KATAKANDRU EDICION
sábado, 16 de mayo de 2026
sábado, 18 de abril de 2020
CRONSTPRODUCCIONES ARTE Y CULTURA
KATAKANDRU

Portada del libro
EL UMBRAL
Pensar
en el pasado es abrir aquella puerta
que
la memoria jamás logró cerrar del
todo.”
Reclinado
en una butaca de cuero y madera vieja, sobre la terraza de mi modesta
casa, contemplaba la caída del sol, el de los venados, que
acariciaba mi rostro con tonos amarillentos
y rojizos de
la tarde, y
que se iba ocultando silenciosamente, detrás de los
cerros agrestes, a lo lejos.
Y
de pronto, un dardo ágil y certero abrió en mi mente una amplia
grieta por donde volvió a brotar un torrente de recuerdos: los de un
grupo entrañable que me enseñó a amar con la inocencia del rocío,
a soñar con la fuerza del viento y a creer con la fe ardiente de la
esperanza.
Entonces,
las voces del ayer regresaron, como un coro que permanece allí,
aguardando su salida, dejando oír el eco vivo de lo que nunca muere:
y en ese momento exacto sin ambages ni rodeos veo de nuevo a esa
chica con su risa coqueta en su rostro angelical:
Olga
tenía esa rara capacidad de reunir sin esfuerzo. A su
alrededor, chicos y chicas y terminábamos
coincidiendo, como si algo invisible nos empujara hacia el mismo
centro. Nos veíamos en el barrio, en la universidad, en
cualquier lugar que
sirviera para prolongar la cercanía. Sin darnos cuenta, ya éramos
un grupo: nos pensábamos parecido, nos cuidábamos, nos
reconocíamos. Recuerdo
una noche en particular. Estábamos en casa de Olga, sentados en
círculo sobre el piso de cemento frío, con una vela encendida en el
centro porque la luz eléctrica se había ido. Alguien
trajo una guitarra. No la interprete muy bien,
pero todos cantamos. En ese momento, sin que nadie lo dijera, supimos
que esto era otra cosa.
Hasta
que un día, casi sin aviso, la chispa encontró su momento. Y
ardió. Katakandrú.
Quizás
usted nunca haya escuchado ese nombre. No aparece en los libros de
historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para
quienes lo vivimos, Katakandrú fue un mundo entero: caminos
recorridos, risas compartidas y sueños que nacieron cuando apenas
comenzábamos a entender la vida.
Katakandrú
no era fácil de explicar; quizás en esa imposibilidad residía su
verdadera esencia. Quien nos viera desde afuera podría haber pensado
que solo éramos un grupo de voces animando el día, una mezcla de
opiniones variadas o un puñado de ideas sencillas lanzadas al
viento. Nada que no se hubiera visto antes; nada que mereciera,
aparentemente, un nombre propio. Pero había algo más: una corriente
invisible que circulaba entre nosotros cuando estábamos juntos y que
se hacía más presente, incluso, cuando nos separábamos. Era como
el aire: imperceptible, pero vital cuando empieza a hacer falta
Por
eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas. Y
para caminar conmigo, hay que ir más atrás de lo que parece
razonable. A que penetre en esas calles donde
todo nació, a esos encuentros hechos de organización,
dificultades, luchas, tristezas y alegrías…que, sin que lo
supiéramos en ese momento, terminaron cambiándolo todo.
El
sol terminó de hundirse detrás de los cerros. La butaca crujió
levemente. Y comprendí, una vez más, que Cunday, Las Granjas,
Katakandrú… no son nombres que se dicen. Son hechos que se cargan.
Que no pasan. Que se quedan.
Pensar en el pasado es abrir aquella puerta que la memoria jamás logró cerrar del todo.”
Reclinado en una butaca de cuero y madera vieja, sobre la terraza de mi modesta casa, contemplaba la caída del sol, el de los venados, que acariciaba mi rostro con tonos amarillentos y rojizos de la tarde, y que se iba ocultando silenciosamente, detrás de los cerros agrestes, a lo lejos.
Y de pronto, un dardo ágil y certero abrió en mi mente una amplia grieta por donde volvió a brotar un torrente de recuerdos: los de un grupo entrañable que me enseñó a amar con la inocencia del rocío, a soñar con la fuerza del viento y a creer con la fe ardiente de la esperanza.
Entonces, las voces del ayer regresaron, como un coro que permanece allí, aguardando su salida, dejando oír el eco vivo de lo que nunca muere: y en ese momento exacto sin ambages ni rodeos veo de nuevo a esa chica con su risa coqueta en su rostro angelical:
Olga tenía esa rara capacidad de reunir sin esfuerzo. A su alrededor, chicos y chicas y terminábamos coincidiendo, como si algo invisible nos empujara hacia el mismo centro. Nos veíamos en el barrio, en la universidad, en cualquier lugar que sirviera para prolongar la cercanía. Sin darnos cuenta, ya éramos un grupo: nos pensábamos parecido, nos cuidábamos, nos reconocíamos. Recuerdo una noche en particular. Estábamos en casa de Olga, sentados en círculo sobre el piso de cemento frío, con una vela encendida en el centro porque la luz eléctrica se había ido. Alguien trajo una guitarra. No la interprete muy bien, pero todos cantamos. En ese momento, sin que nadie lo dijera, supimos que esto era otra cosa.
Hasta que un día, casi sin aviso, la chispa encontró su momento. Y ardió. Katakandrú.
Quizás usted nunca haya escuchado ese nombre. No aparece en los libros de historia ni en los grandes registros de la fama. Sin embargo, para quienes lo vivimos, Katakandrú fue un mundo entero: caminos recorridos, risas compartidas y sueños que nacieron cuando apenas comenzábamos a entender la vida.
Katakandrú no era fácil de explicar; quizás en esa imposibilidad residía su verdadera esencia. Quien nos viera desde afuera podría haber pensado que solo éramos un grupo de voces animando el día, una mezcla de opiniones variadas o un puñado de ideas sencillas lanzadas al viento. Nada que no se hubiera visto antes; nada que mereciera, aparentemente, un nombre propio. Pero había algo más: una corriente invisible que circulaba entre nosotros cuando estábamos juntos y que se hacía más presente, incluso, cuando nos separábamos. Era como el aire: imperceptible, pero vital cuando empieza a hacer falta
Por eso lo invito, lector, a que camine conmigo por estas páginas. Y para caminar conmigo, hay que ir más atrás de lo que parece razonable. A que penetre en esas calles donde todo nació, a esos encuentros hechos de organización, dificultades, luchas, tristezas y alegrías…que, sin que lo supiéramos en ese momento, terminaron cambiándolo todo.
El sol terminó de hundirse detrás de los cerros. La butaca crujió levemente. Y comprendí, una vez más, que Cunday, Las Granjas, Katakandrú… no son nombres que se dicen. Son hechos que se cargan. Que no pasan. Que se quedan.
Las Granjas: antes de Katakandrú
Un sitio que recibe a todos termina convirtiéndose en un acogedor hogar.
Una
vez más, el recuerdo lanzó su cordel certero. Arrastró el ayer
hasta mi presente como una
chispa de
luz que brilla en la memoria, revelando de nuevo a aquel grupo
inolvidable. Allí estábamos: los amigos de siempre, viendo cómo la
semilla rompía la tierra en el más absoluto silencio. Necesitaba
recuperar esa visión. Levantar la mirada hacia el pasado y volver
atrás.
Mucho
más atrás.
porque
nuestro grupo no empezó el día en que decidimos reunirnos, ni en la
primera conversación, ni siquiera en aquella noche universitaria en
que comenzamos a imaginarlo. Venía de antes, como todo lo que se
forma en silencio y solo se revela cuando ya es imposible ignorarlo.
Nació
en un país herido.
Un
país donde la esperanza y la violencia aprendieron a convivir sin
preguntarse demasiado. Donde muchos jóvenes crecían buscando un
lugar para respirar distinto, para inventarse un futuro que no
estuviera marcado por la escasez ni por el miedo.
En
esos años, nadie llegaba a las ciudades por elección. La vida se
había vuelto un callejón sin salida. Desde la violencia
bipartidista, miles de familias fueron arrancadas de raíz: dejaron
cultivos, animales, casas… y hasta los cementerios donde
descansaban sus muertos. No fue un viaje, fue una ruptura.
Así
se llenaron las ciudades. Y entre ellas, Neiva, que crecía sin saber
cómo contener tanta vida que llegaba de golpe. Los barrios
tradicionales se desbordaron, y entonces, con las manos de quienes lo
habían perdido todo pero conservaban la voluntad de empezar,
comenzaron a surgir otros: Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso
López, El Jardín… y finalmente, Las Granjas.
Allí
llegamos nosotros en 1968. Aunque, en realidad, nuestro viaje había
comenzado mucho antes, cuando nos arrancaron de Cunday.
Era
una tierra de montaña honda, donde el olor a café tostado se
mezclaba con el calor de la casa grande.
La
casa de mi abuelo Sixto Antonio era de madera y corredor largo, de
esos que invitan a quedarse mirando sin hacer nada. Alrededor, los
árboles frutales daban sombra y pretexto, y más allá, las praderas
verdes se abrían hasta donde la vista alcanzaba, con el azul quieto
del cielo encima de todo. En las mañanas, antes de que el calor
apretara, se oían las aves del bosque mezcladas con el cacareo de
las gallinas y, de vez en cuando, el resoplo de algún caballo en el
potrero. Los arboles de cacao crecía con la paciencia de las cosas
que saben que valen.
Era
una vida sostenida con dignidad. Y era nuestra.
Hasta
que una noche, sin más aviso que el miedo, nos fuimos ocultos bajo
tallos de caña en la parte posterior de un camión que conducía un
sacerdote. La oscuridad afuera, la prisa adentro. Dejamos la casa con
sus maderas todavía tibias, los animales en sus corrales, las
tierras con el café a medio crecer. No hubo tiempo de despedirse de
nada. Ni siquiera de los muertos.
Pero
no fue suficiente. Todo se quedo.
Primero
vino Girardot, como una pausa obligada. Luego Vegalarga, donde
intentamos volver a sembrar la esperanza. Más tarde Ospina Pérez,
en Palermo. Permitame decirles, cada lugar traía una promesa que
apenas se sostenía. No éramos viajeros: éramos desplazados
buscando dónde echar raíces.
Hasta
que llegamos a Neiva. A un barrio que apenas tomaba forma entre casas
levantadas con esfuerzo y calles de tierra:
Las
Granjas.
Allí
comenzamos otra vida. Hecha de trabajo, de adaptación… y también
de encuentros. Porque algo pasaba en ese lugar.
Había
jóvenes por todas partes. Jóvenes con pocas oportunidades, pero con
una energía que no cabía en las calles. Jóvenes que aún no sabían
qué hacer con lo que sentían, pero intuían que algo tenía que
cambiar.
El
barrio era un comienzo. Las calles sin pavimento levantaban un polvo
dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y nuevas,
olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si también ellas
estuvieran aprendiendo a existir.
Fueron
llegando familias: los Cuéllar, los Castro, los Amaya, los Bello…
luego los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez,
Álvarez, Trujillo. No eran solo apellidos: eran historias que se
reconocían en la forma de saludar, en el paso por la cuadra, en la
necesidad compartida de echar raíces.
Las
Granjas no era solo un barrio. Era un universo.
Olía
a tinto al amanecer, a polvo en las tardes, a leña encendida en las
noches. Sonaban las risas, los balones contra las paredes, los
llamados desde las puertas. Nadie preguntaba quién aportaba qué:
bastaba con saber que era para todos.
Las
casas eran amplias, más cercanas a la vida del campo que a la
ciudad. Y no era casual. Muchos veníamos de allá, y necesitábamos
un espacio donde la vida pudiera seguir siendo, al menos en parte, la
que conocíamos.
De
ahí el nombre.
En
cada patio nacían pequeños mundos. En el nuestro, mi padre, don
Sixto, se dedicó a domesticar la tierra. Con llantas viejas levantó
huertas que parecían islas negras en medio del patio. Allí
crecieron cebollas, zanahorias, repollos, tomates. No solo sembraba
alimento: nos enseñaba, sin decirlo, que incluso de la tierra más
dura puede brotar vida.
También
sembró árboles: tamarindo, mango, naranjo, guayabo. No lo hizo solo
para él, sino para el tiempo.
El
patio era huerto, cocina y encuentro. Había horno de barro,
gallinas, humo de leña. La vida transcurría entre el trabajo y la
cercanía.
Y
en medio de todo eso, nosotros crecíamos.
Las
tardes eran nuestras. Fútbol en la calle, trompo, canicas, carreras
descalzas. Bastaba saltar una cerca o gritar para recuperar el balón.
Al caer la noche, las voces cambiaban:
—¡Vengan
a comer!
Y
el barrio se recogía. Así era Las Granjas: una mezcla de barrio
naciente y memoria campesina. Un lugar donde se estaba formando algo
más que casas. Se estaba formando una generación. Pero también
crecían otras fuerzas.
Con
el tiempo, el barrio empezó a dividirse. Surgieron grupos distintos,
con caminos opuestos: Los Duros de la 26, La Hermandad C., Los
Inquietos de la 30… y, en la orilla más oscura, los Chachos,
decididos a imponer su ley desde el miedo.
Nada
de eso fue casual.
Y
fue entonces cuando el barrio dejó de ser solo un lugar. Se volvió
un pulso.
Algo
se estaba gestando entre nosotros, aunque aún no supiéramos
nombrarlo. No era rebeldía, no era simple amistad, no era tampoco
una respuesta directa a lo que pasaba afuera. Era otra cosa… más
silenciosa, más honda.
Mientras
algunos marcaban el territorio con miedo, en nosotros empezaba a
abrirse un camino distinto. No ocurrió de golpe. No tuvo ruido. Pero
alguien supo verlo antes que nosotros.
No
llegó a imponer ni a señalar rutas con autoridad, no llamó ni
exigió seguirlo; su presencia comenzó a inclinar la balanza de un
modo casi imperceptible.
Una
palabra a tiempo. Una mirada que no juzgaba. Una forma distinta de
estar. Y bastó. Porque hay influencias que no irrumpen… se
filtran. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya han echado raíz. Esa
semilla, que aún no sabíamos nombrar, tenía un rostro. Y una
voz. Y fue en nosotros donde comenzó a germinar.
GRANJAS:
CAMPO DEPORTIVO
El
padre Diógenes y la semilla
Hay
hombres que dejan huellas con sus palabras; él las dejó formando
seres humanos.
Ahí estaba el sacerdote.
Quieto, en medio de aquel barrio que
todavía olía a tierra removida, mirando como si quisiera guardar
cada detalle antes de que el tiempo lo borrara. Las paredes a medio
terminar, el polvo suspendido en el aire, la gente yendo y viniendo
sin saber que también estaba construyendo algo más que casas.
Su sotana negra no solo lo cubría:
lo hacía visible. Era una presencia distinta, como esas que uno no
entiende del todo en el momento, pero que con los años reconoce como
decisivas.
El padre Diógenes.
No llegó haciendo ruido. No era
hombre de imponerse. Más bien parecía escuchar primero, como si
necesitara entender el latido del lugar antes de decir una sola
palabra.
Y se quedó.
Hoy lo pienso, y me cuesta separar su
imagen del barrio mismo. Como si hubiera estado ahí desde siempre,
caminando las calles de Las Granjas con ese paso tranquilo y esa
forma suya de acercarse a la gente sin distancia.
Tenía casi cincuenta años, pero se
movía como uno de nosotros. Conversaba, preguntaba, se reía. Y, sin
que nos diéramos cuenta, empezaba a juntarnos.
El fútbol fue la excusa.
Bastó una pelota para que todo
comenzara a girar. De esos encuentros nació el campeonato Mini Pony,
donde cada equipo llevaba el nombre de un club profesional. Recuerdo
que hablaba del Atlético Huila cuando aún no existía, como si lo
estuviera viendo venir desde algún lugar al que nosotros todavía no
alcanzábamos.
Pero no era solo el juego.
Había algo más en todo eso, algo
que en ese momento no sabíamos nombrar.
También estaban los miércoles. El
pan recién hecho, las bolsas que se repartían, las filas de gente
esperando. Nosotros ayudábamos en lo que podíamos, sin entender del
todo que ahí, en esas pequeñas cosas, estaba pasando algo
importante.
Uno iba a jugar fútbol… y
terminaba aprendiendo a mirar al otro.
El padre no hablaba mucho. Pero
cuando lo hacía, dejaba algo. No eran discursos largos. Eran frases
sencillas, dichas casi al pasar, como si no buscara enseñar… y sin
embargo enseñara.
—Una rama sola se quiebra fácil…
pero cuando muchas se entrelazan, ninguna fuerza logra romperlas.
En ese momento lo escuchábamos sin
detenernos demasiado. Hoy entiendo que nos estaba hablando de
nosotros.
Otra vez, mientras organizábamos una
de esas jornadas en el barrio, nos soltó:
—No vinimos solo a existir…
vinimos a servir.
Lo dijo con naturalidad, como quien
recuerda algo obvio. Pero se quedó. Como se quedan las cosas que uno
no comprende de inmediato. También insistía en algo que, con los
años, empezó a cobrar sentido:
—Todo existe porque es necesario.
Entonces no preguntábamos. Ahora sí.
Porque con el tiempo uno descubre que incluso lo difícil… también
forma.
Y una tarde, entre risas, nos lanzó
una de esas preguntas que parecían juego:
—Si rifo una palmada… ¿qué
prefieren: darla o recibirla?
Nos reímos. No supimos qué decir. Y
él, sonriendo apenas, remató:
—El que da… siempre recibe de
vuelta.
No lo explicó. No hacía falta.
Recuerdo que a veces me tocaba
recorrer el barrio despertando a los muchachos para entrenar.
Golpeaba puertas, gritaba desde las esquinas, insistía hasta que
salían. Si no lo hacía, nadie llegaba.
Un día, el padre nos reunió. No
habló duro. No hizo reproches. Solo dijo que el compromiso no podía
depender de uno solo. Que cada quien debía responder por lo suyo. Y
eso bastó.
Así era él. No imponía. Sembraba.
Con el tiempo entendí que lo más
importante no estaba en la cancha ni en las actividades. Estaba en
algo que iba creciendo sin hacer ruido, como esas raíces que
trabajan debajo de la tierra sin que nadie las vea.
Una forma distinta de mirarnos. De
reconocernos. De estar.
Esa semilla —silenciosa, constante—
empezó a abrirse paso en nosotros. Y cuando quiso mostrarse, ya era
tarde para detenerla. Había tomado forma. Una forma nueva. Un
nombre.
Katakandrú.
Katakandrú:
la voz de los jóvenes
Un
grupo de jóvenes con conciencia vale más que cien discursos porque
convierten las ideas en acción.
De
aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas
y esperanzas— nació Katakandrú. No fue una casualidad. Fue la
consecuencia de todo lo vivido.
Éramos
herederos del empuje del barrio, de su solidaridad silenciosa, de las
enseñanzas del padre Diógenes. Y con esa herencia, casi sin darnos
cuenta, comenzamos a movernos hacia algo que aún no tenía forma,
pero sí un propósito: devolverle a Las Granjas su ambiente… y su
alegría.
La
noche de los primíparos
Fue
en la universidad donde todo tomó un rumbo distinto. Recuerdo esa
noche.
Los
chicos de Las Granjas nos reencontramos como quien vuelve a abrazar a
los suyos en una fiesta: radiantes, bromistas, orgullosos de haber
cruzado aquella puerta que durante años parecía tan lejana. Cada
risa era un triunfo; cada abrazo, una certeza: ya éramos
universitarios.
La
ciudad también tenía su propio pulso: festivales, partidos,
encuentros culturales. Pero nosotros buscábamos algo más.
Un
lugar propio.
Una
manera de no quedarnos atrapados entre la nostalgia del barrio y las
exigencias de la universidad. Una forma —aunque entonces no lo
dijéramos así— de no dejarnos arrastrar por la sombra que también
crecía en Las Granjas.
Los
que estaban esa noche
En
círculo estaban ellas. Y en el centro, Olga.
Reclinada
sobre la grama fresca, parecía habitar el lugar con naturalidad,
como si siempre hubiera estado allí. Tenía una belleza que no
necesitaba anunciarse: se notaba en la forma en que la alegría se
quedaba en su rostro un instante más, en cómo el cabello le caía
con descuido sobre los hombros, en la manera serena —casi segura—
con que ocupaba su propio espacio.
Su
figura, armónica y firme, atraía miradas que intentaban disimularse
y nunca lo lograban del todo.
Pero
no era solo eso.
Era
la risa.
Le
nacía fácil, limpia, y corría entre ellas como un hilo de luz que
se expandía sin pedir permiso. Alcanzaba a los que pasaban cerca,
detenía conversaciones, hacía girar cabezas.
Uno
no sabía bien por qué… pero terminaba acercándose. Y sin darse
cuenta, ya estábamos ahí.
Olga
Lucía Fierro nos atraía sin esfuerzo. Amparo Suárez, desbordada en
carcajadas. Nubia Fajardo, ya pensando en cambiar el mundo.
Ever
y Luis Motta, atentos a cada gesto de las chicas, caminaban como si
el patio fuera suyo. Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar hablaban
de fútbol con la seriedad de quienes convierten cada jugada en
historia. Humberto Flores medía sus palabras. Carlos Montealegre
parecía conversar más con el cielo que con nosotros. Yael Garaviño
soñaba en grande.
Y
yo —Constantino— hacía de cada saludo una pequeña escena, como
si la vida necesitara escenario. También Leónidas… siempre
Leónidas, haciendo reír a todos, aunque pocos lo tomaran en serio.
El
instante
La
noche avanzaba, atravesada por la brisa que subía desde el
Magdalena. El patio se volvió tertulia, risa, posibilidad.
Y
entonces ocurrió.
Ricardo
Bello se puso de pie. Pidió silencio.
—Muchachos…
¿no sería interesante saber cuántos estudiantes de Las Granjas hay
en esta universidad?
Fue
una pregunta simple. Pero dejó un silencio distinto. Un silencio que
no incomodaba… pensaba.
Ever
fue el primero en responder:
—Podríamos
organizarnos. Ayudarnos con libros, con materias… echarnos una
mano.
La
idea empezó a moverse. Despacio al principio. Luego con fuerza.
Carlos Montealegre y Yael fueron más allá:
—¿Y
si hacemos también actividades culturales, deportivas… algo para
todos?
Ya
no era solo apoyo. Era propósito.
Entonces
Olga habló, casi sin pedir turno:
—Podríamos
organizar actividades recreativas… salidas de campo…
Y
fue suficiente. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo. Porque en
ese momento, algo terminó de encajar. Las miradas dejaron de
dispersarse. La idea dejó de ser posibilidad.
Algo
se encendió. No fue una discusión. Fue un reconocimiento. Como si
todos hubiéramos estado esperando ese momento sin saberlo. Las
miradas coincidieron. Las voces también. La decisión no se votó.
Se sintió.
La
duda
No
todos estaban convencidos. Leónidas, alejándose un poco, soltó
casi en voz baja:
—No
creo que eso funcione…
Pero
en Las Granjas, los sueños rara vez se quedan quietos.
El
nacimiento
Lo
que empezó como conversación se volvió impulso. En pocos días, ya
estábamos convocando. No hubo actas. No hubo firmas. Katakandrú no
nació en un salón. Nació en la risa, en la necesidad, en la
intuición de que juntos podíamos algo más. Nació como nacen las
cosas verdaderas.
La
noche que quedó
Aquel
patio universitario, iluminado por bombillos amarillos y atravesado
por la brisa del Magdalena, quedó guardado en la memoria como un
punto de quiebre.
Al
salir, como tantas veces, Olga y las chicas esperaban a los muchachos
para regresar juntos al barrio.
Había
un tramo oscuro, un paso donde la noche se volvía incierta y nadie
debía cruzarlo solo. Por eso caminábamos así: en grupo, atentos,
cuidándonos sin necesidad de decirlo.
Tomamos
rumbo hacia Las Granjas.
En
medio del bullicio, Olga pasó su brazo por los hombros de Leónidas,
y él, casi sin pensarlo, la rodeó por la cintura. Entre bromas,
empujones y risas que intentaban espantar la oscuridad, nos fuimos
internando en el sendero.
Nadie
iba solo. Ahí también era Katakandrú, aunque todavía no lo
supiéramos nombrar así.
Esa
noche nadie habló de hacer historia. Pero algo había iniciado. Algo
que ya no iba a detenerse fácilmente. Porque cuando la juventud se
reconoce, se organiza y decide caminar junta, deja de aceptar el
mundo como es y empieza, casi sin darse cuenta, a transformarlo.
Y
el cambio comenzó. Primero como una simple reunión de amigos. Luego
como un sueño compartido que empezaba a tomar forma en las calles de
Las Granjas.
Katakandrú:
el nombre que nos eligió
A
veces basta un pequeño grupo decidido para encender la esperanza de
toda una comunidad
La
convocatoria
El
Atardecer de los Heraldos
Cierro los ojos
y la memoria se proyecta con la nitidez de un plano que se niega a
borrarse. En la esquina están ellos, detenidos en una imagen que el
tiempo no ha podido borrar: un grupo de jóvenes con las manos llenas
de volantes y sueños fotocopiados. No eran simples papeles; eran
manifiestos artesanales, adornados con figuras que intentaban darle
forma a una esperanza que apenas nacía en el barrio.
El sol de la
tarde empezaba a caer, tiñendo las calles de un dorado viejo, justo
cuando la buseta de pasajeros aparecía en la esquina, devolviendo a
los trabajadores a sus casas. En medio de ese trasiego de rostros
cansados, Olga, Doris, Amparo, Hugo y Leónidas se movían como
talento propio. Una leve brisa jugaba con el pelo de las chicas y
forcejeaba con ellos, intentando arrebatarles los volantes como si el
viento también quisiera salir a repartirlos.
A su alrededor,
la muchachada más pequeña corría entusiasmada, estirando las manos
para ayudar en la tarea, contagiados por esa alegría que no cabe en
el cuerpo. Los transeúntes jóvenes se detenían; algunos miraban
con curiosidad, otros con ternura, pero casi todos recibían el papel
con un cariño inusual, sintiendo que en ese trozo mecanografiado iba
algo más que una invitación.
Caminaban sin
sospechar que cada volante entregado era una semilla en tierra
fértil. Sembraban la idea sin saber todavía hasta dónde iba a
crecer, pero con la felicidad plena de quienes saben que, esa tarde,
el barrio ya no era el mismo.
Llegaron
muchos.
Jóvenes
con entusiasmo limpio, con esa forma de creer que solo se tiene
cuando aún todo parece posible. Nos reunimos varias veces, y en cada
encuentro empezaron a entrelazarse ideas, sueños… y una certeza:
juntos podíamos ir más lejos.
Pero
no tardaron en aparecer las primeras grietas.
En
aquellas reuniones también comenzaron a llegar otros. Muchachos
conocidos en el barrio como los "chachos". Su presencia no
era neutra: entraban imponiendo, interrumpían, se burlaban, probaban
los límites. No venían a construir.
Venían
a medir fuerzas.
El
ambiente se fue tensando. Las palabras empezaron a pesar más de la
cuenta. Y cuando comenzaron a incomodar a las muchachas, entendimos
que aquello no era un simple roce.
Era
una prueba.
El
más insistente era Checho. Con él se dio el cruce más fuerte. La
discusión subió de tono y, por un momento, todo pareció a punto de
romperse. Entonces Carlos Montealegre intervino.
No
vociferó. No provocó. Se acercó, lo miró de frente y, con
firmeza, le pidió que se retiraran. Que nos dejaran continuar. Fue
un acto sencillo. Pero marcó un límite.
Aun
así, la reunión se quebró. Algunas chicas se fueron. Varios
muchachos también. Lo que había comenzado con ilusión terminó en
silencio.
Esa
noche entendimos algo: que construir no es solo reunir gente con
buenas intenciones. Es saber cuidar el espacio. Sostener la idea
cuando tambalea. Y poner límites cuando hace falta.
Volvimos
a intentarlo.
Pero
ya no de la misma manera. Esta vez, la convocatoria fue distinta: uno
a uno, mirando a los ojos. No se trataba de sumar por sumar, sino de
reconocer a quienes compartían el propósito. Decidimos que el
núcleo debía estar formado por estudiantes, por gente dispuesta a
comprometerse.
Ahí
empezó el carácter. Ya no era solo entusiasmo. Era decisión.
La
búsqueda
Cuando
logramos reunirnos de nuevo, apareció otra necesidad: el nombre.
Las
propuestas comenzaron a surgir: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes
Universitarios, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos…
También Yael Garaviño propuso Constructores de Futuro. Nombres que
sonaban bien, pero no se quedaban.
No
tenían peso. No decían quiénes éramos.
Entonces
Edgar Cuéllar lo dijo sin rodeos:
—Necesitamos
un nombre que sacuda… que diga algo de nosotros.
El
ambiente cambió. Dejó de ser conversación. Se volvió búsqueda.
La
palabra
Fue
entonces cuando Nubia se puso de pie. Había estado en silencio. Y
dijo una sola palabra: Katakandrú.
Quedó
suspendida en el aire. No hizo falta repetirla. Algo en ella vibraba
distinto.
El
relato
Nubia
no habló de inmediato. Se tomó un instante, como si lo que iba a
decir no fuera simplemente una idea, sino algo que venía de más
atrás.
Y
cuando habló, cambió el aire.
Nos
llevó, sin movernos del lugar, a un tiempo que no conocíamos pero
que, de algún modo, empezaba a pertenecernos. Habló de un pueblo
antiguo que no medía la riqueza en oro, sino en equilibrio. Que
moldeaba la arcilla con paciencia, que tallaba la piedra como si en
cada golpe quedara atrapado el tiempo. Un pueblo que cantaba. Que
celebraba. Que vivía sin la urgencia de imponerse.
La
música acompañaba sus rituales. Y cuando llegaron los hombres de
hierro y pólvora, no respondieron con guerra. Respondieron con lo
que eran. Abrieron sus manos. Ofrecieron su mundo. Y eso fue lo que
los condenó. Porque lo que vino no fue encuentro. Fue arrasamiento.
Sus cantos se apagaron. Sus nombres se borraron de la historia.
Pero
no del todo.
Porque
—decía Nubia— hay memorias que no desaparecen. Se quedan. En la
tierra. En las manos que aún moldean. En los fragmentos que
resisten. En lo que insiste en no morir.
Y
entonces lo repitió:
—Katakandrú.
Como
quien no está inventando un nombre… sino recordándolo.
La
decisión
Nadie
necesitó explicarlo. Lo supimos. Ese era el nombre.
Leónidas,
como siempre, dudó:
—Está
raro… nadie lo va a pronunciar bien.
Algunos
rieron.
Pero
entonces Olga habló.
—Ese
nombre es increíble… y sobre todo que viene de un pueblo indígena
—dijo, sin levantar la voz.
Algunos
aún murmuraban. Otros dudaban en silencio.
—Es
extraño… sí —continuó—. Pero tiene algo.
Hizo
una pausa. No fue larga, pero bastó para que todos la miráramos.
—Ese
es.
Nadie
respondió de inmediato. Leónidas esbozó una mueca, como si fuera a
decir algo más… pero no lo hizo. Las miradas empezaron a
coincidir. Uno a uno, fuimos asintiendo sin necesidad de ponernos de
acuerdo. La duda, que hasta hacía un momento rondaba la sala,
comenzó a disiparse como humo.
No
hubo votación. No hizo falta. La decisión ya estaba tomada. Y, sin
que nadie lo declarara en voz alta, todos entendimos que algo había
cambiado: por primera vez, alguien no solo proponía… marcaba el
rumbo.
El
nacimiento
Así
quedó nombrado, sin ceremonia:
Katakandrú.
Y
en ese gesto simple, algo cambió. Porque desde entonces ya no éramos
solo un grupo. Éramos una idea con nombre. Una intención con raíz.
Lo
que comenzó a pesar
Con
los años entendí que no todos los nombres se eligen. Algunos lo
eligen a uno.
Katakandrú
no era solo una palabra. Era una exigencia. Nos pedía coherencia.
Nos empujaba a ser algo más que un grupo de amigos. Nos recordaba
—sin decirlo— que la cultura también es resistencia, que la paz
no es debilidad, que la comunidad se construye.
Y
quizás por eso… desde el comienzo no nos lo pusieron fácil.
La
mesa directiva: cuando el sueño tomó forma
Toda
organización sabe
que el rumbo colectivo necesita manos capaces de guiarlos.
La noche en que decidimos ser
Para seguir el rumbo, entendimos que
no bastaba con reunirnos. Había que organizarnos. Obtener personería
jurídica. Darle forma a lo que apenas nacía. De lo contrario,
seríamos vistos como un grupo más… o peor aún, como otra
pandilla del barrio.
Aún puedo ver con nitidez la noche
del 12 de octubre de 1977, como si el tiempo hubiera decidido
conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera. Fue el día en que
dejamos de conversar… para empezar a asumir.
La grieta
La elección de la mesa directiva no
fue un trámite. Fue un acto fundacional. Pero no del todo limpio.
Porque, en medio del entusiasmo, ya estaba ahí la grieta.
Silenciosa.
Olga estaba con nosotros. Ernesto, su
hermano… con los chachos. Dos orillas opuestas, unidas por la misma
sangre. Nadie lo dijo. Pero todos lo vimos. Y aun así, seguimos.
Como si el silencio pudiera aplazar lo inevitable.
Los nombres
Aquella
noche, bajo una luz tenue y el murmullo cálido de las
conversaciones, el grupo decidió dar forma definitiva a su sueño.
no bastaba ya con reunirnos; era necesario asumir responsabilidades,
trazar un rumbo claro y poner nombres propios al compromiso
colectivo. En ese ambiente donde se mezclaban la emoción y la
solemnidad, se procedió a elegir a quienes guiarían los primeros
pasos de esta historia.
La
elección no fue un acto meramente protocolario, sino un ejercicio
genuino de confianza, fundado en la capacidad y la vocación de
servicio que cada cargo exigía. Aunque el sentir general señalaba a
Constantino Castro Zamora para la presidencia, él declinó el honor
con la honestidad que lo caracteriza: sabía que el cargo demandaba
un tiempo del que no disponía, y prefirió aceptar la
vicepresidencia, asegurando así su apoyo sin comprometer el buen
marchar del grupo. La presidencia recayó entonces en Carlos
Montealegre, quien contó con el respaldo unánime de sus compañeros.
Para
los demás cargos, el criterio fue claro: la idoneidad antes que
cualquier otra consideración. La tesorería quedó en manos de Ever
Motta Delgado, en quien todos reconocían una probidad inquebrantable
y una capacidad natural para el manejo responsable de los recursos.
La secretaría fue confiada a Doris Álvarez, cuya competencia ya era
bien conocida por el desempeño que demostraba en su ámbito laboral.
El equipo directivo se completó con Ricardo Bello Pascua al frente
de la fiscalía, y Edgar Cuéllar Silva junto a Nubia Fajardo como
vocales.
Así,
con cada pieza en su lugar y el talento puesto al servicio del bien
común, el grupo dejó de ser una promesa para convertirse en una
realidad.
No eran cargos. Eran compromisos.
Cada uno asumió su lugar con una certeza que apenas comenzábamos a
entender: liderar no era mandar… era sostener.
Elegir a Carlos no fue casual.
Había en él algo más que
liderazgo: una firmeza que equilibraba. Sabíamos que podía
contener, sin provocar, a los chachos. No se trataba de enfrentarlos…
sino de proteger el espacio. Porque lo que estaba naciendo necesitaba
cuidado. Y carácter.
Carlos conocía ese mundo desde
dentro. Y eso, en ese momento, valía más que cualquier discurso. Lo
entendía. Sabía cómo se movían, cómo pensaban, hasta dónde
podían llegar. Algunos decían —en voz baja— que había sido uno
de los suyos. Nunca lo confirmó. Tampoco hizo falta.
El golpe
Salimos del local con esa ligereza
que deja lo importante cuando apenas comienza. Risas, comentarios,
planes sueltos en el aire.
Y entonces ocurrió.
Ernesto apareció.
No llegó. Irrumpió. Traía la rabia
en el rostro y una urgencia que estropeó el ambiente. Sin decir
palabra, tomó a Olga del brazo y la jaló con brusquedad.
Pero Olga se soltó. De inmediato.
—¿A usted qué le pasa?
Él respondió sin bajar la voz:
—Mi mamá me mandó por usted…
que porque no sabía dónde diablos estaba metida.
Olga lo sostuvo con la mirada.
—Mentiroso… ella sabía que venía
para acá.
La tensión subió.
—No me alce la voz… porque la
golpeo.
El aire se detuvo. Por un instante,
nadie se movió. Pero Olga no retrocedió. Lo miró de frente, firme,
con una serenidad que desconcertaba más que cualquier grito.
—Hágalo… usted sabe lo que puede
pasar —respondió.
Y en aquella frase no había miedo.
Había dignidad.
El límite
Leónidas dio un paso al frente. Pero
Olga lo frenó. No con palabras. Con una mirada. Fue suficiente.
Yael le sostuvo el brazo:
—No se meta… es asunto de
familia.
—Pero no tiene derecho a tratarla
así —murmuró él, conteniendo lo que ya era rabia.
—Ese man no está bien —dijo Ever
en voz baja.
Yo no dije nada. Pero lo vi todo. La
impotencia en Leónidas. La tensión contenida en todos. Ese instante
en que uno entiende que cualquier movimiento puede desatar algo peor.
La retirada
Olga respiró. Se recompuso. Y
entonces hizo algo que, en ese momento, no supe leer del todo:
decidió no resistirse más.
Se volvió hacia nosotros. Una señal
breve. Casi cómplice. Como diciendo: luego hablamos.
Y se fue. No porque quisiera. Sino
porque esa escena ya no le pertenecía solo a ella.
Lo que quedó
Nos quedamos en silencio. Porque
entendimos. Aquello no era un altercado cualquiera. Era el primer
golpe visible. La señal de que lo que estábamos construyendo no
solo iba a crecer… también iba a ser puesto a prueba.
Leónidas no se movió en un buen
rato. Miraba el camino por donde se habían ido, con esa quietud suya
que nunca era indiferencia.
Entonces, sin dirigirse a nadie en
particular, dijo:
—Ella no debería tener que
aguantar eso.
Nadie respondió. No porque no
pensáramos lo mismo. Sino porque en su voz había algo que iba más
allá del comentario. Una pena vieja. Una impotencia que no era de
esa noche.
Yael le puso la mano en el hombro. Él
la dejó estar.
Y seguimos caminando. En silencio.
Cada quien cargando lo suyo.
Porque tarde o temprano, eso que esa
noche apenas asomaba… iba a estallar.
Cuando
el nombre se volvió bandera
Los
nuevos rostros trajeron ideas, fuerzas y esperanzas que el grupo aún
no sabía que necesitaba.
Con
la junta directiva conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su
rumbo. Dejó de ser solo una palabra recién nacida. Empezó a
convertirse en señal.
En
el barrio, el nombre comenzó a correr de boca en boca, despertando
curiosidad, sembrando preguntas.
—¿Katakandrú?,
decían algunos, extrañados.
Y,
sin necesidad de demasiadas explicaciones, la gente empezaba a
acercarse.
Desde
la 33 hasta la 40 comenzaron a llegar jóvenes de todos los rincones
del barrio, muchachos con historias distintas, pero atravesados por
una misma necesidad: participar, sentirse parte de algo que tuviera
sentido.
Los
primeros en vincularse en su totalidad fueron algunos integrantes de
la hermandad C. Luego Carlos, Ernesto y Alfonso Rujana, reconocidos
en el grupo de la 28 se incluyeron también. Incluso algunos
muchachos vinculados a los chachos empezaron a aparecer, atraídos
más por la curiosidad que por otra cosa: William serrato y otros
más. De los inquietos de la treinta llegaron los hermanos peña,
las chicas Ramírez, lester lizcano, Omar Cuéllar, las niñas Guio…
y así, poco a poco, Katakandrú comenzó a convertirse en un punto
de encuentro donde terminaban cruzándose jóvenes que, hasta
entonces, parecían venir de mundos distintos.
Y
así, casi sin darnos cuenta, el grupo empezó a crecer.
Cada
sábado, a las siete de la noche, el tiempo parecía cambiar de
ritmo. No eran simples reuniones. Eran encuentros donde la palabra
empezaba a tener peso.
Allí
discutíamos ideas, organizábamos actividades, planeábamos salidas,
repartíamos tareas. Aprendimos algo que entonces parecía pequeño y
que hoy entiendo enorme: organizarse también era una forma de
quererse.
Porque
soñar juntos exigía disciplina. Respeto. Constancia. Katakandrú no
prometía milagros. Pero ofrecía algo más importante: pertenencia.
La
primera misión
Muy
pronto entendimos que no bastaba con reunirnos. Había que actuar.
El
barrio estaba lleno de muchachos que comenzaban a perderse entre la
violencia, las pandillas y el vacío de no sentirse parte de nada. Y
quizás porque nosotros mismos veníamos de esa misma incertidumbre,
decidimos que nuestra primera tarea sería rescatar jóvenes.
No
con sermones. Con espacios. Con deporte. Con cultura. Con amistad.
Queríamos
demostrar que también era posible encontrarse alrededor de un balón,
de una caminata, de una guitarra o de una conversación sencilla bajo
la noche del barrio.
Cómo
hacíamos las cosas
No
teníamos manuales. Ni recursos suficientes. Teníamos voluntad.
Las
ideas nacían en cualquier parte: en una esquina, en una cancha,
caminando por las calles de Las Granjas. Luego las discutíamos en
grupo y buscábamos la manera de hacerlas realidad. Organizábamos
excursiones, campeonatos, jornadas culturales, caminatas ecológicas.
Todo con lo que apareciera. A veces con una bicicleta prestada, con
rifas improvisadas, con bazares, o con la ayuda silenciosa de los
vecinos y de nuestras familias.
Pero
nunca faltaba lo esencial: las ganas.
El
territorio
También
comenzamos a descubrir el mundo que nos rodeaba. Los caminos rurales.
Los ríos. Las montañas. La Tatacoa.
Cada
salida era más que un paseo. Era una manera de aprender a mirar. El
territorio dejó de ser solo paisaje y empezó a convertirse en
maestro. Nos enseñaba orientación, resistencia, compañerismo. Y
libertad.
Lo
que comenzaba
Con
el tiempo, Katakandrú empezó a abrir distintos caminos. Aparecieron
actividades culturales, deportivas, ambientales y sociales. Todo
nacía de manera natural, como si el mismo grupo fuera encontrando su
forma. Cada idea traía otra. Cada encuentro abría nuevos sueños.
Y
así, paso a paso, lo que había comenzado como una reunión de
muchachos buscando algo distinto empezó a convertirse en una fuerza
real dentro del barrio. Una fuerza pequeña todavía. Pero viva.
Y
cuando una idea logra volverse parte de la vida cotidiana de la
gente… ya no pertenece solo a quienes la crearon.
Empieza
a pertenecerle a todos.
Una vez más, el recuerdo lanzó su cordel certero. Arrastró el ayer hasta mi presente como una chispa de luz que brilla en la memoria, revelando de nuevo a aquel grupo inolvidable. Allí estábamos: los amigos de siempre, viendo cómo la semilla rompía la tierra en el más absoluto silencio. Necesitaba recuperar esa visión. Levantar la mirada hacia el pasado y volver atrás.
Mucho más atrás.
porque nuestro grupo no empezó el día en que decidimos reunirnos, ni en la primera conversación, ni siquiera en aquella noche universitaria en que comenzamos a imaginarlo. Venía de antes, como todo lo que se forma en silencio y solo se revela cuando ya es imposible ignorarlo.
Nació en un país herido.
Un país donde la esperanza y la violencia aprendieron a convivir sin preguntarse demasiado. Donde muchos jóvenes crecían buscando un lugar para respirar distinto, para inventarse un futuro que no estuviera marcado por la escasez ni por el miedo.
En esos años, nadie llegaba a las ciudades por elección. La vida se había vuelto un callejón sin salida. Desde la violencia bipartidista, miles de familias fueron arrancadas de raíz: dejaron cultivos, animales, casas… y hasta los cementerios donde descansaban sus muertos. No fue un viaje, fue una ruptura.
Así se llenaron las ciudades. Y entre ellas, Neiva, que crecía sin saber cómo contener tanta vida que llegaba de golpe. Los barrios tradicionales se desbordaron, y entonces, con las manos de quienes lo habían perdido todo pero conservaban la voluntad de empezar, comenzaron a surgir otros: Cándido Leguízamo, Las Mercedes, Alfonso López, El Jardín… y finalmente, Las Granjas.
Allí llegamos nosotros en 1968. Aunque, en realidad, nuestro viaje había comenzado mucho antes, cuando nos arrancaron de Cunday.
Era una tierra de montaña honda, donde el olor a café tostado se mezclaba con el calor de la casa grande.
La casa de mi abuelo Sixto Antonio era de madera y corredor largo, de esos que invitan a quedarse mirando sin hacer nada. Alrededor, los árboles frutales daban sombra y pretexto, y más allá, las praderas verdes se abrían hasta donde la vista alcanzaba, con el azul quieto del cielo encima de todo. En las mañanas, antes de que el calor apretara, se oían las aves del bosque mezcladas con el cacareo de las gallinas y, de vez en cuando, el resoplo de algún caballo en el potrero. Los arboles de cacao crecía con la paciencia de las cosas que saben que valen.
Era una vida sostenida con dignidad. Y era nuestra.
Hasta que una noche, sin más aviso que el miedo, nos fuimos ocultos bajo tallos de caña en la parte posterior de un camión que conducía un sacerdote. La oscuridad afuera, la prisa adentro. Dejamos la casa con sus maderas todavía tibias, los animales en sus corrales, las tierras con el café a medio crecer. No hubo tiempo de despedirse de nada. Ni siquiera de los muertos.
Pero no fue suficiente. Todo se quedo.
Primero vino Girardot, como una pausa obligada. Luego Vegalarga, donde intentamos volver a sembrar la esperanza. Más tarde Ospina Pérez, en Palermo. Permitame decirles, cada lugar traía una promesa que apenas se sostenía. No éramos viajeros: éramos desplazados buscando dónde echar raíces.
Hasta que llegamos a Neiva. A un barrio que apenas tomaba forma entre casas levantadas con esfuerzo y calles de tierra:
Las Granjas.
Allí comenzamos otra vida. Hecha de trabajo, de adaptación… y también de encuentros. Porque algo pasaba en ese lugar.
Había jóvenes por todas partes. Jóvenes con pocas oportunidades, pero con una energía que no cabía en las calles. Jóvenes que aún no sabían qué hacer con lo que sentían, pero intuían que algo tenía que cambiar.
El barrio era un comienzo. Las calles sin pavimento levantaban un polvo dorado que el viento hacía bailar, y las casas, humildes y nuevas, olían a cemento fresco y a ladrillo húmedo, como si también ellas estuvieran aprendiendo a existir.
Fueron llegando familias: los Cuéllar, los Castro, los Amaya, los Bello… luego los Rujana, Arias, Cuenca, Aristizábal, Motta, Suárez, Álvarez, Trujillo. No eran solo apellidos: eran historias que se reconocían en la forma de saludar, en el paso por la cuadra, en la necesidad compartida de echar raíces.
Las Granjas no era solo un barrio. Era un universo.
Olía a tinto al amanecer, a polvo en las tardes, a leña encendida en las noches. Sonaban las risas, los balones contra las paredes, los llamados desde las puertas. Nadie preguntaba quién aportaba qué: bastaba con saber que era para todos.
Las casas eran amplias, más cercanas a la vida del campo que a la ciudad. Y no era casual. Muchos veníamos de allá, y necesitábamos un espacio donde la vida pudiera seguir siendo, al menos en parte, la que conocíamos.
De ahí el nombre.
En cada patio nacían pequeños mundos. En el nuestro, mi padre, don Sixto, se dedicó a domesticar la tierra. Con llantas viejas levantó huertas que parecían islas negras en medio del patio. Allí crecieron cebollas, zanahorias, repollos, tomates. No solo sembraba alimento: nos enseñaba, sin decirlo, que incluso de la tierra más dura puede brotar vida.
También sembró árboles: tamarindo, mango, naranjo, guayabo. No lo hizo solo para él, sino para el tiempo.
El patio era huerto, cocina y encuentro. Había horno de barro, gallinas, humo de leña. La vida transcurría entre el trabajo y la cercanía.
Y en medio de todo eso, nosotros crecíamos.
Las tardes eran nuestras. Fútbol en la calle, trompo, canicas, carreras descalzas. Bastaba saltar una cerca o gritar para recuperar el balón. Al caer la noche, las voces cambiaban:
—¡Vengan a comer!
Y el barrio se recogía. Así era Las Granjas: una mezcla de barrio naciente y memoria campesina. Un lugar donde se estaba formando algo más que casas. Se estaba formando una generación. Pero también crecían otras fuerzas.
Con el tiempo, el barrio empezó a dividirse. Surgieron grupos distintos, con caminos opuestos: Los Duros de la 26, La Hermandad C., Los Inquietos de la 30… y, en la orilla más oscura, los Chachos, decididos a imponer su ley desde el miedo.
Nada de eso fue casual.
Y fue entonces cuando el barrio dejó de ser solo un lugar. Se volvió un pulso.
Algo se estaba gestando entre nosotros, aunque aún no supiéramos nombrarlo. No era rebeldía, no era simple amistad, no era tampoco una respuesta directa a lo que pasaba afuera. Era otra cosa… más silenciosa, más honda.
Mientras algunos marcaban el territorio con miedo, en nosotros empezaba a abrirse un camino distinto. No ocurrió de golpe. No tuvo ruido. Pero alguien supo verlo antes que nosotros.
No llegó a imponer ni a señalar rutas con autoridad, no llamó ni exigió seguirlo; su presencia comenzó a inclinar la balanza de un modo casi imperceptible.
Una palabra a tiempo. Una mirada que no juzgaba. Una forma distinta de estar. Y bastó. Porque hay influencias que no irrumpen… se filtran. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya han echado raíz. Esa semilla, que aún no sabíamos nombrar, tenía un rostro. Y una voz. Y fue en nosotros donde comenzó a germinar.
GRANJAS: CAMPO DEPORTIVO
El padre Diógenes y la semilla
Hay hombres que dejan huellas con sus palabras; él las dejó formando seres humanos.
Ahí estaba el sacerdote.
Quieto, en medio de aquel barrio que todavía olía a tierra removida, mirando como si quisiera guardar cada detalle antes de que el tiempo lo borrara. Las paredes a medio terminar, el polvo suspendido en el aire, la gente yendo y viniendo sin saber que también estaba construyendo algo más que casas.
Su sotana negra no solo lo cubría: lo hacía visible. Era una presencia distinta, como esas que uno no entiende del todo en el momento, pero que con los años reconoce como decisivas.
El padre Diógenes.
No llegó haciendo ruido. No era hombre de imponerse. Más bien parecía escuchar primero, como si necesitara entender el latido del lugar antes de decir una sola palabra.
Y se quedó.
Hoy lo pienso, y me cuesta separar su imagen del barrio mismo. Como si hubiera estado ahí desde siempre, caminando las calles de Las Granjas con ese paso tranquilo y esa forma suya de acercarse a la gente sin distancia.
Tenía casi cincuenta años, pero se movía como uno de nosotros. Conversaba, preguntaba, se reía. Y, sin que nos diéramos cuenta, empezaba a juntarnos.
El fútbol fue la excusa.
Bastó una pelota para que todo comenzara a girar. De esos encuentros nació el campeonato Mini Pony, donde cada equipo llevaba el nombre de un club profesional. Recuerdo que hablaba del Atlético Huila cuando aún no existía, como si lo estuviera viendo venir desde algún lugar al que nosotros todavía no alcanzábamos.
Pero no era solo el juego.
Había algo más en todo eso, algo que en ese momento no sabíamos nombrar.
También estaban los miércoles. El pan recién hecho, las bolsas que se repartían, las filas de gente esperando. Nosotros ayudábamos en lo que podíamos, sin entender del todo que ahí, en esas pequeñas cosas, estaba pasando algo importante.
Uno iba a jugar fútbol… y terminaba aprendiendo a mirar al otro.
El padre no hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, dejaba algo. No eran discursos largos. Eran frases sencillas, dichas casi al pasar, como si no buscara enseñar… y sin embargo enseñara.
—Una rama sola se quiebra fácil… pero cuando muchas se entrelazan, ninguna fuerza logra romperlas.
En ese momento lo escuchábamos sin detenernos demasiado. Hoy entiendo que nos estaba hablando de nosotros.
Otra vez, mientras organizábamos una de esas jornadas en el barrio, nos soltó:
—No vinimos solo a existir… vinimos a servir.
Lo dijo con naturalidad, como quien recuerda algo obvio. Pero se quedó. Como se quedan las cosas que uno no comprende de inmediato. También insistía en algo que, con los años, empezó a cobrar sentido:
—Todo existe porque es necesario.
Entonces no preguntábamos. Ahora sí. Porque con el tiempo uno descubre que incluso lo difícil… también forma.
Y una tarde, entre risas, nos lanzó una de esas preguntas que parecían juego:
—Si rifo una palmada… ¿qué prefieren: darla o recibirla?
Nos reímos. No supimos qué decir. Y él, sonriendo apenas, remató:
—El que da… siempre recibe de vuelta.
No lo explicó. No hacía falta.
Recuerdo que a veces me tocaba recorrer el barrio despertando a los muchachos para entrenar. Golpeaba puertas, gritaba desde las esquinas, insistía hasta que salían. Si no lo hacía, nadie llegaba.
Un día, el padre nos reunió. No habló duro. No hizo reproches. Solo dijo que el compromiso no podía depender de uno solo. Que cada quien debía responder por lo suyo. Y eso bastó.
Así era él. No imponía. Sembraba.
Con el tiempo entendí que lo más importante no estaba en la cancha ni en las actividades. Estaba en algo que iba creciendo sin hacer ruido, como esas raíces que trabajan debajo de la tierra sin que nadie las vea.
Una forma distinta de mirarnos. De reconocernos. De estar.
Esa semilla —silenciosa, constante— empezó a abrirse paso en nosotros. Y cuando quiso mostrarse, ya era tarde para detenerla. Había tomado forma. Una forma nueva. Un nombre.
Katakandrú.
Katakandrú: la voz de los jóvenes
Un grupo de jóvenes con conciencia vale más que cien discursos porque convierten las ideas en acción.
De aquella fuerza comunitaria —la misma que levantó calles, escuelas y esperanzas— nació Katakandrú. No fue una casualidad. Fue la consecuencia de todo lo vivido.
Éramos herederos del empuje del barrio, de su solidaridad silenciosa, de las enseñanzas del padre Diógenes. Y con esa herencia, casi sin darnos cuenta, comenzamos a movernos hacia algo que aún no tenía forma, pero sí un propósito: devolverle a Las Granjas su ambiente… y su alegría.
La noche de los primíparos
Fue en la universidad donde todo tomó un rumbo distinto. Recuerdo esa noche.
Los chicos de Las Granjas nos reencontramos como quien vuelve a abrazar a los suyos en una fiesta: radiantes, bromistas, orgullosos de haber cruzado aquella puerta que durante años parecía tan lejana. Cada risa era un triunfo; cada abrazo, una certeza: ya éramos universitarios.
La ciudad también tenía su propio pulso: festivales, partidos, encuentros culturales. Pero nosotros buscábamos algo más.
Un lugar propio.
Una manera de no quedarnos atrapados entre la nostalgia del barrio y las exigencias de la universidad. Una forma —aunque entonces no lo dijéramos así— de no dejarnos arrastrar por la sombra que también crecía en Las Granjas.
Los que estaban esa noche
En círculo estaban ellas. Y en el centro, Olga.
Reclinada sobre la grama fresca, parecía habitar el lugar con naturalidad, como si siempre hubiera estado allí. Tenía una belleza que no necesitaba anunciarse: se notaba en la forma en que la alegría se quedaba en su rostro un instante más, en cómo el cabello le caía con descuido sobre los hombros, en la manera serena —casi segura— con que ocupaba su propio espacio.
Su figura, armónica y firme, atraía miradas que intentaban disimularse y nunca lo lograban del todo.
Pero no era solo eso.
Era la risa.
Le nacía fácil, limpia, y corría entre ellas como un hilo de luz que se expandía sin pedir permiso. Alcanzaba a los que pasaban cerca, detenía conversaciones, hacía girar cabezas.
Uno no sabía bien por qué… pero terminaba acercándose. Y sin darse cuenta, ya estábamos ahí.
Olga Lucía Fierro nos atraía sin esfuerzo. Amparo Suárez, desbordada en carcajadas. Nubia Fajardo, ya pensando en cambiar el mundo.
Ever y Luis Motta, atentos a cada gesto de las chicas, caminaban como si el patio fuera suyo. Ricardo, Ignacio Bello y Edgar Cuéllar hablaban de fútbol con la seriedad de quienes convierten cada jugada en historia. Humberto Flores medía sus palabras. Carlos Montealegre parecía conversar más con el cielo que con nosotros. Yael Garaviño soñaba en grande.
Y yo —Constantino— hacía de cada saludo una pequeña escena, como si la vida necesitara escenario. También Leónidas… siempre Leónidas, haciendo reír a todos, aunque pocos lo tomaran en serio.
El instante
La noche avanzaba, atravesada por la brisa que subía desde el Magdalena. El patio se volvió tertulia, risa, posibilidad.
Y entonces ocurrió.
Ricardo Bello se puso de pie. Pidió silencio.
—Muchachos… ¿no sería interesante saber cuántos estudiantes de Las Granjas hay en esta universidad?
Fue una pregunta simple. Pero dejó un silencio distinto. Un silencio que no incomodaba… pensaba.
Ever fue el primero en responder:
—Podríamos organizarnos. Ayudarnos con libros, con materias… echarnos una mano.
La idea empezó a moverse. Despacio al principio. Luego con fuerza. Carlos Montealegre y Yael fueron más allá:
—¿Y si hacemos también actividades culturales, deportivas… algo para todos?
Ya no era solo apoyo. Era propósito.
Entonces Olga habló, casi sin pedir turno:
—Podríamos organizar actividades recreativas… salidas de campo…
Y fue suficiente. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo. Porque en ese momento, algo terminó de encajar. Las miradas dejaron de dispersarse. La idea dejó de ser posibilidad.
Algo se encendió. No fue una discusión. Fue un reconocimiento. Como si todos hubiéramos estado esperando ese momento sin saberlo. Las miradas coincidieron. Las voces también. La decisión no se votó. Se sintió.
La duda
No todos estaban convencidos. Leónidas, alejándose un poco, soltó casi en voz baja:
—No creo que eso funcione…
Pero en Las Granjas, los sueños rara vez se quedan quietos.
El nacimiento
Lo que empezó como conversación se volvió impulso. En pocos días, ya estábamos convocando. No hubo actas. No hubo firmas. Katakandrú no nació en un salón. Nació en la risa, en la necesidad, en la intuición de que juntos podíamos algo más. Nació como nacen las cosas verdaderas.
La noche que quedó
Aquel patio universitario, iluminado por bombillos amarillos y atravesado por la brisa del Magdalena, quedó guardado en la memoria como un punto de quiebre.
Al salir, como tantas veces, Olga y las chicas esperaban a los muchachos para regresar juntos al barrio.
Había un tramo oscuro, un paso donde la noche se volvía incierta y nadie debía cruzarlo solo. Por eso caminábamos así: en grupo, atentos, cuidándonos sin necesidad de decirlo.
Tomamos rumbo hacia Las Granjas.
En medio del bullicio, Olga pasó su brazo por los hombros de Leónidas, y él, casi sin pensarlo, la rodeó por la cintura. Entre bromas, empujones y risas que intentaban espantar la oscuridad, nos fuimos internando en el sendero.
Nadie iba solo. Ahí también era Katakandrú, aunque todavía no lo supiéramos nombrar así.
Esa noche nadie habló de hacer historia. Pero algo había iniciado. Algo que ya no iba a detenerse fácilmente. Porque cuando la juventud se reconoce, se organiza y decide caminar junta, deja de aceptar el mundo como es y empieza, casi sin darse cuenta, a transformarlo.
Y el cambio comenzó. Primero como una simple reunión de amigos. Luego como un sueño compartido que empezaba a tomar forma en las calles de Las Granjas.
Katakandrú: el nombre que nos eligió
A veces basta un pequeño grupo decidido para encender la esperanza de toda una comunidad
La convocatoria
El Atardecer de los Heraldos
Cierro los ojos y la memoria se proyecta con la nitidez de un plano que se niega a borrarse. En la esquina están ellos, detenidos en una imagen que el tiempo no ha podido borrar: un grupo de jóvenes con las manos llenas de volantes y sueños fotocopiados. No eran simples papeles; eran manifiestos artesanales, adornados con figuras que intentaban darle forma a una esperanza que apenas nacía en el barrio.
El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo las calles de un dorado viejo, justo cuando la buseta de pasajeros aparecía en la esquina, devolviendo a los trabajadores a sus casas. En medio de ese trasiego de rostros cansados, Olga, Doris, Amparo, Hugo y Leónidas se movían como talento propio. Una leve brisa jugaba con el pelo de las chicas y forcejeaba con ellos, intentando arrebatarles los volantes como si el viento también quisiera salir a repartirlos.
A su alrededor, la muchachada más pequeña corría entusiasmada, estirando las manos para ayudar en la tarea, contagiados por esa alegría que no cabe en el cuerpo. Los transeúntes jóvenes se detenían; algunos miraban con curiosidad, otros con ternura, pero casi todos recibían el papel con un cariño inusual, sintiendo que en ese trozo mecanografiado iba algo más que una invitación.
Caminaban sin sospechar que cada volante entregado era una semilla en tierra fértil. Sembraban la idea sin saber todavía hasta dónde iba a crecer, pero con la felicidad plena de quienes saben que, esa tarde, el barrio ya no era el mismo.
Llegaron muchos.
Jóvenes con entusiasmo limpio, con esa forma de creer que solo se tiene cuando aún todo parece posible. Nos reunimos varias veces, y en cada encuentro empezaron a entrelazarse ideas, sueños… y una certeza: juntos podíamos ir más lejos.
Pero no tardaron en aparecer las primeras grietas.
En aquellas reuniones también comenzaron a llegar otros. Muchachos conocidos en el barrio como los "chachos". Su presencia no era neutra: entraban imponiendo, interrumpían, se burlaban, probaban los límites. No venían a construir.
Venían a medir fuerzas.
El ambiente se fue tensando. Las palabras empezaron a pesar más de la cuenta. Y cuando comenzaron a incomodar a las muchachas, entendimos que aquello no era un simple roce.
Era una prueba.
El más insistente era Checho. Con él se dio el cruce más fuerte. La discusión subió de tono y, por un momento, todo pareció a punto de romperse. Entonces Carlos Montealegre intervino.
No vociferó. No provocó. Se acercó, lo miró de frente y, con firmeza, le pidió que se retiraran. Que nos dejaran continuar. Fue un acto sencillo. Pero marcó un límite.
Aun así, la reunión se quebró. Algunas chicas se fueron. Varios muchachos también. Lo que había comenzado con ilusión terminó en silencio.
Esa noche entendimos algo: que construir no es solo reunir gente con buenas intenciones. Es saber cuidar el espacio. Sostener la idea cuando tambalea. Y poner límites cuando hace falta.
Volvimos a intentarlo.
Pero ya no de la misma manera. Esta vez, la convocatoria fue distinta: uno a uno, mirando a los ojos. No se trataba de sumar por sumar, sino de reconocer a quienes compartían el propósito. Decidimos que el núcleo debía estar formado por estudiantes, por gente dispuesta a comprometerse.
Ahí empezó el carácter. Ya no era solo entusiasmo. Era decisión.
La búsqueda
Cuando logramos reunirnos de nuevo, apareció otra necesidad: el nombre.
Las propuestas comenzaron a surgir: Los Elegidos, Los Neófitos, Jóvenes Universitarios, Los Intelectuales, Club Cultural Jóvenes Granjunos… También Yael Garaviño propuso Constructores de Futuro. Nombres que sonaban bien, pero no se quedaban.
No tenían peso. No decían quiénes éramos.
Entonces Edgar Cuéllar lo dijo sin rodeos:
—Necesitamos un nombre que sacuda… que diga algo de nosotros.
El ambiente cambió. Dejó de ser conversación. Se volvió búsqueda.
La palabra
Fue entonces cuando Nubia se puso de pie. Había estado en silencio. Y dijo una sola palabra: Katakandrú.
Quedó suspendida en el aire. No hizo falta repetirla. Algo en ella vibraba distinto.
El relato
Nubia no habló de inmediato. Se tomó un instante, como si lo que iba a decir no fuera simplemente una idea, sino algo que venía de más atrás.
Y cuando habló, cambió el aire.
Nos llevó, sin movernos del lugar, a un tiempo que no conocíamos pero que, de algún modo, empezaba a pertenecernos. Habló de un pueblo antiguo que no medía la riqueza en oro, sino en equilibrio. Que moldeaba la arcilla con paciencia, que tallaba la piedra como si en cada golpe quedara atrapado el tiempo. Un pueblo que cantaba. Que celebraba. Que vivía sin la urgencia de imponerse.
La música acompañaba sus rituales. Y cuando llegaron los hombres de hierro y pólvora, no respondieron con guerra. Respondieron con lo que eran. Abrieron sus manos. Ofrecieron su mundo. Y eso fue lo que los condenó. Porque lo que vino no fue encuentro. Fue arrasamiento. Sus cantos se apagaron. Sus nombres se borraron de la historia.
Pero no del todo.
Porque —decía Nubia— hay memorias que no desaparecen. Se quedan. En la tierra. En las manos que aún moldean. En los fragmentos que resisten. En lo que insiste en no morir.
Y entonces lo repitió:
—Katakandrú.
Como quien no está inventando un nombre… sino recordándolo.
La decisión
Nadie necesitó explicarlo. Lo supimos. Ese era el nombre.
Leónidas, como siempre, dudó:
—Está raro… nadie lo va a pronunciar bien.
Algunos rieron.
Pero entonces Olga habló.
—Ese nombre es increíble… y sobre todo que viene de un pueblo indígena —dijo, sin levantar la voz.
Algunos aún murmuraban. Otros dudaban en silencio.
—Es extraño… sí —continuó—. Pero tiene algo.
Hizo una pausa. No fue larga, pero bastó para que todos la miráramos.
—Ese es.
Nadie respondió de inmediato. Leónidas esbozó una mueca, como si fuera a decir algo más… pero no lo hizo. Las miradas empezaron a coincidir. Uno a uno, fuimos asintiendo sin necesidad de ponernos de acuerdo. La duda, que hasta hacía un momento rondaba la sala, comenzó a disiparse como humo.
No hubo votación. No hizo falta. La decisión ya estaba tomada. Y, sin que nadie lo declarara en voz alta, todos entendimos que algo había cambiado: por primera vez, alguien no solo proponía… marcaba el rumbo.
El nacimiento
Así quedó nombrado, sin ceremonia:
Katakandrú.
Y en ese gesto simple, algo cambió. Porque desde entonces ya no éramos solo un grupo. Éramos una idea con nombre. Una intención con raíz.
Lo que comenzó a pesar
Con los años entendí que no todos los nombres se eligen. Algunos lo eligen a uno.
Katakandrú no era solo una palabra. Era una exigencia. Nos pedía coherencia. Nos empujaba a ser algo más que un grupo de amigos. Nos recordaba —sin decirlo— que la cultura también es resistencia, que la paz no es debilidad, que la comunidad se construye.
Y quizás por eso… desde el comienzo no nos lo pusieron fácil.
La mesa directiva: cuando el sueño tomó forma
Toda organización sabe que el rumbo colectivo necesita manos capaces de guiarlos.
La noche en que decidimos ser
Para seguir el rumbo, entendimos que no bastaba con reunirnos. Había que organizarnos. Obtener personería jurídica. Darle forma a lo que apenas nacía. De lo contrario, seríamos vistos como un grupo más… o peor aún, como otra pandilla del barrio.
Aún puedo ver con nitidez la noche del 12 de octubre de 1977, como si el tiempo hubiera decidido conservarla intacta. No fue una fecha cualquiera. Fue el día en que dejamos de conversar… para empezar a asumir.
La grieta
La elección de la mesa directiva no fue un trámite. Fue un acto fundacional. Pero no del todo limpio. Porque, en medio del entusiasmo, ya estaba ahí la grieta. Silenciosa.
Olga estaba con nosotros. Ernesto, su hermano… con los chachos. Dos orillas opuestas, unidas por la misma sangre. Nadie lo dijo. Pero todos lo vimos. Y aun así, seguimos. Como si el silencio pudiera aplazar lo inevitable.
Los nombres
Aquella noche, bajo una luz tenue y el murmullo cálido de las conversaciones, el grupo decidió dar forma definitiva a su sueño. no bastaba ya con reunirnos; era necesario asumir responsabilidades, trazar un rumbo claro y poner nombres propios al compromiso colectivo. En ese ambiente donde se mezclaban la emoción y la solemnidad, se procedió a elegir a quienes guiarían los primeros pasos de esta historia.
La elección no fue un acto meramente protocolario, sino un ejercicio genuino de confianza, fundado en la capacidad y la vocación de servicio que cada cargo exigía. Aunque el sentir general señalaba a Constantino Castro Zamora para la presidencia, él declinó el honor con la honestidad que lo caracteriza: sabía que el cargo demandaba un tiempo del que no disponía, y prefirió aceptar la vicepresidencia, asegurando así su apoyo sin comprometer el buen marchar del grupo. La presidencia recayó entonces en Carlos Montealegre, quien contó con el respaldo unánime de sus compañeros.
Para los demás cargos, el criterio fue claro: la idoneidad antes que cualquier otra consideración. La tesorería quedó en manos de Ever Motta Delgado, en quien todos reconocían una probidad inquebrantable y una capacidad natural para el manejo responsable de los recursos. La secretaría fue confiada a Doris Álvarez, cuya competencia ya era bien conocida por el desempeño que demostraba en su ámbito laboral. El equipo directivo se completó con Ricardo Bello Pascua al frente de la fiscalía, y Edgar Cuéllar Silva junto a Nubia Fajardo como vocales.
Así, con cada pieza en su lugar y el talento puesto al servicio del bien común, el grupo dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad.
No eran cargos. Eran compromisos. Cada uno asumió su lugar con una certeza que apenas comenzábamos a entender: liderar no era mandar… era sostener.
Elegir a Carlos no fue casual.
Había en él algo más que liderazgo: una firmeza que equilibraba. Sabíamos que podía contener, sin provocar, a los chachos. No se trataba de enfrentarlos… sino de proteger el espacio. Porque lo que estaba naciendo necesitaba cuidado. Y carácter.
Carlos conocía ese mundo desde dentro. Y eso, en ese momento, valía más que cualquier discurso. Lo entendía. Sabía cómo se movían, cómo pensaban, hasta dónde podían llegar. Algunos decían —en voz baja— que había sido uno de los suyos. Nunca lo confirmó. Tampoco hizo falta.
El golpe
Salimos del local con esa ligereza que deja lo importante cuando apenas comienza. Risas, comentarios, planes sueltos en el aire.
Y entonces ocurrió.
Ernesto apareció.
No llegó. Irrumpió. Traía la rabia en el rostro y una urgencia que estropeó el ambiente. Sin decir palabra, tomó a Olga del brazo y la jaló con brusquedad.
Pero Olga se soltó. De inmediato.
—¿A usted qué le pasa?
Él respondió sin bajar la voz:
—Mi mamá me mandó por usted… que porque no sabía dónde diablos estaba metida.
Olga lo sostuvo con la mirada.
—Mentiroso… ella sabía que venía para acá.
La tensión subió.
—No me alce la voz… porque la golpeo.
El aire se detuvo. Por un instante, nadie se movió. Pero Olga no retrocedió. Lo miró de frente, firme, con una serenidad que desconcertaba más que cualquier grito.
—Hágalo… usted sabe lo que puede pasar —respondió.
Y en aquella frase no había miedo. Había dignidad.
El límite
Leónidas dio un paso al frente. Pero Olga lo frenó. No con palabras. Con una mirada. Fue suficiente.
Yael le sostuvo el brazo:
—No se meta… es asunto de familia.
—Pero no tiene derecho a tratarla así —murmuró él, conteniendo lo que ya era rabia.
—Ese man no está bien —dijo Ever en voz baja.
Yo no dije nada. Pero lo vi todo. La impotencia en Leónidas. La tensión contenida en todos. Ese instante en que uno entiende que cualquier movimiento puede desatar algo peor.
La retirada
Olga respiró. Se recompuso. Y entonces hizo algo que, en ese momento, no supe leer del todo: decidió no resistirse más.
Se volvió hacia nosotros. Una señal breve. Casi cómplice. Como diciendo: luego hablamos.
Y se fue. No porque quisiera. Sino porque esa escena ya no le pertenecía solo a ella.
Lo que quedó
Nos quedamos en silencio. Porque entendimos. Aquello no era un altercado cualquiera. Era el primer golpe visible. La señal de que lo que estábamos construyendo no solo iba a crecer… también iba a ser puesto a prueba.
Leónidas no se movió en un buen rato. Miraba el camino por donde se habían ido, con esa quietud suya que nunca era indiferencia.
Entonces, sin dirigirse a nadie en particular, dijo:
—Ella no debería tener que aguantar eso.
Nadie respondió. No porque no pensáramos lo mismo. Sino porque en su voz había algo que iba más allá del comentario. Una pena vieja. Una impotencia que no era de esa noche.
Yael le puso la mano en el hombro. Él la dejó estar.
Y seguimos caminando. En silencio. Cada quien cargando lo suyo.
Porque tarde o temprano, eso que esa noche apenas asomaba… iba a estallar.
Cuando el nombre se volvió bandera
Los nuevos rostros trajeron ideas, fuerzas y esperanzas que el grupo aún no sabía que necesitaba.
Con la junta directiva conformada, Katakandrú comenzó a encontrar su rumbo. Dejó de ser solo una palabra recién nacida. Empezó a convertirse en señal.
En el barrio, el nombre comenzó a correr de boca en boca, despertando curiosidad, sembrando preguntas.
—¿Katakandrú?, decían algunos, extrañados.
Y, sin necesidad de demasiadas explicaciones, la gente empezaba a acercarse.
Desde la 33 hasta la 40 comenzaron a llegar jóvenes de todos los rincones del barrio, muchachos con historias distintas, pero atravesados por una misma necesidad: participar, sentirse parte de algo que tuviera sentido.
Los primeros en vincularse en su totalidad fueron algunos integrantes de la hermandad C. Luego Carlos, Ernesto y Alfonso Rujana, reconocidos en el grupo de la 28 se incluyeron también. Incluso algunos muchachos vinculados a los chachos empezaron a aparecer, atraídos más por la curiosidad que por otra cosa: William serrato y otros más. De los inquietos de la treinta llegaron los hermanos peña, las chicas Ramírez, lester lizcano, Omar Cuéllar, las niñas Guio… y así, poco a poco, Katakandrú comenzó a convertirse en un punto de encuentro donde terminaban cruzándose jóvenes que, hasta entonces, parecían venir de mundos distintos.
Y así, casi sin darnos cuenta, el grupo empezó a crecer.
Cada sábado, a las siete de la noche, el tiempo parecía cambiar de ritmo. No eran simples reuniones. Eran encuentros donde la palabra empezaba a tener peso.
Allí discutíamos ideas, organizábamos actividades, planeábamos salidas, repartíamos tareas. Aprendimos algo que entonces parecía pequeño y que hoy entiendo enorme: organizarse también era una forma de quererse.
Porque soñar juntos exigía disciplina. Respeto. Constancia. Katakandrú no prometía milagros. Pero ofrecía algo más importante: pertenencia.
La primera misión
Muy pronto entendimos que no bastaba con reunirnos. Había que actuar.
El barrio estaba lleno de muchachos que comenzaban a perderse entre la violencia, las pandillas y el vacío de no sentirse parte de nada. Y quizás porque nosotros mismos veníamos de esa misma incertidumbre, decidimos que nuestra primera tarea sería rescatar jóvenes.
No con sermones. Con espacios. Con deporte. Con cultura. Con amistad.
Queríamos demostrar que también era posible encontrarse alrededor de un balón, de una caminata, de una guitarra o de una conversación sencilla bajo la noche del barrio.
Cómo hacíamos las cosas
No teníamos manuales. Ni recursos suficientes. Teníamos voluntad.
Las ideas nacían en cualquier parte: en una esquina, en una cancha, caminando por las calles de Las Granjas. Luego las discutíamos en grupo y buscábamos la manera de hacerlas realidad. Organizábamos excursiones, campeonatos, jornadas culturales, caminatas ecológicas. Todo con lo que apareciera. A veces con una bicicleta prestada, con rifas improvisadas, con bazares, o con la ayuda silenciosa de los vecinos y de nuestras familias.
Pero nunca faltaba lo esencial: las ganas.
El territorio
También comenzamos a descubrir el mundo que nos rodeaba. Los caminos rurales. Los ríos. Las montañas. La Tatacoa.
Cada salida era más que un paseo. Era una manera de aprender a mirar. El territorio dejó de ser solo paisaje y empezó a convertirse en maestro. Nos enseñaba orientación, resistencia, compañerismo. Y libertad.
Lo que comenzaba
Con el tiempo, Katakandrú empezó a abrir distintos caminos. Aparecieron actividades culturales, deportivas, ambientales y sociales. Todo nacía de manera natural, como si el mismo grupo fuera encontrando su forma. Cada idea traía otra. Cada encuentro abría nuevos sueños.
Y así, paso a paso, lo que había comenzado como una reunión de muchachos buscando algo distinto empezó a convertirse en una fuerza real dentro del barrio. Una fuerza pequeña todavía. Pero viva.
Y cuando una idea logra volverse parte de la vida cotidiana de la gente… ya no pertenece solo a quienes la crearon.
Empieza a pertenecerle a todos.
La estrategia: cuando la alegría salvó el sueño
Cuando
el miedo intentó dividirnos y la desidia quiso apagarnos, elegimos
convertir la unión en nuestra forma de resistencia.
Si
algo nos enseñó Katakandrú desde el comienzo, fue que no basta con
nacer. También hay que sostenerse. Y
no siempre es fácil.
El grupo había surgido de un impulso
sencillo: reunirnos, hacer algo distinto, no dejarnos arrastrar por
la rutina del barrio ni por el destino que parecía escrito para
muchos jóvenes de entonces. Queríamos compartir, aprender, caminar
juntos, descubrir el entorno, fortalecer la amistad y encontrar en la
cultura, el deporte y la naturaleza una manera distinta de crecer.
Con poco hacíamos mucho.
Las ideas nacían en reuniones
sencillas, entre conversaciones improvisadas y cuadernos llenos de
apuntes. Luego repartíamos tareas y ejecutábamos lo que podíamos
con lo que hubiera a la mano.
Pero incluso los sueños más firmes
se desgastan. Recuerdo aquel primer tiempo de Katakandrú como se
recuerdan los amaneceres irrepetibles: luminoso, prometedor, casi
sagrado. Éramos veinticinco, quizá treinta jóvenes, reunidos
alrededor de una misma ilusión. Hablábamos de música, de amores,
de universidad, de proyectos… y sin saberlo, comenzábamos a
construir algo serio.
Aprobamos reglamentos. Soñábamos
con obtener personería jurídica. Queríamos trascender.
Pero entonces comenzaron las sombras.
La asistencia empezó a disminuir.
Primero uno. Luego otro. Hasta que las sillas vacías comenzaron a
hacerse costumbre.
Al principio pensamos que era el
desgaste natural de cualquier proceso que apenas empieza. Pero pronto
entendimos que detrás de aquellas ausencias había algo más
profundo: el miedo.
Los chachos seguían rondando el
barrio. A veces lanzaban amenazas, sobre todo contra las muchachas y
algunos jóvenes más vulnerables del grupo. No era una persecución
abierta, pero sí una presión constante, suficiente para sembrar
dudas.
Hubo una noche que marcó un quiebre.
Fulvio Castro y la prima Patricia
Pérez regresaban de cine cuando fueron interceptados por dos de
ellos. Lo que comenzó como un cruce tenso terminó en agresión. Uno
de los sujetos hirió a Fulvio en el abdomen.
El grito de Patricia rompió la
noche. Y también nuestra tranquilidad. Salimos en defensa de ellos
sin pensarlo. Uno logró escapar. Al otro lo alcanzamos, lo redujimos
y lo entregamos a la policía.
Aquello cambió algo en el ambiente.
El rumor corrió rápido por Las
Granjas y muchas familias comenzaron a mirar a Katakandrú con
preocupación. Ya no éramos solo un grupo juvenil; empezábamos a
ser vistos como muchachos expuestos al conflicto.
Y así comenzaron las retiradas
silenciosas. Muchos dejaron de asistir. Otros prometían volver y no
regresaban. Pero curiosamente, el grupo seguía vivo en las
preguntas:
—¿Cómo les fue?
—¿Qué hicieron?
Y nosotros respondíamos:
—Bien… estuvo buena la reunión.
No mentíamos para engañar.
Mentíamos para proteger la esperanza.
La idea
Una noche nos reunimos los pocos que
seguíamos firmes. La mesa directiva resistía casi sola. El salón
se veía demasiado grande para tan poca gente.
—No podemos dejar esto tirado
—dije—. Ya llevamos camino.
—¿Pero qué hacemos? —preguntó
Carlos Montealegre, agotado.
—Hay que buscar una estrategia
—dijo Ever.
Y entonces Leónidas lanzó su
sentencia:
—Yo les dije… este grupo no iba a
funcionar.
Pero Olga reaccionó de inmediato.
—Deje de ser negativo —dijo con
naturalidad—. Todos los proyectos tienen momentos difíciles… y
de esta salimos.
No habló mucho. Nunca necesitaba
hacerlo. Sus palabras tenían esa extraña capacidad de ordenar el
ánimo de todos.
Entonces Carlos encontró la salida:
—Hagamos las reuniones los viernes.
Los sábados nadie cambia una fiesta por una reunión… y de los
chachos no se preocupen. No les tengan miedo.
Hubo un silencio breve. Y de pronto
todo hizo sentido.
—¡Claro! —exclamé—. Si a los
muchachos les gusta la fiesta… hagamos de la reunión una fiesta.
Ahí nació la estrategia que terminó
salvando a Katakandrú.
La propuesta no tardó en encenderse.
Mi casa sería la primera. Amparo ofreció la suya para la siguiente.
Yael pidió turno. La estrategia estaba en marcha.
Llegó el día. Y esta vez…
llegaron. No diez. No quince. Casi cincuenta jóvenes. El barrio
entero parecía haberse dado cita en la casa de los Castros.
William Serrato apareció de los
primeros, puntual como siempre, cargando algunas bebidas como quien
entiende que toda celebración necesita comenzar con generosidad.
Detrás de él entraron las hermanas Álvarez, riendo a carcajadas y
trayendo pasabocas que, más que comida, parecían traer consigo el
espíritu festivo que tanto necesitábamos.
Humberto Flores llegó con su calma
habitual, saludando uno por uno, con esa mirada serena de quien
observa más de lo que dice. Llevaba una bolsa con empanadas que
Adriana López pronto hizo circular entre los presentes, como si
también ellas quisieran ser parte de la conversación.
Los hermanos Bello, inseparables como
siempre, se acomodaron en grupo, conversando animadamente mientras
destapaban una pimpinela de cerveza que no tardó en convertirse en
punto de encuentro. Por su parte, los Castro iban y venían sin
descanso, atendiendo a todos, organizando, recibiendo… siendo, sin
proponérselo, los anfitriones naturales de aquella noche.
Las hermanas Cuéllar, Yineth y María
Eugenia, se movían entre los grupos con soltura, compartiendo risas
con Nubia Fajardo y Mélida Trujillo. Habían llevado chicharrones y
maíz tostado, que pronto se mezclaron con otros sabores y otras
manos, en ese gesto tan propio del barrio donde todo termina siendo
de todos.
Más allá, hizo su entrada Yael
Garaviño acompañado de sus hermanas —Ariari, Martha y Ederle—,
cargando un gran pastel que parecía más un símbolo que un postre:
la celebración de un nuevo comienzo. Su llegada fue recibida con
aplausos y bromas, como si con ese gesto se confirmara que el grupo
volvía a latir.
También estaban Patricia y Maribel
Tovar, Yolanda Morales con su prima, Luis Motta con su hermana
Mónica, Hugo y Juan Carlos Peña… y muchos más que fueron
llegando poco a poco, cada uno con algo en las manos: una bebida, un
plato, un detalle sencillo.
Porque en el fondo, ninguno llegaba
con las manos vacías. Todos traían, además, algo más importante:
las ganas de estar, las ganas de pertenecer, las ganas de construir
juntos.
Y así, casi sin darnos cuenta,
aquella casa se fue llenando no solo de gente, sino de sentido.
Tantos que ya no importaba contarlos. Porque lo importante… era que
habían llegado. E incluso al que no esperábamos: Donal Losada.
La estrategia había funcionado.
Pero si alguien no estaba del todo en
la fiesta, ese era Leónidas. Aunque reía, aunque participaba,
aunque intentaba mezclarse en el ambiente, sus ojos no estaban allí.
Estaban en la puerta.
Esperaba.
Lester Lizcano lo miraba con cierta
preocupación. Leónidas iba y venía, caminando de un lado a otro,
como si el tiempo se le hubiera vuelto más lento de lo normal. Cada
tanto dirigía la mirada hacia la entrada, con una ansiedad que ya no
podía disimular.
Estaba impaciente… como un niño al
que le han prometido una bicicleta y no deja de asomarse a la puerta
esperando verla llegar. Con esa mezcla de ilusión y urgencia que no
cabe en el cuerpo, que no entiende de razones, que solo sabe esperar.
Y así estaba él. Esperando a Olga.
Y entonces ocurrió.
La puerta se abrió. Y Olga apareció.
Pero no venía sola. Entró acompañada de Manuel, con una
naturalidad que ignoraba —o tal vez dominaba— el efecto que
provocaba. Él avanzaba con un aire seguro, casi desafiante,
sosteniendo una caja con botellas de crema de whisky para las chicas,
como quien marca territorio sin decir palabra. A su lado, ella
brillaba con esa luz propia que no necesita esfuerzo: serena,
cercana, luminosa como siempre.
El golpe fue silencioso.
A Leónidas se le detuvo la mirada
por un instante. No dijo nada. No hizo escena. Pero algo en su
expresión cambió, apenas lo suficiente para que quien supiera mirar
lo notara.
Luis Ángel, entendiendo el momento,
le ofreció una bebida que él aceptó con una sonrisa correcta, de
esas que se usan más para sostenerse que para celebrar.
Luego volvió a la fiesta. Porque hay
decepciones que, en la juventud, se aprenden a disimular bailando. Y
Leónidas, aquella noche, decidió no dejarse vencer.
Bailó.
Yineth, Martha y Rosa Ramírez lo
rodearon, lo tomaron de las manos y, como si quisieran rescatarlo del
silencio, improvisaron a su alrededor una ronda danzante que terminó
arrancándole una risa verdadera.
Después rió con Magnolia Rojas. Se
dejó llevar por la música. Y poco a poco volvió al grupo, aunque
algo en él siguiera esperando todavía.
La reunión no fue solo fiesta.
También fue un renacer. Entre conversaciones, música y carcajadas,
tomamos la primera gran decisión comunitaria: organizar una jornada
para limpiar lotes, recoger basura y recuperar algunos espacios del
barrio.
La siguiente reunión quedó
programada esa misma noche. Katakandrú volvía a respirar.
Luego la música tomó el mando. Sonó
Joe Arroyo. Y el ambiente terminó de encenderse.
Edgar Cuéllar irrumpió levantando
una botella de aguardiente como si fuera una bandera:
—¡Guepa je!
Todos respondimos. Incluso Leónidas.
La noche avanzó sin prisa, entre
baile, cerveza y conversaciones atravesadas por la ilusión de sentir
que algo importante estaba naciendo. Y cuando el cansancio empezó a
ganarle espacio a la madrugada, sonó una ranchera. Después, casi
sin pensarlo, alguien puso el himno nacional. Y entonces entendimos
que la fiesta había terminado.
Antes de irnos, vi a Leónidas
sentado aparte.
Me acerqué.
—Tranquilo… —le dije—. A
veces las cosas no son como parecen.
Me miró. Había en sus ojos algo que
no era tristeza exactamente. Era más bien el reconocimiento
silencioso de alguien que ya sabía la verdad desde antes, pero que
esa noche la había visto con nombre y rostro.
—Yo sé cómo son —dijo al fin,
en voz baja—. Siempre lo supe.
No respondí. No hacía falta.
Nos quedamos un momento así, en ese
silencio que solo se da entre quienes se conocen de verdad. Luego él
respiró hondo, terminó su bebida, y se puso de pie.
—Bueno —dijo, como quien cierra
una puerta con cuidado para no despertar a nadie—. Fue buena la
reunión.
Y se fue. Con esa dignidad suya de
siempre. La misma que usaba para hacer reír a todos. La misma con la
que cargaba lo que nadie más veía.
La
primera minga de Katakandrú
Cultivando
el afuera, florece lo de adentro.
Cuando el miedo intentó dividirnos y la desidia quiso apagarnos, elegimos convertir la unión en nuestra forma de resistencia.
Si algo nos enseñó Katakandrú desde el comienzo, fue que no basta con nacer. También hay que sostenerse. Y no siempre es fácil.
El grupo había surgido de un impulso sencillo: reunirnos, hacer algo distinto, no dejarnos arrastrar por la rutina del barrio ni por el destino que parecía escrito para muchos jóvenes de entonces. Queríamos compartir, aprender, caminar juntos, descubrir el entorno, fortalecer la amistad y encontrar en la cultura, el deporte y la naturaleza una manera distinta de crecer.
Con poco hacíamos mucho.
Las ideas nacían en reuniones sencillas, entre conversaciones improvisadas y cuadernos llenos de apuntes. Luego repartíamos tareas y ejecutábamos lo que podíamos con lo que hubiera a la mano.
Pero incluso los sueños más firmes se desgastan. Recuerdo aquel primer tiempo de Katakandrú como se recuerdan los amaneceres irrepetibles: luminoso, prometedor, casi sagrado. Éramos veinticinco, quizá treinta jóvenes, reunidos alrededor de una misma ilusión. Hablábamos de música, de amores, de universidad, de proyectos… y sin saberlo, comenzábamos a construir algo serio.
Aprobamos reglamentos. Soñábamos con obtener personería jurídica. Queríamos trascender.
Pero entonces comenzaron las sombras.
La asistencia empezó a disminuir. Primero uno. Luego otro. Hasta que las sillas vacías comenzaron a hacerse costumbre.
Al principio pensamos que era el desgaste natural de cualquier proceso que apenas empieza. Pero pronto entendimos que detrás de aquellas ausencias había algo más profundo: el miedo.
Los chachos seguían rondando el barrio. A veces lanzaban amenazas, sobre todo contra las muchachas y algunos jóvenes más vulnerables del grupo. No era una persecución abierta, pero sí una presión constante, suficiente para sembrar dudas.
Hubo una noche que marcó un quiebre.
Fulvio Castro y la prima Patricia Pérez regresaban de cine cuando fueron interceptados por dos de ellos. Lo que comenzó como un cruce tenso terminó en agresión. Uno de los sujetos hirió a Fulvio en el abdomen.
El grito de Patricia rompió la noche. Y también nuestra tranquilidad. Salimos en defensa de ellos sin pensarlo. Uno logró escapar. Al otro lo alcanzamos, lo redujimos y lo entregamos a la policía.
Aquello cambió algo en el ambiente.
El rumor corrió rápido por Las Granjas y muchas familias comenzaron a mirar a Katakandrú con preocupación. Ya no éramos solo un grupo juvenil; empezábamos a ser vistos como muchachos expuestos al conflicto.
Y así comenzaron las retiradas silenciosas. Muchos dejaron de asistir. Otros prometían volver y no regresaban. Pero curiosamente, el grupo seguía vivo en las preguntas:
—¿Cómo les fue?
—¿Qué hicieron?
Y nosotros respondíamos:
—Bien… estuvo buena la reunión.
No mentíamos para engañar. Mentíamos para proteger la esperanza.
La idea
Una noche nos reunimos los pocos que seguíamos firmes. La mesa directiva resistía casi sola. El salón se veía demasiado grande para tan poca gente.
—No podemos dejar esto tirado —dije—. Ya llevamos camino.
—¿Pero qué hacemos? —preguntó Carlos Montealegre, agotado.
—Hay que buscar una estrategia —dijo Ever.
Y entonces Leónidas lanzó su sentencia:
—Yo les dije… este grupo no iba a funcionar.
Pero Olga reaccionó de inmediato.
—Deje de ser negativo —dijo con naturalidad—. Todos los proyectos tienen momentos difíciles… y de esta salimos.
No habló mucho. Nunca necesitaba hacerlo. Sus palabras tenían esa extraña capacidad de ordenar el ánimo de todos.
Entonces Carlos encontró la salida:
—Hagamos las reuniones los viernes. Los sábados nadie cambia una fiesta por una reunión… y de los chachos no se preocupen. No les tengan miedo.
Hubo un silencio breve. Y de pronto todo hizo sentido.
—¡Claro! —exclamé—. Si a los muchachos les gusta la fiesta… hagamos de la reunión una fiesta.
Ahí nació la estrategia que terminó salvando a Katakandrú.
La propuesta no tardó en encenderse. Mi casa sería la primera. Amparo ofreció la suya para la siguiente. Yael pidió turno. La estrategia estaba en marcha.
Llegó el día. Y esta vez… llegaron. No diez. No quince. Casi cincuenta jóvenes. El barrio entero parecía haberse dado cita en la casa de los Castros.
William Serrato apareció de los primeros, puntual como siempre, cargando algunas bebidas como quien entiende que toda celebración necesita comenzar con generosidad. Detrás de él entraron las hermanas Álvarez, riendo a carcajadas y trayendo pasabocas que, más que comida, parecían traer consigo el espíritu festivo que tanto necesitábamos.
Humberto Flores llegó con su calma habitual, saludando uno por uno, con esa mirada serena de quien observa más de lo que dice. Llevaba una bolsa con empanadas que Adriana López pronto hizo circular entre los presentes, como si también ellas quisieran ser parte de la conversación.
Los hermanos Bello, inseparables como siempre, se acomodaron en grupo, conversando animadamente mientras destapaban una pimpinela de cerveza que no tardó en convertirse en punto de encuentro. Por su parte, los Castro iban y venían sin descanso, atendiendo a todos, organizando, recibiendo… siendo, sin proponérselo, los anfitriones naturales de aquella noche.
Las hermanas Cuéllar, Yineth y María Eugenia, se movían entre los grupos con soltura, compartiendo risas con Nubia Fajardo y Mélida Trujillo. Habían llevado chicharrones y maíz tostado, que pronto se mezclaron con otros sabores y otras manos, en ese gesto tan propio del barrio donde todo termina siendo de todos.
Más allá, hizo su entrada Yael Garaviño acompañado de sus hermanas —Ariari, Martha y Ederle—, cargando un gran pastel que parecía más un símbolo que un postre: la celebración de un nuevo comienzo. Su llegada fue recibida con aplausos y bromas, como si con ese gesto se confirmara que el grupo volvía a latir.
También estaban Patricia y Maribel Tovar, Yolanda Morales con su prima, Luis Motta con su hermana Mónica, Hugo y Juan Carlos Peña… y muchos más que fueron llegando poco a poco, cada uno con algo en las manos: una bebida, un plato, un detalle sencillo.
Porque en el fondo, ninguno llegaba con las manos vacías. Todos traían, además, algo más importante: las ganas de estar, las ganas de pertenecer, las ganas de construir juntos.
Y así, casi sin darnos cuenta, aquella casa se fue llenando no solo de gente, sino de sentido. Tantos que ya no importaba contarlos. Porque lo importante… era que habían llegado. E incluso al que no esperábamos: Donal Losada.
La estrategia había funcionado.
Pero si alguien no estaba del todo en la fiesta, ese era Leónidas. Aunque reía, aunque participaba, aunque intentaba mezclarse en el ambiente, sus ojos no estaban allí. Estaban en la puerta.
Esperaba.
Lester Lizcano lo miraba con cierta preocupación. Leónidas iba y venía, caminando de un lado a otro, como si el tiempo se le hubiera vuelto más lento de lo normal. Cada tanto dirigía la mirada hacia la entrada, con una ansiedad que ya no podía disimular.
Estaba impaciente… como un niño al que le han prometido una bicicleta y no deja de asomarse a la puerta esperando verla llegar. Con esa mezcla de ilusión y urgencia que no cabe en el cuerpo, que no entiende de razones, que solo sabe esperar.
Y así estaba él. Esperando a Olga.
Y entonces ocurrió.
La puerta se abrió. Y Olga apareció. Pero no venía sola. Entró acompañada de Manuel, con una naturalidad que ignoraba —o tal vez dominaba— el efecto que provocaba. Él avanzaba con un aire seguro, casi desafiante, sosteniendo una caja con botellas de crema de whisky para las chicas, como quien marca territorio sin decir palabra. A su lado, ella brillaba con esa luz propia que no necesita esfuerzo: serena, cercana, luminosa como siempre.
El golpe fue silencioso.
A Leónidas se le detuvo la mirada por un instante. No dijo nada. No hizo escena. Pero algo en su expresión cambió, apenas lo suficiente para que quien supiera mirar lo notara.
Luis Ángel, entendiendo el momento, le ofreció una bebida que él aceptó con una sonrisa correcta, de esas que se usan más para sostenerse que para celebrar.
Luego volvió a la fiesta. Porque hay decepciones que, en la juventud, se aprenden a disimular bailando. Y Leónidas, aquella noche, decidió no dejarse vencer.
Bailó.
Yineth, Martha y Rosa Ramírez lo rodearon, lo tomaron de las manos y, como si quisieran rescatarlo del silencio, improvisaron a su alrededor una ronda danzante que terminó arrancándole una risa verdadera.
Después rió con Magnolia Rojas. Se dejó llevar por la música. Y poco a poco volvió al grupo, aunque algo en él siguiera esperando todavía.
La reunión no fue solo fiesta. También fue un renacer. Entre conversaciones, música y carcajadas, tomamos la primera gran decisión comunitaria: organizar una jornada para limpiar lotes, recoger basura y recuperar algunos espacios del barrio.
La siguiente reunión quedó programada esa misma noche. Katakandrú volvía a respirar.
Luego la música tomó el mando. Sonó Joe Arroyo. Y el ambiente terminó de encenderse.
Edgar Cuéllar irrumpió levantando una botella de aguardiente como si fuera una bandera:
—¡Guepa je!
Todos respondimos. Incluso Leónidas.
La noche avanzó sin prisa, entre baile, cerveza y conversaciones atravesadas por la ilusión de sentir que algo importante estaba naciendo. Y cuando el cansancio empezó a ganarle espacio a la madrugada, sonó una ranchera. Después, casi sin pensarlo, alguien puso el himno nacional. Y entonces entendimos que la fiesta había terminado.
Antes de irnos, vi a Leónidas sentado aparte.
Me acerqué.
—Tranquilo… —le dije—. A veces las cosas no son como parecen.
Me miró. Había en sus ojos algo que no era tristeza exactamente. Era más bien el reconocimiento silencioso de alguien que ya sabía la verdad desde antes, pero que esa noche la había visto con nombre y rostro.
—Yo sé cómo son —dijo al fin, en voz baja—. Siempre lo supe.
No respondí. No hacía falta.
Nos quedamos un momento así, en ese silencio que solo se da entre quienes se conocen de verdad. Luego él respiró hondo, terminó su bebida, y se puso de pie.
—Bueno —dijo, como quien cierra una puerta con cuidado para no despertar a nadie—. Fue buena la reunión.
Y se fue. Con esa dignidad suya de siempre. La misma que usaba para hacer reír a todos. La misma con la que cargaba lo que nadie más veía.
La primera minga de Katakandrú
Cultivando el afuera, florece lo de adentro.
CONTINUARA....
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