes”
Propuesto por Carlos Roberto Másmela, quien además diseñó el logotipo del grupo.
Con ese símbolo se crearon los carnés de afiliación.
Pequeños.
Sencillos.
Pero inmensos en significado.
Cada uno lo portaba como quien lleva una credencial invisible:
la de pertenecer.
El compromiso
Recuerdo el momento de la entrega de carnés.
Humberto Flórez, con su voz serena, dijo:
—Que este instante sea motivo para que la unidad prevalezca sobre cualquier obstáculo… y que si un socio está en dificultad, los demás tengamos la obligación de ayudarlo.
La respuesta fue inmediata:
—¡Que así sea!
Y no fue un grito.
Fue un pacto.
El reconocimiento legal
La alegría creció aún más cuando llegó la noticia:
La Gobernación del Huila había aprobado nuestros estatutos.
Katakandrú obtenía su personería jurídica:
PJ 142 de junio de 1979.
Ya no éramos “un grupo pirata”.
Éramos una organización.
Con nombre.
Con respaldo.
Con existencia legal.
La realidad
Sin embargo, Ever Motta —nuestro tesorero— nos aterrizó:
—Las finanzas deben manejarse con rigor…
Y tenía razón.
Porque los sueños eran grandes…
Pero los recursos, modestos.
El nacimiento de los símbolos
Fue entonces cuando sentimos que algo faltaba.
Teníamos historia.
Teníamos acciones.
Teníamos reconocimiento.
Pero nos faltaba algo visible:
símbolos.
Los símbolos Katakos
(Así comenzamos a llamarnos entre nosotros: Katakos.
Una forma cercana, orgullosa, propia.)
Los símbolos no nacieron por formalidad.
Nacieron por necesidad.
Necesidad de reconocernos.
De representarnos.
De decirle al mundo quiénes éramos.
El proceso
Se convocó un concurso interno.
Bandera.
Escudo.
Himno.
Las propuestas fueron muchas.
Cada una con su carga emocional, con su visión del grupo.
Y como todo en Katakandrú…
Se decidió en colectivo.
La bandera: lo que somos
La bandera no fue solo un diseño.
Fue una declaración.
El fondo negro:
no como oscuridad, sino como origen.
Como profundidad.
Como semilla.
El amarillo:
la luz compartida.
La unión.
La esperanza.
La estrella:
el rumbo.
El conocimiento.
La guía.
Y el rojo de nuestro nombre:
Katakandrú.
La fuerza.
La sangre.
La decisión.
Un detalle importante
Jael Garaviño también presentó propuestas de gran valor.
Pero finalmente, el diseño de Constantino Castro Zamora fue elegido por su claridad conceptual y su capacidad de integrar todos los símbolos.
Además, tenía algo clave:
Era fácil de reproducir.
Y eso permitió que el símbolo fuera de todos.
El escudo: una lección
El escudo existió.
Fue aprobado.
Pero no se quedó.
No logró arraigarse.
Y eso nos enseñó algo importante:
👉 No todos los símbolos viven.
👉 Solo permanecen los que la comunidad hace suyos.
El logotipo, en cambio, sí trascendió.
El himno: la voz del grupo
Y luego vino la palabra cantada:
Jóvenes agrupan jóvenes,
es el lema de Katakos…
(…puedes dejar el himno completo como bloque, está muy bien)
El himno no era solo música.
Era identidad en voz alta.
Lo que realmente ocurrió
Con el tiempo entendimos algo fundamental:
No estábamos creando símbolos.
Estábamos construyendo identidad.
Cierre
Katakandrú ya tenía:
- Espacio
- Historia
- Comunidad
- Símbolos
Pero sobre todo…
Tenía conciencia de sí mismo.
Y ese fue, quizás, el paso más importante de todos.
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