
FOTOS KATAKOS
Gentes de Pigoanza los vigilaban desde las alturas y al amanecer cayeron sobre ellos. Ante la superioridad numérica saltaron sobre sus bestias y huyeron. Pedro de Guzrnán, que no había soltado la manea de su cabalgadura fue alcanzado.
Todo el territorio Andakí estaba en pie de guerra y los españoles concentrados en Timaná Fortificaban la naciente ciudad. Los indígenas dominaban todos los caminos y desde las alturas seguían los movimientos de los españoles. Fue así como percibieron la llegada de una recua cargada de mercancías de Floresmiro Serrano y Pedro López a quienes convoyaba el teniente Juan de Ampudia, sobrino del gobernador de Popayán, con dieciséis soldados. Llegados a la quebrada de Piraina o Apirama acamparon sin recelo; los indígenas exploraron el campo con fingidos mensajeros de amistad y al amanecer del siguiente día 3.000 guerreros aborígenes asaltaron el campo Los españoles sostuvieron el ataque valerosamente durante varios días.
Pero de todas las batallas que más recuerda el pueblo huilense es la que libro la cacica Gaitana (Guaitipan) con el conquistador Pedro de Añasco.
La Gaitana paseó Añasco por los cercados de la ciudad o villa dando tirones de la cuerda con tal alteración del bello rostro, que ya no parecía sino un monstruo y refiriendo en cada parte a los indígenas y mostrando a la victima y objeto de su venganza que había tomado. La implacable chusma seguía a Añasco colmándolo de improperios y de ultrajes. Cuando comprendieron que la vida quería escapar de aquel cuerpo aniquilado, le fueron cortando uno a uno los miembros, hasta no dejar más que el tronco; cortaron el pié, otra vez la mano, otra vez los pudibundos genitales, hasta que con paciencia de cristiano salió de las angustias demoniales.
A los castellanos que habían quedado heridos les arrancaron los ojos y los empalaron. Los Cadáveres de los hombres y caballos fueron desollados, y las pieles, henchidas de ceniza, se destinaron a adornar el bohío de Pigoanza.

En efecto, Añasco salió con dieciséis soldados a explorar el Valle de los Anayacos. Pigoanza, que había tratado de apaciguar a Añasco con un presente de oro, siguiendo instrucciones de su hijo Rodrigo, al ver su territorio hollado y urgido por la Gaitana se coloca al frente de los indígenas coligados que le reconocían sus condiciones de guerrero arrojado y perspicaz. Así lo había demostrado teniendo a raya a los pijaos. Al frente de seis mil guerreros armados de macanas, lanzas, flechas y hondas, que Herrera y Piedrahita hacen subir a 12.000 con los de la tribu aliadas a panes y Andakies, se presentó Pigoanza al Valle de Vaguilga, estrecho y montuoso donde Añasco se aprestó a la defensa con treinta y tres soldados; sólo Baltazar del Río y el jefe tenían caballos.. Añasco, avisado del peligro por su amigo Rodrigo, Tomaba toda clase de precauciones.